Cuidado (1)

Un patrón de abusos y violencia: las voces detrás del “fotonarcisista”

Una cuenta de Instagram, conocida como “fotonarcisista”, decidió exponer las acciones de un periodista venezolano: Iván Ernesto Reyes. En los testimonios se revela cómo se configuró un patrón de abusos y violencias denunciados por las mujeres, entre las que se encuentran la violencia psicológica, sexual y digital 

Un grupo de mujeres se unió para crear la cuenta de Instagram @fotonarcisista, un espacio donde comenzaron a visibilizar las experiencias de violencia emocional, digital y sexual que vivieron. En el perfil se encuentran 14 testimonios, nueve de ellos pertenecientes a periodistas.

En las entrevistas recopiladas para este artículo, las víctimas señalan a Iván Ernesto Reyes como el agresor. Reyes es un periodista venezolano conocido por haber trabajado en medios nacionales como Efecto Cocuyo y VivoPlay, además de colaborar con plataformas internacionales como DW, CNN, The Washington Post, Salud con Lupa, Cosecha Roja, The New Humanitarian y El Tiempo, entre otros.

Desde Redsonadoras se intentó establecer comunicación con Reyes para obtener su versión de los hechos, pero no se obtuvo respuesta.

Un hombre que parecía “encantador” 

Más allá de haber sido sobrevivientes del mismo agresor, estas mujeres comparten una percepción inicial similar: creían estar frente a un hombre que parecía haber sido “escrito por una mujer”. Lo percibían como alguien “encantador”, “inteligente”, “deconstruido”, “aliado feminista” y, sobre todo, “sensible”. Un hombre que parecía comprender cualquier emoción, por compleja que fuera.

Todas estas características se alinean al concepto de “hombre performativo”, un nuevo arquetipo de la masculinidad en la que ciertos hombres trabajan en su estética, parecen ser fan de la literatura escrita por mujeres e incluso de la poesía, suelen hablar de equidad o igualdad de género y se venden como “aliados” de luchas sociales. El término se ha convertido en tendencia en redes sociales y como reza un artículo de The New York Times: “Son hombres que intentan adaptarse a lo que creen que les gusta a las mujeres feministas”. 

Cuando Betty* conoció a Iván pensó –a primera vista– que era extraordinario y diferente a cualquier otro hombre que había conocido. “Validaba mis emociones, era cariñoso, cercano y parecía honesto. Tenía una respuesta serena ante mis dudas y jamás me hizo sentir mal cuando me mostraba insegura”, contó. 

Se conocieron en uno de sus viajes de trabajo por Venezuela, a finales de 2024. Describe su conexión como “instantánea” y, casi de inmediato, generó una especie de apego hacia él. Se encargaba de hacerla sentir como “la única” en su vida y que estaban hechos el uno para el otro. 

La llenó de tantas atenciones que Betty pensó que era difícil que tuviera otros vínculos similares. Pero la realidad cambió cuando otras mujeres que sostuvieron algún vínculo con él, la contactaron. 

Betty afirma que después de conocer otras historias de cómo esta persona usaba información para manipularla, entendió que “No hubo errores de su parte. Fueron actos calculados y una estrategia que se repitió al pie de la letra con todas”. 

Según la Organización de las Naciones Unidas para las Mujeres (ONU Mujeres), el abuso emocional es un patrón de comportamiento que utiliza palabras, acciones o gestos para controlar, manipular, humillar y disminuir la autoestima de otra persona. Este abuso no implica violencia física, pero incluye amenazas, intimidaciones, aislamiento, criticismo constante, chantaje emocional y otras tácticas destinadas a infundir miedo y dependencia.

Este patrón era constante en las relaciones que tejía este periodista. Luisa* lo conoció en el ámbito periodístico, en el año 2019 en Caracas. Salieron por unas tres semanas, después ella se dio cuenta de que salía con otra persona y detuvo ese vínculo. Sin embargo, continuaron como colegas, ya que escribían temas similares. 

La relación dio un giro en el 2024, cuando nuevamente comenzaron a salir y coincidió con un momento difícil de su vida: “Mi mamá tenía cáncer de pulmón y todo avanzó muy rápido. Al poco tiempo ella dejó de hablar y de caminar. Él me decía que estaba dispuesto a quedarse y que quería estar para mí”. 

“El primer mes fue buenísimo, después mi mamá enfermó, murió y, por supuesto, me sentía muy vulnerable. Él no estaba en el país y sentía que todo (la relación ) era muy raro. A pesar de esto, él me decía que yo me sentía así porque mi mamá había muerto. Invalidaba mis emociones”, menciona. 

Sus ganas de terminar la relación la superaban, pero él buscaba mecanismos para detenerla apelando a sus emociones: “Me daba vueltas, me convencía y me dejó su gata. Gata que estaba en una condición de negligencia y abandono. Yo me hice cargo de todos los gastos porque él decía que no tenía trabajo, lo que después descubrí que era mentira”. 

En los testimonios vinculados con Reyes el patrón de la mentira se repite: mentía sobre su situación laboral, económica y sobre sí mismo. Luisa* lo corroboró cuando decidió hablar con él por última vez. Se vieron en Bogotá, ella había descubierto que tenía otras relaciones y que estaba a punto de irse a vivir con “su novia” de dos años. 

“Llevaba más de 12 horas continuas mintiéndome y me obligó a hablar sobre eso, me perseguía por todo el lugar, me abrazaba, no me dejaba tranquila”. En ese instante, Luisa se sintió vulnerada y desprotegida, él actuó y abusó sexualmente de ella. Después de eso, el cuerpo de Luisa se sentía cansado y ella experimentó una mezcla de emociones. Cuando él decidió irse del apartamento, ella le dijo que no quería saber más de él. “Le dije que era un monstruo”, cuenta Luisa y él le contestó: “Me alegra que por fin lo veas”. 

De 13 mujeres que mantuvieron un vínculo sexo-afectivo con Reyes, seis de ellas denuncian violencia sexual. De hecho, algunas afirman que fueron manipuladas para no usar preservativo, que hubo contagio de infecciones de transmisión sexual (ITS), como el Virus del Papiloma Humano (VPH). Tres de ellas se sintieron abusadas sexualmente por esta persona. 

Declaran que insistieron en el “no” y que él no respetó y las forzó a mantener encuentros íntimos. 

De acuerdo a la psicóloga y especialista en casos de violencia de género, Kika Martorell, la violencia sexual se trata de un acto intencionado de naturaleza sexual que es forzado en otra persona sin su consentimiento y puede incluir el uso de la fuerza física, la coerción e intimidación. 

Martorell explica que aquellas mujeres que son sobrevivientes de violencia sexual y deciden no denunciar ante instancias legales, ya están sufriendo un gran impacto psicológico: “debido a la violencia sufrida, presentan algunos síntomas como estrés postraumático, ansiedad, ataques de pánico, insomnio, entre otros. A esto se suma el miedo, la vergüenza, o el temor a que no le crean”. 

Añade que se puede enumerar una lista de las razones por las cuales las mujeres deciden no denunciar y entre ellas destaca: miedo a ser señalada, a ser juzgada, aunado a la inexistencia de un sistema de justicia que las proteja, y por el contrario, existe una alta impunidad en casos de violencia contra las mujeres, lo que se traduce en revictimización”. 

La psicóloga indica que en estos casos, es indispensable que las víctimas tengan algún tipo de validación emocional, ya que puede ser difícil lidiar con lo que significa ser una persona abusada de manera psicológica y sexual. 

“La validación emocional y el reconocimiento es primordial en estos casos porque le hace hacer sentir a la mujer que su palabra y la experiencia violenta es válida y real. La hace sentirse acompañada, que no está sola. Esto favorece a la recuperación de su integridad que fue lastimada y dañada producto de la violencia”, dice. 

E insiste en que: “Además de que el reconocimiento permite desculpabilizar a la persona víctima de violencia y pone la responsabilidad y culpa en quien la merece, el agresor, el victimario. La contención emocional que le puedan brindar en sus espacios más cercanos es importante”. 

Violencia digital 

Al igual que Luisa, Helena* también se sintió vulnerada y violentada por Reyes. Cuenta que se conocieron en el verano del año 2021 en Estados Unidos. Él recién estaba llegando al país y expresa que el inicio de su relación fue “intensa, tormentosa y me dejó profundas secuelas psicológicas de las que todavía estoy tratando de deshacerme”. 

Describe ese vínculo marcado por el abuso emocional y sexual. Al inicio, “parecía un hombre confiable”, se mostró disponible, dispuesto a escucharla y a entenderla e incluso se presentó como “un hombre feminista” que quería explorar la “no monogamia ética”, pero que después de un tiempo ella describe como “una máscara y una estrategia siniestra para manipular y confundir”. 

Sin embargo, lo que comenzó como “una relación abierta”, pronto se convirtió en un vínculo marcado por la manipulación. Helena recuerda que muchas ocasiones se sintió en la posición de pedir disculpas o humillarse para que “él la perdonara”. 

“Lloraba constantemente. Me sentía atrapada y al mismo tiempo que no era suficiente. Me comparaba constantemente con otras mujeres en su vida. A la vez, conforme yo iba avanzando profesionalmente -mientras él estaba un poco estancado- me cuestionaba mis logros, minando también ese aspecto de mi vida. La relación con él se sentía como una montaña rusa: un día estaba en la cima y al otro en el hueco más profundo”, reflexiona. 

Pero, el punto más abusivo de la relación, según Helena, llegó cuando en momentos de discusiones o peleas se alternaban con encuentros sexuales que en algunos momentos fueron violentos y no se respetaron los límites establecidos. Pese a esto, en los últimos meses de la relación, comenzaron a vivir juntos y durante ese tiempo, no aportó para la renta o ayudaba con los gastos, a pesar de tener trabajo, una acción que configura un patrón de violencia económica. 

Insistía que tenía que “reunir dinero” para regresar a Venezuela. Además, expresó que como Helena estaba en una “situación de privilegios” era injusto que él diera una contribución.

Otro tipo de violencia que se evidencia en los testimonios es la violencia digital. Tanto Helena como Luisa aseguran que Reyes tiene material íntimo de ambas que nunca quiso borrar, incluso, una de ellas afirma que grabó varios vídeos sin su consentimiento. Temen que pueda hacer algo con ese material. 

La Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia en Venezuela sanciona la violencia informática, la cual define como “Cualquier acto que use tecnologías de la información y comunicación para ejercer violencia psicológica, acoso, hostigamiento o violencia mediática contra una mujer”. 

La abogada Aslee Pirela, coordinadora de la Red de Mujeres en el estado Zulia, aclara que aunque la ley lo establece, dentro de los organismos del país aún existe un largo camino por recorrer, ya que no existen mecanismos que se consideren eficaces para respaldar a las mujeres en este tipo de denuncia. Aunque insiste que es importante seguir denunciando y visibilizando estos casos. 

Pirela también sostiene que al momento de denunciar, las mujeres tienen derecho a mantener la confidencialidad, pero en el caso de la legislación venezolana esto no siempre se cumple. Eso dificulta que las sobrevivientes acudan a las instancias correspondientes. Informa que en caso de violencia sexual, el proceso puede ser más difícil e incluso doloroso. 

“A pesar de los esfuerzos realizados para sensibilizar sobre el trato adecuado a las víctimas de violencia de género, estos han provenido principalmente de organizaciones de la sociedad civil. Es necesario capacitar a los funcionarios que reciben las denuncias, para que cuenten con los conocimientos necesarios y puedan brindar a las víctimas la información correcta, ya que muchos no comprenden la legislación venezolana que tipifica los delitos sexuales. A esto se suma que, con frecuencia, las personas que deciden denunciar experimentan una doble victimización. Esta comienza en el momento de la denuncia, se prolonga hasta la divulgación pública del caso —si es que esta ocurre— y, en muchas ocasiones, persiste a lo largo de todo el proceso judicial”, explica. 

Helena agrega que para ella ha sido un camino difícil salir de esa relación: “Darme cuenta de que, con el mismo libreto, le hizo daño a otras mujeres, ha sido difícil porque es como sentir los golpes una y otra vez. No sé si él tenga la capacidad de reconocer el daño que inflige en los demás, no creo. Espero que contar nuestra historia públicamente evite que otras caigan y que sirva de algún modo para que lo que me hizo, lo que nos hizo, no se lo lleve el viento”. 

Las historias de Betty, Luisa, Helena y más de una docena de mujeres revelan un patrón sostenido de manipulación, violencia emocional, sexual y digital ejercida por Reyes. Ellas decidieron romper el silencio y se unieron a una red de apoyo que trasciende más allá de una denuncia colectiva. La cuenta #fotonarcisista no solo se convierte en un archivo testimonial, también es un acto de resistencia colectiva en un contexto donde las instituciones y la sociedad siguen fallando. 

*Las identidades fueron cambiadas a petición de las víctimas. 

Portada #FN

#FotoNarcisista vuelve a abrir la conversación de la violencia de género a cuatro años del #YoTeCreoVzla

El lunes 27 de octubre una cuenta en Instagram volvió a abrir la conversación acerca de las violencias que experimentan las mujeres. La cuenta #FotoNarcisista expone los testimonios de 13 mujeres, nueve de ellas periodistas, y señala a un fotoperiodista venezolano sin mencionar el nombre. De las 13 personas que tuvieron un vínculo afectivo con esta persona, siete reportaron efectos “negativos severos” a su salud mental.

Hasta ahora la cuenta @fotonarcisista comparte ocho de 13 testimonios y más que las historias revelan un patrón de conducta con múltiples violencias: nueve de ellas denuncia violencia emocional y psicológica y tres denuncian abuso sexual. En uno de los post las víctimas expresan que: “Intentaron frenar el encuentro al sentirse maltratadas físicamente, pero su negativa no fue respetada y este persistió”.

Asimismo, cinco denuncian violencia psicológica por más de un año, seis reportan “violencia sexual, como manipulaciones para no usar preservativos, contagio de enfermedades de transmisión sexual, grabación de vídeos íntimos sin consentimiento, archivo de material íntimo con consentimiento revocado”. Y cinco reportaron aprovechamiento económico y laboral. 

Según la ONU, una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual en su vida. 

Un día después de la primera publicación, el martes 28 de octubre, las denunciantes informaron que la cuenta desde la cual se difundieron los testimonios fue bloqueada durante unos minutos, “aparentemente debido a denuncias”. “Creemos que esto no es casual: el silencio ha sido el mejor aliado para que el #FotoNarcisista pueda ejercer múltiples violencias contra muchas de nosotras”, sostuvieron en un mensaje difundido a la prensa.

La cuenta #FotoNarcisista volvió a publicar luego de esta breve interrupción y los posts sucesivos ampliaron el mensaje de lo que ha significado para ellas entrar de nuevo en una conversación que hace cuatro años removió cimientos a partir del movimiento #YoTeCreoVzla.

En abril de 2021, un río de denuncias se desparramó por las redes sociales con la etiqueta #YoTeCreoVzla Cientos de mujeres denunciaron a sus agresores por violencia de género, la conversación destapó una herida y también una conversación que había estado sepultada desde siempre. 

Durante semanas la conversación no se detuvo, testimonios aparecían y aparecían y en apenas ocho días la plataforma Yo Te Creo Venezuela registró 565 denuncias, de las cuales 86 personas pidieron ayuda psicológica. La mayoría de las historias señalaba a hombres del mundo de las artes, pero también de los medios de comunicación. 

Antes del #YoTeCreoVzla -en febrero de 2020- una redacción se solidarizó con una víctima de violencia de género y sentó un precedente: le creyó a la mujer que ponía la denuncia y además tomó acciones. “Una bomba en la redacción” levantó varios testimonios en ese momento, pero la viralidad del movimiento llegó un año después, casi como el #MeToo en Estados Unidos.

El 9 de febrero de 2020 el medio Cinco8 decidió hablar de lo que apenas empezaba a circular en redes sociales, la escritora Andrea Paola Hernández denunciaba a su primer novio por abuso emocional y psicológico, un editor de dicho medio.

“En muy poco tiempo pudimos ver que las denuncias se iban haciendo más y más graves y que eran muy consistentes entre sí (…) A nosotros nos estalló una bomba en nuestra minúscula sala de redacción de menos de diez personas. Había estado siempre ahí pero no la habíamos visto. La vimos porque una mujer habló, y porque la escuchamos”, reza una parte del editorial.

Este editorial sentó un precedente para el resto de los medios de comunicación venezolanos, le creyó a la víctima, lo expuso, y además echó de su equipo al agresor. La violencia de género en este gremio ha quedado plasmada en informes.

La investigación “Acoso sexual contra periodistas en Venezuela”, publicada en noviembre de 2021 y elaborada por la Red de Periodistas Venezolanas, entrevistó a 111 mujeres periodistas de todo el país, de diferentes edades, cargos y tipos de medios, el principal hallazgo fue que 45 % afirmó haber sufrido acoso sexual en el desempeño de su labor como periodista.

Pero la situación empeora para las fotorreporteras, en ese sentido, 100 % de las entrevistadas indicaron haber sufrido más de una situación de acoso, hostigamiento o agresión de carácter sexual en el ámbito laboral y, en la mayor parte de los casos, estas situaciones les ocurrían con frecuencia. 

Marcela* (identidad protegida) explica: “Precisamente porque las cosas han cambiado mucho desde 2021 es que decidimos usar otro tipo de estrategia. Creo que aprendimos acerca de la importancia de compartir nuestras experiencias, al mismo tiempo que nos protegemos. Venezuela es un país muy distinto al que tuvimos hace cuatro años, especialmente para periodistas y defensoras de derechos. Ya que la mayoría de las víctimas estamos de alguna u otra forma en situación de riesgo, decidimos que decir menos era decir más y una mejor manera de empezar una conversación que rápidamente se esparció en el gremio periodístico. En ese sentido nuestra intención era que fuese una funa comunitaria, no solo porque nosotras somos ocho personas en la organización, sino porque necesitábamos que nuestra comunidad y gremio nos ayudara a decir lo que nosotras no necesariamente podíamos”.

Algunos de los testimonios que narran parte de estas historias y protegen sus identidades revelan patrones de abuso y violencia de diferentes tipos.

Helena: “Destruyó mi autoestima y me alteró gravemente la percepción de la realidad”.

Marta: “Minimizó constantemente mis logros profesionales, haciéndome sentir insegura incluso al recibir un reconocimiento internacional”.

Vicky: “Mantuvo múltiples relaciones en paralelo sin yo saber, mientras formalizaba una relación conmigo”.

Betty: “Saber que era parte de un patrón de abuso emocional y que había tantas afectadas me destruyó. Hoy no soy capaz de creer en mi propio juicio”.  

La cuenta que recoge los testimonios de 13 mujeres una vez más pone la lupa en la violencia machista y se vale de las redes sociales para amplificar un mensaje que muestra: dolor, abusos y silencio. Entre las demandas que hacen las víctimas hay un foco importante: “Las periodistas venezolanas merecen vivir una vida personal y laboral sin violencias constantes”.

Marcela lo resume en una idea que muestra la complejidad en la cual se le exige a las víctimas, lo que nunca se le pide a un agresor: “Creo que las funas son valiosas porque nos obligan a enfrentar cosas con las cuales siempre miramos a otro lado. Es fundamental escuchar a las personas que están sobreviviendo distintos tipos de violencia en Venezuela, y eso incluye a quienes viven violencias psicológicas y sexuales. Sin embargo, no es una experiencia agradable, ni siquiera recomendada. Es realmente una pesadilla que la única forma de que nos escuchen sea a través de la exposición de historias bien delicadas. Con esta campaña quisimos garantizar nuestro bienestar a pesar de la exposición que conlleva hacer públicamente una denuncia de esa gravedad y complejidad”.