Portadas Redsonadoras

¿Quién cuida a las que cuidan?

En Venezuela, cuidar sigue teniendo rostro de mujer. Mientras el 95% del acompañamiento de niños y niñas con enfermedades crónicas recae sobre madres, tías y abuelas, iniciativas como “Jugar para sanar” ofrecen un espacio de autocuidado y contención emocional a través del artes plásticas, escritura y teatro para mujeres atravesadas por el agotamiento, la crisis del sistema de salud y una carga históricamente invisibilizada

Es un jueves de mayo y la tarde está soleada. En la calle se escucha el corneteo de los carros y el ruido de las motos de forma incesante. Pero cuando Glenda abre las puertas de la casa blanca que desde hace tres años es sede de Prepara Familia, una asociación civil que acompaña a niños, niñas y adolescentes hospitalizados y a las mujeres cuidadoras, es como si entrara a otra ciudad: la bulla de la calle cambia por el sonido de las risas y las conversaciones entre mujeres

—Profe, profe, ¡qué alegría verla! —le dicen. 

Alrededor de una mesa de madera hay 10 mujeres sentadas, conversan entre ellas, con la familiaridad de quienes se conocen desde hace años. Tienen diferentes edades, pero todas son madres cuidadoras: tienen hijos o hijas con alguna enfermedad crónica y dedican la mayor parte de su tiempo a cuidarles. De acuerdo con el Informe Cuidado y salud mental, publicado por Prepara Familia el 6 de mayo de 2026, 71% de las mujeres cuidadoras en Venezuela dedican todo el día al cuidado de sus pequeños

Cuando ven a Glenda se ponen de pie, la abrazan y le agradecen por estar ahí. La profesora comienza a darles indicaciones.

—Cerremos los ojos, respiremos por la nariz, botemos por la boca…

Glenda Medina es licenciada en Artes y desde hace un año visita cada jueves la sede de Prepara Familia para acompañar y guiar, durante dos horas, a madres cuidadoras. Su proyecto, “Jugar para sanar”, es un espacio artístico dedicado al autocuidado, en el que explora cuatro herramientas principales: mindfulness (respiración consciente), artes plásticas, escritura y teatro. “El propósito de estas actividades es traernos al presente y tener consciencia del estado de nuestro cuerpo porque es nuestra principal herramienta, nuestra principal casa y si no la cuidamos no vamos a poder cuidar a los otros”, explica Glenda.

La profesora les recuerda que este un espacio para ellas y les pide que hagan algunos ejercicios, que muevan los brazos, las piernas, que caminen un poco alrededor del salón. Después, saca una casita de cartón en la que han estado trabajando durante semanas anteriores.

El desamparo de las que cuidan

El cuidado sostiene la vida, pero de acuerdo con datos del Center for Reproductive Rights, son las mujeres las que realizan el 76,2% de todo el trabajo de cuidado no remunerado en el mundo. Esto se conoce como feminización del cuidado, y profundiza la brecha de las desigualdades de género, afecta la autonomía y limita la igualdad de oportunidades. 

La situación se agrava cuando una cuidadora tiene un hijo o hija con alguna condición médica compleja, especialmente en contextos como el de Venezuela, caracterizados por una crisis humanitaria que ha mermado las capacidades del sistema público de salud. De acuerdo con Prepara Familia, en el 95% de los casos en el país, quienes se responsabilizan por el cuidado de niñas y niños con enfermedades crónicas son sus madres, en menor medida tías y abuelas (3%), y muy pocas veces los padres (2%). 

Para Magdymar León, psicóloga clínica y directora general de la Asociación Venezolana para una Educación Sexual Alternativa (AVESA), el problema de la feminización del cuidado tiene su origen en la distribución desigual de las labores y los roles de género.

“Se ha pensado siempre, de forma errónea, que a los hombres les corresponde la productividad económica y la sostenibilidad financiera del hogar, tareas que tienen que ver con el ámbito de lo público. Mientras que a las mujeres se nos han asignado las labores de reproducción y de cuidado, pero además esto se extiende al cuidado de todo el grupo familiar, e incluso más allá: el cuidado de la comunidad”.

La experta señala otras dimensiones del problema: las mujeres cuidadoras están sometidas a altos niveles de estrés y agotamiento. Esto se relaciona con la salud de su hijo o hija, el impacto psicológico derivado de acompañarle durante la hospitalización, la falta de recursos económicos para la compra de medicinas, insumos médicos y exámenes, y la preocupación de dejar a sus otros hijos y a sus hogares al cuidado de familiares.

El Informe Cuidado y salud mental, revela que 63% de las mujeres cuidadoras venezolanas sienten preocupación por no poder comprar los medicamentos que sus hijos e hijas necesitan y 43% viajan desde el interior del país para que sus hijos reciban tratamiento. 

También destaca que el soporte de cuidados de estas madres es determinante para la humanización de la atención de la salud de sus hijas e hijos, y que esto constituye un aporte invisible al sistema de salud.

Rosa es maestra, tiene tres hijos, vive en una zona rural de Los Valles del Tuy y desde hace más de 20 años es cuidadora. Cuando su hija menor tenía tres meses, la llevó a una consulta en el Hospital del Niño porque tenía un cuadro de fiebres altas. Le hicieron exámenes y se dieron cuenta que tenía la hemoglobina casi en cero. Entonces la doctora le dijo: “La niña tiene que quedarse”, y así comenzó su camino como madre cuidadora. La primera hospitalización fue de dos meses, y ella estuvo allí, sin despegarse ni un minuto de su pequeña. Al año, le diagnosticaron a la niña aplasia medular, una enfermedad que no permite que el organismo cree glóbulos rojos y los pocos que crea, los destruye. 

Para vivir, su hija iba a necesitar transfusiones de sangre cada ocho días, o conseguir un trasplante de médula. En 2016, recuerda Rosa, acompañó a la chica, entonces una adolescente, en una hospitalización de casi un año: desde marzo hasta el 31 de diciembre. Además de la aplasia medular, le diagnosticaron Lupus, una enfermedad autoinmunitaria crónica donde el sistema inmunológico ataca por error tejidos sanos, provocando inflamación y daño en órganos.

En el camino de ser madre cuidadora, Rosa ha contado con el apoyo incondicional de Mario, su marido, que aunque no es el padre biológico de sus hijos, durante años ha hecho equipo con ella para el cuidado de sus otros dos hijos y el acompañamiento en el hospital. 

Actualmente su hija tiene 21 años, es estudiante de Administración, y debe hacerse transfusiones cada 15 días. Necesita con urgencia el trasplante de médula, pero por su condición médica la recomendación de los doctores es que ese trasplante se haga fuera del país, porque el sistema hospitalario venezolano no cuenta con los recursos para un caso como el suyo. Pero Rosa y su familia tampoco tienen los recursos económicos para viajar y operar afuera. 

Rosa asiste desde hace tres años a las actividades de Prepara Familia y, desde hace un año, a “Jugar para sanar”. “Una aquí encuentra otra realidad, descarga los problemas y se recarga de la energía que necesita para seguir adelante porque cada una de las que estamos aquí estamos pasando por situaciones muy parecidas”, dice. 

“Jugar para sanar”

La idea de “Jugar para sanar” nació en 2022 porque el programa “Engranar”, un proyecto fijo que está en el Hospital del Niño, en el área de oncología infantil, necesitaba a alguien que llevara actividades para las madres cuidadoras. Glenda Medina llevaba unos años estudiando el arte en el área hospitalaria y cuando una amiga le habló de ese trabajo, no dudó en aceptarlo

“Este proyecto es para que ese tránsito en la sala del hospital, donde esperan para consultas, tratamientos y exámenes, sea lo más amoroso y empático posible, que no se sientan solas, que sientan que están apoyadas y el arte es un lugar maravilloso para esto”, explica Glenda. 

El trabajo que hacen con las cuidadoras es en red: primero, una sesión de 45 minutos de actividades artísticas y después, espacios de atención con la psicóloga del hospital. En  2025, cerraron el año con 660 cuidadoras atendidas. “Ese número es impresionante para nosotros. Cada año, más mamás quieren hacer las sesiones. No son mamás fijas, porque es un espacio rotativo todo el tiempo”, dice. 

—Yo también quiero hacer la sesión  —dijo un padre, con su hijo en brazos, en la sala de espera del Hospital del Niño. 

Esa mañana, estaban a punto de iniciar las actividades de “Jugar para sanar”. Glenda y las madres cuidadoras invitaron al hombre a incorporarse. Él siguió las instrucciones, cerró los ojos, hizo los ejercicios de respiración: inhaló, retuvo el aire unos segundos y después lo dejó salir. Esa mañana jugaron con un globo. 

“El globo une a las cuidadoras y cuidadores que, aunque la mayoría no se conoce, les permite volver a reírse, conectarse con el juego, con el compartir, y eso hace que también bajen los miedos, las angustias y se conecten un momento con la felicidad”, explica Glenda.

Después de la actividad, que duró unos 40 minutos, el papa lloró un poquito. La semana siguiente, durante la sesión con la psicóloga del hospital, el hombre le contó que por primera vez, desde que su hijo fue diagnosticado con cáncer, pudo dormir profundamente. 

Glenda acompaña a las madres cuidadoras del hospital cada jueves en la mañana, y en las tardes se va hasta la sede de Prepara Familia a encontrarse con otras mujeres cuidadoras. Actualmente están trabajando en la maqueta de una casa, tiene colores, pinturas, tijeras y pega. Se distribuyen las tareas, unas hacen el techo, otras diseñan flores para el jardín que quieren ponerle.

El cuidado también es un derecho humano

La psicóloga Magdymar León considera que tanto el Estado como las instituciones promueven que el cuidado recaiga sobre las mujeres, y pierden de vista que es un derecho humano. “Por ejemplo, en las instituciones hospitalarias se privilegia que las mujeres sean las que estén acompañando a pacientes, se pide que sean las madres, de preferencia, o que sea alguna mujer del grupo familiar. No hay cambios suficientes dentro de la cultura que incorporen a los varones a estas tareas de cuidado, que sea una labor compartida y que no implique una sobrecarga para las mujeres”, dice. 

El 7 de agosto de 2025, la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) reconoció el cuidado como derecho humano, su alcance y su interrelación con otros derechos. En este sentido, concluyó que la distribución desigual del trabajo de cuidado es una forma de discriminación estructural de género, y los Estados tienen la obligación de adoptar medidas para corregir esta situación.

En Venezuela, no obstante, no hay políticas públicas que alivien las cargas de cuidado, ni que cuiden a las cuidadoras, pese a que existe una Ley de Sistema de Cuidados para la Vida que reconoce el cuidado como una actividad indispensable para el desarrollo humano, la calidad de vida y el bienestar social. De acuerdo con el artículo 1 de este documento, es deber del Estado garantizar la implementación de políticas, planes, programas y medidas para la atención y el acompañamiento integral de las personas cuidadoras y las personas sujetas de cuidado

León considera que hay que solicitar a las autoridades que se aboquen a desarrollar programas en este tema, pero también abordarlo desde la respuesta humanitaria, las acciones comunitarias y las acciones sociales, para generar una red de cuidados que no esté solamente en manos de las mujeres. 

En la ciudad de Bogotá, Colombia, por ejemplo, existen las Manzanas del Cuidado, una política pública con centros ubicados en diferentes zonas de la ciudad en las que las mujeres cuidadoras pueden acceder a actividades deportivas, programas escolares y desarrollo de emprendimientos. Mientras que el personal de las manzanas las sustituye en el cuidado de sus hijos, personas con discapacidad o adultos mayores.

En Venezuela, el reto es doble: hacer cumplir los mecanismos legales ya existentes y construir una red de corresponsabilidad que involucre al Estado, la comunidad y los hombres. Democratizar y remunerar los cuidados no solo aliviará la carga de las mujeres, sino que permitirá avanzar hacia una sociedad donde cuidar y ser cuidado sea, finalmente, un ejercicio de dignidad y no un aporte invisible de las mujeres.