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De niñas serviciales a adultas exhaustas: el impacto psicológico de la crianza como cuidadoras

La presión de “ser para otros” nace desde que somos niñas. Expertas explican cómo la crianza diferenciada asigna a las mujeres el rol de sostén emocional y de cuidadoras; también definesu valor personal únicamente por su capacidad de servicio, moldeando su autoestima, sus vínculos y su relación con el descanso. Cuestionar estos mandatos —pese a la carga mental, la culpa y la desigualdad—  es importante para abrir camino hacia una corresponsabilidad real del cuidado

“Ella sostendrá todos los cimientos, ve también si carga nuestros sufrimientos. Verla doblarse y torcerse sin chistar, sin fallar”.

Aunque es una película infantil, esta confesión de Luisa Madrigal en la película Encanto, de Disney, logró que millones de mujeres adultas lloraran frente a la pantalla. Estas líneas ejemplifican cómo la presión de ser el sostén emocional de una familia puede moldear la identidad y psicológicamente asignar un rol desde la crianza.

Luisa es “la fuerte” de la familia, quien asumió la expectativa de salvar a todo el mundo y “ejecutarsin cuestionarse, hasta que el peso de ser la que resuelve todo amenaza con hacerla estallar. Su crisis de ansiedad deriva de su creencia de que descansar o entretenerse hace que pierda  su propósito dentro del clan.

Pero esa dinámica no queda en la ficción animada de las películas: se repite constantemente en la sociedad. Desde temprana edad, las niñas reciben una “crianza diferenciada” que moldea el cerebro para priorizar el cuidado ajeno. Las mujeres crecen convencidas de que tienen responsabilidades específicas sobre su entorno, como la garantía del bienestar físico de sus familiares o que deben “resolver” para merecer afecto.

Citando los modelos de Albert Bandura, la psicóloga Karla Fernández explica que el entrenamiento comienza mucho antes de que exista madurez cognitiva, a través del juego simbólico. “Se suele asignar a las niñas en sus hogares muñecas, cocinitas, sets de limpieza o maquillaje. Todo esto refuerza la práctica de tareas de cuidado (…) que les lleva a seguir este camino de responsabilidad”. La mayoría de los juguetes de los varones, a diferencia, apuntan al movimiento, la ciencia y la exploración del mundo”, detalla.

Los postulados de teóricas feministas como Simone de Beauvoir y la italiana Elena Gianini Belotti explican que el juego no es inocente y el ser humano en la infancia aprende a través de lo lúdico. Al diferenciar los juegos, se definen los roles sociales que van a cumplir más adelante.

El guión psicológico y el mandato de utilidad

“Creo que mi esfuerzo es nulo si siento que no ayudo”.

Este verso de la canción explica cómo a las niñas se les enseña a vincular su autoestima con su capacidad de servicio. Para Magdymar León Torrealba, psicóloga feminista y directora de la Asociación Venezolana por una Educación Sexual Alternativa (AVESA), la socialización hacia el rol de cuidadora es producto de un “guión psicológico” en el que reciben constantes mensajes explícitos e implícitos que asocian el valor personal con el servicio a los demás.

“Cuando una niña es elogiada por ‘ser buena’, ‘ayudar’ o ‘ser considerada’, aprende que cuidar es una forma de obtener reconocimiento y afecto. Se instaura la idea de que ser mujer implica estar disponible para los otros. Es un proceso que se naturaliza porque forma parte de la organización histórica del cuidado en nuestras sociedades”, comenta León.

En los estudios feministas, el patrón psicológico de construir la autoestima alrededor de cuánto ayudan, cuánto complacen a otros o cuánto se sacrifican por su entorno se conoce como el mandato de “ser para otros”.

El peligro de este modelo es que anula la capacidad de la mujer para reconocer sus propias necesidades, y genera a largo plazo una autoestima condicionada en la disponibilidad constante porque cuando una mujer intenta priorizarse, el entorno y ella misma lo percibe como un acto de egoísmo.

Holaya Peña, coordinadora de la Comisión de la Mujer de la Universidad de los Andes (ULA Mujer), argumenta que la crianza diferenciada construye una “jerarquía de prioridades vitales”, en el que la feminidad, el ser mujer o niña, se vuelve un sinónimo de abnegación hacia los demás. Advierte que en su identidad se va creando la idea de que “puede estar incompleta” si no hay alguien a quien asistir.

De la misma forma, la criminóloga Julieth Guerrero, basada en análisis de casos de género en el estado Mérida, sostiene que la desigualdad también se impone por la observación cotidiana de acciones y omisiones que las nuevas generaciones replican sin cuestionar. “Los niños no solo aprenden lo que les decimos, sino lo que ven en la mesa de su casa. Si un niño ve que su mamá es la única que sirve, que se calla o que no tiene autonomía económica, integra que ese es el ‘orden natural. De igual manera, las niñas terminan normalizando la abnegación al no tener modelos diferentes a su alrededor”. 

“¿Qué si me desplomo y no llego a ser quien debo ser?” 

En esta frase de la canción, Luisa Madrigal ejemplifica el fenómeno que la psicóloga Karla Fernández describe como la construcción de una identidad de espejo: el ser se define exclusivamente por el rol que ocupa frente a otros (por ejemplo, la hija responsable o la hermana presente)

Si no tienen a quién cuidar, pueden experimentar severas crisis de identidad o vacío. En la adultez, se puede plasmar en conductas controladoras que surgen del miedo a perder ese entorno que valida su existencia. “La responsabilidad que esto conlleva es muy desproporcionada. Su autoestima se fusiona con cómo ella sostiene a su familia. Si su familia está mal, ella va a estar mal y se va a sentir culpable”, puntualiza Fernández.

La carga mental y la culpa del descanso

“¿Podré desvanecer el peso cruel, la expectativa, y vivir solo un momento de esparcimiento?”.

Luisa Madrigal llega al punto de sentirse mal por imaginar un momento de diversión en el que no ocupa el papel de “la que sostiene todo”. La psicología define este efecto desgastante de la socialización como “carga mental”. Según un estudio citado por Área Humana (2024), el 71% de las mujeres sufre carga mental, y sólo el 12% de los hombres lo experimenta.

Oriana Ramírez, psicóloga y codirectora de Apunte Mental, aclara que la inequidad no radica únicamente en quién ejecuta la tarea física. 

“No se trata solo de hacer tareas, sino de pensar constantemente en lo que hay que hacer, planificar, recordar y anticipar. Al ser socializadas desde pequeñas para detectar qué hace falta o qué necesitan los demás, las mujeres adultas terminan asumiendo la gerencia absoluta de la cotidianidad”, explica. 

Este trabajo invisible y constante de organización genera un sentimiento de hiper-responsabilidad que agota a las mujeres mucho antes de que siquiera empiecen a ejecutar las tareas físicas, porque todo lo que pueda ocurrir en la familia termina dependiendo de que la mujer lo organice, lo plantee o lo proponga.

¿Y qué ocurre cuando una mujer que ha sido criada bajo este modelo decide descansar? Aparece la culpa. En el momento en que deciden tomar un descanso o priorizar sus necesidades, sienten que están fallando en su rol. “No es porque esté mal hacerlo, sino que, como nunca lo ha hecho, su cerebro lo procesa como una incomodidad, y el ser humano siempre va a tratar de evitar todo sentimiento de incomodidad”, continúa Ramírez. 

Esto tiene un origen neurológico y conductual, porque al estar enfocadas históricamente en gestionar las emociones de los demás, muchas mujeres llegan a la adultez sin saber cómo gestionar las propias.

Hipervigilancia femenina y analfabetismo emocional masculino

“Siempre fuerte, imparable… No pregunto, ejecuto, mi coraza es del hierro más duro”.

Cuando Luisa canta sobre tener una “coraza del hierro más duro”, refleja la invalidación emocional con la que ha crecido.

En las niñas, la asimetría en la validación de las emociones genera una hipervigilancia emocional. Mientras a las niñas se les enseña a reprimir la rabia o la frustración porque “se ve feo que griten o alcen la voz”, silenciando su malestar bajo la etiqueta de “malcriadez”, las emociones desbordadas de los niños suelen ser justificadas. 

“Es esperado que los niños tengan arranques de ira, que griten o hagan travesuras; siempre lo justifican diciendo: ‘Es un niño’. Genuinamente no es normal ni que se silencien las emociones de una niña, ni que se validen las emociones totalmente exageradas de un niño”, enfatiza la especialista Karla Fernández.

Dicha asimetría cobra un alto precio en la salud mental de los hombres. Crecer en hogares donde “los niños no lloran” y la ira es la única emoción validada, los deja sin herramientas para gestionar la tristeza o el miedo.

“Terminan canalizando cualquier malestar a través de la agresividad o el aislamiento, dificultando su capacidad de consuelo y autoconocimiento. Al no ser responsables del cuidado del entorno ni de las personas, desarrollan una falta de perspectiva hacia las necesidades ajenas, lo que merma su empatía y puede dificultar la creación de vínculos sanos en la adultez”, sostiene.

La psicóloga señaló que muchos hombres desarrollan una “autonomía a la defensiva”, evitando pedir ayuda porque lo asocian con debilidad, ya que no saben cómo construir puentes de intimidad emocional con sus allegados. Entonces, cuando niñas y niños crecen bajo el mismo techo pero con expectativas distintas, el desarrollo emocional se bifurca aún más. 

“Dáselo a tu hermana, pon en sus manos todas las tareas que no aguantamos”.

En este punto,  la canción expone la costumbre de delegar las principales responsabilidades en las mujeres de la familia. Excluir a los niños de las tareas de cuidado los priva del desarrollo de herramientas de reconocimiento emocional y comunicación, ya que el rol de proveedores desconecta a los hombres de su propia vulnerabilidad.

“Impulsar esta idea de que el hombre es fuerte y no pide ayuda es un riesgo para su salud mental y fomenta conductas temerarias. Hay estudios que demuestran que los hombres con una concepción más patriarcal se resisten a usar cascos o equipos de protección en espacios laborales porque lo ven como un signo de debilidad”, alerta Karol Moreno, directora de la Red Mérida Feminista.

En el ámbito doméstico, al ver el cuidado como un territorio exclusivamente femenino, los hombres perciben que el bienestar doméstico es un servicio que se les debe y no algo que deben construir colectivamente. Esta limitación afecta en la paternidad y la capacidad de establecer vínculos de pareja horizontales, ya que “para muchos hombres todavía el cuidado se percibe como una ayuda y no como un tema de corresponsabilidad”, prosigue Holaya Peña.

Al crecer sin exigencias en el ámbito doméstico, llegan a la adultez con un déficit de “empatía práctica”, la capacidad de reconocer las necesidades cotidianas del hogar y sostener emocionalmente a sus allegados. “Esto no significa que los hombres sean menos empáticos por naturaleza. Lo que ocurre es que muchos no han sido socializados en el cuidado”, aclara Magdymar León.

Sin embargo, a las niñas se les entrena para estar en alerta perpetua ante las necesidades ajenas (ejemplo: “sírvele café a tu papá”, “recoge la mesa”), lo que las centra en satisfacer a los demás y a largo plazo las inhabilita para establecer límites sanos. 

La trampa de los hogares “igualitarios”

Karol Moreno advierte que el primer obstáculo para desarmar la crianza diferenciada es la negación. “Muchas madres dicen: ‘yo los crío igual porque los amo igual’. Y aunque estoy segura de que el amor es el mismo, la crianza está muy marcada por estereotipos de género instaurados en una cultura misógina y machista”, afirma, recordando que los altos índices de femicidios en el país son prueba de ello.

La pesada carga histórica y cultural supera las voluntades individuales. En el seno familiar, las acciones terminan pesando mucho más que el discurso.

“Los padres pueden decir que son iguales, pero los niños continúan observando quién lleva la agenda escolar, quién recuerda los cumpleaños o quién se levanta cuando alguien llora. Son ejemplos de lo que viven que pesan mucho más”, argumenta Holaya Peña. 

Incluso en aquellos hogares donde se logra una división equitativa de las tareas físicas, como limpiar y cocinar, la asimetría sobrevive en la mente. 

“La planificación y el soporte emocional van a seguir recayendo sobre las mujeres de una forma invisible, pero que se siente. Seguimos siendo las guardianas naturales de ese bienestar. Ante los ojos del entorno, la mujer sigue siendo vista como “la directora de la gestión del cuidado”, reflexiona la experta.

Es así cómo los hábitos culturales internalizados llegan a sobrepasar las decisiones conscientes. Incluso los padres que creen en la igualdad terminan pidiéndole más ayuda a la hija por “costumbre”, así como confiar en ella para cuidar a un hermano o asumir que será más responsable en el hogar. 

Magdymar León identificó cuatro mecanismos que favorecen esta repetición automática:

1- Aprendizaje intergeneracional: Las personas tienden a reproducir la crianza que vivieron. Al respecto, Fernández da como ejemplo la transmisión intergeneracional de la ansiedad: si una madre aprendió que su valor residía en cuidar a otros, sentirá una ansiedad inconsciente si no le enseña a su hija a hacer lo mismo.

2- Sesgos inconscientes: Expectativas culturales que operan en automático

“El que fue educado para la autoridad siente que tiene el ‘derecho’ a decidir, y la que fue educada para cuidar siente que su ‘deber’ es conciliar”, comenta la criminóloga Guerrero. Allí el control empieza a disfrazarse de normalidad cuando dos adultos planean formar una pareja y se naturaliza una dinámica de vinculación desigual.

3- Presión social: La escuela, los medios y el entorno refuerzan el estereotipo

El mandato del cuidado que nace en casa se refuerza en el sistema educativo. Karol Moreno denuncia que, a pesar de que Venezuela cuenta con leyes de igualdad de género desde 1999 que exigen desmontar estos roles desde el preescolar, las escuelas hacen todo lo contrario.

“En los textos escolares desde muy temprana edad, como Mi Angelito, las imágenes muestran a las niñas siempre al lado de su mamá, cocinando o cuidando una muñeca, mientras los niños están trepando un árbol o corriendo”, ilustra la directora de Mérida Feminista.

También mencionó que hay colegios donde las niñas son obligadas a usar falda, lo que limita el movimiento y coarta su posibilidad de explorar el entorno.

4- Economía del cuidado: Culturalmente, las tareas ineludibles del hogar siguen recayendo en la mujer. “Romper estos patrones requiere hacerlos visibles y promover una crianza más consciente, donde el cuidado sea una responsabilidad compartida y no una carga asignada por género”, concluye la directora de AVESA.

Pobreza de tiempo y la sociedad “matricentrista”

.Los organismos internacionales han acuñado el término de “pobreza de tiempo” a la desigualdad económica y temporal vinculada a esta economía del cuidado. De acuerdo con informes recientes de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en la región las mujeres dedican casi el triple de tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. 

Moreno retoma las cifras de la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI 2024) para recordar que la participación de la mujer venezolana en el mercado laboral oscila apenas entre el 30% y el 37% (muy por debajo del 50% regional), y el empleo formal con seguridad social ronda un alarmante 20%.

Asimismo, en el 52% de los hogares venezolanos las mujeres son el principal sostén económico, pero los hombres ganan, en promedio, un 36,7% más que las mujeres.

Al encuestar a los cuidadores, ENCOVI detalla que el 81% resultaron ser mujeres con una media de edad de 49 años. De ellas, el 77% reportó que, además de cuidar a un tercero, tenía que cumplir con una jornada laboral formal, y el 95% aseguró no recibir ningún tipo de ayuda o subsidio gubernamental.

Se observa entonces que las mujeres venezolanas sostienen los hogares, pero no desde el poder.

 “Hay quienes dicen que Venezuela es una sociedad matriarcal porque las mujeres siempre resuelven. Pero, en palabras del padre Alejandro Moreno, somos una sociedad matricentrista: se le asigna toda la responsabilidad a la mujer, pero ella no tiene poder sobre sí misma ni en la toma de decisiones de su comunidad”, explica.

Esta precarización está avalada por la inacción del Estado y la empresa privada. Por ejemplo, Moreno señala que, aunque la ley exige guarderías en grandes centros de trabajo, la mayoría de los patronos prefiere pagar un bono insuficiente. Esto ocasiona que las mujeres prefieran abandonar sus espacios educativos o laborales para dedicarse al cuidado, porque el salario no les alcanza para pagar quién cuide a sus hijos. 

La violencia y el punto de quiebre

“Peso que con gota a gota lo reventó… ¿Qué si me desplomo y no llego a ser quien debo ser?”. 

Finalmente, la criminóloga Julieth Guerrero asevera que la educación que responsabiliza a la mujer de que “la casa funcione” y la familia esté bien, dificulta enormemente la identificación de las violencias físicas, psicológicas, económicas o simbólicas.

“La violencia económica se confunde con ‘él administra porque sabe más’, y la psicológica se justifica con ‘está estresado por el trabajo, así que cuesta identificar estas agresiones porque nos enseñaron a priorizar el vínculo por encima de nuestro propio bienestar”.

Ante este panorama, desaprender los roles de género es una estrategia de supervivencia. 

Guerrero apunta que, al cambiar la socialización, se dejan atrás los cimientos de la violencia. Por un lado, enseñar a los varones a corresponsabilizarse del cuidado y a gestionar su frustración sin recurrir a la fuerza, quitándoles así “la necesidad de demostrar su hombría mediante el dominio”. 

Por el otro, criar a las niñas desde un enfoque de autonomía plena, dándoles “las herramientas para que no acepten menos de lo que merecen y puedan salir del ciclo de la violencia”.

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