Portada Lexys Rendón

Lexys Rendón: En este momento “el rol de la mujer no está muy claro en la vía práctica” para una transición

Más allá de las figuras dominantes en el tablero político venezolano (María Corina Machado, Delcy Rodríguez y una Dinorah Figuera apoyada por Estados Unidos) el papel de las mujeres no está del todo claro en un proceso de transición que, afirma la directora de Laboratorio de Paz, Lexys Rendón, aún no ha empezado. Sin embargo, dice, cada vez más aumentan las iniciativas de articulación y discusión dentro de grupos de académicas, sindicalistas, activistas de DDHH, periodistas y políticas, para verse integradas como referentes dentro de este escenario

La operación militar estadounidense del 3 de enero abrió una ventana para una transición democrática. Pero la permanencia de la estructura represiva tras la captura de Nicolás Maduro, los propios intereses de la administración de Donald Trump, la necesidad de Delcy Rodríguez y sus aliados de mantenerse en el poder y una oposición que apenas va recuperando su articulación en lo social han ralentizado ese proceso.

Lexys Rendón, socióloga y directora de la ONG Laboratorio de Paz, señala que la confianza es clave para que las personas se incorporen a un proceso que debería terminar en reconciliación social y una redemocratización del país. “La confianza no se decreta, se construye con acciones, compromisos, con avances, con incorporar todas las voces”.

Este año, Laboratorio de Paz ha avanzado en talleres de formación, junto a otras organizaciones, para distintos grupos de mujeres (académicas, sindicalistas, activistas de DDHH, periodistas, políticas) en todo el territorio. “Esperamos que haya realmente un mecanismo de incorporación de las mujeres en la visión, las propuestas y decisiones que se vayan a tomar”.

Sin embargo, en la vía práctica ese rol de la mujer “no está muy claro” en este momento, dice.

“Sabemos que hay una mesa, donde hay una mujer que representa la Asamblea Nacional; que hay un país que en este momento está siendo gobernado por una mujer que asume la Presidencia y que no goza de legitimidad. Tenemos al mismo tiempo a una mujer que puede representar la mayoría legítima que empujaba la posibilidad de un cambio democrático”, expone la activista.

—¿Cuál es el rol que ve para las mujeres en una transición democrática?

—Lo primero es que las mujeres venezolanas que hacen activismo sienten que su rol es absolutamente necesario, protagónico y único. ¿En qué sentido? Si bien no podemos decir que todas las mujeres representan ese gran grupo social que tiene características claras y un sistema basado en derechos humanos que les da unos derechos, deberes y garantías específicas, cada una de ellas tiene un rol donde es fundamental la mirada femenina.

Para el Laboratorio de Paz aún no hay condiciones que nos digan que estamos dentro del marco formal no solamente de lo que se conoce como transición sino en materia de derechos humanos. Estamos, por ahora, avanzando hacia algo que pueda llamarse transición, sin embargo, nuestra apuesta es que se materialice y para eso es requerido que no quede en grupos de poder políticos, económicos o internacionales, sino que la transición tenga como eje transversal la participación amplia del pueblo, en el que incluimos de manera protagónica a la mujer.

—Vemos claramente a figuras femeninas en el tablero post 3 de enero, entre ellas a Delcy Rodríguez…   

—Su liderazgo no se mide a partir de ahora porque sea presidenta interina, su liderazgo era absoluto dentro de la estructura de gobierno: era la ministra de Petróleo, la vicepresidenta de la República y la persona que lideraba algunos organismos de seguridad del Estado. También era una de las personas ligadas al ámbito económico al punto de ser representante del país en el ámbito internacional.

Si había un liderazgo muy grande dentro de la institución del Estado, era Delcy Rodríguez, solo que estaba dentro de un entorno, en una estructura vertical, militarizada por obediencia y representada por hombres. Pero Delcy Rodríguez ha estado siempre.

Ella tiene decisiones, a título personal, de acompañar un proceso que terminó deviniendo en un autoritarismo fuerte, en el desconocimiento de la voluntad popular a través del voto, de persecución política que ha desaparecido gente, que tiene gente presa o torturada. Además ha participado en un proceso que ha significado por razones políticas y económicas en la salida de millones de personas.

Su liderazgo ha sido frontal, quizás no tan verbal o mediático como Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello o Maduro pero sí es una figura fundamental en los últimos años… Estar en un proceso donde representa el país, donde acepta una tutela y toma decisiones en términos económicos, políticos o sociales y no estar respetando la Constitución, es una decisión personal.

—¿La ve como una figura que, a largo plazo, se termine de afianzar en el poder al seguir esa relación ganar-ganar con Estados Unidos?

—Sí. De no haber una transición que entienda lo que demanda la población, por supuesto que se va a atrincherar en el poder bajo esa relación “ganar-ganar”.

Para Rendón, la encargada del Ejecutivo entró en negociaciones con Estados Unidos (EE. UU.) no sólo para permanecer como figura predominante del poder tras la captura de Maduro, sino para bloquear cualquier imposición de otro liderazgo femenino en el futuro próximo.

—Creo que Delcy Rodríguez cuando está hablando de ganar-ganar habla de una estrategia ideológica, política, a la que vienen apostando incluso antes del 2024 y que vimos claramente que, con el desconocimiento a la voluntad popular ese año, empezaron a generar alternativas para ellos mantenerse en el poder ya sea por razones de impunidad, por razones económicas o ideológicas.

Cuando dicen ganar-ganar es porque tienen tiempo y no ven una transición normada bajo las reglas que establece la propia Constitución o de garantías de derechos humanos que los obligarían no solo a hacer una elección presidencial, sino elecciones para la reinstitucionalización del Estado y que los obligaría a aceptar responsabilidades e incluso demostrar en un juicio si son inocentes o culpables, incluyendo juicios por violaciones graves a los derechos humanos. Esa posibilidad hoy no está.

El escenario de EE. UU.

El papel de EE. UU. en la crisis política venezolana ha alcanzado a diversos actores, hasta llegar al control que ahora ejercen sobre la administración de Delcy Rodríguez bajo la amenaza de una nueva intervención militar y arrestos similares al de Maduro. Del lado del espectro opositor, María Corina Machado ubica a la administración Trump como uno de los principales socios financieros en un proceso de reconstrucción democrática.

Pero el Gobierno de Trump no solo dejó su capacidad de interlocución en los extremos. En abril, el subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, Michael Kozak, se reunió con la presidenta de la Asamblea Nacional 2015 (AN 2015), Dinorah Figuera, para discutir las “vías hacia una transición democrática estable, ordenada y consolidada”.

Desde entonces la diputada pasó a ser ratificada no sólo como parte de la “única institución democráticamente electa” en Venezuela, sino que fue apoyada para ser la principal figura en un nuevo diálogo con el chavismo.

—Sobre Dinorah Figuera, ¿la considera una articuladora más de EE. UU.?

—Es una articuladora, aunque no quiero decir que de EE. UU.. Considero que ella, en su buena fe, está participando en un proceso que espera culmine en una transición. Está actuando como le permite su espacio político, pero está clara que esa mesa no va a tener resultados si la gente no pelea porque se tengan.

Pasa además algo grave con Dinorah Figuera: que se está convirtiendo en un abismo de cristal, porque ella no toma las decisiones. La liberación de presos políticos es algo que se decidió posterior a la primera reunión, por ejemplo. Es chévere decir que una mujer está liderando la mesa de transición, que se les involucra, pero EE. UU. ha dicho que reconoce su liderazgo y el de la AN 2015 por un tema transaccional, pero al mismo tiempo desconoce —al reconocerla a ella— una elección que fue ganada por Edmundo González porque María Corina Machado, un liderazgo femenino, le levantó la mano.

Hay que determinar con las acciones y los resultados hasta donde su figura no es un abismo de cristal, donde se utiliza a la mujer para que legitime decisiones que están siendo tomadas en otros espacios decisorios aparte de la mesa de diálogo, y además para que deslegitime la desaparición y la destrucción del único liderazgo mayoritario que tiene el país y que puede garantizar la movilidad social, y no una pacificación, para una transición sin impunidad representando por María Corina Machado.

—¿EE. UU. está minando la capacidad de acción de María Corina Machado?

Está minándola con acuerdo de Delcy Rodríguez, con acuerdo de los grupos de poder. Parte de ellos están hoy vinculados al proceso denominado de reconciliación y paz, a la Defensoría del Pueblo y otros sectores, pero estos son grupos minoritarios y quedó demostrado en las elecciones de 2024.

Todos están confabulados en desaparecer el liderazgo de María Corina Machado… El problema de fondo es que Venezuela —a diferencia de Cuba o Nicaragua que ya se habían desecho de eso a punta de persecución política y migración forzada— tenía un líder opositor con capacidad de congregar a las masas, legitimidad y capacidad de movilización para visibilizar que la gente quiere democracia y quiere salir de un autoritarismo con una forma autónoma de transición. Eso es lo que están matando porque cuando le quitas al país este tipo de liderazgo bajo un autoritarismo, le quitas vías democráticas para su transición y al mismo tiempo le das continuidad a ese escenario autoritario porque no tienes a nadie que aglutine el fervor de cambio, de democracia.

Eso simbólico que se ganó María Corina Machado es lo que están destruyendo. Además es inaceptable que EE. UU. diga que no puede garantizar su seguridad. Si somos un tutelaje se supone que quienes tienen el poder de control son los Estados Unidos. Entonces no es posible que una premio Nobel, que reúne un liderazgo mayoritario y legítimo, no pueda entrar al país.

—María Corina Machado tiene un poder articulador, ¿pero cómo ve que se está dando en las comunidades? ¿Hay indicios de mayor movilización?

Depende del sector, depende de la zona del país y creo que los terremotos también influyeron mucho en el ánimo que se venía sintiendo. Previo a los terremotos en Táchira, Yaracuy, Barquisimeto, Zulia, Caracas, el ánimo era reorganizarse en torno a la exigencia de elecciones, movilizarse por la posibilidad de regreso de María Corina Machado, es decir, la organización social estaba sintiendo que la represión estaba disminuyendo.

Como estaba disminuyendo y se estaban abriendo algunos espacios para la manifestación, para introducir documentos, para hacer visible algunos temas, había un renacimiento organizativo con base en la confianza de grupos que se habían organizado para el 2024, y que tuvieron que salir huyendo o sufrieron persecución y prisión. Estoy hablando de sectores femeninos, de mujeres activas con todo el ánimo de pedir que la transición las incorpore.

Luego de los terremotos, el ánimo se vino un poco abajo pero en este momento el desagrado con los Rodríguez sigue siendo muy alto. Por otro lado, creo que hay grupos que están empezando a reorganizarse para tratar de incidir de manera mucho más amplia en lo que se está determinando como una transición que no pareciera ya una transición, sino un acuerdo de estabilidad con EE. UU., con pensamiento transaccional y que está incluso violentando de manera muy severa, no solamente la Constitución, no solamente la soberanía, sino además está teniendo fracturas importantes dentro de quienes habían sido la base del chavismo o del madurismo por razones ideológicas.

—Desde el lado del chavismo, ¿les está importando mantener esa articulación con sus bases o persisten en su supervivencia sin importar la crítica interna?

Van a seguir tratando de mantener el control a través de los mecanismos que vienen implementando de colectivos o del control social en lo micro. Eso no ha cesado. Les funcionó antes, les funcionó en el 2024 y les puede funcionar frente a un recambio de lo que está sucediendo ahora.

Creo que siguen con la idea de mantener sus bases, ya sea porque les caiga un chorro de dinero y puedan con eso movilizar beneficios sociales, movilizar cambios en lo concreto en las comunidades y sacar rédito de eso, pero también les conviene tener control en sus bases por la posibilidad de poner en riesgo el poder.

Si EE. UU. se va, cuestión que ya ha hecho en Afganistán y otros países, obviamente requieren el control de grupos que les sean afines, fieles, obedientes y que puedan servir en los términos en que han servido hasta ahora: control social, vigilancia y todo lo vimos desatado en 2024.

Además, si el chavismo llega a tener la posibilidad de permanecer mayor tiempo y recibir dinero, en caso de ir a unas elecciones pues van a querer permanecer en las cuotas de poder. Eso significa tener que mantener sus bases y agrandarlas incluso. Entonces políticamente, estratégicamente, ideológicamente, necesitan mantener a los que están y sumar aunque no creo que logren sumar debido al rechazo social que tienen.

—Bajo este escenario, ¿hay espacio para que las mujeres puedan liderar efectivamente o llevar sus demandas sobre la transición? ¿Qué retos tienen los grupos organizados de mujeres para lograrlo?

Creo, y lo constaté en los talleres, en el recorrido por el país, en la relación con las organizaciones humanitarias y la gente, que la mujer está convencida de su rol y participación. El proceso social de movilización que se dio para las elecciones, con todo lo adversa que se sabía, fue liderado en su gran mayoría por mujeres. Eso está renaciendo, reacomodándose.

Pero los abismos de cristal, ya sea por persecución, el propio autoritarismo y represión, hacen que la mujer tome un rol de mayor liderazgo, pero casi siempre es simbólico. Son los hombres los que siguen tomando decisiones mientras ellas aparecen en la palestra. Esto ocurría con el gobierno y algunos partidos.

Eso ha sido, afortunadamente, una toma de conciencia por parte de mujeres que han tenido que asumir unos liderazgos que sabían que les correspondían, que ganaron por mérito, pero que les cedieron porque los hombres estaban perseguidos o no estaban. Ellas ahora han asumido la responsabilidad de un liderazgo de base para la movilización y la organización por la democracia. Lo vimos en el 2024, con la persecución que incorporó a una gran cantidad de mujeres activistas y lo vemos ahora: son las mujeres las que están volviendo al país, las que se están incorporando en la discusión política y social.

En el activismo de base son las mujeres las que se están arriesgando en las comunidades, a pesar de la persecución, a empezar a movilizar de nuevo a vecinos, de empezar a hacer cosas. Lo vimos incluso en los terremotos, las iniciativas estaban compuesta un 80 % por mujeres.

Cuando no se permite que nosotras, que todo ese grupo de mujeres organizadas en cada rincón del país participe, diga la transición que quiere y esté en la calle movilizada, es una nueva forma de violencia contra la acción política y democrática.

Creo que en este momento sí hay oportunidades. Somos las mujeres organizadas en cada uno de sus espacios las que pueden reconstruir la confianza para avanzar en una transición, donde haya acciones y pasos contundentes de que estamos avanzando en procesos de elección, de libertad fundamental, en procesos de justicia, donde las víctimas tengan realmente espacios para que no haya impunidad.

Pero en estos momentos estamos estancados. Un proceso que inició con mucha fuerza luego del 3 de enero, a partir del mes de julio se ha ralentizado y hay que dinamizar esto. Ese dinamismo, ese compromiso va a surgir a través de los grupos organizados de liderazgo femenino. Y si viene María Corina, creo que es más todavía.

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Ninguna conquista es un regalo: las mujeres que sostienen la democracia venezolana

Las mujeres nunca hemos sido meras espectadoras frente a la democracia, por el contrario, hemos sido sus arquitectas y hacedoras. Un ejemplo claro lo encontramos en nuestra propia historia nacional. Al revisar el devenir de Venezuela, se repite con frecuencia que el partido político Acción Democrática otorgó el voto universal, como si este pudiera ser un regalo, dejando fuera del relato oficial la lucha de tantas mujeres organizadas en todo el país que no bajaron los brazos un solo segundo hasta conquistar el derecho al sufragio.

Si algo nos enseña ese capítulo de nuestra historia, es que la construcción y sostenibilidad de la democracia en Venezuela requiere, de manera innegociable, la ocupación y defensa de los espacios de toma de decisión por parte de las mujeres. Con nuestro trabajo, intelecto, y nuestras formas de articulación y de exigencia ciudadana, hemos alcanzado cada uno de los derechos que hoy nos respaldan. Ninguna conquista nos ha sido regalada. Entender esto es clave para comprender que los espacios y derechos que aún nos faltan tampoco serán una concesión: dependen de nosotras, de nuestra capacidad de organizarnos y de seguir construyendo los consensos que el país necesita.

Es así como se hace necesario mencionar a las mujeres que han estado antes, a quienes han recorrido el camino de la construcción de la democracia aplanándolo a su paso para quienes venimos detrás. Ellas nos sirven como referencia, porque tener referentes no implica solo saber cómo se hicieron las cosas en el pasado, sino que nos permite entender lo que nosotras podemos lograr. Mujeres como Lilia Arvelo, María Cristina Parra, Carmen de Grijalva y Mildred Camero nos dan luces de esto: de cómo la lucha sindical y la articulación ciudadana se convierten en hojas de ruta para la transformación legal y social. La experiencia y trayectoria de cada una de estas mujeres nos pueden llevar a cuestionarnos de qué manera encontrar en sus aportes un método para el diálogo, la concertación y la gobernabilidad inclusiva en el presente. 

En el caso de Lilia Arvelo, una mujer combativa y comprometida con la defensa de los derechos de las mujeres, nos ha demostrado con su trayectoria cómo desde la organización gremial se puede construir una lucha transformadora, cómo desde las bases se puede llegar a los espacios de toma de decisión, y que esto se traduzca en una transformación y progreso real. En 1985 se convirtió en la primera mujer en presidir la Junta Directiva Nacional del Colegio de Profesores de Venezuela. Fue diputada por Caracas en el Congreso Nacional y segunda vicepresidenta del mismo; además presidió la Comisión Bicameral de los Derechos de las Mujeres que tuvo logros tan importantes como: establecer por primera vez una cuota mínima de participación para obligar a los partidos políticos a postular mujeres a cargos de elección popular; tipificar y sancionar por primera vez la violencia doméstica e intrafamiliar en Venezuela; sancionar la Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes, dejando de lado la obsoleta Ley Tutelar de Menores, permitiendo adaptar la legislación nacional a la Convención Internacional de los Derechos del Niño; así como realizar varias reformas del Código Civil en materia de patria potestad y derechos conyugales.

Todos estos logros tienen lugar tras la segunda ola del feminismo en Venezuela, en donde las mujeres ya habiendo alcanzado el derecho al sufragio, amplían la discusión y empiezan a centrarse en el ámbito sociocultural, entendiendo que la opresión de las mujeres no venía solo de las leyes formales (o la falta de éstas), sino que también se sostenía en las estructuras sociales, en lo cultural, en la vida privada, dando lugar a la frase “lo personal es político”. 

Lilia Arvelo

Otro punto relevante del camino de Lilia Arvelo, y que nos da luces en nuestro quehacer actual para la transición a la democracia, fue su experiencia dentro del Congreso, generando alianzas con mujeres de otros partidos políticos. Lilia entendió la importancia del encuentro y el diálogo, por encima de las diferencias, en beneficio de las mujeres. Ella misma ha comentado en distintas entrevistas cómo fue criticada por esto, sin embargo, hoy es un referente para quienes creemos en la democracia y en la posibilidad de construir espacios en donde las diferencias ideológicas ayuden a sumar y no a dividir. 

Lilia también ha mencionado la importancia de hablar de estos temas desde muy temprano en las escuelas, explicando que esta es la verdadera lucha: enseñar a las niñas que su única aspiración no tiene por qué ser la maternidad, ni las tareas del cuidado, sino que también pueden aprender a ser líderes y a aspirar al poder. 

Así mismo, María Cristina Parra, jurista, investigadora, docente universitaria y defensora de derechos humanos, ha sido una de las principales arquitectas de la legislación con perspectiva de género en nuestro país. Uno de sus grandes logros ha sido la Ley sobre la Violencia contra la Mujer y la Familia, sancionada en 1998, siendo ésta la primera herramienta legal en nuestra historia, que permitió ponerle nombre, tipificar y sancionar la violencia hacia las mujeres, dentro del hogar. No es de extrañarnos que esta ley llevara el apellido “y la familia”, ya que para entonces seguía muy arraigada la idea de que los temas relacionados a la mujer, eran domésticos, tenían que estar ligados siempre a la familia tradicional, al cuidado, a los hijos y el marido. Sin embargo, en el año 2007 participó también de forma activa en las mesas técnicas para la redacción de la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia.

Este es un gran logro, ya que se tipificaron 19 tipos de violencia hacia la mujer y se crearon tribunales especializados de género. Esto contribuyó de alguna manera a romper con esa idea de la mujer que solo puede existir dentro del seno familiar y nos permitió avanzar hacia un marco legal enmarcado en los derechos humanos con una verdadera perspectiva de género, adoptando la Convención de Belém do Pará, de la cual también formó parte María Cristina. 

La experiencia trabajando como abogada en oficinas de asistencia jurídica, apoyando a mujeres en situación de vulnerabilidad en sectores populares de Caracas, sin duda le permitió la posibilidad de brindar una visión integral y realista en las discusiones para redactar estas leyes. Además de esto, María Cristina se ha destacado como docente y ha formado a jueces, fiscales y cuerpos policiales en materia de violencia basada en género. 

Esta sin duda es también una enseñanza para quienes hoy nos definimos como activistas feministas y defensoras de derechos humanos. Es fundamental el trabajo en las comunidades, la articulación entre distintos sectores. No es quedarnos solo con la teoría, es compartirla, es hacerla letra viva en los espacios que pueden generar un cambio real para las mujeres. El contexto en el que vivimos, sigue siendo altamente violento para las mujeres y si nuestros derechos, nuestra seguridad, no están garantizados, de qué manera podría entonces construirse una democracia sostenible en Venezuela. 

María Cristina Parra

La violencia en todas sus formas, es uno de los grandes obstáculos para que las mujeres nos podamos desarrollar en los espacios de decisión, para que podamos acceder al poder, que podamos ser parte de las discusiones relevantes de la actualidad. Es imposible hablar de democracia, si no existen las condiciones para que las mujeres seamos parte del debate y de la construcción de la misma. ¿Cómo podría haber una transición real a la democracia si nosotras no podemos ser parte de ella? 

Al examinar también nuestra actualidad, es imprescindible mencionar a Mildred Camero: abogada, exjueza penal y especialista en el combate a la corrupción y el crimen organizado. Reconocida por su independencia de criterio, su ética intachable y su firme defensa de la institucionalidad, siendo un referente en torno al arbitraje y organización ciudadana.

Mildred estuvo al frente de la Comisión Nacional de Primaria entre 2022 y 2023, liderando la construcción de las condiciones técnicas y garantistas para defender el ejercicio democrático en el que la ciudadanía se dispuso a elegir la candidatura unitaria de cara a los comicios presidenciales. Esta experiencia autogestionada no solo demostró el profundo civismo de los venezolanos y la centralidad de la vía electoral en nuestra cultura política, sino también la viabilidad de crear institucionalidad transparente desde la sociedad civil.

Su valentía y determinación, en un contexto de alta tensión y asedio institucional, nos muestran el rol activo de las mujeres en la reconstrucción y defensa de la democracia, una participación que de ninguna manera es pasiva, pero sí pacífica, con la intención real de construir puentes en medio de las diferencias entre diversos sectores políticos y sociales, fomentando siempre el bien común y la participación ciudadana. 

Así como Carmen de Grijalva, quien también desempeñó un papel fundamental en la Comisión Nacional de Primaria. Diplomática de carrera, experta en relaciones internacionales, negociación y mediación política, ha sido una voz clave en torno a los derechos políticos de la diáspora venezolana. Bajo su liderazgo durante el proceso de la elección primaria de la oposición, se permitió el registro y la habilitación del voto de casi 400.000 venezolanos en el exterior, asumiendo la conducción de un proceso de legitimación política en un contexto adverso.

Carmen Grijalva

Estas dos mujeres, Mildred Camero y Carmen de Grijalva, son un ejemplo destacable de cómo el liderazgo femenino ha sostenido los cimientos de la democracia en los momentos más críticos del país. En contextos de severa polarización y desconfianza institucional, cuando las reglas del juego se desdibujan, son ellas, a través de la experiencia, el profesionalismo y la determinación, que restablecen de alguna manera la certeza, generan confianza y hacen viable cualquier proceso de concertación ciudadana.

Si algo nos queda como reflexión del camino recorrido por estas mujeres, es que la democracia no es y no puede ser asunto solo de algunos. Si las mujeres no somos parte de las discusiones fundamentales, si no estamos en los espacios de toma de decisión, entonces eso no es democracia. La transición de la que tanto  hablamos y que tanto intentamos que tenga lugar, empieza aquí: asegurando que las mujeres podamos ocupar los espacios que nos corresponden. 

Para que se dé una transición a la democracia, las mujeres debemos encontrarnos, por encima incluso de nuestras diferencias, unir fuerzas, conocer las iniciativas de otras mujeres y sumar esfuerzos. No caer en las lógicas patriarcales que nos quieren divididas y desarticuladas, dejar de lado las obediencias partidistas que se superponen frente a nuestras necesidades reales, que al final del día son las mismas y que nos deben agrupar frente a un objetivo común: la construcción de una democracia real, que se parezca a nosotras, que responda a nuestras demandas  y nos permita alcanzar los derechos de los que hoy no gozamos. 

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Hilda Carrera: “¿Qué tendría que ocurrir para cerrar las heridas de la dictadura?”

La infancia y adolescencia de Hilda Carrera Gamonal estuvieron marcadas por la dictadura chilena encabezada por Augusto Pinochet, que terminó cuando ella cumplió 26 años. Creció en una familia de izquierda, en un país donde la política atravesaba la vida cotidiana con miedo, vigilancia y silencio. “La dictadura fue un golpe fuerte y todavía es un tema que me sigue conmoviendo”, dice. “No me deja de impresionar los niveles de crueldad a los que se llegó”. Para ella, las huellas de ese período siguen presentes: no solo en la política y la economía, sino también en la forma en que la violencia transformó la vida social, los espacios comunes y la cultura.

Quizás por eso su trayectoria se mueve entre distintas formas de intervención. Carrera enseña en una escuela de trabajo social, pero también escribe narrativa y poesía. Cultiva, además, la décima, una forma tradicional de poesía popular muy ligada a la protesta, que utiliza como herramienta más inmediata para reaccionar ante las injusticias y denunciar lo que ocurre.

La música es otro de sus territorios. Integra La Siembra, una colectiva de mujeres cuequeras que busca resignificar la cueca desde una mirada feminista. “Como todo baile tradicional que viene desde la colonia, es bien machista”, explica. En su colectivo escriben letras que hablan de las experiencias y luchas de las mujeres, que luego interpretan con canto gritado, una técnica pensada para espacios sin amplificación profesional y muy común en marchas y actos políticos.

Forma parte de la colectiva Bordadoras en Resistencia, donde el arte textil funge como un gesto político compartido. Allí producen lienzos colectivos a partir de un tema común, que cada integrante interpreta con su propio bordado. “Lo que más importa es el mensaje”, dice. Este 8 de marzo, por ejemplo, homenajearon a escritoras chilenas; en años anteriores bordaron sobre activistas ambientales y sobre mujeres que luchan por la causa Palestina.

En el marco del repentino cambio de gobierno en Venezuela, Redsonadoras quiso mirar a nuestra región y preguntarse qué han vivido otras mujeres feministas tras la caída de sus dictaduras. ¿Qué ocurre después del momento en que un régimen autoritario termina? ¿Cómo se reconstruye la vida política, social y personal después de años de represión, restricciones, violencia estatal y criminalización de la diversidad de pensamiento?

En el caso de Chile, la transición comenzó en 1988, cuando el plebiscito convocado por la dictadura de Augusto Pinochet terminó con la victoria del “No”, abriendo el camino hacia el fin del régimen militar y el inicio de un proceso de transición a la democracia que cambiaría al país. La dictadura de Augusto Pinochet en Chile terminó oficialmente el 11 de marzo de 1990, cuando Pinochet entregó el poder al presidente democráticamente electo Patricio Aylwin.

Hilda Carrera responde algunas preguntas desde Santiago de Chile, donde la noticia de la captura de Nicolás Maduro circula entre una ciudad atravesada por la diáspora: casi medio millón de venezolanas y venezolanos viven hoy en Chile, la mayoría como migrantes o refugiades. En ese contexto, la nueva cercanía del intervencionismo estadounidense también reactiva en Chile memorias incómodas. 

Para quienes viven y vivieron la dictadura, la conversación inevitablemente oscila entre el presente y el pasado. 

¿Cómo se empezó a hablar de transición en Chile? ¿Cómo era la conversación en torno a las necesidades del momento?

Las primeras manifestaciones contra la dictadura, si uno las mira ahora, pueden parecer incluso un poco ridículas por lo pequeñas que eran. Había prohibición de reuniones, así que organizábamos marchas con grupos muy chiquititos. Tratábamos de mantenerlas y rápidamente llegaba la represión. Había detenciones, persecución. Pero seguíamos. Era la lógica de la resistencia.

Yo diría que 1983 marca un punto de inflexión en términos de masividad. Empezaron a hacerse convocatorias más amplias, incluyendo paros nacionales. Recuerdo que para el Primero de Mayo hubo actos mucho más grandes: por primera vez se sentía esa experiencia de vernos entre muchas personas que pensaban lo mismo. 

También hubo las llamadas “marchas del hambre”, porque el país estaba atravesando una crisis económica muy fuerte. Todo ese proceso de movilización social es el que finalmente nos lleva al momento en que comienzan las negociaciones entre los partidos.

El foco inicial estaba muy puesto en la recuperación de una democracia formal, más burocrática y de la economía. Hay cuestiones que aparecieron mucho más tarde en la conversación pública, que en ese momento prácticamente no se consideraron, como el feminismo. Aunque incluso en la dictadura ya existía un eslogan muy potente: “democracia en el país y en la casa”. 

También hubo un movimiento muy fuerte de víctimas y familiares de víctimas que exigían verdad, justicia y reparación para los desaparecidos y ejecutados políticos. Al principio parecía que la preocupación pública estaba centrada solo en quienes habían muerto. Con el tiempo empezó a entrar también el tema de la tortura en la conversación, y eso llevó a discutir la recuperación de espacios y sitios de memoria.

La transición chilena tuvo a Pinochet como comandante en jefe del Ejército y luego como senador vitalicio. ¿Cómo se construyen nuevas estructuras de democracia nacional cuando el verdugo sigue presente en el aparato del Estado?

El primer presidente del retorno a la democracia, Patricio Aylwin, había participado en las discusiones políticas previas al golpe y era conocido por su posición antiallendista. Muchos de esos sectores negociaron pensando que el golpe iba a ocurrir y que después ellos volverían al poder.

Por eso, cuando comenzó la transición con su gobierno, la permanencia de Pinochet en cargos de poder no fue realmente una sorpresa.

¿Hubo un proceso de desmovilización social tras el triunfo del No? Me pregunto si al llegar la democracia, el enemigo contra el cual escribir o denunciar o protestar ya no estaba tan claramente definido.

Creo que eso pasa mucho. Cuando el enemigo es la institucionalidad de una dictadura, es muy fácil identificarlo. Pero cuando la institucionalidad democrática empieza a funcionar, todo se vuelve más difuso. Las personas que luchaban contra la dictadura pasan a formar parte del gobierno, y entonces empiezan a hacer cosas que quizás no nos parecen bien. Ahí se pierde un poco el foco: ¿a quién le reclamamos? ¿Qué puerta golpeamos? ¿Cómo procedemos?

En Chile no fue un cambio de blanco a negro, sino una zona intermedia de pactos. ¿Cómo se recibió y contó la ambigüedad de la transición?

Estábamos tan heridas que la transición se narra con optimismo. Queríamos creer que podía resultar. Pese a tener a Pinochet todavía en cargos de poder, había señales que nos hacían pensar que había un quiebre en un sistema de poder bastante terrorífico. Sin duda, hubo un cambio.

Hubo un primer gesto importante: la creación de la Comisión Rettig de Verdad y Justicia, que pidió a un grupo de expertos cuantificar a los desaparecidos y víctimas de la dictadura. Cuando llegó el informe, el presidente lloró públicamente y pidió perdón al pueblo chileno. Ese gesto de reconocimiento entregó un grado de optimismo: lo que habíamos estado gritando y denunciando durante años ahora era oficialmente reconocido por la institucionalidad.

¿En qué momento el miedo dejó de ser un lenguaje cotidiano?

La campaña del “No” hizo que el miedo empezara a perder fuerza. Fue exitosa en eso: nos ayudó a recuperar la sensación de que era posible expresarse. Si ellos aparecían en la televisión diciendo “No”, uno sentía que también podía salir a la calle y decir que las cosas estaban mal. Hay mucho análisis sobre si fue una buena campaña política o no, pero yo creo que, sobre todo, nos ayudó a perder el miedo.

El miedo tardó en desaparecer como cotidianidad, y al mismo tiempo todavía persiste en algunos ámbitos. Chile se convirtió en un país medio silencioso. Incluso en lo simbólico se nota: si miras las fotos de los años 70, hay mucho color en la ropa, en los edificios, en las imágenes; después de la dictadura, los colores se apagan, y esa paleta apagada se ha mantenido hasta hoy.

¿Cómo se vivió la transición desde la perspectiva de las mujeres, considerando que leyes fundamentales como el divorcio o la despenalización del aborto tardaron décadas en aprobarse en Chile?

Yo creo que el feminismo tardó mucho en aparecer con fuerza dentro de la institucionalidad. El Servicio Nacional de la Mujer (SERNAM) tenía muy pocos recursos y muy poca capacidad territorial, así que al final terminó siendo una institución muy alejada de la realidad de muchas mujeres. Era un espacio bastante de élite, que no necesariamente recogía las reivindicaciones de las mujeres trabajadoras.

Pero si uno mira lo que pasaba en la dictadura, las mujeres ya estaban organizándose de forma masiva. Por ejemplo, las ollas comunes: miles de mujeres que se organizaban en los barrios para alimentar a sus hijos y a toda la comunidad. Había ollas comunes en prácticamente todos los territorios.

Sin embargo, esas mujeres no fueron consideradas en las mesas de trabajo ni en las grandes conversaciones de la transición. Y creo que eso revela un problema que sigue siendo muy fuerte: tenemos una mirada muy clasista. Tenemos buenas teorías sobre cómo deberían hacerse las cosas, pero las mujeres que organizaban las ollas comunes, las que lideraban juntas de vecinos, las buscadoras de familiares desaparecidos, los grupos de allegadas, las organizaciones de pobladoras por la vivienda… muchas de esas organizaciones eran de mujeres, y sus voces quedaron bastante acalladas.

¿No había mujeres y disidencias en la mesa durante las negociaciones políticas de la salida de Pinochet?

Había algunas, pero eran pocas y muchas veces su voz no era escuchada. Varias aportaban desde el exilio: regresaban con preparación académica, con una mirada distinta y con feminismos más avanzados y reivindicativos, que empezaban a cuestionar las estructuras de poder existentes. Entre ellas están Gladys Marín, Teresa Valdez, Adriana del Piano, Carolina Tohá o Isabel Allende, quienes desde distintos espacios impulsaban agendas feministas y sociales que antes no se consideraban en las instituciones tradicionales.

¿Cómo y cuándo termina una transición? ¿Hay un inicio, nudo y desenlace?

Me cuesta mucho ver un fin. Creo que hay hitos que marcan un inicio, pero el desenlace… no sé dónde estaría. Me cuesta saber qué necesitaría yo para considerar que esto se cerró. Igual me lo pregunto: es una pregunta recurrente, ¿qué tendría que ocurrir para poder cerrar las heridas de la dictadura? Quizás simplemente hay que entender que las heridas existen y que algunas no van a cicatrizar. Y hoy en día estamos en un gobierno de extrema derecha, democrático, y en cierta forma, seguimos luchando contra esto.

¿Qué lección de resistencia te dejó el Chile de finales de los 80?

Tenemos que rescatar la alegría, los rasgos culturales propios, los colores, el ruido. Hay que rescatar la felicidad pese a todo, crear belleza, que no nos hagan perder nuestra esencia. Si es colorida, démosle colores. Si la esencia es ruidosa, hagamos ruido. Creo que en eso llevamos ventaja las mujeres frente a los hombres: el feminismo nos ha ayudado a mirarnos más, y creo que tenemos más posibilidades de recuperar nuestra esencia. Vemos más claramente a nuestros ancestros y nuestra cultura. 

Siempre, siempre rescatar la felicidad.

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Mujeres en la política venezolana: las pioneras que abrieron el camino

La lucha de las mujeres venezolanas por lograr una representación paritaria en los cargos públicos ha ido teniendo sus conquistas graduales a lo largo de la historia. Un proceso en el que diferentes dirigentes marcaron hitos al ser las primeras en postularse y ganar, lo que ha despejado el camino para muchas otras hasta la actualidad

El rol de las mujeres en la política venezolana parece haber estado siempre tras las sombras. Un ejemplo de esto fue la lucha para democratizar al país a principios del siglo XX. La famosa generación del 28, que contó con varios de los líderes políticos que luego dirigían la nación, tuvo entre sus filas a muchas jóvenes activistas que, al igual que ellos, agitaron las calles y sufrieron la represión del gobierno de Juan Vicente Gómez. Sin embargo, tras la muerte del dictador en 1936, siguieron sin ver materializados los derechos por los que habían luchado, en un país que presumía encaminarse hacia la modernidad.

Fue muy largo el camino para salir de las sombras, y que tuvo su primer faro en el movimiento sufragista que logró, en 1946, que las mujeres tuvieran el mismo derecho al voto y a aspirar a cargos públicos, como ciudadanas plenas. Allí también marcaron su primer hito, con la elección de la Asamblea Constituyente de ese año. De acuerdo con la Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, de 160 diputados, 21 fueron mujeres (13 principales y ocho suplentes). Era la primera vez que las mujeres accedían, por el mismo voto que habían conquistado, a un espacio de representación popular. 

Pero la magia no duró mucho. Para el Congreso de 1948, apenas resultaron electas 4 mujeres: 2 diputadas y 2 senadoras, entre ellas la escritora Mercedes Carvajal de Arocha, mejor conocida como Lucila Palacios. Desde entonces, a pesar de ser el 50,5 % de la población actual de Venezuela de acuerdo con el Banco Mundial, la lucha de las mujeres por tener mayor representación en los espacios políticos venezolanos continúa. Por ejemplo, la Asamblea Nacional electa en 2015 tuvo solo un 19,8 % de diputadas, mientras que la de 2020 cuenta con 33,57 % aún lejano de la realidad demográfica.

Desconocidas

Mujeres en la política venezolana: Lucila Palacios
Mercedes Carvajal de Arocha, conocida como Lucila Palacios. Foto: cortesía

Otro factor que ha marcado el camino de las mujeres en la política venezolana ha sido la falta de registros que den testimonio de sus luchas. Este desconocimiento no solo se ve al momento de buscar información sobre dirigentes políticas destacadas del siglo XX, sino también en el propio discurso actual. 

Si bien durante el gobierno de Hugo Chávez el número de mujeres en cargos públicos aumentó respecto a gobiernos anteriores, no fue por su acción directa. Ha sido el resultado de un proceso gradual y paulatino, el cual ha tenido muchas protagonistas que la historia parece empeñada en enterrar.

Política en femenino

Mujeres en la política venezolana: Dori Parra de Orellana
Dori Parra de Orellana, primera mujer gobernadora en la historia de Venezuela. Foto: cortesía

Incluso para los cargos por designación el camino de las funcionarias públicas fue lento. No fue hasta el gobierno de Raúl Leoni que se nombró en 1968 a Aura Celina Casanova como ministra de Fomento, siendo la primera mujer en la historia del país en formar parte del gabinete ejecutivo. 

Antes de 1989, los gobernadores también eran elegidos por el presidente de la República. En ese periodo solo figuran los casos de Dori Parra de Orellana, designada en 1975 gobernadora del estado Lara (también una de las primeras mujeres diputadas de la República), y Luisa Teresa Pacheco, en 1984, como gobernadora de Táchira. Tras la descentralización, en 1993, Lolita Aniyar de Castro se convirtió en la primera mujer electa gobernadora en Venezuela, en el estado Zulia. 

Ya para principios de los años noventa, la Gran Caracas contaba con una imagen predominantemente femenina. Ya en 1989, Gloria Lizárraga de Capriles se había convertido en la primera alcaldesa de Baruta, y posteriormente, siguieron su ejemplo Irene Sáez en Chacao y Mercedes Hernández de Silva en El Hatillo en 1993. Esto se mantuvo incluso a finales de la década, con el segundo gobierno de Sáez, además del ascenso de la actriz Ivonne Attas en Baruta y de Flora Aranguren en El Hatillo (un hito con la sucesión entre dos mujeres en un municipio).

Aunque esto apuntaba a una Venezuela futura con una mayor representación femenina, todavía era algo muy alejado de la realidad. Una nota de 1997 del diario español El País señala que para ese año, apenas un 6,5 % de los curules del entonces Congreso bicameral eran ocupados por mujeres. Un panorama peor en los consejos legislativos estadales, donde su participación era de 1,4 % y 3,6 % en los concejos municipales. Solo el Poder Judicial cubría la paridad del 50 % de mujeres funcionarias, con Cecilia Sosa a la cabeza de la Corte Suprema de Justicia.

Hacia la presidencia

Mujeres en la política venezolana: las pioneras que abrieron el camino
Campaña presidencial de Irene Sáez. Foto: cortesía

Venezuela ha sido gobernada históricamente por hombres. Incluso en democracia, pasaron muchos años antes de que una mujer pudiera aspirar a la presidencia. En 1988, 30 años después de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, fue cuando Ismenia de Villalba se convirtió en la primera candidata presidencial en la historia del país. 

Durante los años noventa, Rhona Ottolina y Carmen Rodríguez y González también se postularon en las elecciones de 1993, aunque no fue hasta la llegada de Irene Sáez en 1998 que las encuestas por primera vez asomaron la posibilidad de que una mujer llegara al Palacio de Miraflores. No ocurrió así, y en cambio las elecciones fueron ganadas por Hugo Chávez.

Las elecciones presidenciales de 2006 fueron peculiares por su gran número de candidatos. De los 14 aspirantes que llegaron al día de la votación, hubo cuatro mujeres: Venezuela Da Silva, del partido Nuevo Orden Social (NOS); Isbelia León, del movimiento Institución Fuerza y Paz (IFP); Judith Salazar, por Hijos de la Patria (HP); y Carolina Contreras, quien se postuló por iniciativa propia. También estuvo el caso de las candidatas Reina Sequera y María Bolívar, quienes compitieron no en una, sino en dos elecciones consecutivas simultáneamente, en 2012 y 2013.

Ninguna candidata ha logrado hasta la fecha superar el 5 % de votos en unas elecciones presidenciales venezolanas. El mejor desempeño en las urnas lo sigue teniendo Irene Sáez, quien quedó en tercer lugar con un 2,82 % (184.568 votos). Aun así, muy lejos del 70 % que proyectaba en las encuestas al inicio de su campaña. No obstante, con el nuevo protagonismo que han tomado dirigentes como Delcy Rodríguez desde el oficialismo, o María Corina Machado y Delsa Solórzano en la oposición, las condiciones están dadas para que esta situación pueda revertirse en un futuro cercano.

Este artículo, publicado originalmente el 18 de abril de 2024 en El Diario, fue hecho como parte de las Mentorías Editoriales del Semillero Violeta de la Red de Periodistas Venezolanas