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Hilda Carrera: “¿Qué tendría que ocurrir para cerrar las heridas de la dictadura?”

La infancia y adolescencia de Hilda Carrera Gamonal estuvieron marcadas por la dictadura chilena encabezada por Augusto Pinochet, que terminó cuando ella cumplió 26 años. Creció en una familia de izquierda, en un país donde la política atravesaba la vida cotidiana con miedo, vigilancia y silencio. “La dictadura fue un golpe fuerte y todavía es un tema que me sigue conmoviendo”, dice. “No me deja de impresionar los niveles de crueldad a los que se llegó”. Para ella, las huellas de ese período siguen presentes: no solo en la política y la economía, sino también en la forma en que la violencia transformó la vida social, los espacios comunes y la cultura.

Quizás por eso su trayectoria se mueve entre distintas formas de intervención. Carrera enseña en una escuela de trabajo social, pero también escribe narrativa y poesía. Cultiva, además, la décima, una forma tradicional de poesía popular muy ligada a la protesta, que utiliza como herramienta más inmediata para reaccionar ante las injusticias y denunciar lo que ocurre.

La música es otro de sus territorios. Integra La Siembra, una colectiva de mujeres cuequeras que busca resignificar la cueca desde una mirada feminista. “Como todo baile tradicional que viene desde la colonia, es bien machista”, explica. En su colectivo escriben letras que hablan de las experiencias y luchas de las mujeres, que luego interpretan con canto gritado, una técnica pensada para espacios sin amplificación profesional y muy común en marchas y actos políticos.

Forma parte de la colectiva Bordadoras en Resistencia, donde el arte textil funge como un gesto político compartido. Allí producen lienzos colectivos a partir de un tema común, que cada integrante interpreta con su propio bordado. “Lo que más importa es el mensaje”, dice. Este 8 de marzo, por ejemplo, homenajearon a escritoras chilenas; en años anteriores bordaron sobre activistas ambientales y sobre mujeres que luchan por la causa Palestina.

En el marco del repentino cambio de gobierno en Venezuela, Redsonadoras quiso mirar a nuestra región y preguntarse qué han vivido otras mujeres feministas tras la caída de sus dictaduras. ¿Qué ocurre después del momento en que un régimen autoritario termina? ¿Cómo se reconstruye la vida política, social y personal después de años de represión, restricciones, violencia estatal y criminalización de la diversidad de pensamiento?

En el caso de Chile, la transición comenzó en 1988, cuando el plebiscito convocado por la dictadura de Augusto Pinochet terminó con la victoria del “No”, abriendo el camino hacia el fin del régimen militar y el inicio de un proceso de transición a la democracia que cambiaría al país. La dictadura de Augusto Pinochet en Chile terminó oficialmente el 11 de marzo de 1990, cuando Pinochet entregó el poder al presidente democráticamente electo Patricio Aylwin.

Hilda Carrera responde algunas preguntas desde Santiago de Chile, donde la noticia de la captura de Nicolás Maduro circula entre una ciudad atravesada por la diáspora: casi medio millón de venezolanas y venezolanos viven hoy en Chile, la mayoría como migrantes o refugiades. En ese contexto, la nueva cercanía del intervencionismo estadounidense también reactiva en Chile memorias incómodas. 

Para quienes viven y vivieron la dictadura, la conversación inevitablemente oscila entre el presente y el pasado. 

¿Cómo se empezó a hablar de transición en Chile? ¿Cómo era la conversación en torno a las necesidades del momento?

Las primeras manifestaciones contra la dictadura, si uno las mira ahora, pueden parecer incluso un poco ridículas por lo pequeñas que eran. Había prohibición de reuniones, así que organizábamos marchas con grupos muy chiquititos. Tratábamos de mantenerlas y rápidamente llegaba la represión. Había detenciones, persecución. Pero seguíamos. Era la lógica de la resistencia.

Yo diría que 1983 marca un punto de inflexión en términos de masividad. Empezaron a hacerse convocatorias más amplias, incluyendo paros nacionales. Recuerdo que para el Primero de Mayo hubo actos mucho más grandes: por primera vez se sentía esa experiencia de vernos entre muchas personas que pensaban lo mismo. 

También hubo las llamadas “marchas del hambre”, porque el país estaba atravesando una crisis económica muy fuerte. Todo ese proceso de movilización social es el que finalmente nos lleva al momento en que comienzan las negociaciones entre los partidos.

El foco inicial estaba muy puesto en la recuperación de una democracia formal, más burocrática y de la economía. Hay cuestiones que aparecieron mucho más tarde en la conversación pública, que en ese momento prácticamente no se consideraron, como el feminismo. Aunque incluso en la dictadura ya existía un eslogan muy potente: “democracia en el país y en la casa”. 

También hubo un movimiento muy fuerte de víctimas y familiares de víctimas que exigían verdad, justicia y reparación para los desaparecidos y ejecutados políticos. Al principio parecía que la preocupación pública estaba centrada solo en quienes habían muerto. Con el tiempo empezó a entrar también el tema de la tortura en la conversación, y eso llevó a discutir la recuperación de espacios y sitios de memoria.

La transición chilena tuvo a Pinochet como comandante en jefe del Ejército y luego como senador vitalicio. ¿Cómo se construyen nuevas estructuras de democracia nacional cuando el verdugo sigue presente en el aparato del Estado?

El primer presidente del retorno a la democracia, Patricio Aylwin, había participado en las discusiones políticas previas al golpe y era conocido por su posición antiallendista. Muchos de esos sectores negociaron pensando que el golpe iba a ocurrir y que después ellos volverían al poder.

Por eso, cuando comenzó la transición con su gobierno, la permanencia de Pinochet en cargos de poder no fue realmente una sorpresa.

¿Hubo un proceso de desmovilización social tras el triunfo del No? Me pregunto si al llegar la democracia, el enemigo contra el cual escribir o denunciar o protestar ya no estaba tan claramente definido.

Creo que eso pasa mucho. Cuando el enemigo es la institucionalidad de una dictadura, es muy fácil identificarlo. Pero cuando la institucionalidad democrática empieza a funcionar, todo se vuelve más difuso. Las personas que luchaban contra la dictadura pasan a formar parte del gobierno, y entonces empiezan a hacer cosas que quizás no nos parecen bien. Ahí se pierde un poco el foco: ¿a quién le reclamamos? ¿Qué puerta golpeamos? ¿Cómo procedemos?

En Chile no fue un cambio de blanco a negro, sino una zona intermedia de pactos. ¿Cómo se recibió y contó la ambigüedad de la transición?

Estábamos tan heridas que la transición se narra con optimismo. Queríamos creer que podía resultar. Pese a tener a Pinochet todavía en cargos de poder, había señales que nos hacían pensar que había un quiebre en un sistema de poder bastante terrorífico. Sin duda, hubo un cambio.

Hubo un primer gesto importante: la creación de la Comisión Rettig de Verdad y Justicia, que pidió a un grupo de expertos cuantificar a los desaparecidos y víctimas de la dictadura. Cuando llegó el informe, el presidente lloró públicamente y pidió perdón al pueblo chileno. Ese gesto de reconocimiento entregó un grado de optimismo: lo que habíamos estado gritando y denunciando durante años ahora era oficialmente reconocido por la institucionalidad.

¿En qué momento el miedo dejó de ser un lenguaje cotidiano?

La campaña del “No” hizo que el miedo empezara a perder fuerza. Fue exitosa en eso: nos ayudó a recuperar la sensación de que era posible expresarse. Si ellos aparecían en la televisión diciendo “No”, uno sentía que también podía salir a la calle y decir que las cosas estaban mal. Hay mucho análisis sobre si fue una buena campaña política o no, pero yo creo que, sobre todo, nos ayudó a perder el miedo.

El miedo tardó en desaparecer como cotidianidad, y al mismo tiempo todavía persiste en algunos ámbitos. Chile se convirtió en un país medio silencioso. Incluso en lo simbólico se nota: si miras las fotos de los años 70, hay mucho color en la ropa, en los edificios, en las imágenes; después de la dictadura, los colores se apagan, y esa paleta apagada se ha mantenido hasta hoy.

¿Cómo se vivió la transición desde la perspectiva de las mujeres, considerando que leyes fundamentales como el divorcio o la despenalización del aborto tardaron décadas en aprobarse en Chile?

Yo creo que el feminismo tardó mucho en aparecer con fuerza dentro de la institucionalidad. El Servicio Nacional de la Mujer (SERNAM) tenía muy pocos recursos y muy poca capacidad territorial, así que al final terminó siendo una institución muy alejada de la realidad de muchas mujeres. Era un espacio bastante de élite, que no necesariamente recogía las reivindicaciones de las mujeres trabajadoras.

Pero si uno mira lo que pasaba en la dictadura, las mujeres ya estaban organizándose de forma masiva. Por ejemplo, las ollas comunes: miles de mujeres que se organizaban en los barrios para alimentar a sus hijos y a toda la comunidad. Había ollas comunes en prácticamente todos los territorios.

Sin embargo, esas mujeres no fueron consideradas en las mesas de trabajo ni en las grandes conversaciones de la transición. Y creo que eso revela un problema que sigue siendo muy fuerte: tenemos una mirada muy clasista. Tenemos buenas teorías sobre cómo deberían hacerse las cosas, pero las mujeres que organizaban las ollas comunes, las que lideraban juntas de vecinos, las buscadoras de familiares desaparecidos, los grupos de allegadas, las organizaciones de pobladoras por la vivienda… muchas de esas organizaciones eran de mujeres, y sus voces quedaron bastante acalladas.

¿No había mujeres y disidencias en la mesa durante las negociaciones políticas de la salida de Pinochet?

Había algunas, pero eran pocas y muchas veces su voz no era escuchada. Varias aportaban desde el exilio: regresaban con preparación académica, con una mirada distinta y con feminismos más avanzados y reivindicativos, que empezaban a cuestionar las estructuras de poder existentes. Entre ellas están Gladys Marín, Teresa Valdez, Adriana del Piano, Carolina Tohá o Isabel Allende, quienes desde distintos espacios impulsaban agendas feministas y sociales que antes no se consideraban en las instituciones tradicionales.

¿Cómo y cuándo termina una transición? ¿Hay un inicio, nudo y desenlace?

Me cuesta mucho ver un fin. Creo que hay hitos que marcan un inicio, pero el desenlace… no sé dónde estaría. Me cuesta saber qué necesitaría yo para considerar que esto se cerró. Igual me lo pregunto: es una pregunta recurrente, ¿qué tendría que ocurrir para poder cerrar las heridas de la dictadura? Quizás simplemente hay que entender que las heridas existen y que algunas no van a cicatrizar. Y hoy en día estamos en un gobierno de extrema derecha, democrático, y en cierta forma, seguimos luchando contra esto.

¿Qué lección de resistencia te dejó el Chile de finales de los 80?

Tenemos que rescatar la alegría, los rasgos culturales propios, los colores, el ruido. Hay que rescatar la felicidad pese a todo, crear belleza, que no nos hagan perder nuestra esencia. Si es colorida, démosle colores. Si la esencia es ruidosa, hagamos ruido. Creo que en eso llevamos ventaja las mujeres frente a los hombres: el feminismo nos ha ayudado a mirarnos más, y creo que tenemos más posibilidades de recuperar nuestra esencia. Vemos más claramente a nuestros ancestros y nuestra cultura. 

Siempre, siempre rescatar la felicidad.

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