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Mujeres construyen la transición exigiendo su lugar en la toma de decisiones 

Mujeres, lideresas comunitarias, activistas, defensoras de derechos humanos y académicas de distintas regiones y sectores se reunieron en el foro “Mujeres Construyendo la Transición” para compartir propuestas sobre democracia, justicia, reconciliación y construcción de paz, y reivindicar su papel en el futuro de Venezuela

Hay espacios donde la palabra deja de ser un simple discurso político para convertirse en un abrazo colectivo, en un refugio cálido donde la resistencia civil adquiere rostros, nombres y memorias compartidas.

La historia reciente de Venezuela no se entiende sin la fuerza de sus mujeres, esas arquitectas invisibles que sostienen el tejido social cuando todo colapsa. En los momentos más oscuros de nuestra geografía, las mujeres han estado ahí sin vacilar, con una valentía inagotable para resguardar la dignidad humana y garantizar el sustento de la vida diaria.

Ese latido femenino recorrió el foro “Mujeres Construyendo la Transición: Sin mujeres no hay democracia”, un encuentro promovido por la Red de Mujeres Constructoras de Paz junto a una coalición de nueve organizaciones: Laboratorio de Paz; Justicia, Encuentro y Perdón; Plataforma Encuentros; Raíces; Alianza de Mujeres Políticas; Instituto Prensa y Sociedad (Ipys Venezuela); Centro de Investigación y de Formación Padre Joaquín de Fe y Alegría; Soy Mujer/ Juntas nos crecieron alas y la Red de Periodistas Venezolanas, espacio que convocó a educadoras, abogadas, periodistas, investigadoras, defensoras de derechos humanos y lideresas comunitarias.

Todas acudieron a la cita del jueves 17 de septiembre, para compartir sus vivencias, visibilizar la realidad de sus regiones y demostrar que la reconstrucción del país posee el sello irrenunciable de su gente.

Las palabras de bienvenida estuvieron a cargo de María Isabel Párraga e Isabella González, mientras Gabriela Rojas marcó el tono reflexivo de la jornada, concebida para escuchar las voces de quienes han recorrido distintos espacios y las experiencias de su trabajo cotidiano en esas comunidades.

Cuando organizarse también es hacer política

“Allí no hay color político al momento de rescatar el bienestar común”, expresó Gabriela Rojas al explicar cómo las organizaciones de base articulan soluciones frente a los vacíos estatales. Este planteamiento tuvo eco en la voz de Auris Fermín, integrante de la Plataforma Encuentros, al señalar que “si nosotras no cambiamos este tejido social, no se va a recuperar”.

Desde los barrios y las escuelas también participan activamente el Programa de Formación Raíces y la Red de Mujeres Constructoras de Paz, junto al trabajo riguroso de Ipys Venezuela en la documentación de la realidad regional y la defensa de la libertad de expresión a nivel local.

Estas iniciativas territoriales han hecho posible la creación de redes de soporte emocional, comedores comunitarios, talleres de formación y centros de acopio en estados afectados por emergencias sociales. Por eso, cada testimonio coincidió en que la acción comunitaria femenina constituye una propuesta política de transformación desde la base, capaz de reconstruir los lazos de confianza destruidos por la polarización y de ofrecer respuestas efectivas allí donde las instituciones han fallado.

Rosalinda Hernández, desde Ipys Venezuela, mencionó que la organización ha encontrado a mujeres que han trascendido el papel tradicional de fuentes para convertirse en aliadas de periodistas y protagonistas de iniciativas que buscan transformar sus comunidades.

Para ellas, como con otras organizaciones, hablar de transición no ha sido una conversación reciente que solo se haya planteado por la transición. En esos territorios, hacer política también ocurre en lo cotidiano: cuando una mujer se organiza para conseguir respuestas ante las necesidades de su comunidad, exigir derechos o encontrar soluciones frente a la ausencia institucional.

Como impulsora de la Red de Periodistas Venezolanas, Gabriela Rojas cuestionó la idea de que existan asuntos exclusivamente femeninos y planteó que la política, la economía, la salud y las decisiones que atraviesan la vida cotidiana también deben ser contadas desde sus experiencias.

“Todos los temas son de mujeres”, fue una de las premisas planteadas durante el encuentro. Desde esta perspectiva, incorporar sus voces no implica crear una agenda paralela, sino reconocer que las mujeres forman parte de todas las dimensiones de la vida pública.

De la participación cotidiana a los espacios de poder

El encuentro profundizó en las propuestas estratégicas de lideresas pertenecientes a iniciativas como Soy Mujer, Juntas nos crecieron alas y la Alianza de Mujeres Políticas. Representadas por voces firmes como las de Daniela Ropero, Marysabel Centeno y Evelyn Pinto, las ponentes exigieron que la transición política rechace los acuerdos exclusivos de cúpulas para convertirse en un proceso participativo, amplio y descentralizado.

“Ninguna mesa de negociación será legítima si ignora la voz de las mujeres”, manifestaron al recalcar la urgencia de situar a la familia, la educación pública y la protección integral de la infancia en el centro de las decisiones públicas.

Centeno destacó la importancia de crear referentes para las nuevas generaciones de mujeres que aspiran a participar en la vida pública y Pinto puso en duda la percepción de que son pocas las mujeres que participan en política; el problema, dijo, está en cuánto de ese trabajo logra hacerse visible y en la brecha que persiste entre la participación cotidiana de las mujeres y su presencia en los espacios formales de poder.

Una brecha que también se escribe en cifras

No se trata de algo aislado. Este protagonismo local y estratégico contrasta de forma directa con un panorama global adverso para los derechos de las mujeres. Una realidad documentada en el informe anual publicado en septiembre de 2026 por ONU Mujeres, el cual advierte que el planeta experimenta retrocesos graves frente a la igualdad de género y que, bajo el ritmo actual de estancamiento institucional, la paridad plena tardará en alcanzarse hasta el año 2197.

Las cifras de este organismo internacional revelan brechas severas. Aunque el número de mujeres jefas de Estado o de gobierno aumentó de 20 a 28 entre 2020 y enero de 2026, 6 de cada 7 países continúan bajo el liderazgo exclusivo de hombres.

En los parlamentos mundiales, la proporción de legisladoras sufrió caídas en 54 países durante los últimos 5 años, y el número de ministras se redujo un 20% a escala global.

En paralelo, las organizaciones de mujeres atraviesan una crisis severa de financiación debido a recortes en la cooperación internacional, al recibir históricamente menos del 1% de la ayuda oficial al desarrollo.

Esta radiografía internacional resuena con crudeza en Venezuela, donde las mujeres enfrentan un colapso humanitario que las obligó a asumir el cuidado de familias enteras.

La transición también necesita verdad, memoria y justicia

La jornada también adentró sus reflexiones en la reconciliación y la justicia transicional, con los aportes de espacios fundamentales como el Laboratorio de Paz, Justicia, Encuentro y Perdón, y el Centro de Formación e Investigación Padre Joaquín.

A través de las contribuciones de Lexys Rendón, Martha Tineo, Ingrid Lux González, y la educadora Luisa Pernalete, referente y fundadora del programa Madres constructoras de paz desarrollado hace más de una década en las escuelas de Fe y Alegría, el debate profundizó en las condiciones éticas indispensables para sanar las heridas sociales.

Durante este segmento, Lexys Rendón recalcó con firmeza que buscar el reencuentro “no es aceptar impunidad, no es exigir olvido, ni es resignarse a la injusticia”.

Por su parte, Martha Tineo reflexionó sobre la necesidad de transformar el dolor acumulado en puentes de diálogo al afirmar que “reencontrarnos no significa pensar igual, sino tener madurez democrática de abrazar nuestras diferencias y convivir en paz, sin entregar jamás la propia dignidad”, al tiempo que advirtió que la paz “no se edifica sobre la amnesia ni sobre el dolor silenciado de las víctimas”.

La paz también se aprende en casa

Luisa Pernalete del Centro de Formación e Investigación Padre Joaquín, instancia de Fe y Alegría, Pernalete dió una cátedra sobre las razones y condiciones que se necesitan para cambiar el entorno y trabajar desde la enseñanza de la paz como incidencia social desde el hogar, la escuela y las comunidades.

Asimismo, condujo la conversación hacia hacia las familias, uno de los espacios donde también se juega la reconstrucción del país. “La primera escuela para enseñar a convivir es la familia”, sostuvo. Desde allí planteó la prevención de la violencia y la construcción de una convivencia basada en herramientas para relacionarse de otras maneras.

En 2010, luego de un episodio de violencia que afectó a una comunidad educativa en Bolívar, Pernalete impulsó el programa Madres Promotoras de Paz. La experiencia partió de una pregunta sobre cómo prevenir, reducir y erradicar la violencia y de una decisión concreta sobre dónde comenzar: con las madres.

“A mamá todo el mundo le echa la culpa y nadie le tiende la mano”, recordó al explicar el origen de la iniciativa. Para ella, transformar las formas de relacionarse “son un proceso”, que requieren algo más que una simple charla. Ese acompañamiento ha incluido a madres, abuelas, hermanas y otras mujeres que han asumido tareas de crianza, partiendo de la idea de que algunas prácticas de maltrato pueden estar relacionadas con la falta de herramientas para afrontar esas responsabilidades.

La Red de Mujeres Constructoras de paz hizo un reconocimiento a la trayectoria de Luisa Pernalete, por más de 50 años dedicada al trabajo en educación popular para la paz.

Sin mujeres no hay democracia

Las participantes coincidieron en que la verdad, la memoria histórica y la reparación integral son pilares irrenunciables para evitar la repetición de los abusos del pasado y garantizar un futuro democrático.

“Escúchennos, considérennos y caminen junto a nosotras, no como un gesto de cortesía, sino como una condición de viabilidad histórica, porque ninguna transición será sostenible, próspera ni democrática si se diseña a espaldas de las mujeres que han sostenido la vida misma de esta nación”, manifestó Tineo, quien finalizó con un discurso en el que tradujo el sentir colectivo en un mandato directo a las estructuras de poder en el país.

En cada calle, en cada aula y en cada espacio comunitario del país, la convicción de este movimiento permanece intacta. Queda la certeza de que, en los momentos más oscuros, las mujeres han estado ahí, firmes para sostener la vida y convertirse en las verdaderas arquitectas de la paz por venir.

El foro concluyó con la certeza compartida de que “sin justicia no hay futuro, sin verdad no hay reencuentro y sin las mujeres jamás habrá democracia”.

Para quienes deseen revivir el intercambio de ideas o ver la transmisión en diferido, el evento completo se encuentra disponible en YouTube a través del siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=cojT5vDNgSQ

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Las guardianas del voto en Carora: una red de resistencia popular

Ante un padrón electoral dominado por mujeres en el municipio Torres, vecinas de distintas trayectorias se capacitaron para convertirse en defensoras clave del sufragio y resguardar las actas electorales del 28 de julio

Meses antes de las elecciones presidenciales de 2024 en Venezuela, en la ciudad de Carora, capital del municipio Torres del estado Lara, se tejía una sólida red para defender la voluntad popular que se manifestó a través del voto. Sus protagonistas fueron mujeres que se prepararon para contribuir a la construcción del país con el que sueñan.

Este movimiento nació, originalmente, de un espacio de resistencia gremial, de un grupo de trabajadoras del sector educativo que se reunían para exigir salarios dignos, la restitución de los contratos colectivos y el cese de la política de bonificación del ingreso. Sin embargo, en medio de esos debates, la conversación dio un giro decisivo: para transformar sus condiciones laborales era imprescindible incidir en el poder

Así fue como el grupo decidió abrir sus puertas a amas de casa, militantes de organizaciones políticas e integrantes de la sociedad civil en general. Mediante talleres, asambleas y charlas formativas comenzaron a capacitarse en la defensa del derecho al sufragio, aprendiendo que el voto es una herramienta para influir en la toma de decisiones locales, regionales y nacionales.

El objetivo final apuntó a fortalecer la participación política de las mujeres en los 138 centros de votación del municipio Torres, donde 75 % del padrón electoral está conformado por mujeres, según los últimos datos disponibles del Consejo Nacional Electoral (CNE). Buscaban garantizar que sus voces realmente se escucharan en un contexto político complejo.

En estos espacios, mujeres de distintas edades y con diferentes historias consolidaron redes de apoyo, compartieron experiencias, discutieron los retos que enfrentan a diario y planificaron acciones conjuntas. Ahí germinó un sentido de comunidad y solidaridad.

El grupo creció entre colegas educadoras, amigas, familiares, con las que, aún dos años después, comparten como una gran familia. Ahora la red está formada por profesionales en diversas carreras y oficios, pero también por mujeres que no tuvieron acceso a la educación y ahora se sienten escuchadas.

El paso a un liderazgo activo

“Nos preparamos para ser parte de lo que soñamos”, contó Marileyda Rojas, licenciada en educación inicial e integrante del partido político Encuentro Ciudadano, al recordar su experiencia formativa en este movimiento de mujeres.  

La educadora admitió que antes de estos espacios no se sentía  capaz de lograr muchas cosas en su vida, que tenía una actitud más sumisa. “Actualmente me siento una líder; estoy fortalecida porque sé que aporto mi grano de arena para la libertad de este país”.

Para Marlene Pérez, secretaria de la Escuela Bolivariana Priscilo Véliz desde hace 30 años, la motivación de participar en este grupo y por esa causa fue querer el bienestar de sus hijos y de toda su familia. “El padrón electoral lo conformamos en su mayoría mujeres. Nos sentimos identificadas con la necesidad de un cambio y somos responsables al momento de tomar decisiones”, dijo.

Ella se siente protagonista de esas transformaciones que ha habido en el país, particularmente desde el 3 de enero de 2026. Opinó que aunque lentos, son un avance significativo y que sin duda tienen su antecedente en el 28 de julio de 2024: “Fui coordinadora de uno de los centros electorales y al momento de tomar decisiones somos aguerridas. Las mujeres tenemos un control que nadie logra”.

Pérez relató que antes de este evento electoral, la mayoría de mujeres que ahora son parte de la red desconocían sus derechos, y el poder transformador del que ahora son conscientes. “Nos acostumbraron a hacer las tareas del hogar, nos limitaron a cumplir con la casa, la familia, pero no nos dijeron lo que podemos lograr a través de nuestra participación activa en la toma de decisiones de un país”.

Ahora, con una certeza inquebrantable y una fe intacta, se mantiene de pie junto al gran grupo que se ha logrado conformar.

El trabajo de resguardar las actas el 28 de julio

Para muchas de estas mujeres lo que vivieron aquel 28 de julio de 2024 era un trabajo totalmente desconocido. El rol que jugaron durante aquella jornada fue fundamental: resguardaron las actas electorales que luego la oposición venezolana difundió como una prueba del triunfo de Edmundo González Urrutia, aunque el CNE había nombrado a Nicolás Maduro como ganador. 

Sobre aquel día recordaron, por ejemplo, cómo se blindaron. Tenían nombres, fotos y referencias de quiénes irían a los centros de votación para recoger las copias físicas de las actas que imprimían directamente las máquinas de votación. Tenían grupos de WhatsApp donde se comunicaban constantemente y verificaban cada paso del proceso: no hacían la entrega hasta tanto tener la confirmación de que era la persona correcta. 

Todo el trabajo que hicieron, sin embargo, enfrentó una fuerte repercusión apenas horas después de que el Poder Electoral anunciara sus resultados. Ahí comenzó la pesadilla para muchas. Noches de insomnio, desespero y zozobra debido a la persecución que emprendió el Gobierno de Maduro contra la disidencia.

Tras la activación de la llamada “Operación tun-tun”, hombres vestidos de negro que llegaban a las viviendas de las señaladas como “traidoras a la patria”. Las amedrentaban y, en algunos casos, las llevaban detenidas.

“Los días se hicieron largos, el temor de salir a la calle se incrementó con el correr de las horas. La comunicación entre familiares, amigos y la estructura del partido era casi nula, ya que desconocíamos si había alguna interferencia en nuestros equipos celulares”, contó una de las integrantes del grupo.

Otras de las mujeres del movimiento narraron cómo cambiaron sus rutinas. Solo salían a la calle a hacer diligencias puntuales, no confiaban en sus vecinos, temían por su vida y la de sus hijos. La incertidumbre era mayor con el pasar del tiempo.

“Nos comunicábamos con mensajes que se autodestruyen. Yo no dormía. Me mantenía alerta porque las detenciones no paraban”, agregó otra de las entrevistadas. Para protegerse evitaban a toda costa estar en lugares públicos: “Nos enmudecieron por un tiempo, del tema no se hablaba, solo se pensaba porque decirlo se convertía en un arma para que te acusaran de incitación al odio”.

La persecución que dio pie al exilio y la cárcel

Tras las protestas postelectorales que se desataron en varios estados del país, el alcalde opositor de Carora, Javier Oropeza, fue víctima de una fuerte persecución y decidió huir del país junto a su familia. 

Iraida Timaure, quien formaba parte del gabinete de Oropeza, fue nombrada alcaldesa encargada. Sin embargo, el acoso y el asedio por parte del Ejecutivo nacional también la alcanzó e igualmente tuvo que exiliarse. La acusaron, sin pruebas, de una serie de delitos. Además, allanaron su vivienda y el Estado venezolano confiscó sus bienes. 

Otro caso emblemático de esta persecución fue la detención de Yenny Lucía Barrios, militante de Voluntad Popular, defensora de derechos humanos y de los animales, y una mujer destacada en la sociedad caroreña. La lideresa padecía linfoma no Hodgkin y su salud ya estaba comprometida cuando la apresaron el 9 de septiembre de 2024 y la trasladaron a una cárcel en la ciudad de Barquisimeto. 

Su arresto generó consternación entre amigos, familiares y allegados. La acusaron de terrorismo e instigación al odio. Gracias a la lucha de organizaciones defensoras de DDHH nacionales e internacionales, se logró que la excarcelaran el 11 de diciembre, pero con una medida de presentación ante los tribunales.

Poco después la familia recibió otro golpe:  detuvieron al hijo de Yenny, Diego Sierralta, cuando intercambiaba unos medicamentos que su madre no necesitaba por otros que sí. En ese entonces, ella estaba recibiendo un segundo ciclo de quimioterapias. Al joven lo acusaron de tráfico de medicinas.

Yenny murió el 5 de noviembre del año 2025 por complicaciones asociadas al cáncer, muy afectada además por la detención de su hijo. A Diego lo excarcelaron el 6 de noviembre, un día después de la muerte de su madre, para que asistiera a su funeral.

Pese a las heridas de ese duro momento, muchas de las integrantes del movimiento piensan que salieron fortalecidas. Opinaron que incluso Barrios murió con la certeza de que trabajó por la libertad de Venezuela y la defensa del voto de la ciudadanía.

La fuerza, resiliencia y las ganas de darle un giro a la historia democrática de un país, llevó a estas mujeres a ser parte de lo que ahora definen como una “masa inquebrantable”.  Sin embargo, reconocen que la sombra de la persecución sigue al acecho. 

Luego de meses en el exilio, tanto el alcalde Javier Oropeza como Iraida Timaure decidieron regresar a Venezuela con la esperanza de retomar sus espacios; pero la vulnerabilidad a la que aún están expuestos quedó en evidencia este jueves, 17 de septiembre, cuando hombres vestidos de negro a bordo de una camioneta negra se llevaron a Javier Oropeza cuando salía de una entrevista en el diario El Informador en Barquisimeto, según denunciaron testigos. Lo sucedido sacude especialmente a la comunidad larense y demuestra que el asedio contra la disidencia sigue latente, aún viviendo “un nuevo momento político”.

Cuidado (1)

Sin nosotras no hay transición: sostener al país a pulso no es lo mismo que gobernarlo

La Red de Mujeres Constructoras de Paz e IPYS Venezuela presentaron su cuarto informe anual, un diagnóstico que desarma el mito de la apatía: 69 % de las venezolanas sabe que su rol es vital para una transición democrática, pero apenas 2 % milita en partidos. Entre jornadas de cuidado que consumen más de ocho horas al día, precariedad salarial y miedo a la persecución, el debate en el CIAP-UCAB dejó una exigencia clara: no más cuotas de adorno ni acuerdos cocinados a sus espaldas

Con la presentación de su cuarto informe anual, Sin nosotras no hay transición: la mujer venezolana y su participación política para la democracia”, la Red de Mujeres Constructoras de Paz y el Instituto Prensa y Sociedad (IPYS Venezuela) abrieron un debate urgente sobre el costo de hacer política en el país. El jueves 3 de septiembre en el CIAP-UCAB, más que un balance estadístico, expusieron la desconexión sistemática entre el trabajo de base que lideran las mujeres en los sectores populares y la resistencia de las cúpulas partidistas a compartir espacios reales de decisión.

La moderación estuvo a cargo de Rosalinda Hernández, de la Red de Mujeres Constructoras de Paz, quien explicó cómo se armó el diagnóstico. No se quedaron solo en la encuesta digital a 1.226 mujeres en todo el país; bajaron al terreno con grupos de discusión en Caracas, Maracaibo y Puerto La Cruz, además de entrevistas a lideresas sociales. Detrás de las estadísticas, Hernández recordó que están las rutinas de amas de casa, maestras, comerciantes informales y profesionales de entre 25 y 60 años.

La premisa de arranque fue directa: hablar de recuperar la democracia o de reconstruir a Venezuela al margen de quienes sostienen el tejido social es un sinsentido.

Marianela Balbi, directora ejecutiva de IPYS Venezuela, le puso cifras al nudo central del informe: 69 % de las venezolanas tiene clarísimo que sin su participación no habrá una transición real, pero apenas 2 % milita activamente en algún partido político. Ese abismo no es apatía; es supervivencia pura y dura. 

En un país donde los ingresos mensuales promedio rondan entre los 117 y 170 dólares y el 62 % de las encuestadas vive en casas con pisos de cemento, el tiempo es un lujo inalcanzable. El 68 % de las madres con hijos pequeños pasa ocho horas o más al día en faenas de cuidado y labores del hogar no remuneradas, frente a un escaso 8 % de los padres. A esa asfixia cotidiana se suma el miedo: tras el 28 de julio de 2024, el costo de alzar la voz se volvió aún más peligroso y empujó a muchas a replegarse para proteger a los suyos.

María Fernanda Rodríguez, corresponsal de IPYS Venezuela, repasó las conclusiones del documento insistiendo en que la presencia femenina en la política no puede seguir tratándose como una cuota de adorno o una concesión moral. Rodríguez planteó que sin medidas concretas (como redes comunitarias de cuidado infantil y atención a adultos mayores) es imposible liberar horas reales para que las mujeres hagan vida pública. También alertó sobre el desencanto de las más jóvenes, donde solo 56 % cree que su papel es determinante, y reclamó paridad efectiva en las boletas electorales, además de castigos claros para la violencia política y el hostigamiento que hoy obligan a tantas a autocensurarse.

El aterrizaje a la realidad cotidiana lo trajo Gabriela Rojas, impulsora de la Red de Periodistas Venezolanas, al desarmar esa división artificial que suele hacerse entre la labor social y la política. 

Rojas hizo hincapié en cómo organizar la cola del gas, cuadrar cuándo llega el agua, coordinar la comida de un comedor popular o gestionar jornadas de salud vecinales equivale a suplir al Estado en tareas públicas fundamentales, solo que de gratis y sin una pizca de poder formal. Advirtió también sobre el efecto expansivo del castigo: meter presa o amenazar a una dirigenta no solo la frena a ella, sino que busca paralizar a su familia y a toda su comunidad por terror.

Por eso, recalcó, el periodismo tiene que dejar de mandar estos temas a las páginas de “sociedad” y entender que la perspectiva de género atraviesa la economía y la política dura.

Mabel Sarmiento, periodista e integrante de la Red, completó el panel mirando hacia los barrios y hacia las generaciones que vienen. En las comunidades populares las mujeres no están esperando que las inviten a participar; ya están resolviendo los problemas a diario, aunque nadie las nombra. Sarmiento insistió en que hay que dirigir la mirada a ver a las jóvenes de los liceos, a las adolescentes que ya organizan a sus grupos y que deberían tener un lugar en la agenda pública. Para ella, el reto de los medios y de las organizaciones es subirle el costo político al machismo institucional y dejar de ver la política únicamente desde lo que ocurre en las cúpulas.

Un detalle que no pasó inadvertido en la sala fue la ausencia total de los hombres convocados, un vacío elocuente sobre las resistencias que todavía imperan en los espacios tradicionales de decisión. Sin embargo, el público compensó esa falta con un intercambio intergeneracional de mucho peso. 

En las filas del auditorio se sentaron y tomaron la palabra pioneras del movimiento de mujeres en el país: Lilian Arvelo, histórica parlamentaria, dirigente sindical y fundadora del Frente Nacional de Mujeres; María Cristina Parra, redactora del proyecto de la Ley sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia e impulsora de la convención CEDAW; la jueza Mildred Camero y la diplomática Carmen de Grijalva, ambas con un papel clave en la Comisión Nacional de Primaria; junto a lideresas como Paola Di Matthia y Mary Mogollón, formadoras de cuadros de base.

Escucharlas arropar a las investigadoras y debatir de tú a tú con las periodistas más jóvenes le dio a la jornada un aire de continuidad histórica: las peleas que dieron las abuelas y madres por las leyes laborales y electorales son el mismo hilo que hoy conecta a quienes reclaman que el cambio político no se cocine a sus espaldas. 

El informe Sin nosotras no hay transición dejó una conclusión tajante: las venezolanas no están pidiendo permiso ni esperando que las salven; el país ya se reconstruye a diario en sus manos. Lo que toca ahora es que esa fuerza de base se traduzca en puestos reales, con voz y poder de voto, en las mesas donde se definirá el rumbo de Venezuela.

El informe completo, con el desglose metodológico, los gráficos por región y los testimonios de las lideresas consultadas, está disponible para lectura y descarga en la web de Tejiendo Redes de IPYS Venezuela.

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La dignidad del adiós: la lucha por rescatar a sus seres queridos después de los terremotos

A más de un mes de los terremotos en Venezuela, vecinos de La Guaira continúan entre los escombros para rescatar y reconocer a sus seres queridos, a las víctimas fatales del desastre. La sociedad civil  exige transparencia a la administración pública para proteger la dignidad de los venezolanos en las actividades forenses

En una iglesia incompleta en Caraballeda, más de 122 vecinos de La Guaira se reunieron para velar a sus familiares. Ese 15 de julio honraron la memoria de 88 personas que fallecieron tras los terremotos del pasado 24 de junio de 2026. 

El sol ya se ocultaba, pero su luz entraba sin problemas: la extensión de la iglesia Nuestra Señora de La Candelaria aún no tiene paredes. El templo lleva más de 10 años en construcción. 

Entre los pilares y las columnas de concreto había 20 urnas con las cenizas de madres, de hijas, de esposos… Esas personas que hoy representan las 5.546 víctimas fatales que el gobierno venezolano ha reconocido hasta el 24 de julio.

Desde ese entonces la administración pública lleva 7 días sin actualizar la cifra.

Interior de la iglesia Nuestra Señora de La Candelaria, en Caraballeda. La mayoría de los feligreses que velan por sus familiares son mujeres. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Diomar Fajardo (44), una agente de atención al cliente del salón VIP del Aeropuerto Internacional de Maiquetía, fue una de las 105 mujeres que asistió a la eucaristía ese día. Ella no duda que la cifra de fallecidos seguirá creciendo. 

Cada día ella se sienta en esa iglesia para velar a los más de 20 nombres que cambian diariamente desde los seísmos. Por ahora vive en la iglesia, buscando almohadas y sábanas para que otros vecinos que duermen allí, como ella, descansen mejor.

Ese 15 de julio por fin pudo velar a su esposo: Adelso Abadía (45), despachador de vuelos de Rutaca Airlines. Su urna y su foto estaban acompañadas por sus vecinos. 

—Es en la fe donde he podido sobrellevar el reencuentro con mi esposo, y todo lo que eso conlleva. 

Repitió (y repetirá) que las autoridades tardaron 19 días para sacar a Adelso de los escombros del edificio Aguamarina, en Caraballeda.

Según el gerente de seguridad de los cementerios del municipio Libertador, Emilio Rivas, los familiares de las víctimas mortales de los terremotos del pasado 24 de junio optan por el servicio de cremación, que es gratuito en el Cementerio General del Oeste, en Caracas. Luego, las familias regresan a La Guaira para continuar el proceso del duelo. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

El derecho al duelo

Horas antes de esa misa, a las 02:00 p.m., un par de militares de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) botaron dos cruces de madera que Diomar y su suegro, Antonio, habían montado para honrar la memoria de Adelso. Las tiraron junto a los escombros del edificio Aguamarina, detrás de una pared del estacionamiento, donde nadie las vería con facilidad.

Los militares estaban acompañados por otros 20 funcionarios. Le dijeron a Diomar y a Antonio que debían borrar las paredes donde ellos pedían auxilio para recuperar el cuerpo de Adelso, y pidieron que desmantelaran un pequeño altar que hicieron en la entrada del edificio, donde habían puesto su foto. 

«No queremos más problemas», se escuchó hablar a uno de los militares. «No queremos más noticias malintencionadas»: Adelso ya no estaba en el edificio.

La FANB le pidió a Diomar que le enseñara el edificio. Tomaron un video y luego se fueron. La visita no tardó más de 15 minutos.

Estas tres cruces estaban en la entrada del edificio Aguamarina, donde Antonio Abadía y Diomar Fajardo armaron un altar para Adelso. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Unos pasos más al fondo, Diomar revisó una vez más el sótano donde quedó atrapado Adelso. 

—Yo he visitado este lugar muchas veces. El olor es muy fuerte, aumentaba cada vez que nos acercabamos más a mi esposo —relató Diomar, señalando con la linterna de su teléfono celular la zona donde se encontraba Adelso.

Las Naciones Unidas y la Cruz  Roja y la Media Luna Roja Internacional establecen en su libro «La gestión de cadáveres en situaciones de desastre: guía práctica para equipos de respuesta» que las autoridades deben respetar los procesos de duelo de los familiares de las víctimas y evitar la exposición innecesaria para la identificación de los cuerpos.

“Nosotros [en Venezuela] no tenemos un protocolo armado específicamente para las muertes masivas en desastres socioambientales. Pero, por suerte, hay muchos organismos internacionales que se han dado la tarea de hacer esas guías —especialmente después de los terremotos de Haití [de 2010], después de el tsunami de 2004 en el Océano Índico— para dar instrucciones a otras naciones”, explicó Diana Osuna, antropóloga especializada en la labor forense durante los desastres. 

Osuna es profesora de la escuela de sociología de la Universidad Central de Venezuela e investigadora del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. Ella explicó que las Naciones Unidas “establecen que los objetivos de todas estas guías y protocolos es el trato con dignidad de los cuerpos y preservar la dignidad de las familias. (…) Es evitar la improvisación”.

Diomar Fajardo visitó reiteradas veces el sótano donde su esposo estaba atrapado, viendo su cuerpo varias veces y percibiendo a escasos centímetros los fluidos y el olor que le salían por la descomposición. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

La antropóloga afirmó que la dignidad de las familias también se expresa en los rituales, religiosos o no, que cada persona necesita para resignificar la relación que tenía alguien con su ser querido. 

“Entonces, el interrumpir o el no permitir que estas prácticas tengan lugar —como, por ejemplo, tener un altar y que lo retiren— no solo interrumpe ese mecanismo que estamos teniendo para procesar la muerte, sino que puede de alguna forma generar más estrés, puede generar culpa, puede generar un sin fin de emociones que hará más difícil poder expresar el duelo nuevamente o el poder procesarlo”, agregó Osuna. 

Diomar y Antonio recogieron ellos mismos los escombros del edificio Aguamarina. El padre de Adelso montó el altar y pintó las paredes pidiendo ayuda. Ellos declararon ante la prensa al menos 10 veces sobre su caso, con la esperanza de agilizar el rescate.

—No lo niego: con el pasar de los días llegó la ayuda. En el edificio también había vecinos que tenían sus familiares allí y llamaban a otros vecinos y amigos—dijo Diomar—. Mi suegro y yo ayudamos a los rescatistas, a cuatro muchachos que despejaban los escombros del sótano. 

Una vez que retiraron a Adelso del edificio, Diomar tuvo que ir a Los Silos, una morgue improvisada ubicada en el puerto de La Guaira. Allí recordó que debió ver decenas de calaveras y cientos de cuerpos, uno acostado al lado del otro. 

Dos días después de esa visita, los vecinos de La Guaira afirmaron a Redsonadoras que el proceso ha cambiado desde entonces: ahora la identificación pasa por reconocer al ser querido entre varias fotos.

Antonio Abadía escribió en las paredes del edificio Aguamarina para que recuperaran a su hijo. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Opacidad que revictimiza

A un mes del desastre que ocurrió en Venezuela, las puertas de las morgues ya no presencian a tantos familiares. Aún no dejan pasar a la prensa para precisar la cantidad de fallecidos dentro de las instalaciones. Pero aún, desde la distancia, se pueden ver personas envueltas en bolsas mortuorias bajo el sol. 

En la entrada de Los Silos, la mayoría de las personas que van a identificar a sus seres queridos son mujeres. Madres, sobrinas, nietas e hijas se congregaron en una especie de círculo y discutían quién tenía el valor para entrar a la morgue improvisada. 

El proceso de identificación podría tardar dos horas o más. 

“Las madres, las hijas, las esposas son las que están buscando a sus seres queridos y, además, están haciendo los trámites en las morgues. Ellas son las que están organizando los funerales y organizan las ayudas de los familiares que siguen buscando entre los escombros. Ojo, todos llevamos un duelo colectivo; pero los desastres revelan todas estas condiciones subyacentes en la sociedad que existían antes del desastre y que en ese momento se intensifican y lo vemos con más claridad, como el trabajo adicional que lleva a cabo la mujer y la vulnerabilidades que ellas tienen dentro de esa sociedad”, explicó Osuna.

A más de un mes del desastre, la morgue improvisada de La Guaira aún alberga cadáveres bajo el sol tropical. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Ante ese proceso han pasado los familiares de Sheyla Guerra, Angelina Guerra Figueroa y Jaime Infante, quienes han visitado las morgues en Caracas y La Guaira para dar con el paradero de sus seres queridos. Todos ellos están desaparecidos, hasta la fecha, pese a que la información que manejan sus familias indica que han fallecido. 

Para Liliana Ortega, abogada, defensora de los derechos humanos y fundadora del Comité de Familiares de Víctimas del Caracazo (Cofavic), el gobierno ha sido opaco sobre el proceso de identificación de las víctimas fatales del desastre y el acompañamiento a las víctimas sobrevivientes. 

Cofavic ha llevado tres casos a la Corte Interamericana de Derechos Humanos donde se ha evidenciado que el gobierno venezolano por más de 40 años no ha seguido los protocolos internacionales de atención a las víctimas fatales en contextos de desastres. Entre esos litigios está el caso «Blanco Romero y otros vs. Venezuela» (con sentencia el 28 de noviembre de 2005), que denuncia la desaparición forzada de venezolanos en el contexto de los deslaves del estado Vargas (hoy estado La Guaira) en diciembre de 1999.

“El gobierno debería tener como primer paso una lista unificada oficial y pública de las personas desaparecidas. Y, adicionalmente, debe crearse un banco genético», afirmó la abogada. «Aunque es cierto que la identificación e individualización de restos en un desastre masivo como el que se vivió en Venezuela recientemente no es una tarea que se hace en pocas horas, sí es muy importante que desde el minuto cero comience, digamos, a levantarse información. También es muy importante robustecer la cadena de custodio”.

Pero solo el 25 de julio de 2026 hubo algún dato sobre los desaparecidos en Venezuela. La cifra fue de 156 personas. Desde ese día no volvió a darse.

La última fotografía de Adelso Abadía. Su padre tuvo que viajar unas cuadras para imprimirla y ponerla en el altar del edificio Aguamarina. Ahora, la FANB obligó a quitar el altar. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Sobrecarga ciudadana

La falta de datos llevó a los ciudadanos y periodistas a crear plataformas digitales para aproximar un número de desaparecidos y la identidad de los fallecidos. 

«Hasta encontrarles», una iniciativa de la Red de Periodistas Venezolanas, ha registrado a través de un formulario y de denuncias en redes sociales corroboradas por periodistas a 4.418 personas desaparecidas: al menos 408 figuran como fallecidas. De ese grupo de víctimas mortales, 186 se identificaban como mujeres (48,38 %).

«Las miles de vidas que el terremoto apagó» —una plataforma creada por el proyecto periodístico Monitor de Víctimas, con el apoyo de Runrunes, El Pitazo y Connectas— ha identificado 1.042 fallecidos hasta la fecha. De esa población, 589 son mujeres (56,52 %).

Mientras tanto, las Naciones Unidas estimó que el desastre ha dejado entre 40.000 y 50.000 desaparecidos.

Si bien el Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (Senamecf) anunció en un comunicado el pasado 23 de julio que las personas que tengan a un familiar desaparecido deben ir a la Morgue de Bello Monte (en Caracas) para tomar muestras de ADN, Ortega aseguró que el gobierno debe aplicar más mecanismos de identificación y acompañamiento a los familiares.

“La colaboración de las víctimas sobrevivientes es muy importante para dar datos que individualicen a las víctimas mortales —como información odontológica, datos sobre tatuajes, radiografías, peso, estatura y color de piel—, pero no se puede poner en ellas toda la carga de la identificación», aseveró la abogada. «El Estado venezolano está en la obligación de crear múltiples rutas para llegar al mismo destino, que la identificación no solo sea una fotografía o una sola comparativa de datos pre-mortem o post-mortem”.

El equipo de Redsonadoras pudo contactar con un miembro de la Morgue de Bello Monte para precisar si existían fallecidos que aún no habían sido identificados por sus familiares. Bajo confidencialidad, por temor a represalias del Estado, afirmó que, para el 17 de julio, existían al menos 19 personas identificadas pero que no habían sido retiradas de la morgue. Ninguno coincidía con los nombres de Sheyla, Angelina ni de Jaime. 

Poco después, el 24 de julio, el Senamecf publicó un comunicado para llamar a los padres o representantes para identificar los cuerpos de 38 niños, niñas y adolescentes que no habían sido reclamados por sus familiares directos. La Organización Panamericana de la Salud, por su parte, denunció que hay más de 300 víctimas fallecidas sin identificar.

Pausa entre los escombros

Ante la incertidumbre de los datos, personas como José Gregorio Mora, un mototaxista de 54 años, se quedan en el último lugar donde creen que están sus seres queridos. Él espera a Brenda Tibisay Mora, su hija de 17 años, entre los escombros del complejo habitacional Luisa Cáceres de Arismendi, en Playa Grande. 

—Llevo aquí más de 27 días esperando para ver si puedo rescatar el cuerpo de mi hija, sea con vida o como Dios me la quiera entregar —dijo a escasos metros de un edificio inclinado, donde solo se ven las columnas, las vigas y las habitaciones que hace menos de un mes albergaba a sus vecinos.

José Gregorio Mora posa cerca de la Torre C del complejo habitacional Luisa Cáceres de Arismendi, en Playa Grande, La Guaira. El edificio donde vivía, la torre D, colapsó por completo. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

José y otras 40 personas esperan a escasos metros del complejo habitacional creado durante la Gran Misión Vivienda Venezuela (2015). Hacen carpas improvisadas con sábanas para protegerse del sol. Allí descansan cuando no están entre los escombros. 

Él estaba con su hija minutos antes del terremoto. Vivían en el piso 3 de la torre D del complejo. José salió a comprar agua y un cigarro; su hija se quedó en casa, chateando con sus amigas. El edificio colapsó. 

—Y desde el minuto uno he estado aquí, ayudando a salvar o a recuperar a las personas. Entre nosotros mismos, los vecinos. Luego de unos días es que tuvimos el apoyo de las autoridades. 

No sabe con exactitud cuántas personas han sacado del edificio. Recuerda, eso sí, que casi a diario, entre las 02:00 y las 05:00 p.m., los vecinos consiguen a una persona y las autoridades se las llevan a Los Silos

José recuerda que a veces llegan en menos de una hora, otras veces tardan más. 

Como José Gregorio Mora, decenas de familias pernoctan en las cercanías de los edificios de la Gran Misión Vivienda Venezuela que han colapsado en La Guaira tras los terremotos. El objetivo de todos es el mismo: encontrar a sus seres queridos. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Con el pasar de los días, con la gravedad, las labores de rescate cada vez son más peligrosas para José y sus vecinos. La torre C del complejo Luisa Cáceres de Arismendi, a unos metros donde José remueve los escombros, se inclina para tocar el suelo: los cuatro primeros pisos del edificio colapsaron también y la estructura sigue agrietándose. 

—Pero seguiré acá, cerca de mi hija. No me iré hasta encontrarla. Lo único que pediría es una moto para volver a trabajar o para llevar a mi hija conmigo cuando la consiga.

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El 30 de julio de 2026 el gobierno venezolano derrumbó la Torre C del complejo Luisa Cáceres de Arismendi con explosivos. José Gregorio continúa en la búsqueda de su hija. 

El edificio Aguamarina, donde Diomar Fajardo y su suegro Antonio Abadía trabajaron para recuperar a Adelso, ahora tiene las paredes completamente pintadas de blanco. Aún así, se puede ver los trazos de la pintura negra donde alguna vez pidieron auxilio. 

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“De aquí no me muevo hasta que aparezca mi hijo”

Miriam, Daniela y Angélica son tres relatos entre las numerosas mujeres que continúan en búsqueda de sus seres queridos. A un mes de los dos terremotos, decenas de familiares permanecen junto a las edificaciones colapsadas de La Guaira, pese a las condiciones adversas y la ayuda insuficiente para las labores de búsqueda. El deseo de encontrarles les mantiene allí

Las lágrimas caen una y otra vez. Miriam Villalta intenta articular palabras, pero por momentos no puede. El dolor habla por ella. Hace más de 15 días vive en una carpa a pocos metros del urbanismo Luisa Cacéres de Arismendi, en Playa Grande, estado La Guaira, —antes Vargas—. No sabe nada de su hijo, Greiber Gómez. No tiene certeza de que haya quedado tapiado a raíz del desplome de la torre D, donde vivía Greiber, en el piso 3, apartamento 3-08, pero tampoco hay rastro de él en refugios, hospitales o morgues. “De aquí no me muevo hasta que aparezca mi hijo”.

Madres, hijas, esposas, sobrinas, primas. En La Guaira, la búsqueda de desaparecidos está siendo asumida, en gran medida, por mujeres. Se mantienen en los derrumbes, no solo esperando noticias, aunque la espera también agota. Ellas, además, remueven escombros con sus propias manos, gestionan y organizan la distribución de ayuda y acompañan y contienen a otros familiares. A su vez, son quienes con mayor frecuencia acuden a las morgues para reconocer a sus familiares entre decenas de cadáveres. Esta asignación de tareas no es excepcional. Organismos como ONU Mujeres han documentado que, durante las crisis humanitarias y los desastres, las mujeres suelen asumir una carga desproporcionada de trabajos de cuidados no remunerados, además de las tareas de búsqueda, organización comunitaria y apoyo a las personas afectadas.

Fotografía: Adrián Naranjo

El lunes 1 de julio, Miriam, de 50 años de edad, llegó a Venezuela. Desde hace tres años vive en Perú. Su viaje por carretera tardó siete días. Apenas vio las noticias sobre el doble terremoto, llamó a Greiber. No hubo respuesta. En ese momento supo que debía volver. Ahora está en busca de su hijo, un joven de 31 años de edad, 1,60 cm de estatura, delgado, piel trigueña y cabello corto y oscuro. “Son tres años viendo a mi hijo por videollamada”.

En La Guaira hay dolor, pero también fe. Un mes después de los terremotos del 24 de junio, aún hay familiares que se aferran a un “milagro”. Es el caso de Miriam, su instinto le dice que Greiber no está allí. Piensa que puede estar herido y que fue trasladado a algún hospital del interior. Sin embargo, los parientes y amistades que la están ayudando a buscar no han encontrado nada. El conjunto residencial Luisa Cacéres de Arismendi, una construcción gubernamental de la Misión Vivienda, estaba compuesto de cuatro torres, la C fue la única que se desplomó por completo. De allí han rescatado más de 200 cuerpos, según un conteo extraoficial de familiares. 

Fotografía: Ivanna Laura

Miriam, su hijo mayor y su hermana empiezan los días sin desayunar. “Aquí la ayuda llega cuando ya es de noche”, cuenta Miriam. Con el paso de las semanas, la cantidad de donaciones ha ido disminuyendo, incluidas las comidas. “Pero, aquí estamos guerreando por nuestros seres queridos”, insiste. Greiber Gómez es sargento segundo de la Armada, destacado en el Hospital Naval de Catia La Mar. “Aquí los que han hecho acto de presencia son sus amigos, no sus superiores. Para acá han venido los compañeros de bomberos, de enfermeras, de policías, todos han venido a ayudar a sacar a su gente, pero por mi hijo, nadie”.

Los datos (22 de julio), que a diario actualiza el gobierno de Delcy Rodríguez, hablan de más de 5300 personas fallecidas, 16.740 heridos y 17.907 personas que perdieron sus viviendas. No obstante, omiten hablar sobre la cifra de desaparecidos, un dato que podría dar mayor contexto sobre la magnitud de la catástrofe. Naciones Unidas habló, en principio, de un estimado de 50.000 personas extraviadas, mientras que iniciativas independientes, registran datos de unas 40.000 personas desaparecidas.

“Sé que viva, no, pero de que la tengo que sacar, la tengo que sacar”

Hay un lugar en el que Daniela Castro, de 28 años de edad, ha encontrado tranquilidad, “aunque suene raro”, dice. Se refiere a las ruinas del edificio Opppe-26, en el sector Caribe de Caraballeda, La Guaira, donde transcurren sus días desde el 25 de junio. En la letra I, apartamento 8-05, vivía su madre, Yraima Josefina García Miquilena, de 65 años de edad, contextura delgada, cabello largo negro y raices canosas. Allí también estaban sus sobrinos Breyelis y Breiner Castro, de 13 y 12 años, delgados, piel oscura y cabello rizado. 

Ha pasado un mes y la búsqueda continua. Daniela ha visto rescates en otros pisos y otras torres, pero “de la letra I no han sacado a nadie”, insiste. Al frente está la Opppe-25, una infraestructura que no cedió del todo, pero gran parte de sus paredes están en el piso. Apoyada en una columna y sentada sobre pedazos de cemento, descansa Daniela. “¿Tú te quieres morir?, de ahí siguen cayendo pedazos del edificio, quítate de ahí”, le advierte un rescatista. Daniela se levanta y se queda de pie. Revisa su celular. “Esto lo hicimos viral nosotros”, cuenta. Se trata del video de varios hombres intentando mover una pieza de concreto con una cuerda. A partir de esas imágenes, empezó a llegar mucha más maquinaria a las Opppe de Caribe, según relatan varios familiares. Opppe significa Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales. En La Guaira, se estima que al menos 16 edificios de la Opppe colapsaron y 27 quedaron inhabitables.

Fotografía: Adrián Naranjo


Un día, no recuerda exactamente cuál, Daniela regresó de La Guaira cuando aún era de día. Al llegar a su casa lo primero que hizo fue ducharse. Se preparó algo de cenar y conversó por un rato con su hijo. Desde el 24 de junio, el insomnio ha sido recurrente, así que a las 12:00 a.m., seguía despierta. De repente llegó un mensaje: “Sacaron un cuerpo, creo que es tu mamá”. Daniela se levantó y de inmediato le pidió a su hermano que la llevara. A la 1:00 a.m. llegó a Caraballeda. Aquellos restos no eran los de Yraima. Cuando eran las 3:00 a.m. regresó a La Vega. Logró dormir hasta las 5:00 a.m. y dos horas después, ya era hora de retornar a La Guaira.

Daniela suele llegar a Caraballeda a las 9:00 a.m. Un hermano la lleva de vez en cuando en moto, cuando no, llega en transporte público. El pasaje cuesta el equivalente a un dólar, así que todo depende de a cuánto este la tasa del día. El bus no llega hasta Caribe, así que le toca caminar unos 15 minutos. No hay hora de retorno cuando se busca a un familiar entre toneladas de escombros. Un día puede irse a las 6:00 p. m., como hay días que todo termina a las 11:00 p.m., depende de cómo transcurren las labores. El regreso a Caracas es lo más complicado, quienes no tienen vehículo propio o alguien que los busque, recurren a aventones.

“Me siento en un limbo”, dice Daniela. Levanta la mirada, ahí siguen los pedazos de la Opppe-26 y se esfuma cualquier esperanza de encontrar con vida a Yraima. Teme que, de no poder hallar el cuerpo, se instaure en ella una sensación de que su madre está en algún lado. “Aquí me mantiene el deseo de verla por última vez, sé que viva no la voy a encontrar, pero no voy a estar tranquila si no la saco”, relata.

Fotografía: Adrián Naranjo

El puerto

A un costado de la entrada del puerto de La Guaira, hay tres toldos y unas 100 sillas de plástico, es una sala de espera dispuesta para los familiares que acuden a reconocer los cuerpos rescatados de los escombros. Alrededor de tres días después de los terremotos, este lugar fue convertido en un depósito improvisado de cadáveres, debido al colapso de la morgue del principal hospital del estado. Al poco tiempo, surgieron fotos que mostraban a decenas de fallecidos tirados en el piso y denuncias de malos tratos a los familiares. Ahora las rejas lucen cubiertas con bolsas negras y dentro, al parecer, cambiaron las dinámicas.

Con el pasar de las semanas, el volumen de familiares ha ido disminuyendo. En esta oportunidad, no todas las sillas están llenas ni hay cola para entrar al lugar. Allí, Yareny Romero y Magiber Rivas esperan a su prima, Angelica Pérez, quien está adentro. Todas buscan a su primo, Gerard José Millán Gutierrez, de 47 años de edad, quien el 24 de junio, se presume, estaba de visita en Residencias Caribe, en Caraballeda, aunque su familia no tiene certeza de que al momento de los terremotos él siguiera allí. “Era excelente estilista o es, porque no sabemos”, dice Yareny.

A las 2:30 p.m. Angélica sale del puerto. No reconoció a Gerard en ninguna fotografía. “Son muchísimas imágenes”, cuenta. Adentro, —según su relato—, hay varios toldos y abajo hay dos televisores, uno muestra el álbum de fotos de hombres y otro el de mujeres. Desde una tablet, una persona se encarga de ir mostrando las fotografías, una por una, al tiempo que son proyectadas en las pantallas. Otros funcionarios se ocupan de preguntar a los familiares por algunos rasgos distintivos de sus seres queridos. Angelica dio detalles sobre varios tatuajes de Gerard. Luego, estas personas van al área de los cadáveres y buscan si alguno corresponde con estas características.

Durante los primeros días de la tragedia, eran los propios familiares quienes debían buscar entre los cuerpos, incluso sin ningún tipo de acompañamiento, según testimonios documentados por medios nacionales e internacionales. Tampoco había garantía de tapabocas, guantes, ni de agua. 

La luz del mediodía no dejaba que Angélica pudiera distinguir bien las imágenes, tuvo que acercarse lo más que pudo a la pantalla para tratar de visualizar con mayor detalle. “Hay muchos cuerpos que están quemados, es muy difícil reconocer”, cuenta. Entre las fotos, hay al menos 10 que se repiten. Tampoco están clasificadas por lugares. “Solo algunos tienen marcados en alguna parte del cuerpo el nombre de la zona de dónde fueron rescatados”, añade. Sin embargo, cataloga la atención como “buena”. Pudo ir al baño y, cada que un familiar se levantaba, la persona encargada pausaba el reconocimiento fotográfico. Ella llevaba su propia agua.

Ese día, la morgue improvisada del puerto empezó a funcionar a partir de las 11:00 de la mañana A Angélica le dijeron que “el día anterior habían salido muy tarde”.

Fotografía: Adrián Naranjo