Portadas Blog El Telar 2025 (5)

Hilda Carrera: “¿Qué tendría que ocurrir para cerrar las heridas de la dictadura?”

La infancia y adolescencia de Hilda Carrera Gamonal estuvieron marcadas por la dictadura chilena encabezada por Augusto Pinochet, que terminó cuando ella cumplió 26 años. Creció en una familia de izquierda, en un país donde la política atravesaba la vida cotidiana con miedo, vigilancia y silencio. “La dictadura fue un golpe fuerte y todavía es un tema que me sigue conmoviendo”, dice. “No me deja de impresionar los niveles de crueldad a los que se llegó”. Para ella, las huellas de ese período siguen presentes: no solo en la política y la economía, sino también en la forma en que la violencia transformó la vida social, los espacios comunes y la cultura.

Quizás por eso su trayectoria se mueve entre distintas formas de intervención. Carrera enseña en una escuela de trabajo social, pero también escribe narrativa y poesía. Cultiva, además, la décima, una forma tradicional de poesía popular muy ligada a la protesta, que utiliza como herramienta más inmediata para reaccionar ante las injusticias y denunciar lo que ocurre.

La música es otro de sus territorios. Integra La Siembra, una colectiva de mujeres cuequeras que busca resignificar la cueca desde una mirada feminista. “Como todo baile tradicional que viene desde la colonia, es bien machista”, explica. En su colectivo escriben letras que hablan de las experiencias y luchas de las mujeres, que luego interpretan con canto gritado, una técnica pensada para espacios sin amplificación profesional y muy común en marchas y actos políticos.

Forma parte de la colectiva Bordadoras en Resistencia, donde el arte textil funge como un gesto político compartido. Allí producen lienzos colectivos a partir de un tema común, que cada integrante interpreta con su propio bordado. “Lo que más importa es el mensaje”, dice. Este 8 de marzo, por ejemplo, homenajearon a escritoras chilenas; en años anteriores bordaron sobre activistas ambientales y sobre mujeres que luchan por la causa Palestina.

En el marco del repentino cambio de gobierno en Venezuela, Redsonadoras quiso mirar a nuestra región y preguntarse qué han vivido otras mujeres feministas tras la caída de sus dictaduras. ¿Qué ocurre después del momento en que un régimen autoritario termina? ¿Cómo se reconstruye la vida política, social y personal después de años de represión, restricciones, violencia estatal y criminalización de la diversidad de pensamiento?

En el caso de Chile, la transición comenzó en 1988, cuando el plebiscito convocado por la dictadura de Augusto Pinochet terminó con la victoria del “No”, abriendo el camino hacia el fin del régimen militar y el inicio de un proceso de transición a la democracia que cambiaría al país. La dictadura de Augusto Pinochet en Chile terminó oficialmente el 11 de marzo de 1990, cuando Pinochet entregó el poder al presidente democráticamente electo Patricio Aylwin.

Hilda Carrera responde algunas preguntas desde Santiago de Chile, donde la noticia de la captura de Nicolás Maduro circula entre una ciudad atravesada por la diáspora: casi medio millón de venezolanas y venezolanos viven hoy en Chile, la mayoría como migrantes o refugiades. En ese contexto, la nueva cercanía del intervencionismo estadounidense también reactiva en Chile memorias incómodas. 

Para quienes viven y vivieron la dictadura, la conversación inevitablemente oscila entre el presente y el pasado. 

¿Cómo se empezó a hablar de transición en Chile? ¿Cómo era la conversación en torno a las necesidades del momento?

Las primeras manifestaciones contra la dictadura, si uno las mira ahora, pueden parecer incluso un poco ridículas por lo pequeñas que eran. Había prohibición de reuniones, así que organizábamos marchas con grupos muy chiquititos. Tratábamos de mantenerlas y rápidamente llegaba la represión. Había detenciones, persecución. Pero seguíamos. Era la lógica de la resistencia.

Yo diría que 1983 marca un punto de inflexión en términos de masividad. Empezaron a hacerse convocatorias más amplias, incluyendo paros nacionales. Recuerdo que para el Primero de Mayo hubo actos mucho más grandes: por primera vez se sentía esa experiencia de vernos entre muchas personas que pensaban lo mismo. 

También hubo las llamadas “marchas del hambre”, porque el país estaba atravesando una crisis económica muy fuerte. Todo ese proceso de movilización social es el que finalmente nos lleva al momento en que comienzan las negociaciones entre los partidos.

El foco inicial estaba muy puesto en la recuperación de una democracia formal, más burocrática y de la economía. Hay cuestiones que aparecieron mucho más tarde en la conversación pública, que en ese momento prácticamente no se consideraron, como el feminismo. Aunque incluso en la dictadura ya existía un eslogan muy potente: “democracia en el país y en la casa”. 

También hubo un movimiento muy fuerte de víctimas y familiares de víctimas que exigían verdad, justicia y reparación para los desaparecidos y ejecutados políticos. Al principio parecía que la preocupación pública estaba centrada solo en quienes habían muerto. Con el tiempo empezó a entrar también el tema de la tortura en la conversación, y eso llevó a discutir la recuperación de espacios y sitios de memoria.

La transición chilena tuvo a Pinochet como comandante en jefe del Ejército y luego como senador vitalicio. ¿Cómo se construyen nuevas estructuras de democracia nacional cuando el verdugo sigue presente en el aparato del Estado?

El primer presidente del retorno a la democracia, Patricio Aylwin, había participado en las discusiones políticas previas al golpe y era conocido por su posición antiallendista. Muchos de esos sectores negociaron pensando que el golpe iba a ocurrir y que después ellos volverían al poder.

Por eso, cuando comenzó la transición con su gobierno, la permanencia de Pinochet en cargos de poder no fue realmente una sorpresa.

¿Hubo un proceso de desmovilización social tras el triunfo del No? Me pregunto si al llegar la democracia, el enemigo contra el cual escribir o denunciar o protestar ya no estaba tan claramente definido.

Creo que eso pasa mucho. Cuando el enemigo es la institucionalidad de una dictadura, es muy fácil identificarlo. Pero cuando la institucionalidad democrática empieza a funcionar, todo se vuelve más difuso. Las personas que luchaban contra la dictadura pasan a formar parte del gobierno, y entonces empiezan a hacer cosas que quizás no nos parecen bien. Ahí se pierde un poco el foco: ¿a quién le reclamamos? ¿Qué puerta golpeamos? ¿Cómo procedemos?

En Chile no fue un cambio de blanco a negro, sino una zona intermedia de pactos. ¿Cómo se recibió y contó la ambigüedad de la transición?

Estábamos tan heridas que la transición se narra con optimismo. Queríamos creer que podía resultar. Pese a tener a Pinochet todavía en cargos de poder, había señales que nos hacían pensar que había un quiebre en un sistema de poder bastante terrorífico. Sin duda, hubo un cambio.

Hubo un primer gesto importante: la creación de la Comisión Rettig de Verdad y Justicia, que pidió a un grupo de expertos cuantificar a los desaparecidos y víctimas de la dictadura. Cuando llegó el informe, el presidente lloró públicamente y pidió perdón al pueblo chileno. Ese gesto de reconocimiento entregó un grado de optimismo: lo que habíamos estado gritando y denunciando durante años ahora era oficialmente reconocido por la institucionalidad.

¿En qué momento el miedo dejó de ser un lenguaje cotidiano?

La campaña del “No” hizo que el miedo empezara a perder fuerza. Fue exitosa en eso: nos ayudó a recuperar la sensación de que era posible expresarse. Si ellos aparecían en la televisión diciendo “No”, uno sentía que también podía salir a la calle y decir que las cosas estaban mal. Hay mucho análisis sobre si fue una buena campaña política o no, pero yo creo que, sobre todo, nos ayudó a perder el miedo.

El miedo tardó en desaparecer como cotidianidad, y al mismo tiempo todavía persiste en algunos ámbitos. Chile se convirtió en un país medio silencioso. Incluso en lo simbólico se nota: si miras las fotos de los años 70, hay mucho color en la ropa, en los edificios, en las imágenes; después de la dictadura, los colores se apagan, y esa paleta apagada se ha mantenido hasta hoy.

¿Cómo se vivió la transición desde la perspectiva de las mujeres, considerando que leyes fundamentales como el divorcio o la despenalización del aborto tardaron décadas en aprobarse en Chile?

Yo creo que el feminismo tardó mucho en aparecer con fuerza dentro de la institucionalidad. El Servicio Nacional de la Mujer (SERNAM) tenía muy pocos recursos y muy poca capacidad territorial, así que al final terminó siendo una institución muy alejada de la realidad de muchas mujeres. Era un espacio bastante de élite, que no necesariamente recogía las reivindicaciones de las mujeres trabajadoras.

Pero si uno mira lo que pasaba en la dictadura, las mujeres ya estaban organizándose de forma masiva. Por ejemplo, las ollas comunes: miles de mujeres que se organizaban en los barrios para alimentar a sus hijos y a toda la comunidad. Había ollas comunes en prácticamente todos los territorios.

Sin embargo, esas mujeres no fueron consideradas en las mesas de trabajo ni en las grandes conversaciones de la transición. Y creo que eso revela un problema que sigue siendo muy fuerte: tenemos una mirada muy clasista. Tenemos buenas teorías sobre cómo deberían hacerse las cosas, pero las mujeres que organizaban las ollas comunes, las que lideraban juntas de vecinos, las buscadoras de familiares desaparecidos, los grupos de allegadas, las organizaciones de pobladoras por la vivienda… muchas de esas organizaciones eran de mujeres, y sus voces quedaron bastante acalladas.

¿No había mujeres y disidencias en la mesa durante las negociaciones políticas de la salida de Pinochet?

Había algunas, pero eran pocas y muchas veces su voz no era escuchada. Varias aportaban desde el exilio: regresaban con preparación académica, con una mirada distinta y con feminismos más avanzados y reivindicativos, que empezaban a cuestionar las estructuras de poder existentes. Entre ellas están Gladys Marín, Teresa Valdez, Adriana del Piano, Carolina Tohá o Isabel Allende, quienes desde distintos espacios impulsaban agendas feministas y sociales que antes no se consideraban en las instituciones tradicionales.

¿Cómo y cuándo termina una transición? ¿Hay un inicio, nudo y desenlace?

Me cuesta mucho ver un fin. Creo que hay hitos que marcan un inicio, pero el desenlace… no sé dónde estaría. Me cuesta saber qué necesitaría yo para considerar que esto se cerró. Igual me lo pregunto: es una pregunta recurrente, ¿qué tendría que ocurrir para poder cerrar las heridas de la dictadura? Quizás simplemente hay que entender que las heridas existen y que algunas no van a cicatrizar. Y hoy en día estamos en un gobierno de extrema derecha, democrático, y en cierta forma, seguimos luchando contra esto.

¿Qué lección de resistencia te dejó el Chile de finales de los 80?

Tenemos que rescatar la alegría, los rasgos culturales propios, los colores, el ruido. Hay que rescatar la felicidad pese a todo, crear belleza, que no nos hagan perder nuestra esencia. Si es colorida, démosle colores. Si la esencia es ruidosa, hagamos ruido. Creo que en eso llevamos ventaja las mujeres frente a los hombres: el feminismo nos ha ayudado a mirarnos más, y creo que tenemos más posibilidades de recuperar nuestra esencia. Vemos más claramente a nuestros ancestros y nuestra cultura. 

Siempre, siempre rescatar la felicidad.

Portadas Blog El Telar 2025 (4)

Mujeres en la política venezolana: las pioneras que abrieron el camino

La lucha de las mujeres venezolanas por lograr una representación paritaria en los cargos públicos ha ido teniendo sus conquistas graduales a lo largo de la historia. Un proceso en el que diferentes dirigentes marcaron hitos al ser las primeras en postularse y ganar, lo que ha despejado el camino para muchas otras hasta la actualidad

El rol de las mujeres en la política venezolana parece haber estado siempre tras las sombras. Un ejemplo de esto fue la lucha para democratizar al país a principios del siglo XX. La famosa generación del 28, que contó con varios de los líderes políticos que luego dirigían la nación, tuvo entre sus filas a muchas jóvenes activistas que, al igual que ellos, agitaron las calles y sufrieron la represión del gobierno de Juan Vicente Gómez. Sin embargo, tras la muerte del dictador en 1936, siguieron sin ver materializados los derechos por los que habían luchado, en un país que presumía encaminarse hacia la modernidad.

Fue muy largo el camino para salir de las sombras, y que tuvo su primer faro en el movimiento sufragista que logró, en 1946, que las mujeres tuvieran el mismo derecho al voto y a aspirar a cargos públicos, como ciudadanas plenas. Allí también marcaron su primer hito, con la elección de la Asamblea Constituyente de ese año. De acuerdo con la Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, de 160 diputados, 21 fueron mujeres (13 principales y ocho suplentes). Era la primera vez que las mujeres accedían, por el mismo voto que habían conquistado, a un espacio de representación popular

Pero la magia no duró mucho. Para el Congreso de 1948, apenas resultaron electas 4 mujeres: 2 diputadas y 2 senadoras, entre ellas la escritora Mercedes Carvajal de Arocha, mejor conocida como Lucila Palacios. Desde entonces, a pesar de ser el 50,5 % de la población actual de Venezuela de acuerdo con el Banco Mundial, la lucha de las mujeres por tener mayor representación en los espacios políticos venezolanos continúa. Por ejemplo, la Asamblea Nacional electa en 2015 tuvo solo un 19,8 % de diputadas, mientras que la de 2020 cuenta con 33,57 % aún lejano de la realidad demográfica.

Desconocidas

Mujeres en la política venezolana: Lucila Palacios
Mercedes Carvajal de Arocha, conocida como Lucila Palacios. Foto: cortesía

Otro factor que ha marcado el camino de las mujeres en la política venezolana ha sido la falta de registros que den testimonio de sus luchas. Este desconocimiento no solo se ve al momento de buscar información sobre dirigentes políticas destacadas del siglo XX, sino también en el propio discurso actual. 

Si bien durante el gobierno de Hugo Chávez el número de mujeres en cargos públicos aumentó respecto a gobiernos anteriores, no fue por su acción directa. Ha sido el resultado de un proceso gradual y paulatino, el cual ha tenido muchas protagonistas que la historia parece empeñada en enterrar.

Política en femenino

Mujeres en la política venezolana: Dori Parra de Orellana
Dori Parra de Orellana, primera mujer gobernadora en la historia de Venezuela. Foto: cortesía

Incluso para los cargos por designación el camino de las funcionarias públicas fue lento. No fue hasta el gobierno de Raúl Leoni que se nombró en 1968 a Aura Celina Casanova como ministra de Fomento, siendo la primera mujer en la historia del país en formar parte del gabinete ejecutivo

Antes de 1989, los gobernadores también eran elegidos por el presidente de la República. En ese periodo solo figuran los casos de Dori Parra de Orellana, designada en 1975 gobernadora del estado Lara (también una de las primeras mujeres diputadas de la República), y Luisa Teresa Pacheco, en 1984, como gobernadora de Táchira. Tras la descentralización, en 1993, Lolita Aniyar de Castro se convirtió en la primera mujer electa gobernadora en Venezuela, en el estado Zulia. 

Ya para principios de los años noventa, la Gran Caracas contaba con una imagen predominantemente femenina. Ya en 1989, Gloria Lizárraga de Capriles se había convertido en la primera alcaldesa de Baruta, y posteriormente, siguieron su ejemplo Irene Sáez en Chacao y Mercedes Hernández de Silva en El Hatillo en 1993. Esto se mantuvo incluso a finales de la década, con el segundo gobierno de Sáez, además del ascenso de la actriz Ivonne Attas en Baruta y de Flora Aranguren en El Hatillo (un hito con la sucesión entre dos mujeres en un municipio).

Aunque esto apuntaba a una Venezuela futura con una mayor representación femenina, todavía era algo muy alejado de la realidad. Una nota de 1997 del diario español El País señala que para ese año, apenas un 6,5 % de los curules del entonces Congreso bicameral eran ocupados por mujeres. Un panorama peor en los consejos legislativos estadales, donde su participación era de 1,4 % y 3,6 % en los concejos municipales. Solo el Poder Judicial cubría la paridad del 50 % de mujeres funcionarias, con Cecilia Sosa a la cabeza de la Corte Suprema de Justicia.

Hacia la presidencia

Mujeres en la política venezolana: las pioneras que abrieron el camino
Campaña presidencial de Irene Sáez. Foto: cortesía

Venezuela ha sido gobernada históricamente por hombres. Incluso en democracia, pasaron muchos años antes de que una mujer pudiera aspirar a la presidencia. En 1988, 30 años después de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, fue cuando Ismenia de Villalba se convirtió en la primera candidata presidencial en la historia del país. 

Durante los años noventa, Rhona Ottolina y Carmen Rodríguez y González también se postularon en las elecciones de 1993, aunque no fue hasta la llegada de Irene Sáez en 1998 que las encuestas por primera vez asomaron la posibilidad de que una mujer llegara al Palacio de Miraflores. No ocurrió así, y en cambio las elecciones fueron ganadas por Hugo Chávez.

Las elecciones presidenciales de 2006 fueron peculiares por su gran número de candidatos. De los 14 aspirantes que llegaron al día de la votación, hubo cuatro mujeres: Venezuela Da Silva, del partido Nuevo Orden Social (NOS); Isbelia León, del movimiento Institución Fuerza y Paz (IFP); Judith Salazar, por Hijos de la Patria (HP); y Carolina Contreras, quien se postuló por iniciativa propia. También estuvo el caso de las candidatas Reina Sequera y María Bolívar, quienes compitieron no en una, sino en dos elecciones consecutivas simultáneamente, en 2012 y 2013.

Ninguna candidata ha logrado hasta la fecha superar el 5 % de votos en unas elecciones presidenciales venezolanas. El mejor desempeño en las urnas lo sigue teniendo Irene Sáez, quien quedó en tercer lugar con un 2,82 % (184.568 votos). Aun así, muy lejos del 70 % que proyectaba en las encuestas al inicio de su campaña. No obstante, con el nuevo protagonismo que han tomado dirigentes como Delcy Rodríguez desde el oficialismo, o María Corina Machado y Delsa Solórzano en la oposición, las condiciones están dadas para que esta situación pueda revertirse en un futuro cercano.

Este artículo, publicado originalmente el 18 de abril de 2024 en El Diario, fue hecho como parte de las Mentorías Editoriales del Semillero Violeta de la Red de Periodistas Venezolanas