Entre el humo del tabaco y rituales en la montaña de Sorte, devotas, materias y bancos sostienen el culto a María Lionza. Un recorrido por las voces de mujeres que ejercen la sanación, la tradición y la espiritualidad en Venezuela
“En el sueño yo estaba en mi altar, miré al cielo y venían en fila mariposas de muchos colores. Pregunté: ‘¿Eres tú, María Lionza?’, y todas se me posaron en el brazo. Sentí un olor a flores demasiado bello y comencé a llorar porque era ella. Era la reina dando apertura a mi trayectoria en el campo espiritual, y llegué a Sorte siendo ahora una de las que lleva al frente al equipo”, relata Yusmari Medina, conocida como “La beba”, de 34 años de edad. Como muchas mujeres, “La beba” forma parte del culto desde muy pequeña —en su caso, desde los 13 años—, guiada por los pasos de su madre: “A través de los sueños, la meditación y la planta natural que es el tabaco, yo me limpiaba y pedía por la salud. Hasta que crecí y logré tener mi humilde altar, entonces comencé a ensalmar a niños y niñas” —un ritual de sanación en el que, mediante oraciones, se protege y cura del mal de ojo y otras enfermedades—.
Hoy en día, Yusmari es madre de dos hijos y cumple su segundo año danzando en la candela y en el vidrio. Ejerce como banco de materias como su esposo, y durante las ceremonias se mantiene al pendiente de acompañar el tránsito de los espíritus.

Frente a una estructura social sostenida históricamente por mujeres, el espiritismo marialioncero proyecta la jefatura del hogar hacia el plano divino, posicionando a María Lionza —matrona de la espiritualidad venezolana que ha congregado la fe y la memoria popular desde tiempos ancestrales con la intención de sanar, proteger y guiar a las comunidades—en la cúspide del altar sagrado. En este espacio, hay roles sostenidos por mujeres: las materias, que prestan su cuerpo como un canal sutil y fuerte para la curación y el consejo de los espíritus, y las bancos, encargadas de guiar el ritual, cuidar la integridad de la materia en trance y traducir los mensajes de las entidades.
La relevancia de esta expresión cultural es indiscutible, al punto de haber sido declarada oficialmente Bien de Interés y Patrimonio Cultural Inmaterial de Venezuela, recibiendo su certificación legal un 12 de octubre de 2025 en la Montaña de Sorte, fecha que reafirmó institucionalmente el valor del Día de la Reina como una manifestación viva de la espiritualidad venezolana.
En este contexto de devoción y resistencia cultural, se realizan rituales como el baile de candela, donde miembros de la Corte Indígena caminan sobre brasas encendidas desde finales de la noche del 11 de octubre hasta las primeras horas del 12 de octubre. Luego, pasado el mediodía de ese mismo día, se da inicio al baile de vidrio, en el cual las materias y bancos de la Corte Vikinga caminan y se recuestan sobre cristales rotos.
Estos rituales, además de rendir tributo, funcionan como pruebas de concentración, fe, purificación y desprendimiento físico, demostrando la fortaleza de los y las creyentes para conectar con las fuerzas sobrenaturales de la naturaleza.


Como apunta “La beba”: “Tanto hombres como mujeres tenemos un rol importante en el culto, pero es cierto que la mujer se mete más en el papel y somos más organizadas, mientras que al hombre hay veces que se le puede escapar algo. Como mujeres, uno siempre emana el respeto, porque siempre buscamos hacer las cosas bien”. Sobre sus trances, cuenta que al realizar el baile de candela siente como si pisara hielo y, en otras ocasiones, la sensación de estar levitando; afirma que tanto en el fuego como en el vidrio no hay dolor si se cuenta con concentración, fe y seguridad en sí misma.
Como madre y emprendedora, confiesa que no ha sido fácil alternar la montaña con la administración de su perfumería, pero no piensa renunciar a su vida espiritual. En esa doble cotidianidad, su sueño es ver a su hijo de 13 años triunfar como futbolista y permitir que las espiritualidades sigan obrando milagros a través de ella.
Otras devotas llegan al culto impulsadas por experiencias milagrosas, como Alejandra de Jesús Velásquez, de 41 años, quien ve en María Lionza una madre no solo de ella, sino también para sus hijas. “Hace dos años mi hija Valeria quedó casi en estado vegetal, y los análisis salían todos bien. Los doctores no daban con lo que tenía, hasta que su madrina espiritual, Maikeli, llegó a Caracas y la trabajó. La niña se despertó del coma y luego le confesé a su doctora lo que había sucedido. Días después me la dieron de alta; esa misma noche la volvieron a trabajar y salió caminando de allí, para recuperar la vista casi 24 horas después. Ahora hemos vuelto a Sorte”.
Como madre, Alejandra no se dio por vencida y buscó toda la ayuda a su alcance; a dos años de lo ocurrido, su voz se quiebra al recordar. Se aferró a la esperanza de que salvaran a su hija y halló refugio en la Reina, a quien ahora le entrega a Valeria en agradecimiento: “Terrenalmente ya no había nada que hacer, porque lo que estaba ocurriendo era espiritual. Ahora a Valeria la están preparando dentro del culto, ya que decidimos como familia entregarnos a este mundo y ayudar a otras personas, porque ha sido atendida y cuidada más de una vez”.


Los saberes se heredan entre generaciones y cruzan territorios en un mismo llamado que va desde Yaracuy hasta tierras como la Guajira en el estado Zulia, reflejado en las palabras de la madrina espiritual de Valeria, Maikeli Semprun, de 51 años: “Nos llaman brujas, espiritistas o curanderas, mientras que yo me siento una hija más de María Lionza, con la misión de ayudar al pueblo que lo necesita. Dentro del culto, nosotras las mujeres somos guerreras, no nos paramos por nada y, así estemos cansadas, seguiremos ayudando al que lo necesite”. Para Maikeli, estos conocimientos se cultivan desde la infancia como herencia de su linaje guajiro, recordando que la reina María Lionza aún guarda muchos secretos y que en este camino nunca se deja de aprender.
Estos testimonios de fe convocan cada año a creyentes dispuestos a rendir tributo a sus ancestros. Para este año, la presidenta del Consejo Nacional de Espiritistas de Venezuela, Lisbeth Nava, fue la encargada de organizar el tradicional baile de candela en Quibayo, estado Yaracuy, ceremonia en la que rindió honores a las personas de La Guaira afectadas o fallecidas a causa del doble terremoto del pasado 24 de junio. Una responsabilidad que se rota anualmente entre distintas caravanas que terminan colaborando en hermandad. “El culto a Maria Lionza es representado por nuestra diosa aborigen, quien lleva en sus manos una pelvis como símbolo de fertilidad, en un culto que es representado por mujeres guardianas, chamanas y una fuerza espiritual aborigen que emerge de la sagrada montaña, desde la antigüedad, cuando los jirajaras y caquetíos ya adoraban a una diosa en estas tierras”.
Esa fertilidad se interpreta tanto en la naturaleza como origen de la vida como en las mujeres del culto que fungen como canales para el nacimiento de nuevos devotos. Así lo resume Yolimar Escobar, madre de 56 años: “Mi hijo es materia porque ya venía con esas raíces de mí. Llegó a este mundo espiritual a tiempo y lo ha sentido como su casa, porque es algo que trae desde mi vientre”. Se trata del legado de un culto cuyo principal compromiso es resguardar y preservar la memoria.


“…Es algo que traje desde el vientre mío”
Hay casos como el de Yolimar, que entregó su vida al culto a raíz de una experiencia de sanación propia. Aunque relata que su familia de origen no era creyente —por ser devotos de Dios, la Iglesia y el Dr. José Gregorio Hernández, al punto de pensar al inicio que se estaba volviendo loca—, al ver mejoría lograda a través de los trabajos espirituales, su madre dio fe de que “estas personas la curaron” y nunca le reprocharon por dedicarse al culto.
Desde entonces, Yolimar se ha internado de cinco a nueve meses en la montaña junto a su esposo y sus hijos. “Yo pagaba misión en la montaña mientras cargaba con mis tres hijos. A una madre le gusta cargar con sus cachorros y yo siempre pude con eso. Las mujeres tenemos la capacidad de hacer muchas cosas a la vez, mientras que nos ocupamos de cocinar, podemos lavar y barrer, y así, mientras los hombres se limitan. Además, uno como mamá tiende a ser más cuidadosa porque lo traemos por naturaleza”.
Aun así, Yolimar, quien tiene 31 años sirviendo a María Lionza como banco, asegura que las diferencias de género no se marcan de forma rígida en el plano ritual, ya que ella misma, como mujer, posee la fuerza para sostener espíritus exigentes gracias a la energía de las entidades.


Para banquear o ser materia, el cuerpo no representa una limitación diferencial; sin embargo, las labores intrínsecas del cuidado se trasladan del hogar privado hasta la montaña con todas las responsabilidades que cada caso amerita. “María Lionza es como una madre que siempre está allí; ella no ve si eres blanco, negro o de etnia, si eres malo o bueno, porque para ella todas las personas somos iguales. Es como una madre que aunque le salga un hijo ‘malo’, igual es un hijo al que va a querer y a apreciar”.
Y así como Yolimar afirma que su hijo, ahora materia, heredó esta camino desde el vientre, se alza la historia de Bárbara Andrade, de 19 años, estudiante de cuarto semestre de Educación Física con el propósito de ser entrenadora de gimnasia rítmica: “Prácticamente nací en el baile; llegué a la montaña a los 15 días de nacida y esto representa un legado de mi padre y de nuestra caravana. Desde muy pequeña estoy en esto y es algo con lo que me voy a quedar de por vida. Llevo tres años iniciándome en la danza de vidrio, pero ya desde los 3 años me salía de los brazos de mi madre para meterme en el baile”.
Bárbara, que continúa preparándose, admite la importancia de formarse rigurosamente para guiar a una entidad. Para ella, el género es indistinto, porque ante la fuerza de la espiritualidad todos son iguales.
Un culto que trae seguidores más allá de nuestras fronteras
El recorrido por la montaña también acoge a quienes cruzan fronteras atraídas por el misterio de la fe, como Samantha Olaya, de 36 años, oriunda de Medellín, Colombia. Su vida estuvo marcada a finales del año pasado por una crisis de salud inexplicable para la medicina tradicional. Los médicos no encontraban respuestas mientras su cuerpo se deterioraba. Samantha encontró refugio en el espiritismo venezolano y se entregó a San Juan Bautista, asumiendo el rol de madrina —encargada de costear la fiesta y la vestimenta—, justo cuando la sorprendió el doble terremoto.
Su tránsito la llevó a conocer a su actual padrino y a recibir el bautizo de la mano de Lorenza, de la corte negra, hallando finalmente la paz y la salud que tanto buscaba. “Yo no conocía a la reina y obvio me tenían que presentar. Viene a bautizarme en sus aguas y a llevarme más crecimiento espiritual del que buscaba”, relata.


Preparándose para estrenarse como banco y dar sus primeros pasos como materia, Samantha describe este mundo como un espacio mágico, de profundo respeto y de una acogida comunitaria inquebrantable. “Los que ya tienen más experiencia son los que me han encaminado en este culto. Me han abrazado muy bien, me han brindado una hospitalidad increíble; se siente como una hermandad donde no importa que no te conozcan”. Explica que, aunque existen espiritualidades enfocadas en roles específicos, el culto es versátil: los hombres pueden canalizar espíritus femeninos y las mujeres sostienen la fuerza de las entidades sin distinciones rígidas de género, dependiendo siempre del llamado personal. Para ella, quien creció sin la figura de una madre, las deidades y las mujeres de la montaña le brindaron el cobijo que necesitaba.
A través de velaciones, círculos de oración y tabaco, Samantha ha aprendido a aquietar la mente para dejar entrar la energía, entendiendo que el trabajo de un banco exige estar alerta para proteger el cuerpo de la materia y ayudarla a regresar a tierra con seguridad. Lejos de la imagen peligrosa que a veces se difunde afuera, señala que la montaña le ha regalado una profunda tranquilidad, un espacio para desconectarse, sanar y redescubrirse en comunión con la naturaleza.
Entrar a la montaña de Sorte es atravesar un paisaje donde la vista halla camino a través del humo y el olor a tabaco. Durante los rituales en honor a María Lionza se respira una energía que fluye en una naturaleza que te invita a entrar. Allí se observan labios que no emiten sonido, sino oraciones que se elevan, de las bocas brota el humo y los dedos emiten chasquidos. Es una tierra que se escupe sin convertirse en ofensa, con velas que se encienden y cenizas de fuego que viajan a través del viento. Aguas que bautizan y bancos que sostienen y cuidan materias de extremidades que se doblan, mientras se escuchan mensajes y gritos en una oscuridad que otorga privacidad.



