Cuidado (4)

De Barcelona a Las Magnolias: tres mujeres que impulsan el liderazgo femenino en Anzoátegui

Lisbeth Rojas, Rumelys Rodríguez y Oscarlex Bolívar promueven el liderazgo femenino y la participación comunitaria en sectores populares de Anzoátegui, como una vía para enfrentar la normalización de la crisis venezolana y abrir camino a nuevas voces para el desarrollo nacional

En cada comunidad organizada del estado Anzoátegui, al oriente de Venezuela, hay historias cotidianas de resistencia, empatía y compromiso democrático. Así lo han constatado tres lideresas que, a través de la asociación civil Aprender Haciendo y la Red de Mujeres Constructoras de Paz, han llevado herramientas de formación e impacto social a sectores populares del norte, sur y oeste de la entidad.

El recorrido ha sido impulsado por la licenciada en docencia y psicopedagogía Lisbeth Rojas, directora de Aprender Haciendo, una organización sin fines de lucro que ejecuta programas de carácter social, humanitario y educativo, orientados al desarrollo comunitario y el bienestar de poblaciones en situación de vulnerabilidad. 

El trabajo de Rojas ha sido clave para formar y fortalecer capacidades en las comunidades con el propósito de que las mujeres reconozcan sus derechos y desarrollen su participación social activa, principalmente en las zonas donde hacen vida. 

“Por más de diez años hemos llevado información a las comunidades sobre los derechos de la mujer, violencia de género, participación política y el rol de cada una de ellas en la búsqueda de soluciones para sus comunidades. Realizamos unas cuatro actividades de formación al mes y en cada una de ellas hemos contado con la asistencia de entre 15 y 20 mujeres”, explica.

Además de promover talleres sobre el emprendimiento, su acompañamiento ha guiado a las beneficiarias en la solución directa de sus problemas. Destacan la recuperación de canchas deportivas gestionada por mujeres y hombres de algunas localidades anzoatiguenses como Barrio Razetti de Barcelona, Barrio Obrero en Clarines y Alí Primera en El Tigre.

La directora de Aprender Haciendo destaca que la participación de las mujeres es indispensable para el desarrollo colectivo y recomienda romper con esquemas históricos que limitan su accionar en el país.

Liderazgo femenino

“La mujer debe tener su espacio para la participación y no pensar que su rol principal es atender únicamente sus hogares, pues esa idea le resta el tiempo necesario para involucrarse en las grandes decisiones de su comunidad. No se trata de dejar de atender sus hogares, sino de entender que todo se puede lograr en unión familiar, compartiendo responsabilidades y con una buena organización. Hay que romper con los patrones patriarcales generacionales que han marcado nuestras conductas”, recalca.

A través de la asociación civil, fundada hace 12 años, algunas subcoordinadoras, como Rumelys Rodríguez y Oscarlex Bolívar, han llevado formación a las mujeres de las comunidades indígenas Kariña que hacen vida en los sectores Las Magnolias y Bajo Hondo, ubicados en los municipios Pedro María Freites y Simón Rodríguez de El Tigre, al sur de la entidad.

En estas zonas, afectadas por deficiencias en los servicios públicos como el agua y la electricidad, Rumelys Rodríguez ha visibilizado la fuerza del liderazgo indígena.

“En las comunidades Kariña hemos verificado cómo la participación política y social de las mujeres transforma la realidad. Cuando la mujer indígena reconoce su poder y sus derechos, se pone al frente de las exigencias para lograr agua, luz y dignidad para todo su pueblo. Sus voces son indispensables para reconstruir el tejido social”, sostiene.

Rumelys visita una vez por mes a los habitantes de las comunidades indígenas en la zona sur de la entidad, y revela que lograr la aceptación de las mujeres Kariña no ha sido fácil; sin embargo, han sido los conversatorios sobre violencia de género y derechos constitucionales los que le han permitido ganar la confianza de quienes en ellas habitan.

“En Las Magnolias, por ejemplo, desconocían que se podían dirigir a la alcaldía de Simón Rodríguez y solicitar la instalación de postes de alumbrado público, porque los residentes han limitado sus derechos a su cultura y forma de vivir, lo que les hacía pensar que la única solución para contar con energía eléctrica y alumbrado público era esperar ser tomados en cuenta”, asegura.

La joven activista, quien también es contadora pública, considera que ayudar a la comunidad indígena en el reconocimiento de sus derechos, bajo el enfoque y cultura de paz, ha sido el mayor aporte que ha podido dejar en la zona, donde ha notado como mujeres y hombres se han enfocado en la búsqueda de beneficios para todos, entre ellos; la activación de jornadas para la adquisición de bombonas de gas para quienes lo requieran.

Otro de los objetivos alcanzados por Rumelys en los últimos dos años es lograr el chequeo ginecológico de las mujeres kariña, a través de jornadas médicas que llevan a la localidad.

“Al principio no querían chequearse, pero poco a poco fueron ganando confianza. Incluso se negaban a ser revisadas por ginecólogos hombres y todo eso lo hemos ido trabajando con el fin de que todas puedan recibir atención oportuna”, cuenta. 

Un relevo necesario

Para estas tres activistas, la participación política de la mujer en Venezuela no es solo un derecho, sino un requisito para avanzar hacia la democracia y el crecimiento sostenible nacional.

Frente a la precariedad y la crisis que enfrenta el país, advierten que el mayor riesgo es la resignación, por lo que resulta imprescindible multiplicar el esfuerzo y formar a las nuevas generaciones de relevo que transformaran a la sociedad.

Oscarlex Bolívar es activista política en la zona sur del estado Anzoátegui e integrante de la Red de Mujeres Constructoras de Paz, una alianza entre líderes comunitarias, activistas y periodistas de 16 estados de Venezuela, que tiene como objetivo aportar en el reconocimiento y la visibilización de la desigualdad de género, y también en la sensibilización sobre temas fundamentales relativos a las mujeres.

Destaca que las herramientas facilitadas durante las jornadas de formación comunitarias, sobre el reconocimiento de sus derechos y la participación política de la mujer, han ayudado a visibilizar los avances sociales locales y del país.

“Muchas veces normalizamos la vulneración de nuestros derechos. Tenemos que aprender a defender lo que por ley nos corresponde, pero primero tenemos que conocer cuáles son nuestros derechos y así poder generar criterios propios e identificación real de cada acto violatorio de ellos”, explica. 

Recuerda la labor de sus padres desde el activismo político en la zona sur de Anzoátegui y asegura que desde su adolescencia aprendió a comprender que el liderazgo femenino debe servir como puente para demostrar que la acción pública es compatible con el crecimiento social.

“Es necesario evitar normalizar las carencias y el aislamiento. Como líderes, nuestra tarea es formar a nuevas mujeres para sumar esfuerzos por Venezuela. Al llegar a cada rincón de mi ciudad, le recuerdo a la ciudadanía que quienes hacemos política también tenemos una vida normal llena de retos como el trabajo, la familia y el hogar”, concluye Bolívar.

Su trabajo también alcanzó a mediados de 2026 a las mujeres desplazadas de otras regiones que llegaron al estado Anzoátegui luego del doblete sísmico del 24 de junio en Venezuela. Ambas organizaciones atendieron a esta población con jornadas médico asistenciales y entregas de kits de salud menstrual para mujeres. 

En la actualidad, estas tres mujeres lideresas reconocen el riesgo que han enfrentado tras la defensa de los derechos ciudadanos en sus comunidades. Sin embargo, también agradecen la transformación y el crecimiento social que han podido presenciar luego de las acciones positivas que algunas mujeres en formación han guiado desde sus sectores.

Liderazgo femenino
Cuidado (3)

Darianny: nacer y renacer después de los terremotos

Una red de amigas, activistas y doulas se unieron para ayudar a las mujeres embarazadas afectadas por los terremotos del 24 de junio: así llegaron a Darianny Tocuyo, quien perdió su hogar y todo lo que había comprado para cuando naciera su bebé

Cuando Darianny Tocuyo volvió en sí, se dio cuenta de que estaba en un Farmatodo del sector Playa Verde, en La Guaira. Escuchaba llantos y gritos a su alrededor; ahí comprendió que no era la única que intentaba procesar lo que había pasado. El 24 de junio reconfiguró la vida de miles de venezolanos y la suya. Ese día, Venezuela vivió un doblete sísmico con tan solo 39 segundos de diferencia. El primero tuvo de magnitud 7,2 y el segundo de 7,5. 

“Ni me acordaba de que estaba embarazada. Escuché que una señora gritó: ‘Por favor, denle a la embarazada una silla’”, recuerda sobre ese día, cuando ella y su barriga de seis meses de gestación resaltaban en medio de aquel lugar. 

Darianny entendió que la vida que había construido hasta entonces se había derrumbado delante de sus ojos. De la casa donde vivía con su pareja, que pertenecía a la abuela de él, no quedó nada. 

Tras pasar una larga noche en el Farmatodo de Playa Verde, después de los sismos, Darianny y su pareja se fueron a casa de otros familiares a Santa Teresa del Tuy, en el estado Miranda. Ahí estuvieron un mes hasta que él tomó la decisión de irse a Colombia. “Me dejó sola y tuve que venir a casa de una tía aquí en Catia (Caracas). No tenía otro lugar a donde ir. Nos habíamos quedado sin nada”.

Semanas después, sentada en una silla en la casa de sus padres en el sector Nuevo Horizonte de Catia, la joven mira al cielo y suelta: “En ese momento perdí la memoria”. Busca en sus recuerdos, pero no ubica cómo salió de esa casa. La vivienda se convirtió en escombros porque encima le cayó una piscina y el agua lo tapó todo. Ella no solo perdió todas sus pertenencias, también todo lo que había podido comprar para su bebé. 

La historia de Darianny no es un caso aislado. Un mes después de los terremotos, el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) advirtió que el fenómeno natural agravó desigualdades ya existentes en el país y dejó a miles de personas con acceso aún más limitado a servicios esenciales de salud y protección. 

Paula Narváez, la Directora Regional de Unfpa para América Latina y el Caribe, recalcó que “las emergencias no interrumpen los embarazos ni los partos, pero sí dificultan el acceso a la atención que mujeres y adolescentes necesitan para proteger su vida y su salud”. 

La misma agencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) estimó que más de 36.000 mujeres resultaron afectadas por los terremotos. Pero, más allá de las cifras alarmantes, activistas, feministas y doulas se unieron para asistir a embarazadas porque observaron que, además de insumos, necesitaban acompañamiento. 

Mujeres embarazadas tras terremotos en Venezuela
Darianny Tocuyo, 20, toca su barriga durante una jornada médica para mujeres embarazadas en Coche, Caracas, Venezuela, el 13 de agosto de 2026. Fotografía: Andrea Hernández.

Mujeres desatendidas tras la emergencia 

Después de los terremotos, Mariandreina Montilla, comunicadora social e integrante de la Alianza de Mujeres Políticas, comenzó a recorrer pequeños campamentos transitorios para las personas damnificadas. Con el apoyo de líderes y lideresas comunitarias, identificó a mujeres embarazadas que estaban atravesando situaciones complejas. 

La activista compartió con una de sus amigas su preocupación por esta población y ella quiso ayudarla en una jornada. Comenzó localizando centros de acopio en Caracas para conseguir insumos que pudieran necesitar las embarazadas. Sin embargo, querían hacer más. 

“Supimos que se tenía que brindar esta ayuda de forma focalizada. Así fue como se me ocurrió contactar con Uquira, porque son aliadas naturales, además de amigas, y les planteé la idea”, relata. 

Al plan se sumó Aquamater, una organización no gubernamental conocida como el primer centro pionero en Venezuela dedicado de forma exclusiva al parto respetado, la maternidad consciente y el nacimiento humanizado. La unión surgió de la casualidad, ya que una voluntaria de la organización también estaba interesada en ayudar a una misma chica embarazada

“Sí nos unimos, somos mucho más productivas, más fuertes. Así nació esta dinámica de colaboración y acompañamiento a las mujeres embarazadas. En una conversación entre amigas para ayudar y acompañar”, cuenta Montilla. 

Más adelante, al proyecto de la Alianza de Mujeres Políticas, Uquira y Aquamater se sumaron Mi Convive, Fundación Andrés Bello y Alimenta la Solidaridad. 

Para Darianny su primer encuentro con este grupo fue eso que ella llama “destino”. En medio del dolor que la embargaba, estaba navegando por TikTok y vio un video de una chica que hablaba de una iniciativa que ayudaba a mujeres embarazadas afectadas por los terremotos.  

Con dudas sobre si podía ser real, la joven contactó a la chica de la publicación: “Mi mamá me dijo ‘escríbele, escríbele que tú necesitas’. Le expliqué toda mi situación y me dijo que escribiera a un número y lo hice”. Ese era el número de Mariandreina. 

Las jornadas 

Montilla señala que, al principio, pensaron en solo ayudar con kits, pero Aquamater sugirió ofrecer apoyo psicoemocional y ayudar a gestionar algunos de los partos. Después se sumó la Fundación Andrés Bello con atención ginecológica. 

“Sacamos un flyer y me escribió la fotógrafa Andrea Hernández para pedirme más información sobre la forma en la que nos podía ayudar. Así que no solo era esta idea de los kits, también era la atención médica, el acompañamiento psicoemocional y el apoyo fotográfico, a cargo de Andrea”, explica la activista. 

Se estableció entonces que las jornadas estarían compuestas por estaciones donde las madres recibirían atención ginecológica, asistencia con doulas y también se les ofrecía la posibilidad de maquillarse, para luego ser fotografiadas por Hernández. 

Darianny llegó a una de estas jornadas en el campamento transitorio Pedro Emilio Coll, en la parroquia Coche de Caracas. Fue acompañada de su papá. Asistió a su consulta ginecológica y le dieron un kit con toallas sanitarias, toallas posparto, ácido fólico, vitaminas, toallas húmedas, pañales, jabón para bebé y uno de adulto, antibacterial, calcio, una caja de hierro, un paquete de tapa pezones y una crema antipañalitis. 

—¿Quieres que te tomemos una foto?— le pregunta Andrea.

Darianny dice que sí y después se ponen a conversar. Cuenta que tiene una hermana gemela, y que tuvo que dejar la escuela cuando salió embarazada. 

—¿Y qué estabas estudiando?—, pregunta la fotógrafa. 

—Criminalística—, responde la joven. 

—¿Te gustaba?—, repregunta Hernández. 

—Sí—, dice Darianny y agrega que cuando estaba en el bachillerato, era ella quien le ayudaba a su hermana con las tareas. 

Darianny de 20 años de edad —cumplidos el 27 de agosto— posa frente a la cámara con una tela azul de fondo. Andrea le entrega una foto impresa, ella agradece y se va. 

Mujeres embarazadas tras terremotos en Venezuela
Eili Córdova maquilla a Darianny Tocuyo, 21, en casa de sus padres en la zona popular de Catia, Caracas, Venezuela, el 28 de agosto de 2026. Fotografía: Andrea Hernández.

El nacimiento del bebé 

Cuatro semanas después de ese encuentro, la joven dio a luz. Fue un parto de emergencia porque se adelantó. Como parte del seguimiento que realizan a quienes han atendido, Mariandreina y Andrea fueron a visitarla y a llevar algunas cosas para ella y el bebé.

—¿Se les hizo difícil llegar?—, pregunta la muchacha. 

—No tanto—, dice Mariandreína. 

Toda la familia de Darianny las estaba esperando. Sacan sillas de la casita y las reciben cariñosamente. Ella cuenta su experiencia, cómo tuvo dolores muy fuertes y las contracciones no la dejaban avanzar. 

Sus padres hicieron lo que pudieron para movilizarla y el bebé nació sin más, a pesar de haber llegado antes de lo esperado. Darianny recibe a su hijo como un milagro. Como una muestra de que están vivos. En la casa de Nuevo Horizonte viven actualmente 13 personas, incluyendo a la joven. En un espacio reducido, todos se acomodan para estar. 

Andrea le pregunta si quiere una foto con su bebé y ella responde que sí. En la sala de la vivienda aprovecha que hay una cortina de colores y la fotógrafa suelta: “Este espacio está lindísimo para la foto”. 

Darianny busca a su bebé, que estaba medio dormido y medio despierto. Se acomoda el cabello y posa. Minutos después, la familia se une al retrato y Andrea le entrega la fotografía impresa. Todos se alegran en la sala. 

Mariandreina no solo carga con insumos para Darianny y su familia, también, por pura coincidencia, lleva una torta y ahí se enteran que la joven cumplió 20 años el día anterior, el 27 de agosto, así que cantan el Cumpleaños feliz

—El día de mi cumpleaños mi mamá me dijo que no tenía mucho para darme, pero que agradeciera que estaba viva— dice ella.  

Mujeres embarazadas tras terremotos en Venezuela
Darianny Tocuyo, 21, sostiene a su bebé recién nacido junto a su mamá, hermana y sobrina en casa de sus padres en la zona popular de Catia, Caracas, Venezuela, el 28 de agosto de 2026. Fotografía: Andrea Hernández

Las visitantes le aseguran que seguirán presentes en su proceso. Darianny cuenta que ha tenido problemas para amamantar, su bebé le ha roto los pezones. La activista recuerda que en el equipo hay doulas dispuestas a ayudar. La nueva mamá comenta que una de ellas le brindó atención antes y que no puede estar más agradecida. 

Se abrazan y, de nuevo, prometen seguir en contacto. Darianny se despide con una sonrisa. 

La importancia del apoyo de las doulas 

En un país como Venezuela, donde la salud sexual y reproductiva parece estar en el último eslabón, las doulas juegan un rol importante. Ahora, durante la emergencia, han podido ayudar a decenas de mujeres embarazadas. 

La Red Mundial de Doulas, cuenta su coordinadora Isabela Polito, se movilizó para identificar las primeras necesidades de las mujeres en conjunto con una red de voluntarias. Las doulas son personas que brindan asistencia durante el embarazo y después del parto. Lo hacen desde tres áreas principales: acompañamiento perinatal, apoyo continuo en el parto y sostén emocional o contención. 

Para acompañar en terreno, elaboraron un protocolo y la red también se movilizó para ayudar desde la distancia, indica. Al ser una organización que se encuentra en diferentes países, todas se abocaron a la emergencia. Encontraron refugios sobrepoblados, historias sobre familias desplazadas e identificaron que se necesita más organización, ayuda material pero también apoyo emocional. 

Melanie Agrinzones, doula y cofundadora de la colectiva feminista Uquira, coincidió con esta percepción. Dentro de los refugios temporales que visitaron había una necesidad palpable de apoyo emocional, en especial, para las embarazadas. 

“Muchas se estaban enfrentando a la ansiedad y el miedo, y esto puede afectar el proceso de gestación, por eso la contención emocional era necesaria. Que ellas entendieran que podían tener a personas que las guíen en cómo ocurre un parto y cómo lactar en estas situaciones, personas que las acompañen durante el parto”, explica.

Darianny no es la única beneficiaria de la iniciativa. Suman más de 45 mujeres atendidas y que han podido sobrellevar sus embarazos en situaciones adversas. Para Agrinzones estas iniciativas, cercanas y que brindan contención emocional, las ayudan a entender que no están solas y que se pueden sostener en una red comunitaria, en una red de iguales para cuidarse entre ellas. 

“Estas redes son las formas más amorosas de responder a las catástrofes: salvan vidas, organizan, planifican y, por supuesto, sostienen ante el miedo y ante la incertidumbre y crean espacios seguros de contención y de atención”, afirma.

Mujeres embarazadas tras terremotos en Venezuela
Mariandreina Montilla, Eili Córdova y Darianny Tocuyo posan para un retrato en casa de sus padres en la zona popular de Catia, Caracas, Venezuela, el 28 de agosto de 2026. Fotografía: Andrea Hernández.
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Mujeres en las ruinas del terremoto: estrategia, compasión y dignidad frente al riesgo

La confrontación directa con la muerte durante el doble terremoto del 24 de junio llevó a decenas de mujeres a pausar sus vidas cotidianas para volcarse al servicio. Asumieron labores de cocina, logística y organización, pero otras se enfrentaron al miedo y limitaciones convencionales para adentrarse en lo más profundo de los escombros. Su misión, tan riesgosa como compasiva, continúa: recuperar y devolver los cuerpos a aquellas familias que necesitan despedirse

Hay espacios, trajes, objetos y contextos que parecen propiedad masculina hasta que llega la tragedia. Hay labores que se asocian con la corporalidad, fuerza y el rostro de un hombre. Y también hay momentos que te enseñan que, en la emergencia, ninguna mano solidaria sobra porque la vida de alguien puede depender de la voluntad y el criterio de otro ser humano. Y a veces ese ser humano es una mujer, y a veces es una mujer que decide ser rescatista.

No saben si fue el hecho de ver las paredes de sus casas resquebrajarse. Sentir que mantenerse firme ya no era su decisión. Pensar que la vida se les iba en menos de 40 segundos. Pero el 24 de junio reprogramó su cotidianidad y transformó sus casas en carpas, sus zapatos en botas, habilidades que consideraban “corrientes” en capacidades técnicas indispensables para la recuperación de otro ser vivo o sus restos.

Antes del doble terremoto, Nadya Sabbagh (25) y Sarai Peña Castro (22) no se conocían, pero ahora sus historias están conectadas: de bailar en un salón pasaron a ser rescatistas de la extensión del equipo voluntario de los Topos Aztecas en Venezuela. 

Nadie las llamó. Ellas se ofrecieron al ver, de frente, la gravedad del desastre: en La Guaira colapsaron más de 150 edificios. Según el Estado venezolano, 80 % eran residencias privadas. 

En 2023, el gobierno de Nicolás Maduro reportó que había 14.000 bomberos y  7.411 funcionarios de Protección Civil activos a nivel nacional. De ese número, 34 % eran mujeres. Aunque la mayoría se movilizó para ayudar, Nadya y Sarai, y todo aquel que se ofreció como voluntario, se dieron cuenta de que nunca una cifra resultó ser tan insuficiente ante la magnitud de la emergencia. 

Miles de muertos y heridos. Toneladas de escombros por remover con las uñas. 

Decir que sí al llamado

«Voy a usar mi fuerza para ayudar allá», con ese pensamiento Nadya evacuó su edificio en San Antonio de Los Altos (Miranda) el día del terremoto. Lo hizo con el miedo encima, pero con la certeza de que tenía habilidades suficientes para apoyar. 

«Soy acróbata, soy bailarina, tengo entrenamientos de horas al día y quería ponerlo a prueba», cuenta. 

Su primer intento fue en el Edificio Moisés, que colapsó en la parroquia San Bernardino de Caracas. Ahí no pudo hacer mucho. El equipo de Protección Civil le negó el acceso: «No me dieron ni siquiera el chance de verificar si yo sabía usar las herramientas, de ver si yo tenía alguna condición. Simplemente me dijeron que no querían arriesgar vidas femeninas».

Insistió a Protección Civil durante cuatro días y le repetían lo mismo: primero los hombres. 

Ninguno se ofreció.

Voluntarios que estaban bajando insumos y rescatistas a La Guaira la trasladaron. Ahí la insistencia se convirtió en acción y durante tres días la arropó la misma realidad que a miles de guaireños: dormir un par de horas en las calles, comer de los donativos, dejar para después las duchas, y procesar que cada hora que transcurría las vidas eran menos.

La primera misión de Nadya fue en las residencias Ritasol Palace de Caraballeda para intentar recuperar el cuerpo de la madre de un amigo. Recuerda la escena: había rescatistas, pero no podían entrar al túnel por su contextura. 

«Yo puedo», recuerda que les dijo.

Nadie lo dudó. Nadya es alta, delgada y flexible, pero más allá de eso, el filtro que había lo superó por la seguridad con la que pronunció aquellas palabras.

Recorrió el túnel con el tacto y la precaución que produce lo desconocido. Comprendió la importancia del silencio y la observación. Puso a funcionar un rotomartillo y manejó una mandarria sin más que una explicación breve. A más de cinco o seis metros bajo tierra supo que la recuperación, como el baile, también tenía un ritmo que seguir.

«Las primeras veces no sabes qué estás haciendo. Dices: “Bueno, yo fui al frente, yo fui a la izquierda, yo fui a la derecha”. No sabes cómo decirlo. Ya con el tiempo cambia: “Avancé tantos metros. Esto tiene tanta profundidad para abajo, tiene tanta profundidad para arriba”».

La voluntad 

De 50 personas que se sumaron al grupo de los Topos Aztecas de Venezuela durante los primeros días de la emergencia, al menos 20 eran mujeres menores de 30 años. Llegaron de distintos estados del país, como Distrito Capital, Aragua, Carabobo, Miranda, y entraron al equipo porque dijeron «sí quiero, sí puedo».

Ese es el común denominador de las rescatistas voluntarias: se atreven a colaborar sin recibir más que el agradecimiento de las familias. Aunque el ofrecimiento es individual, la decisión de integrarlas en contextos de emergencia implica la aprobación de un superior y acompañamiento para integrarlas.

«Dígale a las personas que yo también puedo ir. Déjeme encargada con alguien», le decía Sarai Peña los primeros días al topo mayor.

Funcionó y Sarai entró a los primeros túneles con la determinación necesaria: «Solo confiaba en lo que me decían mis compañeros». 

Han transcurrido más de 80 días y las mujeres rescatistas continúan ayudando en La Guaira. Allí han aprendido que su rol ofrece aproximaciones distintas a la vulnerabilidad y al duelo. 

«Las mujeres dentro del rescate no solamente hacemos lo mismo que los hombres. Te metes en un hueco. Usas herramientas. Te arriesgas. Pero sabemos hacer algo más: dar esperanza aquellas personas que creen que no se puede hacer algo por cualquier cosa», señala Sarai, quien tiene 22 años, es bailarina y llegó de Valencia.

Sabe por qué lo dice. En Carabobo, ayudó a salir de su edificio a adultos mayores y animales: perros, gatos, un conejo y un pez. Luego fue hasta la ciudad de Morón, donde 18 sectores quedaron afectados, y colaboró en el rescate de dos sobrevivientes de una estructura que colapsó. 

No hubo casco, guantes ni botas: «Me metí sin nada porque estaban vivos. Fue un trabajo de cinco o seis horas y mi función fue sacar escombros. Lo único que yo pensaba era: donde me necesiten, voy a estar».

Fue comprender que cualquier vida, más joven o mayor, animal o no, contaba. 

Y en La Guaira necesitaban mucho eso: insistir en donde parecía no haber ninguna posibilidad. Aún lo necesitan.

Votos de confianza y el ejemplo

«En este grupo no existe ningún tipo de género. En mi experiencia, es diferente a Protección Civil. Aquí, seas mujer o seas hombre, te enseñan igual. Te sueltan las herramientas igual. Claramente cada uno tiene sus capacidades y sus virtudes. No todas las mujeres topean y no todas las mujeres utilizan herramientas; no todos los hombres topean, no todos los hombres utilizan herramientas», comenta Nadya.

Pero las distinciones continúan existiendo en otros espacios. 

En la duda de un familiar que no confía en el juicio de las rescatistas porque parecen inexpertas o muy jóvenes. En los rechazos de funcionarios. En el titubeo de las primeras horas. 

Y luego llega la transformación.

La negociación al momento de asignar misiones es más calmada. Atienden los detalles. La organización es naturalmente metódica. La disciplina y la constancia son exhaustivas en la mayoría de los casos. Y aprenden que cualquier cuerpo —grueso o delgado; alto o bajo; más lento o más rápido—  es funcional y necesario en distintas en las misiones.

Nadya tiene ejemplos: «Cuando viene la gente, y ven una mujer, le bajan dos. Se calman. Dicen: “A ella la puedo tratar de otra manera”. Tal vez viene del mismo machismo, pero sigue siendo una ventaja. Sigue siendo una ventaja en absoluto. Más allá de eso, también la contextura para el tema de topeo, que es lo que yo manejo, viene genial». 

Pero las virtudes indispensables son otras: «Solemos ser naturalmente más flexibles, más ágiles, y eso ayuda bastante. Lo más importante es que aprendemos rápido».

«Antes no lo veía. Luego sí. Y quizás lo valoramos más porque a todas nos costó mucho estar aquí», señala Sarai, quien al inició pensó que pasaría una semana en La Guaira y terminó trabajando dos meses sin parar.

«Y todo eso lo hicimos inconscientemente y ahora hay niñas que nos ven y dicen en voz alta: “Quiero ser como tú”. Lo que parecía un trabajo de hombres ya no lo es… eso es bonito», agrega. 

Una de las pruebas de la camaradería y la inclusión, por ejemplo, llega cuando sus nombres ya no son la forma para identificarlas. Sus nombres pasan a ser otros, vinculados a sus atributos, características y formas de ser. 

Nadya es Pluma, por calmada y liviana. Sarai es Blue, por su pelo azul. 

Lo natural no se va

¿Qué va en el traje de una mujer rescatista? 

Herramientas de trabajo: cinceles pequeños. Testigos. Linternas de apoyo. Alguna cuerda. Tapabocas. Algún amuleto personal. Colitas. Y en un bolsillo aparte, el más práctico y seguro, una toalla sanitaria. Porque sí, la menstruación no admite pausas en las emergencias.

«Cuando estaba cerca de mis días, me iba con una toalla puesta porque yo decía: “¿Y si me llega a bajar el periodo y estoy dentro de un túnel?”», recuerda Sarai.  

Ese día estuvo cuatro horas y hasta que no completó esa primera etapa de la misión, no salió. 

Nadya opina que los casos son distintos: «Es raro. A mí me duele cuando me viene, pero desde que estoy aquí ayudando, supongo que es también a nivel mental, no me ha dolido. No hay espacio para eso, pero hay otras compañeras que sí les duele». 

Hay medicamentos para atenuar el dolor. Tampones y toallas para higienizarse. Y también la libertad de decir «hoy no puedo» y que una compañera o compañero tome tu lugar, aunque no es frecuente.

Entre la necesidad personal y la de una persona que espera a un familiar frente a una estructura rota, casi siempre gana la segunda.

«Yo estoy aquí porque el familiar no se puede meter acá, porque sé que más nadie se va a meter acá. Y si yo puedo y tengo la habilidad de hacerlo, ¿por qué no? Eso es lo que me calma», dice Nadya.

Algo se pierde, algo se pausa y mucho se gana

Cuando Nadya puso un pie en La Guaira, llevaba cinco años en una relación que terminó pocas semanas después. Tuvo que pausar la beca que ganó en una academia de danza para introducirse en decenas de túneles que también ayudó a abrir. 

«Aquí todos perdimos y ganamos algo», expresa. 

Tiene compañeros que perdieron sus trabajos y se divorciaron. Sabe de algunos que se perdieron las primeras veces de sus hijos o no pudieron despedirse de familiares o amigos. También de quienes descubrieron su verdadera vocación y quieren salvar vidas. Sarai, por ejemplo, ahora quiere ser veterinaria. 

Pero hay algo que se gana: la gratitud. 

La gratitud tiene muchas formas de verse. Una sopa caliente. El agua limpia que sale de una ducha a la intemperie. La toalla sanitaria que no irrita. El olor a ropa limpia porque esta vez sí dio tiempo de dejarla secar. La risa de una compañera que pudo haber muerto porque una viga le podía caer encima. Y la más importante: cuando una familia se abraza porque finalmente pudo recuperar el cuerpo de su ser querido.

«Los Topos Aztecas no cortamos cuerpos. Tratamos de sacarlos de la manera más completa posible», afirma Nadya, quien tuvo que tomar una pausa después de su primera misión.

Estuvo dos semanas en el Ritasol Palace intentando rescatar a la mamá de su amigo y lo logró. El cuerpo estaba íntegro hasta que una máquina oxicorte del Estado intervino.

El operador de la máquina cortó las cabillas de un solo extremo de la viga que apretaba el cuerpo de la mujer. El otro lado lo dejó igual. Esas cabillas sueltas las amarraron a una máquina para que elevara el cuerpo.

«Con el empuje, le desgarró la cadera, la rodilla, el pie frente a los hermanos, frente a los hijos, frente a los padres. Ese es el único caso donde tuve que agarrarme cuatro días de descanso. Ya cuando se logró sacar, la lanzó a la bolsa como si fuera un pedazo de escombro. Por más que sea, hay que tener mucha humanidad, hay que tener mucha dignidad con las personas que murieron», relata Nadya. 

Eso también se gana: el respeto por el cuerpo. El respeto por el que pidió auxilio y esperó para despedirse. 

«Tú tienes que hablar con ellos, con los cuerpos, tienes que hacerles saber que todo va a estar bien, que alguien está afuera esperándolos y hacerlo con el mayor respeto posible en todo momento».

Sarai también lo ve así: «La ganancia es poder darle paz a una familia, a un hijo, a un papá, a una mamá. Darle el cuerpo de su familiar para que pueda darle el descanso».

Misiones en curso

Hasta el 5 de septiembre pasado, en La Guaira se habían ejecutado nueve “demoliciones controladas” con explosivos. Quien tuvo su hogar y sobrevivió ya sabe que serán muchas más. El Ministerio de Obras Públicas anunció el 7 de septiembre un listado oficial con 39 residencias que serán implosionadas en los próximos días.

Nadya y Sarai se han aprendido los nombres de varios y otros los han ido olvidando. Los que recuerdan son la prueba de que ahí pasaron muchos días excavando, moviendo materiales, tratando de ubicar los cuerpos perdidos: Ritasol Palace, El Jurel y Tamiami.

«Estamos buscando a una señora. Hay que seguir escarbando. Hay que seguir explorando porque donde se encuentra hay bastantes vigas atravesadas y hay que romper», explica.

Sarai, por otro lado, tomó un descanso y regresó a Valencia (Carabobo) para visitar a su familia.

El sentimiento compartido de las rescatistas es que volver a la vida anterior ya no es posible. 

«Cuando me he ido, me levanto con el pensamiento de que no iré constantemente a La Guaira. La normalidad es rara. Yo vengo de ver estructuras colapsadas, de meterme, de sacar gente muerta, de ver a familiares llorando, de ver escombros y de repente llegar a la normalidad. Todo explota en la mente», confiesa.

El futuro del rescate posible

Nadya y Sarai fueron parte del equipo de mujeres rescatistas que los Topos Azteca trasladaron a Colombia por el terremoto que ocurrió el 10 de agosto. Fue la primera misión internacional de ambas, el primer encuentro con otras reglas y formas de hacer las cosas.

Su apoyo fue limitado por el control que ejercieron las autoridades colombianas, pero Nadya se vino con la prueba de que cualquier vida cuenta: salvó un gato. Lo llamaron Tormenta y nunca lo olvidará porque terminó con un rasguño en el brazo.

«Nos montaron en el bus a varias mujeres porque sabían lo que podíamos aportar. Ya nos habían probado aquí», expresa con el tono de tranquilidad de quien hizo lo correcto.

Valiente. Atrevida. Cautelosa. Audaz. Aprendices. Esas son palabras que Pluma y Blue usan para describir esta nueva versión de sí mismas.

Para Sarai, la última es la más importante porque “todavía queda mucho por saber”. Le cuesta llamarse rescatista, pero reconoce que hay algo que le sobra: el deseo de formarse y continuar apoyando donde la llamen. 

«Esto era algo para lo cual nadie estaba preparado y nosotras dimos cara a pesar de no tener experiencia. Eso es algo que se valora bastante», dice. 

Les queda seguir estando presentes. Es la gran enseñanza a casi tres meses de que sus vidas se transformaran para siempre. 

Nadya lo sabe: «Ahora viviremos una versión mejorada de la vida. Mucho más consciente de lo que estoy haciendo, mucho más agradecida de lo que estoy haciendo».

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Mujeres construyen la transición exigiendo su lugar en la toma de decisiones 

Mujeres, lideresas comunitarias, activistas, defensoras de derechos humanos y académicas de distintas regiones y sectores se reunieron en el foro “Mujeres Construyendo la Transición” para compartir propuestas sobre democracia, justicia, reconciliación y construcción de paz, y reivindicar su papel en el futuro de Venezuela

Hay espacios donde la palabra deja de ser un simple discurso político para convertirse en un abrazo colectivo, en un refugio cálido donde la resistencia civil adquiere rostros, nombres y memorias compartidas.

La historia reciente de Venezuela no se entiende sin la fuerza de sus mujeres, esas arquitectas invisibles que sostienen el tejido social cuando todo colapsa. En los momentos más oscuros de nuestra geografía, las mujeres han estado ahí sin vacilar, con una valentía inagotable para resguardar la dignidad humana y garantizar el sustento de la vida diaria.

Ese latido femenino recorrió el foro “Mujeres Construyendo la Transición: Sin mujeres no hay democracia”, un encuentro promovido por la Red de Mujeres Constructoras de Paz junto a una coalición de nueve organizaciones: Laboratorio de Paz; Justicia, Encuentro y Perdón; Plataforma Encuentros; Raíces; Alianza de Mujeres Políticas; Instituto Prensa y Sociedad (Ipys Venezuela); Centro de Investigación y de Formación Padre Joaquín de Fe y Alegría; Soy Mujer/ Juntas nos crecieron alas y la Red de Periodistas Venezolanas, espacio que convocó a educadoras, abogadas, periodistas, investigadoras, defensoras de derechos humanos y lideresas comunitarias.

Todas acudieron a la cita del jueves 17 de septiembre, para compartir sus vivencias, visibilizar la realidad de sus regiones y demostrar que la reconstrucción del país posee el sello irrenunciable de su gente.

Las palabras de bienvenida estuvieron a cargo de María Isabel Párraga e Isabella González, mientras Gabriela Rojas marcó el tono reflexivo de la jornada, concebida para escuchar las voces de quienes han recorrido distintos espacios y las experiencias de su trabajo cotidiano en esas comunidades.

Cuando organizarse también es hacer política

“Allí no hay color político al momento de rescatar el bienestar común”, expresó Gabriela Rojas al explicar cómo las organizaciones de base articulan soluciones frente a los vacíos estatales. Este planteamiento tuvo eco en la voz de Auris Fermín, integrante de la Plataforma Encuentros, al señalar que “si nosotras no cambiamos este tejido social, no se va a recuperar”.

Desde los barrios y las escuelas también participan activamente el Programa de Formación Raíces y la Red de Mujeres Constructoras de Paz, junto al trabajo riguroso de Ipys Venezuela en la documentación de la realidad regional y la defensa de la libertad de expresión a nivel local.

Estas iniciativas territoriales han hecho posible la creación de redes de soporte emocional, comedores comunitarios, talleres de formación y centros de acopio en estados afectados por emergencias sociales. Por eso, cada testimonio coincidió en que la acción comunitaria femenina constituye una propuesta política de transformación desde la base, capaz de reconstruir los lazos de confianza destruidos por la polarización y de ofrecer respuestas efectivas allí donde las instituciones han fallado.

Rosalinda Hernández, desde Ipys Venezuela, mencionó que la organización ha encontrado a mujeres que han trascendido el papel tradicional de fuentes para convertirse en aliadas de periodistas y protagonistas de iniciativas que buscan transformar sus comunidades.

Para ellas, como con otras organizaciones, hablar de transición no ha sido una conversación reciente que solo se haya planteado por la transición. En esos territorios, hacer política también ocurre en lo cotidiano: cuando una mujer se organiza para conseguir respuestas ante las necesidades de su comunidad, exigir derechos o encontrar soluciones frente a la ausencia institucional.

Como impulsora de la Red de Periodistas Venezolanas, Gabriela Rojas cuestionó la idea de que existan asuntos exclusivamente femeninos y planteó que la política, la economía, la salud y las decisiones que atraviesan la vida cotidiana también deben ser contadas desde sus experiencias.

“Todos los temas son de mujeres”, fue una de las premisas planteadas durante el encuentro. Desde esta perspectiva, incorporar sus voces no implica crear una agenda paralela, sino reconocer que las mujeres forman parte de todas las dimensiones de la vida pública.

De la participación cotidiana a los espacios de poder

El encuentro profundizó en las propuestas estratégicas de lideresas pertenecientes a iniciativas como Soy Mujer, Juntas nos crecieron alas y la Alianza de Mujeres Políticas. Representadas por voces firmes como las de Daniela Ropero, Marysabel Centeno y Evelyn Pinto, las ponentes exigieron que la transición política rechace los acuerdos exclusivos de cúpulas para convertirse en un proceso participativo, amplio y descentralizado.

“Ninguna mesa de negociación será legítima si ignora la voz de las mujeres”, manifestaron al recalcar la urgencia de situar a la familia, la educación pública y la protección integral de la infancia en el centro de las decisiones públicas.

Centeno destacó la importancia de crear referentes para las nuevas generaciones de mujeres que aspiran a participar en la vida pública y Pinto puso en duda la percepción de que son pocas las mujeres que participan en política; el problema, dijo, está en cuánto de ese trabajo logra hacerse visible y en la brecha que persiste entre la participación cotidiana de las mujeres y su presencia en los espacios formales de poder.

Una brecha que también se escribe en cifras

No se trata de algo aislado. Este protagonismo local y estratégico contrasta de forma directa con un panorama global adverso para los derechos de las mujeres. Una realidad documentada en el informe anual publicado en septiembre de 2026 por ONU Mujeres, el cual advierte que el planeta experimenta retrocesos graves frente a la igualdad de género y que, bajo el ritmo actual de estancamiento institucional, la paridad plena tardará en alcanzarse hasta el año 2197.

Las cifras de este organismo internacional revelan brechas severas. Aunque el número de mujeres jefas de Estado o de gobierno aumentó de 20 a 28 entre 2020 y enero de 2026, 6 de cada 7 países continúan bajo el liderazgo exclusivo de hombres.

En los parlamentos mundiales, la proporción de legisladoras sufrió caídas en 54 países durante los últimos 5 años, y el número de ministras se redujo un 20% a escala global.

En paralelo, las organizaciones de mujeres atraviesan una crisis severa de financiación debido a recortes en la cooperación internacional, al recibir históricamente menos del 1% de la ayuda oficial al desarrollo.

Esta radiografía internacional resuena con crudeza en Venezuela, donde las mujeres enfrentan un colapso humanitario que las obligó a asumir el cuidado de familias enteras.

La transición también necesita verdad, memoria y justicia

La jornada también adentró sus reflexiones en la reconciliación y la justicia transicional, con los aportes de espacios fundamentales como el Laboratorio de Paz, Justicia, Encuentro y Perdón, y el Centro de Formación e Investigación Padre Joaquín.

A través de las contribuciones de Lexys Rendón, Martha Tineo, Ingrid Lux González, y la educadora Luisa Pernalete, referente y fundadora del programa Madres constructoras de paz desarrollado hace más de una década en las escuelas de Fe y Alegría, el debate profundizó en las condiciones éticas indispensables para sanar las heridas sociales.

Durante este segmento, Lexys Rendón recalcó con firmeza que buscar el reencuentro “no es aceptar impunidad, no es exigir olvido, ni es resignarse a la injusticia”.

Por su parte, Martha Tineo reflexionó sobre la necesidad de transformar el dolor acumulado en puentes de diálogo al afirmar que “reencontrarnos no significa pensar igual, sino tener madurez democrática de abrazar nuestras diferencias y convivir en paz, sin entregar jamás la propia dignidad”, al tiempo que advirtió que la paz “no se edifica sobre la amnesia ni sobre el dolor silenciado de las víctimas”.

La paz también se aprende en casa

Luisa Pernalete del Centro de Formación e Investigación Padre Joaquín, instancia de Fe y Alegría, Pernalete dió una cátedra sobre las razones y condiciones que se necesitan para cambiar el entorno y trabajar desde la enseñanza de la paz como incidencia social desde el hogar, la escuela y las comunidades.

Asimismo, condujo la conversación hacia hacia las familias, uno de los espacios donde también se juega la reconstrucción del país. “La primera escuela para enseñar a convivir es la familia”, sostuvo. Desde allí planteó la prevención de la violencia y la construcción de una convivencia basada en herramientas para relacionarse de otras maneras.

En 2010, luego de un episodio de violencia que afectó a una comunidad educativa en Bolívar, Pernalete impulsó el programa Madres Promotoras de Paz. La experiencia partió de una pregunta sobre cómo prevenir, reducir y erradicar la violencia y de una decisión concreta sobre dónde comenzar: con las madres.

“A mamá todo el mundo le echa la culpa y nadie le tiende la mano”, recordó al explicar el origen de la iniciativa. Para ella, transformar las formas de relacionarse “son un proceso”, que requieren algo más que una simple charla. Ese acompañamiento ha incluido a madres, abuelas, hermanas y otras mujeres que han asumido tareas de crianza, partiendo de la idea de que algunas prácticas de maltrato pueden estar relacionadas con la falta de herramientas para afrontar esas responsabilidades.

La Red de Mujeres Constructoras de paz hizo un reconocimiento a la trayectoria de Luisa Pernalete, por más de 50 años dedicada al trabajo en educación popular para la paz.

Sin mujeres no hay democracia

Las participantes coincidieron en que la verdad, la memoria histórica y la reparación integral son pilares irrenunciables para evitar la repetición de los abusos del pasado y garantizar un futuro democrático.

“Escúchennos, considérennos y caminen junto a nosotras, no como un gesto de cortesía, sino como una condición de viabilidad histórica, porque ninguna transición será sostenible, próspera ni democrática si se diseña a espaldas de las mujeres que han sostenido la vida misma de esta nación”, manifestó Tineo, quien finalizó con un discurso en el que tradujo el sentir colectivo en un mandato directo a las estructuras de poder en el país.

En cada calle, en cada aula y en cada espacio comunitario del país, la convicción de este movimiento permanece intacta. Queda la certeza de que, en los momentos más oscuros, las mujeres han estado ahí, firmes para sostener la vida y convertirse en las verdaderas arquitectas de la paz por venir.

El foro concluyó con la certeza compartida de que “sin justicia no hay futuro, sin verdad no hay reencuentro y sin las mujeres jamás habrá democracia”.

Para quienes deseen revivir el intercambio de ideas o ver la transmisión en diferido, el evento completo se encuentra disponible en YouTube a través del siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=cojT5vDNgSQ

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Las guardianas del voto en Carora: una red de resistencia popular

Ante un padrón electoral dominado por mujeres en el municipio Torres, vecinas de distintas trayectorias se capacitaron para convertirse en defensoras clave del sufragio y resguardar las actas electorales del 28 de julio

Meses antes de las elecciones presidenciales de 2024 en Venezuela, en la ciudad de Carora, capital del municipio Torres del estado Lara, se tejía una sólida red para defender la voluntad popular que se manifestó a través del voto. Sus protagonistas fueron mujeres que se prepararon para contribuir a la construcción del país con el que sueñan.

Este movimiento nació, originalmente, de un espacio de resistencia gremial, de un grupo de trabajadoras del sector educativo que se reunían para exigir salarios dignos, la restitución de los contratos colectivos y el cese de la política de bonificación del ingreso. Sin embargo, en medio de esos debates, la conversación dio un giro decisivo: para transformar sus condiciones laborales era imprescindible incidir en el poder

Así fue como el grupo decidió abrir sus puertas a amas de casa, militantes de organizaciones políticas e integrantes de la sociedad civil en general. Mediante talleres, asambleas y charlas formativas comenzaron a capacitarse en la defensa del derecho al sufragio, aprendiendo que el voto es una herramienta para influir en la toma de decisiones locales, regionales y nacionales.

El objetivo final apuntó a fortalecer la participación política de las mujeres en los 138 centros de votación del municipio Torres, donde 75 % del padrón electoral está conformado por mujeres, según los últimos datos disponibles del Consejo Nacional Electoral (CNE). Buscaban garantizar que sus voces realmente se escucharan en un contexto político complejo.

En estos espacios, mujeres de distintas edades y con diferentes historias consolidaron redes de apoyo, compartieron experiencias, discutieron los retos que enfrentan a diario y planificaron acciones conjuntas. Ahí germinó un sentido de comunidad y solidaridad.

El grupo creció entre colegas educadoras, amigas, familiares, con las que, aún dos años después, comparten como una gran familia. Ahora la red está formada por profesionales en diversas carreras y oficios, pero también por mujeres que no tuvieron acceso a la educación y ahora se sienten escuchadas.

El paso a un liderazgo activo

“Nos preparamos para ser parte de lo que soñamos”, contó Marileyda Rojas, licenciada en educación inicial e integrante del partido político Encuentro Ciudadano, al recordar su experiencia formativa en este movimiento de mujeres.  

La educadora admitió que antes de estos espacios no se sentía  capaz de lograr muchas cosas en su vida, que tenía una actitud más sumisa. “Actualmente me siento una líder; estoy fortalecida porque sé que aporto mi grano de arena para la libertad de este país”.

Para Marlene Pérez, secretaria de la Escuela Bolivariana Priscilo Véliz desde hace 30 años, la motivación de participar en este grupo y por esa causa fue querer el bienestar de sus hijos y de toda su familia. “El padrón electoral lo conformamos en su mayoría mujeres. Nos sentimos identificadas con la necesidad de un cambio y somos responsables al momento de tomar decisiones”, dijo.

Ella se siente protagonista de esas transformaciones que ha habido en el país, particularmente desde el 3 de enero de 2026. Opinó que aunque lentos, son un avance significativo y que sin duda tienen su antecedente en el 28 de julio de 2024: “Fui coordinadora de uno de los centros electorales y al momento de tomar decisiones somos aguerridas. Las mujeres tenemos un control que nadie logra”.

Pérez relató que antes de este evento electoral, la mayoría de mujeres que ahora son parte de la red desconocían sus derechos, y el poder transformador del que ahora son conscientes. “Nos acostumbraron a hacer las tareas del hogar, nos limitaron a cumplir con la casa, la familia, pero no nos dijeron lo que podemos lograr a través de nuestra participación activa en la toma de decisiones de un país”.

Ahora, con una certeza inquebrantable y una fe intacta, se mantiene de pie junto al gran grupo que se ha logrado conformar.

El trabajo de resguardar las actas el 28 de julio

Para muchas de estas mujeres lo que vivieron aquel 28 de julio de 2024 era un trabajo totalmente desconocido. El rol que jugaron durante aquella jornada fue fundamental: resguardaron las actas electorales que luego la oposición venezolana difundió como una prueba del triunfo de Edmundo González Urrutia, aunque el CNE había nombrado a Nicolás Maduro como ganador. 

Sobre aquel día recordaron, por ejemplo, cómo se blindaron. Tenían nombres, fotos y referencias de quiénes irían a los centros de votación para recoger las copias físicas de las actas que imprimían directamente las máquinas de votación. Tenían grupos de WhatsApp donde se comunicaban constantemente y verificaban cada paso del proceso: no hacían la entrega hasta tanto tener la confirmación de que era la persona correcta. 

Todo el trabajo que hicieron, sin embargo, enfrentó una fuerte repercusión apenas horas después de que el Poder Electoral anunciara sus resultados. Ahí comenzó la pesadilla para muchas. Noches de insomnio, desespero y zozobra debido a la persecución que emprendió el Gobierno de Maduro contra la disidencia.

Tras la activación de la llamada “Operación tun-tun”, hombres vestidos de negro que llegaban a las viviendas de las señaladas como “traidoras a la patria”. Las amedrentaban y, en algunos casos, las llevaban detenidas.

“Los días se hicieron largos, el temor de salir a la calle se incrementó con el correr de las horas. La comunicación entre familiares, amigos y la estructura del partido era casi nula, ya que desconocíamos si había alguna interferencia en nuestros equipos celulares”, contó una de las integrantes del grupo.

Otras de las mujeres del movimiento narraron cómo cambiaron sus rutinas. Solo salían a la calle a hacer diligencias puntuales, no confiaban en sus vecinos, temían por su vida y la de sus hijos. La incertidumbre era mayor con el pasar del tiempo.

“Nos comunicábamos con mensajes que se autodestruyen. Yo no dormía. Me mantenía alerta porque las detenciones no paraban”, agregó otra de las entrevistadas. Para protegerse evitaban a toda costa estar en lugares públicos: “Nos enmudecieron por un tiempo, del tema no se hablaba, solo se pensaba porque decirlo se convertía en un arma para que te acusaran de incitación al odio”.

La persecución que dio pie al exilio y la cárcel

Tras las protestas postelectorales que se desataron en varios estados del país, el alcalde opositor de Carora, Javier Oropeza, fue víctima de una fuerte persecución y decidió huir del país junto a su familia. 

Iraida Timaure, quien formaba parte del gabinete de Oropeza, fue nombrada alcaldesa encargada. Sin embargo, el acoso y el asedio por parte del Ejecutivo nacional también la alcanzó e igualmente tuvo que exiliarse. La acusaron, sin pruebas, de una serie de delitos. Además, allanaron su vivienda y el Estado venezolano confiscó sus bienes. 

Otro caso emblemático de esta persecución fue la detención de Yenny Lucía Barrios, militante de Voluntad Popular, defensora de derechos humanos y de los animales, y una mujer destacada en la sociedad caroreña. La lideresa padecía linfoma no Hodgkin y su salud ya estaba comprometida cuando la apresaron el 9 de septiembre de 2024 y la trasladaron a una cárcel en la ciudad de Barquisimeto. 

Su arresto generó consternación entre amigos, familiares y allegados. La acusaron de terrorismo e instigación al odio. Gracias a la lucha de organizaciones defensoras de DDHH nacionales e internacionales, se logró que la excarcelaran el 11 de diciembre, pero con una medida de presentación ante los tribunales.

Poco después la familia recibió otro golpe:  detuvieron al hijo de Yenny, Diego Sierralta, cuando intercambiaba unos medicamentos que su madre no necesitaba por otros que sí. En ese entonces, ella estaba recibiendo un segundo ciclo de quimioterapias. Al joven lo acusaron de tráfico de medicinas.

Yenny murió el 5 de noviembre del año 2025 por complicaciones asociadas al cáncer, muy afectada además por la detención de su hijo. A Diego lo excarcelaron el 6 de noviembre, un día después de la muerte de su madre, para que asistiera a su funeral.

Pese a las heridas de ese duro momento, muchas de las integrantes del movimiento piensan que salieron fortalecidas. Opinaron que incluso Barrios murió con la certeza de que trabajó por la libertad de Venezuela y la defensa del voto de la ciudadanía.

La fuerza, resiliencia y las ganas de darle un giro a la historia democrática de un país, llevó a estas mujeres a ser parte de lo que ahora definen como una “masa inquebrantable”.  Sin embargo, reconocen que la sombra de la persecución sigue al acecho. 

Luego de meses en el exilio, tanto el alcalde Javier Oropeza como Iraida Timaure decidieron regresar a Venezuela con la esperanza de retomar sus espacios; pero la vulnerabilidad a la que aún están expuestos quedó en evidencia este jueves, 17 de septiembre, cuando hombres vestidos de negro a bordo de una camioneta negra se llevaron a Javier Oropeza cuando salía de una entrevista en el diario El Informador en Barquisimeto, según denunciaron testigos. Lo sucedido sacude especialmente a la comunidad larense y demuestra que el asedio contra la disidencia sigue latente, aún viviendo “un nuevo momento político”.

Cuidado (1)

Sin nosotras no hay transición: sostener al país a pulso no es lo mismo que gobernarlo

La Red de Mujeres Constructoras de Paz e IPYS Venezuela presentaron su cuarto informe anual, un diagnóstico que desarma el mito de la apatía: 69 % de las venezolanas sabe que su rol es vital para una transición democrática, pero apenas 2 % milita en partidos. Entre jornadas de cuidado que consumen más de ocho horas al día, precariedad salarial y miedo a la persecución, el debate en el CIAP-UCAB dejó una exigencia clara: no más cuotas de adorno ni acuerdos cocinados a sus espaldas

Con la presentación de su cuarto informe anual, Sin nosotras no hay transición: la mujer venezolana y su participación política para la democracia”, la Red de Mujeres Constructoras de Paz y el Instituto Prensa y Sociedad (IPYS Venezuela) abrieron un debate urgente sobre el costo de hacer política en el país. El jueves 3 de septiembre en el CIAP-UCAB, más que un balance estadístico, expusieron la desconexión sistemática entre el trabajo de base que lideran las mujeres en los sectores populares y la resistencia de las cúpulas partidistas a compartir espacios reales de decisión.

La moderación estuvo a cargo de Rosalinda Hernández, de la Red de Mujeres Constructoras de Paz, quien explicó cómo se armó el diagnóstico. No se quedaron solo en la encuesta digital a 1.226 mujeres en todo el país; bajaron al terreno con grupos de discusión en Caracas, Maracaibo y Puerto La Cruz, además de entrevistas a lideresas sociales. Detrás de las estadísticas, Hernández recordó que están las rutinas de amas de casa, maestras, comerciantes informales y profesionales de entre 25 y 60 años.

La premisa de arranque fue directa: hablar de recuperar la democracia o de reconstruir a Venezuela al margen de quienes sostienen el tejido social es un sinsentido.

Marianela Balbi, directora ejecutiva de IPYS Venezuela, le puso cifras al nudo central del informe: 69 % de las venezolanas tiene clarísimo que sin su participación no habrá una transición real, pero apenas 2 % milita activamente en algún partido político. Ese abismo no es apatía; es supervivencia pura y dura. 

En un país donde los ingresos mensuales promedio rondan entre los 117 y 170 dólares y el 62 % de las encuestadas vive en casas con pisos de cemento, el tiempo es un lujo inalcanzable. El 68 % de las madres con hijos pequeños pasa ocho horas o más al día en faenas de cuidado y labores del hogar no remuneradas, frente a un escaso 8 % de los padres. A esa asfixia cotidiana se suma el miedo: tras el 28 de julio de 2024, el costo de alzar la voz se volvió aún más peligroso y empujó a muchas a replegarse para proteger a los suyos.

María Fernanda Rodríguez, corresponsal de IPYS Venezuela, repasó las conclusiones del documento insistiendo en que la presencia femenina en la política no puede seguir tratándose como una cuota de adorno o una concesión moral. Rodríguez planteó que sin medidas concretas (como redes comunitarias de cuidado infantil y atención a adultos mayores) es imposible liberar horas reales para que las mujeres hagan vida pública. También alertó sobre el desencanto de las más jóvenes, donde solo 56 % cree que su papel es determinante, y reclamó paridad efectiva en las boletas electorales, además de castigos claros para la violencia política y el hostigamiento que hoy obligan a tantas a autocensurarse.

El aterrizaje a la realidad cotidiana lo trajo Gabriela Rojas, impulsora de la Red de Periodistas Venezolanas, al desarmar esa división artificial que suele hacerse entre la labor social y la política. 

Rojas hizo hincapié en cómo organizar la cola del gas, cuadrar cuándo llega el agua, coordinar la comida de un comedor popular o gestionar jornadas de salud vecinales equivale a suplir al Estado en tareas públicas fundamentales, solo que de gratis y sin una pizca de poder formal. Advirtió también sobre el efecto expansivo del castigo: meter presa o amenazar a una dirigenta no solo la frena a ella, sino que busca paralizar a su familia y a toda su comunidad por terror.

Por eso, recalcó, el periodismo tiene que dejar de mandar estos temas a las páginas de “sociedad” y entender que la perspectiva de género atraviesa la economía y la política dura.

Mabel Sarmiento, periodista e integrante de la Red, completó el panel mirando hacia los barrios y hacia las generaciones que vienen. En las comunidades populares las mujeres no están esperando que las inviten a participar; ya están resolviendo los problemas a diario, aunque nadie las nombra. Sarmiento insistió en que hay que dirigir la mirada a ver a las jóvenes de los liceos, a las adolescentes que ya organizan a sus grupos y que deberían tener un lugar en la agenda pública. Para ella, el reto de los medios y de las organizaciones es subirle el costo político al machismo institucional y dejar de ver la política únicamente desde lo que ocurre en las cúpulas.

Un detalle que no pasó inadvertido en la sala fue la ausencia total de los hombres convocados, un vacío elocuente sobre las resistencias que todavía imperan en los espacios tradicionales de decisión. Sin embargo, el público compensó esa falta con un intercambio intergeneracional de mucho peso. 

En las filas del auditorio se sentaron y tomaron la palabra pioneras del movimiento de mujeres en el país: Lilian Arvelo, histórica parlamentaria, dirigente sindical y fundadora del Frente Nacional de Mujeres; María Cristina Parra, redactora del proyecto de la Ley sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia e impulsora de la convención CEDAW; la jueza Mildred Camero y la diplomática Carmen de Grijalva, ambas con un papel clave en la Comisión Nacional de Primaria; junto a lideresas como Paola Di Matthia y Mary Mogollón, formadoras de cuadros de base.

Escucharlas arropar a las investigadoras y debatir de tú a tú con las periodistas más jóvenes le dio a la jornada un aire de continuidad histórica: las peleas que dieron las abuelas y madres por las leyes laborales y electorales son el mismo hilo que hoy conecta a quienes reclaman que el cambio político no se cocine a sus espaldas. 

El informe Sin nosotras no hay transición dejó una conclusión tajante: las venezolanas no están pidiendo permiso ni esperando que las salven; el país ya se reconstruye a diario en sus manos. Lo que toca ahora es que esa fuerza de base se traduzca en puestos reales, con voz y poder de voto, en las mesas donde se definirá el rumbo de Venezuela.

El informe completo, con el desglose metodológico, los gráficos por región y los testimonios de las lideresas consultadas, está disponible para lectura y descarga en la web de Tejiendo Redes de IPYS Venezuela.

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La encrucijada venezolana y el rol de las mujeres en las transiciones políticas

Tres figuras femeninas marcan sus ritmos en el proceso político del país, bajo el acompañamiento o presión —dependiendo del espectro donde se esté— de Estados Unidos. La coyuntura a partir del 3 de enero, dicen las expertas María Isabel Puerta y Mireya Rodríguez, debe aprovecharse para forzar una salida a la crisis y avanzar hacia una transición democrática

A partir del 3 de enero, con la captura de Nicolás Maduro por parte de fuerzas estadounidenses y el “plan de tres fases” con el que presiona la administración de Donald Trump, el poder del chavismo quedó en manos de Delcy Rodríguez. Con María Corina Machado al frente de la oposición y Dinorah Figuera ungida como figura dialogante por Estados Unidos, una posible transición en Venezuela pasa por el concierto de tres mujeres que deben conciliar intereses nacionales y extranjeros.

Bajo la presión de EE. UU., Delcy Rodríguez ha aceptado y ordenado decisiones que hasta diciembre de 2025 estaban fuera del tablero: una Ley de Amnistía y excarcelaciones recurrentes de presos políticos; cambios en leyes para favorecer inversión extranjera; el restablecimiento de relaciones con Washington y otros gobiernos; además de un diálogo con la Asamblea Nacional (AN) de 2015, que era tachada por el oficialismo como una estructura criminal que bloqueaba el acceso a activos en el exterior.

Los terremotos del 24 de junio también impusieron una presión extra sobre el diálogo, que el 12 de agosto produjo unos primeros acuerdos sobre la atención de los afectados, justamente con los activos que custodiaba la AN 2015, y una primera vía para la recuperación e independencia de las instituciones por medio de un cambio en la composición del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ).

Las politólogas Mireya Rodríguez y María Isabel Puerta coinciden en que bajo este escenario EE. UU. no es un observador discreto o un mediador neutral.

Washington, afirma Rodríguez, actúa como “el árbitro determinante que ejerce un abierto tutelaje sobre la crisis venezolana, administrando los tiempos, las licencias y la legitimidad de cada actor”.

Bajo esa perspectiva, puntualiza, la administración Trump ha manejado tres aspectos: una “ingeniería de interlocutores”, al modelar quiénes se sientan en la mesa de diálogo; el “control de incentivos y supervivencia económica”, al administrar las licencias petroleras, sanciones, protecciones judiciales; y el control de activos en el exterior. El otro punto es la “dosificación del ritmo de transición”.

“Mientras María Corina Machado abandera la urgencia del cambio democrático inmediato respaldado por el apoyo popular, el tutelaje estadounidense busca gestionar un pragmático ‘cambio administrado’ que contenga riesgos geopolíticos, flujos migratorios e inestabilidad energética regional”, apunta la politóloga.

En todo caso, reitera Mireya Rodríguez, la dinámica impuesta evidencia “que el destino del proceso no depende solo de la correlación de fuerzas en las calles de Caracas, sino de los límites y concesiones que fija el tutor externo a cada una de las tres figuras políticas”.

Ellas en el frente

María Isabel Puerta, politóloga y profesora adjunta en el Valencia College, señala que hay una coincidencia en que sean mujeres las que estén al frente de la coyuntura actual en Venezuela. Pareciera haber un elemento común de confianza “en el poder de la mujer”.

“En el caso del régimen político venezolano, el gobierno de los EE. UU. parece tener confianza en Delcy Rodríguez. En el caso de Dinorah Figuera, de igual manera, pareciera que los elementos que están tomando decisiones en la resolución del conflicto tienen confianza en ella”.

Sobre María Corina Machado, refiere la profesora, sigue representando esa voluntad y aspiración de los venezolanos que apostaron por una salida política pacífica. “Lamentablemente esta ha sido una circunstancia donde los venezolanos han quedado por fuera de cualquier tipo de decisión… Sobre todo para quienes están en Venezuela esperando un cambio tangible”.

Afirma que Machado entiende este punto y, además, sabe que hay un costo político “desde el punto de vista de su proyecto y sus aspiraciones de involucrarse en esta fase del proceso que apenas da sus primeros pasos para una reinstitucionalización, ni hablar de una transición democrática en el país”.

Mireya Rodríguez enfatiza en que para entender el papel de Machado, Rodríguez y Figuera es necesario entender que “no estamos ante un diálogo convencional”.

Para la experta en negociación, se está ante “una triangulación de fuerzas en tensión gestionada bajo el tutelaje de EE. UU. Washington actúa como el árbitro que administra los tiempos, las sanciones y la legitimidad, mientras cada lideresa encarna un arquetipo político muy preciso frente a ese poder exterior”.

A juicio de Rodríguez, María Corina Machado encarna un “liderazgo visionario” con autoridad moral, el apoyo de una parte gruesa de la población y, además, ejerce presión “por una transición real sin concesiones de impunidad”.

“Para el tutor estadounidense, el liderazgo visionario es un dilema estructural: es indispensable porque ostenta la fuerza social que convalida cualquier proceso, pero resulta incómodo para la realpolitik diplomática porque se niega a subordinar sus principios éticos a un ‘cambio administrado’”, resalta.

La profesora Rodríguez advierte la mandataria interina ejerce un “liderazgo perverso” al representar la “continuidad del aparato estatal de facto y la contención del cambio estructural”.

Esta líder no busca democratizar el país, “sino asegurar la supervivencia de la cúpula de poder. Su interacción con Washington es puramente transaccional: cede margen operativo o acceso a mercados, a cambio de licencias petroleras y oxigenación económica”.

Mientras que a Dinorah Figuera, la experta la ubica en su plano como “liderazgo negociador” que ostenta no sólo representación legal de la Asamblea Nacional 2015, sino la custodia de activos en el exterior. “Para la administración estadounidense, la lideresa negociadora funciona como la contraparte institucional ideal: un perfil predecible, volcado al trámite legal y dependiente del reconocimiento externo, perfecto para dar encuadre burocrático a los acuerdos sin alterar el balance geopolítico”.

De cara a los actores internacionales y el propio escenario venezolano, dice Mireya Rodríguez, hay tres formas de poder fragmentadas: “la legitimidad popular sin control del Estado (Machado), el control del Estado sin legitimidad popular (Rodríguez) y la legalidad reconocida sin control territorial (Figuera)”.

Mujeres, ¿sinónimo de éxito en las transiciones?

El politólogo John Magdaleno señala varios episodios de democratización donde las mujeres han tomado un rol importante, no sólo en puestos ejecutivos sino en las luchas sociales.

Tal es el caso argentino donde las Abuelas de Plaza de Mayo se organizaron en dos agrupaciones:: las de familiares de desaparecidos y la asociación Mujeres por la Vida, fundado en 1983. En Chile, el movimiento de Mujeres por la Democracia “contribuyó a la unificación de la oposición, que estaba tremendamente fragmentada”.

En Nicaragua, Violeta Barrios de Chamorro fue fundamental dentro de la resistencia a la dictadura Somoza tras el asesinato de su esposo y director del diario La Prensa, Joaquín Chamorro, en 1978. Durante un año integró la junta de reconstrucción nacional, pero luego se distanció del sandinismo y mantuvo fuertes críticas. Alcanzó la presidencia de ese país en 1990.

En Bolivia, a finales de de 1977, cuatro mujeres mineras, junto a sus hijos, iniciaron una huelga de hambre para exigir a la dictadura de Hugo Banzer la libertad de prisioneros políticos, amnistía general, fin del exilio y la reincorporación de mineros despedidos. Al movimiento se sumaron miles de personas, y recibieron apoyo de la Iglesia católica y otros sectores.

La presión obligó a Banzer a decretar la amnistía y propició el adelanto de las elecciones presidenciales. “También influyó en ello la presión del gobierno de Jimmy Carter como consta en documentos desclasificados”, acota Magdaleno.

En Sudáfrica, indica el profesor, la National Women’s Coalition “tuvo un papel muy importante en ciclos de movilización colectiva, incluso exigiendo una representación directa en las negociaciones del fin del apartheid. En Filipinas es inevitable la referencia a Corazón Aquino, quien terminó liderando las protestas de la famosa ‘People Power Revolution’. Las mujeres jugaron un papel importante y la misma Aquino es electa presidenta. En la propia Primavera Árabe, en la cual el único caso exitoso fue Túnez, y lo digo porque ya no es democracia, la Asociación de Mujeres Demócratas insistió y presionó por algunos principios paritarios en la Constitución del año 2012”.

Sin embargo, menciona Magdaleno, también hay casos fallidos de democratización donde se involucró la figura de mujeres tal como en Bielorrusia o Myanmar, este último liderado por Aung San Suu Kyi, quien había sido vista como un referente democrático pero luego fue ampliamente criticada al defender el genocidio de la minoría rohinyá y la persecución de la junta militar, la misma que la acusó de corrupción —entre otros cargos— y mantiene en prisión desde 2021. 

¿Qué esperar del proceso venezolano?

Con un avance visible mediato, luego de que el Parlamento introdujera los cambios para modificar la constitución del Comité de Postulaciones que elige a los magistrados principales y suplentes del TSJ, queda observar si la coalición gobernante seguirá implementando esas medidas “democratizadoras” o se impondrán nuevas tramas que EE. UU. se verá obligado a encauzar.

Justamente, María Isabel Puerta cuestiona que el Gobierno de Trump tenga una verdadera disposición o capacidad “no solamente de impulsar una transición democrática en Venezuela, sino de comprometerse con los valores y principios democráticos que, en la experiencia sabemos, no son rasgos característicos de esta administración”.

Otro punto es la propia estabilidad de Trump, indica la profesora del Valencia College. “No sabemos cuál va a ser el resultado de las elecciones de medio término en EE. UU. por mucho que se diga que los demócratas tienen posibilidades de triunfo. Creo que para el régimen político en Venezuela y para la Casa Blanca, el año 2027 va a ser un año clave porque es el último año efectivamente para poder avanzar, en el caso venezolano con una convocatoria a elecciones”.

Puerta asegura que 2027 va a ser un año “de mucho pulso para la coalición que sobrevive en el chavismo”, debido a lo que puede influir la administración Trump durante su último tramo. “Sabemos que ambos partidos (en EE. UU.) se van a preparar para ese evento que es la elección general del 2028 y eso va a tener incidencia en la capacidad que tenga el Presidente no solamente de influir sobre Delcy Rodríguez, sino de garantizar su permanencia en el poder”.

Sin embargo, la politóloga Puerta comenta que en esta coyuntura —que no identifica si camina hacia una transición democrática o la profundización autoritaria— es vital que la oposición aproveche para forzar una salida política a la crisis en Venezuela.

“Creo que es importante entender que este es un proceso político que, de desaprovecharse, no sé si tendremos otro. Lo peor que puede pasar en Venezuela no es que haya un recrudecimiento dictatorial, eso ya existe. El problema es que no haya una forma de evitar que Venezuela termine siendo un Estado fallido”.

A juicio de Mireya Rodríguez, al evaluar el proceso que ha avanzado durante 2026, se puede esperar “un escenario de transición administrada y de alta tensión estructural” con cuatro dinámicas centrales.

La primera de ellas, dice, es un “modelo de estabilización pragmática impulsado desde el exterior” al tener un tutelaje norteamericano que prioriza “la gobernabilidad energética, la seguridad regional y el control de flujos migratorios sobre la pureza del diseño democrático. Veremos un avance acelerado en acuerdos de exploración, reformas al marco de hidrocarburos y apertura financiera, condicionado al mantenimiento de una paz operativa mínima en el país”.

Como segunda característica, explica la experta, se verá la “coexistencia forzada entre la legalidad procedimental y el poder de facto” al utilizar la figura negociadora de la AN 2015 como “el vehículo jurídico para la convalidación internacional de acuerdos, licencias y protección de activos. Sin embargo, su capacidad de incidir en la política territorial cotidiana continuará siendo limitada frente al aparato ejecutivo que opera en Caracas”.

También se observarán los intentos de “atrincheramiento” por parte del sector gobernante, al camuflarse con excepciones “en el terreno económico, energético y en la liberación dosificada de presos políticos para aliviar la presión internacional, mientras intentará frenar a toda costa una apertura política total que ponga en riesgo su impunidad o su continuidad estructural en el poder”.

Por último, indica Rodríguez, va a persistir un conflicto de legitimidad. “El mayor riesgo de este proceso administrado es pretender sustituir la transición política democrática por una mera normalización económica. Mientras no se atienda el mandato popular de masas que representa el liderazgo visionario (María Corina Machado), cualquier acuerdo de convivencia formal carecerá de anclaje social y sufrirá un déficit permanente de estabilidad a mediano plazo”.

La especialista coincide con Puerta en que aún Venezuela no está en un escenario de restitución plena del orden democrático, aunque sí en “una reconfiguración geopolítica del statu quo. El desenlace definitivo dependerá de si la presión ética y la movilización popular logran transformar este tutelaje pragmático en un verdadero itinerario de democratización e institucionalidad real”.

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Construir autonomía para romper el círculo de violencia

En los espacios del centro cultural La Poeteca, en Caracas, el miércoles 2 de septiembre, un pequeño grupo de mujeres de distintas edades se congregó para hablar sobre autonomía económica. No se conocían entre sí, pero todas habían llegado allí por la misma inquietud: la de lograr su independencia.

Aquella búsqueda parte de una certeza que bien expresó Virginia Woolf en su ensayo Una habitación propia: “Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no ha comido bien”. 

Cubrir lo material es una necesidad para sostener el cuerpo y la vida. Pero para las mujeres la lucha por la autonomía es una resistencia sostenida frente a una construcción patriarcal fuertemente arraigada. 

A partir de esa premisa, la iniciativa Juntas, de la organización Soy Mujer, propone reflexionar sobre el significado de la autonomía para identificar tanto desafíos como oportunidades y que independizarse deje de ser una lucha y se convierta en una realidad, en un derecho pleno libre de imposiciones.

La trampa de la dependencia 

Las mujeres han estado relegadas al rol del cuidado por una mera función biológica como si este fuese su único propósito de vida. Incluso, hace poco más de un siglo, se las consideraba incapaces de tener participación política y económica, necesitaban siempre una figura masculina que velara por ellas. 

Pensar en ello resulta alarmante y, sin embargo, no estamos tan distantes de esta realidad. 

Así lo expuso Elaine Díaz, estudiante del último año de Estudios Internacionales en la Universidad Central de Venezuela, quien lideró la ponencia de Juntas e hizo énfasis en el ciclo de violencia que esto conlleva: “Existen roles de género muy arraigados en la sociedad latinoamericana donde se asume que la mujer debe permanecer en el hogar y el hombre debe ser el proveedor. Esto perpetúa un ciclo de violencia sustentado en la dependencia financiera”.

Al no poseer recursos propios y depender de un tercero, la mujer no logra ejercer su autonomía.

Además, la facilitadora puntualizó que “si una mujer queda confinada al hogar dedicándose exclusivamente al cuidado no remunerado de terceros (hijos, adultos mayores o pareja), se le priva de la posibilidad de tener una vida política y social activa”.

Para la toma de decisiones sobre su propia vida, la libertad y la capacidad de participar en la sociedad resultan pilares fundamentales.

Autonomía desde un enfoque de género 

Esta fue la pregunta que Elaine le hizo a su audiencia y la mayoría de las asistentes contestaron: “Poder de decisión”. 

Precisamente, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la autonomía es la capacidad y libertad de las mujeres para tomar decisiones propias e informadas sobre su vida en condiciones de igualdad, sin sufrir violencia ni coacciones.

Sobre esto, Elaine explicó que la igualdad de género se sostiene sobre tres dimensiones fundamentales: la autonomía física, la autonomía económica y la autonomía en la toma de decisiones. Ninguna de ellas puede existir de manera aislada. 

Es por eso que la falta de ingresos propios es solo la punta del iceberg, ya que no solo limita la libertad financiera, sino que restringe directamente la capacidad de decidir sobre el propio cuerpo, salir de situaciones de violencia y participar activamente en la sociedad.

Sin embargo, la “capacidad” y la “libertad” —dos pilares fundamentales de la autonomía en los que la ponente enfatizó— se ven reducidas frente a las barreras estructurales de la sociedad: la desigualdad y violencia económica, las brechas salariales, la exclusión laboral, la dependencia financiera y el acceso limitado a recursos y formación. 

El cuidado del hogar como un peso invisible 

Además de este entramado de desigualdades, existe la sobrecarga de trabajo dentro del hogar, un factor que suele invisibilizarse y que sostiene la estructura productiva. 

De acuerdo con la CEPAL, la economía del cuidado representa entre 15,9 % y 27,6 % del Producto Interno Bruto (PIB) en la región. Sin embargo, su distribución es profundamente desigual. Datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) revelan que las mujeres asumen hasta el 72 % del tiempo total dedicado a estas tareas, invirtiendo en promedio 22 horas semanales al trabajo de cuidados no remunerado dentro del hogar, el doble del tiempo aportado por los hombres.

Para ilustrarlo de forma práctica, Elaine solo necesitó una hoja y un lápiz: las mujeres debían escribir todo lo que hacían durante su día y contabilizar las horas. Entre las asistentes se encontraban jóvenes universitarias y madres de mediana edad.

Descubrir el resultado fue un golpe de realidad para todas: la suma de sus rutinas diarias superaba con frecuencia las 24 horas. Pese a la diversidad de edades y circunstancias, el grupo compartía la misma carga invisible. Ninguna se limitaba a estudiar o trabajar; todas asumían las tareas del hogar, el cuidado de familiares —que en el caso de las madres absorbía la mayor parte del día— y, además, gestionaban algún emprendimiento propio. Una muestra clara de cómo, en el contexto socioeconómico venezolano, un solo ingreso ha dejado de ser suficiente para subsistir. 

A esa sobrecarga, muchas veces se le suma la renuncia cotidiana de la cuidadora. Marian, educadora de 54 años de edad, conmovida por la actividad, compartió cómo muchas veces dejó de desayunar para que sus niñas, al despertarse, pudieran hacerlo. 

Frente a esta realidad vivida por las asistentes, Eliannys Vidosa, coordinadora de la iniciativa Juntas, expresa que “las mujeres siempre han sido muy conscientes de sus realidades, aunque quizás no tanto de los entornos que las rodean y estructuran. Muchas reconocen el trabajo que realizan, las horas que dedican y las dificultades que enfrentan”.

Construcción de redes para el cambio

Pero no basta con reconocerlo. En un contexto de crisis económica como el actual, y con tantas barreras estructurales, ¿cómo pueden las mujeres romper ese ciclo de violencia y dependencia? 

Las reflexiones de las asistentes tomaron dos vertientes. Por un lado, las más jóvenes hablaron sobre la importancia de la participación política de la mujer para que exista un verdadero cambio en las políticas públicas para una deconstrucción estructural, y por otro, las madres de mediana edad coincidieron en comenzar a priorizarse a sí mismas por encima de la sobrecarga del cuidado doméstico. 

Ambas visiones son dos caras de la misma moneda: la autonomía femenina y la redistribución de la carga.  

Al respecto, la ponente concluyó que para alcanzar la autonomía económica hay que trabajar en red: “Siempre va a haber otra mujer al lado dispuesta a apoyar. Romper este ciclo parte de reconocernos a nosotras mismas, reconocer nuestros liderazgos y los de las mujeres a nuestro alrededor. A partir de allí podemos organizarnos y crear redes de apoyo que impulsen soluciones para lograr sociedades más inclusivas, justas y sostenibles”. 

Históricamente se ha vendido el discurso de la independencia como un logro individual y esto demuestra que el primer paso para lograr la autonomía es entender que es un esfuerzo colectivo para crear redes de contención, tanto en el ámbito privado como en el público, que impulsen un verdadero cambio social. 

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El liderazgo femenino se abre paso en las elecciones de la Universidad de Los Andes

Aunque históricamente Venezuela ha registrado una baja representación política femenina, las actuales planchas de la Universidad de Los Andes reflejan otra realidad. De cara a las elecciones de cogobierno y gobierno universitario, pautadas para el 7 de octubre y el 11 de noviembre de 2026, las estadísticas revelan que, si bien persiste una brecha de participación entre hombres y mujeres, en este nuevo proceso democrático el liderazgo femenino se hace notar.

Los datos de la Comisión Electoral de la ULA sobre las planchas de cogobierno muestran un panorama de contrastes. En los máximos órganos de decisión, la presencia masculina sigue siendo mayor. Por ejemplo, en el Consejo Universitario, de 96 candidaturas inscritas, 68 son hombres y solo 28 son mujeres; es decir, siete de cada diez candidatos son hombres. Esta tendencia se mantiene en los Consejos de Facultad, donde ellos lideran con 133 postulaciones frente a 114 de mujeres.

Sin embargo, en los Consejos de Escuela la balanza se invierte: la presencia femenina asume el liderazgo con 102 candidaturas frente a 97 masculinas. Esto está fuertemente marcado por las áreas de estudio; mientras que en Artes y Educación dominan las candidaturas de mujeres, en Ciencias Económicas y de la Salud existe un balance casi paritario entre ellos y ellas, dejando a las Ingenierías como el espacio donde predominan las postulaciones de hombres.

Esto se agudiza al observar los cargos de gobierno universitario, donde la representación femenina es mínima. De un total de 51 postulaciones para las máximas autoridades, solo 13 corresponden a mujeres frente a 38 hombres. Esta brecha de género se evidencia claramente, pues apenas hay una candidata para el rectorado y dos para el vicerrectorado académico, mientras que las listas para los decanatos de las distintas facultades están dominadas casi en su totalidad por figuras masculinas. 

Los nombres detrás de las cifras

Detrás de los números hay nombres y trayectorias. ULA Mujer conversó con seis mujeres cuyas candidaturas emergen para debatir los espacios de decisión en la Universidad de Los Andes. Por autoridades rectorales y decanales se encuentran Laura Luciani Toro, candidata al Vicerrectorado Administrativo, y Raiza Madriz, quien aspira al Decanato de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas (FACIJUP).

A su vez, la lucha por transformar el cogobierno universitario cuenta con los liderazgos de María Eugenia Noguera (Facultad de Medicina), María Alejandra La Cruz y Maribel Valero (Facultad de Ciencias), todas ellas candidatas al Consejo Universitario. Por su parte, Linda Bustillos, quien busca un puesto en el Consejo de FACIJUP. Juntas dan un panorama sobre las próximas elecciones universitarias.

A pesar de los distintos cargos y facultades, a las seis candidatas las el sentido de pertenencia hacia la ULA. «La universidad siempre ha sido mi hogar», manifiesta Madriz, quien desde el 2001 ha estado en los espacios de la universidad. 

Ese mismo sentido de pertenencia es lo que las impulsó a dar el salto de los pasillos académicos a las planchas electorales. Entienden que el afecto por la institución debe traducirse en gestión y toma de decisiones. Para Linda Bustillos, esta decisión responde a un motivo claro: «Fortalecer la institucionalidad y consolidar espacios para el debate».

Pero el camino no está libre de obstáculos. Noguera, Madriz y Luciani coinciden en que han enfrentado cuestionamientos a sus postulaciones, pero han sabido superarlos con rigor académico. «La política universitaria no está exenta de los sesgos que existen en la sociedad», asegura Noguera. 

«Ser mujer en proceso electoral implica estar expuesta a cualquier cantidad de atropellos y abusos», enfatiza Laura Luciani, quien hace 18 años también fue candidata al vicerrectorado administrativo. 

En la otra cara de la moneda, las candidatas Bustillos, Lacruz y Valero aseguran no haber experimentado dificultades asociadas a su género durante el desarrollo de sus candidaturas. Esto demuestra que los desafíos electorales para las mujeres no son uniformes y pueden variar significativamente dependiendo del entorno o cargo.

Decidir para alcanzar una universidad más inclusiva

Superar los cuestionamientos es apenas el medio para alcanzar un fin mayor: la toma de decisiones institucionales. Las diversas propuestas de las candidatas contemplan la mejora de la Universidad de Los Andes de forma integral, con proyectos diseñados para impactar a todos los ulandinos: estudiantes, profesores, personal administrativo y obreros.

En este sentido, la candidata al Consejo Universitario, Maribel Valero, señala que el eje central de su campaña «es la representación gremial técnica y transparente», otorgando prioridad a la salud, la familia, la carrera docente y las alternativas de financiamiento. Con esta visión de eficiencia coincide María Alejandra Lacruz, cuya propuesta para el mismo Consejo está enfocada en «una construcción de mapas de capacidades para optimizar la infraestructura y el talento humano».

Por otra parte, Laura Luciani destaca que es fundamental gerenciar por y para los universitarios y trabajadores, prestando especial atención a las personas con condiciones especiales y a quienes atraviesan conflictos emocionales. «Desde el Vicerrectorado Administrativo yo puedo contribuir con el desarrollo de la Universidad de Los Andes», expresó Luciani.

Esta necesidad de transformación también se respira en las facultades. Desde su aspiración al Consejo de Facultad en FACIJUP, Linda Bustillos plantea como prioridad el «fortalecimiento, la excelencia académica y la dinamización de la investigación en las tres escuelas que integran la Facultad». En esa misma línea, Raiza Madriz advierte desde su candidatura al Decanato que es urgente un cambio en todos los niveles para actualizar el currículo y devolver a la ULA su sitio como una de las mejores universidades del mundo.

Finalmente, desde la Facultad de Medicina, María Eugenia Noguera resume esta visión, apostando desde el Consejo Universitario por la construcción de una «ULA sostenible, humana e inclusiva».

Si bien cada candidata tiene puntos de vista distintos, todas tienen una meta en común: construir una universidad equitativa y segura. La salud mental y la perspectiva de género ocupan un lugar central en sus candidaturas. En este sentido, coinciden en que se debe prestar especial atención al reforzamiento de los programas de atención psicoterapéutica y a la consolidación del Reglamento Interno de la Universidad de Los Andes para la Prevención y Atención en Casos de Violencia Basada en Género Contra las Mujeres o en Casos de Discriminación.

Comunidad ulandina vuelve a elegir después de 18 años

Tras 18 años sin poder renovar autoridades por impedimentos gubernamentales, se espera que las elecciones del 7 de octubre y el 11 de noviembre transcurran con total tranquilidad. «Estas elecciones representan la oportunidad de consolidar el esfuerzo institucional que ha mantenido en pie a la ULA y dar un paso a la modernización», manifestó Valero. Además, la candidata destacó que la Universidad de Los Andes no está comenzando de cero en este proceso electoral: «Partimos del trabajo, la resistencia y el compromiso con nuestra universidad». 

Las seis candidatas extienden una invitación a la comunidad femenina ulandina para que participe activamente en la vida política universitaria. María Eugenia Noguera afirma que «no hay un momento perfecto. Su voz, su experiencia y su manera de liderar son necesarias hoy en día». A este llamado se suma María Alejandra La Cruz, quien insta a las mujeres a confiar plenamente en sus capacidades para asumir estos espacios. 

Detrás de cada candidata que hoy invita a otras a dar un paso al frente, se encuentran referentes de lucha e inspiración. Asumir el reto de liderar los espacios universitarios requiere de espejos donde mirarse y, al evaluar el camino recorrido, las candidatas afirman que son las estudiantes, investigadoras, profesoras y trabajadoras quienes sostienen día a día la academia y el entramado comunitario, las que motivan la continuidad de este liderazgo transformador.

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Construir memoria es un trabajo colectivo

Desde las escuelas de Historia y Sociología de la Universidad Central de Venezuela se abrieron espacios para reconstruir y documentar testimonios de personas que participaron en labores de rescate tras los terremotos, y otras que diseñaron iniciativas de ayuda

¿Cómo construir memoria colectiva? ¿Cómo sostener la solidaridad y la cooperación tras los terremotos del 24 de junio?

Con esas preguntas en mente, un grupo de profesores de las escuelas de Historia y Sociología, y el equipo de la Dirección de Derechos Humanos de la Universidad Central de Venezuela (UCV), se juntaron para materializar una iniciativa que les permitiera reconstruir testimonios, documentar voces y rostros para configurar, poco a poco, un archivo de la solidaridad. 

La tarde del 29 de julio, en la placita techada del Reloj de la UCV, se reunieron estudiantes, profesores, la comunidad universitaria, personas de la sociedad civil y rescatistas para escuchar, de primera mano, testimonios de personas que participaron en labores de rescate y diseñaron iniciativas de ayuda durante la emergencia. 

“Hay que construir memoria, porque no solo tenemos que edificar espacios físicos, también tenemos que edificar la cultura de la solidaridad y de instituciones que nos protejan”, dice la psicóloga social Chelina Sepúlveda, profesora de la Escuela de Sociología de la Central.

A partir de ese primer encuentro, que se llamó “Testimonios de la solidaridad”, comenzaron a sistematizar registros audiovisuales de las historias y los testimonios en un canal de YouTube que está abierto al público. La profesora Sepúlveda enfatiza que la reconstrucción de la memoria es una labor colectiva, no es solamente una tarea de historiadores, sociólogos y personas académicas. La memoria implica un trabajo con actores sociales e instituciones, para construir un conocimiento compartido sobre lo que pasó, y que pueda ser transmitido a las siguientes generaciones. 

Escuchar todas las voces 

Durante el evento, hubo una veintena de testimonios, en su mayoría de hombres rescatistas que narraron sus experiencias en las labores de ayuda y recolección de insumos. 

Yefferson Torres, ingeniero y miembro del grupo de rescate “Los Morrones”, mostró un álbum de fotos que encontró en La Guaira, entre los escombros de los edificios que se cayeron. Lo pasó entre los asistentes, que fueron viendo cada una de las imágenes: un grupo de personas riendo en la playa; unas niñas jugando en la arena; una pareja que se besa; unos amigos brindan con cerveza. ¿Quiénes son? ¿Fueron rescatados durante la emergencia? Torres enfatizó que guardar esas fotografías también es una forma de preservar la memoria.

Mientras que Suhey Ochoa, activista del voluntariado “Pan y Rosas”, habló de una iniciativa para la recolección de kits de higiene menstrual. “Como parte de este voluntariado hemos visitado refugios para entregar los kits, y hemos visto que las mujeres son quienes están al frente: sostienen el día a día, la cotidianidad; la comida que llega la distribuyen de forma equitativa”, dijo.

Por su parte, Narwin Gil contó su experiencia preparando sopas para los más vulnerables en La Guaira. 

Otro de los rescatistas explicó cómo las mujeres eran las que organizaban la gestión de las labores de rescate en las comunidades más afectadas y administraban los recursos. Para la profesora Sepúlveda, este liderazgo no es al azar: tiene que ver con el conocimiento que tienen las mujeres de la realidad de sus localidades.

Sin embargo, aunque la invitación al evento fue pública, no eran ellas quienes estaban allí contando sus vivencias. ¿Por qué? La profesora considera que uno de los retos es incorporar más voces de mujeres que están en el terreno, y que son parte fundamental de la respuesta colectiva. “Generar espacios donde estos testimonios también resuenen, en condiciones de igualdad, tal y como se expresan en los lugares afectados. Cuando visitamos las comunidades afectadas, por ejemplo, son las mujeres quienes asumen la construcción de redes de apoyo”

Un archivo que sirva para el futuro 

A los profesores que se han unido a esta iniciativa los motivó que la universidad haya tenido un papel importante en cuanto a la ayuda y la asistencia humanitaria, en la dotación de insumos, recursos técnicos y sanitarios. La Plaza del Rectorado de la UCV llegó a reunir a más de mil voluntarios dedicados a labores de rescate y recolección de insumos los días posteriores al doblete sísmico. 

“Sentíamos que faltaba un aporte desde las ciencias sociales y desde las humanidades, que tenía que ver con cómo construimos un conocimiento de lo que ha pasado y de sus efectos sociales”, explica Sepúlveda.

En contextos de desastres socionaturales, como el doblete sísmico, el rol de la academia está asociado a la producción de recursos técnicos para abordar la emergencia y contribuir a salvar vidas, y al conocimiento para analizar y ponderar el impacto. Es decir, para debatir los temas que generan incertidumbre: qué pasó y qué va a pasar. Pero también para ponerse al servicio de la reconstrucción. 

“Más allá de la idea del voluntariado y la ayuda humanitaria, la solidaridad es un principio de relacionamiento social. Es la esperanza convertida en acción colectiva a través de la articulación de voluntades y saberes”, considera Sepúlveda.

Hacer memoria y reconstruir un archivo es parte de esa tarea. En esta iniciativa, liderada por la Escuela de Historia, también se están vinculando periodistas y personas que han participado en los procesos de documentación tras los sismos. “Es un esfuerzo que debe ir más allá de la universidad. Hacer memoria es un trabajo colectivo”, reitera la profesora.