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Los archivos de Epstein son públicos, pero aún ignoramos lo esencial: las voces de las víctimas

Los archivos del caso Epstein revelan un horror que no debería sorprender: las víctimas han hablado y denunciado desde 1996. En Venezuela, las voces de sobrevivientes también siguen sin espacio ni protección. Una historia lejana resuena aquí, porque la indiferencia ante la violencia es global

“Esta chica merece la verdad”. Cuatro voces entre más de mil mujeres que han dedicado décadas a buscar justicia en el caso de Jeffrey Epstein pronunciaron estas palabras ante millones de espectadores durante el Super Bowl. Cada una mostró fotos de su adolescencia, recordatorios de la vida que les fue arrebatada antes de ser engañadas, violadas y sometidas a explotación sexual. La frase es sencilla, pero desgarradora: sí, todas las personas merecen la verdad, y ahora mismo ellas merecen que el mundo entero se alinee para protegerlas y ayudarlas a entender lo que vivieron. 

Cada historia conocida es solo un fragmento, un pedazo de un rompecabezas que aún oculta lo que les ocurrió a quienes nunca pudieron hablar, sobrevivir o denunciar. Pero, ¿cómo podemos encontrar la verdad si nombrarla no es suficiente?

Cuando los Epstein Files salieron finalmente a la luz, la atención pública se volcó, una vez más, hacia los nombres famosos, las intrigas políticas y los detalles morbosos que rodearon la vida y la red de Jeffrey Epstein. Pero en medio del ruido mediático, lo más importante volvió a quedar relegado: los testimonios de las víctimas y sobrevivientes, muchos de ellos bajo juramento y respaldados por cientos de relatos similares que describían en detalle las violencias y la forma sistemática en que fueron cometidas. Ellas fueron quienes denunciaron durante años los abusos, quienes empujaron a las autoridades a investigar, quienes presionaron a la prensa y quienes cargan, todavía hoy, con las consecuencias más profundas del caso. 

Ellas son las únicas que realmente nos pueden dar descripciones acertadas de lo ocurrido y de su impacto, pero su voz está ahora al fondo de los documentos que el Departamento de Justicia publicó de la forma más confusa y revictimizante posible: exponiéndolas a ellas y no a quienes cometieron los delitos. 

Y con ello ciertas preguntas persisten: ¿qué ocurre con las voces de las víctimas? ¿Por qué necesitamos la divulgación de una investigación penal para entender que lo que ocurrió fue real? ¿Estamos realmente escuchándolas o seguimos encontrando maneras, conscientes o no, de silenciarlas? ¿Son el centro o las hemos convertido en ruido de fondo? Si no nos importa lo que las víctimas tienen para decir, ¿entonces qué importa?

Hoy hemos visto cómo sus exigencias han tomado una presencia en el conocimiento colectivo, pero las últimas tres décadas nos han dejado algo claro: nuestra voz sigue siendo, en los mejores casos, un sonido colateral. Gracias a ellas, y no gracias al FBI, el Departamento de Estado y los tribunales encargados, reconocemos al caso de Epstein como lo que es: una de las organizaciones de explotación y violencias sexuales más grandes de la historia moderna, sostenidas por sistemas judiciales y sociales que permitieron que estas prácticas se mantuvieran como secretos a voces desde 1996. 

El conocimiento público que hoy tenemos del caso de Jeffrey Epstein se debe, en gran medida, a la voz de Virginia Giuffre. Pero su denuncia no surgió en un vacío: implicó acusar tanto al enigmático financista estadounidense (cuya fortuna nunca ha sido completamente explicada) como al integrante de la familia real británica Prince Andrew Mountbatten-Windsor. Su historia de explotación sexual desde los 17 años es ampliamente conocida, pero no siempre dimensionamos lo decisivo que fue su acto de valentía: gracias a su testimonio se abrió un caso que, con el tiempo, revelaría más de mil víctimas.

Desde entonces, el caso ha atravesado distintas etapas desde su inicio en 2005: primero, la investigación en Palm Beach que derivó en un polémico acuerdo de no procesar cargos federales, resultado de penas risibles y evidentes protecciones judiciales que beneficiaron a Jeffrey Epstein y a quienes lo rodeaban. Décadas después, en 2019 fue arrestado de nuevo por cargos federales de tráfico sexual y murió ese mismo año mientras esperaba juicio. Su asociada, Ghislaine Maxwell, fue detenida en 2020, juzgada y condenada en 2021 a 20 años de prisión por su papel en reclutar y facilitar el abuso de menores.

La sucesión de hechos públicos y las críticas por la falta de transparencia llevaron a que, en 2025, el Congreso aprobara el Epstein Files Transparency Act, una ley destinada a hacer públicas las investigaciones y documentos asociados para que se supiera realmente qué sabía el sistema judicial y qué se había mantenido oculto.

Como tantas otras víctimas de violencia sexual a lo largo del tiempo, las sobrevivientes del caso se encontraron ante la misma maquinaria de desprotección y revictimización. Un sistema judicial que, lejos de garantizar justicia, suele minimizar denuncias fundadas y verificadas, y que incluso muestra un esfuerzo activo por proteger a los agresores, sus acciones y sus identidades

Al igual que innumerables mujeres antes, las sobrevivientes reclaman con la petición de publicar los archivos un tipo distinto de reparación: la transparencia pública y el conocimiento social de los crímenes, con la esperanza de que eso resulte en investigaciones que realmente señalen a los culpables y su rol. 

No es un fenómeno reciente. Las mujeres han hablado durante siglos sobre violencias cotidianas, abusos no tan privados y deshumanizaciones constantes, recurrentes y muchas veces inconscientes. En la era posterior al movimiento Me Too, contar lo vivido se ha vuelto una vía para buscar cierto nivel de reparación. A falta de todo lo demás, siempre queda la opción de decir: esto ocurrió, su impacto fue profundo y merecemos respuestas y consecuencias

Sin embargo, todavía sorprende cuando una mujer decide hablar, como si al hacerlo desafiara una regla no escrita de silencio pautado para la mitad de la población. Cuando las víctimas hablan, las seguimos considerando valientes, como si tener la capacidad de contar nuestras experiencias vividas no fuese uno de los fundamentos de la naturaleza humana. Para cualquier persona hablar es lo esperado; para las mujeres sigue siendo algo extraordinario. 

Las llamamos valientes porque las víctimas continúan enfrentándose a la desconfianza, a la sospecha permanente y a la actitud social que cuestiona por qué se atreven a denunciar, como si exigir investigación, reconocimiento y escucha fuese un gesto desmesurado o inapropiado. 

Las consecuencias de hablar públicamente van lejos, como una onda expansiva, que afecta a las víctimas y sus familias, círculos de amistades, trabajo y hasta en organizaciones feministas cuyos valores apuntan a la protección de mujeres, pero solamente si es algo que les conviene hacer. 

Nuestro cuerpo, y también nuestra voz y nuestras exigencias, siguen siendo un campo de batalla, donde casi todo vale por encima de lo que hemos vivido y lo que decidimos contar, aún en espacios que nos han dicho que son seguros. 

Con el lanzamiento de casi cuatro millones de archivos del caso de Jeffrey Epstein, las redes se han llenado de una atención casi morbosa que ha convertido el tema en un caldero de desinformación y de aparente confirmación de teorías conspirativas: relatos sobre élites omnipotentes que moverían, en secreto, las estructuras del mundo, y que irían tan lejos como a realizar rituales satánicos o incluso canibalizar recién nacidos. Miles de personas han dedicado horas a hurgar entre los documentos buscando retazos que validen sus peores pesadillas y concluyen, sin dudar, que estas teorías son reales. 

Nos importa más una interpretación fantasiosa de archivos confusos y crípticos que usar esa evidencia para confirmar lo que no es nuevo. Las sobrevivientes ya habían delineado un retrato claro de los responsables y sus acciones, depredadores sexuales cuyo impacto en la vida y la salud mental de sus víctimas fue devastador. La información ha estado allí desde la década de los noventa. ¿Por qué seguimos creando monstruos fantásticos donde lo que hay, en realidad, son hombres haciendo lo que han hecho por siglos, amparados por una sociedad que finge no saber? ¿Por qué fingimos sorpresa ante lo que siempre se supo, siempre fue evidente, siempre se habló?

En entrevistas recientes, varias víctimas han dicho sentirse reconfortadas por la atención renovada al caso, pero advierten que entre el ruido mediático se ha perdido lo más importante: ser escuchadas y reconocidas como personas, no solo como símbolos de horror. 

Por décadas, su mirada no se ha limitado a Jeffrey Epstein, sino que ha abarcado la red de depredadores que lo rodeaba y los sistemas que permitieron que estas violencias persistieran. La perversión real no requiere rituales imaginarios: se evidencia en los detalles más simples y crueles, como los videos que él filmaba de sus víctimas, forzándolas a sonreír mientras sus cuerpos y emociones eran sometidos a humillación y control constante. No nos queda sino imaginar sus rostros, cubiertos por rectángulos negros en los archivos, mientras Epstein las deshumanizaba con acciones grandes y pequeñas. 

Hemos visto esto no solo en uno de los peores casos de explotación sexual de la historia moderna, sino también en Venezuela, todos los días, en cientos de casos que llevan años en procesos judiciales interminables, que drenan a las sobrevivientes de dinero, dignidad y salud mental; en las decenas de cuentas anónimas creadas para contar historias que el sistema nunca quiso escuchar; y en las cientos de mujeres que se han acercado a sus amistades, familiares o la prensa buscando apoyo para compartir sus relatos, encontrando -en el mejor de los casos- personas a quienes han tenido que convencer arduamente del valor y urgencia de sus testimonios

Esto no es raro: según informes de organismos de derechos humanos, la falta de diligencia en procesos relacionados con la violencia de género en Venezuela es el primer obstáculo para el acceso a la justicia de las víctimas, reproduciendo un patrón de desprotección institucional. Sin embargo, la primera pregunta que se le hace a una víctima que ha decidido hablar sigue siendo: ¿Denunciaste? ¿Qué quieres lograr con esto? ¿Por qué quieres que hagamos algo al respecto?

En tanto desorden mediático y comunicacional, la prensa ha ocupado un rol central en la divulgación y el entendimiento de casos de violencias sexuales. La prensa siempre ha sido el lugar donde están las voces de las denuncias y exigencias que le hacemos al Estado, a las instituciones, al mundo. Mucho antes de que las redes explotaran con teorías conspirativas y desinformación, hubo periodistas que se negaron a dejar el caso en silencio. En particular, la periodista investigativa Julie K. Brown, del Miami Herald, desempeñó un papel decisivo: tras años de cobertura superficial y filtrada, ella dedicó meses de investigación para rastrear informes oficiales, entrevistar a sobrevivientes y reconstruir los mecanismos de protección que habían permitido que Epstein eludiera consecuencias reales durante tanto tiempo. Su serie de reportajes de 2018 titulados Perversion of Justice reabrió el caso en lo que muchos consideran el momento clave que llevó a su segundo y definitivo arresto en 2019 y a la presión pública sobre fiscales y autoridades judiciales para enfrentar los fallos del pasado.

A esto nos referimos cuando hablamos de responsabilidad colectiva: como sociedad, debemos activar los mecanismos necesarios para protegernos y proteger a quienes son más vulnerables. Quizás no siempre tengamos jueces dispuestos a velar por la verdad, pero sí podemos contar con periodistas comprometidas con investigar, corroborar y exponer las denuncias; con organizaciones que ofrezcan apoyo y contención en lugar de dudas y desinterés; y con cada una de nosotras que elige poner atención en lo que realmente importa. 

Mucho hemos escuchado la frase Créele a las mujeres, pero pocas veces comprendemos realmente lo que significa, y a menudo juzgamos el atrevimiento del eslogan. ¿Creerle a las mujeres? ¿Cómo? ¿Así como así?

La realidad es que esto significa, ante todo, escucharlas, y a partir de ahí, activar los miles de mecanismos que tenemos para documentar, investigar y encontrar la verdad de lo ocurrido. Estos mecanismos no son nuevos: los hemos usado durante décadas en distintas investigaciones, pero cuando se trata de mujeres o personas género diversas, parecen desaparecer; nadie parece saber cómo actuar frente a una historia de violencia. Y eso que contamos termina muchas veces en el olvido, como ruido de fondo, y las víctimas pagan el precio: exponiéndose cada vez más para que entendamos la gravedad de lo vivido, mendigando apoyo en espacios cuya única tarea es prestarlo. Todo esto revela algo profundo: mientras no nos hagamos responsables colectivamente, cada denuncia sigue siendo un acto de valentía que corre riesgo de desaparecer entre la indiferencia y la burocracia.

Hoy tenemos la oportunidad de decidir dónde concentrar nuestra mirada: ¿en las voces de quienes han encontrado la fuerza para contar lo vivido, en la rigurosidad de quienes nos muestran la verdad a través de extensas investigaciones, o en los retazos de información que provienen de las mismas instituciones que históricamente protegieron a los criminales? 

La respuesta define no solo cómo entendemos la justicia, sino qué tipo de sociedad queremos ser. 

Lo que hoy vemos en nuestros celulares, ese horror mediático convertido en entretenimiento macabro, no está separado de nuestra realidad cotidiana. Es también el día a día de miles de mujeres en Venezuela, donde la violencia de género sigue siendo omnipresente y el acceso a la justicia es profundamente insuficiente y la impunidad ronda cifras alarmantes. Nos mantenemos, como sociedad, apegadas al silencio o a la incredulidad, incluso frente a violencias severas que suceden en nuestros propios entornos, y muchas veces dentro de organizaciones dedicadas a documentar y denunciar estas agresiones. 

Cuando escucho a las sobrevivientes decir, con un sosiego que duele y sosteniendo las imágenes de ellas mismas en una adolescencia truncada, que merecen saber la verdad, esa frase resuena en mí, porque muchas de nosotras las hemos pronunciado, esperando ayuda de una sociedad poco dispuesta a entender. 

Y aun así, seguimos hablando, incluso cuando la sordera es lo único que parece responder.

portada web acantilado de cristal

Liderar al borde del abismo: cuando las mujeres quedan al frente de la política venezolana

El inédito ascenso de mujeres al centro del poder en Venezuela ocurre en el momento de mayor colapso político e institucional. Lejos de representar un avance sostenido hacia la igualdad de género o una conquista feminista, politólogas advierten que estas designaciones responden al fenómeno del “acantilado de cristal”: liderazgos femeninos llamados a gestionar crisis casi irresolubles, con alto costo político y escaso margen de maniobra, mientras las estructuras tradicionales se resguardan del fracaso

El 2026 inició con un giro histórico en el escenario político venezolano: por primera vez en la historia reciente, todos los principales liderazgos del país son encabezados por mujeres. Un marcado contraste con respecto a las elecciones presidenciales del 2024, que no contaron con candidatas mujeres en el tarjetón. 

Hoy tenemos al frente a Delcy Rodríguez, figura clave del oficialismo que pasó de la Vicepresidencia Ejecutiva a ejercer la jefatura del Estado, en condición de presidenta encargada, luego de que la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) ordenara su asunción tras la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses en una operación militar ocurrida el 3 de enero de 2026, lo que fue interpretado dentro del marco legal como una “falta temporal” que debía ser suplida conforme a la Constitución para garantizar la continuidad administrativa del país. También María Corina Machado continúa como líder principal de la oposición desde su victoria en las primarias de 2022. Incluso Laura Dogu, la nueva encargada de negocios designada por EEUU para atender el caso de Venezuela, es mujer. 

Pero este ascenso simultáneo de las mujeres al centro del poder no puede atribuirse completamente a un avance hacia la igualdad de género. Estas designaciones no parecen surgir precisamente como una respuesta de apertura democrática, sino más bien como una forma de respuesta estratégica para la gestión de la crisis. Dicho patrón ha sido estudiado en distintos contextos y recibe el nombre de “acantilado de cristal” en la teoría política y organizacional.

Alicia Montiel, politóloga y consultora política, explicó que el concepto de “acantilado” alude, justamente, al riesgo implícito de esas designaciones.

“Son cargos a los que se llega cuando la posibilidad de fracaso es muy alta, cuando el margen de maniobra es mínimo y el costo político o reputacional está prácticamente garantizado”, explicó la especialista.

Comentó que este patrón también cumple una función simbólica dentro de las dinámicas de poder, porque desplazar el riesgo hacia figuras femeninas permite proteger liderazgos masculinos previamente consolidados. “Cuando ya no hay respuestas y las soluciones parecen agotadas, se abre espacio para que una mujer asuma el mando, incluso como una forma de resguardar trayectorias masculinas y evitar que sean ellas las que carguen con el costo del fracaso”.

La politóloga Carmen Herrera agrega que este escenario no siempre se presenta como una oportunidad visible de promoción, sino como “una trampa política cuidadosamente construida”. 

“No se trata de un ascenso real, sino de una oferta que llega cuando el cargo ya está atravesando una crisis prácticamente insolucionable. Muchas mujeres aceptan estos cargos no porque las condiciones sean favorables, sino porque representan la primera, y a veces la única ocasión real de acceder a espacios de poder que históricamente les han sido negados. La alternativa suele ser seguir esperando una oportunidad que nunca llega”, explicó.

La experiencia internacional muestra que el “acantilado de cristal” se ha repetido en distintos países y momentos históricos, destacando el caso de Theresa May como primera ministra del Reino Unido en 2016, quedando a la cabeza de una crisis política y económica inmediatamente posterior al referéndum del Brexit. En Australia, Julia Gillard llegó al gobierno tras la fragmentación interna del Partido Laborista que desencadenó dudas sobre su legitimidad durante todo su periodo. En Finlandia, Sanna Marin encabezó el Ejecutivo durante la pandemia de COVID-19, enfrentando una crisis sanitaria combinada con críticas centradas en su edad, su vida personal y su estilo. Asimismo, Xiomara Castro en Honduras y Dina Boluarte en Perú asumieron la presidencia en contextos de inestabilidad institucional, falta de confianza en los liderazgos masculinos y polarización. 

Y en el caso venezolano, no es casualidad que este reordenamiento del poder de la política ocurra luego de la profundización de la crisis por el vacío de poder que dejó la operación del gobierno de Estados Unidos contra Nicolás Maduro y el desgaste de los liderazgos masculinos tradicionales, tanto del oficialismo como de la oposición, que hoy generan desconfianza o apatía

Los resultados de la encuesta Latam-Wide de AtlasIntel y Bloomberg de enero de 2026 confirman el deterioro de la imagen pública de los principales líderes masculinos opositores que dominaron la escena política venezolana durante la última década. Juan Guaidó presenta apenas 29 % de imagen positiva, frente a 34 % negativa y un elevado nivel de indefinición (37 %. Henrique Capriles, excandidato presidencial y actual diputado registra 15 % de valoración positiva, con 25 % negativa y un 60 % de respuestas “no sabe”, después de  haber conseguido el 49,12% de los votos en las elecciones presidenciales del 2013. Leopoldo López aparece aún más rezagado, con solo 16 % de imagen positiva, 24 % negativa y 61 % de indefinición, lo que sugiere una figura de liderazgo ya desdibujada.

Política

Sin mencionar la ausencia de otros liderazgos con legitimidad social y política que deben permanecer fuera del radar público por encontrarse en el exilio, en la clandestinidad como Delsa Solórzano, o privados de libertad como Juan Pablo Guanipa.

Eva Sabariego, politóloga y directora de EmpoderaME, mencionó también que las mujeres asumen la vocería en escenarios de mayor peligro, y el éxito o el fracaso de la estrategia recae absolutamente sobre la figura femenina. “Son ellas quienes asumen el costo personal, legal y reputacional del desenlace, mientras las estructuras de poder tradicionales observan desde lejos”, puntualizó Sabariego. 

Liderazgo femenino como última carta

En el ámbito hispanoamericano, autoras como Tània Verge y Silvia Claveria, han analizado el fenómeno al mostrar cómo las mujeres suelen ser llamadas a ocupar cargos de liderazgo para “salvar el día” cuando estallan escándalos protagonizados por hombres, ya sea por corrupción, abuso de poder, violencia o escándalos sexuales.

Alicia Montiel señaló que mientras que los escándalos empresariales suelen resolverse con menor exposición pública, las crisis políticas están inevitablemente sometidas al escrutinio ciudadano. La política, recordó, es un servicio público, y quienes ocupan cargos electos no responden a accionistas, sino a votantes, lo que hace que los costos reputacionales sean mayores y más visibles.

Allí es donde la investigación académica identificó que ciertos estereotipos tradicionalmente asociados a las mujeres son percibidos como especialmente útiles en momentos de crisis y se instrumentalizan para suavizar la imagen de los gobiernos, como la empatía y el rol de cuidadoras.

“Cuando un hombre falla en política, se habla de errores estratégicos, de coyunturas adversas, de sistemas complejos. Cuando falla una mujer, la narrativa cambia: se cuestiona su capacidad, su temple, su liderazgo. El error deja de ser individual y se convierte en colectivo, y refuerza estereotipos históricos en donde las mujeres son “buenas para limpiar crisis”, pero no para gobernar en tiempos normales”, destacó Montiel.

Carmen Herrera explica que, en contextos normales, las cúpulas mayoritariamente masculinas tienden a promover y validar a perfiles similares a los suyos, reproduciendo liderazgos masculinos de forma sostenida. Las mujeres, aunque participan activamente, suelen quedar relegadas a tareas de coordinación comunitaria o trabajo de base —sin acceso a la vocería ni al reconocimiento público— y quien no tiene vocería difícilmente acumula legitimidad. Por eso, incluso cuando las mujeres realizan trabajo sustantivo, los logros suelen ser capitalizados por hombres que ocupan el espacio protagónico.

Cuando sobreviene una crisis porque los liderazgos tradicionales comienzan a “quemarse”, asumir la vocería se vuelve demasiado costoso.

Herrera lo atribuye a que ese acceso ocurre en condiciones profundamente adversas, porque la expectativa social es inmediata, la tolerancia al error es mínima y el castigo político suele ser más severo. “La mujer que asume no solo debe gestionar la crisis, sino también enfrentar una mayor exposición, ataques personalizados y una evaluación constante de su capacidad”.

Gobernar sin margen de maniobra

Desde la teoría del acantilado de cristal, Montiel interpreta la designación de Delcy Rodríguez como presidenta encargada como un mecanismo de “lavado de cara” del chavismo, en medio de negociaciones de alto nivel que permanecen fuera del conocimiento público.

“Sobre el 3 de enero no tenemos todos los elementos, no sabemos realmente qué pasó ni qué está ocurriendo en este momento, pero circulan múltiples versiones: desde quienes sostienen que Maduro fue entregado, hasta quienes afirman que salió del país por decisión propia. Algún día sabremos todo eso, pero mientras tanto, lo que sí puede afirmarse es que Rodríguez asume un liderazgo profundamente condicionado”, asevera.

Según la especialista, la presidenta encargada se encuentra atrapada entre expectativas contradictorias que hacen extremadamente difícil consolidar respaldo político. “Debe responder a una base chavista, que observa con desconfianza su relación con el gobierno de Estados Unidos, su interlocución con la administración Trump y la recepción de funcionarios estadounidenses; pero debe mantener un discurso público de exigencia por la liberación de Maduro y Cilia Flores de su secuestro”.

En América Latina, se puede identificar el patrón en la gestión de Dilma Rousseff en Brasil, que permitió una recomposición parcial del capital político del Partido de los Trabajadores y facilitó el retorno de Luiz Inácio Lula da Silva al poder.

A su criterio, resulta igualmente improbable que Rodríguez logre generar confianza en la oposición y en una mayoría de venezolanos que rechazan al chavismo. “Está en una posición en la que sólo puede fracasar, justo como lo indica la teoría del acantilado de cristal”, resumió la consultora política.

Reconocimiento tardío

El acantilado también está presente cuando las mujeres acceden al liderazgo tras largos periodos de exclusión. El ejemplo de María Corina Machado en este caso resulta particularmente ilustrativo.

“Durante buena parte del período chavista, Machado intentó posicionarse como una alternativa política sin lograr el reconocimiento que probablemente habría obtenido un dirigente masculino en condiciones similares”, expuso. 

La consultora Montiel consideró igualmente que el respaldo masivo a Machado no se produjo sino hasta que otros liderazgos masculinos se agotaron, y cuando se hizo visible la estrategia de custodia de las actas electorales del 28 de julio, que había sido planteada por la dirigente en años anteriores sin encontrar eco. Aún así, pese a haber sostenido una campaña centrada en su figura y al considerable esfuerzo físico y emocional que ello implicó, María Corina Machado no sería quien asumiera la Presidencia, pues debió canalizar ese capital político a través de la candidatura de un hombre, una decisión condicionada por las circunstancias políticas del momento. Recordó además que la primera alternativa femenina, la académica Corina Yoris, fue excluida del proceso, lo que terminó por reforzar la paradoja de un liderazgo femenino ampliamente legitimado que no pudo traducirse en una postulación directa.

Carmen Herrera también alude a que Machado —a pesar de ser una figura con larga trayectoria pública— sólo logró consolidarse como lideresa opositora en el momento más crítico del deterioro democrático, añadiendo presión extrema y una volatilidad alta del respaldo ciudadano. En este escenario, la expectativa de “salvación” suele ser tan elevada que cualquier resultado insuficiente se traduce rápidamente en críticas, por haber asumido en un momento prácticamente irresoluble. 

“Durante años fue considerada una outsider, ajena a la cúpula opositora dominada por hombres, cuyos liderazgos se fueron desgastando progresivamente. Machado obtiene reconocimiento precisamente por ese carácter externo al patrón dominante, lo que le permitió ganar las primarias y convertirse en referente. Sin embargo, lo hizo en el peor momento posible: con una crisis profunda y sin condiciones para desarrollar una gestión o un proyecto político a largo plazo. Su liderazgo, en ese contexto, se convierte en una tarea constante de contención y respuesta inmediata”, sostuvo.

Pero no es el único riesgo asociado a la teoría: también existe la posibilidad de que se minimicen los logros reales de las mujeres líderes al presentar sus éxitos únicamente como respuestas excepcionales a dichas situaciones límite.

Los estereotipos de género a su vez continúan influyendo de forma decisiva en la manera en que la opinión pública evalúa a las mujeres que asumen roles de liderazgo. Eva Sabariego advierte que las mujeres no solo enfrentan los desafíos políticos o técnicos del cargo, sino también una carga simbólica adicional asociada a su género, porque una misma conducta puede ser interpretada de manera radicalmente distinta dependiendo de quién la ejerza. 

“Si una mujer tiene una actitud firme y decisiva en un contexto de crisis puede ser atacada por ser ‘poco femenina’ o ‘agresiva’, por encajar o no en dinámicas sociales preconcebidas. Si esa misma actitud viene de un hombre, suele asociarse positivamente con control y dominio de la situación”, afirma. 

Ese escrutinio diferenciado tiene efectos que van más allá del caso individual. De acuerdo con Sabariego, los errores de una mujer en posiciones de alta visibilidad se maximizan y terminan repercutiendo de forma ejemplarizante sobre otras mujeres.

La politóloga Montiel coincide en que la concepción de que la mujer debe ser primero esposa y madre, mientras que el protagonismo público y político se reserva para el hombre continúa operando como una barrera invisible en la política contemporánea.

Esta resistencia no es exclusiva de países con democracias frágiles o sistemas políticos cerrados. Incluso en contextos considerados consolidados, como Estados Unidos, se han reproducido dinámicas similares. Montiel recordó los casos de Hillary Clinton y Kamala Harris, dos candidatas con amplias credenciales políticas y experiencia institucional, cuya imagen pública fue evaluada bajo estándares distintos a los aplicados a sus contrincantes.

“Aunque el género no puede considerarse la única variable explicativa de esos resultados electorales, es difícil no preguntarse por qué dos mujeres con trayectorias sólidas perdieron frente a un candidato que no tenía experiencia política ni formación en el funcionamiento bipartidista del país”, apuntó la especialista aludiendo a Donald Trump.

En ese sentido, Montiel insistió en que los partidos políticos y las estructuras tradicionales de poder han funcionado históricamente como espacios predominantemente masculinos que han promovido principalmente las carreras de otros hombres dentro de sus propias filas. Como resultado, incluso cuando emergen liderazgos femeninos visibles y con respaldo social, estos enfrentan mayores obstáculos para traducirse en poder institucional efectivo. 

Cuando la crisis pasa, ¿el poder retrocede?

Sabariego advierte que el sistema tiende a revertir a sus patrones masculinos tradicionales cuando la crisis pasa, por la falta de mecanismos que aseguren esa permanencia en el poder de las mujeres que ascendieron por coyunturas políticas. “Resulta más fácil responsabilizar al género femenino si la estrategia fracasa y volver a un liderazgo masculino tradicional. Las mujeres aceptan estos puestos como su única vía de escalar, y los hombres la evitan para proteger su carrera o reputación”, refirió.

En Venezuela, esta fragilidad estructural se ve agravada por la ausencia de una normativa robusta que garantice la participación igualitaria de las mujeres en los espacios de poder. El Centro de Justicia y Paz (Cepaz) en 2023 documentó que ni la Ley Orgánica de Procesos Electorales ni la Ley de Partidos Políticos establecen de forma clara y vinculante criterios de paridad y alternabilidad. Lo que ha existido hasta ahora son iniciativas que se han limitado a resoluciones administrativas de carácter temporal, con bajo rango normativo, publicación intempestiva y sin mecanismos eficaces de sanción.

La directora de EmpoderaME reconoce que el debate sobre las leyes de paridad sigue abierto, pero que sin presión legal, la experiencia demuestra que las estructuras de poder no ceden de forma voluntaria.

“El debate sobre la Ley de paridad aún no tiene un consenso definitivo. Por un lado, se presentan como una herramienta necesaria para obligar la participación equitativa en espacios públicos y romper el bloqueo histórico. Por otro lado, existe la crítica de si es beneficioso que esta participación sea impuesta por ley en lugar de ser un proceso espontáneo y voluntario. Quienes cuestionan la ley temen que se perciba como una concesión y no como un reconocimiento al mérito, mientras que sus defensores argumentan que, sin una obligación legal, el sistema nunca cederá espacios voluntariamente”.

La estructura misma de los partidos políticos son otra clave para entender por qué el liderazgo femenino sigue siendo excepcional (y no la norma) en la política venezolana. Estos están históricamente diseñados y dirigidos por hombres, añade la politóloga Carmen Herrera.

“En Venezuela, los partidos políticos han estado mayoritariamente liderados por hombres, no solo en la práctica, sino también en sus reglamentos y en la forma en que están organizados. Esto contrasta con lo que ocurre a nivel comunitario, la organización y la coordinación comunitaria están protagonizadas por mujeres, pero ese trabajo no suele traducirse en visibilidad política ni en vocería pública”.

Este desequilibrio en la legitimidad -donde las personas terminan otorgándole mayor protagonismo a quien hace la vocería y no al que está coordinando y sacando adelante el trabajo de hormiga en las comunidades- responde a patrones tradicionales de ascenso dentro de los partidos, donde no existen procesos democráticos sólidos para la elección interna de liderazgos. 

“No hay estructuras democráticas reales de elección; las decisiones suelen tomarse de manera unidireccional, a dedo, por una sola persona. Ese mecanismo facilita que se reproduzcan siempre los mismos perfiles. Quien decide suele reproducir el mismo patrón que lo puso a él en el poder”, apuntó Herrera.

Ahora, para evitar que el acceso de las mujeres a los espacios de decisión quede limitado a contextos de crisis requiere transformaciones estructurales, no soluciones simbólicas ni coyunturales. El primer paso, remarcó Herrera, es un proceso de concientización ciudadana y formación cívica que debe ser sostenido en el tiempo.

“Las personas deben entender que, incluso en medio de una crisis o una emergencia, el liderazgo no puede ni debe recaer en una sola persona. Esta visión permitiría aliviar la carga desproporcionada que suele recaer sobre las mujeres”, prosiguió. 

Ese giro implicaría desmontar dos pilares profundamente arraigados en la cultura política venezolana: el mito del salvador y el personalismo. Para la politóloga, se trata de que los ciudadanos entiendan que la resolución de una crisis no depende de que una mujer lo solucione todo, sino de un equipo estratégico más amplio, conformado por ella y por otras personas que influyen de distintas formas en la solución del problema.

En el plano partidista, Herrera fue enfática en la necesidad de democratizar los mecanismos de selección interna. A su juicio, mientras predominen prácticas como el amiguismo o el nepotismo, las desigualdades se seguirán reproduciendo. “Si tú te pareces a mí, si estás más cerca de mí, eres quien asume. Ese patrón es el que hay que romper”, advirtió, porque los partidos políticos son de los principales nichos de participación política de las personas.