El Día Internacional de la Mujer se convirtió en una jornada de denuncia en Caracas. Feministas, madres, trabajadoras, sindicalistas, activistas, estudiantes defensoras de derechos humanos y familiares de detenidos marcharon en la capital venezolana para exigir la liberación de todas las personas presas por razones políticas y el cierre de centros de detención denunciados por prácticas de tortura.
Aunque la protesta fue pequeña y sin grandes concentraciones, la actividad de este domingo buscó poner en el centro el papel de las mujeres en la lucha por un país democrático y en el que las consignas contra el Gobierno fueron las más entonadas.
La movilización fue una exigencia al Estado: por el cese de la persecución contra mujeres que ejercen sus derechos políticos, que alzan la voz por los derechos laborales, la dignidad y la justicia.
Al grito de “las mujeres se rebelan por la democracia” y “mujeres al poder contra la dictadura”, muchas de las esposas, hermanas, hijas y madres de detenidos, quienes han liderado la lucha de la liberación de los presos políticos en Venezuela y han estado desde hace dos meses en vigilia esperando que sean excarcelados, marcharon desde la Plaza Francia de Altamira hasta la plaza Brión de Chacaíto en Caracas.
“Abajo la dictadura que va a caer, que va a caer. Arriba la democracia que va a vencer, que va a vencer” fue otras de las consignas de resistencia y reclamo democrático que gritaron las mujeres que marcharon durante este 8 de marzo. Recordaron que hay 56 mujeres presas políticas que continúan detenidas arbitrariamente de las más de 500 personas que siguen tras las rejas, según cifras de la organización Foro Penal.
Las activistas y feministas también alzaron la voz en contra de la violencia de género, por la justicia reproductiva y por el fin de cualquier forma de discriminación. “Basta de femicidios” y “Maternidad por elección, no por obligación”, “La democracia es queer” fueron algunas de las frases que llevaban en los carteles este domingo 8 de marzo.
Al ser el Día Internacional de la Mujer Trabajadora, también recordaron que en Venezuela el sueldo mínimo permanece congelado en 130 bolívares (aproximadamente 0.25$) desde hace cuatro años.
En un país donde el 52% de los hogares dependen económicamente de una mujer, según datos de Encovi 2024, la paradoja es evidente: quienes sostienen a más de la mitad de las familias son también quienes enfrentan mayores niveles de precariedad. A esta realidad se suma que Venezuela tiene una brecha salarial entre hombres y mujeres de 36,7%, la más alta de la región.
El 8 de marzo ha trascendido a lo largo de la historia como el Día Internacional de la Mujer. Una fecha que, lejos de celebrar a las mujeres como seres de amor o como figuras ornamentales a quienes hay que rendir tributo regalando flores, felicitándolas y exaltando la hermosura de su ser, está vinculada a distintos acontecimientos y movimientos de lucha de las mujeres trabajadoras.
Estas luchas no solo buscaron reivindicaciones salariales, sino también irrumpir en los espacios de participación política que les habían sido negados debido a su confinamiento a la vida privada, a lo doméstico, a la sumisión y subordinación masculina.
La lucha por el voto emprendida por las sufragistas implicó no solo el deseo de participar en la vida política, sino también la necesidad de opinar y afirmar que la humanidad debía enrumbarse hacia alternativas que permitieran instaurar la paz en el mundo como un principio inquebrantable.
Un 8 de marzo de 1917, las mujeres del movimiento feminista en Rusia marcharon bajo la consigna “paz y pan” en señal de protesta contra el régimen autocrático que dirigía el país. Hoy, 109 años después, Rusia se enfrenta a una guerra contra Ucrania en un conflicto que, desde cualquier perspectiva, no es más que una lucha masculina por el poder.
Los escenarios bélicos actuales en distintas latitudes son muestra de lo que Rita Segato (2018) ha denominado el mandato de la masculinidad, entendido como el ejercicio de la violencia para dominar lo otro, lo diferente, dentro de un sistema-mundo colonial en el que el poder se utiliza para explotar, someter y exterminar.
Estas son las bases que permiten a las feministas definir la sociedad patriarcal no solo como un sistema creado por los patriarcas (padres y abuelos), sino como una estructura que se sustenta en el género como mecanismo de control y dominación. De él se desprenden opresiones raciales, étnicas, religiosas, económicas, identitarias y sexuales, así como aquellas que castigan la desobediencia de los roles y patrones del “orden” social imperante.
Las mujeres inician una revolución en Rusia bajo la consigna “paz y pan”
La definición de la sociedad patriarcal ha permitido entender que la lucha de las mujeres no se limita a la reivindicación de derechos. Si algo han demostrado las feministas europeas —representantes del feminismo blanco— es que no basta con alcanzar derechos que nos igualen a los hombres; aun así se continúa en desventaja. Ser iguales ante la ley no protege de la violencia.
Este es un problema estructural de un sistema que oprime y castiga con fuerza a quienes son considerados “inferiores”. Tal como afirma Kimberlé Crenshaw (2014), las violencias y opresiones se encuentran en intersecciones que las convierten en experiencias distintas para quienes las sufren. Así, una mujer negra y discapacitada, por ejemplo, sufrirá discriminación sexual y racial, además de enfrentar limitaciones y prejuicios relacionados con su discapacidad. Si a esto se suman la pobreza y una orientación sexual distinta a la heteronormativa, recaerán sobre ella múltiples opresiones que la conducirán a una vida marcada por la exclusión y la violencia social.
Erróneamente, desde algunos espacios se piensa el feminismo como la lucha de las mujeres contra los hombres o como el deseo de alcanzar las estructuras de poder para someterlos. Este planteamiento presenta al movimiento no como la liberación de la mujer, sino como la opresión del hombre. Nada más alejado de la realidad: no se trata de una guerra entre los sexos.
Hoy el feminismo se plantea no solo como un movimiento, sino también como teoría social y filosofía de vida. En primer lugar, busca denunciar libremente las violencias cotidianas y cómo estas recaen sobre las personas más vulnerables, así como sobre el medio ambiente, que en nombre del “progreso” ha sido explotado, modificado y contaminado, exterminando especies necesarias para el equilibrio del ecosistema.
En segundo lugar, procura develar las opresiones de las estructuras sociales que, en nombre del “orden”, terminan excluyendo a quienes deciden no participar de ellas. En tercer lugar, plantea modelos alternativos que ofrezcan la posibilidad de crear espacios para las disidencias.
El feminismo enseña que este mundo creado por los hombres y para los hombres ha terminado por oprimir también al varón. En esta sociedad se le exige cumplir un rol de género que lo obliga a ser agresivo y combatiente, convenciéndolo de que es por “naturaleza violento”.
Desde niños se les enseña a pelear, a disparar y a perseguir al otro para vencerlo, dominarlo o matarlo. El varón juega a la muerte, al exterminio y a la dominación, lo que termina por suprimir sus sensibilidades y deshumanizarlo. Cuando crece, concibe la violencia no como agresión contra el otro, sino como defensa. Está preparado para la guerra, para el combate.
El movimiento sufragista
Entender esto permite alejarnos de la idea de un movimiento que confronta mujeres y hombres y comprender el feminismo como un proyecto liberador para todas, todos y todes. En esa idea de liberación surge la comprensión del cuerpo como territorio, un planteamiento que propone concebir el cuerpo humano —y en especial el de las mujeres— como el primer territorio a liberar.
Esta idea resulta poderosa. En una sociedad compuesta por estructuras que obligan a pertenecer al partido político, la iglesia, la pareja, el centro comercial, el estatus socioeconómico, la estética correcta o la piel que valida la industria del consumo, el planteamiento de la liberación del cuerpo recupera la autonomía individual.
También recupera el derecho a comprendernos como seres capaces de actuar para transformar nuestra realidad. No se trata de despojar al Estado de la responsabilidad de gestionar bienestar, sino de reconectar conscientemente con el ser y convertir este concepto en una herramienta analítica y política. No es casualidad que este concepto haya surgido desde el pensamiento decolonial latinoamericano.
El feminismo en Latinoamérica se vive desde las comunidades, desde prácticas ancestrales indígenas y afroamericanas, recuperando la idea del cuerpo como un espacio vivido en conexión con la naturaleza, la tierra y la memoria originaria.
Se trata de comprender el cuerpo como una propiedad autónoma que debe protegerse de la violencia, del control y de la dominación sistemática, así como de la contaminación provocada por el consumo. Esto se convierte en una práctica de resistencia y lucha. En ese sentido, las voces de las mujeres se alzan para decir lo prohibido y desnudar la lógica patriarcal que presenta la cultura occidental como única.
En este marco, las mujeres racializadas resultan excluidas de los espacios políticos que las invisibilizan y les imponen cánones del “deber ser”. Esto se traduce en la negación y el borrado de lo que son, de su historia y de su memoria.
Tal como lo expresa Delmy Tania Cruz Hernández (2020), “la criminalización de las mujeres tiene tintes específicos, puesto que el foco de la violencia se centra en sus cuerpos y en el amedrentamiento de su ser ‘mujeres’ en las comunidades, donde la actuación moral se pone en duda” (p. 48).
Son ciudadanas de tercera categoría: pierden derechos, se les niega la palabra y el poder de decisión incluso en los espacios que han habitado desde tiempos inmemoriales.
Aun así, las mujeres hoy continuamos con el compromiso de sostener la humanidad: esa humanidad que se gesta en nuestros cuerpos y en la razón femenina del cuidado para la vida. Ya no desde la lógica de la explotación que, justificada en el “amor”, obliga a las mujeres a realizar trabajos de cuidado que supuestamente “por naturaleza les corresponden”, convirtiéndolas en la servidumbre sobre la cual el sistema patriarcal se reproduce. Sino desde el entendimiento de que los cuidados son necesarios y, por tanto, responsabilidad de todos, todas y todes.
El grupo Panteras Negras fue un actor fundamental para la comunidad negra estadounidense en general y para el feminismo negro en particular.
En este sentido surge la comprensión de los cuidados y del autocuidado como práctica humanitaria que rescata el sentir individual y colectivo, pues las, los y les seres humanos tenemos el mismo valor sin importar las diferencias que nos componen.
El reconocimiento de los cuidados como derecho humano constituye un hito en la historia, una conquista impulsada por las feministas quienes, a través de la lucha pacífica y organizada, lograron que en agosto de 2025 la Corte Interamericana de Derechos Humanos declarara que el cuidado constituye una necesidad básica, ineludible y universal, de la cual depende tanto la existencia de la vida humana como el funcionamiento de la vida en sociedad (Corte Interamericana de Derechos Humanos, 2025).
Logros como este evidencian la importancia de dar cabida a las voces femeninas y de generar espacios que permitan ejercitar la inclusión, la paz y la celebración de lo diverso como característica de las sociedades humanas.
Hoy más que nunca estas prácticas se vuelven urgentes. Mientras los líderes políticos hacen apología de la guerra para enriquecer sus bolsillos en nombre del “bienestar colectivo”, las mujeres somos conscientes de que la muerte no plantea solución alguna: solo constituye un negocio que permite a quienes ejercen el poder perpetuarse y enriquecerse.
Las prácticas feministas, por el contrario, implican la construcción de la paz, la inclusión de todas, todos y todes y la celebración de lo diverso. También implican comprender la vida humana más allá del consumo y la acumulación de riquezas como fin último.
Cuando las mujeres recurren al trueque, por ejemplo, no debe verse como una simple idea esnob. Esta práctica constituye una acción política que busca desmantelar la industria del consumo, sobre la cual se explota a las y los trabajadores, se contamina el ambiente y se generan necesidades irreales.
Además, el feminismo también pone el foco en el varón y en la necesidad de construir nuevas masculinidades, no solo para desmantelar el machismo que conduce a las violencias sexuales —cuya expresión más cruel se encuentra en los feminicidios—, sino también para la liberación del propio hombre, sometido a prácticas violentas que lo llevan a reafirmar su masculinidad ante otros hombres (Segato, 2018).
La percepción masculina de un mundo escaso, en el que el otro se convierte en enemigo porque supuestamente desea despojarme de lo que me pertenece, constituye un pensamiento que urge transformar. Esta es una tarea necesaria hoy más que nunca, en un planeta donde la coexistencia de la humanidad se encuentra en peligro.
Todo lo anterior hace que el pensamiento feminista cobre aún más vigencia, pues la humanidad está llegando a límites irreversibles.
Garantizar espacios de expresión y continuar alzando nuestras voces para denunciar aquello que atenta contra la dignidad humana constituye, sin duda, un acto de valentía, resistencia y lucha por la construcción de una humanidad verdaderamente pacífica, en la que todas, todos y todes podamos convivir en armonía y respeto.
Referencias: Corte Interamericana de Derechos Humanos. (2025). Opinión consultiva OC-31/25: Derecho al cuidado. https://www.corteidh.or.cr/opiniones_consultivas.cfm
Crenshaw, K. (2014). On Intersectionality: Essential Writings. The New Press.
Segato, R. L. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Prometeo Libros. Cruz Hernández, D. T. (2020). Mujeres, cuerpo y territorios: entre la defensa y la desposesión. En D. T. Cruz Hernández & M. Bayón Jiménez (Coords.), Cuerpos, territorios y feminismos: compilación latinoamericana de teorías, metodologías y prácticas políticas. Ediciones Abya‑Yala.