Cuidado (3)

Darianny: nacer y renacer después de los terremotos

Una red de amigas, activistas y doulas se unieron para ayudar a las mujeres embarazadas afectadas por los terremotos del 24 de junio: así llegaron a Darianny Tocuyo, quien perdió su hogar y todo lo que había comprado para cuando naciera su bebé

Cuando Darianny Tocuyo volvió en sí, se dio cuenta de que estaba en un Farmatodo del sector Playa Verde, en La Guaira. Escuchaba llantos y gritos a su alrededor; ahí comprendió que no era la única que intentaba procesar lo que había pasado. El 24 de junio reconfiguró la vida de miles de venezolanos y la suya. Ese día, Venezuela vivió un doblete sísmico con tan solo 39 segundos de diferencia. El primero tuvo de magnitud 7,2 y el segundo de 7,5. 

“Ni me acordaba de que estaba embarazada. Escuché que una señora gritó: ‘Por favor, denle a la embarazada una silla’”, recuerda sobre ese día, cuando ella y su barriga de seis meses de gestación resaltaban en medio de aquel lugar. 

Darianny entendió que la vida que había construido hasta entonces se había derrumbado delante de sus ojos. De la casa donde vivía con su pareja, que pertenecía a la abuela de él, no quedó nada. 

Tras pasar una larga noche en el Farmatodo de Playa Verde, después de los sismos, Darianny y su pareja se fueron a casa de otros familiares a Santa Teresa del Tuy, en el estado Miranda. Ahí estuvieron un mes hasta que él tomó la decisión de irse a Colombia. “Me dejó sola y tuve que venir a casa de una tía aquí en Catia (Caracas). No tenía otro lugar a donde ir. Nos habíamos quedado sin nada”.

Semanas después, sentada en una silla en la casa de sus padres en el sector Nuevo Horizonte de Catia, la joven mira al cielo y suelta: “En ese momento perdí la memoria”. Busca en sus recuerdos, pero no ubica cómo salió de esa casa. La vivienda se convirtió en escombros porque encima le cayó una piscina y el agua lo tapó todo. Ella no solo perdió todas sus pertenencias, también todo lo que había podido comprar para su bebé. 

La historia de Darianny no es un caso aislado. Un mes después de los terremotos, el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) advirtió que el fenómeno natural agravó desigualdades ya existentes en el país y dejó a miles de personas con acceso aún más limitado a servicios esenciales de salud y protección. 

Paula Narváez, la Directora Regional de Unfpa para América Latina y el Caribe, recalcó que “las emergencias no interrumpen los embarazos ni los partos, pero sí dificultan el acceso a la atención que mujeres y adolescentes necesitan para proteger su vida y su salud”. 

La misma agencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) estimó que más de 36.000 mujeres resultaron afectadas por los terremotos. Pero, más allá de las cifras alarmantes, activistas, feministas y doulas se unieron para asistir a embarazadas porque observaron que, además de insumos, necesitaban acompañamiento. 

Mujeres embarazadas tras terremotos en Venezuela
Darianny Tocuyo, 20, toca su barriga durante una jornada médica para mujeres embarazadas en Coche, Caracas, Venezuela, el 13 de agosto de 2026. Fotografía: Andrea Hernández.

Mujeres desatendidas tras la emergencia 

Después de los terremotos, Mariandreina Montilla, comunicadora social e integrante de la Alianza de Mujeres Políticas, comenzó a recorrer pequeños campamentos transitorios para las personas damnificadas. Con el apoyo de líderes y lideresas comunitarias, identificó a mujeres embarazadas que estaban atravesando situaciones complejas. 

La activista compartió con una de sus amigas su preocupación por esta población y ella quiso ayudarla en una jornada. Comenzó localizando centros de acopio en Caracas para conseguir insumos que pudieran necesitar las embarazadas. Sin embargo, querían hacer más. 

“Supimos que se tenía que brindar esta ayuda de forma focalizada. Así fue como se me ocurrió contactar con Uquira, porque son aliadas naturales, además de amigas, y les planteé la idea”, relata. 

Al plan se sumó Aquamater, una organización no gubernamental conocida como el primer centro pionero en Venezuela dedicado de forma exclusiva al parto respetado, la maternidad consciente y el nacimiento humanizado. La unión surgió de la casualidad, ya que una voluntaria de la organización también estaba interesada en ayudar a una misma chica embarazada. 

“Sí nos unimos, somos mucho más productivas, más fuertes. Así nació esta dinámica de colaboración y acompañamiento a las mujeres embarazadas. En una conversación entre amigas para ayudar y acompañar”, cuenta Montilla. 

Más adelante, al proyecto de la Alianza de Mujeres Políticas, Uquira y Aquamater se sumaron Mi Convive, Fundación Andrés Bello y Alimenta la Solidaridad. 

Para Darianny su primer encuentro con este grupo fue eso que ella llama “destino”. En medio del dolor que la embargaba, estaba navegando por TikTok y vio un video de una chica que hablaba de una iniciativa que ayudaba a mujeres embarazadas afectadas por los terremotos.  

Con dudas sobre si podía ser real, la joven contactó a la chica de la publicación: “Mi mamá me dijo ‘escríbele, escríbele que tú necesitas’. Le expliqué toda mi situación y me dijo que escribiera a un número y lo hice”. Ese era el número de Mariandreina. 

Las jornadas 

Montilla señala que, al principio, pensaron en solo ayudar con kits, pero Aquamater sugirió ofrecer apoyo psicoemocional y ayudar a gestionar algunos de los partos. Después se sumó la Fundación Andrés Bello con atención ginecológica. 

“Sacamos un flyer y me escribió la fotógrafa Andrea Hernández para pedirme más información sobre la forma en la que nos podía ayudar. Así que no solo era esta idea de los kits, también era la atención médica, el acompañamiento psicoemocional y el apoyo fotográfico, a cargo de Andrea”, explica la activista. 

Se estableció entonces que las jornadas estarían compuestas por estaciones donde las madres recibirían atención ginecológica, asistencia con doulas y también se les ofrecía la posibilidad de maquillarse, para luego ser fotografiadas por Hernández. 

Darianny llegó a una de estas jornadas en el campamento transitorio Pedro Emilio Coll, en la parroquia Coche de Caracas. Fue acompañada de su papá. Asistió a su consulta ginecológica y le dieron un kit con toallas sanitarias, toallas posparto, ácido fólico, vitaminas, toallas húmedas, pañales, jabón para bebé y uno de adulto, antibacterial, calcio, una caja de hierro, un paquete de tapa pezones y una crema antipañalitis. 

—¿Quieres que te tomemos una foto?— le pregunta Andrea.

Darianny dice que sí y después se ponen a conversar. Cuenta que tiene una hermana gemela, y que tuvo que dejar la escuela cuando salió embarazada. 

—¿Y qué estabas estudiando?—, pregunta la fotógrafa. 

—Criminalística—, responde la joven. 

—¿Te gustaba?—, repregunta Hernández. 

—Sí—, dice Darianny y agrega que cuando estaba en el bachillerato, era ella quien le ayudaba a su hermana con las tareas. 

Darianny de 20 años de edad —cumplidos el 27 de agosto— posa frente a la cámara con una tela azul de fondo. Andrea le entrega una foto impresa, ella agradece y se va. 

Mujeres embarazadas tras terremotos en Venezuela
Eili Córdova maquilla a Darianny Tocuyo, 21, en casa de sus padres en la zona popular de Catia, Caracas, Venezuela, el 28 de agosto de 2026. Fotografía: Andrea Hernández.

El nacimiento del bebé 

Cuatro semanas después de ese encuentro, la joven dio a luz. Fue un parto de emergencia porque se adelantó. Como parte del seguimiento que realizan a quienes han atendido, Mariandreina y Andrea fueron a visitarla y a llevar algunas cosas para ella y el bebé.

—¿Se les hizo difícil llegar?—, pregunta la muchacha. 

—No tanto—, dice Mariandreína. 

Toda la familia de Darianny las estaba esperando. Sacan sillas de la casita y las reciben cariñosamente. Ella cuenta su experiencia, cómo tuvo dolores muy fuertes y las contracciones no la dejaban avanzar. 

Sus padres hicieron lo que pudieron para movilizarla y el bebé nació sin más, a pesar de haber llegado antes de lo esperado. Darianny recibe a su hijo como un milagro. Como una muestra de que están vivos. En la casa de Nuevo Horizonte viven actualmente 13 personas, incluyendo a la joven. En un espacio reducido, todos se acomodan para estar. 

Andrea le pregunta si quiere una foto con su bebé y ella responde que sí. En la sala de la vivienda aprovecha que hay una cortina de colores y la fotógrafa suelta: “Este espacio está lindísimo para la foto”. 

Darianny busca a su bebé, que estaba medio dormido y medio despierto. Se acomoda el cabello y posa. Minutos después, la familia se une al retrato y Andrea le entrega la fotografía impresa. Todos se alegran en la sala. 

Mariandreina no solo carga con insumos para Darianny y su familia, también, por pura coincidencia, lleva una torta y ahí se enteran que la joven cumplió 20 años el día anterior, el 27 de agosto, así que cantan el Cumpleaños feliz. 

—El día de mi cumpleaños mi mamá me dijo que no tenía mucho para darme, pero que agradeciera que estaba viva— dice ella.  

Mujeres embarazadas tras terremotos en Venezuela
Darianny Tocuyo, 21, sostiene a su bebé recién nacido junto a su mamá, hermana y sobrina en casa de sus padres en la zona popular de Catia, Caracas, Venezuela, el 28 de agosto de 2026. Fotografía: Andrea Hernández

Las visitantes le aseguran que seguirán presentes en su proceso. Darianny cuenta que ha tenido problemas para amamantar, su bebé le ha roto los pezones. La activista recuerda que en el equipo hay doulas dispuestas a ayudar. La nueva mamá comenta que una de ellas le brindó atención antes y que no puede estar más agradecida. 

Se abrazan y, de nuevo, prometen seguir en contacto. Darianny se despide con una sonrisa. 

La importancia del apoyo de las doulas 

En un país como Venezuela, donde la salud sexual y reproductiva parece estar en el último eslabón, las doulas juegan un rol importante. Ahora, durante la emergencia, han podido ayudar a decenas de mujeres embarazadas. 

La Red Mundial de Doulas, cuenta su coordinadora Isabela Polito, se movilizó para identificar las primeras necesidades de las mujeres en conjunto con una red de voluntarias. Las doulas son personas que brindan asistencia durante el embarazo y después del parto. Lo hacen desde tres áreas principales: acompañamiento perinatal, apoyo continuo en el parto y sostén emocional o contención. 

Para acompañar en terreno, elaboraron un protocolo y la red también se movilizó para ayudar desde la distancia, indica. Al ser una organización que se encuentra en diferentes países, todas se abocaron a la emergencia. Encontraron refugios sobrepoblados, historias sobre familias desplazadas e identificaron que se necesita más organización, ayuda material pero también apoyo emocional. 

Melanie Agrinzones, doula y cofundadora de la colectiva feminista Uquira, coincidió con esta percepción. Dentro de los refugios temporales que visitaron había una necesidad palpable de apoyo emocional, en especial, para las embarazadas. 

“Muchas se estaban enfrentando a la ansiedad y el miedo, y esto puede afectar el proceso de gestación, por eso la contención emocional era necesaria. Que ellas entendieran que podían tener a personas que las guíen en cómo ocurre un parto y cómo lactar en estas situaciones, personas que las acompañen durante el parto”, explica.

Darianny no es la única beneficiaria de la iniciativa. Suman más de 45 mujeres atendidas y que han podido sobrellevar sus embarazos en situaciones adversas. Para Agrinzones estas iniciativas, cercanas y que brindan contención emocional, las ayudan a entender que no están solas y que se pueden sostener en una red comunitaria, en una red de iguales para cuidarse entre ellas. 

“Estas redes son las formas más amorosas de responder a las catástrofes: salvan vidas, organizan, planifican y, por supuesto, sostienen ante el miedo y ante la incertidumbre y crean espacios seguros de contención y de atención”, afirma.

Mujeres embarazadas tras terremotos en Venezuela
Mariandreina Montilla, Eili Córdova y Darianny Tocuyo posan para un retrato en casa de sus padres en la zona popular de Catia, Caracas, Venezuela, el 28 de agosto de 2026. Fotografía: Andrea Hernández.
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Mujeres en las ruinas del terremoto: estrategia, compasión y dignidad frente al riesgo

La confrontación directa con la muerte durante el doble terremoto del 24 de junio llevó a decenas de mujeres a pausar sus vidas cotidianas para volcarse al servicio. Asumieron labores de cocina, logística y organización, pero otras se enfrentaron al miedo y limitaciones convencionales para adentrarse en lo más profundo de los escombros. Su misión, tan riesgosa como compasiva, continúa: recuperar y devolver los cuerpos a aquellas familias que necesitan despedirse

Hay espacios, trajes, objetos y contextos que parecen propiedad masculina hasta que llega la tragedia. Hay labores que se asocian con la corporalidad, fuerza y el rostro de un hombre. Y también hay momentos que te enseñan que, en la emergencia, ninguna mano solidaria sobra porque la vida de alguien puede depender de la voluntad y el criterio de otro ser humano. Y a veces ese ser humano es una mujer, y a veces es una mujer que decide ser rescatista.

No saben si fue el hecho de ver las paredes de sus casas resquebrajarse. Sentir que mantenerse firme ya no era su decisión. Pensar que la vida se les iba en menos de 40 segundos. Pero el 24 de junio reprogramó su cotidianidad y transformó sus casas en carpas, sus zapatos en botas, habilidades que consideraban “corrientes” en capacidades técnicas indispensables para la recuperación de otro ser vivo o sus restos.

Antes del doble terremoto, Nadya Sabbagh (25) y Sarai Peña Castro (22) no se conocían, pero ahora sus historias están conectadas: de bailar en un salón pasaron a ser rescatistas de la extensión del equipo voluntario de los Topos Aztecas en Venezuela. 

Nadie las llamó. Ellas se ofrecieron al ver, de frente, la gravedad del desastre: en La Guaira colapsaron más de 150 edificios. Según el Estado venezolano, 80 % eran residencias privadas. 

En 2023, el gobierno de Nicolás Maduro reportó que había 14.000 bomberos y  7.411 funcionarios de Protección Civil activos a nivel nacional. De ese número, 34 % eran mujeres. Aunque la mayoría se movilizó para ayudar, Nadya y Sarai, y todo aquel que se ofreció como voluntario, se dieron cuenta de que nunca una cifra resultó ser tan insuficiente ante la magnitud de la emergencia. 

Miles de muertos y heridos. Toneladas de escombros por remover con las uñas. 

Decir que sí al llamado

«Voy a usar mi fuerza para ayudar allá», con ese pensamiento Nadya evacuó su edificio en San Antonio de Los Altos (Miranda) el día del terremoto. Lo hizo con el miedo encima, pero con la certeza de que tenía habilidades suficientes para apoyar. 

«Soy acróbata, soy bailarina, tengo entrenamientos de horas al día y quería ponerlo a prueba», cuenta. 

Su primer intento fue en el Edificio Moisés, que colapsó en la parroquia San Bernardino de Caracas. Ahí no pudo hacer mucho. El equipo de Protección Civil le negó el acceso: «No me dieron ni siquiera el chance de verificar si yo sabía usar las herramientas, de ver si yo tenía alguna condición. Simplemente me dijeron que no querían arriesgar vidas femeninas».

Insistió a Protección Civil durante cuatro días y le repetían lo mismo: primero los hombres. 

Ninguno se ofreció.

Voluntarios que estaban bajando insumos y rescatistas a La Guaira la trasladaron. Ahí la insistencia se convirtió en acción y durante tres días la arropó la misma realidad que a miles de guaireños: dormir un par de horas en las calles, comer de los donativos, dejar para después las duchas, y procesar que cada hora que transcurría las vidas eran menos.

La primera misión de Nadya fue en las residencias Ritasol Palace de Caraballeda para intentar recuperar el cuerpo de la madre de un amigo. Recuerda la escena: había rescatistas, pero no podían entrar al túnel por su contextura. 

«Yo puedo», recuerda que les dijo.

Nadie lo dudó. Nadya es alta, delgada y flexible, pero más allá de eso, el filtro que había lo superó por la seguridad con la que pronunció aquellas palabras.

Recorrió el túnel con el tacto y la precaución que produce lo desconocido. Comprendió la importancia del silencio y la observación. Puso a funcionar un rotomartillo y manejó una mandarria sin más que una explicación breve. A más de cinco o seis metros bajo tierra supo que la recuperación, como el baile, también tenía un ritmo que seguir.

«Las primeras veces no sabes qué estás haciendo. Dices: “Bueno, yo fui al frente, yo fui a la izquierda, yo fui a la derecha”. No sabes cómo decirlo. Ya con el tiempo cambia: “Avancé tantos metros. Esto tiene tanta profundidad para abajo, tiene tanta profundidad para arriba”».

La voluntad 

De 50 personas que se sumaron al grupo de los Topos Aztecas de Venezuela durante los primeros días de la emergencia, al menos 20 eran mujeres menores de 30 años. Llegaron de distintos estados del país, como Distrito Capital, Aragua, Carabobo, Miranda, y entraron al equipo porque dijeron «sí quiero, sí puedo».

Ese es el común denominador de las rescatistas voluntarias: se atreven a colaborar sin recibir más que el agradecimiento de las familias. Aunque el ofrecimiento es individual, la decisión de integrarlas en contextos de emergencia implica la aprobación de un superior y acompañamiento para integrarlas.

«Dígale a las personas que yo también puedo ir. Déjeme encargada con alguien», le decía Sarai Peña los primeros días al topo mayor.

Funcionó y Sarai entró a los primeros túneles con la determinación necesaria: «Solo confiaba en lo que me decían mis compañeros». 

Han transcurrido más de 80 días y las mujeres rescatistas continúan ayudando en La Guaira. Allí han aprendido que su rol ofrece aproximaciones distintas a la vulnerabilidad y al duelo. 

«Las mujeres dentro del rescate no solamente hacemos lo mismo que los hombres. Te metes en un hueco. Usas herramientas. Te arriesgas. Pero sabemos hacer algo más: dar esperanza aquellas personas que creen que no se puede hacer algo por cualquier cosa», señala Sarai, quien tiene 22 años, es bailarina y llegó de Valencia.

Sabe por qué lo dice. En Carabobo, ayudó a salir de su edificio a adultos mayores y animales: perros, gatos, un conejo y un pez. Luego fue hasta la ciudad de Morón, donde 18 sectores quedaron afectados, y colaboró en el rescate de dos sobrevivientes de una estructura que colapsó. 

No hubo casco, guantes ni botas: «Me metí sin nada porque estaban vivos. Fue un trabajo de cinco o seis horas y mi función fue sacar escombros. Lo único que yo pensaba era: donde me necesiten, voy a estar».

Fue comprender que cualquier vida, más joven o mayor, animal o no, contaba. 

Y en La Guaira necesitaban mucho eso: insistir en donde parecía no haber ninguna posibilidad. Aún lo necesitan.

Votos de confianza y el ejemplo

«En este grupo no existe ningún tipo de género. En mi experiencia, es diferente a Protección Civil. Aquí, seas mujer o seas hombre, te enseñan igual. Te sueltan las herramientas igual. Claramente cada uno tiene sus capacidades y sus virtudes. No todas las mujeres topean y no todas las mujeres utilizan herramientas; no todos los hombres topean, no todos los hombres utilizan herramientas», comenta Nadya.

Pero las distinciones continúan existiendo en otros espacios. 

En la duda de un familiar que no confía en el juicio de las rescatistas porque parecen inexpertas o muy jóvenes. En los rechazos de funcionarios. En el titubeo de las primeras horas. 

Y luego llega la transformación.

La negociación al momento de asignar misiones es más calmada. Atienden los detalles. La organización es naturalmente metódica. La disciplina y la constancia son exhaustivas en la mayoría de los casos. Y aprenden que cualquier cuerpo —grueso o delgado; alto o bajo; más lento o más rápido—  es funcional y necesario en distintas en las misiones.

Nadya tiene ejemplos: «Cuando viene la gente, y ven una mujer, le bajan dos. Se calman. Dicen: “A ella la puedo tratar de otra manera”. Tal vez viene del mismo machismo, pero sigue siendo una ventaja. Sigue siendo una ventaja en absoluto. Más allá de eso, también la contextura para el tema de topeo, que es lo que yo manejo, viene genial». 

Pero las virtudes indispensables son otras: «Solemos ser naturalmente más flexibles, más ágiles, y eso ayuda bastante. Lo más importante es que aprendemos rápido».

«Antes no lo veía. Luego sí. Y quizás lo valoramos más porque a todas nos costó mucho estar aquí», señala Sarai, quien al inició pensó que pasaría una semana en La Guaira y terminó trabajando dos meses sin parar.

«Y todo eso lo hicimos inconscientemente y ahora hay niñas que nos ven y dicen en voz alta: “Quiero ser como tú”. Lo que parecía un trabajo de hombres ya no lo es… eso es bonito», agrega. 

Una de las pruebas de la camaradería y la inclusión, por ejemplo, llega cuando sus nombres ya no son la forma para identificarlas. Sus nombres pasan a ser otros, vinculados a sus atributos, características y formas de ser. 

Nadya es Pluma, por calmada y liviana. Sarai es Blue, por su pelo azul. 

Lo natural no se va

¿Qué va en el traje de una mujer rescatista? 

Herramientas de trabajo: cinceles pequeños. Testigos. Linternas de apoyo. Alguna cuerda. Tapabocas. Algún amuleto personal. Colitas. Y en un bolsillo aparte, el más práctico y seguro, una toalla sanitaria. Porque sí, la menstruación no admite pausas en las emergencias.

«Cuando estaba cerca de mis días, me iba con una toalla puesta porque yo decía: “¿Y si me llega a bajar el periodo y estoy dentro de un túnel?”», recuerda Sarai.  

Ese día estuvo cuatro horas y hasta que no completó esa primera etapa de la misión, no salió. 

Nadya opina que los casos son distintos: «Es raro. A mí me duele cuando me viene, pero desde que estoy aquí ayudando, supongo que es también a nivel mental, no me ha dolido. No hay espacio para eso, pero hay otras compañeras que sí les duele». 

Hay medicamentos para atenuar el dolor. Tampones y toallas para higienizarse. Y también la libertad de decir «hoy no puedo» y que una compañera o compañero tome tu lugar, aunque no es frecuente.

Entre la necesidad personal y la de una persona que espera a un familiar frente a una estructura rota, casi siempre gana la segunda.

«Yo estoy aquí porque el familiar no se puede meter acá, porque sé que más nadie se va a meter acá. Y si yo puedo y tengo la habilidad de hacerlo, ¿por qué no? Eso es lo que me calma», dice Nadya.

Algo se pierde, algo se pausa y mucho se gana

Cuando Nadya puso un pie en La Guaira, llevaba cinco años en una relación que terminó pocas semanas después. Tuvo que pausar la beca que ganó en una academia de danza para introducirse en decenas de túneles que también ayudó a abrir. 

«Aquí todos perdimos y ganamos algo», expresa. 

Tiene compañeros que perdieron sus trabajos y se divorciaron. Sabe de algunos que se perdieron las primeras veces de sus hijos o no pudieron despedirse de familiares o amigos. También de quienes descubrieron su verdadera vocación y quieren salvar vidas. Sarai, por ejemplo, ahora quiere ser veterinaria. 

Pero hay algo que se gana: la gratitud. 

La gratitud tiene muchas formas de verse. Una sopa caliente. El agua limpia que sale de una ducha a la intemperie. La toalla sanitaria que no irrita. El olor a ropa limpia porque esta vez sí dio tiempo de dejarla secar. La risa de una compañera que pudo haber muerto porque una viga le podía caer encima. Y la más importante: cuando una familia se abraza porque finalmente pudo recuperar el cuerpo de su ser querido.

«Los Topos Aztecas no cortamos cuerpos. Tratamos de sacarlos de la manera más completa posible», afirma Nadya, quien tuvo que tomar una pausa después de su primera misión.

Estuvo dos semanas en el Ritasol Palace intentando rescatar a la mamá de su amigo y lo logró. El cuerpo estaba íntegro hasta que una máquina oxicorte del Estado intervino.

El operador de la máquina cortó las cabillas de un solo extremo de la viga que apretaba el cuerpo de la mujer. El otro lado lo dejó igual. Esas cabillas sueltas las amarraron a una máquina para que elevara el cuerpo.

«Con el empuje, le desgarró la cadera, la rodilla, el pie frente a los hermanos, frente a los hijos, frente a los padres. Ese es el único caso donde tuve que agarrarme cuatro días de descanso. Ya cuando se logró sacar, la lanzó a la bolsa como si fuera un pedazo de escombro. Por más que sea, hay que tener mucha humanidad, hay que tener mucha dignidad con las personas que murieron», relata Nadya. 

Eso también se gana: el respeto por el cuerpo. El respeto por el que pidió auxilio y esperó para despedirse. 

«Tú tienes que hablar con ellos, con los cuerpos, tienes que hacerles saber que todo va a estar bien, que alguien está afuera esperándolos y hacerlo con el mayor respeto posible en todo momento».

Sarai también lo ve así: «La ganancia es poder darle paz a una familia, a un hijo, a un papá, a una mamá. Darle el cuerpo de su familiar para que pueda darle el descanso».

Misiones en curso

Hasta el 5 de septiembre pasado, en La Guaira se habían ejecutado nueve “demoliciones controladas” con explosivos. Quien tuvo su hogar y sobrevivió ya sabe que serán muchas más. El Ministerio de Obras Públicas anunció el 7 de septiembre un listado oficial con 39 residencias que serán implosionadas en los próximos días.

Nadya y Sarai se han aprendido los nombres de varios y otros los han ido olvidando. Los que recuerdan son la prueba de que ahí pasaron muchos días excavando, moviendo materiales, tratando de ubicar los cuerpos perdidos: Ritasol Palace, El Jurel y Tamiami.

«Estamos buscando a una señora. Hay que seguir escarbando. Hay que seguir explorando porque donde se encuentra hay bastantes vigas atravesadas y hay que romper», explica.

Sarai, por otro lado, tomó un descanso y regresó a Valencia (Carabobo) para visitar a su familia.

El sentimiento compartido de las rescatistas es que volver a la vida anterior ya no es posible. 

«Cuando me he ido, me levanto con el pensamiento de que no iré constantemente a La Guaira. La normalidad es rara. Yo vengo de ver estructuras colapsadas, de meterme, de sacar gente muerta, de ver a familiares llorando, de ver escombros y de repente llegar a la normalidad. Todo explota en la mente», confiesa.

El futuro del rescate posible

Nadya y Sarai fueron parte del equipo de mujeres rescatistas que los Topos Azteca trasladaron a Colombia por el terremoto que ocurrió el 10 de agosto. Fue la primera misión internacional de ambas, el primer encuentro con otras reglas y formas de hacer las cosas.

Su apoyo fue limitado por el control que ejercieron las autoridades colombianas, pero Nadya se vino con la prueba de que cualquier vida cuenta: salvó un gato. Lo llamaron Tormenta y nunca lo olvidará porque terminó con un rasguño en el brazo.

«Nos montaron en el bus a varias mujeres porque sabían lo que podíamos aportar. Ya nos habían probado aquí», expresa con el tono de tranquilidad de quien hizo lo correcto.

Valiente. Atrevida. Cautelosa. Audaz. Aprendices. Esas son palabras que Pluma y Blue usan para describir esta nueva versión de sí mismas.

Para Sarai, la última es la más importante porque “todavía queda mucho por saber”. Le cuesta llamarse rescatista, pero reconoce que hay algo que le sobra: el deseo de formarse y continuar apoyando donde la llamen. 

«Esto era algo para lo cual nadie estaba preparado y nosotras dimos cara a pesar de no tener experiencia. Eso es algo que se valora bastante», dice. 

Les queda seguir estando presentes. Es la gran enseñanza a casi tres meses de que sus vidas se transformaran para siempre. 

Nadya lo sabe: «Ahora viviremos una versión mejorada de la vida. Mucho más consciente de lo que estoy haciendo, mucho más agradecida de lo que estoy haciendo».

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Construir memoria es un trabajo colectivo

Desde las escuelas de Historia y Sociología de la Universidad Central de Venezuela se abrieron espacios para reconstruir y documentar testimonios de personas que participaron en labores de rescate tras los terremotos, y otras que diseñaron iniciativas de ayuda

¿Cómo construir memoria colectiva? ¿Cómo sostener la solidaridad y la cooperación tras los terremotos del 24 de junio?

Con esas preguntas en mente, un grupo de profesores de las escuelas de Historia y Sociología, y el equipo de la Dirección de Derechos Humanos de la Universidad Central de Venezuela (UCV), se juntaron para materializar una iniciativa que les permitiera reconstruir testimonios, documentar voces y rostros para configurar, poco a poco, un archivo de la solidaridad. 

La tarde del 29 de julio, en la placita techada del Reloj de la UCV, se reunieron estudiantes, profesores, la comunidad universitaria, personas de la sociedad civil y rescatistas para escuchar, de primera mano, testimonios de personas que participaron en labores de rescate y diseñaron iniciativas de ayuda durante la emergencia. 

“Hay que construir memoria, porque no solo tenemos que edificar espacios físicos, también tenemos que edificar la cultura de la solidaridad y de instituciones que nos protejan”, dice la psicóloga social Chelina Sepúlveda, profesora de la Escuela de Sociología de la Central.

A partir de ese primer encuentro, que se llamó “Testimonios de la solidaridad”, comenzaron a sistematizar registros audiovisuales de las historias y los testimonios en un canal de YouTube que está abierto al público. La profesora Sepúlveda enfatiza que la reconstrucción de la memoria es una labor colectiva, no es solamente una tarea de historiadores, sociólogos y personas académicas. La memoria implica un trabajo con actores sociales e instituciones, para construir un conocimiento compartido sobre lo que pasó, y que pueda ser transmitido a las siguientes generaciones. 

Escuchar todas las voces 

Durante el evento, hubo una veintena de testimonios, en su mayoría de hombres rescatistas que narraron sus experiencias en las labores de ayuda y recolección de insumos. 

Yefferson Torres, ingeniero y miembro del grupo de rescate “Los Morrones”, mostró un álbum de fotos que encontró en La Guaira, entre los escombros de los edificios que se cayeron. Lo pasó entre los asistentes, que fueron viendo cada una de las imágenes: un grupo de personas riendo en la playa; unas niñas jugando en la arena; una pareja que se besa; unos amigos brindan con cerveza. ¿Quiénes son? ¿Fueron rescatados durante la emergencia? Torres enfatizó que guardar esas fotografías también es una forma de preservar la memoria.

Mientras que Suhey Ochoa, activista del voluntariado “Pan y Rosas”, habló de una iniciativa para la recolección de kits de higiene menstrual. “Como parte de este voluntariado hemos visitado refugios para entregar los kits, y hemos visto que las mujeres son quienes están al frente: sostienen el día a día, la cotidianidad; la comida que llega la distribuyen de forma equitativa”, dijo.

Por su parte, Narwin Gil contó su experiencia preparando sopas para los más vulnerables en La Guaira. 

Otro de los rescatistas explicó cómo las mujeres eran las que organizaban la gestión de las labores de rescate en las comunidades más afectadas y administraban los recursos. Para la profesora Sepúlveda, este liderazgo no es al azar: tiene que ver con el conocimiento que tienen las mujeres de la realidad de sus localidades.

Sin embargo, aunque la invitación al evento fue pública, no eran ellas quienes estaban allí contando sus vivencias. ¿Por qué? La profesora considera que uno de los retos es incorporar más voces de mujeres que están en el terreno, y que son parte fundamental de la respuesta colectiva. “Generar espacios donde estos testimonios también resuenen, en condiciones de igualdad, tal y como se expresan en los lugares afectados. Cuando visitamos las comunidades afectadas, por ejemplo, son las mujeres quienes asumen la construcción de redes de apoyo”. 

Un archivo que sirva para el futuro 

A los profesores que se han unido a esta iniciativa los motivó que la universidad haya tenido un papel importante en cuanto a la ayuda y la asistencia humanitaria, en la dotación de insumos, recursos técnicos y sanitarios. La Plaza del Rectorado de la UCV llegó a reunir a más de mil voluntarios dedicados a labores de rescate y recolección de insumos los días posteriores al doblete sísmico. 

“Sentíamos que faltaba un aporte desde las ciencias sociales y desde las humanidades, que tenía que ver con cómo construimos un conocimiento de lo que ha pasado y de sus efectos sociales”, explica Sepúlveda.

En contextos de desastres socionaturales, como el doblete sísmico, el rol de la academia está asociado a la producción de recursos técnicos para abordar la emergencia y contribuir a salvar vidas, y al conocimiento para analizar y ponderar el impacto. Es decir, para debatir los temas que generan incertidumbre: qué pasó y qué va a pasar. Pero también para ponerse al servicio de la reconstrucción. 

“Más allá de la idea del voluntariado y la ayuda humanitaria, la solidaridad es un principio de relacionamiento social. Es la esperanza convertida en acción colectiva a través de la articulación de voluntades y saberes”, considera Sepúlveda.

Hacer memoria y reconstruir un archivo es parte de esa tarea. En esta iniciativa, liderada por la Escuela de Historia, también se están vinculando periodistas y personas que han participado en los procesos de documentación tras los sismos. “Es un esfuerzo que debe ir más allá de la universidad. Hacer memoria es un trabajo colectivo”, reitera la profesora. 

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“Nos vemos mañana a las 9”: cómo estudiantes de la UCV abrieron el principal centro de acopio tras los terremotos

Tras el doblete sísmico del 24 de junio, estudiantes, profesores, trabajadores y egresados de la UCV convirtieron la Plaza del Rectorado en un centro de acopio que llegó a reunir a más de 1.000 voluntarios en una sola mañana. Lo que comenzó como una respuesta improvisada ante la emergencia se transformó en una red de ayuda, rescate y distribución de insumos hacia las zonas más afectadas. Casi dos meses después, cuando las donaciones han disminuido y las necesidades de la emergencia persisten, los estudiantes intentan convertir esa movilización espontánea en una respuesta sostenible

Faltaban apenas 16 días para las elecciones universitarias. El 24 de junio de 2026, aunque era feriado nacional, estudiantes de los distintos movimientos políticos de la Universidad Central de Venezuela (UCV) estaban en el campus de Ciudad Universitaria con un solo objetivo: terminar de preparar los materiales para la campaña electoral. Cuando se disponían a tomar las fotos oficiales de cada candidato, pasadas las 6:00 p.m., la tierra se empezó a sacudir. 

Minutos antes habían bajado de lo más alto del edificio de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, una decisión que agradecieron porque sintieron menos angustia durante los dos terremotos de magnitudes 7.2 y 7.5, que ocurrieron cuando ya estaban en los espacios abiertos de la universidad. Superado el susto, los actuales miembros de la Federación de Centros Universitarios (FCU) de la UCV y los nuevos candidatos y candidatas comenzaron a recorrer la universidad en busca de daños. 

Evaluaron visualmente cada edificación. Encontraron un muro caído en el Decanato de Ingeniería, daños en la Plaza Cubierta, grietas en las paredes de Bioanálisis y afectación en el propio edificio de la FCU. Entonces, decidieron ir hasta el Hospital Universitario de Caracas (HUC, Clínico), donde ya los pacientes, como los primeros reportes de la situación en la capital, empezaban a llegar. 

“En la noche fuimos al Clínico y vimos que estaban desalojando a los pacientes. Lo que hicimos fue acompañar a los familiares y personas que estaban llegando al hospital porque ya sabíamos de las evacuaciones y del colapso del edificio Rita, en San Bernardino, y el Petunia, en Los Palos Grandes”, recuerda Miguelangel Borsegui, secretario de Relaciones Internacionales de la FCU. 

Poco después, se trasladaron hasta la sede de los Bomberos de la UCV. Allí registraron las primeras necesidades: faltaba combustible para la ambulancia y para un jeep, carecían de suficientes guantes y tapabocas, de agua, comida y otros insumos. Entonces pusieron dinero de sus propios bolsillos y canalizaron una primera donación. Todavía no dimensionaban la magnitud del desastre. No tenían buena comunicación. 

Cuatro horas después de los sismos, cuando los mensajes finalmente empezaron a llegar, confirmaron que varios edificios se habían desplomado en La Guaira. Ahí decidieron que lo más importante para el día siguiente era abrir un centro de acopio, una medida que habían aplicado en el pasado como agrupación: para ayudar a familiares de presos políticos a inicios de 2026, por ejemplo, o para responder al deslave de Las Tejerías de 2022 (bajo la gestión anterior).

En esta oportunidad, empezar a recibir insumos y donaciones desde el 25 de junio para ayudar a las personas de la comunidad universitaria, y a todas las personas afectadas por los terremotos, lucía para ellos como lo más importante. 

“El sentimiento de todos, al realmente dimensionar lo que estaba pasando, fue ‘¿qué vamos a hacer?’. Siempre desde el primer momento pensamos en cómo íbamos a contribuir a esto”, asegura Alejandra Zamora, actual presidenta del Centro de Estudiantes de la Escuela de Comunicación Social. “Dijimos ‘nos vemos mañana a las 8-9 de la mañana’”.

David Campobasso, secretario de Cultura de la FCU, explica que los integrantes de la agrupación que estaban en la universidad se juntaron para grabar un video que publicaron casi a las 11:00 p.m. del 24 de junio en redes sociales. En él, llamaban a la población a acudir al día siguiente a la Plaza del Rectorado con donativos como agua potable, linternas, alimentos no perecederos, insumos médicos, medicamentos y baterías portátiles. 

A las 8:00 a.m. del 25 de junio, llegaron con tres toldos negros que instalaron frente al edificio de la FCU para arrancar la jornada una hora después. La respuesta a esa primera convocatoria todavía no los deja de asombrar. 

“Así como no dimensionamos todo el daño que había ocurrido tras el terremoto, la respuesta de la comunidad universitaria fue sorprendente. Llegamos a tener más de 1.000 voluntarios en una mañana. La gente se agrupaba para descargar donaciones, clasificarlas y organizarlas en espacios. Así empezaron a llegar más ayudas”, añade Borsegui. 

Durante las primeras horas, estudiantes, profesores, voluntarios, egresados, personal obrero y empresas privadas llegaron a la Plaza del Rectorado a ayudar. Cada vez más personas seguían sumándose. Pudieron contabilizar más de 100 motorizados estacionados en la UCV esperando instrucciones para trasladar la ayuda hasta las zonas más afectadas de La Guaira.

“Casi todos los caraqueños vinieron a este centro de acopio y lo volvieron suyo. No teníamos pensado que sería un centro tan grande como se convirtió. La misma gente confió en la universidad, confió en los estudiantes, confió en lo que significa la UCV para venir para acá a entregar desde una harina pan hasta descargar una gandola entera desde el Táchira o Ciudad Guayana”, destaca Campobasso.

La Plaza del Rectorado se llenó de botellas de agua, papel, medicamentos, alimentos no perecederos, pañales, ropa, artículos de higiene personal, alimentos para mascotas y herramientas. Algunos momentos fueron de caos y desorden. Al principio, todos hacían “de todo”, hasta que fueron identificando sus fortalezas y ubicándose en los roles donde tenían mejor desempeño. Todos coinciden que ha sido una experiencia de ensayo y error. Las diferencias políticas también quedaron a un lado. 

“Estábamos en plena campaña, pero desde el primer momento eso pasó a segundo plano. Lo más importante era contribuir. Si tú tienes un carro y yo tengo los insumos, cargamos y nos vamos. Fue bonito ver que más allá de los intereses políticos, lo que nos sigue uniendo es apoyar a esa persona que se quedó sin casa, que tiene a un familiar hospitalizado o que todavía no consigue a sus familiares”, agrega Alejandra Zamora, quien solo alcanzaba a dormir tres horas esos primeros días. “A veces hay inconvenientes, pero llegamos a un punto medio porque esto es más grande que cualquier aspiración política”. 

Recibieron camiones desde estados como Mérida, Táchira y Zulia y desde países como Brasil y Colombia. Transcurridos los primeros días, surgió la necesidad de crear una sala situacional, mediante una mesa técnica que instalaron con el Rectorado. Debían garantizar que los insumos llegaran a donde más los necesitaban y que la ayuda se sistematizara de mejor manera. Que se levantara información en el terreno y que la implementación se hiciera con apoyo de profesionales, como trabajadores sociales.

Poco a poco empezaron a llegar herramientas y materiales necesarios para la búsqueda de personas: guantes, palas, picos, cascos, mascarillas y lentes de seguridad. Estudiantes de distintas escuelas, miembros del club de rugby e incluso personas externas a la comunidad universitaria se organizaron para bajar a La Guaira a ayudar. Así nacieron brigadas de rescate y apoyo voluntario, como la “Brigada de Respuesta Inmediata ATUN” o la brigada “Pico y Pala”, la cual estableció un centro de acopio en una cancha en Los Chaguaramos. 

Los insumos médicos que recibían en la Plaza del Rectorado eran resguardados en una oficina que “quedó pequeña”, cuenta Andrea Coppola, estudiante de Medicina que apoya en la coordinación y entrega de donaciones. Tras conversaciones entre la Federación y el Decanato de la Facultad de Medicina, lograron organizar todas las medicinas e insumos médicos en el Instituto de Medicina Tropical (IMT), con el apoyo de su directora, la doctora Belkisyole Alarcón de Noya. 

“Después del 24 de junio simplemente vine a la UCV. Me preguntaron ‘¿qué vas a hacer?’ y dije que quería estar donde estuvieran los medicamentos. Al IMT llegó una carga gigante. Yo no conocía a nadie de aquí ni de Medicina. Vine, entramos y empezamos a agarrar medicamentos y a clasificarlos. Luego nos fuimos conociendo y compenetrando poco a poco. Ahora nos conocemos todos los de Medicina con los de Farmacia, conocemos a la Dirección del Instituto y hay un respeto y un cariño mutuo”, relata Luis Ramos, estudiante de cuarto año de Farmacia. 

Ahora este trabajo se movió a la Facultad de Farmacia. Quienes hayan sido afectados por la emergencia, sean voluntarios, personal universitario, de cuerpos de rescate o familiares que necesiten un medicamento o insumo médico, pueden acercarse hasta ese edificio de lunes a sábado. Allí indican lo que necesitan, los estudiantes procesan la solicitud, organizan las medicinas o insumos en cajas y aprueban la entrega.

“Hacen falta vitaminas, antidiarreicos, antieméticos, antiparasitarios. Con la falta de agua y las comidas que a veces quedan mucho tiempo al sol, se ha vuelto necesario. También solicitamos ivermectina y jabones para la dermatitis”, agrega Coppola, quien baja con regularidad a La Guaira. 

Un mes y tres semanas después de los terremotos, las donaciones han bajado tanto en la Plaza del Rectorado como en Medicina Tropical. El gran volumen de donativos de los primeros días ya no está. Los estudiantes, conscientes de las distintas fases de la emergencia, saben que las necesidades no se acaban después de 30 días. Mientras evalúan cómo reorganizar los centros de acopio para que la ayuda sea sostenible, siguen llamando a las personas a donar.

“Todos nos alegramos cuando llega una donación porque sabemos que eso nos va a permitir seguir ayudando. Entendiendo que es una situación terrible, este ha sido un espacio de encuentro, de reflexión, de compartir, de llevar ese luto también porque muchas personas acá han perdido seres queridos, familia, amigos, casas. Hoy el gran rol que tenemos desde este centro de acopio es transformar la ayuda para que podamos seguir siendo útiles”, dice Borsegui.