Maikelis Bandres, mujer embarazada que vive en un campamento solidario en la Av. Bolivar post el terremoto del 24 de junio, resultando con graves daños el edificio de la mision vivienda donde vivía.

Gestar y maternar en el desastre: ¿cómo vivieron las embarazadas los terremotos?

Según estimaciones del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), más de 36 mil embarazadas resultaron directamente afectadas por los terremotos que golpearon a Venezuela el 24 de junio. Hoy enfrentan desplazamiento forzado, estrés agudo y la frustración por lo perdido, a lo que se suma la afectación de la salud mental y el enorme desafío de empezar de cero con un recién nacido en brazos

El doble terremoto coincidió con las últimas semanas de gestación de Maikelis Bandres. Cuando vio que cedieron las paredes de su apartamento en el primer piso del urbanismo OPPPE 16, en la Av. Bolívar, pensó en saltar por la ventana. “Si yo me lanzo de aquí, me voy a morir, pero si me quedo aquí también me voy a morir”, pensó. Como pudo, bajó por las escaleras, pero el temblor la tumbó al piso. El dolor, sin embargo, llegó una vez la tierra dejó de moverse. “Por la caída y el susto, sentía como si el bebé se me impulsaba hacia abajo”, recuerda.

Hoy, con fecha de parto prevista para agosto, Maikelis pasa sus días en un campamento instalado en el estacionamiento del Museo Cruz-Diez, donde enfrenta la angustia de no tener un espacio seguro a dónde llevar a su recién nacido. La idea de que ocurra otro sismo la mantiene tensa. Y a eso se suma el cansancio por dormir en el piso. Confiesa que, con este embarazo cruzado por el desastre, se ha sentido “como en coma”, por lo que pasa la mayor parte del día acostada en la carpa.

“A veces me pongo a llorar, porque quién se iba a imaginar que esto iba a pasar. Ya estoy a punto de dar a luz y ¿a dónde me voy a ir? Ahorita están recuperando las viviendas, pero no es lo mismo. Yo sí quiero irme por no estar aquí. Quiero estar acostada en mi cuarto, con mis cosas, pero me da miedo”, cuenta.

Maikelis Bandres, mujer embarazada que vive en un campamento solidario en la Av. Bolivar post el terremoto del 24 de junio, resultando con graves daños el edificio de la mision vivienda donde vivía. Foto: Redsonadoras/ Mairet Chourio.

Así como Maikelis, unas 36.700 mujeres embarazadas resultaron directamente afectadas por los sismos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron Venezuela hace ya un mes, y al menos 4.000 darían a luz en las semanas inmediatas a la catástrofe, según estimaciones del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA).

Para las embarazadas que están en campamentos o permanecen en zonas aisladas sin acceso inmediato a consultas, la educación sobre los signos de complicación es vital. Desde la Asociación Civil de Planificación Familiar (Plafam), advierten que la presencia de sangrado vaginal, pérdida de líquido amniótico, disminución drástica o ausencia de movimientos del bebé, las contracciones dolorosas o los síntomas de preeclampsia —como dolor de cabeza persistente, visión borrosa, zumbidos e hinchazón repentina— exigen evaluación médica inmediata.

Maikelis Bandres, mujer embarazada que vive en un campamento solidario en la Av. Bolivar post el terremoto del 24 de junio, resultando con graves daños el edificio de la mision vivienda donde vivía. Foto: Redsonadoras/ Mairet Chourio.

Parir lejos de casa

La Guaira fue el estado más golpeado por el doblete sísmico. La devastación en el litoral central fue tal que agencias internacionales como la OCHA confirmaron el desplazamiento de cientos de familias hacia otras regiones del país. Ese fue el caso de Selena Corea, quien dejó su casa en Playa Grande para refugiarse en Falcón, con sus suegros.

Ante el colapso de los centros de salud, permanecer en La Guaira no era una opción viable. “En mis últimos controles se me ha dicho que yo voy a ser cesárea, porque la bebé viene muy grande. Entonces, los quirófanos no van a prestar la atención que requiero“, explica.

La preocupación de Selena no es infundada. De acuerdo con UNFPA, 38 centros sanitarios quedaron dañados, “lo que limita considerablemente el acceso a servicios esenciales de salud materna para mujeres y recién nacidos”. Igualmente, la ONU reportó que los terremotos llevaron al límite a los hospitales de La Guaira, donde faltan camas, suministros y personal, por lo que fueron instalados hospitales de campaña para atender a los afectados.

En su nuevo hogar, Selena intenta mantener un “autocontrol constante” para que su hijo pequeño no la vea ansiosa y que el miedo tampoco impacte en su embarazo. Emilio Altahona, obstetra ginecólogo de Plafam, explica que la descarga constante de cortisol y adrenalina puede desencadenar picos de presión arterial —aumentando el riesgo de preeclampsia—, provocar contracciones prematuras o alterar el patrón de movimiento del bebé dentro del vientre.

Desde que ocurrió el terremoto, el doctor Altahona cuenta que ha detectado entre sus pacientes un aumento de hipertensión, hemorragias del primer, segundo y tercer trimestre, y cuadros de estrés agudo con episodios de insomnio.

Selena Corea vivía en el sector Playa Grande, en La Guaira. El edificio al lado de su casa se derrumbó. Aunque su vivienda quedó en pie, no sabe cuándo volverá a habitarla. Foto: Redsonadoras/ Mairet Chourio.

Esa alteración provocada por la angustia la vivió Katherin Landazabal. Con la urgencia del sismo, “a mí se me olvidó la barriga, a mí se me olvidó todo. No sentía nada”, relata. Pasó la noche en una montaña por la alerta de tsunami y, a la mañana siguiente, con las piernas raspadas, el abdomen prensado y sin sentir a su bebé, tuvo que manejar desde el sector Caribe, en La Guaira, hasta Los Teques para ponerse a salvo en casa de sus padres.

Instalada en Miranda, las secuelas físicas y emocionales persisten: “No duermo. Estoy ida. Con cualquier nervio que me da, el bebé se mueve mucho. Me dicen que es normal, pero no es normal para mí. Tengo que tener mucha calma por mi esposo y por mi otro niño, pero es el estrés de que ya no tengo la casa, el estrés de adaptarme aquí y de que el bebé tiene que estar sano”, confiesa.

Katherin Landazabal, mujer embarazada que vivía en La Guaira y tras los terremotos ocurridos el 24 de junio, se mudó con su esposo e hijo a la casa de sus padres en Los Teques. Foto: Redsonadoras/ Mairet Chourio.

Ese desplazamiento no solo interrumpió sus controles y canceló el parto que tenía planificado en Macuto, sino que la dejó sin la vivienda en la que había invertido todos sus ahorros y sin los insumos que ya tenía listos para la llegada de su bebé, Noah.

Reponer lo perdido no luce fácil. El esposo de Katherin se fracturó el talón y sufrió lesiones significativas en la columna durante el terremoto, por lo que le espera una larga rehabilitación. Ella tampoco podrá trabajar por el reposo postparto. E incluso cuando ambos se recuperen, el futuro laboral es incierto: vivían de volar parapente en La Guaira.

“No sé cuánto tiempo nos quedaremos aquí, si en algún momento vamos a volver a La Guaira. Tengo la casa, pero qué hago yo con la casa. No me la puedo traer y llevármela a otro lado. ¿La vendo? ¿La vendo en qué? Todo lo que invertí ahí, no me lo va a pagar nadie. Nadie quiere saber nada de La Guaira y eso me deprime más, porque ¿con quién queda uno? ¿Con quién cuenta uno?”.

Katherin Landazabal, mujer embarazada que vivía en La Guaira y tras los terremotos ocurridos el 24 de junio, se mudó con su esposo e hijo a la casa de sus padres en Los Teques. Foto: Redsonadoras/ Mairet Chourio.

Ante la urgencia de empezar de cero, una amiga le abrió una campaña en GoFundMe con la meta de costear los gastos médicos e intentar reconstruir un nuevo espacio para cuidar al recién nacido.

Redefinir el hogar

El “nido” de Victoria Romero también desapareció con el terremoto. Su apartamento en La Guaira quedó para demolición y, con él, se perdió el patrimonio que planificó durante años junto a su esposo, además de su récord médico y las cosas que había reunido para su bebé, Carlotta.

En Valencia, no solo enfrenta las secuelas que dejó el sismo en su sistema nervioso, sino también el reto de encontrar un centro médico de confianza para atender la recta final de su gestación. Probó suerte en el Hospital Central de San Diego, pero el personal la asustó más de lo que la aliviaron. “No tenían los equipos para la frecuencia cardíaca ni nada. De hecho, hasta sentí que tuve violencia obstétrica allí porque me hicieron estudios que yo no quería, citología y esas cosas. Yo dije que no quería hacerme esos exámenes y ellas prácticamente me obligaron”, señala.

Como trabajadora humanitaria, Victoria está más acostumbrada a brindar apoyo que a recibirlo. Asumir la vulnerabilidad fue un choque interno e incluso recibir los donativos le generó sentimientos encontrados. “Yo me sentía molesta porque no fueron las cosas que nosotros como padres elegimos. Pero es ahora lo que nos toca”, dice. Pudo recuperar algunas de las pertenencias de Carlotta porque le pagó a alguien para que entrara a lo que quedó de su edificio, sin importar si le desvalijaban el departamento.

Hoy recauda fondos en GoFundMe para cubrir gastos médicos, alquiler, enseres básicos y cualquier otro imprevisto. “Una de las cosas que más me duele es que mi esposo y yo hicimos un plan: compramos nuestra casa, nos casamos y ahí fue donde empezamos a buscar a la bebé. Dijimos que para nosotros casarnos pues teníamos que tener algo de nosotros para poder dárselo a la bebé. Estamos bajo un techo y gracias a Dios estamos vivos, pero nuestro plan de que Carlotta naciera en una casa de ella no está ya”, confiesa.

Pese al duelo y la incertidumbre por el futuro, agradece tener un lugar donde resguardarse y empezar a construir el espacio de Carlotta, combinando lo que logró rescatar con el apoyo recibido. Aceptar esa ayuda le ha dado estabilidad y le dejó una certeza final: “una lección que aprendimos en todo esto, mi familia y yo, es que el hogar se construye con las personas que lo habitan”.

AN209219

La dignidad del adiós: la lucha por rescatar a sus seres queridos después de los terremotos

A más de un mes de los terremotos en Venezuela, vecinos de La Guaira continúan entre los escombros para rescatar y reconocer a sus seres queridos, a las víctimas fatales del desastre. La sociedad civil  exige transparencia a la administración pública para proteger la dignidad de los venezolanos en las actividades forenses

En una iglesia incompleta en Caraballeda, más de 122 vecinos de La Guaira se reunieron para velar a sus familiares. Ese 15 de julio honraron la memoria de 88 personas que fallecieron tras los terremotos del pasado 24 de junio de 2026. 

El sol ya se ocultaba, pero su luz entraba sin problemas: la extensión de la iglesia Nuestra Señora de La Candelaria aún no tiene paredes. El templo lleva más de 10 años en construcción. 

Entre los pilares y las columnas de concreto había 20 urnas con las cenizas de madres, de hijas, de esposos… Esas personas que hoy representan las 5.546 víctimas fatales que el gobierno venezolano ha reconocido hasta el 24 de julio.

Desde ese entonces la administración pública lleva 7 días sin actualizar la cifra.

Interior de la iglesia Nuestra Señora de La Candelaria, en Caraballeda. La mayoría de los feligreses que velan por sus familiares son mujeres. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Diomar Fajardo (44), una agente de atención al cliente del salón VIP del Aeropuerto Internacional de Maiquetía, fue una de las 105 mujeres que asistió a la eucaristía ese día. Ella no duda que la cifra de fallecidos seguirá creciendo. 

Cada día ella se sienta en esa iglesia para velar a los más de 20 nombres que cambian diariamente desde los seísmos. Por ahora vive en la iglesia, buscando almohadas y sábanas para que otros vecinos que duermen allí, como ella, descansen mejor.

Ese 15 de julio por fin pudo velar a su esposo: Adelso Abadía (45), despachador de vuelos de Rutaca Airlines. Su urna y su foto estaban acompañadas por sus vecinos. 

—Es en la fe donde he podido sobrellevar el reencuentro con mi esposo, y todo lo que eso conlleva. 

Repitió (y repetirá) que las autoridades tardaron 19 días para sacar a Adelso de los escombros del edificio Aguamarina, en Caraballeda.

Según el gerente de seguridad de los cementerios del municipio Libertador, Emilio Rivas, los familiares de las víctimas mortales de los terremotos del pasado 24 de junio optan por el servicio de cremación, que es gratuito en el Cementerio General del Oeste, en Caracas. Luego, las familias regresan a La Guaira para continuar el proceso del duelo. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

El derecho al duelo

Horas antes de esa misa, a las 02:00 p.m., un par de militares de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) botaron dos cruces de madera que Diomar y su suegro, Antonio, habían montado para honrar la memoria de Adelso. Las tiraron junto a los escombros del edificio Aguamarina, detrás de una pared del estacionamiento, donde nadie las vería con facilidad.

Los militares estaban acompañados por otros 20 funcionarios. Le dijeron a Diomar y a Antonio que debían borrar las paredes donde ellos pedían auxilio para recuperar el cuerpo de Adelso, y pidieron que desmantelaran un pequeño altar que hicieron en la entrada del edificio, donde habían puesto su foto. 

«No queremos más problemas», se escuchó hablar a uno de los militares. «No queremos más noticias malintencionadas»: Adelso ya no estaba en el edificio.

La FANB le pidió a Diomar que le enseñara el edificio. Tomaron un video y luego se fueron. La visita no tardó más de 15 minutos.

Estas tres cruces estaban en la entrada del edificio Aguamarina, donde Antonio Abadía y Diomar Fajardo armaron un altar para Adelso. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Unos pasos más al fondo, Diomar revisó una vez más el sótano donde quedó atrapado Adelso. 

—Yo he visitado este lugar muchas veces. El olor es muy fuerte, aumentaba cada vez que nos acercabamos más a mi esposo —relató Diomar, señalando con la linterna de su teléfono celular la zona donde se encontraba Adelso.

Las Naciones Unidas y la Cruz  Roja y la Media Luna Roja Internacional establecen en su libro «La gestión de cadáveres en situaciones de desastre: guía práctica para equipos de respuesta» que las autoridades deben respetar los procesos de duelo de los familiares de las víctimas y evitar la exposición innecesaria para la identificación de los cuerpos.

“Nosotros [en Venezuela] no tenemos un protocolo armado específicamente para las muertes masivas en desastres socioambientales. Pero, por suerte, hay muchos organismos internacionales que se han dado la tarea de hacer esas guías —especialmente después de los terremotos de Haití [de 2010], después de el tsunami de 2004 en el Océano Índico— para dar instrucciones a otras naciones”, explicó Diana Osuna, antropóloga especializada en la labor forense durante los desastres. 

Osuna es profesora de la escuela de sociología de la Universidad Central de Venezuela e investigadora del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. Ella explicó que las Naciones Unidas “establecen que los objetivos de todas estas guías y protocolos es el trato con dignidad de los cuerpos y preservar la dignidad de las familias. (…) Es evitar la improvisación”.

Diomar Fajardo visitó reiteradas veces el sótano donde su esposo estaba atrapado, viendo su cuerpo varias veces y percibiendo a escasos centímetros los fluidos y el olor que le salían por la descomposición. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

La antropóloga afirmó que la dignidad de las familias también se expresa en los rituales, religiosos o no, que cada persona necesita para resignificar la relación que tenía alguien con su ser querido. 

“Entonces, el interrumpir o el no permitir que estas prácticas tengan lugar —como, por ejemplo, tener un altar y que lo retiren— no solo interrumpe ese mecanismo que estamos teniendo para procesar la muerte, sino que puede de alguna forma generar más estrés, puede generar culpa, puede generar un sin fin de emociones que hará más difícil poder expresar el duelo nuevamente o el poder procesarlo”, agregó Osuna. 

Diomar y Antonio recogieron ellos mismos los escombros del edificio Aguamarina. El padre de Adelso montó el altar y pintó las paredes pidiendo ayuda. Ellos declararon ante la prensa al menos 10 veces sobre su caso, con la esperanza de agilizar el rescate.

—No lo niego: con el pasar de los días llegó la ayuda. En el edificio también había vecinos que tenían sus familiares allí y llamaban a otros vecinos y amigos—dijo Diomar—. Mi suegro y yo ayudamos a los rescatistas, a cuatro muchachos que despejaban los escombros del sótano. 

Una vez que retiraron a Adelso del edificio, Diomar tuvo que ir a Los Silos, una morgue improvisada ubicada en el puerto de La Guaira. Allí recordó que debió ver decenas de calaveras y cientos de cuerpos, uno acostado al lado del otro. 

Dos días después de esa visita, los vecinos de La Guaira afirmaron a Redsonadoras que el proceso ha cambiado desde entonces: ahora la identificación pasa por reconocer al ser querido entre varias fotos.

Antonio Abadía escribió en las paredes del edificio Aguamarina para que recuperaran a su hijo. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Opacidad que revictimiza

A un mes del desastre que ocurrió en Venezuela, las puertas de las morgues ya no presencian a tantos familiares. Aún no dejan pasar a la prensa para precisar la cantidad de fallecidos dentro de las instalaciones. Pero aún, desde la distancia, se pueden ver personas envueltas en bolsas mortuorias bajo el sol. 

En la entrada de Los Silos, la mayoría de las personas que van a identificar a sus seres queridos son mujeres. Madres, sobrinas, nietas e hijas se congregaron en una especie de círculo y discutían quién tenía el valor para entrar a la morgue improvisada. 

El proceso de identificación podría tardar dos horas o más. 

“Las madres, las hijas, las esposas son las que están buscando a sus seres queridos y, además, están haciendo los trámites en las morgues. Ellas son las que están organizando los funerales y organizan las ayudas de los familiares que siguen buscando entre los escombros. Ojo, todos llevamos un duelo colectivo; pero los desastres revelan todas estas condiciones subyacentes en la sociedad que existían antes del desastre y que en ese momento se intensifican y lo vemos con más claridad, como el trabajo adicional que lleva a cabo la mujer y la vulnerabilidades que ellas tienen dentro de esa sociedad”, explicó Osuna.

A más de un mes del desastre, la morgue improvisada de La Guaira aún alberga cadáveres bajo el sol tropical. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Ante ese proceso han pasado los familiares de Sheyla Guerra, Angelina Guerra Figueroa y Jaime Infante, quienes han visitado las morgues en Caracas y La Guaira para dar con el paradero de sus seres queridos. Todos ellos están desaparecidos, hasta la fecha, pese a que la información que manejan sus familias indica que han fallecido. 

Para Liliana Ortega, abogada, defensora de los derechos humanos y fundadora del Comité de Familiares de Víctimas del Caracazo (Cofavic), el gobierno ha sido opaco sobre el proceso de identificación de las víctimas fatales del desastre y el acompañamiento a las víctimas sobrevivientes. 

Cofavic ha llevado tres casos a la Corte Interamericana de Derechos Humanos donde se ha evidenciado que el gobierno venezolano por más de 40 años no ha seguido los protocolos internacionales de atención a las víctimas fatales en contextos de desastres. Entre esos litigios está el caso «Blanco Romero y otros vs. Venezuela» (con sentencia el 28 de noviembre de 2005), que denuncia la desaparición forzada de venezolanos en el contexto de los deslaves del estado Vargas (hoy estado La Guaira) en diciembre de 1999.

“El gobierno debería tener como primer paso una lista unificada oficial y pública de las personas desaparecidas. Y, adicionalmente, debe crearse un banco genético», afirmó la abogada. «Aunque es cierto que la identificación e individualización de restos en un desastre masivo como el que se vivió en Venezuela recientemente no es una tarea que se hace en pocas horas, sí es muy importante que desde el minuto cero comience, digamos, a levantarse información. También es muy importante robustecer la cadena de custodio”.

Pero solo el 25 de julio de 2026 hubo algún dato sobre los desaparecidos en Venezuela. La cifra fue de 156 personas. Desde ese día no volvió a darse.

La última fotografía de Adelso Abadía. Su padre tuvo que viajar unas cuadras para imprimirla y ponerla en el altar del edificio Aguamarina. Ahora, la FANB obligó a quitar el altar. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Sobrecarga ciudadana

La falta de datos llevó a los ciudadanos y periodistas a crear plataformas digitales para aproximar un número de desaparecidos y la identidad de los fallecidos. 

«Hasta encontrarles», una iniciativa de la Red de Periodistas Venezolanas, ha registrado a través de un formulario y de denuncias en redes sociales corroboradas por periodistas a 4.418 personas desaparecidas: al menos 408 figuran como fallecidas. De ese grupo de víctimas mortales, 186 se identificaban como mujeres (48,38 %).

«Las miles de vidas que el terremoto apagó» —una plataforma creada por el proyecto periodístico Monitor de Víctimas, con el apoyo de Runrunes, El Pitazo y Connectas— ha identificado 1.042 fallecidos hasta la fecha. De esa población, 589 son mujeres (56,52 %).

Mientras tanto, las Naciones Unidas estimó que el desastre ha dejado entre 40.000 y 50.000 desaparecidos.

Si bien el Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (Senamecf) anunció en un comunicado el pasado 23 de julio que las personas que tengan a un familiar desaparecido deben ir a la Morgue de Bello Monte (en Caracas) para tomar muestras de ADN, Ortega aseguró que el gobierno debe aplicar más mecanismos de identificación y acompañamiento a los familiares.

“La colaboración de las víctimas sobrevivientes es muy importante para dar datos que individualicen a las víctimas mortales —como información odontológica, datos sobre tatuajes, radiografías, peso, estatura y color de piel—, pero no se puede poner en ellas toda la carga de la identificación», aseveró la abogada. «El Estado venezolano está en la obligación de crear múltiples rutas para llegar al mismo destino, que la identificación no solo sea una fotografía o una sola comparativa de datos pre-mortem o post-mortem”.

El equipo de Redsonadoras pudo contactar con un miembro de la Morgue de Bello Monte para precisar si existían fallecidos que aún no habían sido identificados por sus familiares. Bajo confidencialidad, por temor a represalias del Estado, afirmó que, para el 17 de julio, existían al menos 19 personas identificadas pero que no habían sido retiradas de la morgue. Ninguno coincidía con los nombres de Sheyla, Angelina ni de Jaime. 

Poco después, el 24 de julio, el Senamecf publicó un comunicado para llamar a los padres o representantes para identificar los cuerpos de 38 niños, niñas y adolescentes que no habían sido reclamados por sus familiares directos. La Organización Panamericana de la Salud, por su parte, denunció que hay más de 300 víctimas fallecidas sin identificar.

Pausa entre los escombros

Ante la incertidumbre de los datos, personas como José Gregorio Mora, un mototaxista de 54 años, se quedan en el último lugar donde creen que están sus seres queridos. Él espera a Brenda Tibisay Mora, su hija de 17 años, entre los escombros del complejo habitacional Luisa Cáceres de Arismendi, en Playa Grande. 

—Llevo aquí más de 27 días esperando para ver si puedo rescatar el cuerpo de mi hija, sea con vida o como Dios me la quiera entregar —dijo a escasos metros de un edificio inclinado, donde solo se ven las columnas, las vigas y las habitaciones que hace menos de un mes albergaba a sus vecinos.

José Gregorio Mora posa cerca de la Torre C del complejo habitacional Luisa Cáceres de Arismendi, en Playa Grande, La Guaira. El edificio donde vivía, la torre D, colapsó por completo. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

José y otras 40 personas esperan a escasos metros del complejo habitacional creado durante la Gran Misión Vivienda Venezuela (2015). Hacen carpas improvisadas con sábanas para protegerse del sol. Allí descansan cuando no están entre los escombros. 

Él estaba con su hija minutos antes del terremoto. Vivían en el piso 3 de la torre D del complejo. José salió a comprar agua y un cigarro; su hija se quedó en casa, chateando con sus amigas. El edificio colapsó. 

—Y desde el minuto uno he estado aquí, ayudando a salvar o a recuperar a las personas. Entre nosotros mismos, los vecinos. Luego de unos días es que tuvimos el apoyo de las autoridades. 

No sabe con exactitud cuántas personas han sacado del edificio. Recuerda, eso sí, que casi a diario, entre las 02:00 y las 05:00 p.m., los vecinos consiguen a una persona y las autoridades se las llevan a Los Silos

José recuerda que a veces llegan en menos de una hora, otras veces tardan más. 

Como José Gregorio Mora, decenas de familias pernoctan en las cercanías de los edificios de la Gran Misión Vivienda Venezuela que han colapsado en La Guaira tras los terremotos. El objetivo de todos es el mismo: encontrar a sus seres queridos. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Con el pasar de los días, con la gravedad, las labores de rescate cada vez son más peligrosas para José y sus vecinos. La torre C del complejo Luisa Cáceres de Arismendi, a unos metros donde José remueve los escombros, se inclina para tocar el suelo: los cuatro primeros pisos del edificio colapsaron también y la estructura sigue agrietándose. 

—Pero seguiré acá, cerca de mi hija. No me iré hasta encontrarla. Lo único que pediría es una moto para volver a trabajar o para llevar a mi hija conmigo cuando la consiga.

***

El 30 de julio de 2026 el gobierno venezolano derrumbó la Torre C del complejo Luisa Cáceres de Arismendi con explosivos. José Gregorio continúa en la búsqueda de su hija. 

El edificio Aguamarina, donde Diomar Fajardo y su suegro Antonio Abadía trabajaron para recuperar a Adelso, ahora tiene las paredes completamente pintadas de blanco. Aún así, se puede ver los trazos de la pintura negra donde alguna vez pidieron auxilio. 

image

“De aquí no me muevo hasta que aparezca mi hijo”

Miriam, Daniela y Angélica son tres relatos entre las numerosas mujeres que continúan en búsqueda de sus seres queridos. A un mes de los dos terremotos, decenas de familiares permanecen junto a las edificaciones colapsadas de La Guaira, pese a las condiciones adversas y la ayuda insuficiente para las labores de búsqueda. El deseo de encontrarles les mantiene allí

Las lágrimas caen una y otra vez. Miriam Villalta intenta articular palabras, pero por momentos no puede. El dolor habla por ella. Hace más de 15 días vive en una carpa a pocos metros del urbanismo Luisa Cacéres de Arismendi, en Playa Grande, estado La Guaira, —antes Vargas—. No sabe nada de su hijo, Greiber Gómez. No tiene certeza de que haya quedado tapiado a raíz del desplome de la torre D, donde vivía Greiber, en el piso 3, apartamento 3-08, pero tampoco hay rastro de él en refugios, hospitales o morgues. “De aquí no me muevo hasta que aparezca mi hijo”.

Madres, hijas, esposas, sobrinas, primas. En La Guaira, la búsqueda de desaparecidos está siendo asumida, en gran medida, por mujeres. Se mantienen en los derrumbes, no solo esperando noticias, aunque la espera también agota. Ellas, además, remueven escombros con sus propias manos, gestionan y organizan la distribución de ayuda y acompañan y contienen a otros familiares. A su vez, son quienes con mayor frecuencia acuden a las morgues para reconocer a sus familiares entre decenas de cadáveres. Esta asignación de tareas no es excepcional. Organismos como ONU Mujeres han documentado que, durante las crisis humanitarias y los desastres, las mujeres suelen asumir una carga desproporcionada de trabajos de cuidados no remunerados, además de las tareas de búsqueda, organización comunitaria y apoyo a las personas afectadas.

Fotografía: Adrián Naranjo

El lunes 1 de julio, Miriam, de 50 años de edad, llegó a Venezuela. Desde hace tres años vive en Perú. Su viaje por carretera tardó siete días. Apenas vio las noticias sobre el doble terremoto, llamó a Greiber. No hubo respuesta. En ese momento supo que debía volver. Ahora está en busca de su hijo, un joven de 31 años de edad, 1,60 cm de estatura, delgado, piel trigueña y cabello corto y oscuro. “Son tres años viendo a mi hijo por videollamada”.

En La Guaira hay dolor, pero también fe. Un mes después de los terremotos del 24 de junio, aún hay familiares que se aferran a un “milagro”. Es el caso de Miriam, su instinto le dice que Greiber no está allí. Piensa que puede estar herido y que fue trasladado a algún hospital del interior. Sin embargo, los parientes y amistades que la están ayudando a buscar no han encontrado nada. El conjunto residencial Luisa Cacéres de Arismendi, una construcción gubernamental de la Misión Vivienda, estaba compuesto de cuatro torres, la C fue la única que se desplomó por completo. De allí han rescatado más de 200 cuerpos, según un conteo extraoficial de familiares. 

Fotografía: Ivanna Laura

Miriam, su hijo mayor y su hermana empiezan los días sin desayunar. “Aquí la ayuda llega cuando ya es de noche”, cuenta Miriam. Con el paso de las semanas, la cantidad de donaciones ha ido disminuyendo, incluidas las comidas. “Pero, aquí estamos guerreando por nuestros seres queridos”, insiste. Greiber Gómez es sargento segundo de la Armada, destacado en el Hospital Naval de Catia La Mar. “Aquí los que han hecho acto de presencia son sus amigos, no sus superiores. Para acá han venido los compañeros de bomberos, de enfermeras, de policías, todos han venido a ayudar a sacar a su gente, pero por mi hijo, nadie”.

Los datos (22 de julio), que a diario actualiza el gobierno de Delcy Rodríguez, hablan de más de 5300 personas fallecidas, 16.740 heridos y 17.907 personas que perdieron sus viviendas. No obstante, omiten hablar sobre la cifra de desaparecidos, un dato que podría dar mayor contexto sobre la magnitud de la catástrofe. Naciones Unidas habló, en principio, de un estimado de 50.000 personas extraviadas, mientras que iniciativas independientes, registran datos de unas 40.000 personas desaparecidas.

“Sé que viva, no, pero de que la tengo que sacar, la tengo que sacar”

Hay un lugar en el que Daniela Castro, de 28 años de edad, ha encontrado tranquilidad, “aunque suene raro”, dice. Se refiere a las ruinas del edificio Opppe-26, en el sector Caribe de Caraballeda, La Guaira, donde transcurren sus días desde el 25 de junio. En la letra I, apartamento 8-05, vivía su madre, Yraima Josefina García Miquilena, de 65 años de edad, contextura delgada, cabello largo negro y raices canosas. Allí también estaban sus sobrinos Breyelis y Breiner Castro, de 13 y 12 años, delgados, piel oscura y cabello rizado. 

Ha pasado un mes y la búsqueda continua. Daniela ha visto rescates en otros pisos y otras torres, pero “de la letra I no han sacado a nadie”, insiste. Al frente está la Opppe-25, una infraestructura que no cedió del todo, pero gran parte de sus paredes están en el piso. Apoyada en una columna y sentada sobre pedazos de cemento, descansa Daniela. “¿Tú te quieres morir?, de ahí siguen cayendo pedazos del edificio, quítate de ahí”, le advierte un rescatista. Daniela se levanta y se queda de pie. Revisa su celular. “Esto lo hicimos viral nosotros”, cuenta. Se trata del video de varios hombres intentando mover una pieza de concreto con una cuerda. A partir de esas imágenes, empezó a llegar mucha más maquinaria a las Opppe de Caribe, según relatan varios familiares. Opppe significa Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales. En La Guaira, se estima que al menos 16 edificios de la Opppe colapsaron y 27 quedaron inhabitables.

Fotografía: Adrián Naranjo


Un día, no recuerda exactamente cuál, Daniela regresó de La Guaira cuando aún era de día. Al llegar a su casa lo primero que hizo fue ducharse. Se preparó algo de cenar y conversó por un rato con su hijo. Desde el 24 de junio, el insomnio ha sido recurrente, así que a las 12:00 a.m., seguía despierta. De repente llegó un mensaje: “Sacaron un cuerpo, creo que es tu mamá”. Daniela se levantó y de inmediato le pidió a su hermano que la llevara. A la 1:00 a.m. llegó a Caraballeda. Aquellos restos no eran los de Yraima. Cuando eran las 3:00 a.m. regresó a La Vega. Logró dormir hasta las 5:00 a.m. y dos horas después, ya era hora de retornar a La Guaira.

Daniela suele llegar a Caraballeda a las 9:00 a.m. Un hermano la lleva de vez en cuando en moto, cuando no, llega en transporte público. El pasaje cuesta el equivalente a un dólar, así que todo depende de a cuánto este la tasa del día. El bus no llega hasta Caribe, así que le toca caminar unos 15 minutos. No hay hora de retorno cuando se busca a un familiar entre toneladas de escombros. Un día puede irse a las 6:00 p. m., como hay días que todo termina a las 11:00 p.m., depende de cómo transcurren las labores. El regreso a Caracas es lo más complicado, quienes no tienen vehículo propio o alguien que los busque, recurren a aventones.

“Me siento en un limbo”, dice Daniela. Levanta la mirada, ahí siguen los pedazos de la Opppe-26 y se esfuma cualquier esperanza de encontrar con vida a Yraima. Teme que, de no poder hallar el cuerpo, se instaure en ella una sensación de que su madre está en algún lado. “Aquí me mantiene el deseo de verla por última vez, sé que viva no la voy a encontrar, pero no voy a estar tranquila si no la saco”, relata.

Fotografía: Adrián Naranjo

El puerto

A un costado de la entrada del puerto de La Guaira, hay tres toldos y unas 100 sillas de plástico, es una sala de espera dispuesta para los familiares que acuden a reconocer los cuerpos rescatados de los escombros. Alrededor de tres días después de los terremotos, este lugar fue convertido en un depósito improvisado de cadáveres, debido al colapso de la morgue del principal hospital del estado. Al poco tiempo, surgieron fotos que mostraban a decenas de fallecidos tirados en el piso y denuncias de malos tratos a los familiares. Ahora las rejas lucen cubiertas con bolsas negras y dentro, al parecer, cambiaron las dinámicas.

Con el pasar de las semanas, el volumen de familiares ha ido disminuyendo. En esta oportunidad, no todas las sillas están llenas ni hay cola para entrar al lugar. Allí, Yareny Romero y Magiber Rivas esperan a su prima, Angelica Pérez, quien está adentro. Todas buscan a su primo, Gerard José Millán Gutierrez, de 47 años de edad, quien el 24 de junio, se presume, estaba de visita en Residencias Caribe, en Caraballeda, aunque su familia no tiene certeza de que al momento de los terremotos él siguiera allí. “Era excelente estilista o es, porque no sabemos”, dice Yareny.

A las 2:30 p.m. Angélica sale del puerto. No reconoció a Gerard en ninguna fotografía. “Son muchísimas imágenes”, cuenta. Adentro, —según su relato—, hay varios toldos y abajo hay dos televisores, uno muestra el álbum de fotos de hombres y otro el de mujeres. Desde una tablet, una persona se encarga de ir mostrando las fotografías, una por una, al tiempo que son proyectadas en las pantallas. Otros funcionarios se ocupan de preguntar a los familiares por algunos rasgos distintivos de sus seres queridos. Angelica dio detalles sobre varios tatuajes de Gerard. Luego, estas personas van al área de los cadáveres y buscan si alguno corresponde con estas características.

Durante los primeros días de la tragedia, eran los propios familiares quienes debían buscar entre los cuerpos, incluso sin ningún tipo de acompañamiento, según testimonios documentados por medios nacionales e internacionales. Tampoco había garantía de tapabocas, guantes, ni de agua. 

La luz del mediodía no dejaba que Angélica pudiera distinguir bien las imágenes, tuvo que acercarse lo más que pudo a la pantalla para tratar de visualizar con mayor detalle. “Hay muchos cuerpos que están quemados, es muy difícil reconocer”, cuenta. Entre las fotos, hay al menos 10 que se repiten. Tampoco están clasificadas por lugares. “Solo algunos tienen marcados en alguna parte del cuerpo el nombre de la zona de dónde fueron rescatados”, añade. Sin embargo, cataloga la atención como “buena”. Pudo ir al baño y, cada que un familiar se levantaba, la persona encargada pausaba el reconocimiento fotográfico. Ella llevaba su propia agua.

Ese día, la morgue improvisada del puerto empezó a funcionar a partir de las 11:00 de la mañana A Angélica le dijeron que “el día anterior habían salido muy tarde”.

Fotografía: Adrián Naranjo

WhatsApp Image 2026-07-12 at 3.55.54 PM (1)

“Todo ha sido pueblo con pueblo”

Más de un centenar de familias afectadas por los terremotos permanecen en campamentos improvisados, donde la ayuda de voluntarios y vecinos ha sido clave para sobrellevar la espera por una solución habitacional

—¿El gobierno les ha traído algo?

Angely Andrade hace silencio. Se contiene, solo niega con la cabeza. Segundos después, suelta un “no, todo ha sido pueblo con pueblo”. Durante décadas apoyó a los gobiernos de Hugo Chávez y más tarde de Nicolás Maduro. Hoy se siente decepcionada.

Desde los terremotos, duerme en la avenida Bolívar de Caracas, una extensa vía de dos kilómetros en pleno Centro. Allí Hugo Chávez solía organizar sus mítines. Ahora es el hogar de más de 100 familias que esperan por las reparaciones de sus edificios, construcciones de la Misión Vivienda, que sufrieron destrozos, sobre todo en la parte interna de los primeros cuatro pisos.

“No estamos aquí abajo por gusto”, dice.

Un gran toldo blanco, recubierto con bolsas negras, son, por los momentos, el techo y las cuatro paredes de Angely y su madre. Adentro hay dos camas improvisadas con colchonetas. El 90 % de las familias en el lugar —estima Angely—, tuvieron que comprar sus toldos, carpas y colchonetas o ya las tenían o las pidieron prestadas. Otro 10 % ha recibido estos insumos gracias a donaciones de empresas, fundaciones, organizaciones o personas particulares que se acercan continuamente a la zona. Angely se encuentra específicamente dentro del estacionamiento del Museo del Diseño y la Estampa, Carlos Cruz-Diez, ocupado ahora por 201 personas temporalmente refugiadas, entre los que hay bebés recién nacidos, mujeres embarazadas y adultos mayores.

Más riesgos y cargas para las mujeres 

Tras los terremotos, más de 17.000 personas han perdido su vivienda y hay registro de unos 59 campamentos transitorios, según datos oficiales. Estos lugares, donde emerge la solidaridad y el acompañamiento, también suelen ser espacios de caos y supervivencia, sobre todo para las mujeres, una población que afronta mayores riesgos y el aumento de sus ya pesadas cargas de cuidados. Hoy por hoy, a este panorama se enfrentan al menos 1,97 millones de mujeres —menores de 50 años—, que se  encontraban en las zonas con más afectaciones, según estima el Fondo de Población de la ONU.

Ya antes de la tragedia, las venezolanas dedicaban un 75% más de su tiempo que los hombres a ejercer labores de cuidado de la infancia y adultos mayores, lo que limitaba su acceso a ayuda, empleo o descanso. En un contexto que previamente era complejo, una catástrofe de esta magnitud condiciona, aún más, el acceso de las mujeres a servicios de salud sexual y reproductiva, aumenta el estrés y de otras afecciones de salud mental, incrementa el riesgo de violencia intrafamiliar y sexual, entre otras tantas vulnerabilidades. Además, la pérdida de ingresos y activos afecta de forma diferenciada a los hogares liderados por mujeres, que en Venezuela representan el 50%.

“El museo nos colabora con los baños y las duchas. Nosotros,  mujeres y hombres nos organizamos en grupos para limpiar estos baños. Para comer, ha sido gracias a los voluntarios y restaurantes que nos traen alimentos ya preparados”, detalla. El edificio de Angely, llamado Cinco Héroes Cubanos, está a pocos metros. Fue desalojado de forma preventiva desde el mismo 24 de junio, por Protección Civil. Desde hace unos días, obreros de la Misión Barrio Nuevo, Barrio Tricolor empezaron los arreglos del edificio Ojos de Chávez, pero hasta el momento los trabajos solo avanzan allí.

Todo ha sido gracias a las donaciones 

Miriam Chauran y Mirivic Carruido, madre e hija, viven, por los momentos bajo dos toldos, junto a ellas ocho personas más. Para dormir se dividen en tres carpas que reposan sobre paletas de madera para que no se mojen con la lluvia. Las cobijas, sabanas, colchonetas y demás insumos básicos que han recibido han sido gracias a donativos.

Miriam recuerda cómo a pesar de su artritis logró salir del edificio al momento del terremoto. “Cómo quedó el edificio traumatiza a cualquiera”, cuenta Marivic.

Las dos evitan entrar al edificio en la medida de lo posible desde aquel 24 de junio. Incluso ellas ven el edificio un “poquito” inclinado. Sin embargo, eso no ha sido verificado ni confirmado por algún experto, tan solo es una percepción de los vecinos y vecinas que siguen muy afectados tras los movimientos de 7.2 y 7.5 que ocasionaron destrozos principalmente en Caracas y La Guaira.

“Extrañamos todo de nuestro hogar, pero confiamos en Dios en que todo se va a solucionar”, añade Mirivic.

Una manicura mientras pasa el tiempo

Cae la tarde y no hay mucho que hacer en el campamento. María Peña aprovecha para pintarle las uñas a su madre, Aymara Méndez. No es manicurista profesional pero está en formación. Cerca de su toldo hay un punto de conexión. Gracias a eso pueden conectar la lámpara led que seca la pintura, dos ventiladores y poner a recargar los celulares. Para iluminarse usan bombillos inalámbricos. Su esposo está trabajando y hijo pequeño juega con otros niños en una cancha cerca de las carpas.

“Entre los vecinos tratamos de ayudarnos. Ha habido mucha solidaridad”, señala Aymara. Ella no sabe muy bien quiénes son las personas que se han acercado con alguna colaboración o ayuda pero presume que son organizaciones o fundaciones civiles o incluso familias que llegan a compartir casi cualquier cosa. Minutos antes, un grupo de personas pasó con un termo grande repartiendo tizana. En la mañana sabe que estuvo Médicos sin Fronteras y el día anterior hubo atención veterinaria.

“Yo veo más trabajo del pueblo. Sin embargo, tampoco estamos totalmente desasistidos. Aquí han venido peritos del gobierno y la Barrio Nuevo, Barrio Tricolor”, añade.

Un televisor para distraerse

Unas cuadras más allá está el edificio OPP-9, otra construcción social que, a diferencia de los edificios Cinco Héroes Cubanos y Ojos de Chávez, sufrió daños severos. Jonathan Contreras, habitante del OPP-9, vio como a su edificio le pusieron una etiqueta roja. Esto no necesariamente establece que deba ser demolido, pero sí desalojado hasta que se realice un estudio de patología estructural, según la explicación que han dado Comisión Presidencial de Evaluación de Habitabilidad en Infraestructuras sobre el significado de esta etiqueta. 

De uno de los soportes del toldo, cuelga un televisor, Jonathan lo trajo desde casa de su madre. Frente al aparato hay varias sillas plásticas, en una de ellas está él sentado viendo un partido del Mundial. Sobre una mesa hay una cafetera y una licuadora, algunos platos, vasos y tazas, es una especie de cocina improvisada. Son dos toldos los que cubren cuatro carpas, ese es el espacio donde convive la familia de Jonathan y tres familias más, 14 personas. Amigos y familiares de Jonathan han sido sus principales fuentes de ayuda durante estas dos semanas.

Jonathan agradece “a todos los venezolanos y venezolanas que los han apoyado en medio de la conmoción que atraviesa el país”. Menciona principalmente a “la parte privada”. Al gobierno, lo “único” que le pide, es que sus apartamentos sean reparados o que, en caso de no poder ser rehabilitados, sean reubicados lo más pronto posible para poder retomar sus empleos y los niños, niñas y adolescentes de su familia, el colegio.