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Construir memoria es un trabajo colectivo

Desde las escuelas de Historia y Sociología de la Universidad Central de Venezuela se abrieron espacios para reconstruir y documentar testimonios de personas que participaron en labores de rescate tras los terremotos, y otras que diseñaron iniciativas de ayuda

¿Cómo construir memoria colectiva? ¿Cómo sostener la solidaridad y la cooperación tras los terremotos del 24 de junio?

Con esas preguntas en mente, un grupo de profesores de las escuelas de Historia y Sociología, y el equipo de la Dirección de Derechos Humanos de la Universidad Central de Venezuela (UCV), se juntaron para materializar una iniciativa que les permitiera reconstruir testimonios, documentar voces y rostros para configurar, poco a poco, un archivo de la solidaridad. 

La tarde del 29 de julio, en la placita techada del Reloj de la UCV, se reunieron estudiantes, profesores, la comunidad universitaria, personas de la sociedad civil y rescatistas para escuchar, de primera mano, testimonios de personas que participaron en labores de rescate y diseñaron iniciativas de ayuda durante la emergencia. 

“Hay que construir memoria, porque no solo tenemos que edificar espacios físicos, también tenemos que edificar la cultura de la solidaridad y de instituciones que nos protejan”, dice la psicóloga social Chelina Sepúlveda, profesora de la Escuela de Sociología de la Central.

A partir de ese primer encuentro, que se llamó “Testimonios de la solidaridad”, comenzaron a sistematizar registros audiovisuales de las historias y los testimonios en un canal de YouTube que está abierto al público. La profesora Sepúlveda enfatiza que la reconstrucción de la memoria es una labor colectiva, no es solamente una tarea de historiadores, sociólogos y personas académicas. La memoria implica un trabajo con actores sociales e instituciones, para construir un conocimiento compartido sobre lo que pasó, y que pueda ser transmitido a las siguientes generaciones. 

Escuchar todas las voces 

Durante el evento, hubo una veintena de testimonios, en su mayoría de hombres rescatistas que narraron sus experiencias en las labores de ayuda y recolección de insumos. 

Yefferson Torres, ingeniero y miembro del grupo de rescate “Los Morrones”, mostró un álbum de fotos que encontró en La Guaira, entre los escombros de los edificios que se cayeron. Lo pasó entre los asistentes, que fueron viendo cada una de las imágenes: un grupo de personas riendo en la playa; unas niñas jugando en la arena; una pareja que se besa; unos amigos brindan con cerveza. ¿Quiénes son? ¿Fueron rescatados durante la emergencia? Torres enfatizó que guardar esas fotografías también es una forma de preservar la memoria.

Mientras que Suhey Ochoa, activista del voluntariado “Pan y Rosas”, habló de una iniciativa para la recolección de kits de higiene menstrual. “Como parte de este voluntariado hemos visitado refugios para entregar los kits, y hemos visto que las mujeres son quienes están al frente: sostienen el día a día, la cotidianidad; la comida que llega la distribuyen de forma equitativa”, dijo.

Por su parte, Narwin Gil contó su experiencia preparando sopas para los más vulnerables en La Guaira. 

Otro de los rescatistas explicó cómo las mujeres eran las que organizaban la gestión de las labores de rescate en las comunidades más afectadas y administraban los recursos. Para la profesora Sepúlveda, este liderazgo no es al azar: tiene que ver con el conocimiento que tienen las mujeres de la realidad de sus localidades.

Sin embargo, aunque la invitación al evento fue pública, no eran ellas quienes estaban allí contando sus vivencias. ¿Por qué? La profesora considera que uno de los retos es incorporar más voces de mujeres que están en el terreno, y que son parte fundamental de la respuesta colectiva. “Generar espacios donde estos testimonios también resuenen, en condiciones de igualdad, tal y como se expresan en los lugares afectados. Cuando visitamos las comunidades afectadas, por ejemplo, son las mujeres quienes asumen la construcción de redes de apoyo”

Un archivo que sirva para el futuro 

A los profesores que se han unido a esta iniciativa los motivó que la universidad haya tenido un papel importante en cuanto a la ayuda y la asistencia humanitaria, en la dotación de insumos, recursos técnicos y sanitarios. La Plaza del Rectorado de la UCV llegó a reunir a más de mil voluntarios dedicados a labores de rescate y recolección de insumos los días posteriores al doblete sísmico. 

“Sentíamos que faltaba un aporte desde las ciencias sociales y desde las humanidades, que tenía que ver con cómo construimos un conocimiento de lo que ha pasado y de sus efectos sociales”, explica Sepúlveda.

En contextos de desastres socionaturales, como el doblete sísmico, el rol de la academia está asociado a la producción de recursos técnicos para abordar la emergencia y contribuir a salvar vidas, y al conocimiento para analizar y ponderar el impacto. Es decir, para debatir los temas que generan incertidumbre: qué pasó y qué va a pasar. Pero también para ponerse al servicio de la reconstrucción. 

“Más allá de la idea del voluntariado y la ayuda humanitaria, la solidaridad es un principio de relacionamiento social. Es la esperanza convertida en acción colectiva a través de la articulación de voluntades y saberes”, considera Sepúlveda.

Hacer memoria y reconstruir un archivo es parte de esa tarea. En esta iniciativa, liderada por la Escuela de Historia, también se están vinculando periodistas y personas que han participado en los procesos de documentación tras los sismos. “Es un esfuerzo que debe ir más allá de la universidad. Hacer memoria es un trabajo colectivo”, reitera la profesora. 

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“Nos vemos mañana a las 9”: cómo estudiantes de la UCV abrieron el principal centro de acopio tras los terremotos

Tras el doblete sísmico del 24 de junio, estudiantes, profesores, trabajadores y egresados de la UCV convirtieron la Plaza del Rectorado en un centro de acopio que llegó a reunir a más de 1.000 voluntarios en una sola mañana. Lo que comenzó como una respuesta improvisada ante la emergencia se transformó en una red de ayuda, rescate y distribución de insumos hacia las zonas más afectadas. Casi dos meses después, cuando las donaciones han disminuido y las necesidades de la emergencia persisten, los estudiantes intentan convertir esa movilización espontánea en una respuesta sostenible

Faltaban apenas 16 días para las elecciones universitarias. El 24 de junio de 2026, aunque era feriado nacional, estudiantes de los distintos movimientos políticos de la Universidad Central de Venezuela (UCV) estaban en el campus de Ciudad Universitaria con un solo objetivo: terminar de preparar los materiales para la campaña electoral. Cuando se disponían a tomar las fotos oficiales de cada candidato, pasadas las 6:00 p.m., la tierra se empezó a sacudir. 

Minutos antes habían bajado de lo más alto del edificio de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, una decisión que agradecieron porque sintieron menos angustia durante los dos terremotos de magnitudes 7.2 y 7.5, que ocurrieron cuando ya estaban en los espacios abiertos de la universidad. Superado el susto, los actuales miembros de la Federación de Centros Universitarios (FCU) de la UCV y los nuevos candidatos y candidatas comenzaron a recorrer la universidad en busca de daños. 

Evaluaron visualmente cada edificación. Encontraron un muro caído en el Decanato de Ingeniería, daños en la Plaza Cubierta, grietas en las paredes de Bioanálisis y afectación en el propio edificio de la FCU. Entonces, decidieron ir hasta el Hospital Universitario de Caracas (HUC, Clínico), donde ya los pacientes, como los primeros reportes de la situación en la capital, empezaban a llegar. 

“En la noche fuimos al Clínico y vimos que estaban desalojando a los pacientes. Lo que hicimos fue acompañar a los familiares y personas que estaban llegando al hospital porque ya sabíamos de las evacuaciones y del colapso del edificio Rita, en San Bernardino, y el Petunia, en Los Palos Grandes”, recuerda Miguelangel Borsegui, secretario de Relaciones Internacionales de la FCU. 

Poco después, se trasladaron hasta la sede de los Bomberos de la UCV. Allí registraron las primeras necesidades: faltaba combustible para la ambulancia y para un jeep, carecían de suficientes guantes y tapabocas, de agua, comida y otros insumos. Entonces pusieron dinero de sus propios bolsillos y canalizaron una primera donación. Todavía no dimensionaban la magnitud del desastre. No tenían buena comunicación. 

Cuatro horas después de los sismos, cuando los mensajes finalmente empezaron a llegar, confirmaron que varios edificios se habían desplomado en La Guaira. Ahí decidieron que lo más importante para el día siguiente era abrir un centro de acopio, una medida que habían aplicado en el pasado como agrupación: para ayudar a familiares de presos políticos a inicios de 2026, por ejemplo, o para responder al deslave de Las Tejerías de 2022 (bajo la gestión anterior).

En esta oportunidad, empezar a recibir insumos y donaciones desde el 25 de junio para ayudar a las personas de la comunidad universitaria, y a todas las personas afectadas por los terremotos, lucía para ellos como lo más importante. 

“El sentimiento de todos, al realmente dimensionar lo que estaba pasando, fue ‘¿qué vamos a hacer?’. Siempre desde el primer momento pensamos en cómo íbamos a contribuir a esto”, asegura Alejandra Zamora, actual presidenta del Centro de Estudiantes de la Escuela de Comunicación Social. “Dijimos ‘nos vemos mañana a las 8-9 de la mañana’”.

David Campobasso, secretario de Cultura de la FCU, explica que los integrantes de la agrupación que estaban en la universidad se juntaron para grabar un video que publicaron casi a las 11:00 p.m. del 24 de junio en redes sociales. En él, llamaban a la población a acudir al día siguiente a la Plaza del Rectorado con donativos como agua potable, linternas, alimentos no perecederos, insumos médicos, medicamentos y baterías portátiles. 

A las 8:00 a.m. del 25 de junio, llegaron con tres toldos negros que instalaron frente al edificio de la FCU para arrancar la jornada una hora después. La respuesta a esa primera convocatoria todavía no los deja de asombrar. 

“Así como no dimensionamos todo el daño que había ocurrido tras el terremoto, la respuesta de la comunidad universitaria fue sorprendente. Llegamos a tener más de 1.000 voluntarios en una mañana. La gente se agrupaba para descargar donaciones, clasificarlas y organizarlas en espacios. Así empezaron a llegar más ayudas”, añade Borsegui. 

Durante las primeras horas, estudiantes, profesores, voluntarios, egresados, personal obrero y empresas privadas llegaron a la Plaza del Rectorado a ayudar. Cada vez más personas seguían sumándose. Pudieron contabilizar más de 100 motorizados estacionados en la UCV esperando instrucciones para trasladar la ayuda hasta las zonas más afectadas de La Guaira.

“Casi todos los caraqueños vinieron a este centro de acopio y lo volvieron suyo. No teníamos pensado que sería un centro tan grande como se convirtió. La misma gente confió en la universidad, confió en los estudiantes, confió en lo que significa la UCV para venir para acá a entregar desde una harina pan hasta descargar una gandola entera desde el Táchira o Ciudad Guayana”, destaca Campobasso.

La Plaza del Rectorado se llenó de botellas de agua, papel, medicamentos, alimentos no perecederos, pañales, ropa, artículos de higiene personal, alimentos para mascotas y herramientas. Algunos momentos fueron de caos y desorden. Al principio, todos hacían “de todo”, hasta que fueron identificando sus fortalezas y ubicándose en los roles donde tenían mejor desempeño. Todos coinciden que ha sido una experiencia de ensayo y error. Las diferencias políticas también quedaron a un lado. 

“Estábamos en plena campaña, pero desde el primer momento eso pasó a segundo plano. Lo más importante era contribuir. Si tú tienes un carro y yo tengo los insumos, cargamos y nos vamos. Fue bonito ver que más allá de los intereses políticos, lo que nos sigue uniendo es apoyar a esa persona que se quedó sin casa, que tiene a un familiar hospitalizado o que todavía no consigue a sus familiares”, agrega Alejandra Zamora, quien solo alcanzaba a dormir tres horas esos primeros días. “A veces hay inconvenientes, pero llegamos a un punto medio porque esto es más grande que cualquier aspiración política”. 

Recibieron camiones desde estados como Mérida, Táchira y Zulia y desde países como Brasil y Colombia. Transcurridos los primeros días, surgió la necesidad de crear una sala situacional, mediante una mesa técnica que instalaron con el Rectorado. Debían garantizar que los insumos llegaran a donde más los necesitaban y que la ayuda se sistematizara de mejor manera. Que se levantara información en el terreno y que la implementación se hiciera con apoyo de profesionales, como trabajadores sociales.

Poco a poco empezaron a llegar herramientas y materiales necesarios para la búsqueda de personas: guantes, palas, picos, cascos, mascarillas y lentes de seguridad. Estudiantes de distintas escuelas, miembros del club de rugby e incluso personas externas a la comunidad universitaria se organizaron para bajar a La Guaira a ayudar. Así nacieron brigadas de rescate y apoyo voluntario, como la “Brigada de Respuesta Inmediata ATUN” o la brigada “Pico y Pala”, la cual estableció un centro de acopio en una cancha en Los Chaguaramos. 

Los insumos médicos que recibían en la Plaza del Rectorado eran resguardados en una oficina que “quedó pequeña”, cuenta Andrea Coppola, estudiante de Medicina que apoya en la coordinación y entrega de donaciones. Tras conversaciones entre la Federación y el Decanato de la Facultad de Medicina, lograron organizar todas las medicinas e insumos médicos en el Instituto de Medicina Tropical (IMT), con el apoyo de su directora, la doctora Belkisyole Alarcón de Noya. 

“Después del 24 de junio simplemente vine a la UCV. Me preguntaron ‘¿qué vas a hacer?’ y dije que quería estar donde estuvieran los medicamentos. Al IMT llegó una carga gigante. Yo no conocía a nadie de aquí ni de Medicina. Vine, entramos y empezamos a agarrar medicamentos y a clasificarlos. Luego nos fuimos conociendo y compenetrando poco a poco. Ahora nos conocemos todos los de Medicina con los de Farmacia, conocemos a la Dirección del Instituto y hay un respeto y un cariño mutuo”, relata Luis Ramos, estudiante de cuarto año de Farmacia. 

Ahora este trabajo se movió a la Facultad de Farmacia. Quienes hayan sido afectados por la emergencia, sean voluntarios, personal universitario, de cuerpos de rescate o familiares que necesiten un medicamento o insumo médico, pueden acercarse hasta ese edificio de lunes a sábado. Allí indican lo que necesitan, los estudiantes procesan la solicitud, organizan las medicinas o insumos en cajas y aprueban la entrega.

“Hacen falta vitaminas, antidiarreicos, antieméticos, antiparasitarios. Con la falta de agua y las comidas que a veces quedan mucho tiempo al sol, se ha vuelto necesario. También solicitamos ivermectina y jabones para la dermatitis”, agrega Coppola, quien baja con regularidad a La Guaira. 

Un mes y tres semanas después de los terremotos, las donaciones han bajado tanto en la Plaza del Rectorado como en Medicina Tropical. El gran volumen de donativos de los primeros días ya no está. Los estudiantes, conscientes de las distintas fases de la emergencia, saben que las necesidades no se acaban después de 30 días. Mientras evalúan cómo reorganizar los centros de acopio para que la ayuda sea sostenible, siguen llamando a las personas a donar.

“Todos nos alegramos cuando llega una donación porque sabemos que eso nos va a permitir seguir ayudando. Entendiendo que es una situación terrible, este ha sido un espacio de encuentro, de reflexión, de compartir, de llevar ese luto también porque muchas personas acá han perdido seres queridos, familia, amigos, casas. Hoy el gran rol que tenemos desde este centro de acopio es transformar la ayuda para que podamos seguir siendo útiles”, dice Borsegui.