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Lexys Rendón: En este momento “el rol de la mujer no está muy claro en la vía práctica” para una transición

Más allá de las figuras dominantes en el tablero político venezolano (María Corina Machado, Delcy Rodríguez y una Dinorah Figuera apoyada por Estados Unidos) el papel de las mujeres no está del todo claro en un proceso de transición que, afirma la directora de Laboratorio de Paz, Lexys Rendón, aún no ha empezado. Sin embargo, dice, cada vez más aumentan las iniciativas de articulación y discusión dentro de grupos de académicas, sindicalistas, activistas de DDHH, periodistas y políticas, para verse integradas como referentes dentro de este escenario

La operación militar estadounidense del 3 de enero abrió una ventana para una transición democrática. Pero la permanencia de la estructura represiva tras la captura de Nicolás Maduro, los propios intereses de la administración de Donald Trump, la necesidad de Delcy Rodríguez y sus aliados de mantenerse en el poder y una oposición que apenas va recuperando su articulación en lo social han ralentizado ese proceso.

Lexys Rendón, socióloga y directora de la ONG Laboratorio de Paz, señala que la confianza es clave para que las personas se incorporen a un proceso que debería terminar en reconciliación social y una redemocratización del país. “La confianza no se decreta, se construye con acciones, compromisos, con avances, con incorporar todas las voces”.

Este año, Laboratorio de Paz ha avanzado en talleres de formación, junto a otras organizaciones, para distintos grupos de mujeres (académicas, sindicalistas, activistas de DDHH, periodistas, políticas) en todo el territorio. “Esperamos que haya realmente un mecanismo de incorporación de las mujeres en la visión, las propuestas y decisiones que se vayan a tomar”.

Sin embargo, en la vía práctica ese rol de la mujer “no está muy claro” en este momento, dice.

“Sabemos que hay una mesa, donde hay una mujer que representa la Asamblea Nacional; que hay un país que en este momento está siendo gobernado por una mujer que asume la Presidencia y que no goza de legitimidad. Tenemos al mismo tiempo a una mujer que puede representar la mayoría legítima que empujaba la posibilidad de un cambio democrático”, expone la activista.

—¿Cuál es el rol que ve para las mujeres en una transición democrática?

—Lo primero es que las mujeres venezolanas que hacen activismo sienten que su rol es absolutamente necesario, protagónico y único. ¿En qué sentido? Si bien no podemos decir que todas las mujeres representan ese gran grupo social que tiene características claras y un sistema basado en derechos humanos que les da unos derechos, deberes y garantías específicas, cada una de ellas tiene un rol donde es fundamental la mirada femenina.

Para el Laboratorio de Paz aún no hay condiciones que nos digan que estamos dentro del marco formal no solamente de lo que se conoce como transición sino en materia de derechos humanos. Estamos, por ahora, avanzando hacia algo que pueda llamarse transición, sin embargo, nuestra apuesta es que se materialice y para eso es requerido que no quede en grupos de poder políticos, económicos o internacionales, sino que la transición tenga como eje transversal la participación amplia del pueblo, en el que incluimos de manera protagónica a la mujer.

—Vemos claramente a figuras femeninas en el tablero post 3 de enero, entre ellas a Delcy Rodríguez…   

—Su liderazgo no se mide a partir de ahora porque sea presidenta interina, su liderazgo era absoluto dentro de la estructura de gobierno: era la ministra de Petróleo, la vicepresidenta de la República y la persona que lideraba algunos organismos de seguridad del Estado. También era una de las personas ligadas al ámbito económico al punto de ser representante del país en el ámbito internacional.

Si había un liderazgo muy grande dentro de la institución del Estado, era Delcy Rodríguez, solo que estaba dentro de un entorno, en una estructura vertical, militarizada por obediencia y representada por hombres. Pero Delcy Rodríguez ha estado siempre.

Ella tiene decisiones, a título personal, de acompañar un proceso que terminó deviniendo en un autoritarismo fuerte, en el desconocimiento de la voluntad popular a través del voto, de persecución política que ha desaparecido gente, que tiene gente presa o torturada. Además ha participado en un proceso que ha significado por razones políticas y económicas en la salida de millones de personas.

Su liderazgo ha sido frontal, quizás no tan verbal o mediático como Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello o Maduro pero sí es una figura fundamental en los últimos años… Estar en un proceso donde representa el país, donde acepta una tutela y toma decisiones en términos económicos, políticos o sociales y no estar respetando la Constitución, es una decisión personal.

—¿La ve como una figura que, a largo plazo, se termine de afianzar en el poder al seguir esa relación ganar-ganar con Estados Unidos?

—Sí. De no haber una transición que entienda lo que demanda la población, por supuesto que se va a atrincherar en el poder bajo esa relación “ganar-ganar”.

Para Rendón, la encargada del Ejecutivo entró en negociaciones con Estados Unidos (EE. UU.) no sólo para permanecer como figura predominante del poder tras la captura de Maduro, sino para bloquear cualquier imposición de otro liderazgo femenino en el futuro próximo.

—Creo que Delcy Rodríguez cuando está hablando de ganar-ganar habla de una estrategia ideológica, política, a la que vienen apostando incluso antes del 2024 y que vimos claramente que, con el desconocimiento a la voluntad popular ese año, empezaron a generar alternativas para ellos mantenerse en el poder ya sea por razones de impunidad, por razones económicas o ideológicas.

Cuando dicen ganar-ganar es porque tienen tiempo y no ven una transición normada bajo las reglas que establece la propia Constitución o de garantías de derechos humanos que los obligarían no solo a hacer una elección presidencial, sino elecciones para la reinstitucionalización del Estado y que los obligaría a aceptar responsabilidades e incluso demostrar en un juicio si son inocentes o culpables, incluyendo juicios por violaciones graves a los derechos humanos. Esa posibilidad hoy no está.

El escenario de EE. UU.

El papel de EE. UU. en la crisis política venezolana ha alcanzado a diversos actores, hasta llegar al control que ahora ejercen sobre la administración de Delcy Rodríguez bajo la amenaza de una nueva intervención militar y arrestos similares al de Maduro. Del lado del espectro opositor, María Corina Machado ubica a la administración Trump como uno de los principales socios financieros en un proceso de reconstrucción democrática.

Pero el Gobierno de Trump no solo dejó su capacidad de interlocución en los extremos. En abril, el subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, Michael Kozak, se reunió con la presidenta de la Asamblea Nacional 2015 (AN 2015), Dinorah Figuera, para discutir las “vías hacia una transición democrática estable, ordenada y consolidada”.

Desde entonces la diputada pasó a ser ratificada no sólo como parte de la “única institución democráticamente electa” en Venezuela, sino que fue apoyada para ser la principal figura en un nuevo diálogo con el chavismo.

—Sobre Dinorah Figuera, ¿la considera una articuladora más de EE. UU.?

—Es una articuladora, aunque no quiero decir que de EE. UU.. Considero que ella, en su buena fe, está participando en un proceso que espera culmine en una transición. Está actuando como le permite su espacio político, pero está clara que esa mesa no va a tener resultados si la gente no pelea porque se tengan.

Pasa además algo grave con Dinorah Figuera: que se está convirtiendo en un abismo de cristal, porque ella no toma las decisiones. La liberación de presos políticos es algo que se decidió posterior a la primera reunión, por ejemplo. Es chévere decir que una mujer está liderando la mesa de transición, que se les involucra, pero EE. UU. ha dicho que reconoce su liderazgo y el de la AN 2015 por un tema transaccional, pero al mismo tiempo desconoce —al reconocerla a ella— una elección que fue ganada por Edmundo González porque María Corina Machado, un liderazgo femenino, le levantó la mano.

Hay que determinar con las acciones y los resultados hasta donde su figura no es un abismo de cristal, donde se utiliza a la mujer para que legitime decisiones que están siendo tomadas en otros espacios decisorios aparte de la mesa de diálogo, y además para que deslegitime la desaparición y la destrucción del único liderazgo mayoritario que tiene el país y que puede garantizar la movilidad social, y no una pacificación, para una transición sin impunidad representando por María Corina Machado.

—¿EE. UU. está minando la capacidad de acción de María Corina Machado?

Está minándola con acuerdo de Delcy Rodríguez, con acuerdo de los grupos de poder. Parte de ellos están hoy vinculados al proceso denominado de reconciliación y paz, a la Defensoría del Pueblo y otros sectores, pero estos son grupos minoritarios y quedó demostrado en las elecciones de 2024.

Todos están confabulados en desaparecer el liderazgo de María Corina Machado… El problema de fondo es que Venezuela —a diferencia de Cuba o Nicaragua que ya se habían desecho de eso a punta de persecución política y migración forzada— tenía un líder opositor con capacidad de congregar a las masas, legitimidad y capacidad de movilización para visibilizar que la gente quiere democracia y quiere salir de un autoritarismo con una forma autónoma de transición. Eso es lo que están matando porque cuando le quitas al país este tipo de liderazgo bajo un autoritarismo, le quitas vías democráticas para su transición y al mismo tiempo le das continuidad a ese escenario autoritario porque no tienes a nadie que aglutine el fervor de cambio, de democracia.

Eso simbólico que se ganó María Corina Machado es lo que están destruyendo. Además es inaceptable que EE. UU. diga que no puede garantizar su seguridad. Si somos un tutelaje se supone que quienes tienen el poder de control son los Estados Unidos. Entonces no es posible que una premio Nobel, que reúne un liderazgo mayoritario y legítimo, no pueda entrar al país.

—María Corina Machado tiene un poder articulador, ¿pero cómo ve que se está dando en las comunidades? ¿Hay indicios de mayor movilización?

Depende del sector, depende de la zona del país y creo que los terremotos también influyeron mucho en el ánimo que se venía sintiendo. Previo a los terremotos en Táchira, Yaracuy, Barquisimeto, Zulia, Caracas, el ánimo era reorganizarse en torno a la exigencia de elecciones, movilizarse por la posibilidad de regreso de María Corina Machado, es decir, la organización social estaba sintiendo que la represión estaba disminuyendo.

Como estaba disminuyendo y se estaban abriendo algunos espacios para la manifestación, para introducir documentos, para hacer visible algunos temas, había un renacimiento organizativo con base en la confianza de grupos que se habían organizado para el 2024, y que tuvieron que salir huyendo o sufrieron persecución y prisión. Estoy hablando de sectores femeninos, de mujeres activas con todo el ánimo de pedir que la transición las incorpore.

Luego de los terremotos, el ánimo se vino un poco abajo pero en este momento el desagrado con los Rodríguez sigue siendo muy alto. Por otro lado, creo que hay grupos que están empezando a reorganizarse para tratar de incidir de manera mucho más amplia en lo que se está determinando como una transición que no pareciera ya una transición, sino un acuerdo de estabilidad con EE. UU., con pensamiento transaccional y que está incluso violentando de manera muy severa, no solamente la Constitución, no solamente la soberanía, sino además está teniendo fracturas importantes dentro de quienes habían sido la base del chavismo o del madurismo por razones ideológicas.

—Desde el lado del chavismo, ¿les está importando mantener esa articulación con sus bases o persisten en su supervivencia sin importar la crítica interna?

Van a seguir tratando de mantener el control a través de los mecanismos que vienen implementando de colectivos o del control social en lo micro. Eso no ha cesado. Les funcionó antes, les funcionó en el 2024 y les puede funcionar frente a un recambio de lo que está sucediendo ahora.

Creo que siguen con la idea de mantener sus bases, ya sea porque les caiga un chorro de dinero y puedan con eso movilizar beneficios sociales, movilizar cambios en lo concreto en las comunidades y sacar rédito de eso, pero también les conviene tener control en sus bases por la posibilidad de poner en riesgo el poder.

Si EE. UU. se va, cuestión que ya ha hecho en Afganistán y otros países, obviamente requieren el control de grupos que les sean afines, fieles, obedientes y que puedan servir en los términos en que han servido hasta ahora: control social, vigilancia y todo lo vimos desatado en 2024.

Además, si el chavismo llega a tener la posibilidad de permanecer mayor tiempo y recibir dinero, en caso de ir a unas elecciones pues van a querer permanecer en las cuotas de poder. Eso significa tener que mantener sus bases y agrandarlas incluso. Entonces políticamente, estratégicamente, ideológicamente, necesitan mantener a los que están y sumar aunque no creo que logren sumar debido al rechazo social que tienen.

—Bajo este escenario, ¿hay espacio para que las mujeres puedan liderar efectivamente o llevar sus demandas sobre la transición? ¿Qué retos tienen los grupos organizados de mujeres para lograrlo?

Creo, y lo constaté en los talleres, en el recorrido por el país, en la relación con las organizaciones humanitarias y la gente, que la mujer está convencida de su rol y participación. El proceso social de movilización que se dio para las elecciones, con todo lo adversa que se sabía, fue liderado en su gran mayoría por mujeres. Eso está renaciendo, reacomodándose.

Pero los abismos de cristal, ya sea por persecución, el propio autoritarismo y represión, hacen que la mujer tome un rol de mayor liderazgo, pero casi siempre es simbólico. Son los hombres los que siguen tomando decisiones mientras ellas aparecen en la palestra. Esto ocurría con el gobierno y algunos partidos.

Eso ha sido, afortunadamente, una toma de conciencia por parte de mujeres que han tenido que asumir unos liderazgos que sabían que les correspondían, que ganaron por mérito, pero que les cedieron porque los hombres estaban perseguidos o no estaban. Ellas ahora han asumido la responsabilidad de un liderazgo de base para la movilización y la organización por la democracia. Lo vimos en el 2024, con la persecución que incorporó a una gran cantidad de mujeres activistas y lo vemos ahora: son las mujeres las que están volviendo al país, las que se están incorporando en la discusión política y social.

En el activismo de base son las mujeres las que se están arriesgando en las comunidades, a pesar de la persecución, a empezar a movilizar de nuevo a vecinos, de empezar a hacer cosas. Lo vimos incluso en los terremotos, las iniciativas estaban compuesta un 80 % por mujeres.

Cuando no se permite que nosotras, que todo ese grupo de mujeres organizadas en cada rincón del país participe, diga la transición que quiere y esté en la calle movilizada, es una nueva forma de violencia contra la acción política y democrática.

Creo que en este momento sí hay oportunidades. Somos las mujeres organizadas en cada uno de sus espacios las que pueden reconstruir la confianza para avanzar en una transición, donde haya acciones y pasos contundentes de que estamos avanzando en procesos de elección, de libertad fundamental, en procesos de justicia, donde las víctimas tengan realmente espacios para que no haya impunidad.

Pero en estos momentos estamos estancados. Un proceso que inició con mucha fuerza luego del 3 de enero, a partir del mes de julio se ha ralentizado y hay que dinamizar esto. Ese dinamismo, ese compromiso va a surgir a través de los grupos organizados de liderazgo femenino. Y si viene María Corina, creo que es más todavía.

Portada ULA

En la ULA, son las estudiantes quienes están poniendo la violencia de género en la agenda

Activistas e investigadoras en materia de violencia basada en género temen que fenómenos sociales como este continúen siendo relegados aún en una posible transición. Coinciden en que un campo de batalla clave es el comunicacional, por lo que hacen propuestas para combatir la violencia contra las mujeres desde espacios aadémicos como la ULA y desde los medios de comunicación

“He presenciado cómo, al tocar temas de acoso en la facultad, algunos representantes profesorales justifican al agresor y minimizan el testimonio de la denunciante”, cuenta Diomary Escalante, estudiante de Comunicación Social y representante estudiantil ante el Consejo de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Los Andes (ULA), en Mérida. La frase no describe un hecho aislado, sino una resistencia cultural e institucional que, según cuenta, sigue viva dentro del campus cada vez que se denuncia acoso o violencia.

La situación genera una indignación en parte de la comunidad estudiantil, y en este sentido los liderazgos estudiantiles han discutido sobre la necesidad de una formación obligatoria en perspectiva de género y derechos humanos en todos los ámbitos universitarios, para que la ULA sea, de verdad, un espacio seguro para estudiantes, profesoras y trabajadoras.

Un patrón que se repite fuera del campus

Lo que ocurre en los pasillos de la ULA no está desconectado del país. Mientras la opinión pública se concentra en la reorganización institucional de Venezuela, la violencia basada en género (VBG) queda al margen de la agenda nacional. La escasa formación en la materia y la ausencia de cifras oficiales le abren paso, además, a la desinformación.

El informe Venezuela después del 3 de enero: tres miradas para pensar lo público, de la Fundación Botín, advierte que una posible fase de transición obliga a repensar las prioridades del Estado y la reconstrucción del tejido democrático. Para la criminóloga y activista de derechos humanos Antonella Guerrero, la VBG es uno de los fenómenos que ya venía relegado por la crisis humanitaria y que corre el riesgo de seguir postergándose bajo la lógica de atender “lo urgente” sobre “lo importante”. El debate público, dice, suele polarizarse entre gobernabilidad y economía, dejando espacio a discursos de odio, revictimización y sesgos machistas.

Guerrero apunta directamente al tratamiento mediático: las noticias sensacionalistas y el manejo irresponsable de los relatos funcionan como un freno para las víctimas, alimentan el subregistro de casos y refuerzan la percepción de impunidad. A falta de estadísticas oficiales, un dato muy citado es el de la organización Utopix, que registró un femicidio consumado cada 57 horas durante 2025. Contar con cifras precisas, insiste la criminóloga, permitiría diseñar políticas públicas reales de prevención e intervención. Reclama además que la sensibilización en perspectiva de género deje de ser optativa en la formación de las y los comunicadores sociales.

El liderazgo estudiantil marca la agenda dentro de la ULA

Es justo ese vacío el que Escalante y sus compañeras buscan llenar desde dentro. Aunque reconoce que la ULA es históricamente un bastión de defensa democrática, la estudiante insiste en que eso no basta: hace falta incorporar materias obligatorias que conecten al estudiantado, de forma crítica, con las realidades más vulnerables de la región andina.

Su propuesta tiene un blanco concreto: el Departamento de Comunicación Social. Considera que este debe asumir un enfoque de derechos humanos riguroso, que forme profesionales capaces de ofrecer información veraz y educativa, y que le dé a la ciudadanía herramientas reales para tomar decisiones. Junto a sus compañeras de clase, ha discutido que las aulas deberían convertirse en laboratorios de verificación de datos, para que las narrativas engañosas externas no terminen dictando la cobertura informativa.

La investigación respalda lo que piden las estudiantes

Lo que Escalante plantea desde el activismo estudiantil coincide, en gran medida, con lo que sostiene la investigación académica. Nilsa Gulfo, periodista e investigadora del Observatorio Venezolano de Violencia con diez años estudiando el fenómeno, considera que la respuesta de la academia no puede limitarse a iniciativas aisladas o coyunturales: instituciones como la ULA primero deben reconocer que la VBG es un problema recurrente dentro de sus propias estructuras, y luego aplicar una reestructuración pedagógica profunda.

Para Gulfo, la perspectiva de género debe ser un eje transversal —en los proyectos de servicio comunitario, en las tesis de grado, en las asignaturas de periodismo—, de modo que el pensum funcione como un espacio de concientización donde se aprenda a identificar tempranamente los factores de riesgo. “Preservar la vida y la dignidad de una mujer es defender los derechos humanos en su dimensión más pura”, resume.

Sobre el ejercicio periodístico regional, es igual de directa: el mayor vicio al informar sobre violencia de género es la falta de investigación y de empatía, lo que deriva en notas superficiales o revictimizantes, tratadas como simples crónicas rojas. “Hace falta preparación en la terminología y en la contextualización para que la narrativa sea de calidad. Muchas veces los medios normalizan el tema y lo tratan únicamente como un suceso”, advierte.

La hoja de ruta de las nuevas comunicadoras

Frente a ese ecosistema mediático de coberturas planas y homogéneas, Escalante ve una oportunidad para su generación: narrar con enfoques más humanos y creativos. “En lugar de repetir las mismas voces, podemos diversificar las fuentes y consultar a mujeres especialistas, madres, amas de casa y lideresas comunitarias para reflejar el impacto diferenciador de la crisis”, plantea. “Tenemos el poder de contar historias que se posicionen en la agenda pública nacional y fortalezcan la democracia desde la región andina”.

Para la joven, ese ejercicio profesional debe sostenerse en alianzas y en sororidad gremial. Propone consolidar redes de trabajo entre estudiantes activas y periodistas egresadas de la ULA, que generen espacios de apoyo, mentoría y oportunidades laborales comprometidas con el rigor y la veracidad.

Mientras el país negocia su transición institucional, es el liderazgo estudiantil de la ULA el que insiste en que esa reconstrucción también se escriba con perspectiva de género, sin esperar a que la agenda nacional le haga espacio.

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Más allá de la próxima comida: El derecho innegable de las niñas a soñar con el futuro

En las comunidades donde la subsistencia diaria es una prueba de resistencia y cuesta ver más allá de lo cotidiano, preguntar a una niña o adolescente qué quiere ser de grande no suele encontrar respuestas como “estudiar una carrera universitaria” o “trabajar en una oficina corporativa”; no cuando la incertidumbre es cuál será la siguiente comida.

La pobreza estructural, la falta de referentes, la desigualdad de género y la inestabilidad socioeconómica actúan como inhibidores de expectativas, que acaban con la imaginación y borran cualquier proyecto de vida a largo plazo. Es el resultado de un sistema que aparta el futuro para enfocarse en el presente más inmediato.

Desde el estado Anzoátegui, sin embargo, una asociación civil trabaja para tratar de rescatar esa “chispa”, para que niñas y adolescentes se convenzan de que tienen derecho a anhelar más, y que tienen la capacidad de lograr lo que se propongan. 

La trampa de la supervivencia: cuando el presente acaba con el mañana

El primer gran obstáculo que frena la proyección de las jóvenes en contextos desfavorables es la urgencia de la subsistencia. Cuando el entorno familiar está marcado por la precariedad material, los recursos emocionales de una niña se enfocan directamente en las carencias básicas. Esto no solo limita el desarrollo práctico, sino que impacta profundamente en su mente.

Así lo explica Sandra Briceño, presidenta de la Fundación ConValores —creada en 2011 bajo el lema educar para al vida— tras la experiencia que han acumulado en los últimos años al trabajar de cerca con niñas y adolescentes de la Casa Hogar San José, ubicada en Barcelona estado Anzoátegui. 

“Cuando una niña o adolescente ha crecido en entornos vulnerables o de desprotección, sus recursos emocionales y cognitivos están enfocados en el día a día. A esto se suma la creencia de que su realidad actual o las historias de su entorno inmediato dictan el techo de su destino”, advierte. 

Briceño agrega que a muchas de ellas les faltan herramientas para manejar sus emociones, “lo que genera un temor profundo al fracaso y la idea de que ‘soñar en grande no es para ellas’. Romper la inmediatez para empezar a mirar el futuro requiere, primero que nada, restaurar la certeza de que son valiosas y merecedoras de oportunidades”.

En el ámbito de la salud esta dinámica se conoce como desesperanza aprendida o pobreza mental. Al respecto, la psicóloga egresada de la Universidad Arturo Michelena, Louisiana Rodríguez, explica que en estos contextos existe “una deficiencia, una desesperanza, esa resignación y sobre todo el creerme poco o mucho por un valor material”. 

Advierte que la escasez material mal gestionada en el núcleo familiar, combinada con la falta de educación emocional, determina la manera en que las y los jóvenes perciben su propio valor y sus posibilidades de desarrollo frente al resto de la sociedad.

Cuidado temprano y roles impuestos: el costo de asumir responsabilidades adultas

A esta realidad se suma que la desigualdad de género se manifiesta de forma temprana en los hogares vulnerables, donde las niñas asumen roles de cuidado y apoyo emocional que corresponden a los adultos. Este cambio de funciones altera drásticamente las etapas del desarrollo. 

Rodríguez detalla que “las responsabilidades de cuidado temprano, y los estilos de crianza en familia donde el hijo es consejero de mamá o la hija acompaña a mamá o papá a que la pasen bien o mal, es el estilo donde el niño aprende a que su valor es por todo lo que le da a los demás. Esto hace que de adulto mida su valor por su capacidad de dar”.

Añade que este patrón de conducta convierte a la niña en un sostén emocional a temprana edad, eliminando su derecho a pasar por las etapas de crecimiento desde la seguridad y el juego. Al volverse adultas, cargan con una incapacidad crónica para poner límites, quedándose en relaciones de abuso o resignándose a situaciones de precariedad afectiva y laboral porque aprendieron tempranamente que “aguantar” es la única vía para recibir afecto.

La ausencia de referentes y el impacto en la identidad

No se puede desear lo que no se conoce. En los barrios y comunidades vulnerables del país, la escasez de profesionales o de modelos de éxito académico limita profundamente la capacidad mental de las adolescentes. Si el entorno cotidiano solo ofrece ejemplos de economía informal o de resolución violenta de conflictos, la educación superior se percibe como algo inalcanzable.

Sobre este vacío de referentes, Sandra Briceño de la Fundación ConValores argumenta que “la ausencia de referentes profesionales cercanos genera una brecha en la imaginación de posibilidades, si en su entorno cotidiano los únicos roles visibles están vinculados a la informalidad, estudiar una carrera o crear un emprendimiento lo pueden ver como innecesario o imposible”. 

Sobre la inestabilidad económica, explica que la urgencia de generar ingresos a corto plazo suele sobrepasar los planes educativos a largo plazo: “Por eso, mostrarles modelos de vida distintos y conectarlas con profesionales que compartan sus historias es clave para que entiendan que ese camino también es posible para ellas”.

La psicóloga Louisiana coincide y destaca que el entorno familiar y comunitario impacta de manera directa en la construcción de la identidad y de las vivencias internas que frenan su desarrollo.

“Cuando vamos creciendo queremos cosas diferentes pero tenemos una voz interna que dice ‘no voy a poder por más que lo quiera hacer’… ¿Quién me enseñó a mí a fracasar antes de intentarlo, dónde aprendí que si no lo hacía excelente, no había hecho nada, dónde aprendí que no era suficiente? Mayormente esos conceptos los vi en mi entorno escolar, comunitario o familiar”, revela.

El costo global de apagar los sueños: datos que exigen un cambio

La falta de expectativas profesionales en las niñas no es un caso aislado o una anécdota local, representa una crisis estructural con repercusiones devastadoras. Organismos internacionales han documentado cómo el abandono educativo de las niñas contribuye a la pobreza global.

A nivel mundial, las estadísticas recopiladas por ONU Mujeres señalan que más de 119 millones de niñas siguen sin asistir a la escuela, enfrentándose a barreras sistémicas que van desde la falta de infraestructura escolar segura hasta la discriminación de género. Los informes globales respaldados por agencias de la ONU recuerdan que la falta de oportunidades educativas para las mujeres representa una pérdida billonaria para las economías mundiales, de hecho, los análisis de desarrollo señalan que “por cada dólar invertido en la educación de una niña, la economía global crece tres”.

Por el contrario, la permanencia en el sistema educativo actúa como el método más eficaz contra la vulnerabilidad. El poder económico de cada año escolar demuestra que un solo año adicional de enseñanza secundaria puede aumentar los futuros ingresos de una niña en la edad adulta en hasta un 20 %. A la vez, existe una relación directa con el matrimonio infantil: por cada año adicional que una niña logra permanecer en la escuela secundaria, la probabilidad de que se case o se una tempranamente en la infancia disminuye en un 6 %. La escuela, por lo tanto, no es solo un espacio para transmitir conocimientos, sino el principal escudo protector del plan de vida femenino.

Reconstruir el futuro: estrategias comunitarias y resiliencia

Frente al panorama de la desesperanza, la intervención institucional enfocada en el afecto, la estructura y el empoderamiento emocional demuestra que es posible encender la chispa de la ambición académica en la infancia vulnerable.

Al respecto, Sandra Briceño detalla cómo en Convalores trabajan desde el afecto, el acompañamiento y “la educación basada en valores e inteligencia emocional. No llegamos con respuestas impuestas, sino a construir puentes. A través de dinámicas de juego, arte, talleres de liderazgo, herramientas pedagógicas y jornadas de atención integral, creamos un espacio seguro donde se sienten escuchadas y respetadas”. 

Su enfoque se concentra en dos pilares esenciales: autoestima y propósito. Les brindamos herramientas de comunicación asertiva y resolución de problemas para que reconozcan sus fortalezas internas. Cuando una niña descubre que su voz importa y que sus talentos tienen valor, empieza de forma natural a proyectar un futuro diferente”.

La especialista Louisiana Rodríguez indica que, para fomentar la resiliencia, el trabajo debe centrarse en el autoconocimiento profundo y en la estructuración de la cotidianidad: “No voy a tener una visión al futuro óptima o saludable para mí si no me conozco… fomentar el autoconocimiento es importante porque la mayoría de los pacientes cuando van al psicólogo ni siquiera conocen cómo son sus crisis… Un adolescente tiene que tener horario, rutina, hacer deporte, actividades donde explote su potencial y  tiene que educarse mucho sobre sí mismo para que se logre ubicar”.

La efectividad de este enfoque se comprueba en el ámbito práctico. Sandra Briceño contó sobre las jornadas en las que han invitado a la Casa Hogar San José a mujeres profesionales y voluntarias para que compartan sus testimonios de vida con las niñas.

“En una de esas actividades, al finalizar las dinámicas, una de las niñas se me acercó y me dijo que antes pensaba que al salir de la Casa Hogar solo podría aspirar a trabajos informales, pero que al escuchar a las ponentes entendió que ella también podía estudiar y ser líder. Ver cómo pasa de la duda a decir con firmeza ‘yo quiero ser profesional’ o ‘yo quiero tener mi propio proyecto’ es la confirmación de que la chispa se encendió. Esos instantes hacen que cada esfuerzo valga la pena”, dice.

Garantizar que las niñas y adolescentes de sectores vulnerables puedan soñar con una profesión no es un acto de caridad, sino una exigencia de justicia social y derechos humanos. 

Romper los patrones de la pobreza estructural y de la desigualdad de género exige eliminar la urgencia de la supervivencia cotidiana mediante redes de apoyo, estabilidad socioeconómica y programas de salud mental y liderazgo. Solo cuando la sociedad sea capaz de ofrecerles entornos seguros, referentes cercanos y la certeza de que su voz importa, el futuro dejará de ser un privilegio inaccesible para convertirse en una realidad conseguida.

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Ninguna conquista es un regalo: las mujeres que sostienen la democracia venezolana

Las mujeres nunca hemos sido meras espectadoras frente a la democracia, por el contrario, hemos sido sus arquitectas y hacedoras. Un ejemplo claro lo encontramos en nuestra propia historia nacional. Al revisar el devenir de Venezuela, se repite con frecuencia que el partido político Acción Democrática otorgó el voto universal, como si este pudiera ser un regalo, dejando fuera del relato oficial la lucha de tantas mujeres organizadas en todo el país que no bajaron los brazos un solo segundo hasta conquistar el derecho al sufragio.

Si algo nos enseña ese capítulo de nuestra historia, es que la construcción y sostenibilidad de la democracia en Venezuela requiere, de manera innegociable, la ocupación y defensa de los espacios de toma de decisión por parte de las mujeres. Con nuestro trabajo, intelecto, y nuestras formas de articulación y de exigencia ciudadana, hemos alcanzado cada uno de los derechos que hoy nos respaldan. Ninguna conquista nos ha sido regalada. Entender esto es clave para comprender que los espacios y derechos que aún nos faltan tampoco serán una concesión: dependen de nosotras, de nuestra capacidad de organizarnos y de seguir construyendo los consensos que el país necesita.

Es así como se hace necesario mencionar a las mujeres que han estado antes, a quienes han recorrido el camino de la construcción de la democracia aplanándolo a su paso para quienes venimos detrás. Ellas nos sirven como referencia, porque tener referentes no implica solo saber cómo se hicieron las cosas en el pasado, sino que nos permite entender lo que nosotras podemos lograr. Mujeres como Lilia Arvelo, María Cristina Parra, Carmen de Grijalva y Mildred Camero nos dan luces de esto: de cómo la lucha sindical y la articulación ciudadana se convierten en hojas de ruta para la transformación legal y social. La experiencia y trayectoria de cada una de estas mujeres nos pueden llevar a cuestionarnos de qué manera encontrar en sus aportes un método para el diálogo, la concertación y la gobernabilidad inclusiva en el presente. 

En el caso de Lilia Arvelo, una mujer combativa y comprometida con la defensa de los derechos de las mujeres, nos ha demostrado con su trayectoria cómo desde la organización gremial se puede construir una lucha transformadora, cómo desde las bases se puede llegar a los espacios de toma de decisión, y que esto se traduzca en una transformación y progreso real. En 1985 se convirtió en la primera mujer en presidir la Junta Directiva Nacional del Colegio de Profesores de Venezuela. Fue diputada por Caracas en el Congreso Nacional y segunda vicepresidenta del mismo; además presidió la Comisión Bicameral de los Derechos de las Mujeres que tuvo logros tan importantes como: establecer por primera vez una cuota mínima de participación para obligar a los partidos políticos a postular mujeres a cargos de elección popular; tipificar y sancionar por primera vez la violencia doméstica e intrafamiliar en Venezuela; sancionar la Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes, dejando de lado la obsoleta Ley Tutelar de Menores, permitiendo adaptar la legislación nacional a la Convención Internacional de los Derechos del Niño; así como realizar varias reformas del Código Civil en materia de patria potestad y derechos conyugales.

Todos estos logros tienen lugar tras la segunda ola del feminismo en Venezuela, en donde las mujeres ya habiendo alcanzado el derecho al sufragio, amplían la discusión y empiezan a centrarse en el ámbito sociocultural, entendiendo que la opresión de las mujeres no venía solo de las leyes formales (o la falta de éstas), sino que también se sostenía en las estructuras sociales, en lo cultural, en la vida privada, dando lugar a la frase “lo personal es político”. 

Lilia Arvelo

Otro punto relevante del camino de Lilia Arvelo, y que nos da luces en nuestro quehacer actual para la transición a la democracia, fue su experiencia dentro del Congreso, generando alianzas con mujeres de otros partidos políticos. Lilia entendió la importancia del encuentro y el diálogo, por encima de las diferencias, en beneficio de las mujeres. Ella misma ha comentado en distintas entrevistas cómo fue criticada por esto, sin embargo, hoy es un referente para quienes creemos en la democracia y en la posibilidad de construir espacios en donde las diferencias ideológicas ayuden a sumar y no a dividir. 

Lilia también ha mencionado la importancia de hablar de estos temas desde muy temprano en las escuelas, explicando que esta es la verdadera lucha: enseñar a las niñas que su única aspiración no tiene por qué ser la maternidad, ni las tareas del cuidado, sino que también pueden aprender a ser líderes y a aspirar al poder. 

Así mismo, María Cristina Parra, jurista, investigadora, docente universitaria y defensora de derechos humanos, ha sido una de las principales arquitectas de la legislación con perspectiva de género en nuestro país. Uno de sus grandes logros ha sido la Ley sobre la Violencia contra la Mujer y la Familia, sancionada en 1998, siendo ésta la primera herramienta legal en nuestra historia, que permitió ponerle nombre, tipificar y sancionar la violencia hacia las mujeres, dentro del hogar. No es de extrañarnos que esta ley llevara el apellido “y la familia”, ya que para entonces seguía muy arraigada la idea de que los temas relacionados a la mujer, eran domésticos, tenían que estar ligados siempre a la familia tradicional, al cuidado, a los hijos y el marido. Sin embargo, en el año 2007 participó también de forma activa en las mesas técnicas para la redacción de la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia.

Este es un gran logro, ya que se tipificaron 19 tipos de violencia hacia la mujer y se crearon tribunales especializados de género. Esto contribuyó de alguna manera a romper con esa idea de la mujer que solo puede existir dentro del seno familiar y nos permitió avanzar hacia un marco legal enmarcado en los derechos humanos con una verdadera perspectiva de género, adoptando la Convención de Belém do Pará, de la cual también formó parte María Cristina. 

La experiencia trabajando como abogada en oficinas de asistencia jurídica, apoyando a mujeres en situación de vulnerabilidad en sectores populares de Caracas, sin duda le permitió la posibilidad de brindar una visión integral y realista en las discusiones para redactar estas leyes. Además de esto, María Cristina se ha destacado como docente y ha formado a jueces, fiscales y cuerpos policiales en materia de violencia basada en género. 

Esta sin duda es también una enseñanza para quienes hoy nos definimos como activistas feministas y defensoras de derechos humanos. Es fundamental el trabajo en las comunidades, la articulación entre distintos sectores. No es quedarnos solo con la teoría, es compartirla, es hacerla letra viva en los espacios que pueden generar un cambio real para las mujeres. El contexto en el que vivimos, sigue siendo altamente violento para las mujeres y si nuestros derechos, nuestra seguridad, no están garantizados, de qué manera podría entonces construirse una democracia sostenible en Venezuela. 

María Cristina Parra

La violencia en todas sus formas, es uno de los grandes obstáculos para que las mujeres nos podamos desarrollar en los espacios de decisión, para que podamos acceder al poder, que podamos ser parte de las discusiones relevantes de la actualidad. Es imposible hablar de democracia, si no existen las condiciones para que las mujeres seamos parte del debate y de la construcción de la misma. ¿Cómo podría haber una transición real a la democracia si nosotras no podemos ser parte de ella? 

Al examinar también nuestra actualidad, es imprescindible mencionar a Mildred Camero: abogada, exjueza penal y especialista en el combate a la corrupción y el crimen organizado. Reconocida por su independencia de criterio, su ética intachable y su firme defensa de la institucionalidad, siendo un referente en torno al arbitraje y organización ciudadana.

Mildred estuvo al frente de la Comisión Nacional de Primaria entre 2022 y 2023, liderando la construcción de las condiciones técnicas y garantistas para defender el ejercicio democrático en el que la ciudadanía se dispuso a elegir la candidatura unitaria de cara a los comicios presidenciales. Esta experiencia autogestionada no solo demostró el profundo civismo de los venezolanos y la centralidad de la vía electoral en nuestra cultura política, sino también la viabilidad de crear institucionalidad transparente desde la sociedad civil.

Su valentía y determinación, en un contexto de alta tensión y asedio institucional, nos muestran el rol activo de las mujeres en la reconstrucción y defensa de la democracia, una participación que de ninguna manera es pasiva, pero sí pacífica, con la intención real de construir puentes en medio de las diferencias entre diversos sectores políticos y sociales, fomentando siempre el bien común y la participación ciudadana. 

Así como Carmen de Grijalva, quien también desempeñó un papel fundamental en la Comisión Nacional de Primaria. Diplomática de carrera, experta en relaciones internacionales, negociación y mediación política, ha sido una voz clave en torno a los derechos políticos de la diáspora venezolana. Bajo su liderazgo durante el proceso de la elección primaria de la oposición, se permitió el registro y la habilitación del voto de casi 400.000 venezolanos en el exterior, asumiendo la conducción de un proceso de legitimación política en un contexto adverso.

Carmen Grijalva

Estas dos mujeres, Mildred Camero y Carmen de Grijalva, son un ejemplo destacable de cómo el liderazgo femenino ha sostenido los cimientos de la democracia en los momentos más críticos del país. En contextos de severa polarización y desconfianza institucional, cuando las reglas del juego se desdibujan, son ellas, a través de la experiencia, el profesionalismo y la determinación, que restablecen de alguna manera la certeza, generan confianza y hacen viable cualquier proceso de concertación ciudadana.

Si algo nos queda como reflexión del camino recorrido por estas mujeres, es que la democracia no es y no puede ser asunto solo de algunos. Si las mujeres no somos parte de las discusiones fundamentales, si no estamos en los espacios de toma de decisión, entonces eso no es democracia. La transición de la que tanto  hablamos y que tanto intentamos que tenga lugar, empieza aquí: asegurando que las mujeres podamos ocupar los espacios que nos corresponden. 

Para que se dé una transición a la democracia, las mujeres debemos encontrarnos, por encima incluso de nuestras diferencias, unir fuerzas, conocer las iniciativas de otras mujeres y sumar esfuerzos. No caer en las lógicas patriarcales que nos quieren divididas y desarticuladas, dejar de lado las obediencias partidistas que se superponen frente a nuestras necesidades reales, que al final del día son las mismas y que nos deben agrupar frente a un objetivo común: la construcción de una democracia real, que se parezca a nosotras, que responda a nuestras demandas  y nos permita alcanzar los derechos de los que hoy no gozamos. 

Portada MArgaret

Más liderazgos empresariales femeninos son otra tarea pendiente en Venezuela

Los estereotipos de género, la cultura de las empresas familiares y la sobrecarga de cuidados todavía limitan el acceso de las mujeres venezolanas a posiciones de decisión en el sector privado. Sin embargo, experiencias como el aumento de mujeres en cargos gerenciales del mercado de valores y la adopción de políticas de igualdad en empresas muestran prácticas que podrían ser aprovechadas y ampliadas en una eventual transición venezolana

Cinco casas de bolsa venezolanas están presididas hoy por mujeres. Estas profesionales tienen la tarea de atraer inversionistas y mantener rentable sus empresas en un mercado de valores pequeño. Sus cargos financieros son una excepción que comenzó durante la pandemia del Covid y que ahora, en la nueva etapa que vive Venezuela, se convierte en un recordatorio del terreno que le falta ganar al liderazgo empresarial femenino en el país.

“Sería interesante estudiar este caso del mercado de valores, porque no es lo usual. Las áreas financieras suelen considerarse como áreas duras y cosas de hombres, al igual que sucede en tecnología. De hecho, es dificilísimo encontrarse con una gerencia de mujer en cargos de finanzas u operaciones, aunque eso sea disonante con los datos de graduación en las universidades”, explicó Rosa Amelia González, investigadora del Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA).

La mayoría de las altas gerencias corporativas a cargo de mujeres venezolanas, de hecho, suelen encontrarse en áreas vinculadas con seguros, recursos humanos o asuntos públicos. Mientras que en ámbitos de finanzas o tecnología suelen estar dirigidas por hombres. La brecha de género gerencial es amplia en el país, aunque lo importante parece ser reconocerla ahora, para comenzar a trabajar en el cambio.

La excepción de las casas de bolsa

Stephany Suárez asumió las riendas de la casa de bolsa Interbono en el año 2020. En aquel momento, se convirtió en la única presidenta de una casa de bolsa en Venezuela y también en la profesional más joven con un cargo gerencial de primer nivel en el mercado de valores nacional.

“Hoy, en la junta directiva de Interbono, somos cuatro mujeres y dos hombres. Mi línea gerencial son todas mujeres. Este cambio tiene alrededor de cinco años”, relató Suárez.

Ahora el reto lo comparte con otras cuatro líderes de casas de bolsa. María Emperatriz Salazar preside Mercosur, mientras que Denny Ojeda Leal dirige Acciona. Mayra Bastidas está al frente de World Trading. Aunque el caso más llamativo es el de Adriana Goncalves de Gois, quien es la presidenta ejecutiva de Merinvest, una casa de bolsa fundada en 1987 y cuya labor en la colocación de papeles comerciales ocupó el primer lugar del país en 1995.

María Emperatriz Salazar, por ejemplo, se convirtió en la presidenta de la casa de bolsa Mercosur en 2022. Su ascenso fue un reconocimiento a su entendimiento de un mercado nacional con diversos obstáculos durante la década pasada y también a sus 18 años de permanencia en una empresa con bastantes voces femeninas.

“70 % de la fuerza laboral de Mercosur son mujeres. Si miras los departamentos de atención al cliente, finanzas y negocios, contabilidad o administración verás que la mayoría son mujeres. Pero también estamos en las gerencias y la junta directiva. Quizás el único departamento donde son puros hombres es sistemas”, detalló Salazar.

Este panorama no se reduce a un puñado de casas de bolsas. Una encuesta realizada por la Cámara Nacional de Intermediarios del Mercado de Valores con el apoyo técnico de ONU Mujeres también reveló que, a febrero 2026, más de la mitad de los cargos gerenciales (53 %) en este sector son ocupados por mujeres profesionales y que, al menos, una mujer se encuentra en la junta directiva de la mayoría (63 %) de las casas de bolsa venezolanas.

El liderazgo femenino resalta, además, en la Caja Venezolana de Valores, que es la única organización de custodia de las acciones en el país. En cambio, la directiva de la Bolsa de Valores de Caracas está representada en su totalidad por hombres.

Hay pocas explicaciones sobre por qué las mujeres lograron ampliar su presencia en las gerencias del mercado de valores nacional, aunque vale destacar que un sondeo hecho por el IESA en 2019 encontró un elemento diferenciador. “Las empresas nacionales demandaban honestidad y responsabilidad y, en ese sentido, se reconocía que las mujeres eran más centradas y menos corruptibles. Si las empresas tienen esa conciencia, eso puede llegar a ser una ventana para ellas”, apuntó González.

El peso del contexto venezolano

Fuera del mercado de valores o el sector de los seguros donde las mujeres también ocupan un número importante de altas gerencias, la crisis económica tuvo efectos disímiles en el camino a la promoción de un mayor liderazgo empresarial femenino en Venezuela.

Por un lado, el efecto migratorio de los profesionales con edades entre 25 y 45 años abrió las puertas de acceso a las mujeres para obtener más cargos gerenciales en el país. Mientras, la crisis económica empujó a muchas mujeres con formación técnica y universitaria a dedicarse a las tareas de cuidado de niños y adultos mayores.

“Los 10 años más recientes están caracterizados por dos tendencias: una mayor participación de mujeres como dueñas de empresas y una menor participación de las mujeres en la fuerza laboral en general”, advirtió José Luis Saboin en su investigación “La empresa venezolana: situación actual, retos y oportunidades”.

El análisis de Saboin proviene de una encuesta a compañías venezolanas realizada en conjunto entre el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el IESA. Un total de 263 empresas con operaciones en Venezuela contestaron a este sondeo entre finales de 2019 y comienzos de 2020. Si bien sus datos no pueden considerarse representativos, sí revelan factores claves para entender lo que debe cambiar de cara a una transición venezolana que también incluya una mayor participación femenina en el más alto nivel de las gerencias corporativas.

“Algo que me impresionó mucho es que las oficinas de recursos humanos no llevaban los datos desagregados por género, cuando les preguntamos. Si no generas los datos, ¿cómo vas a tener una política? Se ve que hay empresas venezolanas que ni siquiera consideran el género en su mindset corporativo”, detalló González, quien participó en otro sondeo con las compañías venezolanas hecho por el IESA.

Si se siguen las estadísticas de las empresas venezolanas que se sumaron a los Principios de Empoderamiento de las Mujeres (WEPS, por sus siglas en inglés) se descubre también lo difícil del camino por un cambio.

Estos principios globales fueron creados por las Naciones Unidas en 2010, para que las empresas apuesten por la igualdad salarial, la tolerancia cero frente al acoso sexual y las buenas prácticas para el avance de las mujeres a más cargos gerenciales.

Diez años después del trabajo de promoción de la oficina de las Naciones Unidas de Venezuela apenas una empresa había suscrito el acuerdo. El giro empezó a darse tras la pandemia del Covid y así se sumaron la firma de auditoría KPMG Venezuela (2020), Nestlé Venezuela (2021) Coca-Cola Femsa Venezuela (2022) y la Universidad Metropolitana (2023).

El listado completo cuenta con 82 empresas firmantes, tanto nacionales como multinacionales con operaciones en el país, a septiembre de 2026. Se incluye a los bancos Banesco, Banplus, Plaza y Nacional de Crédito (BNC), así como las petroleras Chevron y Repsol. Al igual que Arcos Dorados Venezuela, Pepsico Alimentos, Grupo Zoom, Telefónica Venezuela, Ubii Pagos y Venevisión.

Se sabe de la firma de los WEPS por parte de las empresas en el país, pero es difícil encontrar algún análisis sobre los resultados generados a lo interno de estas corporaciones en los seis años más recientes. Lo único que parece claro es que el contexto venezolano obliga a que se busquen soluciones adicionales a promover eventos de conexión entre profesionales o mentorías para las mujeres.

El impulso de los liderazgos empresariales femeninos debe considerar, además, la caída general de los salarios y la inexistencia de programas de cuidado diario para infantes y adultos mayores. En un país donde las profesionales prefieren quedarse en casa a cuidar a sus hijos y sus familiares mayores, antes que movilizarse por un bajo salario tampoco son posibles más ascensos de mujeres. Eso sin considerar el factor cultural.

“Hay un problema adicional en Venezuela, que es la cantidad de tejido de empresas familiares. Estas empresas tienen sus problemas propios a la visión de la familia y a lo que creen que son tareas de sus hijos varones o de sus hijas hembras a la hora de ocuparse de los negocios”, advirtió la investigadora del IESA.

La promoción de una mayor cantidad de liderazgos empresariales femeninos es un reto complejo, al igual que los otros cambios sociales, económicos o institucionales que requiere el nuevo momento político. La clave es no dejar esta tarea por fuera.

Lisa Henrito (1)

Mujeres en Lara asumen la carga más pesada ante crisis de los servicios públicos

El impacto de las fallas de electricidad, agua y gas doméstico es mayor para las mujeres, en quienes ya recae, de manera desproporcionada, el trabajo doméstico y de cuidado

A las 2:00 de la madrugada, mientras su familia duerme, Alexandra García, de 51 años, atiende las necesidades del hogar. Lava la ropa, limpia un poco la casa y almacena agua en pipotes plásticos que usarán el resto del día, cuando las tuberías esten secas. 

Al terminar, la mujer se recuesta en su cama con la esperanza de descansar un poco antes de volver a levantarse a las 5:00 a.m., preparar algo de comer y salir hacia el consultorio médico donde trabaja como secretaria. Alexandra tiene una hija y también vive con sus padres, que son adultos mayores, por lo que gran parte de las responsabilidades domésticas y de cuidado recaen sobre ella.

Su jornada resume una realidad que se repite en distintos hogares del estado Lara y el resto de Venezuela: las fallas en los servicios públicos alteran significativamente las rutinas de la población, y profundizan la carga del trabajo en casa que recae especialmente sobre las mujeres.

Vidas al servicio de los servicios

Los apagones y la falta de agua obligan a reorganizar los horarios, e incluso a sacrificar el sueño, para hacer actividades tan elementales como cocinar, lavar y limpiar. 

Solo entre el 31 de agosto y el 6 de septiembre de 2026, la asociación Activos por la Luz registró 188 cortes de energía y 52 fluctuaciones (bajones) en 44 sectores del estado Lara, para un total acumulado de 853 horas y 16 minutos sin electricidad en una semana. 

Esta organización ciudadana —que surgió en la entidad tras el megaapagón nacional de 2019 para documentar las fallas eléctricas, exigir información y respuestas— advirtió que los municipios Iribarren y Palavecino reportaron 137 y 41 cortes de luz respectivamente. Algunas comunidades presentaron interrupciones del servicio durante todos los días de esa semana.

A esta situación se suma otra irregularidad. Una encuesta realizada en 2021 por el Laboratorio de Desarrollo Humano (Ladeshu) a 971 hogares larenses arrojó que, para entonces, 94 % de los hogares tenía algún déficit en el acceso al gas doméstico. 

El problema, sin embargo, no afectaba a todos los integrantes de la vivienda por igual. Casi la mitad de los encuestados (49 %) indicó que eran las mujeres quienes cargaban las bombonas desde el lugar de abastecimiento hasta sus casas. El estudio identificó que en la mitad de los hogares consultados, en los nueve municipios de la entidad, la jefatura correspondía a mujeres, quienes debían idear cómo compensar las horas perdidas por la gestión de las fallas en los servicios. 

El Ladeshu —organización fundada en 2014 en Barquisimeto para visibilizar vulneraciones de derechos y acompañar a las comunidades— también documentó otros impactos de las fallas de gas. En el municipio Iribarren, 81 % de las familias entrevistadas utilizaba cocinas eléctricas, alternativa que se vuelve falible en un contexto de cortes de electricidad constantes. Mientras, los que empleaban leña dijeron que presentaron problemas respiratorios y lesiones oftalmológicas. 

Administrar la incertidumbre

En El Coriano 2, al oeste de Barquisimeto, Doris de Pérez, de 60 años, también ajusta su jornada a la disponibilidad de electricidad. Es manicurista y atiende a clientas en sectores cercanos a su residencia. Algunas veces llega a una vivienda y descubre que se fue la luz, por lo que no puede trabajar.

Para Doris, cada apagón puede representar más que retrasar una tarea doméstica. También puede significar perder dinero, disminuir sus ingresos. Si una clienta le cancela la cita porque no tiene electricidad, debe reorganizar su agenda; al regresar a casa encuentra además los oficios acumulados. Doris vive con su hijo y suele preparar su almuerzo durante la mañana porque sabe que en la noche puede no disponer de electricidad para cocinar.

Mientras, en El Recreo, Luz Marina Maggiolo de 66 años vive con su esposo, de 74. Él tiene hipertensión y ella se encarga de atenderlo. Luz Marina padece artrosis y problemas del túnel carpiano. Debe utilizar una muñequera para evitar que su condición empeore, o tendría que someterse a cirugía, sin embargo, no cuenta con los recursos económicos para adquirirla.

Aunque tiene dos hijos, vive únicamente con su esposo y se dedica a los oficios del hogar porque no ha encontrado trabajo. Para ella, las fallas de los servicios se suman a esa carga doméstica y de cuidado que ya ocupa buena parte de su tiempo. Resolver las necesidades de la casa mientras atiende a su esposo significa administrar no solo la electricidad o el agua disponible, sino también sus propias limitaciones físicas.

Del cansancio físico al desgaste emocional

Otro estudio de Activos por la Luz realizado en septiembre de 2020 ya reportaba otras consecuencias de la crisis del sistema eléctrico que suelen pasar desapercibidas: prolongados sentimientos y manifestaciones de ansiedad, angustia, estrés, depresión, ira e incertidumbre. El documento también advertía sobre efectos en niñas, niños y adolescentes, así como jóvenes y adultos mayores.

En 2026, Susana Romero, coordinadora del Programa Psicosocial y Legal de la Asociación Larense de Planificación Familiar (Alaplaf), observa situaciones similares desde el trabajo comunitario. Entre las mujeres expuestas a la crisis de los servicios públicos identifica manifestaciones asociadas con ansiedad, estrés, alteraciones del sueño y depresión.

La relación no debe entenderse como una causalidad automática: los problemas emocionales pueden tener múltiples causas. Pero la incertidumbre permanente, la pérdida de horas de descanso, la sobrecarga doméstica y la dificultad para conciliar las responsabilidades laborales y familiares añaden factores de presión.

Alaplaf —una organización con décadas de trabajo en Lara vinculada históricamente con la salud sexual y reproductiva— ha ampliado parte de su intervención comunitaria hacia la formación, el acompañamiento psicosocial y la creación de redes.

Durante 2025-2026, reportó 2.476 mujeres sensibilizadas en cinco sectores de Iribarren y Palavecino: Portachuelo, Brisas del Parque, Las Cuibas, Colinas del Trompillo y Brisas del Norte.

El programa de formación de promotoras comunitarias busca fortalecer capacidades para identificar necesidades, gestionar emociones, acompañar a otras mujeres, reconocer recursos disponibles y generar respuestas desde las propias comunidades.

Para Romero, esa formación también permite superar una lógica exclusivamente asistencialista. Las mujeres reciben herramientas para analizar la realidad de sus comunidades, identificar problemas y gestionar soluciones con los recursos disponibles.

La apuesta, explica, es que puedan convertirse en canales de negociación y facilitación ante las instituciones. Es decir, que no solamente reciban respuestas, sino que desarrollen capacidades para plantear necesidades y buscar soluciones colectivas.

Redes de apoyo frente a una crisis que se multiplica

Romero considera que la precariedad de servicios como agua y electricidad puede analizarse también desde una perspectiva de violencia estructural, en la medida en que sus consecuencias se acumulan sobre mujeres, niñas y adolescentes encargadas de tareas de cuidado no remuneradas.

La organización ha encontrado que las dificultades no se limitan a las mujeres adultas. Adolescentes desde los 14 años participan en los espacios comunitarios y algunas enfrentan responsabilidades dentro de sus hogares que interfieren con su continuidad educativa.

Ese aspecto amplía la dimensión del problema. Una joven que debe permanecer en casa para cuidar, buscar agua, atender necesidades familiares o resolver tareas domésticas también puede perder horas destinadas al estudio.

En este escenario, las redes de apoyo funcionan como una forma de respuesta comunitaria. No sustituyen los servicios públicos ni resuelven las fallas estructurales, pero pueden reducir el aislamiento y permitir que las mujeres compartan información y herramientas para enfrentar situaciones que individualmente resultan más difíciles.

La crisis de los servicios públicos, medida en horas sin electricidad, días sin agua o meses con dificultades para conseguir gas, tiene así otra dimensión menos visible: el tiempo que las familias deben invertir para compensar las fallas.

Las historias permiten observar que las mujeres son más vulnerables ante la precariedad de los servicios, mientras las organizaciones buscan fortalecer las capacidades de esta población para gestionar emociones, organizarse y construir respuestas colectivas, tejiendo redes que se convierten en una herramienta para enfrentar la cotidianidad.

Cuidado (4)

De Barcelona a Las Magnolias: tres mujeres que impulsan el liderazgo femenino en Anzoátegui

Lisbeth Rojas, Rumelys Rodríguez y Oscarlex Bolívar promueven el liderazgo femenino y la participación comunitaria en sectores populares de Anzoátegui, como una vía para enfrentar la normalización de la crisis venezolana y abrir camino a nuevas voces para el desarrollo nacional

En cada comunidad organizada del estado Anzoátegui, al oriente de Venezuela, hay historias cotidianas de resistencia, empatía y compromiso democrático. Así lo han constatado tres lideresas que, a través de la asociación civil Aprender Haciendo y la Red de Mujeres Constructoras de Paz, han llevado herramientas de formación e impacto social a sectores populares del norte, sur y oeste de la entidad.

El recorrido ha sido impulsado por la licenciada en docencia y psicopedagogía Lisbeth Rojas, directora de Aprender Haciendo, una organización sin fines de lucro que ejecuta programas de carácter social, humanitario y educativo, orientados al desarrollo comunitario y el bienestar de poblaciones en situación de vulnerabilidad. 

El trabajo de Rojas ha sido clave para formar y fortalecer capacidades en las comunidades con el propósito de que las mujeres reconozcan sus derechos y desarrollen su participación social activa, principalmente en las zonas donde hacen vida. 

“Por más de diez años hemos llevado información a las comunidades sobre los derechos de la mujer, violencia de género, participación política y el rol de cada una de ellas en la búsqueda de soluciones para sus comunidades. Realizamos unas cuatro actividades de formación al mes y en cada una de ellas hemos contado con la asistencia de entre 15 y 20 mujeres”, explica.

Además de promover talleres sobre el emprendimiento, su acompañamiento ha guiado a las beneficiarias en la solución directa de sus problemas. Destacan la recuperación de canchas deportivas gestionada por mujeres y hombres de algunas localidades anzoatiguenses como Barrio Razetti de Barcelona, Barrio Obrero en Clarines y Alí Primera en El Tigre.

La directora de Aprender Haciendo destaca que la participación de las mujeres es indispensable para el desarrollo colectivo y recomienda romper con esquemas históricos que limitan su accionar en el país.

Liderazgo femenino

“La mujer debe tener su espacio para la participación y no pensar que su rol principal es atender únicamente sus hogares, pues esa idea le resta el tiempo necesario para involucrarse en las grandes decisiones de su comunidad. No se trata de dejar de atender sus hogares, sino de entender que todo se puede lograr en unión familiar, compartiendo responsabilidades y con una buena organización. Hay que romper con los patrones patriarcales generacionales que han marcado nuestras conductas”, recalca.

A través de la asociación civil, fundada hace 12 años, algunas subcoordinadoras, como Rumelys Rodríguez y Oscarlex Bolívar, han llevado formación a las mujeres de las comunidades indígenas Kariña que hacen vida en los sectores Las Magnolias y Bajo Hondo, ubicados en los municipios Pedro María Freites y Simón Rodríguez de El Tigre, al sur de la entidad.

En estas zonas, afectadas por deficiencias en los servicios públicos como el agua y la electricidad, Rumelys Rodríguez ha visibilizado la fuerza del liderazgo indígena.

“En las comunidades Kariña hemos verificado cómo la participación política y social de las mujeres transforma la realidad. Cuando la mujer indígena reconoce su poder y sus derechos, se pone al frente de las exigencias para lograr agua, luz y dignidad para todo su pueblo. Sus voces son indispensables para reconstruir el tejido social”, sostiene.

Rumelys visita una vez por mes a los habitantes de las comunidades indígenas en la zona sur de la entidad, y revela que lograr la aceptación de las mujeres Kariña no ha sido fácil; sin embargo, han sido los conversatorios sobre violencia de género y derechos constitucionales los que le han permitido ganar la confianza de quienes en ellas habitan.

“En Las Magnolias, por ejemplo, desconocían que se podían dirigir a la alcaldía de Simón Rodríguez y solicitar la instalación de postes de alumbrado público, porque los residentes han limitado sus derechos a su cultura y forma de vivir, lo que les hacía pensar que la única solución para contar con energía eléctrica y alumbrado público era esperar ser tomados en cuenta”, asegura.

La joven activista, quien también es contadora pública, considera que ayudar a la comunidad indígena en el reconocimiento de sus derechos, bajo el enfoque y cultura de paz, ha sido el mayor aporte que ha podido dejar en la zona, donde ha notado como mujeres y hombres se han enfocado en la búsqueda de beneficios para todos, entre ellos; la activación de jornadas para la adquisición de bombonas de gas para quienes lo requieran.

Otro de los objetivos alcanzados por Rumelys en los últimos dos años es lograr el chequeo ginecológico de las mujeres kariña, a través de jornadas médicas que llevan a la localidad.

“Al principio no querían chequearse, pero poco a poco fueron ganando confianza. Incluso se negaban a ser revisadas por ginecólogos hombres y todo eso lo hemos ido trabajando con el fin de que todas puedan recibir atención oportuna”, cuenta. 

Un relevo necesario

Para estas tres activistas, la participación política de la mujer en Venezuela no es solo un derecho, sino un requisito para avanzar hacia la democracia y el crecimiento sostenible nacional.

Frente a la precariedad y la crisis que enfrenta el país, advierten que el mayor riesgo es la resignación, por lo que resulta imprescindible multiplicar el esfuerzo y formar a las nuevas generaciones de relevo que transformaran a la sociedad.

Oscarlex Bolívar es activista política en la zona sur del estado Anzoátegui e integrante de la Red de Mujeres Constructoras de Paz, una alianza entre líderes comunitarias, activistas y periodistas de 16 estados de Venezuela, que tiene como objetivo aportar en el reconocimiento y la visibilización de la desigualdad de género, y también en la sensibilización sobre temas fundamentales relativos a las mujeres.

Destaca que las herramientas facilitadas durante las jornadas de formación comunitarias, sobre el reconocimiento de sus derechos y la participación política de la mujer, han ayudado a visibilizar los avances sociales locales y del país.

“Muchas veces normalizamos la vulneración de nuestros derechos. Tenemos que aprender a defender lo que por ley nos corresponde, pero primero tenemos que conocer cuáles son nuestros derechos y así poder generar criterios propios e identificación real de cada acto violatorio de ellos”, explica. 

Recuerda la labor de sus padres desde el activismo político en la zona sur de Anzoátegui y asegura que desde su adolescencia aprendió a comprender que el liderazgo femenino debe servir como puente para demostrar que la acción pública es compatible con el crecimiento social.

“Es necesario evitar normalizar las carencias y el aislamiento. Como líderes, nuestra tarea es formar a nuevas mujeres para sumar esfuerzos por Venezuela. Al llegar a cada rincón de mi ciudad, le recuerdo a la ciudadanía que quienes hacemos política también tenemos una vida normal llena de retos como el trabajo, la familia y el hogar”, concluye Bolívar.

Su trabajo también alcanzó a mediados de 2026 a las mujeres desplazadas de otras regiones que llegaron al estado Anzoátegui luego del doblete sísmico del 24 de junio en Venezuela. Ambas organizaciones atendieron a esta población con jornadas médico asistenciales y entregas de kits de salud menstrual para mujeres. 

En la actualidad, estas tres mujeres lideresas reconocen el riesgo que han enfrentado tras la defensa de los derechos ciudadanos en sus comunidades. Sin embargo, también agradecen la transformación y el crecimiento social que han podido presenciar luego de las acciones positivas que algunas mujeres en formación han guiado desde sus sectores.

Liderazgo femenino
Cuidado (3)

Darianny: nacer y renacer después de los terremotos

Una red de amigas, activistas y doulas se unieron para ayudar a las mujeres embarazadas afectadas por los terremotos del 24 de junio: así llegaron a Darianny Tocuyo, quien perdió su hogar y todo lo que había comprado para cuando naciera su bebé

Cuando Darianny Tocuyo volvió en sí, se dio cuenta de que estaba en un Farmatodo del sector Playa Verde, en La Guaira. Escuchaba llantos y gritos a su alrededor; ahí comprendió que no era la única que intentaba procesar lo que había pasado. El 24 de junio reconfiguró la vida de miles de venezolanos y la suya. Ese día, Venezuela vivió un doblete sísmico con tan solo 39 segundos de diferencia. El primero tuvo de magnitud 7,2 y el segundo de 7,5. 

“Ni me acordaba de que estaba embarazada. Escuché que una señora gritó: ‘Por favor, denle a la embarazada una silla’”, recuerda sobre ese día, cuando ella y su barriga de seis meses de gestación resaltaban en medio de aquel lugar. 

Darianny entendió que la vida que había construido hasta entonces se había derrumbado delante de sus ojos. De la casa donde vivía con su pareja, que pertenecía a la abuela de él, no quedó nada. 

Tras pasar una larga noche en el Farmatodo de Playa Verde, después de los sismos, Darianny y su pareja se fueron a casa de otros familiares a Santa Teresa del Tuy, en el estado Miranda. Ahí estuvieron un mes hasta que él tomó la decisión de irse a Colombia. “Me dejó sola y tuve que venir a casa de una tía aquí en Catia (Caracas). No tenía otro lugar a donde ir. Nos habíamos quedado sin nada”.

Semanas después, sentada en una silla en la casa de sus padres en el sector Nuevo Horizonte de Catia, la joven mira al cielo y suelta: “En ese momento perdí la memoria”. Busca en sus recuerdos, pero no ubica cómo salió de esa casa. La vivienda se convirtió en escombros porque encima le cayó una piscina y el agua lo tapó todo. Ella no solo perdió todas sus pertenencias, también todo lo que había podido comprar para su bebé. 

La historia de Darianny no es un caso aislado. Un mes después de los terremotos, el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) advirtió que el fenómeno natural agravó desigualdades ya existentes en el país y dejó a miles de personas con acceso aún más limitado a servicios esenciales de salud y protección. 

Paula Narváez, la Directora Regional de Unfpa para América Latina y el Caribe, recalcó que “las emergencias no interrumpen los embarazos ni los partos, pero sí dificultan el acceso a la atención que mujeres y adolescentes necesitan para proteger su vida y su salud”. 

La misma agencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) estimó que más de 36.000 mujeres resultaron afectadas por los terremotos. Pero, más allá de las cifras alarmantes, activistas, feministas y doulas se unieron para asistir a embarazadas porque observaron que, además de insumos, necesitaban acompañamiento. 

Mujeres embarazadas tras terremotos en Venezuela
Darianny Tocuyo, 20, toca su barriga durante una jornada médica para mujeres embarazadas en Coche, Caracas, Venezuela, el 13 de agosto de 2026. Fotografía: Andrea Hernández.

Mujeres desatendidas tras la emergencia 

Después de los terremotos, Mariandreina Montilla, comunicadora social e integrante de la Alianza de Mujeres Políticas, comenzó a recorrer pequeños campamentos transitorios para las personas damnificadas. Con el apoyo de líderes y lideresas comunitarias, identificó a mujeres embarazadas que estaban atravesando situaciones complejas. 

La activista compartió con una de sus amigas su preocupación por esta población y ella quiso ayudarla en una jornada. Comenzó localizando centros de acopio en Caracas para conseguir insumos que pudieran necesitar las embarazadas. Sin embargo, querían hacer más. 

“Supimos que se tenía que brindar esta ayuda de forma focalizada. Así fue como se me ocurrió contactar con Uquira, porque son aliadas naturales, además de amigas, y les planteé la idea”, relata. 

Al plan se sumó Aquamater, una organización no gubernamental conocida como el primer centro pionero en Venezuela dedicado de forma exclusiva al parto respetado, la maternidad consciente y el nacimiento humanizado. La unión surgió de la casualidad, ya que una voluntaria de la organización también estaba interesada en ayudar a una misma chica embarazada. 

“Sí nos unimos, somos mucho más productivas, más fuertes. Así nació esta dinámica de colaboración y acompañamiento a las mujeres embarazadas. En una conversación entre amigas para ayudar y acompañar”, cuenta Montilla. 

Más adelante, al proyecto de la Alianza de Mujeres Políticas, Uquira y Aquamater se sumaron Mi Convive, Fundación Andrés Bello y Alimenta la Solidaridad. 

Para Darianny su primer encuentro con este grupo fue eso que ella llama “destino”. En medio del dolor que la embargaba, estaba navegando por TikTok y vio un video de una chica que hablaba de una iniciativa que ayudaba a mujeres embarazadas afectadas por los terremotos.  

Con dudas sobre si podía ser real, la joven contactó a la chica de la publicación: “Mi mamá me dijo ‘escríbele, escríbele que tú necesitas’. Le expliqué toda mi situación y me dijo que escribiera a un número y lo hice”. Ese era el número de Mariandreina. 

Las jornadas 

Montilla señala que, al principio, pensaron en solo ayudar con kits, pero Aquamater sugirió ofrecer apoyo psicoemocional y ayudar a gestionar algunos de los partos. Después se sumó la Fundación Andrés Bello con atención ginecológica. 

“Sacamos un flyer y me escribió la fotógrafa Andrea Hernández para pedirme más información sobre la forma en la que nos podía ayudar. Así que no solo era esta idea de los kits, también era la atención médica, el acompañamiento psicoemocional y el apoyo fotográfico, a cargo de Andrea”, explica la activista. 

Se estableció entonces que las jornadas estarían compuestas por estaciones donde las madres recibirían atención ginecológica, asistencia con doulas y también se les ofrecía la posibilidad de maquillarse, para luego ser fotografiadas por Hernández. 

Darianny llegó a una de estas jornadas en el campamento transitorio Pedro Emilio Coll, en la parroquia Coche de Caracas. Fue acompañada de su papá. Asistió a su consulta ginecológica y le dieron un kit con toallas sanitarias, toallas posparto, ácido fólico, vitaminas, toallas húmedas, pañales, jabón para bebé y uno de adulto, antibacterial, calcio, una caja de hierro, un paquete de tapa pezones y una crema antipañalitis. 

—¿Quieres que te tomemos una foto?— le pregunta Andrea.

Darianny dice que sí y después se ponen a conversar. Cuenta que tiene una hermana gemela, y que tuvo que dejar la escuela cuando salió embarazada. 

—¿Y qué estabas estudiando?—, pregunta la fotógrafa. 

—Criminalística—, responde la joven. 

—¿Te gustaba?—, repregunta Hernández. 

—Sí—, dice Darianny y agrega que cuando estaba en el bachillerato, era ella quien le ayudaba a su hermana con las tareas. 

Darianny de 20 años de edad —cumplidos el 27 de agosto— posa frente a la cámara con una tela azul de fondo. Andrea le entrega una foto impresa, ella agradece y se va. 

Mujeres embarazadas tras terremotos en Venezuela
Eili Córdova maquilla a Darianny Tocuyo, 21, en casa de sus padres en la zona popular de Catia, Caracas, Venezuela, el 28 de agosto de 2026. Fotografía: Andrea Hernández.

El nacimiento del bebé 

Cuatro semanas después de ese encuentro, la joven dio a luz. Fue un parto de emergencia porque se adelantó. Como parte del seguimiento que realizan a quienes han atendido, Mariandreina y Andrea fueron a visitarla y a llevar algunas cosas para ella y el bebé.

—¿Se les hizo difícil llegar?—, pregunta la muchacha. 

—No tanto—, dice Mariandreína. 

Toda la familia de Darianny las estaba esperando. Sacan sillas de la casita y las reciben cariñosamente. Ella cuenta su experiencia, cómo tuvo dolores muy fuertes y las contracciones no la dejaban avanzar. 

Sus padres hicieron lo que pudieron para movilizarla y el bebé nació sin más, a pesar de haber llegado antes de lo esperado. Darianny recibe a su hijo como un milagro. Como una muestra de que están vivos. En la casa de Nuevo Horizonte viven actualmente 13 personas, incluyendo a la joven. En un espacio reducido, todos se acomodan para estar. 

Andrea le pregunta si quiere una foto con su bebé y ella responde que sí. En la sala de la vivienda aprovecha que hay una cortina de colores y la fotógrafa suelta: “Este espacio está lindísimo para la foto”. 

Darianny busca a su bebé, que estaba medio dormido y medio despierto. Se acomoda el cabello y posa. Minutos después, la familia se une al retrato y Andrea le entrega la fotografía impresa. Todos se alegran en la sala. 

Mariandreina no solo carga con insumos para Darianny y su familia, también, por pura coincidencia, lleva una torta y ahí se enteran que la joven cumplió 20 años el día anterior, el 27 de agosto, así que cantan el Cumpleaños feliz. 

—El día de mi cumpleaños mi mamá me dijo que no tenía mucho para darme, pero que agradeciera que estaba viva— dice ella.  

Mujeres embarazadas tras terremotos en Venezuela
Darianny Tocuyo, 21, sostiene a su bebé recién nacido junto a su mamá, hermana y sobrina en casa de sus padres en la zona popular de Catia, Caracas, Venezuela, el 28 de agosto de 2026. Fotografía: Andrea Hernández

Las visitantes le aseguran que seguirán presentes en su proceso. Darianny cuenta que ha tenido problemas para amamantar, su bebé le ha roto los pezones. La activista recuerda que en el equipo hay doulas dispuestas a ayudar. La nueva mamá comenta que una de ellas le brindó atención antes y que no puede estar más agradecida. 

Se abrazan y, de nuevo, prometen seguir en contacto. Darianny se despide con una sonrisa. 

La importancia del apoyo de las doulas 

En un país como Venezuela, donde la salud sexual y reproductiva parece estar en el último eslabón, las doulas juegan un rol importante. Ahora, durante la emergencia, han podido ayudar a decenas de mujeres embarazadas. 

La Red Mundial de Doulas, cuenta su coordinadora Isabela Polito, se movilizó para identificar las primeras necesidades de las mujeres en conjunto con una red de voluntarias. Las doulas son personas que brindan asistencia durante el embarazo y después del parto. Lo hacen desde tres áreas principales: acompañamiento perinatal, apoyo continuo en el parto y sostén emocional o contención. 

Para acompañar en terreno, elaboraron un protocolo y la red también se movilizó para ayudar desde la distancia, indica. Al ser una organización que se encuentra en diferentes países, todas se abocaron a la emergencia. Encontraron refugios sobrepoblados, historias sobre familias desplazadas e identificaron que se necesita más organización, ayuda material pero también apoyo emocional. 

Melanie Agrinzones, doula y cofundadora de la colectiva feminista Uquira, coincidió con esta percepción. Dentro de los refugios temporales que visitaron había una necesidad palpable de apoyo emocional, en especial, para las embarazadas. 

“Muchas se estaban enfrentando a la ansiedad y el miedo, y esto puede afectar el proceso de gestación, por eso la contención emocional era necesaria. Que ellas entendieran que podían tener a personas que las guíen en cómo ocurre un parto y cómo lactar en estas situaciones, personas que las acompañen durante el parto”, explica.

Darianny no es la única beneficiaria de la iniciativa. Suman más de 45 mujeres atendidas y que han podido sobrellevar sus embarazos en situaciones adversas. Para Agrinzones estas iniciativas, cercanas y que brindan contención emocional, las ayudan a entender que no están solas y que se pueden sostener en una red comunitaria, en una red de iguales para cuidarse entre ellas. 

“Estas redes son las formas más amorosas de responder a las catástrofes: salvan vidas, organizan, planifican y, por supuesto, sostienen ante el miedo y ante la incertidumbre y crean espacios seguros de contención y de atención”, afirma.

Mujeres embarazadas tras terremotos en Venezuela
Mariandreina Montilla, Eili Córdova y Darianny Tocuyo posan para un retrato en casa de sus padres en la zona popular de Catia, Caracas, Venezuela, el 28 de agosto de 2026. Fotografía: Andrea Hernández.
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Mujeres en las ruinas del terremoto: estrategia, compasión y dignidad frente al riesgo

La confrontación directa con la muerte durante el doble terremoto del 24 de junio llevó a decenas de mujeres a pausar sus vidas cotidianas para volcarse al servicio. Asumieron labores de cocina, logística y organización, pero otras se enfrentaron al miedo y limitaciones convencionales para adentrarse en lo más profundo de los escombros. Su misión, tan riesgosa como compasiva, continúa: recuperar y devolver los cuerpos a aquellas familias que necesitan despedirse

Hay espacios, trajes, objetos y contextos que parecen propiedad masculina hasta que llega la tragedia. Hay labores que se asocian con la corporalidad, fuerza y el rostro de un hombre. Y también hay momentos que te enseñan que, en la emergencia, ninguna mano solidaria sobra porque la vida de alguien puede depender de la voluntad y el criterio de otro ser humano. Y a veces ese ser humano es una mujer, y a veces es una mujer que decide ser rescatista.

No saben si fue el hecho de ver las paredes de sus casas resquebrajarse. Sentir que mantenerse firme ya no era su decisión. Pensar que la vida se les iba en menos de 40 segundos. Pero el 24 de junio reprogramó su cotidianidad y transformó sus casas en carpas, sus zapatos en botas, habilidades que consideraban “corrientes” en capacidades técnicas indispensables para la recuperación de otro ser vivo o sus restos.

Antes del doble terremoto, Nadya Sabbagh (25) y Sarai Peña Castro (22) no se conocían, pero ahora sus historias están conectadas: de bailar en un salón pasaron a ser rescatistas de la extensión del equipo voluntario de los Topos Aztecas en Venezuela. 

Nadie las llamó. Ellas se ofrecieron al ver, de frente, la gravedad del desastre: en La Guaira colapsaron más de 150 edificios. Según el Estado venezolano, 80 % eran residencias privadas. 

En 2023, el gobierno de Nicolás Maduro reportó que había 14.000 bomberos y  7.411 funcionarios de Protección Civil activos a nivel nacional. De ese número, 34 % eran mujeres. Aunque la mayoría se movilizó para ayudar, Nadya y Sarai, y todo aquel que se ofreció como voluntario, se dieron cuenta de que nunca una cifra resultó ser tan insuficiente ante la magnitud de la emergencia. 

Miles de muertos y heridos. Toneladas de escombros por remover con las uñas. 

Decir que sí al llamado

«Voy a usar mi fuerza para ayudar allá», con ese pensamiento Nadya evacuó su edificio en San Antonio de Los Altos (Miranda) el día del terremoto. Lo hizo con el miedo encima, pero con la certeza de que tenía habilidades suficientes para apoyar. 

«Soy acróbata, soy bailarina, tengo entrenamientos de horas al día y quería ponerlo a prueba», cuenta. 

Su primer intento fue en el Edificio Moisés, que colapsó en la parroquia San Bernardino de Caracas. Ahí no pudo hacer mucho. El equipo de Protección Civil le negó el acceso: «No me dieron ni siquiera el chance de verificar si yo sabía usar las herramientas, de ver si yo tenía alguna condición. Simplemente me dijeron que no querían arriesgar vidas femeninas».

Insistió a Protección Civil durante cuatro días y le repetían lo mismo: primero los hombres. 

Ninguno se ofreció.

Voluntarios que estaban bajando insumos y rescatistas a La Guaira la trasladaron. Ahí la insistencia se convirtió en acción y durante tres días la arropó la misma realidad que a miles de guaireños: dormir un par de horas en las calles, comer de los donativos, dejar para después las duchas, y procesar que cada hora que transcurría las vidas eran menos.

La primera misión de Nadya fue en las residencias Ritasol Palace de Caraballeda para intentar recuperar el cuerpo de la madre de un amigo. Recuerda la escena: había rescatistas, pero no podían entrar al túnel por su contextura. 

«Yo puedo», recuerda que les dijo.

Nadie lo dudó. Nadya es alta, delgada y flexible, pero más allá de eso, el filtro que había lo superó por la seguridad con la que pronunció aquellas palabras.

Recorrió el túnel con el tacto y la precaución que produce lo desconocido. Comprendió la importancia del silencio y la observación. Puso a funcionar un rotomartillo y manejó una mandarria sin más que una explicación breve. A más de cinco o seis metros bajo tierra supo que la recuperación, como el baile, también tenía un ritmo que seguir.

«Las primeras veces no sabes qué estás haciendo. Dices: “Bueno, yo fui al frente, yo fui a la izquierda, yo fui a la derecha”. No sabes cómo decirlo. Ya con el tiempo cambia: “Avancé tantos metros. Esto tiene tanta profundidad para abajo, tiene tanta profundidad para arriba”».

La voluntad 

De 50 personas que se sumaron al grupo de los Topos Aztecas de Venezuela durante los primeros días de la emergencia, al menos 20 eran mujeres menores de 30 años. Llegaron de distintos estados del país, como Distrito Capital, Aragua, Carabobo, Miranda, y entraron al equipo porque dijeron «sí quiero, sí puedo».

Ese es el común denominador de las rescatistas voluntarias: se atreven a colaborar sin recibir más que el agradecimiento de las familias. Aunque el ofrecimiento es individual, la decisión de integrarlas en contextos de emergencia implica la aprobación de un superior y acompañamiento para integrarlas.

«Dígale a las personas que yo también puedo ir. Déjeme encargada con alguien», le decía Sarai Peña los primeros días al topo mayor.

Funcionó y Sarai entró a los primeros túneles con la determinación necesaria: «Solo confiaba en lo que me decían mis compañeros». 

Han transcurrido más de 80 días y las mujeres rescatistas continúan ayudando en La Guaira. Allí han aprendido que su rol ofrece aproximaciones distintas a la vulnerabilidad y al duelo. 

«Las mujeres dentro del rescate no solamente hacemos lo mismo que los hombres. Te metes en un hueco. Usas herramientas. Te arriesgas. Pero sabemos hacer algo más: dar esperanza aquellas personas que creen que no se puede hacer algo por cualquier cosa», señala Sarai, quien tiene 22 años, es bailarina y llegó de Valencia.

Sabe por qué lo dice. En Carabobo, ayudó a salir de su edificio a adultos mayores y animales: perros, gatos, un conejo y un pez. Luego fue hasta la ciudad de Morón, donde 18 sectores quedaron afectados, y colaboró en el rescate de dos sobrevivientes de una estructura que colapsó. 

No hubo casco, guantes ni botas: «Me metí sin nada porque estaban vivos. Fue un trabajo de cinco o seis horas y mi función fue sacar escombros. Lo único que yo pensaba era: donde me necesiten, voy a estar».

Fue comprender que cualquier vida, más joven o mayor, animal o no, contaba. 

Y en La Guaira necesitaban mucho eso: insistir en donde parecía no haber ninguna posibilidad. Aún lo necesitan.

Votos de confianza y el ejemplo

«En este grupo no existe ningún tipo de género. En mi experiencia, es diferente a Protección Civil. Aquí, seas mujer o seas hombre, te enseñan igual. Te sueltan las herramientas igual. Claramente cada uno tiene sus capacidades y sus virtudes. No todas las mujeres topean y no todas las mujeres utilizan herramientas; no todos los hombres topean, no todos los hombres utilizan herramientas», comenta Nadya.

Pero las distinciones continúan existiendo en otros espacios. 

En la duda de un familiar que no confía en el juicio de las rescatistas porque parecen inexpertas o muy jóvenes. En los rechazos de funcionarios. En el titubeo de las primeras horas. 

Y luego llega la transformación.

La negociación al momento de asignar misiones es más calmada. Atienden los detalles. La organización es naturalmente metódica. La disciplina y la constancia son exhaustivas en la mayoría de los casos. Y aprenden que cualquier cuerpo —grueso o delgado; alto o bajo; más lento o más rápido—  es funcional y necesario en distintas en las misiones.

Nadya tiene ejemplos: «Cuando viene la gente, y ven una mujer, le bajan dos. Se calman. Dicen: “A ella la puedo tratar de otra manera”. Tal vez viene del mismo machismo, pero sigue siendo una ventaja. Sigue siendo una ventaja en absoluto. Más allá de eso, también la contextura para el tema de topeo, que es lo que yo manejo, viene genial». 

Pero las virtudes indispensables son otras: «Solemos ser naturalmente más flexibles, más ágiles, y eso ayuda bastante. Lo más importante es que aprendemos rápido».

«Antes no lo veía. Luego sí. Y quizás lo valoramos más porque a todas nos costó mucho estar aquí», señala Sarai, quien al inició pensó que pasaría una semana en La Guaira y terminó trabajando dos meses sin parar.

«Y todo eso lo hicimos inconscientemente y ahora hay niñas que nos ven y dicen en voz alta: “Quiero ser como tú”. Lo que parecía un trabajo de hombres ya no lo es… eso es bonito», agrega. 

Una de las pruebas de la camaradería y la inclusión, por ejemplo, llega cuando sus nombres ya no son la forma para identificarlas. Sus nombres pasan a ser otros, vinculados a sus atributos, características y formas de ser. 

Nadya es Pluma, por calmada y liviana. Sarai es Blue, por su pelo azul. 

Lo natural no se va

¿Qué va en el traje de una mujer rescatista? 

Herramientas de trabajo: cinceles pequeños. Testigos. Linternas de apoyo. Alguna cuerda. Tapabocas. Algún amuleto personal. Colitas. Y en un bolsillo aparte, el más práctico y seguro, una toalla sanitaria. Porque sí, la menstruación no admite pausas en las emergencias.

«Cuando estaba cerca de mis días, me iba con una toalla puesta porque yo decía: “¿Y si me llega a bajar el periodo y estoy dentro de un túnel?”», recuerda Sarai.  

Ese día estuvo cuatro horas y hasta que no completó esa primera etapa de la misión, no salió. 

Nadya opina que los casos son distintos: «Es raro. A mí me duele cuando me viene, pero desde que estoy aquí ayudando, supongo que es también a nivel mental, no me ha dolido. No hay espacio para eso, pero hay otras compañeras que sí les duele». 

Hay medicamentos para atenuar el dolor. Tampones y toallas para higienizarse. Y también la libertad de decir «hoy no puedo» y que una compañera o compañero tome tu lugar, aunque no es frecuente.

Entre la necesidad personal y la de una persona que espera a un familiar frente a una estructura rota, casi siempre gana la segunda.

«Yo estoy aquí porque el familiar no se puede meter acá, porque sé que más nadie se va a meter acá. Y si yo puedo y tengo la habilidad de hacerlo, ¿por qué no? Eso es lo que me calma», dice Nadya.

Algo se pierde, algo se pausa y mucho se gana

Cuando Nadya puso un pie en La Guaira, llevaba cinco años en una relación que terminó pocas semanas después. Tuvo que pausar la beca que ganó en una academia de danza para introducirse en decenas de túneles que también ayudó a abrir. 

«Aquí todos perdimos y ganamos algo», expresa. 

Tiene compañeros que perdieron sus trabajos y se divorciaron. Sabe de algunos que se perdieron las primeras veces de sus hijos o no pudieron despedirse de familiares o amigos. También de quienes descubrieron su verdadera vocación y quieren salvar vidas. Sarai, por ejemplo, ahora quiere ser veterinaria. 

Pero hay algo que se gana: la gratitud. 

La gratitud tiene muchas formas de verse. Una sopa caliente. El agua limpia que sale de una ducha a la intemperie. La toalla sanitaria que no irrita. El olor a ropa limpia porque esta vez sí dio tiempo de dejarla secar. La risa de una compañera que pudo haber muerto porque una viga le podía caer encima. Y la más importante: cuando una familia se abraza porque finalmente pudo recuperar el cuerpo de su ser querido.

«Los Topos Aztecas no cortamos cuerpos. Tratamos de sacarlos de la manera más completa posible», afirma Nadya, quien tuvo que tomar una pausa después de su primera misión.

Estuvo dos semanas en el Ritasol Palace intentando rescatar a la mamá de su amigo y lo logró. El cuerpo estaba íntegro hasta que una máquina oxicorte del Estado intervino.

El operador de la máquina cortó las cabillas de un solo extremo de la viga que apretaba el cuerpo de la mujer. El otro lado lo dejó igual. Esas cabillas sueltas las amarraron a una máquina para que elevara el cuerpo.

«Con el empuje, le desgarró la cadera, la rodilla, el pie frente a los hermanos, frente a los hijos, frente a los padres. Ese es el único caso donde tuve que agarrarme cuatro días de descanso. Ya cuando se logró sacar, la lanzó a la bolsa como si fuera un pedazo de escombro. Por más que sea, hay que tener mucha humanidad, hay que tener mucha dignidad con las personas que murieron», relata Nadya. 

Eso también se gana: el respeto por el cuerpo. El respeto por el que pidió auxilio y esperó para despedirse. 

«Tú tienes que hablar con ellos, con los cuerpos, tienes que hacerles saber que todo va a estar bien, que alguien está afuera esperándolos y hacerlo con el mayor respeto posible en todo momento».

Sarai también lo ve así: «La ganancia es poder darle paz a una familia, a un hijo, a un papá, a una mamá. Darle el cuerpo de su familiar para que pueda darle el descanso».

Misiones en curso

Hasta el 5 de septiembre pasado, en La Guaira se habían ejecutado nueve “demoliciones controladas” con explosivos. Quien tuvo su hogar y sobrevivió ya sabe que serán muchas más. El Ministerio de Obras Públicas anunció el 7 de septiembre un listado oficial con 39 residencias que serán implosionadas en los próximos días.

Nadya y Sarai se han aprendido los nombres de varios y otros los han ido olvidando. Los que recuerdan son la prueba de que ahí pasaron muchos días excavando, moviendo materiales, tratando de ubicar los cuerpos perdidos: Ritasol Palace, El Jurel y Tamiami.

«Estamos buscando a una señora. Hay que seguir escarbando. Hay que seguir explorando porque donde se encuentra hay bastantes vigas atravesadas y hay que romper», explica.

Sarai, por otro lado, tomó un descanso y regresó a Valencia (Carabobo) para visitar a su familia.

El sentimiento compartido de las rescatistas es que volver a la vida anterior ya no es posible. 

«Cuando me he ido, me levanto con el pensamiento de que no iré constantemente a La Guaira. La normalidad es rara. Yo vengo de ver estructuras colapsadas, de meterme, de sacar gente muerta, de ver a familiares llorando, de ver escombros y de repente llegar a la normalidad. Todo explota en la mente», confiesa.

El futuro del rescate posible

Nadya y Sarai fueron parte del equipo de mujeres rescatistas que los Topos Azteca trasladaron a Colombia por el terremoto que ocurrió el 10 de agosto. Fue la primera misión internacional de ambas, el primer encuentro con otras reglas y formas de hacer las cosas.

Su apoyo fue limitado por el control que ejercieron las autoridades colombianas, pero Nadya se vino con la prueba de que cualquier vida cuenta: salvó un gato. Lo llamaron Tormenta y nunca lo olvidará porque terminó con un rasguño en el brazo.

«Nos montaron en el bus a varias mujeres porque sabían lo que podíamos aportar. Ya nos habían probado aquí», expresa con el tono de tranquilidad de quien hizo lo correcto.

Valiente. Atrevida. Cautelosa. Audaz. Aprendices. Esas son palabras que Pluma y Blue usan para describir esta nueva versión de sí mismas.

Para Sarai, la última es la más importante porque “todavía queda mucho por saber”. Le cuesta llamarse rescatista, pero reconoce que hay algo que le sobra: el deseo de formarse y continuar apoyando donde la llamen. 

«Esto era algo para lo cual nadie estaba preparado y nosotras dimos cara a pesar de no tener experiencia. Eso es algo que se valora bastante», dice. 

Les queda seguir estando presentes. Es la gran enseñanza a casi tres meses de que sus vidas se transformaran para siempre. 

Nadya lo sabe: «Ahora viviremos una versión mejorada de la vida. Mucho más consciente de lo que estoy haciendo, mucho más agradecida de lo que estoy haciendo».

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Mujeres construyen la transición exigiendo su lugar en la toma de decisiones 

Mujeres, lideresas comunitarias, activistas, defensoras de derechos humanos y académicas de distintas regiones y sectores se reunieron en el foro “Mujeres Construyendo la Transición” para compartir propuestas sobre democracia, justicia, reconciliación y construcción de paz, y reivindicar su papel en el futuro de Venezuela

Hay espacios donde la palabra deja de ser un simple discurso político para convertirse en un abrazo colectivo, en un refugio cálido donde la resistencia civil adquiere rostros, nombres y memorias compartidas.

La historia reciente de Venezuela no se entiende sin la fuerza de sus mujeres, esas arquitectas invisibles que sostienen el tejido social cuando todo colapsa. En los momentos más oscuros de nuestra geografía, las mujeres han estado ahí sin vacilar, con una valentía inagotable para resguardar la dignidad humana y garantizar el sustento de la vida diaria.

Ese latido femenino recorrió el foro “Mujeres Construyendo la Transición: Sin mujeres no hay democracia”, un encuentro promovido por la Red de Mujeres Constructoras de Paz junto a una coalición de nueve organizaciones: Laboratorio de Paz; Justicia, Encuentro y Perdón; Plataforma Encuentros; Raíces; Alianza de Mujeres Políticas; Instituto Prensa y Sociedad (Ipys Venezuela); Centro de Investigación y de Formación Padre Joaquín de Fe y Alegría; Soy Mujer/ Juntas nos crecieron alas y la Red de Periodistas Venezolanas, espacio que convocó a educadoras, abogadas, periodistas, investigadoras, defensoras de derechos humanos y lideresas comunitarias.

Todas acudieron a la cita del jueves 17 de septiembre, para compartir sus vivencias, visibilizar la realidad de sus regiones y demostrar que la reconstrucción del país posee el sello irrenunciable de su gente.

Las palabras de bienvenida estuvieron a cargo de María Isabel Párraga e Isabella González, mientras Gabriela Rojas marcó el tono reflexivo de la jornada, concebida para escuchar las voces de quienes han recorrido distintos espacios y las experiencias de su trabajo cotidiano en esas comunidades.

Cuando organizarse también es hacer política

“Allí no hay color político al momento de rescatar el bienestar común”, expresó Gabriela Rojas al explicar cómo las organizaciones de base articulan soluciones frente a los vacíos estatales. Este planteamiento tuvo eco en la voz de Auris Fermín, integrante de la Plataforma Encuentros, al señalar que “si nosotras no cambiamos este tejido social, no se va a recuperar”.

Desde los barrios y las escuelas también participan activamente el Programa de Formación Raíces y la Red de Mujeres Constructoras de Paz, junto al trabajo riguroso de Ipys Venezuela en la documentación de la realidad regional y la defensa de la libertad de expresión a nivel local.

Estas iniciativas territoriales han hecho posible la creación de redes de soporte emocional, comedores comunitarios, talleres de formación y centros de acopio en estados afectados por emergencias sociales. Por eso, cada testimonio coincidió en que la acción comunitaria femenina constituye una propuesta política de transformación desde la base, capaz de reconstruir los lazos de confianza destruidos por la polarización y de ofrecer respuestas efectivas allí donde las instituciones han fallado.

Rosalinda Hernández, desde Ipys Venezuela, mencionó que la organización ha encontrado a mujeres que han trascendido el papel tradicional de fuentes para convertirse en aliadas de periodistas y protagonistas de iniciativas que buscan transformar sus comunidades.

Para ellas, como con otras organizaciones, hablar de transición no ha sido una conversación reciente que solo se haya planteado por la transición. En esos territorios, hacer política también ocurre en lo cotidiano: cuando una mujer se organiza para conseguir respuestas ante las necesidades de su comunidad, exigir derechos o encontrar soluciones frente a la ausencia institucional.

Como impulsora de la Red de Periodistas Venezolanas, Gabriela Rojas cuestionó la idea de que existan asuntos exclusivamente femeninos y planteó que la política, la economía, la salud y las decisiones que atraviesan la vida cotidiana también deben ser contadas desde sus experiencias.

“Todos los temas son de mujeres”, fue una de las premisas planteadas durante el encuentro. Desde esta perspectiva, incorporar sus voces no implica crear una agenda paralela, sino reconocer que las mujeres forman parte de todas las dimensiones de la vida pública.

De la participación cotidiana a los espacios de poder

El encuentro profundizó en las propuestas estratégicas de lideresas pertenecientes a iniciativas como Soy Mujer, Juntas nos crecieron alas y la Alianza de Mujeres Políticas. Representadas por voces firmes como las de Daniela Ropero, Marysabel Centeno y Evelyn Pinto, las ponentes exigieron que la transición política rechace los acuerdos exclusivos de cúpulas para convertirse en un proceso participativo, amplio y descentralizado.

“Ninguna mesa de negociación será legítima si ignora la voz de las mujeres”, manifestaron al recalcar la urgencia de situar a la familia, la educación pública y la protección integral de la infancia en el centro de las decisiones públicas.

Centeno destacó la importancia de crear referentes para las nuevas generaciones de mujeres que aspiran a participar en la vida pública y Pinto puso en duda la percepción de que son pocas las mujeres que participan en política; el problema, dijo, está en cuánto de ese trabajo logra hacerse visible y en la brecha que persiste entre la participación cotidiana de las mujeres y su presencia en los espacios formales de poder.

Una brecha que también se escribe en cifras

No se trata de algo aislado. Este protagonismo local y estratégico contrasta de forma directa con un panorama global adverso para los derechos de las mujeres. Una realidad documentada en el informe anual publicado en septiembre de 2026 por ONU Mujeres, el cual advierte que el planeta experimenta retrocesos graves frente a la igualdad de género y que, bajo el ritmo actual de estancamiento institucional, la paridad plena tardará en alcanzarse hasta el año 2197.

Las cifras de este organismo internacional revelan brechas severas. Aunque el número de mujeres jefas de Estado o de gobierno aumentó de 20 a 28 entre 2020 y enero de 2026, 6 de cada 7 países continúan bajo el liderazgo exclusivo de hombres.

En los parlamentos mundiales, la proporción de legisladoras sufrió caídas en 54 países durante los últimos 5 años, y el número de ministras se redujo un 20% a escala global.

En paralelo, las organizaciones de mujeres atraviesan una crisis severa de financiación debido a recortes en la cooperación internacional, al recibir históricamente menos del 1% de la ayuda oficial al desarrollo.

Esta radiografía internacional resuena con crudeza en Venezuela, donde las mujeres enfrentan un colapso humanitario que las obligó a asumir el cuidado de familias enteras.

La transición también necesita verdad, memoria y justicia

La jornada también adentró sus reflexiones en la reconciliación y la justicia transicional, con los aportes de espacios fundamentales como el Laboratorio de Paz, Justicia, Encuentro y Perdón, y el Centro de Formación e Investigación Padre Joaquín.

A través de las contribuciones de Lexys Rendón, Martha Tineo, Ingrid Lux González, y la educadora Luisa Pernalete, referente y fundadora del programa Madres constructoras de paz desarrollado hace más de una década en las escuelas de Fe y Alegría, el debate profundizó en las condiciones éticas indispensables para sanar las heridas sociales.

Durante este segmento, Lexys Rendón recalcó con firmeza que buscar el reencuentro “no es aceptar impunidad, no es exigir olvido, ni es resignarse a la injusticia”.

Por su parte, Martha Tineo reflexionó sobre la necesidad de transformar el dolor acumulado en puentes de diálogo al afirmar que “reencontrarnos no significa pensar igual, sino tener madurez democrática de abrazar nuestras diferencias y convivir en paz, sin entregar jamás la propia dignidad”, al tiempo que advirtió que la paz “no se edifica sobre la amnesia ni sobre el dolor silenciado de las víctimas”.

La paz también se aprende en casa

Luisa Pernalete del Centro de Formación e Investigación Padre Joaquín, instancia de Fe y Alegría, Pernalete dió una cátedra sobre las razones y condiciones que se necesitan para cambiar el entorno y trabajar desde la enseñanza de la paz como incidencia social desde el hogar, la escuela y las comunidades.

Asimismo, condujo la conversación hacia hacia las familias, uno de los espacios donde también se juega la reconstrucción del país. “La primera escuela para enseñar a convivir es la familia”, sostuvo. Desde allí planteó la prevención de la violencia y la construcción de una convivencia basada en herramientas para relacionarse de otras maneras.

En 2010, luego de un episodio de violencia que afectó a una comunidad educativa en Bolívar, Pernalete impulsó el programa Madres Promotoras de Paz. La experiencia partió de una pregunta sobre cómo prevenir, reducir y erradicar la violencia y de una decisión concreta sobre dónde comenzar: con las madres.

“A mamá todo el mundo le echa la culpa y nadie le tiende la mano”, recordó al explicar el origen de la iniciativa. Para ella, transformar las formas de relacionarse “son un proceso”, que requieren algo más que una simple charla. Ese acompañamiento ha incluido a madres, abuelas, hermanas y otras mujeres que han asumido tareas de crianza, partiendo de la idea de que algunas prácticas de maltrato pueden estar relacionadas con la falta de herramientas para afrontar esas responsabilidades.

La Red de Mujeres Constructoras de paz hizo un reconocimiento a la trayectoria de Luisa Pernalete, por más de 50 años dedicada al trabajo en educación popular para la paz.

Sin mujeres no hay democracia

Las participantes coincidieron en que la verdad, la memoria histórica y la reparación integral son pilares irrenunciables para evitar la repetición de los abusos del pasado y garantizar un futuro democrático.

“Escúchennos, considérennos y caminen junto a nosotras, no como un gesto de cortesía, sino como una condición de viabilidad histórica, porque ninguna transición será sostenible, próspera ni democrática si se diseña a espaldas de las mujeres que han sostenido la vida misma de esta nación”, manifestó Tineo, quien finalizó con un discurso en el que tradujo el sentir colectivo en un mandato directo a las estructuras de poder en el país.

En cada calle, en cada aula y en cada espacio comunitario del país, la convicción de este movimiento permanece intacta. Queda la certeza de que, en los momentos más oscuros, las mujeres han estado ahí, firmes para sostener la vida y convertirse en las verdaderas arquitectas de la paz por venir.

El foro concluyó con la certeza compartida de que “sin justicia no hay futuro, sin verdad no hay reencuentro y sin las mujeres jamás habrá democracia”.

Para quienes deseen revivir el intercambio de ideas o ver la transmisión en diferido, el evento completo se encuentra disponible en YouTube a través del siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=cojT5vDNgSQ