Tras las primeras 24 horas del doble terremoto que golpeó al país caribeño, familiares recorren hospitales, refugios y centros de atención en busca de respuestas
La familia de Crescencio Marotta ha recorrido hospitales, refugios y edificios colapsados sin encontrar una respuesta. Su nombre es uno de los casi 500 reportes de personas desaparecidas o incomunicadas registrados tras el terremoto que sacudió Venezuela.
Las primeras 24 horas después del doble terremoto que sacudió Venezuela han estado marcadas por la incertidumbre y una búsqueda contrarreloj de sobrevivientes. Los sismos, de magnitud 7,2 y 7,5, ocurrieron con apenas 39 segundos de diferencia, poco después de las 18.00 (hora local), y se convirtieron en la peor catástrofe sísmica de la historia moderna del país. Las zonas más afectadas fueron La Guaira, Caracas y otras localidades del centro-norte venezolano.
Según el balance oficial ofrecido por el ministro de Salud, Carlos Alvarado, la tragedia deja hasta el momento 235 fallecidos, 4.300 heridos y 157 personas desaparecidas. Y en el boletín pasado se informaron más de 200 personas atrapadas bajo los escombros, 250 edificios destruidos y 2.927 familias sin hogar.
Sin embargo, organizaciones ciudadanas advierten que el número de personas cuyo paradero se desconoce podría ser mayor. El Buscador de personas desaparecidas, localizadas y atendidas tras el terremoto, impulsado por la Red de Periodistas Venezolanas, ha recibido más de 550 reportes de personas desaparecidas o incomunicadas desde el inicio de la emergencia.
“Surge como una respuesta urgente frente a la emergencia. Cuando pasan estas cosas vemos cómo el sistema de salud colapsa, los bomberos trabajan en las peores condiciones y Protección Civil no se da abasto. En un país donde el acceso a la información es cada vez más difícil, contar con información confirmada y oportuna puede ayudar muchísimo a las familias”, explicó Valeria Pedicini, periodista e impulsora de la iniciativa de la Red de Periodistas Venezolanas.
Para el cierre de la nota, se contabilizaron 568 reportes, de los cuales 498 corresponden a desaparecidos o personas sin comunicación, 52 encontrados o contactados con vida y 12 fallecidos. Entre ellos, 478 son adultos, 36 menores de edad y 297 son mujeres.
Mientras continúan las labores de rescate, miles de venezolanos recorren hospitales, refugios temporales y centros de atención en busca de noticias de sus familiares. Otros revisan listados de pacientes o publicaciones en redes sociales, mientras las fallas en los servicios de telefonía e internet dificultan el intercambio de información.
La Guaira, el epicentro de la tragedia
La situación más crítica se vive en La Guaira, la ciudad costera que concentra buena parte de los daños provocados por los terremotos. Allí, decenas de edificios colapsaron y los equipos de rescate continúan buscando a cientos de personas entre los escombros.
Los registros de la Red de Periodistas Venezolanas indican que 506 de los reportes de personas desaparecidas o incomunicadas corresponden a esta zona del país, convertida en el principal foco de las operaciones de búsqueda.
Asimismo, Caracas reportó 44 personas desaparecidas, Tucacas, 2 y 8 no informaron la zona de desaparición.
Entre esos casos estuvo el de Camila Márquez, quien permaneció casi 24 horas sin comunicarse con su familia después del terremoto. Sus allegados difundieron su fotografía en redes sociales hasta que, cerca de las 17.00 (hora local), su hermana Sophia confirmó que había sido localizada con vida.
La incertidumbre continúa para otras familias. Crescencio Marotta y Gladys Ríos permanecen desaparecidos desde el colapso del edificio Solymar, en el sector Los Corales de La Guaira. En ese mismo inmueble también es buscado Sebastián Valencia. Sus familiares, dentro y fuera de Venezuela, mantienen una intensa campaña para difundir sus fotografías y obtener cualquier información sobre su paradero.
“Mis primos y mi hermano están allá tratando de levantar los escombros. En realidad, es la propia comunidad la que está intentando sacar a las personas. Hemos publicado en las redes sociales y también en el portal para desaparecidos”, relató Bárbara Mendoza, sobrina del matrimonio desaparecido.
A medida que pasan las horas, la esperanza de encontrar sobrevivientes convive con la angustia de cientos de familias que siguen sin respuestas. En una emergencia donde las comunicaciones son limitadas y la información circula con dificultad, cada reporte, cada fotografía compartida y cada nombre confirmado representan una posibilidad de reencontrarse.
Tras el devastador doble terremoto de 7.1 y 7.5 ocurrido en Venezuela el 24 de junio de 2026, con epicentro al oeste de Morón, cientos de familias continúan buscando información sobre el paradero de sus seres queridos en los estados más afectados: La Guaira, Caracas, Miranda, Aragua y Carabobo.
Este buscador reúne reportes de personas desaparecidas, localizadas, hospitalizadas y fallecidas, con el objetivo de facilitar el acceso a información actualizada en medio de la emergencia.
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Tu reporte puede ser fundamental para ayudar a una familia a encontrar respuestas en medio de esta emergencia.
Una iniciativa de la Red de Periodistas Venezolanas y Redsonadoras, realizada por Alejandra Otero, Ámbar Maldonado, Andrea Fajardo, Desire Santander, Diana Cid, Eliana Daza, Elisa Orellana, Felipe Torres, Fiorella Agostini, Gladylis Flores, Gretta Gil, Johanna Osorio, Joshua De Freitas, Lauren Franco, Liliana Rivas, Lucrecia Cisneros Rincón, María Angela Arellano, Omarela Depablos, Valeria Pedicini y un generoso grupo de personas voluntarias.
Una vigilia en memoria de las víctimas de transfeminicidio convirtió la Calle del Artista en un espacio de duelo, denuncia y celebración de la vida trans. Entre un viacrucis simbólico, consignas de resistencia y demandas históricas al Estado, activistas insistieron en que la lucha ya no pasa solo por exigir derechos, sino también por construir propuestas para transformar una realidad marcada por la exclusión
La Calle del Artista, en Sabana Grande, ha sido históricamente un punto de referencia para la visibilidad y el encuentro de la comunidad LGBTIQ+ en Caracas. Este sábado, sin embargo, el espacio no se utilizó para la dinámica comercial o nocturna habitual, sino para una jornada de memoria y denuncia.
En medio de la calle se instaló un paraban que rápidamente se cubrió de consignas escritas con tizas azules, rosadas y blancas. Los colores de la bandera trans dejaban saber que allí ningún elemento había sido dejado al azar. La frase principal resumía el tono de la convocatoria: “Por las que están, por las que no están y por las que peligran; yo existo y resisto”.
Alrededor se colgaron fotografías de rostros, nombres y vidas interrumpidas. Según los registros de las organizaciones convocantes, entre 2008 y 2024 se contabilizaron al menos 137 transfeminicidios en Venezuela; una cifra que los activistas denuncian como un subregistro provocado por la falta de estadísticas oficiales y la invisibilización de estos casos dentro de los registros generales de violencia.
Una caja de tizas pasaba de mano en mano. Los mensajes tenían que escribirse, tenían que ocupar espacio, tenían que ser vistos.
Aisha Calami, de 19 años, contemplaba el mural rodeada de sus amigas. Para ella, crecer en Caracas ha significado una búsqueda constante de espacios donde las mujeres trans y otras transfeminidades puedan existir sin miedo. Al observar los nombres y fotografías, el peso del homenaje parecía transformarse en otra cosa.”Venir aquí es darnos cuenta de que no somos una sola, sino que somos muchísimas”, decía.
Para ella, ocupar el espacio público junto a otras personas trans también es una forma de desafiar el aislamiento que muchas veces impone la discriminación. Estar allí, rodeada de cánticos, testimonios y expresiones artísticas, era una manera de honrar a quienes ya no están y, al mismo tiempo, recordar que la lucha continúa.
“Este es el momento y el lugar exacto donde podemos rendirles tributo, tomar fuerza y salir a la calle para decir que nos importa nuestra salud, nuestra integridad física y emocional. Tenemos que seguir con nuestro legado, seguir haciendo historia, seguir haciéndonos notar y que la gente sepa que existimos y resistimos”.
Y sí, al apropiarse del bulevar a plena luz del día, las organizaciones, de nuevo, no solo rescataron la memoria de las víctimas, sino que reclamaron el derecho de una nueva generación a habitar la ciudad de forma segura, transformando una cuadra tradicionalmente asociada al ocio nocturno en un territorio de protesta civil organizada.
Del duelo a la denuncia
Cuando el sol empezó a caer entre los edificios de Sabana Grande, la concentración cambió de forma. La cuadra, históricamente vinculada a bares y espacios frecuentados por la comunidad LGBTIQ+, se convirtió en el escenario de un viacrucis simbólico. Casi cada local, cada tramo de la calle funcionó como una estación distinta. Las estaciones de la procesión estaban custodiadas por banderas trans; cada parada daba espacio para leer en voz alta los nombres de las asesinadas; cada parada honraba su memoria con un minuto de silencio y con una vela encendida.
El trayecto escenificaba las fases de la exclusión en Venezuela, comenzando por el rechazo familiar y escalando hasta la violencia psicológica y física. La última estación se enfocó justamente en la violencia institucional y policial.
Fue precisamente en la última parada donde una de las participantes tomó el micrófono y leyó un texto que reunía buena parte de esas experiencias: “Me despojaron del nombre que elegí, del género que soy, del derecho a existir sin pedir permiso. Caminaba por la calle con mi identidad a cuestas y los funcionarios del Estado me detuvieron. No necesitaron orden judicial. Me llamaron por el nombre que no es mío, me obligaron a mirar una cédula que ya no me representa”.
Aunque la Ley Orgánica de Registro Civil aprobada en 2009 contempla en su artículo 146 la posibilidad de modificar datos vinculados a la identidad de género, el mecanismo administrativo nunca fue reglamentado. Dieciséis años después, las personas trans continúan sin poder adecuar legalmente sus documentos a su identidad.
El informe advierte además que esta omisión no es un hecho aislado. Se suma a la ausencia de legislación específica contra los crímenes de odio por identidad de género, a la falta de protocolos de atención médica integral para personas trans y a la inexistencia de estadísticas oficiales sobre violencia, discriminación, empleo o acceso a servicios públicos para esta población.
Pero la denuncia no fue el único lenguaje de la actividad.
Entre la resistencia y la propuesta
A medida que avanzaba la tarde, los asistentes comenzaron a formar un círculo en medio de la calle. Una corneta sonaba a todo volumen. Los abanicos con los colores de la bandera trans se abrían y cerraban siguiendo el ritmo de la música. Una a una, mujeres trans fueron entrando al centro para bailar mientras el público respondía con aplausos, gestos y consignas que parecían conocidas por todos.
“¡Aquí está la resistencia trans!”, gritaba una de las participantes. “¡Nos matan, nos persiguen, pero ellos no podrán!”, respondía el resto.
La escena traía a la “tarima” elementos de la cultura ballroom, surgida en Nueva York durante la década de 1970 entre personas trans y latinas que buscaban espacios seguros frente al racismo, la transfobia y el rechazo familiar. En Sabana Grande, aquella herencia cultural aparecía tal vez resignificada como celebración, refugio y compenetración colectiva.
Había algo de complicidad en cada movimiento. Quienes observaban parecían conocer perfectamente cuándo responder una consigna y cuándo abrir espacio para que alguien ocupara el centro del círculo. El duelo de las primeras horas daba paso a otra cosa, a una afirmación pública de la existencia trans en una Caracas donde todavía persisten múltiples formas de exclusión.
Cristal, una de las asistentes, considera que la lucha de años ha producido cambios visibles, aunque insuficientes. “Hace falta mucha conciencia, conocimiento y tolerancia por parte de las personas. No es fácil esta vida. Hay que luchar contra muchos pensamientos y prejuicios, pero poco a poco lo vamos logrando”.
A su juicio, la discriminación sigue presente, especialmente cuando se trata de acceder a oportunidades laborales. “La discriminación ha mermado, ha bajado. Todavía falta muchísimo, pero se está tratando de lograr objetivos que vienen de una lucha de años”, afirmó.
Luego, hizo una pausa y aterrizó la conversación en uno de los problemas más concretos. “Es difícil encontrar trabajo. Todavía existe esa dureza. No hay una mentalidad abierta para este tema”.
Su preocupación coincide con advertencias realizadas por Amnistía Internacional, organización que ha señalado que la imposibilidad de adecuar legalmente la identidad afecta directamente el acceso al empleo formal, la igualdad de oportunidades y la estabilidad económica de las personas trans.
Fue precisamente esa mezcla entre demandas pendientes y necesidad de construir nuevos caminos lo que atravesó buena parte de las conversaciones de la noche.
Joseph Soto, integrante del colectivo Transgresores, una iniciativa enfocada en el acompañamiento y visibilización de hombres trans, considera que el movimiento enfrenta hoy un desafío adicional, el de transformar la exigencia de derechos en una discusión más amplia sobre el país que se quiere construir.
“Esto representa una manifestación de que todavía la comunidad organizada existe y de que también existe voluntad para seguir creando espacios, rememorar nuestras luchas y recordar a quienes ya no están”.
Soto reconoce que persisten deudas históricas, entre ellas el cambio legal de nombre y el reconocimiento pleno de derechos. Pero también cree que el debate debe ampliarse.
“Estamos en una relación de demanda. Queremos que nos reconozcan derechos y eso sigue siendo una deuda del Estado venezolano. Pero creo que debemos volver al debate para presentar una propuesta de país y de gobernanza que permita una transformación profunda, no solo desde lo jurídico, sino desde otras formas de pensar que se traduzcan en prácticas sociales”.
Para él, los cambios legales son indispensables, pero insuficientes.
“Esto no se logra solo con una ley. Se logra formando, sensibilizando desde lo comunicacional, desde lo cultural. Como sexogénerodiversidad tenemos que incorporarnos también a espacios políticos de altura”.
Cuando las últimas velas ya comenzaron a consumirse y la música se fue apagando en Sabana Grande, la jornada dejó una idea difícil de ignorar. La lucha ya no consiste únicamente en explicar por qué las personas trans tienen derecho a existir o a ocupar el espacio público, sino que consiste también en construir las condiciones para que algún día la dignidad deje de ser un acto cotidiano de resistencia y pueda convertirse, finalmente, en una realidad garantizada.