Durante décadas, Venezuela se narró a sí misma como una nación mestiza y armónica, donde el racismo era un problema ajeno. Bajo este mito se consolidó una estructura de exclusión que invisibilizó a las comunidades negras, reduciendo su historia al folclor y negándoles reconocimiento político, social y cultural. Hoy, la reivindicación afrodescendiente irrumpe como una disputa por reconocimiento memoria, justicia y reparación histórica, recordándonos que no puede haber democracia, transición ni transformación social sin una conversación profundamente antirracista
La afrovenezolanidad no es una simple estadística demográfica ni un adorno folclórico en la narrativa nacional; es un grito vivo de resistencia y dignidad histórica. Representa el legado innegable de millones de seres humanos originarios del África subsahariana que, tras ser secuestrados y sometidos a la barbarie de la esclavización, se rebelaron incansablemente para reconquistar su derecho inalienable a ser personas.
Acercarnos a esta realidad desde una sensibilidad decolonial exige despojarnos de la mirada eurocéntrica que mercantiliza los cuerpos y las costumbres. Nos obliga a reconocer la afrodescendencia fuera de un eco del pasado y como una fuerza política, cultural y espiritual contemporánea que reclama justicia, memoria y reparación en cada rincón del país.
Sin embargo, para alcanzar una verdadera emancipación en Venezuela, resulta impostergable abrir y sostener conversaciones genuinamente antirracistas en todos los espacios de lucha social y de deliberación política. Durante demasiado tiempo, el mito de un mestizaje armonioso ha funcionado como un manto de invisibilidad que oculta un racismo estructural profundamente arraigado, silenciando las necesidades y formas de organización propias de las comunidades negras.
Hablar de transición política o de justicia social sin confrontar esta discriminación es una contradicción histórica. Asumir el antirracismo como bandera implica entender que desmantelar las estructuras coloniales de poder no es una agenda secundaria, sino el núcleo mismo de la transformación: un paso indispensable para construir una nación donde la diversidad sea, por fin, sinónimo de equidad y libertad.
Durante décadas, la sociedad venezolana se arrulló bajo el mito del “crisol de razas” y la “democracia racial”. Bajo la narrativa hegemónica del mestizaje, se construyó un espejismo que sugería que en nuestro país caribeño no existía el racismo, reduciendo la identidad a un eufemismo del “café con leche”. Sin embargo, detrás de esa fachada integradora, operaba una profunda matriz colonial de poder que invisibilizó, folclorizó y discriminó sistemáticamente a un sector fundamental de la nación.
Hoy, gracias a la movilización sostenida desde iniciativas individuales y de organizaciones de la sociedad civil, asistimos a un proceso de deconstrucción y reconstrucción identitaria: el tránsito de lo “negro” a lo “afrovenezolano”, y finalmente, a la consolidación política del término “afrodescendiente”.
Es vital explorar cómo las comunidades afrovenezolanas han emprendido una lucha titánica para recuperar su ancestralidad, reescribir la historia oficial y exigir derechos políticos, económicos, culturales y sociales en el marco del proceso de transformación social que hoy vivimos.
Esclavización, epistemicidio y falsas repúblicas
Para comprender la magnitud de la reivindicación actual, es necesario mirar las heridas del pasado. El proceso de trata de personas provenientes del continente africano, fue más que un secuestro físico, fue un intento sistemático de aniquilación ontológica. La maquinaria colonial, fundamentada en justificaciones biológicas y filosóficas eurocéntricas —como las de Immanuel Kant, quien afirmaba que los africanos carecían de sensibilidad para lo elevado —, buscó despojar a millones de seres humanos de su condición de personas. Un acto de trascendencia brutal en este proceso de despersonalización fue la eliminación de los nombres originales africanos para imponer nombres católicos.
Las personas esclavizadas fueron el motor económico de la antigua provincia de Venezuela, generando riquezas incalculables en minas de oro, extracción de perlas y, sobre todo, en las haciendas de cacao. Frente a esta barbarie, la respuesta nunca fue la sumisión pasiva, sino el cimarronaje: la creación de Cumbes o espacios libres donde se restituyó la ética, la dignidad, la solidaridad y la humanidad.
A pesar de que las personas africanas y sus descendientes fueron la “carne de cañón” indispensable en la Guerra de Independencia, el proyecto republicano les traicionó. Cuando finalmente se decretó la abolición de la esclavitud en 1854 bajo el gobierno de José Gregorio Monagas, el acto estuvo teñido de hipocresía: el Estado no indemnizó a las víctimas que sufrieron siglos de tortura y trabajo forzado, sino que destinó fondos millonarios para indemnizar a los amos esclavistas, lo que empujó a esta población a una condición de pobreza que hasta hoy caracteeriza a la mayor parte de la comunidad negra en Venezuela.
La trampa del mestizaje
La entrada de Venezuela a la modernidad en el siglo XX no significó una mejora para las poblaciones afro. Por el contrario, la modernización del Estado se concibió desde una óptica etnoexcluyente. Intelectuales de gran peso histórico sentaron las bases de un racismo de Estado. Economistas como Alberto Adriani advertían sobre el “peligro negro”, sugiriendo que un aumento de esta población perturbaría el desarrollo de las instituciones. Por su parte, Arturo Uslar Pietri, considerado el padre del mestizaje venezolano, sentenciaba que el componente negro no beneficiaba a la raza y que la población era incapaz de una concepción moderna del trabajo.
Estas ideas cimentaron un racismo estructural que se perpetuó durante las décadas de dictadura y la posterior democracia representativa. La cultura afro fue absorbida y banalizada por el folklorismo nacionalista, reduciéndola al tambor, la danza, la estética y la culinaria, vaciándola de su profundo contenido de resistencia, espiritualidad e identidad política.
Ante esta invisibilización, desde finales de los años setenta y consolidándose en la década de los ochenta, emergió un movimiento de resistencia que buscó superar el encuadre meramente cultural. Las organizaciones afrovenezolanas comprendieron que debían convertirse en un movimiento étnico que exigiera derechos sociales y políticos específicos.
El cambio de terminología fue una estrategia de fortalecimiento. El uso de la palabra “negro” (un color impuesto por el colonizador) comenzó a ser sustituido por un léxico afirmativo. Se dejó de hablar de “esclavos” para hablar de “esclavizados” o “secuestrados”, visibilizando la acción criminal del sistema esclavista y colonial. Surgió así la (re)africanización de la cultura y el concepto de Afrogénesis, un esfuerzo por reactivar la memoria diaspórica, recuperar melodías, signos religiosos y reconectar con la ancestralidad africana de manera digna.
En el año de 1998 y el debate constituyente de 1999 se abrió una ventana histórica. Sin embargo, a pesar de que la Constitución reconoció el carácter multiétnico y pluricultural de la nación, las propuestas del naciente movimiento afrovenezolano para ser reconocidos jurídicamente fueron ignoradas en el texto constitucional final.
En el año 2000 se conformó la Red de Organizaciones Afrovenezolanas (ROA), una plataforma vital para influir en las políticas públicas. La participación activa en la III Conferencia Mundial contra el Racismo en Durban (Sudáfrica) en 2001 fue un punto de no retorno. A partir de allí, amparados en el derecho internacional, se adoptó el término identitario “afrodescendiente” como una herramienta jurídica y política para exigir reconocimiento y reparación.
La confrontación política en Venezuela a inicios del siglo XXI dejó al descubierto el racismo latente que el mito del mestizaje intentaba ocultar. Las agresiones racistas se multiplicaron, dirigidas tanto a altos funcionarios gubernamentales afrodescendientes como al mismo pueblo, con insultos deshumanizantes que recordaban las peores épocas coloniales.
Frente a este racismo mediático e institucional, el movimiento afrodescendiente ha cosechado victorias significativas a través de una resistencia admirable. Uno de los hitos más importantes fue la declaratoria por parte de la Asamblea Nacional, en el año 2005, del 10 de mayo como el “Día Nacional de la Afrovenezolanidad” , en honor al levantamiento de José Leonardo Chirino en 1795 en la sierra de Coro.
Asimismo, la batalla por la visibilidad estadística ha sido enorme. Durante un siglo, los censos de población en Venezuela eliminaron cualquier pregunta sobre pertenencia étnico-racial (referente a afrodescendientes), basándose en la falsa premisa de que las diferencias raciales habían sido superadas. El movimiento afrovenezolano lideró una presión constante para incluir la variable de autorreconocimiento afrodescendiente en el Censo Nacional de 2011, entendiendo que lo que no se cuenta no existe para las políticas públicas del Estado.
Cabe destacar que en el censo del 2011, solo el 0.7% (181.144) de las personas se auto identificaron como afrodescendientes, 2,7% (762.382) como negros y más del 50% de la población se identifica como moreno o mestizo.
El proceso de reconstrucción identitaria de las comunidades afrovenezolanas es un acto de insurrección epistémica y política. Va mucho más allá de la preservación de particularidades culturales; es un esfuerzo por deconstruir las representaciones sociales eurocéntricas y combatir un racismo estructural que sigue manifestándose en la pobreza, en la educación y en el acceso al poder.
Las organizaciones afrodescendientes han demostrado que la identidad se construye desde las bases comunitarias y no desde las imposiciones del Estado o la academia. Al reivindicar su historia, al exigir la inclusión de sus aportes en el currículo escolar y al anclar sus demandas en marcos de derechos humanos internacionales, están reescribiendo la historia de Venezuela.
La lucha afrovenezolana nos recuerda que ninguna revolución social está completa si no desmantela, desde sus raíces, la matriz colonial del poder y el racismo que aún pervive en las sombras de aquella primera República.

