La confrontación directa con la muerte durante el doble terremoto del 24 de junio llevó a decenas de mujeres a pausar sus vidas cotidianas para volcarse al servicio. Asumieron labores de cocina, logística y organización, pero otras se enfrentaron al miedo y limitaciones convencionales para adentrarse en lo más profundo de los escombros. Su misión, tan riesgosa como compasiva, continúa: recuperar y devolver los cuerpos a aquellas familias que necesitan despedirse
Hay espacios, trajes, objetos y contextos que parecen propiedad masculina hasta que llega la tragedia. Hay labores que se asocian con la corporalidad, fuerza y el rostro de un hombre. Y también hay momentos que te enseñan que, en la emergencia, ninguna mano solidaria sobra porque la vida de alguien puede depender de la voluntad y el criterio de otro ser humano. Y a veces ese ser humano es una mujer, y a veces es una mujer que decide ser rescatista.
No saben si fue el hecho de ver las paredes de sus casas resquebrajarse. Sentir que mantenerse firme ya no era su decisión. Pensar que la vida se les iba en menos de 40 segundos. Pero el 24 de junio reprogramó su cotidianidad y transformó sus casas en carpas, sus zapatos en botas, habilidades que consideraban “corrientes” en capacidades técnicas indispensables para la recuperación de otro ser vivo o sus restos.
Antes del doble terremoto, Nadya Sabbagh (25) y Sarai Peña Castro (22) no se conocían, pero ahora sus historias están conectadas: de bailar en un salón pasaron a ser rescatistas de la extensión del equipo voluntario de los Topos Aztecas en Venezuela.
Nadie las llamó. Ellas se ofrecieron al ver, de frente, la gravedad del desastre: en La Guaira colapsaron más de 150 edificios. Según el Estado venezolano, 80 % eran residencias privadas.
En 2023, el gobierno de Nicolás Maduro reportó que había 14.000 bomberos y 7.411 funcionarios de Protección Civil activos a nivel nacional. De ese número, 34 % eran mujeres. Aunque la mayoría se movilizó para ayudar, Nadya y Sarai, y todo aquel que se ofreció como voluntario, se dieron cuenta de que nunca una cifra resultó ser tan insuficiente ante la magnitud de la emergencia.
Miles de muertos y heridos. Toneladas de escombros por remover con las uñas.

Decir que sí al llamado
«Voy a usar mi fuerza para ayudar allá», con ese pensamiento Nadya evacuó su edificio en San Antonio de Los Altos (Miranda) el día del terremoto. Lo hizo con el miedo encima, pero con la certeza de que tenía habilidades suficientes para apoyar.
«Soy acróbata, soy bailarina, tengo entrenamientos de horas al día y quería ponerlo a prueba», cuenta.
Su primer intento fue en el Edificio Moisés, que colapsó en la parroquia San Bernardino de Caracas. Ahí no pudo hacer mucho. El equipo de Protección Civil le negó el acceso: «No me dieron ni siquiera el chance de verificar si yo sabía usar las herramientas, de ver si yo tenía alguna condición. Simplemente me dijeron que no querían arriesgar vidas femeninas».
Insistió a Protección Civil durante cuatro días y le repetían lo mismo: primero los hombres.
Ninguno se ofreció.
Voluntarios que estaban bajando insumos y rescatistas a La Guaira la trasladaron. Ahí la insistencia se convirtió en acción y durante tres días la arropó la misma realidad que a miles de guaireños: dormir un par de horas en las calles, comer de los donativos, dejar para después las duchas, y procesar que cada hora que transcurría las vidas eran menos.
La primera misión de Nadya fue en las residencias Ritasol Palace de Caraballeda para intentar recuperar el cuerpo de la madre de un amigo. Recuerda la escena: había rescatistas, pero no podían entrar al túnel por su contextura.
«Yo puedo», recuerda que les dijo.
Nadie lo dudó. Nadya es alta, delgada y flexible, pero más allá de eso, el filtro que había lo superó por la seguridad con la que pronunció aquellas palabras.
Recorrió el túnel con el tacto y la precaución que produce lo desconocido. Comprendió la importancia del silencio y la observación. Puso a funcionar un rotomartillo y manejó una mandarria sin más que una explicación breve. A más de cinco o seis metros bajo tierra supo que la recuperación, como el baile, también tenía un ritmo que seguir.
«Las primeras veces no sabes qué estás haciendo. Dices: “Bueno, yo fui al frente, yo fui a la izquierda, yo fui a la derecha”. No sabes cómo decirlo. Ya con el tiempo cambia: “Avancé tantos metros. Esto tiene tanta profundidad para abajo, tiene tanta profundidad para arriba”».
La voluntad
De 50 personas que se sumaron al grupo de los Topos Aztecas de Venezuela durante los primeros días de la emergencia, al menos 20 eran mujeres menores de 30 años. Llegaron de distintos estados del país, como Distrito Capital, Aragua, Carabobo, Miranda, y entraron al equipo porque dijeron «sí quiero, sí puedo».
Ese es el común denominador de las rescatistas voluntarias: se atreven a colaborar sin recibir más que el agradecimiento de las familias. Aunque el ofrecimiento es individual, la decisión de integrarlas en contextos de emergencia implica la aprobación de un superior y acompañamiento para integrarlas.
«Dígale a las personas que yo también puedo ir. Déjeme encargada con alguien», le decía Sarai Peña los primeros días al topo mayor.
Funcionó y Sarai entró a los primeros túneles con la determinación necesaria: «Solo confiaba en lo que me decían mis compañeros».
Han transcurrido más de 80 días y las mujeres rescatistas continúan ayudando en La Guaira. Allí han aprendido que su rol ofrece aproximaciones distintas a la vulnerabilidad y al duelo.
«Las mujeres dentro del rescate no solamente hacemos lo mismo que los hombres. Te metes en un hueco. Usas herramientas. Te arriesgas. Pero sabemos hacer algo más: dar esperanza aquellas personas que creen que no se puede hacer algo por cualquier cosa», señala Sarai, quien tiene 22 años, es bailarina y llegó de Valencia.
Sabe por qué lo dice. En Carabobo, ayudó a salir de su edificio a adultos mayores y animales: perros, gatos, un conejo y un pez. Luego fue hasta la ciudad de Morón, donde 18 sectores quedaron afectados, y colaboró en el rescate de dos sobrevivientes de una estructura que colapsó.
No hubo casco, guantes ni botas: «Me metí sin nada porque estaban vivos. Fue un trabajo de cinco o seis horas y mi función fue sacar escombros. Lo único que yo pensaba era: donde me necesiten, voy a estar».
Fue comprender que cualquier vida, más joven o mayor, animal o no, contaba.
Y en La Guaira necesitaban mucho eso: insistir en donde parecía no haber ninguna posibilidad. Aún lo necesitan.

Votos de confianza y el ejemplo
«En este grupo no existe ningún tipo de género. En mi experiencia, es diferente a Protección Civil. Aquí, seas mujer o seas hombre, te enseñan igual. Te sueltan las herramientas igual. Claramente cada uno tiene sus capacidades y sus virtudes. No todas las mujeres topean y no todas las mujeres utilizan herramientas; no todos los hombres topean, no todos los hombres utilizan herramientas», comenta Nadya.
Pero las distinciones continúan existiendo en otros espacios.
En la duda de un familiar que no confía en el juicio de las rescatistas porque parecen inexpertas o muy jóvenes. En los rechazos de funcionarios. En el titubeo de las primeras horas.
Y luego llega la transformación.
La negociación al momento de asignar misiones es más calmada. Atienden los detalles. La organización es naturalmente metódica. La disciplina y la constancia son exhaustivas en la mayoría de los casos. Y aprenden que cualquier cuerpo —grueso o delgado; alto o bajo; más lento o más rápido— es funcional y necesario en distintas en las misiones.
Nadya tiene ejemplos: «Cuando viene la gente, y ven una mujer, le bajan dos. Se calman. Dicen: “A ella la puedo tratar de otra manera”. Tal vez viene del mismo machismo, pero sigue siendo una ventaja. Sigue siendo una ventaja en absoluto. Más allá de eso, también la contextura para el tema de topeo, que es lo que yo manejo, viene genial».
Pero las virtudes indispensables son otras: «Solemos ser naturalmente más flexibles, más ágiles, y eso ayuda bastante. Lo más importante es que aprendemos rápido».
«Antes no lo veía. Luego sí. Y quizás lo valoramos más porque a todas nos costó mucho estar aquí», señala Sarai, quien al inició pensó que pasaría una semana en La Guaira y terminó trabajando dos meses sin parar.
«Y todo eso lo hicimos inconscientemente y ahora hay niñas que nos ven y dicen en voz alta: “Quiero ser como tú”. Lo que parecía un trabajo de hombres ya no lo es… eso es bonito», agrega.
Una de las pruebas de la camaradería y la inclusión, por ejemplo, llega cuando sus nombres ya no son la forma para identificarlas. Sus nombres pasan a ser otros, vinculados a sus atributos, características y formas de ser.
Nadya es Pluma, por calmada y liviana. Sarai es Blue, por su pelo azul.
Lo natural no se va
¿Qué va en el traje de una mujer rescatista?
Herramientas de trabajo: cinceles pequeños. Testigos. Linternas de apoyo. Alguna cuerda. Tapabocas. Algún amuleto personal. Colitas. Y en un bolsillo aparte, el más práctico y seguro, una toalla sanitaria. Porque sí, la menstruación no admite pausas en las emergencias.
«Cuando estaba cerca de mis días, me iba con una toalla puesta porque yo decía: “¿Y si me llega a bajar el periodo y estoy dentro de un túnel?”», recuerda Sarai.
Ese día estuvo cuatro horas y hasta que no completó esa primera etapa de la misión, no salió.
Nadya opina que los casos son distintos: «Es raro. A mí me duele cuando me viene, pero desde que estoy aquí ayudando, supongo que es también a nivel mental, no me ha dolido. No hay espacio para eso, pero hay otras compañeras que sí les duele».
Hay medicamentos para atenuar el dolor. Tampones y toallas para higienizarse. Y también la libertad de decir «hoy no puedo» y que una compañera o compañero tome tu lugar, aunque no es frecuente.
Entre la necesidad personal y la de una persona que espera a un familiar frente a una estructura rota, casi siempre gana la segunda.
«Yo estoy aquí porque el familiar no se puede meter acá, porque sé que más nadie se va a meter acá. Y si yo puedo y tengo la habilidad de hacerlo, ¿por qué no? Eso es lo que me calma», dice Nadya.

Algo se pierde, algo se pausa y mucho se gana
Cuando Nadya puso un pie en La Guaira, llevaba cinco años en una relación que terminó pocas semanas después. Tuvo que pausar la beca que ganó en una academia de danza para introducirse en decenas de túneles que también ayudó a abrir.
«Aquí todos perdimos y ganamos algo», expresa.
Tiene compañeros que perdieron sus trabajos y se divorciaron. Sabe de algunos que se perdieron las primeras veces de sus hijos o no pudieron despedirse de familiares o amigos. También de quienes descubrieron su verdadera vocación y quieren salvar vidas. Sarai, por ejemplo, ahora quiere ser veterinaria.
Pero hay algo que se gana: la gratitud.
La gratitud tiene muchas formas de verse. Una sopa caliente. El agua limpia que sale de una ducha a la intemperie. La toalla sanitaria que no irrita. El olor a ropa limpia porque esta vez sí dio tiempo de dejarla secar. La risa de una compañera que pudo haber muerto porque una viga le podía caer encima. Y la más importante: cuando una familia se abraza porque finalmente pudo recuperar el cuerpo de su ser querido.
«Los Topos Aztecas no cortamos cuerpos. Tratamos de sacarlos de la manera más completa posible», afirma Nadya, quien tuvo que tomar una pausa después de su primera misión.
Estuvo dos semanas en el Ritasol Palace intentando rescatar a la mamá de su amigo y lo logró. El cuerpo estaba íntegro hasta que una máquina oxicorte del Estado intervino.
El operador de la máquina cortó las cabillas de un solo extremo de la viga que apretaba el cuerpo de la mujer. El otro lado lo dejó igual. Esas cabillas sueltas las amarraron a una máquina para que elevara el cuerpo.
«Con el empuje, le desgarró la cadera, la rodilla, el pie frente a los hermanos, frente a los hijos, frente a los padres. Ese es el único caso donde tuve que agarrarme cuatro días de descanso. Ya cuando se logró sacar, la lanzó a la bolsa como si fuera un pedazo de escombro. Por más que sea, hay que tener mucha humanidad, hay que tener mucha dignidad con las personas que murieron», relata Nadya.
Eso también se gana: el respeto por el cuerpo. El respeto por el que pidió auxilio y esperó para despedirse.
«Tú tienes que hablar con ellos, con los cuerpos, tienes que hacerles saber que todo va a estar bien, que alguien está afuera esperándolos y hacerlo con el mayor respeto posible en todo momento».
Sarai también lo ve así: «La ganancia es poder darle paz a una familia, a un hijo, a un papá, a una mamá. Darle el cuerpo de su familiar para que pueda darle el descanso».
Misiones en curso
Hasta el 5 de septiembre pasado, en La Guaira se habían ejecutado nueve “demoliciones controladas” con explosivos. Quien tuvo su hogar y sobrevivió ya sabe que serán muchas más. El Ministerio de Obras Públicas anunció el 7 de septiembre un listado oficial con 39 residencias que serán implosionadas en los próximos días.
Nadya y Sarai se han aprendido los nombres de varios y otros los han ido olvidando. Los que recuerdan son la prueba de que ahí pasaron muchos días excavando, moviendo materiales, tratando de ubicar los cuerpos perdidos: Ritasol Palace, El Jurel y Tamiami.
«Estamos buscando a una señora. Hay que seguir escarbando. Hay que seguir explorando porque donde se encuentra hay bastantes vigas atravesadas y hay que romper», explica.
Sarai, por otro lado, tomó un descanso y regresó a Valencia (Carabobo) para visitar a su familia.
El sentimiento compartido de las rescatistas es que volver a la vida anterior ya no es posible.
«Cuando me he ido, me levanto con el pensamiento de que no iré constantemente a La Guaira. La normalidad es rara. Yo vengo de ver estructuras colapsadas, de meterme, de sacar gente muerta, de ver a familiares llorando, de ver escombros y de repente llegar a la normalidad. Todo explota en la mente», confiesa.

El futuro del rescate posible
Nadya y Sarai fueron parte del equipo de mujeres rescatistas que los Topos Azteca trasladaron a Colombia por el terremoto que ocurrió el 10 de agosto. Fue la primera misión internacional de ambas, el primer encuentro con otras reglas y formas de hacer las cosas.
Su apoyo fue limitado por el control que ejercieron las autoridades colombianas, pero Nadya se vino con la prueba de que cualquier vida cuenta: salvó un gato. Lo llamaron Tormenta y nunca lo olvidará porque terminó con un rasguño en el brazo.
«Nos montaron en el bus a varias mujeres porque sabían lo que podíamos aportar. Ya nos habían probado aquí», expresa con el tono de tranquilidad de quien hizo lo correcto.
Valiente. Atrevida. Cautelosa. Audaz. Aprendices. Esas son palabras que Pluma y Blue usan para describir esta nueva versión de sí mismas.
Para Sarai, la última es la más importante porque “todavía queda mucho por saber”. Le cuesta llamarse rescatista, pero reconoce que hay algo que le sobra: el deseo de formarse y continuar apoyando donde la llamen.
«Esto era algo para lo cual nadie estaba preparado y nosotras dimos cara a pesar de no tener experiencia. Eso es algo que se valora bastante», dice.
Les queda seguir estando presentes. Es la gran enseñanza a casi tres meses de que sus vidas se transformaran para siempre.
Nadya lo sabe: «Ahora viviremos una versión mejorada de la vida. Mucho más consciente de lo que estoy haciendo, mucho más agradecida de lo que estoy haciendo».

