Portadas Blog El Telar 2025 (6)

16 años de omisiones e irrespeto a los derechos de la población trans en Venezuela

Caracas, 31 de marzo de 2025. En el marco del Día Internacional de la Visibilidad Trans, el Observatorio de Violencia LGBTI denuncia la situación de desprotección estructural que enfrentan las personas trans en Venezuela, agravada por el incumplimiento sistemático de la legislación vigente y las omisiones del Estado en materia de derechos humanos

16 años de una promesa incumplida: La Ley Orgánica de Registro Civil

En 2009, la Asamblea Nacional aprobó la Ley Orgánica de Registro Civil, la cual establece en su artículo 146 la posibilidad de realizar cambios o rectificaciones en las actas del Registro Civil por vía administrativa cuando la persona interesada haya cambiado su identidad de género, previa presentación de informes médicos correspondientes.

Este artículo pudo ser la cristalización de un avance significativo para el reconocimiento de la identidad de género de las personas trans en Venezuela. Sin embargo, 16 años después de su promulgación, esta disposición jamás ha sido implementada.

El Estado venezolano nunca desarrolló el reglamento necesario para hacer operativo este artículo, ni estableció los protocolos administrativos correspondientes. Esta omisión deliberada ha dejado a las personas trans en un limbo jurídico, obligándolas a portar documentos de identidad que no reflejan quiénes son, con todas las consecuencias de discriminación, exclusión y violencia que esto conlleva.

Una deuda que se acumula: Omisiones sistemáticas

La falta de implementación del artículo 146 de la Ley Orgánica de Registro Civil no es un hecho aislado, sino parte de un patrón de negligencia estatal que incluye:

Vacío legislativo persistente. A pesar de que la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela establece en su artículo 21 el principio de no discriminación, no existe legislación específica que proteja a las personas trans contra crímenes de odio ni que sancione la discriminación por identidad de género.

Exclusión del sistema de salud. Las personas trans carecen de acceso a tratamientos de afirmación de género dentro del sistema público de salud. No existen protocolos de atención integral, y la crisis humanitaria ha profundizado las barreras para acceder a tratamientos hormonales y atención médica especializada.

Ausencia de datos oficiales. El Estado no recopila estadísticas sobre violencia, discriminación, acceso a empleo, educación o salud de la población trans, perpetuando su invisibilización en las políticas públicas.

Impunidad ante crímenes de odio. Los asesinatos y agresiones contra personas trans permanecen en su mayoría impunes, sin que el Estado realice investigaciones adecuadas ni reconozca el componente de odio en estos crímenes.

Recomendaciones internacionales ignoradas

Venezuela ha recibido múltiples recomendaciones de organismos internacionales de derechos humanos, incluyendo el Comité de Derechos Humanos de la ONU, el Examen Periódico Universal (EPU) y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), instando al Estado a adoptar legislación que reconozca la identidad de género, implementar medidas contra la discriminación por orientación sexual e identidad de género, investigar y sancionar los crímenes de odio contra personas LGBTIQ+ y garantizar el acceso a servicios de salud integrales.

Estas recomendaciones han sido sistemáticamente desatendidas por el Estado venezolano.

El costo humano de la negligencia

La falta de reconocimiento legal de la identidad de género tiene consecuencias concretas y devastadoras en la vida cotidiana de las personas trans: exclusión laboral, deserción escolar forzada, negación de servicios de salud, imposibilidad de abrir cuentas bancarias, dificultades para acceder a la vivienda y exposición constante a situaciones de violencia y humillación.

El Día de la Visibilidad Trans representa una oportunidad para visibilizar esta realidad y exigir que el Estado venezolano cumpla con sus obligaciones constitucionales e internacionales en materia de derechos humanos.

Portadas Blog El Telar 2025 (5)

Hilda Carrera: “¿Qué tendría que ocurrir para cerrar las heridas de la dictadura?”

La infancia y adolescencia de Hilda Carrera Gamonal estuvieron marcadas por la dictadura chilena encabezada por Augusto Pinochet, que terminó cuando ella cumplió 26 años. Creció en una familia de izquierda, en un país donde la política atravesaba la vida cotidiana con miedo, vigilancia y silencio. “La dictadura fue un golpe fuerte y todavía es un tema que me sigue conmoviendo”, dice. “No me deja de impresionar los niveles de crueldad a los que se llegó”. Para ella, las huellas de ese período siguen presentes: no solo en la política y la economía, sino también en la forma en que la violencia transformó la vida social, los espacios comunes y la cultura.

Quizás por eso su trayectoria se mueve entre distintas formas de intervención. Carrera enseña en una escuela de trabajo social, pero también escribe narrativa y poesía. Cultiva, además, la décima, una forma tradicional de poesía popular muy ligada a la protesta, que utiliza como herramienta más inmediata para reaccionar ante las injusticias y denunciar lo que ocurre.

La música es otro de sus territorios. Integra La Siembra, una colectiva de mujeres cuequeras que busca resignificar la cueca desde una mirada feminista. “Como todo baile tradicional que viene desde la colonia, es bien machista”, explica. En su colectivo escriben letras que hablan de las experiencias y luchas de las mujeres, que luego interpretan con canto gritado, una técnica pensada para espacios sin amplificación profesional y muy común en marchas y actos políticos.

Forma parte de la colectiva Bordadoras en Resistencia, donde el arte textil funge como un gesto político compartido. Allí producen lienzos colectivos a partir de un tema común, que cada integrante interpreta con su propio bordado. “Lo que más importa es el mensaje”, dice. Este 8 de marzo, por ejemplo, homenajearon a escritoras chilenas; en años anteriores bordaron sobre activistas ambientales y sobre mujeres que luchan por la causa Palestina.

En el marco del repentino cambio de gobierno en Venezuela, Redsonadoras quiso mirar a nuestra región y preguntarse qué han vivido otras mujeres feministas tras la caída de sus dictaduras. ¿Qué ocurre después del momento en que un régimen autoritario termina? ¿Cómo se reconstruye la vida política, social y personal después de años de represión, restricciones, violencia estatal y criminalización de la diversidad de pensamiento?

En el caso de Chile, la transición comenzó en 1988, cuando el plebiscito convocado por la dictadura de Augusto Pinochet terminó con la victoria del “No”, abriendo el camino hacia el fin del régimen militar y el inicio de un proceso de transición a la democracia que cambiaría al país. La dictadura de Augusto Pinochet en Chile terminó oficialmente el 11 de marzo de 1990, cuando Pinochet entregó el poder al presidente democráticamente electo Patricio Aylwin.

Hilda Carrera responde algunas preguntas desde Santiago de Chile, donde la noticia de la captura de Nicolás Maduro circula entre una ciudad atravesada por la diáspora: casi medio millón de venezolanas y venezolanos viven hoy en Chile, la mayoría como migrantes o refugiades. En ese contexto, la nueva cercanía del intervencionismo estadounidense también reactiva en Chile memorias incómodas. 

Para quienes viven y vivieron la dictadura, la conversación inevitablemente oscila entre el presente y el pasado. 

¿Cómo se empezó a hablar de transición en Chile? ¿Cómo era la conversación en torno a las necesidades del momento?

Las primeras manifestaciones contra la dictadura, si uno las mira ahora, pueden parecer incluso un poco ridículas por lo pequeñas que eran. Había prohibición de reuniones, así que organizábamos marchas con grupos muy chiquititos. Tratábamos de mantenerlas y rápidamente llegaba la represión. Había detenciones, persecución. Pero seguíamos. Era la lógica de la resistencia.

Yo diría que 1983 marca un punto de inflexión en términos de masividad. Empezaron a hacerse convocatorias más amplias, incluyendo paros nacionales. Recuerdo que para el Primero de Mayo hubo actos mucho más grandes: por primera vez se sentía esa experiencia de vernos entre muchas personas que pensaban lo mismo. 

También hubo las llamadas “marchas del hambre”, porque el país estaba atravesando una crisis económica muy fuerte. Todo ese proceso de movilización social es el que finalmente nos lleva al momento en que comienzan las negociaciones entre los partidos.

El foco inicial estaba muy puesto en la recuperación de una democracia formal, más burocrática y de la economía. Hay cuestiones que aparecieron mucho más tarde en la conversación pública, que en ese momento prácticamente no se consideraron, como el feminismo. Aunque incluso en la dictadura ya existía un eslogan muy potente: “democracia en el país y en la casa”. 

También hubo un movimiento muy fuerte de víctimas y familiares de víctimas que exigían verdad, justicia y reparación para los desaparecidos y ejecutados políticos. Al principio parecía que la preocupación pública estaba centrada solo en quienes habían muerto. Con el tiempo empezó a entrar también el tema de la tortura en la conversación, y eso llevó a discutir la recuperación de espacios y sitios de memoria.

La transición chilena tuvo a Pinochet como comandante en jefe del Ejército y luego como senador vitalicio. ¿Cómo se construyen nuevas estructuras de democracia nacional cuando el verdugo sigue presente en el aparato del Estado?

El primer presidente del retorno a la democracia, Patricio Aylwin, había participado en las discusiones políticas previas al golpe y era conocido por su posición antiallendista. Muchos de esos sectores negociaron pensando que el golpe iba a ocurrir y que después ellos volverían al poder.

Por eso, cuando comenzó la transición con su gobierno, la permanencia de Pinochet en cargos de poder no fue realmente una sorpresa.

¿Hubo un proceso de desmovilización social tras el triunfo del No? Me pregunto si al llegar la democracia, el enemigo contra el cual escribir o denunciar o protestar ya no estaba tan claramente definido.

Creo que eso pasa mucho. Cuando el enemigo es la institucionalidad de una dictadura, es muy fácil identificarlo. Pero cuando la institucionalidad democrática empieza a funcionar, todo se vuelve más difuso. Las personas que luchaban contra la dictadura pasan a formar parte del gobierno, y entonces empiezan a hacer cosas que quizás no nos parecen bien. Ahí se pierde un poco el foco: ¿a quién le reclamamos? ¿Qué puerta golpeamos? ¿Cómo procedemos?

En Chile no fue un cambio de blanco a negro, sino una zona intermedia de pactos. ¿Cómo se recibió y contó la ambigüedad de la transición?

Estábamos tan heridas que la transición se narra con optimismo. Queríamos creer que podía resultar. Pese a tener a Pinochet todavía en cargos de poder, había señales que nos hacían pensar que había un quiebre en un sistema de poder bastante terrorífico. Sin duda, hubo un cambio.

Hubo un primer gesto importante: la creación de la Comisión Rettig de Verdad y Justicia, que pidió a un grupo de expertos cuantificar a los desaparecidos y víctimas de la dictadura. Cuando llegó el informe, el presidente lloró públicamente y pidió perdón al pueblo chileno. Ese gesto de reconocimiento entregó un grado de optimismo: lo que habíamos estado gritando y denunciando durante años ahora era oficialmente reconocido por la institucionalidad.

¿En qué momento el miedo dejó de ser un lenguaje cotidiano?

La campaña del “No” hizo que el miedo empezara a perder fuerza. Fue exitosa en eso: nos ayudó a recuperar la sensación de que era posible expresarse. Si ellos aparecían en la televisión diciendo “No”, uno sentía que también podía salir a la calle y decir que las cosas estaban mal. Hay mucho análisis sobre si fue una buena campaña política o no, pero yo creo que, sobre todo, nos ayudó a perder el miedo.

El miedo tardó en desaparecer como cotidianidad, y al mismo tiempo todavía persiste en algunos ámbitos. Chile se convirtió en un país medio silencioso. Incluso en lo simbólico se nota: si miras las fotos de los años 70, hay mucho color en la ropa, en los edificios, en las imágenes; después de la dictadura, los colores se apagan, y esa paleta apagada se ha mantenido hasta hoy.

¿Cómo se vivió la transición desde la perspectiva de las mujeres, considerando que leyes fundamentales como el divorcio o la despenalización del aborto tardaron décadas en aprobarse en Chile?

Yo creo que el feminismo tardó mucho en aparecer con fuerza dentro de la institucionalidad. El Servicio Nacional de la Mujer (SERNAM) tenía muy pocos recursos y muy poca capacidad territorial, así que al final terminó siendo una institución muy alejada de la realidad de muchas mujeres. Era un espacio bastante de élite, que no necesariamente recogía las reivindicaciones de las mujeres trabajadoras.

Pero si uno mira lo que pasaba en la dictadura, las mujeres ya estaban organizándose de forma masiva. Por ejemplo, las ollas comunes: miles de mujeres que se organizaban en los barrios para alimentar a sus hijos y a toda la comunidad. Había ollas comunes en prácticamente todos los territorios.

Sin embargo, esas mujeres no fueron consideradas en las mesas de trabajo ni en las grandes conversaciones de la transición. Y creo que eso revela un problema que sigue siendo muy fuerte: tenemos una mirada muy clasista. Tenemos buenas teorías sobre cómo deberían hacerse las cosas, pero las mujeres que organizaban las ollas comunes, las que lideraban juntas de vecinos, las buscadoras de familiares desaparecidos, los grupos de allegadas, las organizaciones de pobladoras por la vivienda… muchas de esas organizaciones eran de mujeres, y sus voces quedaron bastante acalladas.

¿No había mujeres y disidencias en la mesa durante las negociaciones políticas de la salida de Pinochet?

Había algunas, pero eran pocas y muchas veces su voz no era escuchada. Varias aportaban desde el exilio: regresaban con preparación académica, con una mirada distinta y con feminismos más avanzados y reivindicativos, que empezaban a cuestionar las estructuras de poder existentes. Entre ellas están Gladys Marín, Teresa Valdez, Adriana del Piano, Carolina Tohá o Isabel Allende, quienes desde distintos espacios impulsaban agendas feministas y sociales que antes no se consideraban en las instituciones tradicionales.

¿Cómo y cuándo termina una transición? ¿Hay un inicio, nudo y desenlace?

Me cuesta mucho ver un fin. Creo que hay hitos que marcan un inicio, pero el desenlace… no sé dónde estaría. Me cuesta saber qué necesitaría yo para considerar que esto se cerró. Igual me lo pregunto: es una pregunta recurrente, ¿qué tendría que ocurrir para poder cerrar las heridas de la dictadura? Quizás simplemente hay que entender que las heridas existen y que algunas no van a cicatrizar. Y hoy en día estamos en un gobierno de extrema derecha, democrático, y en cierta forma, seguimos luchando contra esto.

¿Qué lección de resistencia te dejó el Chile de finales de los 80?

Tenemos que rescatar la alegría, los rasgos culturales propios, los colores, el ruido. Hay que rescatar la felicidad pese a todo, crear belleza, que no nos hagan perder nuestra esencia. Si es colorida, démosle colores. Si la esencia es ruidosa, hagamos ruido. Creo que en eso llevamos ventaja las mujeres frente a los hombres: el feminismo nos ha ayudado a mirarnos más, y creo que tenemos más posibilidades de recuperar nuestra esencia. Vemos más claramente a nuestros ancestros y nuestra cultura. 

Siempre, siempre rescatar la felicidad.

Portadas Blog El Telar 2025 (4)

Mujeres en la política venezolana: las pioneras que abrieron el camino

La lucha de las mujeres venezolanas por lograr una representación paritaria en los cargos públicos ha ido teniendo sus conquistas graduales a lo largo de la historia. Un proceso en el que diferentes dirigentes marcaron hitos al ser las primeras en postularse y ganar, lo que ha despejado el camino para muchas otras hasta la actualidad

El rol de las mujeres en la política venezolana parece haber estado siempre tras las sombras. Un ejemplo de esto fue la lucha para democratizar al país a principios del siglo XX. La famosa generación del 28, que contó con varios de los líderes políticos que luego dirigían la nación, tuvo entre sus filas a muchas jóvenes activistas que, al igual que ellos, agitaron las calles y sufrieron la represión del gobierno de Juan Vicente Gómez. Sin embargo, tras la muerte del dictador en 1936, siguieron sin ver materializados los derechos por los que habían luchado, en un país que presumía encaminarse hacia la modernidad.

Fue muy largo el camino para salir de las sombras, y que tuvo su primer faro en el movimiento sufragista que logró, en 1946, que las mujeres tuvieran el mismo derecho al voto y a aspirar a cargos públicos, como ciudadanas plenas. Allí también marcaron su primer hito, con la elección de la Asamblea Constituyente de ese año. De acuerdo con la Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, de 160 diputados, 21 fueron mujeres (13 principales y ocho suplentes). Era la primera vez que las mujeres accedían, por el mismo voto que habían conquistado, a un espacio de representación popular

Pero la magia no duró mucho. Para el Congreso de 1948, apenas resultaron electas 4 mujeres: 2 diputadas y 2 senadoras, entre ellas la escritora Mercedes Carvajal de Arocha, mejor conocida como Lucila Palacios. Desde entonces, a pesar de ser el 50,5 % de la población actual de Venezuela de acuerdo con el Banco Mundial, la lucha de las mujeres por tener mayor representación en los espacios políticos venezolanos continúa. Por ejemplo, la Asamblea Nacional electa en 2015 tuvo solo un 19,8 % de diputadas, mientras que la de 2020 cuenta con 33,57 % aún lejano de la realidad demográfica.

Desconocidas

Mujeres en la política venezolana: Lucila Palacios
Mercedes Carvajal de Arocha, conocida como Lucila Palacios. Foto: cortesía

Otro factor que ha marcado el camino de las mujeres en la política venezolana ha sido la falta de registros que den testimonio de sus luchas. Este desconocimiento no solo se ve al momento de buscar información sobre dirigentes políticas destacadas del siglo XX, sino también en el propio discurso actual. 

Si bien durante el gobierno de Hugo Chávez el número de mujeres en cargos públicos aumentó respecto a gobiernos anteriores, no fue por su acción directa. Ha sido el resultado de un proceso gradual y paulatino, el cual ha tenido muchas protagonistas que la historia parece empeñada en enterrar.

Política en femenino

Mujeres en la política venezolana: Dori Parra de Orellana
Dori Parra de Orellana, primera mujer gobernadora en la historia de Venezuela. Foto: cortesía

Incluso para los cargos por designación el camino de las funcionarias públicas fue lento. No fue hasta el gobierno de Raúl Leoni que se nombró en 1968 a Aura Celina Casanova como ministra de Fomento, siendo la primera mujer en la historia del país en formar parte del gabinete ejecutivo

Antes de 1989, los gobernadores también eran elegidos por el presidente de la República. En ese periodo solo figuran los casos de Dori Parra de Orellana, designada en 1975 gobernadora del estado Lara (también una de las primeras mujeres diputadas de la República), y Luisa Teresa Pacheco, en 1984, como gobernadora de Táchira. Tras la descentralización, en 1993, Lolita Aniyar de Castro se convirtió en la primera mujer electa gobernadora en Venezuela, en el estado Zulia. 

Ya para principios de los años noventa, la Gran Caracas contaba con una imagen predominantemente femenina. Ya en 1989, Gloria Lizárraga de Capriles se había convertido en la primera alcaldesa de Baruta, y posteriormente, siguieron su ejemplo Irene Sáez en Chacao y Mercedes Hernández de Silva en El Hatillo en 1993. Esto se mantuvo incluso a finales de la década, con el segundo gobierno de Sáez, además del ascenso de la actriz Ivonne Attas en Baruta y de Flora Aranguren en El Hatillo (un hito con la sucesión entre dos mujeres en un municipio).

Aunque esto apuntaba a una Venezuela futura con una mayor representación femenina, todavía era algo muy alejado de la realidad. Una nota de 1997 del diario español El País señala que para ese año, apenas un 6,5 % de los curules del entonces Congreso bicameral eran ocupados por mujeres. Un panorama peor en los consejos legislativos estadales, donde su participación era de 1,4 % y 3,6 % en los concejos municipales. Solo el Poder Judicial cubría la paridad del 50 % de mujeres funcionarias, con Cecilia Sosa a la cabeza de la Corte Suprema de Justicia.

Hacia la presidencia

Mujeres en la política venezolana: las pioneras que abrieron el camino
Campaña presidencial de Irene Sáez. Foto: cortesía

Venezuela ha sido gobernada históricamente por hombres. Incluso en democracia, pasaron muchos años antes de que una mujer pudiera aspirar a la presidencia. En 1988, 30 años después de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, fue cuando Ismenia de Villalba se convirtió en la primera candidata presidencial en la historia del país. 

Durante los años noventa, Rhona Ottolina y Carmen Rodríguez y González también se postularon en las elecciones de 1993, aunque no fue hasta la llegada de Irene Sáez en 1998 que las encuestas por primera vez asomaron la posibilidad de que una mujer llegara al Palacio de Miraflores. No ocurrió así, y en cambio las elecciones fueron ganadas por Hugo Chávez.

Las elecciones presidenciales de 2006 fueron peculiares por su gran número de candidatos. De los 14 aspirantes que llegaron al día de la votación, hubo cuatro mujeres: Venezuela Da Silva, del partido Nuevo Orden Social (NOS); Isbelia León, del movimiento Institución Fuerza y Paz (IFP); Judith Salazar, por Hijos de la Patria (HP); y Carolina Contreras, quien se postuló por iniciativa propia. También estuvo el caso de las candidatas Reina Sequera y María Bolívar, quienes compitieron no en una, sino en dos elecciones consecutivas simultáneamente, en 2012 y 2013.

Ninguna candidata ha logrado hasta la fecha superar el 5 % de votos en unas elecciones presidenciales venezolanas. El mejor desempeño en las urnas lo sigue teniendo Irene Sáez, quien quedó en tercer lugar con un 2,82 % (184.568 votos). Aun así, muy lejos del 70 % que proyectaba en las encuestas al inicio de su campaña. No obstante, con el nuevo protagonismo que han tomado dirigentes como Delcy Rodríguez desde el oficialismo, o María Corina Machado y Delsa Solórzano en la oposición, las condiciones están dadas para que esta situación pueda revertirse en un futuro cercano.

Este artículo, publicado originalmente el 18 de abril de 2024 en El Diario, fue hecho como parte de las Mentorías Editoriales del Semillero Violeta de la Red de Periodistas Venezolanas

Portadas Blog El Telar 2025 (1)

De niñas serviciales a adultas exhaustas: el impacto psicológico de la crianza como cuidadoras

La presión de “ser para otros” nace desde que somos niñas. Expertas explican cómo la crianza diferenciada asigna a las mujeres el rol de sostén emocional y de cuidadoras; también definesu valor personal únicamente por su capacidad de servicio, moldeando su autoestima, sus vínculos y su relación con el descanso. Cuestionar estos mandatos —pese a la carga mental, la culpa y la desigualdad—  es importante para abrir camino hacia una corresponsabilidad real del cuidado

“Ella sostendrá todos los cimientos, ve también si carga nuestros sufrimientos. Verla doblarse y torcerse sin chistar, sin fallar”.

Aunque es una película infantil, esta confesión de Luisa Madrigal en la película Encanto, de Disney, logró que millones de mujeres adultas lloraran frente a la pantalla. Estas líneas ejemplifican cómo la presión de ser el sostén emocional de una familia puede moldear la identidad y psicológicamente asignar un rol desde la crianza.

Luisa es “la fuerte” de la familia, quien asumió la expectativa de salvar a todo el mundo y “ejecutarsin cuestionarse, hasta que el peso de ser la que resuelve todo amenaza con hacerla estallar. Su crisis de ansiedad deriva de su creencia de que descansar o entretenerse hace que pierda  su propósito dentro del clan.

Pero esa dinámica no queda en la ficción animada de las películas: se repite constantemente en la sociedad. Desde temprana edad, las niñas reciben una “crianza diferenciada” que moldea el cerebro para priorizar el cuidado ajeno. Las mujeres crecen convencidas de que tienen responsabilidades específicas sobre su entorno, como la garantía del bienestar físico de sus familiares o que deben “resolver” para merecer afecto.

Citando los modelos de Albert Bandura, la psicóloga Karla Fernández explica que el entrenamiento comienza mucho antes de que exista madurez cognitiva, a través del juego simbólico. “Se suele asignar a las niñas en sus hogares muñecas, cocinitas, sets de limpieza o maquillaje. Todo esto refuerza la práctica de tareas de cuidado (…) que les lleva a seguir este camino de responsabilidad”. La mayoría de los juguetes de los varones, a diferencia, apuntan al movimiento, la ciencia y la exploración del mundo”, detalla.

Los postulados de teóricas feministas como Simone de Beauvoir y la italiana Elena Gianini Belotti explican que el juego no es inocente y el ser humano en la infancia aprende a través de lo lúdico. Al diferenciar los juegos, se definen los roles sociales que van a cumplir más adelante.

El guión psicológico y el mandato de utilidad

“Creo que mi esfuerzo es nulo si siento que no ayudo”.

Este verso de la canción explica cómo a las niñas se les enseña a vincular su autoestima con su capacidad de servicio. Para Magdymar León Torrealba, psicóloga feminista y directora de la Asociación Venezolana por una Educación Sexual Alternativa (AVESA), la socialización hacia el rol de cuidadora es producto de un “guión psicológico” en el que reciben constantes mensajes explícitos e implícitos que asocian el valor personal con el servicio a los demás.

“Cuando una niña es elogiada por ‘ser buena’, ‘ayudar’ o ‘ser considerada’, aprende que cuidar es una forma de obtener reconocimiento y afecto. Se instaura la idea de que ser mujer implica estar disponible para los otros. Es un proceso que se naturaliza porque forma parte de la organización histórica del cuidado en nuestras sociedades”, comenta León.

En los estudios feministas, el patrón psicológico de construir la autoestima alrededor de cuánto ayudan, cuánto complacen a otros o cuánto se sacrifican por su entorno se conoce como el mandato de “ser para otros”.

El peligro de este modelo es que anula la capacidad de la mujer para reconocer sus propias necesidades, y genera a largo plazo una autoestima condicionada en la disponibilidad constante porque cuando una mujer intenta priorizarse, el entorno y ella misma lo percibe como un acto de egoísmo.

Holaya Peña, coordinadora de la Comisión de la Mujer de la Universidad de los Andes (ULA Mujer), argumenta que la crianza diferenciada construye una “jerarquía de prioridades vitales”, en el que la feminidad, el ser mujer o niña, se vuelve un sinónimo de abnegación hacia los demás. Advierte que en su identidad se va creando la idea de que “puede estar incompleta” si no hay alguien a quien asistir.

De la misma forma, la criminóloga Julieth Guerrero, basada en análisis de casos de género en el estado Mérida, sostiene que la desigualdad también se impone por la observación cotidiana de acciones y omisiones que las nuevas generaciones replican sin cuestionar. “Los niños no solo aprenden lo que les decimos, sino lo que ven en la mesa de su casa. Si un niño ve que su mamá es la única que sirve, que se calla o que no tiene autonomía económica, integra que ese es el ‘orden natural. De igual manera, las niñas terminan normalizando la abnegación al no tener modelos diferentes a su alrededor”. 

“¿Qué si me desplomo y no llego a ser quien debo ser?” 

En esta frase de la canción, Luisa Madrigal ejemplifica el fenómeno que la psicóloga Karla Fernández describe como la construcción de una identidad de espejo: el ser se define exclusivamente por el rol que ocupa frente a otros (por ejemplo, la hija responsable o la hermana presente)

Si no tienen a quién cuidar, pueden experimentar severas crisis de identidad o vacío. En la adultez, se puede plasmar en conductas controladoras que surgen del miedo a perder ese entorno que valida su existencia. “La responsabilidad que esto conlleva es muy desproporcionada. Su autoestima se fusiona con cómo ella sostiene a su familia. Si su familia está mal, ella va a estar mal y se va a sentir culpable”, puntualiza Fernández.

La carga mental y la culpa del descanso

“¿Podré desvanecer el peso cruel, la expectativa, y vivir solo un momento de esparcimiento?”.

Luisa Madrigal llega al punto de sentirse mal por imaginar un momento de diversión en el que no ocupa el papel de “la que sostiene todo”. La psicología define este efecto desgastante de la socialización como “carga mental”. Según un estudio citado por Área Humana (2024), el 71% de las mujeres sufre carga mental, y sólo el 12% de los hombres lo experimenta.

Oriana Ramírez, psicóloga y codirectora de Apunte Mental, aclara que la inequidad no radica únicamente en quién ejecuta la tarea física. 

“No se trata solo de hacer tareas, sino de pensar constantemente en lo que hay que hacer, planificar, recordar y anticipar. Al ser socializadas desde pequeñas para detectar qué hace falta o qué necesitan los demás, las mujeres adultas terminan asumiendo la gerencia absoluta de la cotidianidad”, explica. 

Este trabajo invisible y constante de organización genera un sentimiento de hiper-responsabilidad que agota a las mujeres mucho antes de que siquiera empiecen a ejecutar las tareas físicas, porque todo lo que pueda ocurrir en la familia termina dependiendo de que la mujer lo organice, lo plantee o lo proponga.

¿Y qué ocurre cuando una mujer que ha sido criada bajo este modelo decide descansar? Aparece la culpa. En el momento en que deciden tomar un descanso o priorizar sus necesidades, sienten que están fallando en su rol. “No es porque esté mal hacerlo, sino que, como nunca lo ha hecho, su cerebro lo procesa como una incomodidad, y el ser humano siempre va a tratar de evitar todo sentimiento de incomodidad”, continúa Ramírez. 

Esto tiene un origen neurológico y conductual, porque al estar enfocadas históricamente en gestionar las emociones de los demás, muchas mujeres llegan a la adultez sin saber cómo gestionar las propias.

Hipervigilancia femenina y analfabetismo emocional masculino

“Siempre fuerte, imparable… No pregunto, ejecuto, mi coraza es del hierro más duro”.

Cuando Luisa canta sobre tener una “coraza del hierro más duro”, refleja la invalidación emocional con la que ha crecido.

En las niñas, la asimetría en la validación de las emociones genera una hipervigilancia emocional. Mientras a las niñas se les enseña a reprimir la rabia o la frustración porque “se ve feo que griten o alcen la voz”, silenciando su malestar bajo la etiqueta de “malcriadez”, las emociones desbordadas de los niños suelen ser justificadas. 

“Es esperado que los niños tengan arranques de ira, que griten o hagan travesuras; siempre lo justifican diciendo: ‘Es un niño’. Genuinamente no es normal ni que se silencien las emociones de una niña, ni que se validen las emociones totalmente exageradas de un niño”, enfatiza la especialista Karla Fernández.

Dicha asimetría cobra un alto precio en la salud mental de los hombres. Crecer en hogares donde “los niños no lloran” y la ira es la única emoción validada, los deja sin herramientas para gestionar la tristeza o el miedo.

“Terminan canalizando cualquier malestar a través de la agresividad o el aislamiento, dificultando su capacidad de consuelo y autoconocimiento. Al no ser responsables del cuidado del entorno ni de las personas, desarrollan una falta de perspectiva hacia las necesidades ajenas, lo que merma su empatía y puede dificultar la creación de vínculos sanos en la adultez”, sostiene.

La psicóloga señaló que muchos hombres desarrollan una “autonomía a la defensiva”, evitando pedir ayuda porque lo asocian con debilidad, ya que no saben cómo construir puentes de intimidad emocional con sus allegados. Entonces, cuando niñas y niños crecen bajo el mismo techo pero con expectativas distintas, el desarrollo emocional se bifurca aún más. 

“Dáselo a tu hermana, pon en sus manos todas las tareas que no aguantamos”.

En este punto,  la canción expone la costumbre de delegar las principales responsabilidades en las mujeres de la familia. Excluir a los niños de las tareas de cuidado los priva del desarrollo de herramientas de reconocimiento emocional y comunicación, ya que el rol de proveedores desconecta a los hombres de su propia vulnerabilidad.

“Impulsar esta idea de que el hombre es fuerte y no pide ayuda es un riesgo para su salud mental y fomenta conductas temerarias. Hay estudios que demuestran que los hombres con una concepción más patriarcal se resisten a usar cascos o equipos de protección en espacios laborales porque lo ven como un signo de debilidad”, alerta Karol Moreno, directora de la Red Mérida Feminista.

En el ámbito doméstico, al ver el cuidado como un territorio exclusivamente femenino, los hombres perciben que el bienestar doméstico es un servicio que se les debe y no algo que deben construir colectivamente. Esta limitación afecta en la paternidad y la capacidad de establecer vínculos de pareja horizontales, ya que “para muchos hombres todavía el cuidado se percibe como una ayuda y no como un tema de corresponsabilidad”, prosigue Holaya Peña.

Al crecer sin exigencias en el ámbito doméstico, llegan a la adultez con un déficit de “empatía práctica”, la capacidad de reconocer las necesidades cotidianas del hogar y sostener emocionalmente a sus allegados. “Esto no significa que los hombres sean menos empáticos por naturaleza. Lo que ocurre es que muchos no han sido socializados en el cuidado”, aclara Magdymar León.

Sin embargo, a las niñas se les entrena para estar en alerta perpetua ante las necesidades ajenas (ejemplo: “sírvele café a tu papá”, “recoge la mesa”), lo que las centra en satisfacer a los demás y a largo plazo las inhabilita para establecer límites sanos. 

La trampa de los hogares “igualitarios”

Karol Moreno advierte que el primer obstáculo para desarmar la crianza diferenciada es la negación. “Muchas madres dicen: ‘yo los crío igual porque los amo igual’. Y aunque estoy segura de que el amor es el mismo, la crianza está muy marcada por estereotipos de género instaurados en una cultura misógina y machista”, afirma, recordando que los altos índices de femicidios en el país son prueba de ello.

La pesada carga histórica y cultural supera las voluntades individuales. En el seno familiar, las acciones terminan pesando mucho más que el discurso.

“Los padres pueden decir que son iguales, pero los niños continúan observando quién lleva la agenda escolar, quién recuerda los cumpleaños o quién se levanta cuando alguien llora. Son ejemplos de lo que viven que pesan mucho más”, argumenta Holaya Peña. 

Incluso en aquellos hogares donde se logra una división equitativa de las tareas físicas, como limpiar y cocinar, la asimetría sobrevive en la mente. 

“La planificación y el soporte emocional van a seguir recayendo sobre las mujeres de una forma invisible, pero que se siente. Seguimos siendo las guardianas naturales de ese bienestar. Ante los ojos del entorno, la mujer sigue siendo vista como “la directora de la gestión del cuidado”, reflexiona la experta.

Es así cómo los hábitos culturales internalizados llegan a sobrepasar las decisiones conscientes. Incluso los padres que creen en la igualdad terminan pidiéndole más ayuda a la hija por “costumbre”, así como confiar en ella para cuidar a un hermano o asumir que será más responsable en el hogar. 

Magdymar León identificó cuatro mecanismos que favorecen esta repetición automática:

1- Aprendizaje intergeneracional: Las personas tienden a reproducir la crianza que vivieron. Al respecto, Fernández da como ejemplo la transmisión intergeneracional de la ansiedad: si una madre aprendió que su valor residía en cuidar a otros, sentirá una ansiedad inconsciente si no le enseña a su hija a hacer lo mismo.

2- Sesgos inconscientes: Expectativas culturales que operan en automático

“El que fue educado para la autoridad siente que tiene el ‘derecho’ a decidir, y la que fue educada para cuidar siente que su ‘deber’ es conciliar”, comenta la criminóloga Guerrero. Allí el control empieza a disfrazarse de normalidad cuando dos adultos planean formar una pareja y se naturaliza una dinámica de vinculación desigual.

3- Presión social: La escuela, los medios y el entorno refuerzan el estereotipo

El mandato del cuidado que nace en casa se refuerza en el sistema educativo. Karol Moreno denuncia que, a pesar de que Venezuela cuenta con leyes de igualdad de género desde 1999 que exigen desmontar estos roles desde el preescolar, las escuelas hacen todo lo contrario.

“En los textos escolares desde muy temprana edad, como Mi Angelito, las imágenes muestran a las niñas siempre al lado de su mamá, cocinando o cuidando una muñeca, mientras los niños están trepando un árbol o corriendo”, ilustra la directora de Mérida Feminista.

También mencionó que hay colegios donde las niñas son obligadas a usar falda, lo que limita el movimiento y coarta su posibilidad de explorar el entorno.

4- Economía del cuidado: Culturalmente, las tareas ineludibles del hogar siguen recayendo en la mujer. “Romper estos patrones requiere hacerlos visibles y promover una crianza más consciente, donde el cuidado sea una responsabilidad compartida y no una carga asignada por género”, concluye la directora de AVESA.

Pobreza de tiempo y la sociedad “matricentrista”

.Los organismos internacionales han acuñado el término de “pobreza de tiempo” a la desigualdad económica y temporal vinculada a esta economía del cuidado. De acuerdo con informes recientes de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en la región las mujeres dedican casi el triple de tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. 

Moreno retoma las cifras de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI 2024) para recordar que la participación de la mujer venezolana en el mercado laboral oscila apenas entre el 30% y el 37% (muy por debajo del 50% regional), y el empleo formal con seguridad social ronda un alarmante 20%.

Asimismo, en el 52% de los hogares venezolanos las mujeres son el principal sostén económico, pero los hombres ganan, en promedio, un 36,7% más que las mujeres.

Al encuestar a los cuidadores, ENCOVI detalla que el 81% resultaron ser mujeres con una media de edad de 49 años. De ellas, el 77% reportó que, además de cuidar a un tercero, tenía que cumplir con una jornada laboral formal, y el 95% aseguró no recibir ningún tipo de ayuda o subsidio gubernamental.

Se observa entonces que las mujeres venezolanas sostienen los hogares, pero no desde el poder.

 “Hay quienes dicen que Venezuela es una sociedad matriarcal porque las mujeres siempre resuelven. Pero, en palabras del padre Alejandro Moreno, somos una sociedad matricentrista: se le asigna toda la responsabilidad a la mujer, pero ella no tiene poder sobre sí misma ni en la toma de decisiones de su comunidad”, explica.

Esta precarización está avalada por la inacción del Estado y la empresa privada. Por ejemplo, Moreno señala que, aunque la ley exige guarderías en grandes centros de trabajo, la mayoría de los patronos prefiere pagar un bono insuficiente. Esto ocasiona que las mujeres prefieran abandonar sus espacios educativos o laborales para dedicarse al cuidado, porque el salario no les alcanza para pagar quién cuide a sus hijos. 

La violencia y el punto de quiebre

“Peso que con gota a gota lo reventó… ¿Qué si me desplomo y no llego a ser quien debo ser?”. 

Finalmente, la criminóloga Julieth Guerrero asevera que la educación que responsabiliza a la mujer de que “la casa funcione” y la familia esté bien, dificulta enormemente la identificación de las violencias físicas, psicológicas, económicas o simbólicas.

“La violencia económica se confunde con ‘él administra porque sabe más’, y la psicológica se justifica con ‘está estresado por el trabajo, así que cuesta identificar estas agresiones porque nos enseñaron a priorizar el vínculo por encima de nuestro propio bienestar”.

Ante este panorama, desaprender los roles de género es una estrategia de supervivencia. 

Guerrero apunta que, al cambiar la socialización, se dejan atrás los cimientos de la violencia. Por un lado, enseñar a los varones a corresponsabilizarse del cuidado y a gestionar su frustración sin recurrir a la fuerza, quitándoles así “la necesidad de demostrar su hombría mediante el dominio”. 

Por el otro, criar a las niñas desde un enfoque de autonomía plena, dándoles “las herramientas para que no acepten menos de lo que merecen y puedan salir del ciclo de la violencia”.

Karen Contreras Marcha-2523

GALERIA | “El salario no alcanza ni para un pan”: mujeres protestaron en Caracas para exigir ingresos dignos

Con el salario mínimo congelado en 130 bolívares desde 2022, las manifestantes de distintos sectores denunciaron la pérdida total del poder adquisitivo de salarios y pensiones, además de criticar la dependencia de bonos gubernamentales que, aseguran, no garantizan estabilidad económica ni derechos laborales

Con pancartas y consignas, mujeres trabajadoras, jubiladas y pensionadas se movilizaron este jueves 12 de marzo en Caracas para exigir salarios dignos y denunciar la precariedad económica que enfrentan millones de venezolanos. 

Las manifestantes reclamaron un aumento del salario mínimo, que permanece en 130 bolívares mensuales desde marzo de 2022, un monto que hoy equivale a 0,29 centavos de dólar tras la devaluación de la moneda.

Mujeres trabajadoras, jubiladas y pensionadas se movilizaron este 12 de marzo en Caracas para exigir un mejor salario y pensiones dignas

La profesora Josefina Guerra relató que su salario quincenal apenas le permite comprar un pan: “Gano 250 bolívares quincenales. Eso hizo Onapre con mi salario. Me alcanza para comprarme un pan canilla, que hoy, 12 de marzo, está en ese precio”, denunció.

Guerra explicó que sobrevive gracias al llamado bono de guerra económica, aunque señala que ese ingreso “se evapora apenas uno lo toca”. También exigió que se cumpla el artículo 91 de la Constitución, que establece el derecho a un salario suficiente para cubrir las necesidades básicas.

“Me movilicé por salarios y pensiones con poder adquisitivo y por la libertad plena de los presos políticos, añadió.

Profesora Josefina Guerra. Fotos: Luna Perdomo

En la protesta también participó Jazmín Chaparro, trabajadora del Hospital Clínico Universitario, quien aseguró que el ingreso actual no alcanza para cubrir las necesidades básicas.

“Nos movilizamos por un salario digno, por el alto costo de la canasta básica y por nuestros beneficios como trabajadores. Gano Bs 130 y el bono de guerra, que no alcanza para nada, porque lo debo antes de cobrarlo”, aseguró.

Jazmín Chaparro. Foto: Luna Perdomo

Entre las manifestantes también estuvieron jubiladas y pensionadas que denunciaron la precariedad de sus ingresos. La pensionada Aymara Martínez afirmó que el monto mensual no cubre ni lo más elemental.

“Soy jubilada-pensionada y con Bs 130 mensual no me alcanza ni para comer un día. Ni un pan cuesta eso. Eso no alcanza ni para una chupeta”, dijo.

Martínez pidió a las autoridades atender la situación de la población. “Que uno pueda comer lo que uno quiera. No podemos seguir limitados”, reclamó.

Mujeres trabajadoras, jubiladas y pensionadas se movilizaron este 12 de marzo en Caracas para exigir un mejor salario y pensiones dignas
Pensionada Aymara Martínez. Foto: Luna Perdomo

Desde el sector educativo, Lorena Ezama, representante de los maestros activos del estado Miranda, señaló que los trabajadores viven endeudados para poder sobrevivir.

“Tenemos tiempo con un salario que no cubre las necesidades básicas. Vivimos pidiendo prestado para poder llegar a la quincena”, afirmó.

Lorena Ezama. Foto: Luna Perdomo

Las jubiladas también alzaron su voz. Mariela Díaz, jubilada de la Alcaldía de Caracas, describió la situación que enfrentan muchos hogares: “Tenemos las ollas vacías en la casa. ¿Qué pasa con esos Bs 130? Queremos un salario digno ya”, dijo durante la movilización.

La exigencia de aumento de pensiones también estuvo presente. Xiomara Contreras aseguró que con el monto actual no se puede cubrir ningún gasto básico.

“Tenemos pensiones de hambre. Con ese monto no podemos cubrir nada. Mínimo deberían ser 200 dólares”, planteó.

Mariela Díaz, jubilada de la Alcaldía de Caracas. Foto: Luna Perdomo
Mujeres trabajadoras, jubiladas y pensionadas se movilizaron este 12 de marzo en Caracas para exigir un mejor salario y pensiones dignas
Xiomara Contreras. Foto: Luna Perdomo

Por su parte, Karen Contreras pidió que todos los venezolanos tengan un salario que permita cubrir las necesidades básicas. “No hay estabilidad económica y los precios varían todos los días”, señaló.

Las manifestantes recordaron que el salario mínimo cumple cuatro años congelado este mes de marzo, mientras el costo de la vida continúa aumentando. Además, criticaron que gran parte de los ingresos de los trabajadores provengan de bonos otorgados por el gobierno, los cuales —afirman— no tienen incidencia salarial ni generan beneficios laborales.

Las mujeres insistieron en que el aumento del salario mínimo es una medida urgente para garantizar condiciones de vida dignas en el país.

Mujeres trabajadoras, jubiladas y pensionadas se movilizaron este 12 de marzo en Caracas para exigir un mejor salario y pensiones dignas
Mujeres trabajadoras, jubiladas y pensionadas se movilizaron este 12 de marzo en Caracas para exigir un mejor salario y pensiones dignas
Portadas Blog El Telar 2025

Manifiesto Redsonadoras: Este fuego no se apaga

Durante demasiado tiempo nos dijeron que el periodismo debía ser neutral.

Pero lo que llamaron objetividad o neutralidad fue, muchas veces, silencio.

Silencio frente a las violencias.
Silencio frente a las desigualdades.
Silencio frente a las historias que nunca llegaron a convertirse en noticia. Porque eran vistas como complicadas, muy sensibles, profundas, delicadas de contar, incluso exageradas. 

Nos dijeron que había temas más “importantes” y temas “de mujeres”. Nos dijeron que había voces autorizadas y otras que debían esperar turno. Durante demasiado tiempo el mundo fue narrado desde los centros del poder. Y el poder casi siempre tuvo las mismas voces.

Mientras tanto, muchas historias quedaron fuera del relato.

Las de las mujeres.
Las de quienes habitan los márgenes.
Las de las disidencias.
Las de quienes sostienen la vida incluso en medio de la crisis.

Aunque las mujeres somos la mitad de la población mundial, sólo representan el 26% de las personas vistas, escuchadas o mencionadas en las noticias impresas o televisivas; 29% si se trata de sitios web, según el Global Monitoring Project 2025.

¿Cómo entendemos el mundo si las historias de la mitad de su población quedan por fuera? Nombrar esa falla también es un acto político.

Por eso nace Redsonadoras.

Nace como una chispa en medio del silencio. Una llama pequeña, pero obstinada, intensa, minuciosa, rebelde, testaruda.

Porque las historias también pueden encender algo: preguntas, memoria, comunidad, reparación. Y hay llamas que, con la energía suficiente, no se apagan

Por qué existimos

Redsonadoras nace como un espacio de resistencia narrativa en un contexto donde el silencio ha sido impuesto y la neutralidad ha servido de refugio a la injusticia.

Durante años, muchas historias en Venezuela han sido contadas desde miradas que invisibilizan, simplifican, minimizan o distorsionan las experiencias de las mujeres y de muchas otras identidades.

Las violencias se narran como sucesos aislados, sin contexto o mayor explicación. El dolor se convierte en espectáculo, en puro morbo.
Las expertAs —que no son pocas— aparecen menos que los expertOs.
Las historias de cuidado o resistencia quedan fuera de la agenda pública.

¿El resultado? Un país contado a medias. Y un país contado a medias entiende mal sus problemas y limita sus posibilidades de cambio.

Redsonadoras nace para combatir ese relato.

Porque contar el mundo desde una perspectiva feminista no es un acto simbólico ni un capricho editorial: es una forma de hacer periodismo más honesto, más riguroso y más justo.

Quiénes somos

Redsonadoras es un medio venezolano abiertamente feminista e interseccional. Pensado, creado y parido por periodistas venezolanas quienes por años querían un lugar donde hacer ese periodismo que siempre habían soñado. 

Hoy, 8 de marzo, es un hecho. 

No entendemos el feminismo como una sección temática, sino como una forma de mirar el poder, sus silencios y sus desigualdades. Creemos en un periodismo que ensancha la democracia y las conversaciones públicas cuando amplía las voces que cuenta y se detiene a escuchar.

Por eso queremos hacer un periodismo que pone a las personas —sobre todo a las mujeres y diversidades— en el centro, que cuestiona las estructuras de poder, que documente desigualdades, amplifica voces históricamente invisibilizadas y construye memoria colectiva. Queremos contar Venezuela desde otros lugares: desde quienes sostienen la vida, desde quienes enfrentan violencias que rara vez ocupan titulares, desde quienes hacen comunidad incluso en las condiciones más difíciles. 

En Redsonadoras queremos demostrar que es posible hacer periodismo riguroso sin ser excluyente, crítico sin ser deshumanizado y comprometido sin renunciar a la verdad porque es una forma de construir y defender la democracia. 

Queremos que este espacio sea también una llama compartida: un lugar donde las historias, las preguntas y las resistencias de muchas personas puedan encontrarse, encenderse entre sí y seguir propagándose. Venimos de una red de periodistas que entiende que contar historias no es solo describir el mundo: también es disputar su sentido.

Nuestros principios

(8 principios para el 8 de marzo)

1. La empatía es nuestra brújula
Rechazamos la frialdad de la “fuente oficial” como verdad absoluta. Las mujeres son fuentes, protagonistas y creadoras de conocimiento. En este medio, la vivencia de la mujer rural, las personas trans y la joven activista tiene tanto peso como la voz académica. La experiencia de quienes viven las injusticias también es conocimiento.

2. El feminismo es nuestra mirada editorial y práctica diaria
No es una sección del medio: la perspectiva de género será transversal, permanente y sistemática. Será nuestra forma de analizar el poder, sus silencios y sus desigualdades, una manera de entender cómo se organizan las sociedades. El periodismo feminista no solo debe explicar el mundo que existe, sino abrir preguntas sobre el mundo que queremos construir.

3. El periodismo debe incomodar al poder
Cuando las estructuras de poder —políticas, económicas o culturales— producen desigualdades, el periodismo no puede limitarse a repetir discursos oficiales. Queremos contar historias humanas que interpelan a quienes toman decisiones porque los relatos que importan muchas veces están fuera de los centros de poder.

4. Cuidamos las narrativas
Nuestro periodismo va a proteger y no revictimizar. Nos negamos a reproducir la pornografía del dolor o a convertir el sufrimiento en espectáculo. Las historias de violencia merecen contexto, dignidad, respeto y responsabilidad.

5. Creemos en la interseccionalidad y diversidad de voces
Las mujeres no somos un grupo homogéneo. Las desigualdades que se cruzan con el territorio, la raza, la clase, la sexualidad, la discapacidad y la migración también importan. Queremos nombrar a todas las personas, sin dejar a nadie por fuera. No hay historias simples. 

6. Defendemos el rigor como herramienta política
Nuestros datos se verifican, nuestras fuentes se contrastan y nuestras historias se sostienen en evidencia. Vamos a llamar las cosas por su nombre porque las palabras importan y construyen realidades. Las violencias de género no son hechos aislados: son problemas estructurales. No son “crímenes pasionales”, son femicidios. 

7. Creemos en el poder de la comunidad
Así como el feminismo no se construye en soledad, este medio también se va a construir de la misma manera: en red. En escuchar a nuestra audiencia y estar abiertas a la crítica y al cambio constante. 

8. Cuidamos a quienes informan
No creemos en el sacrificio periodístico que agota la salud mental. Un medio que no protege la salud mental de sus periodistas no puede pretender cuidar las historias de otras personas. Asimismo, tendremos tolerancia cero con las violencias en nuestros espacios de trabajo. 


Encendimos esta llama para contar un país que también nos pertenece. Y para que cada historia que se publique en este nuevo medio resuene como parte de un mismo fuego colectivo.

Este fuego no se apaga. 

Esta historia recién comienza.

Redsonemos Juntas.

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GALERIA | Así marcharon las mujeres por el 8M en Caracas: exigieron vida, justicia y libertad

El Día Internacional de la Mujer se convirtió en una jornada de denuncia en Caracas. Feministas, madres, trabajadoras, sindicalistas, activistas, estudiantes defensoras de derechos humanos y familiares de detenidos marcharon en la capital venezolana para exigir la liberación de todas las personas presas por razones políticas y el cierre de centros de detención denunciados por prácticas de tortura.

Feministas y activistas marcharon en Caracas por el 8M
Feministas y activistas marcharon en Caracas por el 8M

Aunque la protesta fue pequeña y sin grandes concentraciones, la actividad de este domingo buscó poner en el centro el papel de las mujeres en la lucha por un país democrático y en el que las consignas contra el Gobierno fueron las más entonadas.

La movilización fue una exigencia al Estado: por el cese de la persecución contra mujeres que ejercen sus derechos políticos, que alzan la voz por los derechos laborales, la dignidad y la justicia.

Al grito de “las mujeres se rebelan por la democracia” y “mujeres al poder contra la dictadura”, muchas de las esposas, hermanas, hijas y madres de detenidos, quienes han liderado la lucha de la liberación de los presos políticos en Venezuela y han estado desde hace dos meses en vigilia esperando que sean excarcelados, marcharon desde la Plaza Francia de Altamira hasta la plaza Brión de Chacaíto en Caracas.

Feministas y activistas marcharon en Caracas por el 8M
Feministas y activistas marcharon en Caracas por el 8M

“Abajo la dictadura que va a caer, que va a caer. Arriba la democracia que va a vencer, que va a vencer” fue otras de las consignas de resistencia y reclamo democrático que gritaron las mujeres que marcharon durante este 8 de marzo. Recordaron que hay 56 mujeres presas políticas que continúan detenidas arbitrariamente de las más de 500 personas que siguen tras las rejas, según cifras de la organización Foro Penal.

Feministas y activistas marcharon en Caracas por el 8M
Feministas y activistas marcharon en Caracas por el 8M

Las activistas y feministas también alzaron la voz en contra de la violencia de género, por la justicia reproductiva y por el fin de cualquier forma de discriminación. “Basta de femicidios” y “Maternidad por elección, no por obligación”, “La democracia es queer” fueron algunas de las frases que llevaban en los carteles este domingo 8 de marzo.

Al ser el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, también recordaron que en Venezuela el sueldo mínimo permanece congelado en 130 bolívares (aproximadamente 0.25$) desde hace cuatro años.

En un país donde el 52% de los hogares dependen económicamente de una mujer, según datos de Encovi 2024, la paradoja es evidente: quienes sostienen a más de la mitad de las familias son también quienes enfrentan mayores niveles de precariedad. A esta realidad se suma que Venezuela tiene una brecha salarial entre hombres y mujeres de 36,7%, la más alta de la región.

Feministas y activistas marcharon en Caracas por el 8M
Feministas y activistas marcharon en Caracas por el 8M
Feministas y activistas marcharon en Caracas por el 8M
Feministas y activistas marcharon en Caracas por el 8M
Feministas y activistas marcharon en Caracas por el 8M
Feministas y activistas marcharon en Caracas por el 8M
Portada ensayo 8M

Reflexiones en torno al 8 de marzo y el pensamiento feminista

El 8 de marzo ha trascendido a lo largo de la historia como el Día Internacional de la Mujer. Una fecha que, lejos de celebrar a las mujeres como seres de amor o como figuras ornamentales a quienes hay que rendir tributo regalando flores, felicitándolas y exaltando la hermosura de su ser, está vinculada a distintos acontecimientos y movimientos de lucha de las mujeres trabajadoras.

Estas luchas no solo buscaron reivindicaciones salariales, sino también irrumpir en los espacios de participación política que les habían sido negados debido a su confinamiento a la vida privada, a lo doméstico, a la sumisión y subordinación masculina.

La lucha por el voto emprendida por las sufragistas implicó no solo el deseo de participar en la vida política, sino también la necesidad de opinar y afirmar que la humanidad debía enrumbarse hacia alternativas que permitieran instaurar la paz en el mundo como un principio inquebrantable.

Un 8 de marzo de 1917, las mujeres del movimiento feminista en Rusia marcharon bajo la consigna “paz y pan” en señal de protesta contra el régimen autocrático que dirigía el país. Hoy, 109 años después, Rusia se enfrenta a una guerra contra Ucrania en un conflicto que, desde cualquier perspectiva, no es más que una lucha masculina por el poder.

Los escenarios bélicos actuales en distintas latitudes son muestra de lo que Rita Segato (2018) ha denominado el mandato de la masculinidad, entendido como el ejercicio de la violencia para dominar lo otro, lo diferente, dentro de un sistema-mundo colonial en el que el poder se utiliza para explotar, someter y exterminar.

Estas son las bases que permiten a las feministas definir la sociedad patriarcal no solo como un sistema creado por los patriarcas (padres y abuelos), sino como una estructura que se sustenta en el género como mecanismo de control y dominación. De él se desprenden opresiones raciales, étnicas, religiosas, económicas, identitarias y sexuales, así como aquellas que castigan la desobediencia de los roles y patrones del “orden” social imperante.

Las mujeres inician una revolución en Rusia bajo la consigna "paz y pan"
Las mujeres inician una revolución en Rusia bajo la consigna “paz y pan”


La definición de la sociedad patriarcal ha permitido entender que la lucha de las mujeres no se limita a la reivindicación de derechos. Si algo han demostrado las feministas europeas —representantes del feminismo blanco— es que no basta con alcanzar derechos que nos igualen a los hombres; aun así se continúa en desventaja. Ser iguales ante la ley no protege de la violencia.

Este es un problema estructural de un sistema que oprime y castiga con fuerza a quienes son considerados “inferiores”. Tal como afirma Kimberlé Crenshaw (2014), las violencias y opresiones se encuentran en intersecciones que las convierten en experiencias distintas para quienes las sufren.
Así, una mujer negra y discapacitada, por ejemplo, sufrirá discriminación sexual y racial, además de enfrentar limitaciones y prejuicios relacionados con su discapacidad. Si a esto se suman la pobreza y una orientación sexual distinta a la heteronormativa, recaerán sobre ella múltiples opresiones que la conducirán a una vida marcada por la exclusión y la violencia social.

Erróneamente, desde algunos espacios se piensa el feminismo como la lucha de las mujeres contra los hombres o como el deseo de alcanzar las estructuras de poder para someterlos. Este planteamiento presenta al movimiento no como la liberación de la mujer, sino como la opresión del hombre.
Nada más alejado de la realidad: no se trata de una guerra entre los sexos.

Hoy el feminismo se plantea no solo como un movimiento, sino también como teoría social y filosofía de vida. En primer lugar, busca denunciar libremente las violencias cotidianas y cómo estas recaen sobre las personas más vulnerables, así como sobre el medio ambiente, que en nombre del “progreso” ha sido explotado, modificado y contaminado, exterminando especies necesarias para el equilibrio del ecosistema.

En segundo lugar, procura develar las opresiones de las estructuras sociales que, en nombre del “orden”, terminan excluyendo a quienes deciden no participar de ellas. En tercer lugar, plantea modelos alternativos que ofrezcan la posibilidad de crear espacios para las disidencias.

El feminismo enseña que este mundo creado por los hombres y para los hombres ha terminado por oprimir también al varón. En esta sociedad se le exige cumplir un rol de género que lo obliga a ser agresivo y combatiente, convenciéndolo de que es por “naturaleza violento”.

Desde niños se les enseña a pelear, a disparar y a perseguir al otro para vencerlo, dominarlo o matarlo. El varón juega a la muerte, al exterminio y a la dominación, lo que termina por suprimir sus sensibilidades y deshumanizarlo. Cuando crece, concibe la violencia no como agresión contra el otro, sino como defensa. Está preparado para la guerra, para el combate.

El movimiento sufragista


Entender esto permite alejarnos de la idea de un movimiento que confronta mujeres y hombres y comprender el feminismo como un proyecto liberador para todas, todos y todes. En esa idea de liberación surge la comprensión del cuerpo como territorio, un planteamiento que propone concebir el cuerpo humano —y en especial el de las mujeres— como el primer territorio a liberar.

Esta idea resulta poderosa. En una sociedad compuesta por estructuras que obligan a pertenecer al partido político, la iglesia, la pareja, el centro comercial, el estatus socioeconómico, la estética correcta o la piel que valida la industria del consumo, el planteamiento de la liberación del cuerpo recupera la autonomía individual.

También recupera el derecho a comprendernos como seres capaces de actuar para transformar nuestra realidad. No se trata de despojar al Estado de la responsabilidad de gestionar bienestar, sino de reconectar conscientemente con el ser y convertir este concepto en una herramienta analítica y política. No es casualidad que este concepto haya surgido desde el pensamiento decolonial latinoamericano.

El feminismo en Latinoamérica se vive desde las comunidades, desde prácticas ancestrales indígenas y afroamericanas, recuperando la idea del cuerpo como un espacio vivido en conexión con la naturaleza, la tierra y la memoria originaria.

Se trata de comprender el cuerpo como una propiedad autónoma que debe protegerse de la violencia, del control y de la dominación sistemática, así como de la contaminación provocada por el consumo. Esto se convierte en una práctica de resistencia y lucha. En ese sentido, las voces de las mujeres se alzan para decir lo prohibido y desnudar la lógica patriarcal que presenta la cultura occidental como única.

En este marco, las mujeres racializadas resultan excluidas de los espacios políticos que las invisibilizan y les imponen cánones del “deber ser”. Esto se traduce en la negación y el borrado de lo que son, de su historia y de su memoria.

Tal como lo expresa Delmy Tania Cruz Hernández (2020), “la criminalización de las mujeres tiene tintes específicos, puesto que el foco de la violencia se centra en sus cuerpos y en el amedrentamiento de su ser ‘mujeres’ en las comunidades, donde la actuación moral se pone en duda” (p. 48).

Son ciudadanas de tercera categoría: pierden derechos, se les niega la palabra y el poder de decisión incluso en los espacios que han habitado desde tiempos inmemoriales.

Aun así, las mujeres hoy continuamos con el compromiso de sostener la humanidad: esa humanidad que se gesta en nuestros cuerpos y en la razón femenina del cuidado para la vida. Ya no desde la lógica de la explotación que, justificada en el “amor”, obliga a las mujeres a realizar trabajos de cuidado que supuestamente “por naturaleza les corresponden”, convirtiéndolas en la servidumbre sobre la cual el sistema patriarcal se reproduce. Sino desde el entendimiento de que los cuidados son necesarios y, por tanto, responsabilidad de todos, todas y todes.

El grupo Panteras Negras fue un actor fundamental para la comunidad negra estadounidense en general y para el feminismo negro en particular. 


En este sentido surge la comprensión de los cuidados y del autocuidado como práctica humanitaria que rescata el sentir individual y colectivo, pues las, los y les seres humanos tenemos el mismo valor sin importar las diferencias que nos componen.

El reconocimiento de los cuidados como derecho humano constituye un hito en la historia, una conquista impulsada por las feministas quienes, a través de la lucha pacífica y organizada, lograron que en agosto de 2025 la Corte Interamericana de Derechos Humanos declarara que el cuidado constituye una necesidad básica, ineludible y universal, de la cual depende tanto la existencia de la vida humana como el funcionamiento de la vida en sociedad (Corte Interamericana de Derechos Humanos, 2025).

Logros como este evidencian la importancia de dar cabida a las voces femeninas y de generar espacios que permitan ejercitar la inclusión, la paz y la celebración de lo diverso como característica de las sociedades humanas.

Hoy más que nunca estas prácticas se vuelven urgentes. Mientras los líderes políticos hacen apología de la guerra para enriquecer sus bolsillos en nombre del “bienestar colectivo”, las mujeres somos conscientes de que la muerte no plantea solución alguna: solo constituye un negocio que permite a quienes ejercen el poder perpetuarse y enriquecerse.

Las prácticas feministas, por el contrario, implican la construcción de la paz, la inclusión de todas, todos y todes y la celebración de lo diverso. También implican comprender la vida humana más allá del consumo y la acumulación de riquezas como fin último.

Cuando las mujeres recurren al trueque, por ejemplo, no debe verse como una simple idea esnob. Esta práctica constituye una acción política que busca desmantelar la industria del consumo, sobre la cual se explota a las y los trabajadores, se contamina el ambiente y se generan necesidades irreales.

Además, el feminismo también pone el foco en el varón y en la necesidad de construir nuevas masculinidades, no solo para desmantelar el machismo que conduce a las violencias sexuales —cuya expresión más cruel se encuentra en los feminicidios—, sino también para la liberación del propio hombre, sometido a prácticas violentas que lo llevan a reafirmar su masculinidad ante otros hombres (Segato, 2018).

La percepción masculina de un mundo escaso, en el que el otro se convierte en enemigo porque supuestamente desea despojarme de lo que me pertenece, constituye un pensamiento que urge transformar. Esta es una tarea necesaria hoy más que nunca, en un planeta donde la coexistencia de la humanidad se encuentra en peligro.

Todo lo anterior hace que el pensamiento feminista cobre aún más vigencia, pues la humanidad está llegando a límites irreversibles.

Garantizar espacios de expresión y continuar alzando nuestras voces para denunciar aquello que atenta contra la dignidad humana constituye, sin duda, un acto de valentía, resistencia y lucha por la construcción de una humanidad verdaderamente pacífica, en la que todas, todos y todes podamos convivir en armonía y respeto.

Referencias:
Corte Interamericana de Derechos Humanos. (2025). Opinión consultiva OC-31/25: Derecho al cuidado.
https://www.corteidh.or.cr/opiniones_consultivas.cfm

Crenshaw, K. (2014). On Intersectionality: Essential Writings. The New Press.

Segato, R. L. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Prometeo Libros. Cruz Hernández, D. T. (2020). Mujeres, cuerpo y territorios: entre la defensa y la desposesión. En D. T. Cruz Hernández & M. Bayón Jiménez (Coords.), Cuerpos, territorios y feminismos: compilación latinoamericana de teorías, metodologías y prácticas políticas. Ediciones Abya‑Yala.

Lisa Henrito

Las mujeres venezolanas sostienen los hogares… y también la mayor brecha salarial de la región

Aunque la jefatura femenina ocupa más de la mitad de los hogares venezolanos, la brecha salarial entre hombres y mujeres es de 36,7%, la más alta de la región. En el mes de la mujer, desde Redsonadoras impulsamos nuestro especial de marzo #RedsonamosJuntas en el que cada semana abriremos la conversación y hablaremos de un tema que atraviesa la vida de las mujeres. Empezamos hablando sobre dinero

Los datos estadísticos sirven para muchas cosas, entre ellas para dibujar un país. En el caso de Venezuela muestra un rasgo importante: 52% de los hogares dependen de una mujer (Encovi 2024). La paradoja es que este pilar económico que sostiene a más de la mitad de las familias es precisamente quien más vive en precariedad, debido a que el sistema las margina y castiga por sesgos de género, sobre todo por el peso del cuidado que le ha asignado la misma sociedad como obligación exclusiva

De acuerdo con un estudio realizado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el mercado laboral venezolano reflejó, en el año 2022, la diferencia en cuanto a remuneraciones laborales más amplia de la región entre hombres y mujeres. La inexistencia de políticas públicas efectivas, aunada a una crisis económica persistente, ha convertido la jefatura de la mujer en un factor de vulnerabilidad: 9 de cada 10 hogares encabezados por mujeres se encuentran hoy en situación de pobreza.

“La división sexista del trabajo establece para los hombres el rol de proveedores, de productores, del manejo de lo público, del liderazgo y de la autoridad, y se reservan las mejores remuneraciones. Para las mujeres siempre se consideró como un tema de apoyo, no como algo de lo que fueran a vivir”, expone Susana Reina, experta en recursos humanos y activista por los derechos de la mujer.

El sistema margina a las mujeres venezolanas que enfrentan la brecha salarial más alta de Latinoamérica, lo que convierte en una contradicción que sean el pilar económico del país. 

Según la encuesta Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi) 2024, casi 7 de cada 10 hogares en situación de pobreza están liderados por mujeres que no pueden insertarse en el mercado laboral por dedicarse al cuidado del hogar. Ante esto Susana Reina plantea que las mujeres son “pobres de tiempo”, ya que la misma estructura patriarcal reserva para las mujeres las labores de los cuidados.

“Cuando la mitad de la población está sufriendo los embates de una economía que no está diseñada para las situaciones que viven las mujeres, eso no puede ser sostenible en el largo plazo. Eso trae consecuencias de pobreza, más pobreza para las mujeres”, asevera la especialista, también directora de la ONG Feminismo INC. Puntualiza que “la mujer siempre está en situaciones de precariedad, con trabajos a medio tiempo, mal pagados o en la informalidad que a veces se disfraza de emprendimiento y de independencia”.

Pero esta no es una situación aislada; es una problemática global. Según el Foro Económico Mundial, para 2025 el índice de paridad de género alcanzó apenas 68,8%. Lo que quiere decir que sigue existiendo un abismal desbalance de condiciones, impulsado por la percepción errada del rol que juegan el hombre y la mujer en la sociedad. 

Venezuela como parte de esta realidad presenta matices de exclusión económica aún más alarmantes.

Techos de cristal y el laberinto del financiamiento

Las mujeres suelen encontrar barreras en el ámbito laboral, basadas en prejuicios y estereotipos de género. Incluso cuando la mujer quiere emprender formalmente se ve en desventaja ante sus pares.

Claudia Valladares, cofundadora y CEO de Impact Hub Caracas, denuncia que “las mujeres reciben una proporción mucho menor de financiamiento, especialmente capital de riesgo e inversiones formales, debido a estereotipos de género, sesgos inconscientes en los procesos de decisión, redes de inversión dominadas por hombres y estructuras de financiamiento que favorecen modelos tradicionales de emprendimiento masculinos”.

Pero la brecha no solo se manifiesta en el acceso a oportunidades, sino en la calidad de la remuneración. Según Encovi, aunque en algunas profesiones el sueldo base parezca equilibrado, la diferencia real se hace evidente al final del mes: en Venezuela los hombres perciben en promedio 36,7% más.

La disparidad salarial se agudiza en la cúspide de la pirámide corporativa. En cargos de dirección o gerencia, un hombre recibe 12,2 dólares más por hora que una mujer. Al respecto, Susana Reina señala que “cuando empiezas a sumarle bonificaciones por horas extras, por comisiones o por beneficios, en los hombres empieza a crecer mucho más esa compensación. Primero, porque están ubicados en posiciones que representan muchísimo poder y las mujeres en roles de recursos humanos, administración, contabilidad o apoyo logístico. Entonces, allí el esquema de incentivos y el pago por realizaciones extraordinarias, en el caso de estas posiciones, son muy bajos o inexistentes”.

Claudia Valladares sostiene que “sólo el 2% de mujeres son CEO de empresas en Venezuela y es un porcentaje que responde a barreras estructurales como menor acceso a redes de poder, roles tradicionales de género que dificultan la continuidad profesional, y sesgos (explícitos e implícitos) que limitan el ascenso a posiciones directivas”. 

Reina agrega que mientras el hombre es reforzado por su capacidad negociadora y visto como un “líder”, la mujer que intenta defender su salario suele ser etiquetada como “conflictiva”, lo que congela sus ingresos por años para “no caer mal” en el grupo. 

Isabel Bermúdez, psicóloga especialista en el manejo de finanzas, coincide en que existe una presión desmedida sobre el desempeño femenino: “Preferimos estar 100% listas para pedir un aumento salarial y sentimos que tenemos que demostrar cuatro o cinco veces más nuestro esfuerzo sobre el del hombre”.

La condena del sistema por ser mujer

A pesar de décadas de lucha por el reconocimiento de los derechos y las condiciones laborales de la mujer, todavía no basta el talento y la preparación para ascender en el ámbito laboral. Al contrario, se levanta un camino de obstáculos ante cada paso que dan, ya que el sistema penaliza factores biológicos y sociales, transformando la dedicación familiar en un estigma laboral. 

Reina plantea que las empresas aún premian el “presentismo”. “Quien puede estar hasta las 8 de la noche en una reunión importante es alguien que no siente que la casa es su responsabilidad; por lo general, los hombres”. 

Sumado a esto, a la mujer se le aplica socialmente el “castigo por maternidad” o muro maternal. Susana Reina advierte que “se considera que una mujer que ya tiene un hijo ya no está comprometida, que tiene que sacar tiempo del trabajo para su familia”. Explica también que la misma legislación laboral venezolana, que designa seis meses de permiso pre y postnatal, “se convirtió en la peor herramienta de soporte para las mujeres, ya que crea la percepción de que son un gasto para los empleadores”

El problema no es el permiso, sino cómo la estructura laboral asigna a las mujeres la responsabilidad principal del cuidado. Cuando el sistema laboral asume que el cuidado del hogar y de los hijos recae casi exclusivamente en las mujeres, la maternidad termina siendo vista como una limitación profesional. Sin políticas que fomenten la corresponsabilidad, este sesgo continúa influyendo en decisiones de contratación, ascenso y salario.

Para Claudia Valladares, el sistema produce una acumulación de ventajas para quienes ya ocupan posiciones de poder y desventajas para quienes no las han tenido históricamente: “En Venezuela la desigualdad se intensifica por la falta de transparencia salarial, escasa regulación y sesgos de género y de clase, escasa regulación y prácticas claras de igualdad de oportunidades”

Del sesgo estructural a la equidad 

Para cerrar la brecha de género no basta con reconocerla, es un esfuerzo que requiere una sinergia entre reformas legislativas y un compromiso real del ecosistema empresarial para implementar mecanismos que garanticen la paridad.

Susana Reina expone que debe haber una ley de paridad salarial y una ley de paridad y de cuotas de género en los espacios de poder. Y coincide con Valladares en una hoja de ruta que prioriza la equidad a través de: 

  • Transparencia salarial obligatoria y auditorías de equidad de género.
  • Incentivos fiscales para empresas que demuestren una reducción real de sus brechas.
  • Programas de apoyo financiero (microcréditos y fondos semilla) dirigidos específicamente a mujeres emprendedoras para romper las barreras de acceso al capital.
  • Sistemas de cuidado infantil y licencias equitativas, que permitan una inserción laboral y profesional plena sin que el peso del hogar recaiga solo en la mujer.

Pero no solo es trabajo del Estado; las empresas tienen la responsabilidad de implementar políticas internas. Sobre esto, Valladares puntualiza que deben:

  • Realizar diagnósticos internos de brecha salarial y publicar resultados.
  • Implementar procesos de reclutamiento, promoción y evaluación con sesgo mitigado.
  • Capacitar en liderazgo a mujeres y mandos medios.
  • Establecer metas claras de diversidad y objetivos vinculados al desempeño organizacional.
  • Fomentar cultura de corresponsabilidad de cuidados para equilibrar carga familiar y profesional.

Susana Reina explica al respecto que es imperativo formar al personal en la identificación y mitigación de sesgos de género. “En la toma de decisiones, los baremos no siempre son los mismos. He notado que a la mujer se le exige el doble o el triple de rendimiento. A los hombres se les contrata por su potencial; a las mujeres, por su cumplimiento de metas. No es una pelea igual”, sentencia.

Por otro lado, para Valladares el esfuerzo para cerrar la brecha debe ser transversal con acciones como:

  • Educación y capacitación temprana para promover carreras con equidad de género, especialmente en áreas técnicas y en ciencia (carreras STEM).
  • Programas de mentoría y patrocinio para desarrollar liderazgo femenino.
  • Cultura empresarial que valore el balance trabajo-vida.
  • Promoción de redes de inversión inclusivas donde mujeres inviertan en mujeres y apoyen emprendimientos diversos

“Para el sector privado, implementar políticas de igualdad permitiría retener un inmenso porcentaje de talento femenino que hoy abandona las empresas al no poder conciliar la vida laboral con la doble jornada doméstica, lo cual sería beneficioso para las empresas y la economía del país”, explica Reina.

Mientras, Valladares argumenta que “cerrar la brecha de género no es solo un tema ético sino estratégico, ya que las empresas se ven directamente beneficiadas al aumentar la diversidad de perspectivas en equipos, se potencia la innovación y se refuerza la reputación corporativa, lo que puede atraer clientes, inversionistas y talento diverso. Y sobre todo organizaciones con liderazgo diverso también tienden a tener mejor desempeño financiero y mayor resiliencia”. 

La equidad de género busca justicia para hombres y mujeres según sus condiciones. Actualmente, la brecha salarial responde a un sistema que ignora las realidades de cuidado y desarrollo de las mujeres. Sima Bahous, directora ejecutiva de ONU Mujeres, explica que “en los lugares donde se ha priorizado la igualdad de género, las economías y sociedades han avanzado enormemente”.