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“De aquí no me muevo hasta que aparezca mi hijo”

Miriam, Daniela y Angélica son tres relatos entre las numerosas mujeres que continúan en búsqueda de sus seres queridos. A un mes de los dos terremotos, decenas de familiares permanecen junto a las edificaciones colapsadas de La Guaira, pese a las condiciones adversas y la ayuda insuficiente para las labores de búsqueda. El deseo de encontrarles les mantiene allí

Las lágrimas caen una y otra vez. Miriam Villalta intenta articular palabras, pero por momentos no puede. El dolor habla por ella. Hace más de 15 días vive en una carpa a pocos metros del urbanismo Luisa Cacéres de Arismendi, en Playa Grande, estado La Guaira, —antes Vargas—. No sabe nada de su hijo, Greiber Gómez. No tiene certeza de que haya quedado tapiado a raíz del desplome de la torre D, donde vivía Greiber, en el piso 3, apartamento 3-08, pero tampoco hay rastro de él en refugios, hospitales o morgues. “De aquí no me muevo hasta que aparezca mi hijo”.

Madres, hijas, esposas, sobrinas, primas. En La Guaira, la búsqueda de desaparecidos está siendo asumida, en gran medida, por mujeres. Se mantienen en los derrumbes, no solo esperando noticias, aunque la espera también agota. Ellas, además, remueven escombros con sus propias manos, gestionan y organizan la distribución de ayuda y acompañan y contienen a otros familiares. A su vez, son quienes con mayor frecuencia acuden a las morgues para reconocer a sus familiares entre decenas de cadáveres. Esta asignación de tareas no es excepcional. Organismos como ONU Mujeres han documentado que, durante las crisis humanitarias y los desastres, las mujeres suelen asumir una carga desproporcionada de trabajos de cuidados no remunerados, además de las tareas de búsqueda, organización comunitaria y apoyo a las personas afectadas.

Fotografía: Adrián Naranjo

El lunes 1 de julio, Miriam, de 50 años de edad, llegó a Venezuela. Desde hace tres años vive en Perú. Su viaje por carretera tardó siete días. Apenas vio las noticias sobre el doble terremoto, llamó a Greiber. No hubo respuesta. En ese momento supo que debía volver. Ahora está en busca de su hijo, un joven de 31 años de edad, 1,60 cm de estatura, delgado, piel trigueña y cabello corto y oscuro. “Son tres años viendo a mi hijo por videollamada”.

En La Guaira hay dolor, pero también fe. Un mes después de los terremotos del 24 de junio, aún hay familiares que se aferran a un “milagro”. Es el caso de Miriam, su instinto le dice que Greiber no está allí. Piensa que puede estar herido y que fue trasladado a algún hospital del interior. Sin embargo, los parientes y amistades que la están ayudando a buscar no han encontrado nada. El conjunto residencial Luisa Cacéres de Arismendi, una construcción gubernamental de la Misión Vivienda, estaba compuesto de cuatro torres, la C fue la única que se desplomó por completo. De allí han rescatado más de 200 cuerpos, según un conteo extraoficial de familiares. 

Fotografía: Ivanna Laura

Miriam, su hijo mayor y su hermana empiezan los días sin desayunar. “Aquí la ayuda llega cuando ya es de noche”, cuenta Miriam. Con el paso de las semanas, la cantidad de donaciones ha ido disminuyendo, incluidas las comidas. “Pero, aquí estamos guerreando por nuestros seres queridos”, insiste. Greiber Gómez es sargento segundo de la Armada, destacado en el Hospital Naval de Catia La Mar. “Aquí los que han hecho acto de presencia son sus amigos, no sus superiores. Para acá han venido los compañeros de bomberos, de enfermeras, de policías, todos han venido a ayudar a sacar a su gente, pero por mi hijo, nadie”.

Los datos (22 de julio), que a diario actualiza el gobierno de Delcy Rodríguez, hablan de más de 5300 personas fallecidas, 16.740 heridos y 17.907 personas que perdieron sus viviendas. No obstante, omiten hablar sobre la cifra de desaparecidos, un dato que podría dar mayor contexto sobre la magnitud de la catástrofe. Naciones Unidas habló, en principio, de un estimado de 50.000 personas extraviadas, mientras que iniciativas independientes, registran datos de unas 40.000 personas desaparecidas.

“Sé que viva, no, pero de que la tengo que sacar, la tengo que sacar”

Hay un lugar en el que Daniela Castro, de 28 años de edad, ha encontrado tranquilidad, “aunque suene raro”, dice. Se refiere a las ruinas del edificio Opppe-26, en el sector Caribe de Caraballeda, La Guaira, donde transcurren sus días desde el 25 de junio. En la letra I, apartamento 8-05, vivía su madre, Yraima Josefina García Miquilena, de 65 años de edad, contextura delgada, cabello largo negro y raices canosas. Allí también estaban sus sobrinos Breyelis y Breiner Castro, de 13 y 12 años, delgados, piel oscura y cabello rizado. 

Ha pasado un mes y la búsqueda continua. Daniela ha visto rescates en otros pisos y otras torres, pero “de la letra I no han sacado a nadie”, insiste. Al frente está la Opppe-25, una infraestructura que no cedió del todo, pero gran parte de sus paredes están en el piso. Apoyada en una columna y sentada sobre pedazos de cemento, descansa Daniela. “¿Tú te quieres morir?, de ahí siguen cayendo pedazos del edificio, quítate de ahí”, le advierte un rescatista. Daniela se levanta y se queda de pie. Revisa su celular. “Esto lo hicimos viral nosotros”, cuenta. Se trata del video de varios hombres intentando mover una pieza de concreto con una cuerda. A partir de esas imágenes, empezó a llegar mucha más maquinaria a las Opppe de Caribe, según relatan varios familiares. Opppe significa Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales. En La Guaira, se estima que al menos 16 edificios de la Opppe colapsaron y 27 quedaron inhabitables.

Fotografía: Adrián Naranjo


Un día, no recuerda exactamente cuál, Daniela regresó de La Guaira cuando aún era de día. Al llegar a su casa lo primero que hizo fue ducharse. Se preparó algo de cenar y conversó por un rato con su hijo. Desde el 24 de junio, el insomnio ha sido recurrente, así que a las 12:00 a.m., seguía despierta. De repente llegó un mensaje: “Sacaron un cuerpo, creo que es tu mamá”. Daniela se levantó y de inmediato le pidió a su hermano que la llevara. A la 1:00 a.m. llegó a Caraballeda. Aquellos restos no eran los de Yraima. Cuando eran las 3:00 a.m. regresó a La Vega. Logró dormir hasta las 5:00 a.m. y dos horas después, ya era hora de retornar a La Guaira.

Daniela suele llegar a Caraballeda a las 9:00 a.m. Un hermano la lleva de vez en cuando en moto, cuando no, llega en transporte público. El pasaje cuesta el equivalente a un dólar, así que todo depende de a cuánto este la tasa del día. El bus no llega hasta Caribe, así que le toca caminar unos 15 minutos. No hay hora de retorno cuando se busca a un familiar entre toneladas de escombros. Un día puede irse a las 6:00 p. m., como hay días que todo termina a las 11:00 p.m., depende de cómo transcurren las labores. El regreso a Caracas es lo más complicado, quienes no tienen vehículo propio o alguien que los busque, recurren a aventones.

“Me siento en un limbo”, dice Daniela. Levanta la mirada, ahí siguen los pedazos de la Opppe-26 y se esfuma cualquier esperanza de encontrar con vida a Yraima. Teme que, de no poder hallar el cuerpo, se instaure en ella una sensación de que su madre está en algún lado. “Aquí me mantiene el deseo de verla por última vez, sé que viva no la voy a encontrar, pero no voy a estar tranquila si no la saco”, relata.

Fotografía: Adrián Naranjo

El puerto

A un costado de la entrada del puerto de La Guaira, hay tres toldos y unas 100 sillas de plástico, es una sala de espera dispuesta para los familiares que acuden a reconocer los cuerpos rescatados de los escombros. Alrededor de tres días después de los terremotos, este lugar fue convertido en un depósito improvisado de cadáveres, debido al colapso de la morgue del principal hospital del estado. Al poco tiempo, surgieron fotos que mostraban a decenas de fallecidos tirados en el piso y denuncias de malos tratos a los familiares. Ahora las rejas lucen cubiertas con bolsas negras y dentro, al parecer, cambiaron las dinámicas.

Con el pasar de las semanas, el volumen de familiares ha ido disminuyendo. En esta oportunidad, no todas las sillas están llenas ni hay cola para entrar al lugar. Allí, Yareny Romero y Magiber Rivas esperan a su prima, Angelica Pérez, quien está adentro. Todas buscan a su primo, Gerard José Millán Gutierrez, de 47 años de edad, quien el 24 de junio, se presume, estaba de visita en Residencias Caribe, en Caraballeda, aunque su familia no tiene certeza de que al momento de los terremotos él siguiera allí. “Era excelente estilista o es, porque no sabemos”, dice Yareny.

A las 2:30 p.m. Angélica sale del puerto. No reconoció a Gerard en ninguna fotografía. “Son muchísimas imágenes”, cuenta. Adentro, —según su relato—, hay varios toldos y abajo hay dos televisores, uno muestra el álbum de fotos de hombres y otro el de mujeres. Desde una tablet, una persona se encarga de ir mostrando las fotografías, una por una, al tiempo que son proyectadas en las pantallas. Otros funcionarios se ocupan de preguntar a los familiares por algunos rasgos distintivos de sus seres queridos. Angelica dio detalles sobre varios tatuajes de Gerard. Luego, estas personas van al área de los cadáveres y buscan si alguno corresponde con estas características.

Durante los primeros días de la tragedia, eran los propios familiares quienes debían buscar entre los cuerpos, incluso sin ningún tipo de acompañamiento, según testimonios documentados por medios nacionales e internacionales. Tampoco había garantía de tapabocas, guantes, ni de agua. 

La luz del mediodía no dejaba que Angélica pudiera distinguir bien las imágenes, tuvo que acercarse lo más que pudo a la pantalla para tratar de visualizar con mayor detalle. “Hay muchos cuerpos que están quemados, es muy difícil reconocer”, cuenta. Entre las fotos, hay al menos 10 que se repiten. Tampoco están clasificadas por lugares. “Solo algunos tienen marcados en alguna parte del cuerpo el nombre de la zona de dónde fueron rescatados”, añade. Sin embargo, cataloga la atención como “buena”. Pudo ir al baño y, cada que un familiar se levantaba, la persona encargada pausaba el reconocimiento fotográfico. Ella llevaba su propia agua.

Ese día, la morgue improvisada del puerto empezó a funcionar a partir de las 11:00 de la mañana A Angélica le dijeron que “el día anterior habían salido muy tarde”.

Fotografía: Adrián Naranjo

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“Todo ha sido pueblo con pueblo”

Más de un centenar de familias afectadas por los terremotos permanecen en campamentos improvisados, donde la ayuda de voluntarios y vecinos ha sido clave para sobrellevar la espera por una solución habitacional

—¿El gobierno les ha traído algo?

Angely Andrade hace silencio. Se contiene, solo niega con la cabeza. Segundos después, suelta un “no, todo ha sido pueblo con pueblo”. Durante décadas apoyó a los gobiernos de Hugo Chávez y más tarde de Nicolás Maduro. Hoy se siente decepcionada.

Desde los terremotos, duerme en la avenida Bolívar de Caracas, una extensa vía de dos kilómetros en pleno Centro. Allí Hugo Chávez solía organizar sus mítines. Ahora es el hogar de más de 100 familias que esperan por las reparaciones de sus edificios, construcciones de la Misión Vivienda, que sufrieron destrozos, sobre todo en la parte interna de los primeros cuatro pisos.

“No estamos aquí abajo por gusto”, dice.

Un gran toldo blanco, recubierto con bolsas negras, son, por los momentos, el techo y las cuatro paredes de Angely y su madre. Adentro hay dos camas improvisadas con colchonetas. El 90 % de las familias en el lugar —estima Angely—, tuvieron que comprar sus toldos, carpas y colchonetas o ya las tenían o las pidieron prestadas. Otro 10 % ha recibido estos insumos gracias a donaciones de empresas, fundaciones, organizaciones o personas particulares que se acercan continuamente a la zona. Angely se encuentra específicamente dentro del estacionamiento del Museo del Diseño y la Estampa, Carlos Cruz-Diez, ocupado ahora por 201 personas temporalmente refugiadas, entre los que hay bebés recién nacidos, mujeres embarazadas y adultos mayores.

Más riesgos y cargas para las mujeres 

Tras los terremotos, más de 17.000 personas han perdido su vivienda y hay registro de unos 59 campamentos transitorios, según datos oficiales. Estos lugares, donde emerge la solidaridad y el acompañamiento, también suelen ser espacios de caos y supervivencia, sobre todo para las mujeres, una población que afronta mayores riesgos y el aumento de sus ya pesadas cargas de cuidados. Hoy por hoy, a este panorama se enfrentan al menos 1,97 millones de mujeres —menores de 50 años—, que se  encontraban en las zonas con más afectaciones, según estima el Fondo de Población de la ONU.

Ya antes de la tragedia, las venezolanas dedicaban un 75% más de su tiempo que los hombres a ejercer labores de cuidado de la infancia y adultos mayores, lo que limitaba su acceso a ayuda, empleo o descanso. En un contexto que previamente era complejo, una catástrofe de esta magnitud condiciona, aún más, el acceso de las mujeres a servicios de salud sexual y reproductiva, aumenta el estrés y de otras afecciones de salud mental, incrementa el riesgo de violencia intrafamiliar y sexual, entre otras tantas vulnerabilidades. Además, la pérdida de ingresos y activos afecta de forma diferenciada a los hogares liderados por mujeres, que en Venezuela representan el 50%.

“El museo nos colabora con los baños y las duchas. Nosotros,  mujeres y hombres nos organizamos en grupos para limpiar estos baños. Para comer, ha sido gracias a los voluntarios y restaurantes que nos traen alimentos ya preparados”, detalla. El edificio de Angely, llamado Cinco Héroes Cubanos, está a pocos metros. Fue desalojado de forma preventiva desde el mismo 24 de junio, por Protección Civil. Desde hace unos días, obreros de la Misión Barrio Nuevo, Barrio Tricolor empezaron los arreglos del edificio Ojos de Chávez, pero hasta el momento los trabajos solo avanzan allí.

Todo ha sido gracias a las donaciones 

Miriam Chauran y Mirivic Carruido, madre e hija, viven, por los momentos bajo dos toldos, junto a ellas ocho personas más. Para dormir se dividen en tres carpas que reposan sobre paletas de madera para que no se mojen con la lluvia. Las cobijas, sabanas, colchonetas y demás insumos básicos que han recibido han sido gracias a donativos.

Miriam recuerda cómo a pesar de su artritis logró salir del edificio al momento del terremoto. “Cómo quedó el edificio traumatiza a cualquiera”, cuenta Marivic.

Las dos evitan entrar al edificio en la medida de lo posible desde aquel 24 de junio. Incluso ellas ven el edificio un “poquito” inclinado. Sin embargo, eso no ha sido verificado ni confirmado por algún experto, tan solo es una percepción de los vecinos y vecinas que siguen muy afectados tras los movimientos de 7.2 y 7.5 que ocasionaron destrozos principalmente en Caracas y La Guaira.

“Extrañamos todo de nuestro hogar, pero confiamos en Dios en que todo se va a solucionar”, añade Mirivic.

Una manicura mientras pasa el tiempo

Cae la tarde y no hay mucho que hacer en el campamento. María Peña aprovecha para pintarle las uñas a su madre, Aymara Méndez. No es manicurista profesional pero está en formación. Cerca de su toldo hay un punto de conexión. Gracias a eso pueden conectar la lámpara led que seca la pintura, dos ventiladores y poner a recargar los celulares. Para iluminarse usan bombillos inalámbricos. Su esposo está trabajando y hijo pequeño juega con otros niños en una cancha cerca de las carpas.

“Entre los vecinos tratamos de ayudarnos. Ha habido mucha solidaridad”, señala Aymara. Ella no sabe muy bien quiénes son las personas que se han acercado con alguna colaboración o ayuda pero presume que son organizaciones o fundaciones civiles o incluso familias que llegan a compartir casi cualquier cosa. Minutos antes, un grupo de personas pasó con un termo grande repartiendo tizana. En la mañana sabe que estuvo Médicos sin Fronteras y el día anterior hubo atención veterinaria.

“Yo veo más trabajo del pueblo. Sin embargo, tampoco estamos totalmente desasistidos. Aquí han venido peritos del gobierno y la Barrio Nuevo, Barrio Tricolor”, añade.

Un televisor para distraerse

Unas cuadras más allá está el edificio OPP-9, otra construcción social que, a diferencia de los edificios Cinco Héroes Cubanos y Ojos de Chávez, sufrió daños severos. Jonathan Contreras, habitante del OPP-9, vio como a su edificio le pusieron una etiqueta roja. Esto no necesariamente establece que deba ser demolido, pero sí desalojado hasta que se realice un estudio de patología estructural, según la explicación que han dado Comisión Presidencial de Evaluación de Habitabilidad en Infraestructuras sobre el significado de esta etiqueta. 

De uno de los soportes del toldo, cuelga un televisor, Jonathan lo trajo desde casa de su madre. Frente al aparato hay varias sillas plásticas, en una de ellas está él sentado viendo un partido del Mundial. Sobre una mesa hay una cafetera y una licuadora, algunos platos, vasos y tazas, es una especie de cocina improvisada. Son dos toldos los que cubren cuatro carpas, ese es el espacio donde convive la familia de Jonathan y tres familias más, 14 personas. Amigos y familiares de Jonathan han sido sus principales fuentes de ayuda durante estas dos semanas.

Jonathan agradece “a todos los venezolanos y venezolanas que los han apoyado en medio de la conmoción que atraviesa el país”. Menciona principalmente a “la parte privada”. Al gobierno, lo “único” que le pide, es que sus apartamentos sean reparados o que, en caso de no poder ser rehabilitados, sean reubicados lo más pronto posible para poder retomar sus empleos y los niños, niñas y adolescentes de su familia, el colegio.