Lisa Henrito (1)

Mujeres en Lara asumen la carga más pesada ante crisis de los servicios públicos

El impacto de las fallas de electricidad, agua y gas doméstico es mayor para las mujeres, en quienes ya recae, de manera desproporcionada, el trabajo doméstico y de cuidado

A las 2:00 de la madrugada, mientras su familia duerme, Alexandra García, de 51 años, atiende las necesidades del hogar. Lava la ropa, limpia un poco la casa y almacena agua en pipotes plásticos que usarán el resto del día, cuando las tuberías esten secas. 

Al terminar, la mujer se recuesta en su cama con la esperanza de descansar un poco antes de volver a levantarse a las 5:00 a.m., preparar algo de comer y salir hacia el consultorio médico donde trabaja como secretaria. Alexandra tiene una hija y también vive con sus padres, que son adultos mayores, por lo que gran parte de las responsabilidades domésticas y de cuidado recaen sobre ella.

Su jornada resume una realidad que se repite en distintos hogares del estado Lara y el resto de Venezuela: las fallas en los servicios públicos alteran significativamente las rutinas de la población, y profundizan la carga del trabajo en casa que recae especialmente sobre las mujeres.

Vidas al servicio de los servicios

Los apagones y la falta de agua obligan a reorganizar los horarios, e incluso a sacrificar el sueño, para hacer actividades tan elementales como cocinar, lavar y limpiar. 

Solo entre el 31 de agosto y el 6 de septiembre de 2026, la asociación Activos por la Luz registró 188 cortes de energía y 52 fluctuaciones (bajones) en 44 sectores del estado Lara, para un total acumulado de 853 horas y 16 minutos sin electricidad en una semana. 

Esta organización ciudadana —que surgió en la entidad tras el megaapagón nacional de 2019 para documentar las fallas eléctricas, exigir información y respuestas— advirtió que los municipios Iribarren y Palavecino reportaron 137 y 41 cortes de luz respectivamente. Algunas comunidades presentaron interrupciones del servicio durante todos los días de esa semana.

A esta situación se suma otra irregularidad. Una encuesta realizada en 2021 por el Laboratorio de Desarrollo Humano (Ladeshu) a 971 hogares larenses arrojó que, para entonces, 94 % de los hogares tenía algún déficit en el acceso al gas doméstico. 

El problema, sin embargo, no afectaba a todos los integrantes de la vivienda por igual. Casi la mitad de los encuestados (49 %) indicó que eran las mujeres quienes cargaban las bombonas desde el lugar de abastecimiento hasta sus casas. El estudio identificó que en la mitad de los hogares consultados, en los nueve municipios de la entidad, la jefatura correspondía a mujeres, quienes debían idear cómo compensar las horas perdidas por la gestión de las fallas en los servicios. 

El Ladeshu —organización fundada en 2014 en Barquisimeto para visibilizar vulneraciones de derechos y acompañar a las comunidades— también documentó otros impactos de las fallas de gas. En el municipio Iribarren, 81 % de las familias entrevistadas utilizaba cocinas eléctricas, alternativa que se vuelve falible en un contexto de cortes de electricidad constantes. Mientras, los que empleaban leña dijeron que presentaron problemas respiratorios y lesiones oftalmológicas. 

Administrar la incertidumbre

En El Coriano 2, al oeste de Barquisimeto, Doris de Pérez, de 60 años, también ajusta su jornada a la disponibilidad de electricidad. Es manicurista y atiende a clientas en sectores cercanos a su residencia. Algunas veces llega a una vivienda y descubre que se fue la luz, por lo que no puede trabajar.

Para Doris, cada apagón puede representar más que retrasar una tarea doméstica. También puede significar perder dinero, disminuir sus ingresos. Si una clienta le cancela la cita porque no tiene electricidad, debe reorganizar su agenda; al regresar a casa encuentra además los oficios acumulados. Doris vive con su hijo y suele preparar su almuerzo durante la mañana porque sabe que en la noche puede no disponer de electricidad para cocinar.

Mientras, en El Recreo, Luz Marina Maggiolo de 66 años vive con su esposo, de 74. Él tiene hipertensión y ella se encarga de atenderlo. Luz Marina padece artrosis y problemas del túnel carpiano. Debe utilizar una muñequera para evitar que su condición empeore, o tendría que someterse a cirugía, sin embargo, no cuenta con los recursos económicos para adquirirla.

Aunque tiene dos hijos, vive únicamente con su esposo y se dedica a los oficios del hogar porque no ha encontrado trabajo. Para ella, las fallas de los servicios se suman a esa carga doméstica y de cuidado que ya ocupa buena parte de su tiempo. Resolver las necesidades de la casa mientras atiende a su esposo significa administrar no solo la electricidad o el agua disponible, sino también sus propias limitaciones físicas.

Del cansancio físico al desgaste emocional

Otro estudio de Activos por la Luz realizado en septiembre de 2020 ya reportaba otras consecuencias de la crisis del sistema eléctrico que suelen pasar desapercibidas: prolongados sentimientos y manifestaciones de ansiedad, angustia, estrés, depresión, ira e incertidumbre. El documento también advertía sobre efectos en niñas, niños y adolescentes, así como jóvenes y adultos mayores.

En 2026, Susana Romero, coordinadora del Programa Psicosocial y Legal de la Asociación Larense de Planificación Familiar (Alaplaf), observa situaciones similares desde el trabajo comunitario. Entre las mujeres expuestas a la crisis de los servicios públicos identifica manifestaciones asociadas con ansiedad, estrés, alteraciones del sueño y depresión.

La relación no debe entenderse como una causalidad automática: los problemas emocionales pueden tener múltiples causas. Pero la incertidumbre permanente, la pérdida de horas de descanso, la sobrecarga doméstica y la dificultad para conciliar las responsabilidades laborales y familiares añaden factores de presión.

Alaplaf —una organización con décadas de trabajo en Lara vinculada históricamente con la salud sexual y reproductiva— ha ampliado parte de su intervención comunitaria hacia la formación, el acompañamiento psicosocial y la creación de redes.

Durante 2025-2026, reportó 2.476 mujeres sensibilizadas en cinco sectores de Iribarren y Palavecino: Portachuelo, Brisas del Parque, Las Cuibas, Colinas del Trompillo y Brisas del Norte.

El programa de formación de promotoras comunitarias busca fortalecer capacidades para identificar necesidades, gestionar emociones, acompañar a otras mujeres, reconocer recursos disponibles y generar respuestas desde las propias comunidades.

Para Romero, esa formación también permite superar una lógica exclusivamente asistencialista. Las mujeres reciben herramientas para analizar la realidad de sus comunidades, identificar problemas y gestionar soluciones con los recursos disponibles.

La apuesta, explica, es que puedan convertirse en canales de negociación y facilitación ante las instituciones. Es decir, que no solamente reciban respuestas, sino que desarrollen capacidades para plantear necesidades y buscar soluciones colectivas.

Redes de apoyo frente a una crisis que se multiplica

Romero considera que la precariedad de servicios como agua y electricidad puede analizarse también desde una perspectiva de violencia estructural, en la medida en que sus consecuencias se acumulan sobre mujeres, niñas y adolescentes encargadas de tareas de cuidado no remuneradas.

La organización ha encontrado que las dificultades no se limitan a las mujeres adultas. Adolescentes desde los 14 años participan en los espacios comunitarios y algunas enfrentan responsabilidades dentro de sus hogares que interfieren con su continuidad educativa.

Ese aspecto amplía la dimensión del problema. Una joven que debe permanecer en casa para cuidar, buscar agua, atender necesidades familiares o resolver tareas domésticas también puede perder horas destinadas al estudio.

En este escenario, las redes de apoyo funcionan como una forma de respuesta comunitaria. No sustituyen los servicios públicos ni resuelven las fallas estructurales, pero pueden reducir el aislamiento y permitir que las mujeres compartan información y herramientas para enfrentar situaciones que individualmente resultan más difíciles.

La crisis de los servicios públicos, medida en horas sin electricidad, días sin agua o meses con dificultades para conseguir gas, tiene así otra dimensión menos visible: el tiempo que las familias deben invertir para compensar las fallas.

Las historias permiten observar que las mujeres son más vulnerables ante la precariedad de los servicios, mientras las organizaciones buscan fortalecer las capacidades de esta población para gestionar emociones, organizarse y construir respuestas colectivas, tejiendo redes que se convierten en una herramienta para enfrentar la cotidianidad.

WhatsApp Image 2026-09-18 at 12.25.41 PM

Mujeres en las ruinas del terremoto: estrategia, compasión y dignidad frente al riesgo

La confrontación directa con la muerte durante el doble terremoto del 24 de junio llevó a decenas de mujeres a pausar sus vidas cotidianas para volcarse al servicio. Asumieron labores de cocina, logística y organización, pero otras se enfrentaron al miedo y limitaciones convencionales para adentrarse en lo más profundo de los escombros. Su misión, tan riesgosa como compasiva, continúa: recuperar y devolver los cuerpos a aquellas familias que necesitan despedirse

Hay espacios, trajes, objetos y contextos que parecen propiedad masculina hasta que llega la tragedia. Hay labores que se asocian con la corporalidad, fuerza y el rostro de un hombre. Y también hay momentos que te enseñan que, en la emergencia, ninguna mano solidaria sobra porque la vida de alguien puede depender de la voluntad y el criterio de otro ser humano. Y a veces ese ser humano es una mujer, y a veces es una mujer que decide ser rescatista.

No saben si fue el hecho de ver las paredes de sus casas resquebrajarse. Sentir que mantenerse firme ya no era su decisión. Pensar que la vida se les iba en menos de 40 segundos. Pero el 24 de junio reprogramó su cotidianidad y transformó sus casas en carpas, sus zapatos en botas, habilidades que consideraban “corrientes” en capacidades técnicas indispensables para la recuperación de otro ser vivo o sus restos.

Antes del doble terremoto, Nadya Sabbagh (25) y Sarai Peña Castro (22) no se conocían, pero ahora sus historias están conectadas: de bailar en un salón pasaron a ser rescatistas de la extensión del equipo voluntario de los Topos Aztecas en Venezuela. 

Nadie las llamó. Ellas se ofrecieron al ver, de frente, la gravedad del desastre: en La Guaira colapsaron más de 150 edificios. Según el Estado venezolano, 80 % eran residencias privadas. 

En 2023, el gobierno de Nicolás Maduro reportó que había 14.000 bomberos y  7.411 funcionarios de Protección Civil activos a nivel nacional. De ese número, 34 % eran mujeres. Aunque la mayoría se movilizó para ayudar, Nadya y Sarai, y todo aquel que se ofreció como voluntario, se dieron cuenta de que nunca una cifra resultó ser tan insuficiente ante la magnitud de la emergencia. 

Miles de muertos y heridos. Toneladas de escombros por remover con las uñas. 

Decir que sí al llamado

«Voy a usar mi fuerza para ayudar allá», con ese pensamiento Nadya evacuó su edificio en San Antonio de Los Altos (Miranda) el día del terremoto. Lo hizo con el miedo encima, pero con la certeza de que tenía habilidades suficientes para apoyar. 

«Soy acróbata, soy bailarina, tengo entrenamientos de horas al día y quería ponerlo a prueba», cuenta. 

Su primer intento fue en el Edificio Moisés, que colapsó en la parroquia San Bernardino de Caracas. Ahí no pudo hacer mucho. El equipo de Protección Civil le negó el acceso: «No me dieron ni siquiera el chance de verificar si yo sabía usar las herramientas, de ver si yo tenía alguna condición. Simplemente me dijeron que no querían arriesgar vidas femeninas».

Insistió a Protección Civil durante cuatro días y le repetían lo mismo: primero los hombres. 

Ninguno se ofreció.

Voluntarios que estaban bajando insumos y rescatistas a La Guaira la trasladaron. Ahí la insistencia se convirtió en acción y durante tres días la arropó la misma realidad que a miles de guaireños: dormir un par de horas en las calles, comer de los donativos, dejar para después las duchas, y procesar que cada hora que transcurría las vidas eran menos.

La primera misión de Nadya fue en las residencias Ritasol Palace de Caraballeda para intentar recuperar el cuerpo de la madre de un amigo. Recuerda la escena: había rescatistas, pero no podían entrar al túnel por su contextura. 

«Yo puedo», recuerda que les dijo.

Nadie lo dudó. Nadya es alta, delgada y flexible, pero más allá de eso, el filtro que había lo superó por la seguridad con la que pronunció aquellas palabras.

Recorrió el túnel con el tacto y la precaución que produce lo desconocido. Comprendió la importancia del silencio y la observación. Puso a funcionar un rotomartillo y manejó una mandarria sin más que una explicación breve. A más de cinco o seis metros bajo tierra supo que la recuperación, como el baile, también tenía un ritmo que seguir.

«Las primeras veces no sabes qué estás haciendo. Dices: “Bueno, yo fui al frente, yo fui a la izquierda, yo fui a la derecha”. No sabes cómo decirlo. Ya con el tiempo cambia: “Avancé tantos metros. Esto tiene tanta profundidad para abajo, tiene tanta profundidad para arriba”».

La voluntad 

De 50 personas que se sumaron al grupo de los Topos Aztecas de Venezuela durante los primeros días de la emergencia, al menos 20 eran mujeres menores de 30 años. Llegaron de distintos estados del país, como Distrito Capital, Aragua, Carabobo, Miranda, y entraron al equipo porque dijeron «sí quiero, sí puedo».

Ese es el común denominador de las rescatistas voluntarias: se atreven a colaborar sin recibir más que el agradecimiento de las familias. Aunque el ofrecimiento es individual, la decisión de integrarlas en contextos de emergencia implica la aprobación de un superior y acompañamiento para integrarlas.

«Dígale a las personas que yo también puedo ir. Déjeme encargada con alguien», le decía Sarai Peña los primeros días al topo mayor.

Funcionó y Sarai entró a los primeros túneles con la determinación necesaria: «Solo confiaba en lo que me decían mis compañeros». 

Han transcurrido más de 80 días y las mujeres rescatistas continúan ayudando en La Guaira. Allí han aprendido que su rol ofrece aproximaciones distintas a la vulnerabilidad y al duelo. 

«Las mujeres dentro del rescate no solamente hacemos lo mismo que los hombres. Te metes en un hueco. Usas herramientas. Te arriesgas. Pero sabemos hacer algo más: dar esperanza aquellas personas que creen que no se puede hacer algo por cualquier cosa», señala Sarai, quien tiene 22 años, es bailarina y llegó de Valencia.

Sabe por qué lo dice. En Carabobo, ayudó a salir de su edificio a adultos mayores y animales: perros, gatos, un conejo y un pez. Luego fue hasta la ciudad de Morón, donde 18 sectores quedaron afectados, y colaboró en el rescate de dos sobrevivientes de una estructura que colapsó. 

No hubo casco, guantes ni botas: «Me metí sin nada porque estaban vivos. Fue un trabajo de cinco o seis horas y mi función fue sacar escombros. Lo único que yo pensaba era: donde me necesiten, voy a estar».

Fue comprender que cualquier vida, más joven o mayor, animal o no, contaba. 

Y en La Guaira necesitaban mucho eso: insistir en donde parecía no haber ninguna posibilidad. Aún lo necesitan.

Votos de confianza y el ejemplo

«En este grupo no existe ningún tipo de género. En mi experiencia, es diferente a Protección Civil. Aquí, seas mujer o seas hombre, te enseñan igual. Te sueltan las herramientas igual. Claramente cada uno tiene sus capacidades y sus virtudes. No todas las mujeres topean y no todas las mujeres utilizan herramientas; no todos los hombres topean, no todos los hombres utilizan herramientas», comenta Nadya.

Pero las distinciones continúan existiendo en otros espacios. 

En la duda de un familiar que no confía en el juicio de las rescatistas porque parecen inexpertas o muy jóvenes. En los rechazos de funcionarios. En el titubeo de las primeras horas. 

Y luego llega la transformación.

La negociación al momento de asignar misiones es más calmada. Atienden los detalles. La organización es naturalmente metódica. La disciplina y la constancia son exhaustivas en la mayoría de los casos. Y aprenden que cualquier cuerpo —grueso o delgado; alto o bajo; más lento o más rápido—  es funcional y necesario en distintas en las misiones.

Nadya tiene ejemplos: «Cuando viene la gente, y ven una mujer, le bajan dos. Se calman. Dicen: “A ella la puedo tratar de otra manera”. Tal vez viene del mismo machismo, pero sigue siendo una ventaja. Sigue siendo una ventaja en absoluto. Más allá de eso, también la contextura para el tema de topeo, que es lo que yo manejo, viene genial». 

Pero las virtudes indispensables son otras: «Solemos ser naturalmente más flexibles, más ágiles, y eso ayuda bastante. Lo más importante es que aprendemos rápido».

«Antes no lo veía. Luego sí. Y quizás lo valoramos más porque a todas nos costó mucho estar aquí», señala Sarai, quien al inició pensó que pasaría una semana en La Guaira y terminó trabajando dos meses sin parar.

«Y todo eso lo hicimos inconscientemente y ahora hay niñas que nos ven y dicen en voz alta: “Quiero ser como tú”. Lo que parecía un trabajo de hombres ya no lo es… eso es bonito», agrega. 

Una de las pruebas de la camaradería y la inclusión, por ejemplo, llega cuando sus nombres ya no son la forma para identificarlas. Sus nombres pasan a ser otros, vinculados a sus atributos, características y formas de ser. 

Nadya es Pluma, por calmada y liviana. Sarai es Blue, por su pelo azul. 

Lo natural no se va

¿Qué va en el traje de una mujer rescatista? 

Herramientas de trabajo: cinceles pequeños. Testigos. Linternas de apoyo. Alguna cuerda. Tapabocas. Algún amuleto personal. Colitas. Y en un bolsillo aparte, el más práctico y seguro, una toalla sanitaria. Porque sí, la menstruación no admite pausas en las emergencias.

«Cuando estaba cerca de mis días, me iba con una toalla puesta porque yo decía: “¿Y si me llega a bajar el periodo y estoy dentro de un túnel?”», recuerda Sarai.  

Ese día estuvo cuatro horas y hasta que no completó esa primera etapa de la misión, no salió. 

Nadya opina que los casos son distintos: «Es raro. A mí me duele cuando me viene, pero desde que estoy aquí ayudando, supongo que es también a nivel mental, no me ha dolido. No hay espacio para eso, pero hay otras compañeras que sí les duele». 

Hay medicamentos para atenuar el dolor. Tampones y toallas para higienizarse. Y también la libertad de decir «hoy no puedo» y que una compañera o compañero tome tu lugar, aunque no es frecuente.

Entre la necesidad personal y la de una persona que espera a un familiar frente a una estructura rota, casi siempre gana la segunda.

«Yo estoy aquí porque el familiar no se puede meter acá, porque sé que más nadie se va a meter acá. Y si yo puedo y tengo la habilidad de hacerlo, ¿por qué no? Eso es lo que me calma», dice Nadya.

Algo se pierde, algo se pausa y mucho se gana

Cuando Nadya puso un pie en La Guaira, llevaba cinco años en una relación que terminó pocas semanas después. Tuvo que pausar la beca que ganó en una academia de danza para introducirse en decenas de túneles que también ayudó a abrir. 

«Aquí todos perdimos y ganamos algo», expresa. 

Tiene compañeros que perdieron sus trabajos y se divorciaron. Sabe de algunos que se perdieron las primeras veces de sus hijos o no pudieron despedirse de familiares o amigos. También de quienes descubrieron su verdadera vocación y quieren salvar vidas. Sarai, por ejemplo, ahora quiere ser veterinaria. 

Pero hay algo que se gana: la gratitud. 

La gratitud tiene muchas formas de verse. Una sopa caliente. El agua limpia que sale de una ducha a la intemperie. La toalla sanitaria que no irrita. El olor a ropa limpia porque esta vez sí dio tiempo de dejarla secar. La risa de una compañera que pudo haber muerto porque una viga le podía caer encima. Y la más importante: cuando una familia se abraza porque finalmente pudo recuperar el cuerpo de su ser querido.

«Los Topos Aztecas no cortamos cuerpos. Tratamos de sacarlos de la manera más completa posible», afirma Nadya, quien tuvo que tomar una pausa después de su primera misión.

Estuvo dos semanas en el Ritasol Palace intentando rescatar a la mamá de su amigo y lo logró. El cuerpo estaba íntegro hasta que una máquina oxicorte del Estado intervino.

El operador de la máquina cortó las cabillas de un solo extremo de la viga que apretaba el cuerpo de la mujer. El otro lado lo dejó igual. Esas cabillas sueltas las amarraron a una máquina para que elevara el cuerpo.

«Con el empuje, le desgarró la cadera, la rodilla, el pie frente a los hermanos, frente a los hijos, frente a los padres. Ese es el único caso donde tuve que agarrarme cuatro días de descanso. Ya cuando se logró sacar, la lanzó a la bolsa como si fuera un pedazo de escombro. Por más que sea, hay que tener mucha humanidad, hay que tener mucha dignidad con las personas que murieron», relata Nadya. 

Eso también se gana: el respeto por el cuerpo. El respeto por el que pidió auxilio y esperó para despedirse. 

«Tú tienes que hablar con ellos, con los cuerpos, tienes que hacerles saber que todo va a estar bien, que alguien está afuera esperándolos y hacerlo con el mayor respeto posible en todo momento».

Sarai también lo ve así: «La ganancia es poder darle paz a una familia, a un hijo, a un papá, a una mamá. Darle el cuerpo de su familiar para que pueda darle el descanso».

Misiones en curso

Hasta el 5 de septiembre pasado, en La Guaira se habían ejecutado nueve “demoliciones controladas” con explosivos. Quien tuvo su hogar y sobrevivió ya sabe que serán muchas más. El Ministerio de Obras Públicas anunció el 7 de septiembre un listado oficial con 39 residencias que serán implosionadas en los próximos días.

Nadya y Sarai se han aprendido los nombres de varios y otros los han ido olvidando. Los que recuerdan son la prueba de que ahí pasaron muchos días excavando, moviendo materiales, tratando de ubicar los cuerpos perdidos: Ritasol Palace, El Jurel y Tamiami.

«Estamos buscando a una señora. Hay que seguir escarbando. Hay que seguir explorando porque donde se encuentra hay bastantes vigas atravesadas y hay que romper», explica.

Sarai, por otro lado, tomó un descanso y regresó a Valencia (Carabobo) para visitar a su familia.

El sentimiento compartido de las rescatistas es que volver a la vida anterior ya no es posible. 

«Cuando me he ido, me levanto con el pensamiento de que no iré constantemente a La Guaira. La normalidad es rara. Yo vengo de ver estructuras colapsadas, de meterme, de sacar gente muerta, de ver a familiares llorando, de ver escombros y de repente llegar a la normalidad. Todo explota en la mente», confiesa.

El futuro del rescate posible

Nadya y Sarai fueron parte del equipo de mujeres rescatistas que los Topos Azteca trasladaron a Colombia por el terremoto que ocurrió el 10 de agosto. Fue la primera misión internacional de ambas, el primer encuentro con otras reglas y formas de hacer las cosas.

Su apoyo fue limitado por el control que ejercieron las autoridades colombianas, pero Nadya se vino con la prueba de que cualquier vida cuenta: salvó un gato. Lo llamaron Tormenta y nunca lo olvidará porque terminó con un rasguño en el brazo.

«Nos montaron en el bus a varias mujeres porque sabían lo que podíamos aportar. Ya nos habían probado aquí», expresa con el tono de tranquilidad de quien hizo lo correcto.

Valiente. Atrevida. Cautelosa. Audaz. Aprendices. Esas son palabras que Pluma y Blue usan para describir esta nueva versión de sí mismas.

Para Sarai, la última es la más importante porque “todavía queda mucho por saber”. Le cuesta llamarse rescatista, pero reconoce que hay algo que le sobra: el deseo de formarse y continuar apoyando donde la llamen. 

«Esto era algo para lo cual nadie estaba preparado y nosotras dimos cara a pesar de no tener experiencia. Eso es algo que se valora bastante», dice. 

Les queda seguir estando presentes. Es la gran enseñanza a casi tres meses de que sus vidas se transformaran para siempre. 

Nadya lo sabe: «Ahora viviremos una versión mejorada de la vida. Mucho más consciente de lo que estoy haciendo, mucho más agradecida de lo que estoy haciendo».

Maikelis Bandres, mujer embarazada que vive en un campamento solidario en la Av. Bolivar post el terremoto del 24 de junio, resultando con graves daños el edificio de la mision vivienda donde vivía.

Gestar y maternar en el desastre: ¿cómo vivieron las embarazadas los terremotos?

Según estimaciones del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), más de 36 mil embarazadas resultaron directamente afectadas por los terremotos que golpearon a Venezuela el 24 de junio. Hoy enfrentan desplazamiento forzado, estrés agudo y la frustración por lo perdido, a lo que se suma la afectación de la salud mental y el enorme desafío de empezar de cero con un recién nacido en brazos

El doble terremoto coincidió con las últimas semanas de gestación de Maikelis Bandres. Cuando vio que cedieron las paredes de su apartamento en el primer piso del urbanismo OPPPE 16, en la Av. Bolívar, pensó en saltar por la ventana. “Si yo me lanzo de aquí, me voy a morir, pero si me quedo aquí también me voy a morir”, pensó. Como pudo, bajó por las escaleras, pero el temblor la tumbó al piso. El dolor, sin embargo, llegó una vez la tierra dejó de moverse. “Por la caída y el susto, sentía como si el bebé se me impulsaba hacia abajo”, recuerda.

Hoy, con fecha de parto prevista para agosto, Maikelis pasa sus días en un campamento instalado en el estacionamiento del Museo Cruz-Diez, donde enfrenta la angustia de no tener un espacio seguro a dónde llevar a su recién nacido. La idea de que ocurra otro sismo la mantiene tensa. Y a eso se suma el cansancio por dormir en el piso. Confiesa que, con este embarazo cruzado por el desastre, se ha sentido “como en coma”, por lo que pasa la mayor parte del día acostada en la carpa.

“A veces me pongo a llorar, porque quién se iba a imaginar que esto iba a pasar. Ya estoy a punto de dar a luz y ¿a dónde me voy a ir? Ahorita están recuperando las viviendas, pero no es lo mismo. Yo sí quiero irme por no estar aquí. Quiero estar acostada en mi cuarto, con mis cosas, pero me da miedo”, cuenta.

Maikelis Bandres, mujer embarazada que vive en un campamento solidario en la Av. Bolivar post el terremoto del 24 de junio, resultando con graves daños el edificio de la mision vivienda donde vivía. Foto: Redsonadoras/ Mairet Chourio.

Así como Maikelis, unas 36.700 mujeres embarazadas resultaron directamente afectadas por los sismos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron Venezuela hace ya un mes, y al menos 4.000 darían a luz en las semanas inmediatas a la catástrofe, según estimaciones del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA).

Para las embarazadas que están en campamentos o permanecen en zonas aisladas sin acceso inmediato a consultas, la educación sobre los signos de complicación es vital. Desde la Asociación Civil de Planificación Familiar (Plafam), advierten que la presencia de sangrado vaginal, pérdida de líquido amniótico, disminución drástica o ausencia de movimientos del bebé, las contracciones dolorosas o los síntomas de preeclampsia —como dolor de cabeza persistente, visión borrosa, zumbidos e hinchazón repentina— exigen evaluación médica inmediata.

Maikelis Bandres, mujer embarazada que vive en un campamento solidario en la Av. Bolivar post el terremoto del 24 de junio, resultando con graves daños el edificio de la mision vivienda donde vivía. Foto: Redsonadoras/ Mairet Chourio.

Parir lejos de casa

La Guaira fue el estado más golpeado por el doblete sísmico. La devastación en el litoral central fue tal que agencias internacionales como la OCHA confirmaron el desplazamiento de cientos de familias hacia otras regiones del país. Ese fue el caso de Selena Corea, quien dejó su casa en Playa Grande para refugiarse en Falcón, con sus suegros.

Ante el colapso de los centros de salud, permanecer en La Guaira no era una opción viable. “En mis últimos controles se me ha dicho que yo voy a ser cesárea, porque la bebé viene muy grande. Entonces, los quirófanos no van a prestar la atención que requiero“, explica.

La preocupación de Selena no es infundada. De acuerdo con UNFPA, 38 centros sanitarios quedaron dañados, “lo que limita considerablemente el acceso a servicios esenciales de salud materna para mujeres y recién nacidos”. Igualmente, la ONU reportó que los terremotos llevaron al límite a los hospitales de La Guaira, donde faltan camas, suministros y personal, por lo que fueron instalados hospitales de campaña para atender a los afectados.

En su nuevo hogar, Selena intenta mantener un “autocontrol constante” para que su hijo pequeño no la vea ansiosa y que el miedo tampoco impacte en su embarazo. Emilio Altahona, obstetra ginecólogo de Plafam, explica que la descarga constante de cortisol y adrenalina puede desencadenar picos de presión arterial —aumentando el riesgo de preeclampsia—, provocar contracciones prematuras o alterar el patrón de movimiento del bebé dentro del vientre.

Desde que ocurrió el terremoto, el doctor Altahona cuenta que ha detectado entre sus pacientes un aumento de hipertensión, hemorragias del primer, segundo y tercer trimestre, y cuadros de estrés agudo con episodios de insomnio.

Selena Corea vivía en el sector Playa Grande, en La Guaira. El edificio al lado de su casa se derrumbó. Aunque su vivienda quedó en pie, no sabe cuándo volverá a habitarla. Foto: Redsonadoras/ Mairet Chourio.

Esa alteración provocada por la angustia la vivió Katherin Landazabal. Con la urgencia del sismo, “a mí se me olvidó la barriga, a mí se me olvidó todo. No sentía nada”, relata. Pasó la noche en una montaña por la alerta de tsunami y, a la mañana siguiente, con las piernas raspadas, el abdomen prensado y sin sentir a su bebé, tuvo que manejar desde el sector Caribe, en La Guaira, hasta Los Teques para ponerse a salvo en casa de sus padres.

Instalada en Miranda, las secuelas físicas y emocionales persisten: “No duermo. Estoy ida. Con cualquier nervio que me da, el bebé se mueve mucho. Me dicen que es normal, pero no es normal para mí. Tengo que tener mucha calma por mi esposo y por mi otro niño, pero es el estrés de que ya no tengo la casa, el estrés de adaptarme aquí y de que el bebé tiene que estar sano”, confiesa.

Katherin Landazabal, mujer embarazada que vivía en La Guaira y tras los terremotos ocurridos el 24 de junio, se mudó con su esposo e hijo a la casa de sus padres en Los Teques. Foto: Redsonadoras/ Mairet Chourio.

Ese desplazamiento no solo interrumpió sus controles y canceló el parto que tenía planificado en Macuto, sino que la dejó sin la vivienda en la que había invertido todos sus ahorros y sin los insumos que ya tenía listos para la llegada de su bebé, Noah.

Reponer lo perdido no luce fácil. El esposo de Katherin se fracturó el talón y sufrió lesiones significativas en la columna durante el terremoto, por lo que le espera una larga rehabilitación. Ella tampoco podrá trabajar por el reposo postparto. E incluso cuando ambos se recuperen, el futuro laboral es incierto: vivían de volar parapente en La Guaira.

“No sé cuánto tiempo nos quedaremos aquí, si en algún momento vamos a volver a La Guaira. Tengo la casa, pero qué hago yo con la casa. No me la puedo traer y llevármela a otro lado. ¿La vendo? ¿La vendo en qué? Todo lo que invertí ahí, no me lo va a pagar nadie. Nadie quiere saber nada de La Guaira y eso me deprime más, porque ¿con quién queda uno? ¿Con quién cuenta uno?”.

Katherin Landazabal, mujer embarazada que vivía en La Guaira y tras los terremotos ocurridos el 24 de junio, se mudó con su esposo e hijo a la casa de sus padres en Los Teques. Foto: Redsonadoras/ Mairet Chourio.

Ante la urgencia de empezar de cero, una amiga le abrió una campaña en GoFundMe con la meta de costear los gastos médicos e intentar reconstruir un nuevo espacio para cuidar al recién nacido.

Redefinir el hogar

El “nido” de Victoria Romero también desapareció con el terremoto. Su apartamento en La Guaira quedó para demolición y, con él, se perdió el patrimonio que planificó durante años junto a su esposo, además de su récord médico y las cosas que había reunido para su bebé, Carlotta.

En Valencia, no solo enfrenta las secuelas que dejó el sismo en su sistema nervioso, sino también el reto de encontrar un centro médico de confianza para atender la recta final de su gestación. Probó suerte en el Hospital Central de San Diego, pero el personal la asustó más de lo que la aliviaron. “No tenían los equipos para la frecuencia cardíaca ni nada. De hecho, hasta sentí que tuve violencia obstétrica allí porque me hicieron estudios que yo no quería, citología y esas cosas. Yo dije que no quería hacerme esos exámenes y ellas prácticamente me obligaron”, señala.

Como trabajadora humanitaria, Victoria está más acostumbrada a brindar apoyo que a recibirlo. Asumir la vulnerabilidad fue un choque interno e incluso recibir los donativos le generó sentimientos encontrados. “Yo me sentía molesta porque no fueron las cosas que nosotros como padres elegimos. Pero es ahora lo que nos toca”, dice. Pudo recuperar algunas de las pertenencias de Carlotta porque le pagó a alguien para que entrara a lo que quedó de su edificio, sin importar si le desvalijaban el departamento.

Hoy recauda fondos en GoFundMe para cubrir gastos médicos, alquiler, enseres básicos y cualquier otro imprevisto. “Una de las cosas que más me duele es que mi esposo y yo hicimos un plan: compramos nuestra casa, nos casamos y ahí fue donde empezamos a buscar a la bebé. Dijimos que para nosotros casarnos pues teníamos que tener algo de nosotros para poder dárselo a la bebé. Estamos bajo un techo y gracias a Dios estamos vivos, pero nuestro plan de que Carlotta naciera en una casa de ella no está ya”, confiesa.

Pese al duelo y la incertidumbre por el futuro, agradece tener un lugar donde resguardarse y empezar a construir el espacio de Carlotta, combinando lo que logró rescatar con el apoyo recibido. Aceptar esa ayuda le ha dado estabilidad y le dejó una certeza final: “una lección que aprendimos en todo esto, mi familia y yo, es que el hogar se construye con las personas que lo habitan”.

Portadas Redsonadoras (7)

Romper la regla en Venezuela: sobrevivir a la pobreza menstrual y al dolor invisible desde el entorno laboral

En el marco del programa empresarial FemCycle impulsado por KloeCup en Caracas, abordamos cómo la pobreza menstrual en Venezuela y la normalización del dolor incapacitante impactan directamente en la productividad laboral y la equidad de género. A través de datos locales y regionales, se examina la urgencia de transitar del silencio corporativo a la Responsabilidad Social de impacto interno

En el contexto venezolano, el panorama de la salud femenina es complejo y restrictivo. La crisis socioeconómica obliga a miles de mujeres a enfrentarse a la dolorosa disyuntiva de elegir entre comprar alimentos o adquirir un producto para gestionar su período. Una investigación de la alianza editorial Historias que Laten y el informe de la Asociación Venezolana para una Educación Sexual Alternativa (AVESA) describe una realidad masiva: 9 de cada 10 mujeres son pobres menstruales en el país porque no tienen dinero para comprar toallas o tampones ni acceso al agua para cuidar su higiene.

Quienes no pueden costearlos se ven obligadas a adaptar materiales de desecho para su uso como telas, ropa usada, medias viejas, papel higiénico, partes de pañales o toallas artesanales fabricadas con cartón de huevo. Esta precariedad no solo incrementa el ausentismo laboral y escolar, sino que alimenta un profundo aislamiento social, reforzado por el miedo y la vergüenza al manchado visible que expone a las mujeres al rechazo en sus propios entornos de convivencia.

Esta situación es observada de cerca por la pareja fundadora de KloeCup, una marca de gestión menstrual que se dedica tanto a la venta de copas menstruales como al diseño de servicios y soluciones para organizaciones no gubernamentales (ONG). Centrados en promover la autonomía menstrual y en desmitificar el ciclo biológico bajo el eslogan “Honra tu ritmo”, han diseñado un programa empresarial llamado FemCycle. Esta iniciativa busca integrar la educación menstrual y pautas de optimización biológica dentro de las organizaciones, transformando el bienestar de los equipos en una variable estratégica de sostenibilidad y equidad interna.

Bajo esta metodología, el reciente encuentro FemCycle —realizado en mayo de 2026 para el equipo de Rafatt Seguridad en los espacios del Club Santa Paula— evidenció cómo la salud e higiene menstrual constituyen una oportunidad innovadora para el ejercicio de la Responsabilidad Social Corporativa (RSC). La jornada contó con la presencia de la Dra. Carwin Silva, quien abordó la necesidad de desmitificar la salud íntima, enfatizando una premisa crítica: “Estamos acostumbradas al dolor, pero la realidad médica es que no es normal vivir con dolor incapacitante”.

El valor del espacio formativo quedó en evidencia al constatar que 9 de cada 10 asistentes a la actividad manifestó no conocer las cuatro fases de su ciclo menstrual, coincidiendo en que habían normalizado ese umbral de malestar como parte de su rutina de trabajo.

Experiencia FemCycle para Raffatt Seguridad en los espacios del Club Santa Paula. Mayo 2026.

El espejo regional: presentismo masivo y sesgo de productividad por molestia menstrual

Esta tendencia local se alinea con los indicadores medidos con precisión en la región por el reporte Menstruación y productividad laboral, realizado en México por Dalia Empower, Plenna y Essity (2025). Dicho informe revela que 91% de las mujeres y personas menstruantes siente que su productividad disminuye en algún grado debido a las molestias mensuales. Asimismo, el estudio evidencia que el desbalance hormonal no atendido agrava condiciones como la ansiedad y la depresión, impactando directamente la rentabilidad, obligando a 45% de las mujeres a ausentarse de sus puestos y sumiendo a las organizaciones en una baja comprensión de los ciclos biológicos de su plantilla.

La urgencia se vuelve aún más evidente al correlacionar estos datos con la investigación global publicada por la Journal of the Egyptian Public Health Association, la cual arroja que la tasa de dismenorrea alcanza el 66.1% en mujeres trabajadoras, donde 64.7% reporta un dolor de moderado a severo.

Este estudio internacional desvela la verdadera dimensión del problema: las empleadas con dismenorrea registraron una tasa de presentismo de 96.1% y un deterioro del rendimiento laboral general de 96.4%. Esto demuestra que la pérdida de eficiencia no se limita a las ausencias físicas, sino que el verdadero impacto económico radica en el “presentismo masivo”: colaboradoras que asisten a cumplir sus jornadas en un estado de vulnerabilidad y dolor extremo por miedo al juicio corporativo o a sufrir penalizaciones.

Línea de productos para la gestión menstrual y comercialización de KloeCup. Parte de esta línea la desarrollan solo para kits de acción humanitaria a poblaciones vulnerables.

Alimentación y optimización biológica: herramientas para reducir el dolor menstrual

Frente a este escenario, la propuesta de KloeCup defiende que cada organismo es bioindividual y que el ciclo no debería gestionarse únicamente en torno a la fase de sangrado, sino también en torno a la ovulación, reconociendo la capacidad de transformación del cuerpo en todas sus dimensiones. En el encuentro, Gabriela Arévalo, coach de salud y bienestar, explicó cómo transicionar hacia una alimentación consciente guiada por las características propias de cada fase del ciclo. Al correlacionarse los entornos de alto estrés laboral con el incremento del riesgo de sufrir dolores menstruales severos, la gestión alimentaria realista surge como un elemento protector para reducir síntomas y prevenir los efectos inflamatorios.

Proceso de producción de panties menstruales. Patronaje de tallas para niñas y adultas.

Durante su ponencia se destacó que el cuerpo requiere un ajuste de rutinas según sus fluctuaciones hormonales: un reclamo latente en el mercado donde la mayoría de las mujeres exige flexibilidad laboral enfocada en los días de su período. Al transitar por la fase menstrual o lútea, por ejemplo, el organismo incrementa sus requerimientos calóricos y su necesidad de densidad nutricional a través de proteínas, carbohidratos complejos de la tierra y micronutrientes específicos como el magnesio y el calcio. Esto permite disminuir la inflamación corporal mediante soluciones naturales y asequibles —como infusiones de jengibre y manzanilla— en sustitución del consumo excesivo de café.

Como contrapropuesta científica, ambas especialistas facilitaron trucos y pautas de optimización biológica aplicables al alto rendimiento laboral:

  • Para regular estados reactivos: Pausar un momento para recargar la “batería emocional” en silencio mediante respiración consciente.
  • Para mejorar la circulación: Realizar ejercicios de puntillas y respiración diafragmática para mejorar la irrigación sanguínea en puestos de trabajo que exigen pasar periodos prolongados de pie.

Romper el estigma: el camino hacia un liderazgo sostenible

La dimensión humana del encuentro estuvo anclada en el testimonio de Adriana García Cruz, co-fundadora de KloeCup, quien detalló los obstáculos psicológicos y sociales de haber vivido su regla bajo el estigma del asco, silenciándola frente a sus hermanos, compañeros y su entorno laboral masculino antes de lograr reconciliarse con su propia anatomía.

La pertinencia de construir espacios corporativos seguros e inclusivos también la aborda el informe de México, el cual constata que 29% de las mujeres ha enfrentado repercusiones negativas directas en sus empleos debido a sus malestares menstruales, acumulando incidentes de acoso, discriminación o descuentos injustificados de sus jornadas. Este entorno hostil provoca que 54% de las mujeres prefiera ocultar en secreto el motivo real de su ausencia por temor a represalias o por pudor.

Si contrastamos esto con el hecho de que solo 5% de las colaboradoras encuestadas en el informe regional de México reportó trabajar en empresas con políticas en torno a molestias menstruales, se vuelve evidente la necesidad de asumir este compromiso empresarial para mitigar de forma medible el impacto de la pobreza menstrual en sus entornos laborales, dotando a sus trabajadoras de herramientas sostenibles y de información basada en evidencia ginecológica.

Mujeres costureras en la fábrica de comercialización y productos menstruales de KloeCup. La California, Caracas.

Al integrar dinámicas de concientización y educación, el sector empresarial no solo genera un impacto social inmediato en la reducción de la vulnerabilidad femenina en Venezuela, sino que también promueve un liderazgo sostenible y equitativo. Asimismo, influye de manera activa en la conservación ambiental; impulsar la transición hacia alternativas reutilizables (como la copa menstrual) ayuda a frenar la recurrencia de infecciones vaginales asociadas a los químicos de los productos desechables tradicionales, mientras se detiene la acumulación masiva de desechos plásticos no biodegradables.

Este contraste evidencia que uno de los caminos más efectivos para enfrentar las brechas de género es la educación menstrual técnica, romper estigmas culturales y validar las variables biológicas dentro de la dinámica organizacional.

Programas in-company como FemCycle son, en esencia, una invitación a que las organizaciones dejen de omitir la biología de su talento humano y propicien el paso de la “desconexión” al “sentir consciente”, entendiendo que el ciclo femenino nunca ha sido el problema, sino el silencio y el estigma que históricamente lo ha rodeado.

Copas menstruales de silicona de grado médico comercializadas por KloeCup.
Portadas Redsonadoras (6)

Familias de presas políticas protestan contra un encierro que golpea a las cuidadoras y desampara a sus hijos e hijas

Presas políticas venezolanas permanecen en cárceles marcadas por el abandono, la falta de atención médica, el desarraigo forzado y las condiciones indignas de higiene y alimentación. Sus familiares denunciaron frente al INOF que el sistema penitenciario ejerce violencias específicas contra las mujeres, agravadas por su rol como cuidadoras, mientras hijas e hijos enfrentan las consecuencias emocionales y económicas de un encierro que también castiga a quienes quedan afuera

Las rejas de una cárcel no solo encierran un cuerpo, fracturan de raíz el entramado que sostiene la vida afuera. Cuando una mujer entra a prisión en Venezuela, el castigo impacta con doble fuerza debido a su rol histórico como cuidadora y pilar del hogar. Su ausencia desmorona economías familiares enteras, deja infancias a la deriva y traslada la responsabilidad de la resistencia a las madres, hermanas y abuelas que se ven obligadas a asumir la supervivencia en la calle.

Este martes, 26 de mayo, frente al Instituto Nacional de Orientación Femenina (INOF), en Los Teques, las consignas y los carteles alzados por los familiares no solo exigieron expedientes limpios o celeridad procesal. Sostenían nombres de mujeres que resisten a la enfermedad, relatos de maternidades que se defienden a la distancia y el eco de una dignidad firme que tiene rostro de mujer.

La actividad ocurrió luego de promesas de nuevas liberaciones por parte de Delcy Rodríguez, la presidenta encargada designada luego de la intervención militar de Estados Unidos, un anuncio que reactivó la movilización de los hogares afectados. El pancartazo, convocado por las familiares de las privadas de libertad, expuso cómo el sistema penal se convirtió en una máquina de violencia institucional que busca, sin éxito, quebrar el entorno de las detenidas.

Cuando cuidar se vuelve un peligro

La historia de Yazmín del Carmen Fajardo muestra con precisión cómo la vulnerabilidad de las mujeres se agudizó en el contexto carcelario. El 7 de mayo de 2025, Yazmín no huía de la justicia. Viajaba desde Barinas hasta el centro penitenciario de Yare III, en Miranda.

Acumuló siete meses en ese recorrido extenuante para cumplir con el mandato silencioso que recae sobre las mujeres, que es proveer la “paquetería” —comida, insumos de higiene y medicinas— indispensable para que su esposo sobreviviera al encierro.

En una de esas visitas, el rol de cuidadora se transformó en “trampa”. Una orden de averiguación bastó para que las autoridades la detuvieran y la implicaran en la misma causa judicial que a su pareja, bajo los cargos de “asociación para delinquir y modalidad de transporte”. Su familia insiste en que no existe una sola prueba en su contra.

Yoannis Suárez, madre de Yazmín, acudió a los tribunales y entes pertinentes en busca de respuestas, solo para toparse con la misma pared burocrática de siempre. Hasta la fecha, el juicio no tuvo fecha de apertura. Mientras el proceso legal se congeló, la salud de Yazmín se deterioró de forma alarmante debido a su cuadro de diabetes.

En un entorno donde el agua potable es un lujo y la alimentación es deficiente, la falta de atención médica adecuada convirtió su reclusión en una agresión diaria contra su propio cuerpo. Su madre expresó con impotencia el dolor de esta injusticia al afirmar que “nadie está bien tras las rejas y menos cuando le espera un hijo, viendo que estás pagando por algo que no has hecho”.

Maternidades fragmentadas

El impacto más devastador de esta reclusión recayó sobre una niña de cinco años, la hija de Yazmín, quien requirió atención psicológica para intentar procesar la ausencia de sus padres. Las familias insistieron constantemente en que, en estos escenarios de desamparo institucional, “los niños y niñas sufren”.

Durante una videollamada hecha a Annerys Fajardo, hermana de Yazmín, la niña le preguntó: “Tía, ¿por qué todos mis compañeros y amiguitos tienen a su mamá y yo no tengo a mi mamá? ¿Tú también me vas a abandonar?”.

Las lágrimas de Annerys al recordar la escena revelaron el trauma invisible de una generación de hijos e hijas que crecen con madres bajo custodia del Estado. Son los huérfanos del sistema judicial, cuyas vidas quedaron suspendidas entre la nostalgia y el miedo al olvido.

La carga económica de esta lucha transformó por completo la estructura del hogar. Yoannis Fajardo, la madre de Yasmín, perdió su empleo debido a las gestiones judiciales y a los extenuantes viajes de reclusión. Yasmín y su esposo eran comerciantes independientes en Barinas, pero el negocio familiar desapareció tras las detenciones.

Para subsistir y costear los gastos de su familia tuvo que dedicarse por completo a las ventas de chucherías, bisutería y lo que les diera para pagar “el día a día”.

El INOF y La Crisálida: espejos de la violencia carcelaria femenina

Las cárceles de mujeres en Venezuela padecen un abandono sistemático que se ensaña directamente contra su salud e integridad, pues las necesidades biológicas y de higiene de la población femenina reciben nula atención del Estado.

En el INOF, las internas enfrentan racionamientos severos de agua potable, lo que obliga a las familias a cargar pesados botellones en cada visita. La falta de este recurso elemental sabotea la posibilidad de mantener condiciones mínimas de higiene en las celdas y en las áreas comunes.

Para una mujer, la escasez de agua es un factor de riesgo que detona infecciones urinarias y ginecológicas recurrentes que, en reclusión, rara vez reciben tratamiento médico adecuado.

De acuerdo con las documentaciones de la organización Amnistía Internacional y el Programa Venezolano de Educación Acción en Derechos Humanos (Provea), la gestión de la menstruación tras las rejas se convirtió en una humillación cotidiana. Los registros de estas instituciones confirmaron que el Ministerio para el Servicio Penitenciario no suministra toallas sanitarias a la población reclusa, por lo que cada mes las presas dependen exclusivamente de lo que sus familiares logran introducir en los paquetes.

Provea advirtió que, cuando el cerco económico impidió a las familias costear estos productos, las mujeres se vieron obligadas a recurrir a trapos o retazos de sábanas viejas, una práctica precaria que compromete gravemente su salud reproductiva en medio de la falta de intimidad y el hacinamiento. Y, aunque el informe de la organización data de mayo de 2025, esta realidad se mantiene.

El dolor de Emirlendris y la voz de Melania

La manifestación frente al INOF también trajo a la acera casos de resistencia y dignidad frente al deterioro físico extremo, como el de Emirlendris Benítez, detenida desde agosto de 2018 y sentenciada a 30 años de prisión en un proceso que su defensa denunció como carente de pruebas.

Su hermana, Melania Rosales, ha sido la voz incansable fuera de los muros del penal para relatar cómo las severas secuelas físicas de los maltratos terminaron por confinar a Emirlendris a una silla de ruedas.

Pese a contar con medidas de protección de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) desde 2020 y un dictamen del Grupo de Trabajo sobre Detención Arbitraria de la ONU que exige su liberación inmediata, las autoridades venezolanas han hecho caso omiso a los llamados. Melania denunció que le han negado sistemáticamente las consultas con los especialistas médicos requeridos para atender sus hernias discales, su cuadro de fibromialgia crónica y los intensos dolores de cabeza cotidianos. 

Lejos de amedrentarse, el reclamo de su hermana sigue firme en el espacio público, exigiendo el derecho básico a la salud y a la justicia.

El desarraigo como política de aislamiento

Los familiares de las mujeres recluidas tanto en el INOF como en el Anexo Femenino de la Comunidad Penitenciaria Crisálida coincidieron en una denuncia estructural durante la jornada. El traslado y confinamiento de las detenidas en estados alejados de sus regiones de origen funcionó como una política de aislamiento, por lo que insistieron en que poner a las mujeres en estados lejanos “también es una forma de tortura”, debido a que esto dificulta el traslado de insumos básicos.

Dejar a una presa sin visitas equivale a dejarla sin alimentos. Por eso, el Comité para la Libertad de Presos Políticos (Clippve) calificó este desarraigo geográfico como una forma de presión psicológica y física. Diego Casanova, vocero de la organización, enfatizó que “quienes hoy encarcelan en Venezuela maltratan a las mujeres, las someten a distintas formas de violencia. Por eso vemos que quienes mantienen a estas personas son capaces de llevarlas hasta la muerte”.

Casanova recordó que la detención se vive como una condena de muerte anticipada debido a que en las cárceles no tienen condiciones de salud ni de higiene, y las internas son sometidas constantemente a tortura psicológica.

Las madres que partieron por la espera

La tragedia de la espera cobró vidas definitivas. El pancartazo funcionó también como un memorial para aquellas madres y familiares cuyos corazones fallaron antes de que se abrieran los candados de los penales.

Los manifestantes recordaron los nombres de Carmen Teresa Navas, Omaira Navas, Yarelys Salas, Carmen Dávila, María Concepción Sánchez y Yenny Barrios. Todas ellas compartieron un mismo destino: fallecieron enfermas, desgastadas por la angustia y la precariedad económica, mientras luchaban por ver a sus hijos e hijas caminar en libertad. Murieron en la acera de la exigencia, lo que dejó un vacío doble en sus hogares.

Según las cifras presentadas por Clippve, todavía más de cien mujeres siguen privadas de libertad en Venezuela por motivos políticos o bajo procesos judiciales viciados por la falta de debido proceso. Datos del Foro Penal Venezolano indican que 34 muejres siguen tras las rejas. Detrás de cada cifra existe un hogar desconfigurado, una abuela que dobló turnos de trabajo, una hermana que respondió preguntas difíciles y una infancia que esperó frente a un teléfono.

A pesar del desgaste evidente en los rostros de las madres, hermanas y abuelas concentradas frente al INOF, la consigna de cierre de la jornada dejó claro que la rendición no es una opción. En unísono, las familias provenientes de distintos estados del país insistieron en que seguirán denunciando y en las calles “hasta que la última sea libre”.

Portadas Redsonadoras (3)

Encuentros Feministas: Sostenernos en medio de la tormenta

Bajo la pregunta “¿Dónde están las feministas?”, activistas, periodistas, académicas y defensoras se reunieron en un espacio de resistenca colectiva para debatir sobre femicidios, transfeminicidios, violencia obstétrica, ecofeminismo y el rol político de la crianza y el periodismo. Tres años después de su nacimiento, esta iniciativa reafirma que el feminismo en Venezuela sigue vivo en la organización, el cuidado y la construcción de comunidad frente a las múltiples violencias del país

Hay semanas que empiezan “de golpe”. Con noticias que se instalan como un peso en el pecho. Desde el domingo 17 de mayo sabíamos que esta sería una de ellas: entre la incertidumbre por los bajones eléctricos, la deportación de Alex Saab y la herida abierta por la muerte de la señora Carmen Teresa Navas —cuyo fallecimiento en medio de la lucha por la libertad de su hijo preso político nos recordó el costo humano de nuestra crisis—, el escenario nacional se siente cargado. A esto se sumó la liberación de la adolescente Samantha Hernández y la noticia de la excarcelación de los policías metropolitanos detenidos desde 2002, un pequeño aliento de justicia en medio de la incertidumbre.

En este panorama, reunirse es un acto de resistencia. Por eso, el pasado martes 19 de mayo de 2026, la primera tarde sin el calor sofocante del mes, la Sala Cabrujas en Los Palos Grandes no fue solo un recinto; fue una trinchera.

Tres años después de aquella primera edición de Encuentros Feministas en 2023, donde la pregunta era un tímido “¿Aún necesitamos feminismos?”, la edición número 15 nos convocó bajo una interrogante mucho más punzante: “¿Dónde están las feministas?“.

Esa pregunta, usada tantas veces como arma para invalidar nuestro trabajo, regresó como espejo.

Encuentros Feministas es una iniciativa impulsada por la activista Lety Tovar, la periodista Ariadna García y la abogada Victoria Capriles. Estas tertulias bimensuales surgieron como un espacio diverso, de igualdad y respeto, diseñado para que cualquier persona pueda sentirse parte de conversaciones urgentes sobre el estado de los derechos de las mujeres en el país.

A través de paneles curados y el diálogo abierto, este proyecto se ha consolidado como un punto de encuentro ineludible para quienes creen que hablar, escuchar y nombrarnos es el camino para construir una sociedad más justa.

Es por eso que en el jardín abierto de la Sala Cabrujas, nos reunimos para honrar, palabra a palabra, estos tres años de camino compartido. Fuimos llenando una jarra de vidrio con mensajes escritos en papeles de colores, depositando allí nuestros deseos y mensajes de gratitud. Cada papel fue un tributo a ese aniversario y, sobre todo, un reconocimiento a Lety, Victoria y Ariadna, las tres feministas que hace tres años lanzaron al aire una pregunta que hoy nos sigue convocando. 

“Para mí, estos encuentros han significado un espacio de conectar, de hacer nuevas amigas y generar un lugar seguro donde podemos encontrarnos, más allá de nuestras diferencias, en un contexto tan polarizado”, dice Lety Tovar, activista y una de las organizadoras.

A las 6 de la tarde, un equipo audiovisual confirmaba el inicio de la grabación en audio y video del panel conformado por la investigadora y antropóloga Aimee Zambrano, la co-directora de Trans AFAB Venezuela Andrea Carvajal, la periodista y profesora Gabriela Rojas y la ecofeminista e investigadora Liliana Buitrago. Bajo la moderación de Ariadna García, la sala se transformó en un ágora de reflexiones en la que se buscaba dejar un registro histórico de algunas de las voces que hoy sostienen el feminismo en Venezuela.

Aimee Zambrano, desde la iniciativa Utopix, nos invitó a mirar la realidad con rigor. Con 155 femicidios registrados en 2025, la antrópologa desglosó la diferencia necesaria entre los términos femicidio y feminicidio: mientras el primero nombra el asesinato por razones de género, el segundo sitúa la responsabilidad estatal, esa que se hace evidente cuando el Estado ignora, ralentiza procesos o deja libre a agresores. Aimee explicó cómo desde Utopix realizan un arduo trabajo de mapeo subregistrado —ante la opacidad oficial—, rastreando estas violencias que el sistema insiste en ocultar. 

Zambrano hizo hincapié en el feminismo gineco-obstétrico, denunciando cómo el “parto cruel” es una forma de violencia que el sistema insiste en banalizar como una “práctica médica“, cuando en realidad es una vulneración estructural. También reflexionó sobre  la revictimización continua de la prensa con los casos de transfeminicidios, en los que hasta usan su deadnaming al momento de explicar los hechos.

Como mujer trans y racializada, Andrea Carvajal, de Trans AFAB Venezuela, señaló el “oscurantismo” estadístico que enfrenta la comunidad venezolana trans e intersexual dentro y fuera del país. En contraste con países como Colombia, México o Brasil cuentan con legislaciones que permiten monitorear transfeminicidios y defender derechos, en nuestro país la ausencia de leyes de protección condena a las víctimas a la invisibilidad absoluta.

Andrea explicó que esta falta de registros no es una omisión casual, sino una violencia institucional que asesina a las víctimas por segunda vez: primero en el acto de odio y luego en la negación de su identidad. Para ella, la revictimización no ocurre solo en la calle, sino en los espacios que deberían proteger. Por ello, definió su participación como un acto político: “El que personas como yo entren en estos espacios y hablen desde la evidencia, obliga a quienes ocupan lugares mediáticos a cambiar la narrativa”. Entre sus distintas intervenciones, nos recordó que el feminismo debe ser, ante todo, un ejercicio de cuidado colectivo.

Por su parte, Liliana Buitrago nos llevó a la raíz de todo. Con la experiencia de ocho años al frente de Mujeres, Cuerpos y Territorios, nos recordó que el ecofeminismo es el movimiento que denuncia cómo la explotación de la tierra y la subordinación de las mujeres comparten la misma lógica: un modelo patriarcal y capitalista que mercantiliza la vida. “Nuestra apuesta ha sido siempre visibilizar las luchas socioambientales. Es necesario que estas luchas se carguen de un debate sobre los territorios explotados y las violencias múltiples que sufren las mujeres”.

Liliana nos dejó una lección vital aprendida de las comunidades: la importancia sagrada de la celebración colectiva. En medio de tantos duelos y tragedias, nos recordó que festejar juntas no es evadir la lucha, sino una estrategia política de resistencia.

Gabriela Rojas, quien desde su labor en TalCual y su impulso a Redsonadoras —el primer medio abiertamente feminista en Venezuela donde pueden leer sobre este y otros temas que importan—, enfatizó sobre cómo el periodismo tiene la responsabilidad de actualizarse y dejar de tratar el género como una “moda” o una categoría secundaria. La perspectiva de género es transversal, o no es. 

Como docente universitaria y madre, Gabriela también destacó la labor política de la crianza: desde la mediación en la niñez, con sus docentes, hasta la incidencia en la educación superior,  en cada espacio hay que defender y formar en valores de igualdad. Porque la crianza es un proceso de transformación constante y necesaria. 

Al abrir el micrófono, el debate se amplió: más de ocho personas participaron con inquietudes y aportes con gran perspectiva. Por ejemplo, surgió la urgencia de romper la burbuja caraqueña y aprender de lo que sucede en el interior del país: el trabajo incansable del Movimiento Somos en Mérida, la labor del Observatorio Venezolano de Violencia Gineco-obstétrica —nacido de la unión de Parir con Placer, la Mesa de Mujeres, Mujeres por los Derechos, PLAFAM y la Alianza Salud para Todas—, y tantos otros colectivos que, desde su trinchera, visibilizan, cuidan y defienden.

El ambiente fue un manifiesto en sí mismo: un bebé, hijo de una feminista de convicción, irrumpió con sus tiernos balbuceos. Su madre, una feminista que se levantó para participar, confesó que habitar estos espacios es cada vez más difícil, pero precisamente por eso, imprescindible. Ese pequeño nos recordó que el feminismo también es —y debe ser— el espacio de las que cuidan, de las que cargan, de las que sostienen.

Fuimos dejando atrás el auditorio para llevar la reflexión hacia un brindis de celebración por el tercer aniversario de Encuentros Feministas. El jardín de la Sala Cabrujas se llenó de ruido de conversaciones apasionadas y apretones de manos. Se coreó un cumpleaños feliz al estilo venezolano, con torta y pasapalos. 

“No importa lo que pase, aquí vamos a seguir haciendo los Encuentros Feministas para todas las personas” , aseguró Lety Tovar.

Martes 19 de Mayo, 8:15 P.M. Salía de la Sala Cabrujas con la certeza de que la respuesta a “¿Dónde están las feministas?” es más contundente que nunca: estamos aquí, nombrando, sosteniendo y tejiendo resistencia. Porque lo que no se nombra, lo que no se defiende y lo que no se abraza colectivamente, simplemente no existe.

55271031850_23300e732f_z

Provea honró la lucha de las madres que aún esperan por la liberación de sus hijas e hijos presos políticos

La presentación de El Eclipse de la Constitución, el más reciente informe de Provea sobre DDHH en Venezuela, estuvo acompañada de un homenaje al Comité de Madres en Defensa de la Verdad y al Comité por la Libertad de los Presos Políticos, en reconocimiento a su incansable lucha por la liberación de sus familiares

“Los eclipses no son permanentes, sino una interposición momentánea de la arbitrariedad”. Así presentó Óscar Murillo, coordinador general de Provea, el más reciente informe de esta organización no gubernamental, sobre la situación de los derechos humanos (DDHH) durante 2025, publicado este jueves, 14 de mayo.

Esta investigación representa una mirada sobre 14 áreas críticas de la vida en Venezuela, entre las que aparece: el colapso de los servicios públicos, la crisis hiperinflacionaria, el deterioro progresivo de la educación y la salud pública, la violencia generalizada, la desprotección de los ecosistemas y los pueblos indígenas y la huella de la minería ilegal, entre otros temas.

Cortesía: Provea

“Vemos con preocupación el aumento drástico de las desapariciones forzadas en 2025”, detalló Lissette González, socióloga y coordinadora de Monitoreo, Investigación y Medios de Provea, ya que la organización documentó 160 víctimas de desaparición forzosa en 2025, frente a 54 de 2024.

Algunos de los hallazgos más resaltantes sobre derechos económicos, sociales y ambientales:  

  • 24,2 % de las mujeres en edad reproductiva presenta anemia.
  • El salario mínimo cubrió apenas el 1 % de la Canasta Alimentaria Familiar, cuyo costo llegó a costar 565 dólares en 2025.
  • La inflación en alimentos durante 2025 fue de 259,3 % según datos del Banco Central de Venezuela.
  • 63 % de los estudiantes no recibieron alimentación escolar durante 2025.
  • 77 % de la población no recibe agua por tuberías de manera regular.
  • El presupuesto de salud representó apenas 4,24 % del gasto público, con una caída de 28 % respecto a 2024 y tercer año consecutivo de reducción.
  • Durante 2025 se registraron derrames petroleros en Falcón, Zulia, Anzoátegui y Monagas.

Sobre los derechos civiles y políticos:

  • Al menos 659 denuncias de violaciones al derecho a la integridad personal fueron registradas por PROVEA en 2025: tortura, tratos crueles, amenazas y hostigamiento.
  • 596 presuntas violaciones a la libertad personal fueron registradas en 2025: 85,4 % corresponden a detenciones por razones políticas, 75 % de las víctimas fueron hombres; 11 % niños, niñas y adolescentes.
  • Las detenciones por razones políticas crecieron 102 % sobre el promedio de los últimos 17 años.
  • La ONU mantuvo vigilancia crítica sobre Venezuela durante 2025. El Alto Comisionado, Volker Türk, advirtió que la situación no había mejorado.
Cortesía: Provea

Representación de la mujer indígena 

Para abordar el tema de la minería ilegal, Liz Hernández, lideresa indígena Pemón del municipio Gran Sabana, en el estado Bolívar, alertó sobre la devastación ambiental causada por esta práctica en la región. No obstante, el informe resalta que la minería ilegal se expandió a casi todo el país.

La lideresa también explicó que se ha profundizado la crisis de inseguridad en la zona, una situación que recientemente se evidenció con un ataque armado al Consejo de Caciques. Además, denunció el aumento de enfermedades como la malaria y las infecciones de transmisión sexual, problemática que —aseguró—, se agrava en medio de la precariedad económica que atraviesan las comunidades indígenas, lo que obliga a que un alto índice de mujeres indígenas se dediquen a esta actividad ilegal. 

“Nos reconocen como Patrimonio Natural de la Humanidad, pero cuando nosotros reclamamos nuestros derechos, nos ignoran”.

Con respecto a Ley de Minas, aprobada en abril de este año, que —según el gobierno—, busca regularizar la exploración y explotación de recursos minerales y atraer inversión extranjera, Liz reclamó que los pueblos indígenas no fueron tomados en cuenta al momento de realizar una supuesta consulta previa.

“Ni terroristas ni delincuentes”

Al finalizar la presentación de El Eclipse de la Constitución, Provea honró la lucha inagotable de las mujeres que esperan aún por la liberación de sus seres queridos, a través de un reconocimiento al Comité de Madres en Defensa de la Verdad (Cmdv) y al Comité por la Libertad de los Presos Políticos.

“¡Ni terroristas, ni delincuentes, nuestros muchachos son inocentes!”, gritaron las madres y demás miembros del Cmdv al momento del homenaje.

“No queremos más traslados, no queremos más torturas ¡Exigimos la libertad plena de nuestros hijos! Como madres no aguantamos más”, exclamó Lourdes García, —con la voz entrecortada—. Ella es madre de Renny Gónzalez, detenido tras las elecciones presidenciales de 2024, por su presunta participación en un grupo de WhatsApp.

“Cuando comenzamos lo hicimos desde el dolor”

Más aplausos prosiguieron para honrar a los integrantes del ClippVe, Andreina y Margaret Baduel, hijas del ex militar Raúl Isaias Baduel, fallecido bajo custodia del Estado, y cuyo hermano Josnars Baduel continúa en la cárcel del Rodeo; Sairam Rivas, activista por los DDHH, que estuvo detenida en El Helicoide en 2014, y Hiowanka Ávila, activista y hermana de Henrybert Rivas, acusado de participar en un atentado con drones contra Nicolás Maduro en 2018.

“Cuando comenzamos lo hicimos desde el dolor que significó y sigue significando la detención injusta de un ser querido”, expresó Diego Casanova, miembro del ClippVe y hermano de José Pérez, detenido en 2024 y liberado un año después.

Cortesía: Provea

Entre los presentes estuvieron los activistas de DDHH Martha Lía Grajales, detenida en 2025 y posteriormente liberada; Javier Tarazona, quien estuvo más de cuatro años en prisión; Edward Ocariz, privado de libertad por cuatro meses, y Carlos Correa, detenido en enero en 2025 y a quien recientemente se le negó la solicitud de Amnistía. 

Quiénes continúan a las afueras de las cárceles 

Madres, hermanas, hijas, esposas, novias, sobrinas aún esperan a las afueras de los centros de reclusión por sus seres queridos. Mujeres que desde el 8 de enero, cambiaron sus rutinas tras la promesa incumplida de liberaciones masivas por parte del actual gobierno. Tan solo a las afueras de El Rodeo llegaron a ser más de 120 personas, la mayoría mujeres, entre jóvenes y adultas mayores. Hoy permanecen al menos 30 de ellas.

Una gran cantidad son de bajos recursos económicos, que, además, perdieron sus empleos o dejaron a sus hijas e hijos a cargo de otros familiares por mantenerse en vigilia a las afueras de las cárceles. Otras no tuvieron más opción que regresar a sus hogares, sin ver materializada la anhelada libertad de sus seres queridos. 

Cortesía: Provea

Datos de la organización independiente Foro Penal estima que 454 personas siguen tras la rejas por motivos políticos: 41 son mujeres y una de ellas, Samantha Hernández, tiene tan solo 16 años de edad. 

Para leer el informe completo haga clic aquí

https://provea.org/publicaciones/informes-anuales/informe-provea-2025-situacion-de-los-derechos-humanos-en-venezuela

IMG_1649

Las mujeres marcaron el ritmo de la marcha del 1M en Caracas

En un contexto de ingresos insuficientes, desigualdad laboral y la precarización del trabajo, las mujeres volvieron a las calles y marcharon  este 1º de mayo, para exigir salarios dignos y el reconocimiento a sus múltiples cargas laborales, luchas que llevan años siendo reclamadas

Las mujeres no acompañaron, sino que marcaron el ritmo de la marcha de este 1 de mayo, Día Internacional de las Personas Trabajadoras. Desde jóvenes y hasta adultas mayores fueron mayoría visible y motor de la convocatoria, que recorrió Caracas desde la Plaza Brión de Chacaíto, hasta la Plaza Morelos, en el centro de la ciudad.

Docentes, enfermeras, ingenieras, comunicadoras, responsables del hogar, estudiantes, militantes de partidos políticos, sindicalistas y demás mujeres no solo hicieron presencia, también incidieron e insistieron en la exigencia de mejores condiciones laborales y sueldos más justos para las trabajadoras y los trabajadores venezolanos.

La movilización avanzó bajo la custodia de la Policía Nacional. Ya en la Plaza Morelos, el cerco aumentó con piquetes policiales, vehículos antidisturbios y funcionarios con indumentaria antimotín que rodeaban el espacio, marcando los límites de la manifestación de calle en Venezuela.

Un día después del “aumento”

El pasado jueves 30 de abril, Delcy Rodríguez anunció el aumento del llamado ingreso mínimo integral, que ahora suma 240 dólares y 70 dólares para los pensionados.

Sin embargo, no hubo mayores especificaciones sobre qué pasará con el salario mínimo, que, hasta el momento, sigue anclado a 130 bolívares desde 2022, lo que representa menos de un dólar, según datos del Banco Central de Venezuela.

Para muchas de las manifestantes, este anuncio no representó un avance estructural, sino la continuidad del modelo de bonificación impuesto por los gobiernos de los últimos años en Venezuela.

Así lo resumió la docente Zuleika Matamoros. “La narrativa que se pretende imponer es que el sector empresarial y el Estado no tienen dinero, pero los que no tenemos dinero somos las trabajadoras y los trabajadores que desde hace más de 10 años trabajamos por un salario que prácticamente es cero”, denunció Zuleika.

La doble y triple jornada

Delia Alejo dedicó más de 40 años de su vida a ejercer la enfermería dentro del sistema de salud público venezolano. Eligió esa profesión por vocación, aunque hoy sobreviva con una pensión que equivale a centavos de dólar. Su presencia en la marcha no responde a una consigna partidista, sino a una necesidad de mejores ingresos económicos que le permitan disfrutar de lo trabajado.

“Lo que ganamos no alcanza para costear una buena alimentación, mucho menos para comprar medicinas”, afirmó Delia. Pero su reclamo no se limitó a lo económico, Delia también aprovechó de recordar que “la mujer trabaja más en el hogar que en la calle”.

“En los últimos años se ha dicho que tenemos igualdad con los hombres, pero las mujeres seguimos llevando mayores cargas, sobre todo en el hogar, al tener que estar pendiente de los hijos, de llevarlos a la escuela. Somos psicólogas, transportistas, cajero automático, hacemos de todo”, complementó Delia. 

Wilmaira Ríos, ingeniera agropecuaria y perteneciente al Bloque de Mujeres en Lucha, coincide. Para ella, el problema no es solo la precariedad salarial, sino la invisibilidad del trabajo doméstico por parte del Estado venezolano.

“No solamente trabajamos fuera de la casa, no hay que olvidar que nosotras también tenemos la carga de las labores domésticas que no son reconocidas por la ley venezolana”, detalló Wilmaira, quien también mencionó, que esa carga puede ser de dobles y hasta de triples jornadas laborales que pueden no reflejar ningún ingreso. 

Hablemos de la desigualdad estructural

El 1° de mayo no es solo una fecha conmemorativa, también es un punto de partida para revisar las condiciones laborales del país, sobre todo de las mujeres, ya que en Venezuela persiste un profundo desequilibrio de género en materia laboral.

Para 2023, la participación de la mujer en el mercado laboral formal era 23 % menor que la de los hombres (Banco Interamericano de Desarrollo), además de que la brecha salarial es de 36,7 %, la más alta de la región. 

Sin embargo, la economía doméstica venezolana depende en gran medida de las mujeres. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi), 52 % de los hogares venezolanos tiene como principal sustento a una mujer, y el 89 % de la población femenina del país tiene que dedicar gran parte de su tiempo a trabajos domésticos no remunerados.

Mientras tanto, estos trabajos, históricamente invisibilizados, representan entre 12,9 % y 15,0 % del PIB venezolano (según estimaciones del BID), valor que pone a estas actividades como el principal sector de la economía no petrolera.

Los ingresos no reflejan la trayectoria

Entre la multitud, Edilia Torrealba avanza con varias medallas colgando en su cuello. Lleva también una bolsa negra a modo de toga y un birrete hecho de cartón. Su vestimenta no es casual sino parte de su reclamo.

Durante 30 años Edilia trabajó como docente en instituciones públicas, formando generaciones de estudiantes. Hoy sus ingresos económicos no reflejan su trayectoria ni su nivel académico.

“Nos dicen que no hay dinero para aumentar el salario porque se robaron lo que había y lo que no había también”, afirmó Edilia, directiva del Colegio de Profesores de Venezuela.

“No me siento representada”

Desde enero, tras la extracción de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, el país es gobernado por Delcy Rodríguez, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar la presidencia venezolana. Sin embargo, hay quienes siguen sin ver con buenos ojos a esta figura política femenina.

“Las mujeres hemos hecho mucho y hemos logrado conquistar muchos espacios, pero jamás podré sentirme representada por una mujer que es símbolo y sinónimo de robar a una nación”, expresó Edilia.

Su postura se enmarca en el contexto político y económico de los últimos años. Delcy fue parte de los gobiernos de Maduro, durante los cuales se reportaron más de 255 casos de corrupción de fondos públicos que superan los 69 mil millones de dólares y que involucran a funcionarios de alto nivel, según Transparencia Venezuela.

Para Raquel Figueroa, profesora e integrante del Colegio de Profesores de Venezuela, la precarización del salario no es un hecho aislado sino el resultado de políticas de “miseria y pobreza”, por lo que salir a marchar fue un pequeño paso en una lucha que continuará hasta lograr que las demandas sean atendidas.

La marcha de este 1° de mayo dejó una imagen clara: la lucha laboral en Venezuela está atravesada por las mujeres.

Portada ensayo 8M

Reflexiones en torno al 8 de marzo y el pensamiento feminista

El 8 de marzo ha trascendido a lo largo de la historia como el Día Internacional de la Mujer. Una fecha que, lejos de celebrar a las mujeres como seres de amor o como figuras ornamentales a quienes hay que rendir tributo regalando flores, felicitándolas y exaltando la hermosura de su ser, está vinculada a distintos acontecimientos y movimientos de lucha de las mujeres trabajadoras.

Estas luchas no solo buscaron reivindicaciones salariales, sino también irrumpir en los espacios de participación política que les habían sido negados debido a su confinamiento a la vida privada, a lo doméstico, a la sumisión y subordinación masculina.

La lucha por el voto emprendida por las sufragistas implicó no solo el deseo de participar en la vida política, sino también la necesidad de opinar y afirmar que la humanidad debía enrumbarse hacia alternativas que permitieran instaurar la paz en el mundo como un principio inquebrantable.

Un 8 de marzo de 1917, las mujeres del movimiento feminista en Rusia marcharon bajo la consigna “paz y pan” en señal de protesta contra el régimen autocrático que dirigía el país. Hoy, 109 años después, Rusia se enfrenta a una guerra contra Ucrania en un conflicto que, desde cualquier perspectiva, no es más que una lucha masculina por el poder.

Los escenarios bélicos actuales en distintas latitudes son muestra de lo que Rita Segato (2018) ha denominado el mandato de la masculinidad, entendido como el ejercicio de la violencia para dominar lo otro, lo diferente, dentro de un sistema-mundo colonial en el que el poder se utiliza para explotar, someter y exterminar.

Estas son las bases que permiten a las feministas definir la sociedad patriarcal no solo como un sistema creado por los patriarcas (padres y abuelos), sino como una estructura que se sustenta en el género como mecanismo de control y dominación. De él se desprenden opresiones raciales, étnicas, religiosas, económicas, identitarias y sexuales, así como aquellas que castigan la desobediencia de los roles y patrones del “orden” social imperante.

Las mujeres inician una revolución en Rusia bajo la consigna "paz y pan"
Las mujeres inician una revolución en Rusia bajo la consigna “paz y pan”


La definición de la sociedad patriarcal ha permitido entender que la lucha de las mujeres no se limita a la reivindicación de derechos. Si algo han demostrado las feministas europeas —representantes del feminismo blanco— es que no basta con alcanzar derechos que nos igualen a los hombres; aun así se continúa en desventaja. Ser iguales ante la ley no protege de la violencia.

Este es un problema estructural de un sistema que oprime y castiga con fuerza a quienes son considerados “inferiores”. Tal como afirma Kimberlé Crenshaw (2014), las violencias y opresiones se encuentran en intersecciones que las convierten en experiencias distintas para quienes las sufren.
Así, una mujer negra y discapacitada, por ejemplo, sufrirá discriminación sexual y racial, además de enfrentar limitaciones y prejuicios relacionados con su discapacidad. Si a esto se suman la pobreza y una orientación sexual distinta a la heteronormativa, recaerán sobre ella múltiples opresiones que la conducirán a una vida marcada por la exclusión y la violencia social.

Erróneamente, desde algunos espacios se piensa el feminismo como la lucha de las mujeres contra los hombres o como el deseo de alcanzar las estructuras de poder para someterlos. Este planteamiento presenta al movimiento no como la liberación de la mujer, sino como la opresión del hombre.
Nada más alejado de la realidad: no se trata de una guerra entre los sexos.

Hoy el feminismo se plantea no solo como un movimiento, sino también como teoría social y filosofía de vida. En primer lugar, busca denunciar libremente las violencias cotidianas y cómo estas recaen sobre las personas más vulnerables, así como sobre el medio ambiente, que en nombre del “progreso” ha sido explotado, modificado y contaminado, exterminando especies necesarias para el equilibrio del ecosistema.

En segundo lugar, procura develar las opresiones de las estructuras sociales que, en nombre del “orden”, terminan excluyendo a quienes deciden no participar de ellas. En tercer lugar, plantea modelos alternativos que ofrezcan la posibilidad de crear espacios para las disidencias.

El feminismo enseña que este mundo creado por los hombres y para los hombres ha terminado por oprimir también al varón. En esta sociedad se le exige cumplir un rol de género que lo obliga a ser agresivo y combatiente, convenciéndolo de que es por “naturaleza violento”.

Desde niños se les enseña a pelear, a disparar y a perseguir al otro para vencerlo, dominarlo o matarlo. El varón juega a la muerte, al exterminio y a la dominación, lo que termina por suprimir sus sensibilidades y deshumanizarlo. Cuando crece, concibe la violencia no como agresión contra el otro, sino como defensa. Está preparado para la guerra, para el combate.

El movimiento sufragista


Entender esto permite alejarnos de la idea de un movimiento que confronta mujeres y hombres y comprender el feminismo como un proyecto liberador para todas, todos y todes. En esa idea de liberación surge la comprensión del cuerpo como territorio, un planteamiento que propone concebir el cuerpo humano —y en especial el de las mujeres— como el primer territorio a liberar.

Esta idea resulta poderosa. En una sociedad compuesta por estructuras que obligan a pertenecer al partido político, la iglesia, la pareja, el centro comercial, el estatus socioeconómico, la estética correcta o la piel que valida la industria del consumo, el planteamiento de la liberación del cuerpo recupera la autonomía individual.

También recupera el derecho a comprendernos como seres capaces de actuar para transformar nuestra realidad. No se trata de despojar al Estado de la responsabilidad de gestionar bienestar, sino de reconectar conscientemente con el ser y convertir este concepto en una herramienta analítica y política. No es casualidad que este concepto haya surgido desde el pensamiento decolonial latinoamericano.

El feminismo en Latinoamérica se vive desde las comunidades, desde prácticas ancestrales indígenas y afroamericanas, recuperando la idea del cuerpo como un espacio vivido en conexión con la naturaleza, la tierra y la memoria originaria.

Se trata de comprender el cuerpo como una propiedad autónoma que debe protegerse de la violencia, del control y de la dominación sistemática, así como de la contaminación provocada por el consumo. Esto se convierte en una práctica de resistencia y lucha. En ese sentido, las voces de las mujeres se alzan para decir lo prohibido y desnudar la lógica patriarcal que presenta la cultura occidental como única.

En este marco, las mujeres racializadas resultan excluidas de los espacios políticos que las invisibilizan y les imponen cánones del “deber ser”. Esto se traduce en la negación y el borrado de lo que son, de su historia y de su memoria.

Tal como lo expresa Delmy Tania Cruz Hernández (2020), “la criminalización de las mujeres tiene tintes específicos, puesto que el foco de la violencia se centra en sus cuerpos y en el amedrentamiento de su ser ‘mujeres’ en las comunidades, donde la actuación moral se pone en duda” (p. 48).

Son ciudadanas de tercera categoría: pierden derechos, se les niega la palabra y el poder de decisión incluso en los espacios que han habitado desde tiempos inmemoriales.

Aun así, las mujeres hoy continuamos con el compromiso de sostener la humanidad: esa humanidad que se gesta en nuestros cuerpos y en la razón femenina del cuidado para la vida. Ya no desde la lógica de la explotación que, justificada en el “amor”, obliga a las mujeres a realizar trabajos de cuidado que supuestamente “por naturaleza les corresponden”, convirtiéndolas en la servidumbre sobre la cual el sistema patriarcal se reproduce. Sino desde el entendimiento de que los cuidados son necesarios y, por tanto, responsabilidad de todos, todas y todes.

El grupo Panteras Negras fue un actor fundamental para la comunidad negra estadounidense en general y para el feminismo negro en particular. 


En este sentido surge la comprensión de los cuidados y del autocuidado como práctica humanitaria que rescata el sentir individual y colectivo, pues las, los y les seres humanos tenemos el mismo valor sin importar las diferencias que nos componen.

El reconocimiento de los cuidados como derecho humano constituye un hito en la historia, una conquista impulsada por las feministas quienes, a través de la lucha pacífica y organizada, lograron que en agosto de 2025 la Corte Interamericana de Derechos Humanos declarara que el cuidado constituye una necesidad básica, ineludible y universal, de la cual depende tanto la existencia de la vida humana como el funcionamiento de la vida en sociedad (Corte Interamericana de Derechos Humanos, 2025).

Logros como este evidencian la importancia de dar cabida a las voces femeninas y de generar espacios que permitan ejercitar la inclusión, la paz y la celebración de lo diverso como característica de las sociedades humanas.

Hoy más que nunca estas prácticas se vuelven urgentes. Mientras los líderes políticos hacen apología de la guerra para enriquecer sus bolsillos en nombre del “bienestar colectivo”, las mujeres somos conscientes de que la muerte no plantea solución alguna: solo constituye un negocio que permite a quienes ejercen el poder perpetuarse y enriquecerse.

Las prácticas feministas, por el contrario, implican la construcción de la paz, la inclusión de todas, todos y todes y la celebración de lo diverso. También implican comprender la vida humana más allá del consumo y la acumulación de riquezas como fin último.

Cuando las mujeres recurren al trueque, por ejemplo, no debe verse como una simple idea esnob. Esta práctica constituye una acción política que busca desmantelar la industria del consumo, sobre la cual se explota a las y los trabajadores, se contamina el ambiente y se generan necesidades irreales.

Además, el feminismo también pone el foco en el varón y en la necesidad de construir nuevas masculinidades, no solo para desmantelar el machismo que conduce a las violencias sexuales —cuya expresión más cruel se encuentra en los feminicidios—, sino también para la liberación del propio hombre, sometido a prácticas violentas que lo llevan a reafirmar su masculinidad ante otros hombres (Segato, 2018).

La percepción masculina de un mundo escaso, en el que el otro se convierte en enemigo porque supuestamente desea despojarme de lo que me pertenece, constituye un pensamiento que urge transformar. Esta es una tarea necesaria hoy más que nunca, en un planeta donde la coexistencia de la humanidad se encuentra en peligro.

Todo lo anterior hace que el pensamiento feminista cobre aún más vigencia, pues la humanidad está llegando a límites irreversibles.

Garantizar espacios de expresión y continuar alzando nuestras voces para denunciar aquello que atenta contra la dignidad humana constituye, sin duda, un acto de valentía, resistencia y lucha por la construcción de una humanidad verdaderamente pacífica, en la que todas, todos y todes podamos convivir en armonía y respeto.

Referencias:
Corte Interamericana de Derechos Humanos. (2025). Opinión consultiva OC-31/25: Derecho al cuidado.
https://www.corteidh.or.cr/opiniones_consultivas.cfm

Crenshaw, K. (2014). On Intersectionality: Essential Writings. The New Press.

Segato, R. L. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Prometeo Libros. Cruz Hernández, D. T. (2020). Mujeres, cuerpo y territorios: entre la defensa y la desposesión. En D. T. Cruz Hernández & M. Bayón Jiménez (Coords.), Cuerpos, territorios y feminismos: compilación latinoamericana de teorías, metodologías y prácticas políticas. Ediciones Abya‑Yala.

portada web acantilado de cristal

Liderar al borde del abismo: cuando las mujeres quedan al frente de la política venezolana

El inédito ascenso de mujeres al centro del poder en Venezuela ocurre en el momento de mayor colapso político e institucional. Lejos de representar un avance sostenido hacia la igualdad de género o una conquista feminista, politólogas advierten que estas designaciones responden al fenómeno del “acantilado de cristal”: liderazgos femeninos llamados a gestionar crisis casi irresolubles, con alto costo político y escaso margen de maniobra, mientras las estructuras tradicionales se resguardan del fracaso

El 2026 inició con un giro histórico en el escenario político venezolano: por primera vez en la historia reciente, todos los principales liderazgos del país son encabezados por mujeres. Un marcado contraste con respecto a las elecciones presidenciales del 2024, que no contaron con candidatas mujeres en el tarjetón. 

Hoy tenemos al frente a Delcy Rodríguez, figura clave del oficialismo que pasó de la Vicepresidencia Ejecutiva a ejercer la jefatura del Estado, en condición de presidenta encargada, luego de que la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) ordenara su asunción tras la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses en una operación militar ocurrida el 3 de enero de 2026, lo que fue interpretado dentro del marco legal como una “falta temporal” que debía ser suplida conforme a la Constitución para garantizar la continuidad administrativa del país. También María Corina Machado continúa como líder principal de la oposición desde su victoria en las primarias de 2022. Incluso Laura Dogu, la nueva encargada de negocios designada por EEUU para atender el caso de Venezuela, es mujer. 

Pero este ascenso simultáneo de las mujeres al centro del poder no puede atribuirse completamente a un avance hacia la igualdad de género. Estas designaciones no parecen surgir precisamente como una respuesta de apertura democrática, sino más bien como una forma de respuesta estratégica para la gestión de la crisis. Dicho patrón ha sido estudiado en distintos contextos y recibe el nombre de “acantilado de cristal” en la teoría política y organizacional.

Alicia Montiel, politóloga y consultora política, explicó que el concepto de “acantilado” alude, justamente, al riesgo implícito de esas designaciones.

“Son cargos a los que se llega cuando la posibilidad de fracaso es muy alta, cuando el margen de maniobra es mínimo y el costo político o reputacional está prácticamente garantizado”, explicó la especialista.

Comentó que este patrón también cumple una función simbólica dentro de las dinámicas de poder, porque desplazar el riesgo hacia figuras femeninas permite proteger liderazgos masculinos previamente consolidados. “Cuando ya no hay respuestas y las soluciones parecen agotadas, se abre espacio para que una mujer asuma el mando, incluso como una forma de resguardar trayectorias masculinas y evitar que sean ellas las que carguen con el costo del fracaso”.

La politóloga Carmen Herrera agrega que este escenario no siempre se presenta como una oportunidad visible de promoción, sino como “una trampa política cuidadosamente construida”. 

“No se trata de un ascenso real, sino de una oferta que llega cuando el cargo ya está atravesando una crisis prácticamente insolucionable. Muchas mujeres aceptan estos cargos no porque las condiciones sean favorables, sino porque representan la primera, y a veces la única ocasión real de acceder a espacios de poder que históricamente les han sido negados. La alternativa suele ser seguir esperando una oportunidad que nunca llega”, explicó.

La experiencia internacional muestra que el “acantilado de cristal” se ha repetido en distintos países y momentos históricos, destacando el caso de Theresa May como primera ministra del Reino Unido en 2016, quedando a la cabeza de una crisis política y económica inmediatamente posterior al referéndum del Brexit. En Australia, Julia Gillard llegó al gobierno tras la fragmentación interna del Partido Laborista que desencadenó dudas sobre su legitimidad durante todo su periodo. En Finlandia, Sanna Marin encabezó el Ejecutivo durante la pandemia de COVID-19, enfrentando una crisis sanitaria combinada con críticas centradas en su edad, su vida personal y su estilo. Asimismo, Xiomara Castro en Honduras y Dina Boluarte en Perú asumieron la presidencia en contextos de inestabilidad institucional, falta de confianza en los liderazgos masculinos y polarización. 

Y en el caso venezolano, no es casualidad que este reordenamiento del poder de la política ocurra luego de la profundización de la crisis por el vacío de poder que dejó la operación del gobierno de Estados Unidos contra Nicolás Maduro y el desgaste de los liderazgos masculinos tradicionales, tanto del oficialismo como de la oposición, que hoy generan desconfianza o apatía. 

Los resultados de la encuesta Latam-Wide de AtlasIntel y Bloomberg de enero de 2026 confirman el deterioro de la imagen pública de los principales líderes masculinos opositores que dominaron la escena política venezolana durante la última década. Juan Guaidó presenta apenas 29 % de imagen positiva, frente a 34 % negativa y un elevado nivel de indefinición (37 %. Henrique Capriles, excandidato presidencial y actual diputado registra 15 % de valoración positiva, con 25 % negativa y un 60 % de respuestas “no sabe”, después de  haber conseguido el 49,12% de los votos en las elecciones presidenciales del 2013. Leopoldo López aparece aún más rezagado, con solo 16 % de imagen positiva, 24 % negativa y 61 % de indefinición, lo que sugiere una figura de liderazgo ya desdibujada.

Política

Sin mencionar la ausencia de otros liderazgos con legitimidad social y política que deben permanecer fuera del radar público por encontrarse en el exilio, en la clandestinidad como Delsa Solórzano, o privados de libertad como Juan Pablo Guanipa.

Eva Sabariego, politóloga y directora de EmpoderaME, mencionó también que las mujeres asumen la vocería en escenarios de mayor peligro, y el éxito o el fracaso de la estrategia recae absolutamente sobre la figura femenina. “Son ellas quienes asumen el costo personal, legal y reputacional del desenlace, mientras las estructuras de poder tradicionales observan desde lejos”, puntualizó Sabariego. 

Liderazgo femenino como última carta

En el ámbito hispanoamericano, autoras como Tània Verge y Silvia Claveria, han analizado el fenómeno al mostrar cómo las mujeres suelen ser llamadas a ocupar cargos de liderazgo para “salvar el día” cuando estallan escándalos protagonizados por hombres, ya sea por corrupción, abuso de poder, violencia o escándalos sexuales.

Alicia Montiel señaló que mientras que los escándalos empresariales suelen resolverse con menor exposición pública, las crisis políticas están inevitablemente sometidas al escrutinio ciudadano. La política, recordó, es un servicio público, y quienes ocupan cargos electos no responden a accionistas, sino a votantes, lo que hace que los costos reputacionales sean mayores y más visibles.

Allí es donde la investigación académica identificó que ciertos estereotipos tradicionalmente asociados a las mujeres son percibidos como especialmente útiles en momentos de crisis y se instrumentalizan para suavizar la imagen de los gobiernos, como la empatía y el rol de cuidadoras.

“Cuando un hombre falla en política, se habla de errores estratégicos, de coyunturas adversas, de sistemas complejos. Cuando falla una mujer, la narrativa cambia: se cuestiona su capacidad, su temple, su liderazgo. El error deja de ser individual y se convierte en colectivo, y refuerza estereotipos históricos en donde las mujeres son “buenas para limpiar crisis”, pero no para gobernar en tiempos normales”, destacó Montiel.

Carmen Herrera explica que, en contextos normales, las cúpulas mayoritariamente masculinas tienden a promover y validar a perfiles similares a los suyos, reproduciendo liderazgos masculinos de forma sostenida. Las mujeres, aunque participan activamente, suelen quedar relegadas a tareas de coordinación comunitaria o trabajo de base —sin acceso a la vocería ni al reconocimiento público— y quien no tiene vocería difícilmente acumula legitimidad. Por eso, incluso cuando las mujeres realizan trabajo sustantivo, los logros suelen ser capitalizados por hombres que ocupan el espacio protagónico.

Cuando sobreviene una crisis porque los liderazgos tradicionales comienzan a “quemarse”, asumir la vocería se vuelve demasiado costoso.

Herrera lo atribuye a que ese acceso ocurre en condiciones profundamente adversas, porque la expectativa social es inmediata, la tolerancia al error es mínima y el castigo político suele ser más severo. “La mujer que asume no solo debe gestionar la crisis, sino también enfrentar una mayor exposición, ataques personalizados y una evaluación constante de su capacidad”.

Gobernar sin margen de maniobra

Desde la teoría del acantilado de cristal, Montiel interpreta la designación de Delcy Rodríguez como presidenta encargada como un mecanismo de “lavado de cara” del chavismo, en medio de negociaciones de alto nivel que permanecen fuera del conocimiento público.

“Sobre el 3 de enero no tenemos todos los elementos, no sabemos realmente qué pasó ni qué está ocurriendo en este momento, pero circulan múltiples versiones: desde quienes sostienen que Maduro fue entregado, hasta quienes afirman que salió del país por decisión propia. Algún día sabremos todo eso, pero mientras tanto, lo que sí puede afirmarse es que Rodríguez asume un liderazgo profundamente condicionado”, asevera.

Según la especialista, la presidenta encargada se encuentra atrapada entre expectativas contradictorias que hacen extremadamente difícil consolidar respaldo político. “Debe responder a una base chavista, que observa con desconfianza su relación con el gobierno de Estados Unidos, su interlocución con la administración Trump y la recepción de funcionarios estadounidenses; pero debe mantener un discurso público de exigencia por la liberación de Maduro y Cilia Flores de su secuestro”.

En América Latina, se puede identificar el patrón en la gestión de Dilma Rousseff en Brasil, que permitió una recomposición parcial del capital político del Partido de los Trabajadores y facilitó el retorno de Luiz Inácio Lula da Silva al poder.

A su criterio, resulta igualmente improbable que Rodríguez logre generar confianza en la oposición y en una mayoría de venezolanos que rechazan al chavismo. “Está en una posición en la que sólo puede fracasar, justo como lo indica la teoría del acantilado de cristal”, resumió la consultora política.

Reconocimiento tardío

El acantilado también está presente cuando las mujeres acceden al liderazgo tras largos periodos de exclusión. El ejemplo de María Corina Machado en este caso resulta particularmente ilustrativo.

“Durante buena parte del período chavista, Machado intentó posicionarse como una alternativa política sin lograr el reconocimiento que probablemente habría obtenido un dirigente masculino en condiciones similares”, expuso. 

La consultora Montiel consideró igualmente que el respaldo masivo a Machado no se produjo sino hasta que otros liderazgos masculinos se agotaron, y cuando se hizo visible la estrategia de custodia de las actas electorales del 28 de julio, que había sido planteada por la dirigente en años anteriores sin encontrar eco. Aún así, pese a haber sostenido una campaña centrada en su figura y al considerable esfuerzo físico y emocional que ello implicó, María Corina Machado no sería quien asumiera la Presidencia, pues debió canalizar ese capital político a través de la candidatura de un hombre, una decisión condicionada por las circunstancias políticas del momento. Recordó además que la primera alternativa femenina, la académica Corina Yoris, fue excluida del proceso, lo que terminó por reforzar la paradoja de un liderazgo femenino ampliamente legitimado que no pudo traducirse en una postulación directa.

Carmen Herrera también alude a que Machado —a pesar de ser una figura con larga trayectoria pública— sólo logró consolidarse como lideresa opositora en el momento más crítico del deterioro democrático, añadiendo presión extrema y una volatilidad alta del respaldo ciudadano. En este escenario, la expectativa de “salvación” suele ser tan elevada que cualquier resultado insuficiente se traduce rápidamente en críticas, por haber asumido en un momento prácticamente irresoluble. 

“Durante años fue considerada una outsider, ajena a la cúpula opositora dominada por hombres, cuyos liderazgos se fueron desgastando progresivamente. Machado obtiene reconocimiento precisamente por ese carácter externo al patrón dominante, lo que le permitió ganar las primarias y convertirse en referente. Sin embargo, lo hizo en el peor momento posible: con una crisis profunda y sin condiciones para desarrollar una gestión o un proyecto político a largo plazo. Su liderazgo, en ese contexto, se convierte en una tarea constante de contención y respuesta inmediata”, sostuvo.

Pero no es el único riesgo asociado a la teoría: también existe la posibilidad de que se minimicen los logros reales de las mujeres líderes al presentar sus éxitos únicamente como respuestas excepcionales a dichas situaciones límite.

Los estereotipos de género a su vez continúan influyendo de forma decisiva en la manera en que la opinión pública evalúa a las mujeres que asumen roles de liderazgo. Eva Sabariego advierte que las mujeres no solo enfrentan los desafíos políticos o técnicos del cargo, sino también una carga simbólica adicional asociada a su género, porque una misma conducta puede ser interpretada de manera radicalmente distinta dependiendo de quién la ejerza. 

“Si una mujer tiene una actitud firme y decisiva en un contexto de crisis puede ser atacada por ser ‘poco femenina’ o ‘agresiva’, por encajar o no en dinámicas sociales preconcebidas. Si esa misma actitud viene de un hombre, suele asociarse positivamente con control y dominio de la situación”, afirma. 

Ese escrutinio diferenciado tiene efectos que van más allá del caso individual. De acuerdo con Sabariego, los errores de una mujer en posiciones de alta visibilidad se maximizan y terminan repercutiendo de forma ejemplarizante sobre otras mujeres.

La politóloga Montiel coincide en que la concepción de que la mujer debe ser primero esposa y madre, mientras que el protagonismo público y político se reserva para el hombre continúa operando como una barrera invisible en la política contemporánea.

Esta resistencia no es exclusiva de países con democracias frágiles o sistemas políticos cerrados. Incluso en contextos considerados consolidados, como Estados Unidos, se han reproducido dinámicas similares. Montiel recordó los casos de Hillary Clinton y Kamala Harris, dos candidatas con amplias credenciales políticas y experiencia institucional, cuya imagen pública fue evaluada bajo estándares distintos a los aplicados a sus contrincantes.

“Aunque el género no puede considerarse la única variable explicativa de esos resultados electorales, es difícil no preguntarse por qué dos mujeres con trayectorias sólidas perdieron frente a un candidato que no tenía experiencia política ni formación en el funcionamiento bipartidista del país”, apuntó la especialista aludiendo a Donald Trump.

En ese sentido, Montiel insistió en que los partidos políticos y las estructuras tradicionales de poder han funcionado históricamente como espacios predominantemente masculinos que han promovido principalmente las carreras de otros hombres dentro de sus propias filas. Como resultado, incluso cuando emergen liderazgos femeninos visibles y con respaldo social, estos enfrentan mayores obstáculos para traducirse en poder institucional efectivo. 

Cuando la crisis pasa, ¿el poder retrocede?

Sabariego advierte que el sistema tiende a revertir a sus patrones masculinos tradicionales cuando la crisis pasa, por la falta de mecanismos que aseguren esa permanencia en el poder de las mujeres que ascendieron por coyunturas políticas. “Resulta más fácil responsabilizar al género femenino si la estrategia fracasa y volver a un liderazgo masculino tradicional. Las mujeres aceptan estos puestos como su única vía de escalar, y los hombres la evitan para proteger su carrera o reputación”, refirió.

En Venezuela, esta fragilidad estructural se ve agravada por la ausencia de una normativa robusta que garantice la participación igualitaria de las mujeres en los espacios de poder. El Centro de Justicia y Paz (Cepaz) en 2023 documentó que ni la Ley Orgánica de Procesos Electorales ni la Ley de Partidos Políticos establecen de forma clara y vinculante criterios de paridad y alternabilidad. Lo que ha existido hasta ahora son iniciativas que se han limitado a resoluciones administrativas de carácter temporal, con bajo rango normativo, publicación intempestiva y sin mecanismos eficaces de sanción.

La directora de EmpoderaME reconoce que el debate sobre las leyes de paridad sigue abierto, pero que sin presión legal, la experiencia demuestra que las estructuras de poder no ceden de forma voluntaria.

“El debate sobre la Ley de paridad aún no tiene un consenso definitivo. Por un lado, se presentan como una herramienta necesaria para obligar la participación equitativa en espacios públicos y romper el bloqueo histórico. Por otro lado, existe la crítica de si es beneficioso que esta participación sea impuesta por ley en lugar de ser un proceso espontáneo y voluntario. Quienes cuestionan la ley temen que se perciba como una concesión y no como un reconocimiento al mérito, mientras que sus defensores argumentan que, sin una obligación legal, el sistema nunca cederá espacios voluntariamente”.

La estructura misma de los partidos políticos son otra clave para entender por qué el liderazgo femenino sigue siendo excepcional (y no la norma) en la política venezolana. Estos están históricamente diseñados y dirigidos por hombres, añade la politóloga Carmen Herrera.

“En Venezuela, los partidos políticos han estado mayoritariamente liderados por hombres, no solo en la práctica, sino también en sus reglamentos y en la forma en que están organizados. Esto contrasta con lo que ocurre a nivel comunitario, la organización y la coordinación comunitaria están protagonizadas por mujeres, pero ese trabajo no suele traducirse en visibilidad política ni en vocería pública”.

Este desequilibrio en la legitimidad -donde las personas terminan otorgándole mayor protagonismo a quien hace la vocería y no al que está coordinando y sacando adelante el trabajo de hormiga en las comunidades- responde a patrones tradicionales de ascenso dentro de los partidos, donde no existen procesos democráticos sólidos para la elección interna de liderazgos. 

“No hay estructuras democráticas reales de elección; las decisiones suelen tomarse de manera unidireccional, a dedo, por una sola persona. Ese mecanismo facilita que se reproduzcan siempre los mismos perfiles. Quien decide suele reproducir el mismo patrón que lo puso a él en el poder”, apuntó Herrera.

Ahora, para evitar que el acceso de las mujeres a los espacios de decisión quede limitado a contextos de crisis requiere transformaciones estructurales, no soluciones simbólicas ni coyunturales. El primer paso, remarcó Herrera, es un proceso de concientización ciudadana y formación cívica que debe ser sostenido en el tiempo.

“Las personas deben entender que, incluso en medio de una crisis o una emergencia, el liderazgo no puede ni debe recaer en una sola persona. Esta visión permitiría aliviar la carga desproporcionada que suele recaer sobre las mujeres”, prosiguió. 

Ese giro implicaría desmontar dos pilares profundamente arraigados en la cultura política venezolana: el mito del salvador y el personalismo. Para la politóloga, se trata de que los ciudadanos entiendan que la resolución de una crisis no depende de que una mujer lo solucione todo, sino de un equipo estratégico más amplio, conformado por ella y por otras personas que influyen de distintas formas en la solución del problema.

En el plano partidista, Herrera fue enfática en la necesidad de democratizar los mecanismos de selección interna. A su juicio, mientras predominen prácticas como el amiguismo o el nepotismo, las desigualdades se seguirán reproduciendo. “Si tú te pareces a mí, si estás más cerca de mí, eres quien asume. Ese patrón es el que hay que romper”, advirtió, porque los partidos políticos son de los principales nichos de participación política de las personas.