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“Nos vemos mañana a las 9”: cómo estudiantes de la UCV abrieron el principal centro de acopio tras los terremotos

Tras el doblete sísmico del 24 de junio, estudiantes, profesores, trabajadores y egresados de la UCV convirtieron la Plaza del Rectorado en un centro de acopio que llegó a reunir a más de 1.000 voluntarios en una sola mañana. Lo que comenzó como una respuesta improvisada ante la emergencia se transformó en una red de ayuda, rescate y distribución de insumos hacia las zonas más afectadas. Casi dos meses después, cuando las donaciones han disminuido y las necesidades de la emergencia persisten, los estudiantes intentan convertir esa movilización espontánea en una respuesta sostenible

Faltaban apenas 16 días para las elecciones universitarias. El 24 de junio de 2026, aunque era feriado nacional, estudiantes de los distintos movimientos políticos de la Universidad Central de Venezuela (UCV) estaban en el campus de Ciudad Universitaria con un solo objetivo: terminar de preparar los materiales para la campaña electoral. Cuando se disponían a tomar las fotos oficiales de cada candidato, pasadas las 6:00 p.m., la tierra se empezó a sacudir. 

Minutos antes habían bajado de lo más alto del edificio de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, una decisión que agradecieron porque sintieron menos angustia durante los dos terremotos de magnitudes 7.2 y 7.5, que ocurrieron cuando ya estaban en los espacios abiertos de la universidad. Superado el susto, los actuales miembros de la Federación de Centros Universitarios (FCU) de la UCV y los nuevos candidatos y candidatas comenzaron a recorrer la universidad en busca de daños. 

Evaluaron visualmente cada edificación. Encontraron un muro caído en el Decanato de Ingeniería, daños en la Plaza Cubierta, grietas en las paredes de Bioanálisis y afectación en el propio edificio de la FCU. Entonces, decidieron ir hasta el Hospital Universitario de Caracas (HUC, Clínico), donde ya los pacientes, como los primeros reportes de la situación en la capital, empezaban a llegar. 

“En la noche fuimos al Clínico y vimos que estaban desalojando a los pacientes. Lo que hicimos fue acompañar a los familiares y personas que estaban llegando al hospital porque ya sabíamos de las evacuaciones y del colapso del edificio Rita, en San Bernardino, y el Petunia, en Los Palos Grandes”, recuerda Miguelangel Borsegui, secretario de Relaciones Internacionales de la FCU. 

Poco después, se trasladaron hasta la sede de los Bomberos de la UCV. Allí registraron las primeras necesidades: faltaba combustible para la ambulancia y para un jeep, carecían de suficientes guantes y tapabocas, de agua, comida y otros insumos. Entonces pusieron dinero de sus propios bolsillos y canalizaron una primera donación. Todavía no dimensionaban la magnitud del desastre. No tenían buena comunicación. 

Cuatro horas después de los sismos, cuando los mensajes finalmente empezaron a llegar, confirmaron que varios edificios se habían desplomado en La Guaira. Ahí decidieron que lo más importante para el día siguiente era abrir un centro de acopio, una medida que habían aplicado en el pasado como agrupación: para ayudar a familiares de presos políticos a inicios de 2026, por ejemplo, o para responder al deslave de Las Tejerías de 2022 (bajo la gestión anterior).

En esta oportunidad, empezar a recibir insumos y donaciones desde el 25 de junio para ayudar a las personas de la comunidad universitaria, y a todas las personas afectadas por los terremotos, lucía para ellos como lo más importante. 

“El sentimiento de todos, al realmente dimensionar lo que estaba pasando, fue ‘¿qué vamos a hacer?’. Siempre desde el primer momento pensamos en cómo íbamos a contribuir a esto”, asegura Alejandra Zamora, actual presidenta del Centro de Estudiantes de la Escuela de Comunicación Social. “Dijimos ‘nos vemos mañana a las 8-9 de la mañana’”.

David Campobasso, secretario de Cultura de la FCU, explica que los integrantes de la agrupación que estaban en la universidad se juntaron para grabar un video que publicaron casi a las 11:00 p.m. del 24 de junio en redes sociales. En él, llamaban a la población a acudir al día siguiente a la Plaza del Rectorado con donativos como agua potable, linternas, alimentos no perecederos, insumos médicos, medicamentos y baterías portátiles. 

A las 8:00 a.m. del 25 de junio, llegaron con tres toldos negros que instalaron frente al edificio de la FCU para arrancar la jornada una hora después. La respuesta a esa primera convocatoria todavía no los deja de asombrar. 

“Así como no dimensionamos todo el daño que había ocurrido tras el terremoto, la respuesta de la comunidad universitaria fue sorprendente. Llegamos a tener más de 1.000 voluntarios en una mañana. La gente se agrupaba para descargar donaciones, clasificarlas y organizarlas en espacios. Así empezaron a llegar más ayudas”, añade Borsegui. 

Durante las primeras horas, estudiantes, profesores, voluntarios, egresados, personal obrero y empresas privadas llegaron a la Plaza del Rectorado a ayudar. Cada vez más personas seguían sumándose. Pudieron contabilizar más de 100 motorizados estacionados en la UCV esperando instrucciones para trasladar la ayuda hasta las zonas más afectadas de La Guaira.

“Casi todos los caraqueños vinieron a este centro de acopio y lo volvieron suyo. No teníamos pensado que sería un centro tan grande como se convirtió. La misma gente confió en la universidad, confió en los estudiantes, confió en lo que significa la UCV para venir para acá a entregar desde una harina pan hasta descargar una gandola entera desde el Táchira o Ciudad Guayana”, destaca Campobasso.

La Plaza del Rectorado se llenó de botellas de agua, papel, medicamentos, alimentos no perecederos, pañales, ropa, artículos de higiene personal, alimentos para mascotas y herramientas. Algunos momentos fueron de caos y desorden. Al principio, todos hacían “de todo”, hasta que fueron identificando sus fortalezas y ubicándose en los roles donde tenían mejor desempeño. Todos coinciden que ha sido una experiencia de ensayo y error. Las diferencias políticas también quedaron a un lado. 

“Estábamos en plena campaña, pero desde el primer momento eso pasó a segundo plano. Lo más importante era contribuir. Si tú tienes un carro y yo tengo los insumos, cargamos y nos vamos. Fue bonito ver que más allá de los intereses políticos, lo que nos sigue uniendo es apoyar a esa persona que se quedó sin casa, que tiene a un familiar hospitalizado o que todavía no consigue a sus familiares”, agrega Alejandra Zamora, quien solo alcanzaba a dormir tres horas esos primeros días. “A veces hay inconvenientes, pero llegamos a un punto medio porque esto es más grande que cualquier aspiración política”. 

Recibieron camiones desde estados como Mérida, Táchira y Zulia y desde países como Brasil y Colombia. Transcurridos los primeros días, surgió la necesidad de crear una sala situacional, mediante una mesa técnica que instalaron con el Rectorado. Debían garantizar que los insumos llegaran a donde más los necesitaban y que la ayuda se sistematizara de mejor manera. Que se levantara información en el terreno y que la implementación se hiciera con apoyo de profesionales, como trabajadores sociales.

Poco a poco empezaron a llegar herramientas y materiales necesarios para la búsqueda de personas: guantes, palas, picos, cascos, mascarillas y lentes de seguridad. Estudiantes de distintas escuelas, miembros del club de rugby e incluso personas externas a la comunidad universitaria se organizaron para bajar a La Guaira a ayudar. Así nacieron brigadas de rescate y apoyo voluntario, como la “Brigada de Respuesta Inmediata ATUN” o la brigada “Pico y Pala”, la cual estableció un centro de acopio en una cancha en Los Chaguaramos. 

Los insumos médicos que recibían en la Plaza del Rectorado eran resguardados en una oficina que “quedó pequeña”, cuenta Andrea Coppola, estudiante de Medicina que apoya en la coordinación y entrega de donaciones. Tras conversaciones entre la Federación y el Decanato de la Facultad de Medicina, lograron organizar todas las medicinas e insumos médicos en el Instituto de Medicina Tropical (IMT), con el apoyo de su directora, la doctora Belkisyole Alarcón de Noya. 

“Después del 24 de junio simplemente vine a la UCV. Me preguntaron ‘¿qué vas a hacer?’ y dije que quería estar donde estuvieran los medicamentos. Al IMT llegó una carga gigante. Yo no conocía a nadie de aquí ni de Medicina. Vine, entramos y empezamos a agarrar medicamentos y a clasificarlos. Luego nos fuimos conociendo y compenetrando poco a poco. Ahora nos conocemos todos los de Medicina con los de Farmacia, conocemos a la Dirección del Instituto y hay un respeto y un cariño mutuo”, relata Luis Ramos, estudiante de cuarto año de Farmacia. 

Ahora este trabajo se movió a la Facultad de Farmacia. Quienes hayan sido afectados por la emergencia, sean voluntarios, personal universitario, de cuerpos de rescate o familiares que necesiten un medicamento o insumo médico, pueden acercarse hasta ese edificio de lunes a sábado. Allí indican lo que necesitan, los estudiantes procesan la solicitud, organizan las medicinas o insumos en cajas y aprueban la entrega.

“Hacen falta vitaminas, antidiarreicos, antieméticos, antiparasitarios. Con la falta de agua y las comidas que a veces quedan mucho tiempo al sol, se ha vuelto necesario. También solicitamos ivermectina y jabones para la dermatitis”, agrega Coppola, quien baja con regularidad a La Guaira. 

Un mes y tres semanas después de los terremotos, las donaciones han bajado tanto en la Plaza del Rectorado como en Medicina Tropical. El gran volumen de donativos de los primeros días ya no está. Los estudiantes, conscientes de las distintas fases de la emergencia, saben que las necesidades no se acaban después de 30 días. Mientras evalúan cómo reorganizar los centros de acopio para que la ayuda sea sostenible, siguen llamando a las personas a donar.

“Todos nos alegramos cuando llega una donación porque sabemos que eso nos va a permitir seguir ayudando. Entendiendo que es una situación terrible, este ha sido un espacio de encuentro, de reflexión, de compartir, de llevar ese luto también porque muchas personas acá han perdido seres queridos, familia, amigos, casas. Hoy el gran rol que tenemos desde este centro de acopio es transformar la ayuda para que podamos seguir siendo útiles”, dice Borsegui. 

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Terremotos y gobernanza: por qué necesitamos una perspectiva de género en las crisis acumuladas de Venezuela

Como una de las casi 8 millones de personas que integramos la diáspora venezolana, la noticia de los dos terremotos que sacudieron al país el 24 de junio me tomó por sorpresa. Ambos superaron la magnitud 7 en la escala de Richter y ocurrieron con apenas 39 segundos de diferencia.

Aunque las y los venezolanos estamos acostumbrados a navegar entre series de noticias impactantes —incluyendo intervenciones extranjeras, protestas masivas y violencia política, a la par de la severa precariedad cotidiana que afronta la mayor parte de la población—, casi nadie se esperaba estos sismos. No hubo ninguna alerta o advertencia pública sobre la probabilidad de que un desastre de esta magnitud azotara al país en el corto plazo.

Tras pasar las primeras horas comunicándome con familiares y amistades para asegurarme de que estuvieran a salvo, la investigadora y activista feminista que hay dentro de mí entró en acción. Comencé a dialogar con otras feministas venezolanas que se encontraban en el territorio, buscando formas de apoyar su trabajo mientras trataba de comprender la situación: ¿cuántas personas resultaron afectadas?, ¿qué sistemas existen para brindar apoyo tanto a quienes eran rescatados como a quienes realizaban los rescates?

Estas preguntas no surgieron de la nada. Mi investigación ‘Embodying the Cost of a Predatory State: Depletion via Social Reproduction in Venezuela’s Crisis (2013–2021)’, en coautoría con Antulio Rosales, explora la emergencia humanitaria compleja que se ha venido desarrollando en Venezuela desde hace más de una década. La capacidad del Estado se encuentra  profundamente limitada; a modo de ejemplo, Caracas, la capital apenas dispone de entre 2 12 ambulancias públicas activas por día, de acuerdo con la fuente que se consulte.

El deterioro institucional resulta innegable y ha impactado de manera desproporcionada a las mujeres y las niñas, quienes tradicionalmente asumen la tarea de sostener un sistema de cuidados en ruinas. Si a esto le sumamos el impacto de un desastre de aparición súbita como un terremoto, el resultado es una tormenta perfecta de necesidades crecientes e interconectadas, acompañadas de riesgos diferenciados por género. 11 de los 23 estados del país sufrieron afectaciones a causa de los sismos, siendo el estado La Guaira, partes del estado Miranda y de la capital, Caracas, las zonas más golpeadas.

Al 20 de julio, las cifras oficiales contabilizan 5.398 personas fallecidas y 16.740 heridas. OCHA estima que 23.820 personas se encuentran en albergues y prevé que 1,3 millones de personas necesitarán algún tipo de asistencia en los próximos seis meses.

Sin embargo, no existen datos desagregados por sexo y género ni información disponible, o cuando menos es sumamente limitada, sobre las necesidades en materia de Derechos y la Salud Sexual y Reproductiva (DSSR) o sobre la Violencia Basada en Género (VBG) en el marco de esta nueva emergencia humanitaria.

Una crisis humanitaria preexistente con profundas implicaciones de género

La compleja crisis humanitaria que enfrenta el país desde hace más de una década es el resultado de la interacción entre políticas gubernamentales insostenibles y la mala gestión de la industria petrolera.

Las limitadas capacidades institucionales del Estado se han redirigido al control de la población y a la represión de la disidencia. Esta violencia estatal se evidencia, por ejemplo, en que las muertes de civiles a manos de la policía se multiplicaron por siete entre 2010 y 2018, proceso que ocurrió en paralelo al dramático deterioro de los servicios públicos y del acceso a los alimentos.

En este contexto, aproximadamente 7,9 millones de personas han abandonado el país, la mayoría a partir de 2018, y han llegado a sus destinos con diversos grados de necesidad de protección internacional. A todo esto se suma que, en enero de 2026, el gobierno estadounidense llevó a cabo una intervención militar en Venezuela y detuvo al entonces presidente, Nicolás Maduro, otorgando su respaldo a la vicepresidenta Delcy Rodríguez e inaugurando una nueva era de tutela estadounidense sobre el país.

La prolongada crisis humanitaria que precedió a los terremotos tiene impactos significativos diferenciados de género. Es alarmante que Venezuela registre la segunda tasa de mortalidad materna más alta de América Latina y el Caribe, con 227 muertes por cada 100.000 nacidos vivos. También, el acceso a métodos anticonceptivos se encuentra crónicamente limitado debido, entre otros factores, a su escasez y a la imposibilidad de costearlos. El aborto continúa penalizado en la mayoría de los casos, bajo una de las legislaciones más restrictivas de la región.

De igual manera, el profundo deterioro de los servicios públicos incrementó la carga de trabajo de cuidados no remunerados que recae sobre las mujeres y las niñas, especialmente sobre aquellas en situación de pobreza. Esto se traduce en una drástica caída de la participación laboral femenina, la cual en 2015 se redujo al 39%.

La necesidad de una perspectiva de género ante una crisis de aparición súbita y una crisis humanitaria compleja 

Históricamente, la división sexual del trabajo ha situado a las mujeres venezolanas en el centro de la labor comunitaria. Durante décadas, múltiples gobiernos venezolanos se han apoyado en el trabajo no remunerado de las mujeres en las bases sociales para acceder a sus comunidades e, incluso, para implementar políticas públicas.

El profundo deterioro de la capacidad estatal de la última década agravó esta dependencia excesiva del trabajo no remunerado de mujeres y niñas; una dinámica que hoy también se reproduce en la respuesta humanitaria a la crisis prolongada. Incluso antes de los terremotos, las mujeres ya venían asumiendo la mayor parte de la distribución de ayuda humanitaria, facilitando el acceso a las comunidades y gestionando, dentro de lo posible, la atención a sus necesidades.

Tras los sismos y en las primeras 72 horas de funcionamiento de los albergues para personas desplazadas, Tinta Violeta identificó 22 casos de violencia sexual. Este dato resalta la urgencia de garantizar condiciones de mayor seguridad y protección, especialmente para las mujeres, las infancias y las adolescencias, que constituyen los grupos poblaciones con mayor riesgo. Esto incluye, entre otras medidas, acceso a agua corriente y a servicios sanitarios seguros y privados, acceso sostenido a productos de higiene menstrual y la promoción de espacios de convivencia pacífica y segura.

Las respuestas humanitarias deben orientarse a prevenir la mortalidad, la morbilidad y la discapacidad en las poblaciones afectadas por crisis, integrando plenamente los DSSR. UNFPA estima que 36.700 mujeres embarazadas resultaron afectadas por los terremotos, incluyendo aproximadamente 4.000 que se esperaba dieran a luz en el mes siguiente. Así mismo, OCHA reporta que 154 mujeres en albergues temporales recibieron atención prenatal, pero no hace mención de ningún parto transcurrido un mes desde los sismos. Resulta evidente y preocupante que existe una desconexión  entre las necesidades identificadas al inicio de la emergencia y la atención obstétrica reportada. 

En este contexto, y dada la alta tasa de mortalidad materna preexistente en el país, resulta imperativo asegurar un acceso suficiente, sostenido y consensuado a opciones anticonceptivas; así como controles prenatales rigurosos; espacios de parto accesibles, seguros e higiénicos que cuenten con personal de salud capacitado para atender a quienes se encuentran tanto dentro como fuera de los albergues temporales.

Una crisis humanitaria crítica con importantes desafíos de gobernanza

La complejidad de cualquier crisis humanitaria a gran escala tiende a agravar los desafíos al funcionamiento de todo sistema de gobernanza, exponiendo la fragilidad preexistente de las instituciones. Estos desafíos se ven exacerbados en gobiernos autoritarios que operan bajo la tutela de potencias extranjeras.

Múltiples reportes periodísticos dan cuenta de una respuesta estatal tardía, con demoras en la llegada a las zonas críticas y una capacidad de despliegue sumamente limitada. A más de un mes de los sismos, cientos de familias continúan buscando a sus seres queridos sin saber si sobrevivieron ni cuál es su paradero, mientras que el sistema de información pública no registra ninguna actualización desde el 2 de julio. Aun cuando no existen datos oficiales sobre las personas desaparecidas, la iniciativa de la sociedad civil Desaparecidos Terremoto Venezuela estima que hay más de 29.000 personas en esta situación.

Al momento de redactar este artículo, existen 107 albergues temporales distribuidos en cinco estados. La gestión de estos espacios ha sido asignada a distintos ministerios del gobierno, independientemente de sus áreas de competencia. El acceso de la sociedad civil a los albergues es limitado y está supeditado a la aprobación del ministerio a cargo de cada uno. UNFPA, por ejemplo, brindó apoyo en materia de DSSR a tan solo cuatro albergues (de los 107 habilitados) durante el primer mes posterior a los terremotos, lo que evidencia el alcance limitado de los enfoques específicos en el área. Esta estrategia fragmentada restringe la rendición de cuentas y obstaculiza la posibilidad de abordar cuestiones urgentes, como la VBG y las necesidades de DSSR, en todas las dimensiones de la respuesta humanitaria.

Fortalecer la respuesta a la VBG y a las necesidades en materia de DSSR

El hecho de que Venezuela esté enfrentando una emergencia humanitaria de aparición súbita superpuesta a una crisis prolongada preexistente plantea desafíos específicos. La colaboración con organizaciones de la sociedad civil ya existentes, cuya experiencia técnica en VBG y DSSR es fundamental, resulta esencial para la seguridad y supervivencia de las mujeres y niñas desplazadas por esta crisis.

Al mismo tiempo, estas organizaciones enfrentan desafíos estructurales. En primer lugar, se encuentran sometidas a una demanda extrema, dado que ya estaban en la primera línea de respuesta ante las consecuencias de la emergencia humanitaria crónica. En segundo lugar, al igual que todas las organizaciones no gubernamentales, operan en un contexto de restricción en el que la libertad de asociación se encuentra en riesgo.

En términos estadísticos, Venezuela ya era un lugar peligroso para dar a luz desde antes de los terremotos. Este hecho por sí solo debería situar las necesidades en materia de DSSR en primer plano. Un enfoque fragmentado, con un alcance limitado en los albergues y basado en intervenciones esporádicas, no será suficiente para hacer frente a los enormes retos que se avecinan.

En última instancia, los DSSR no deben ser un componente accesorio de los esfuerzos de reconstrucción, sino una prioridad en su núcleo central.

‘Earthquakes and governance: why we need a gender lens in Venezuela’s compounding crises’ fue publicado originalmente en inglés en ODI.org el 4 de agosto 2026. Disponible en: https://odi.org/en/insights/earthquakes-governance-gender-lens-venezuela-compounding-crises/

Maikelis Bandres, mujer embarazada que vive en un campamento solidario en la Av. Bolivar post el terremoto del 24 de junio, resultando con graves daños el edificio de la mision vivienda donde vivía.

Gestar y maternar en el desastre: ¿cómo vivieron las embarazadas los terremotos?

Según estimaciones del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), más de 36 mil embarazadas resultaron directamente afectadas por los terremotos que golpearon a Venezuela el 24 de junio. Hoy enfrentan desplazamiento forzado, estrés agudo y la frustración por lo perdido, a lo que se suma la afectación de la salud mental y el enorme desafío de empezar de cero con un recién nacido en brazos

El doble terremoto coincidió con las últimas semanas de gestación de Maikelis Bandres. Cuando vio que cedieron las paredes de su apartamento en el primer piso del urbanismo OPPPE 16, en la Av. Bolívar, pensó en saltar por la ventana. “Si yo me lanzo de aquí, me voy a morir, pero si me quedo aquí también me voy a morir”, pensó. Como pudo, bajó por las escaleras, pero el temblor la tumbó al piso. El dolor, sin embargo, llegó una vez la tierra dejó de moverse. “Por la caída y el susto, sentía como si el bebé se me impulsaba hacia abajo”, recuerda.

Hoy, con fecha de parto prevista para agosto, Maikelis pasa sus días en un campamento instalado en el estacionamiento del Museo Cruz-Diez, donde enfrenta la angustia de no tener un espacio seguro a dónde llevar a su recién nacido. La idea de que ocurra otro sismo la mantiene tensa. Y a eso se suma el cansancio por dormir en el piso. Confiesa que, con este embarazo cruzado por el desastre, se ha sentido “como en coma”, por lo que pasa la mayor parte del día acostada en la carpa.

“A veces me pongo a llorar, porque quién se iba a imaginar que esto iba a pasar. Ya estoy a punto de dar a luz y ¿a dónde me voy a ir? Ahorita están recuperando las viviendas, pero no es lo mismo. Yo sí quiero irme por no estar aquí. Quiero estar acostada en mi cuarto, con mis cosas, pero me da miedo”, cuenta.

Maikelis Bandres, mujer embarazada que vive en un campamento solidario en la Av. Bolivar post el terremoto del 24 de junio, resultando con graves daños el edificio de la mision vivienda donde vivía. Foto: Redsonadoras/ Mairet Chourio.

Así como Maikelis, unas 36.700 mujeres embarazadas resultaron directamente afectadas por los sismos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron Venezuela hace ya un mes, y al menos 4.000 darían a luz en las semanas inmediatas a la catástrofe, según estimaciones del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA).

Para las embarazadas que están en campamentos o permanecen en zonas aisladas sin acceso inmediato a consultas, la educación sobre los signos de complicación es vital. Desde la Asociación Civil de Planificación Familiar (Plafam), advierten que la presencia de sangrado vaginal, pérdida de líquido amniótico, disminución drástica o ausencia de movimientos del bebé, las contracciones dolorosas o los síntomas de preeclampsia —como dolor de cabeza persistente, visión borrosa, zumbidos e hinchazón repentina— exigen evaluación médica inmediata.

Maikelis Bandres, mujer embarazada que vive en un campamento solidario en la Av. Bolivar post el terremoto del 24 de junio, resultando con graves daños el edificio de la mision vivienda donde vivía. Foto: Redsonadoras/ Mairet Chourio.

Parir lejos de casa

La Guaira fue el estado más golpeado por el doblete sísmico. La devastación en el litoral central fue tal que agencias internacionales como la OCHA confirmaron el desplazamiento de cientos de familias hacia otras regiones del país. Ese fue el caso de Selena Corea, quien dejó su casa en Playa Grande para refugiarse en Falcón, con sus suegros.

Ante el colapso de los centros de salud, permanecer en La Guaira no era una opción viable. “En mis últimos controles se me ha dicho que yo voy a ser cesárea, porque la bebé viene muy grande. Entonces, los quirófanos no van a prestar la atención que requiero“, explica.

La preocupación de Selena no es infundada. De acuerdo con UNFPA, 38 centros sanitarios quedaron dañados, “lo que limita considerablemente el acceso a servicios esenciales de salud materna para mujeres y recién nacidos”. Igualmente, la ONU reportó que los terremotos llevaron al límite a los hospitales de La Guaira, donde faltan camas, suministros y personal, por lo que fueron instalados hospitales de campaña para atender a los afectados.

En su nuevo hogar, Selena intenta mantener un “autocontrol constante” para que su hijo pequeño no la vea ansiosa y que el miedo tampoco impacte en su embarazo. Emilio Altahona, obstetra ginecólogo de Plafam, explica que la descarga constante de cortisol y adrenalina puede desencadenar picos de presión arterial —aumentando el riesgo de preeclampsia—, provocar contracciones prematuras o alterar el patrón de movimiento del bebé dentro del vientre.

Desde que ocurrió el terremoto, el doctor Altahona cuenta que ha detectado entre sus pacientes un aumento de hipertensión, hemorragias del primer, segundo y tercer trimestre, y cuadros de estrés agudo con episodios de insomnio.

Selena Corea vivía en el sector Playa Grande, en La Guaira. El edificio al lado de su casa se derrumbó. Aunque su vivienda quedó en pie, no sabe cuándo volverá a habitarla. Foto: Redsonadoras/ Mairet Chourio.

Esa alteración provocada por la angustia la vivió Katherin Landazabal. Con la urgencia del sismo, “a mí se me olvidó la barriga, a mí se me olvidó todo. No sentía nada”, relata. Pasó la noche en una montaña por la alerta de tsunami y, a la mañana siguiente, con las piernas raspadas, el abdomen prensado y sin sentir a su bebé, tuvo que manejar desde el sector Caribe, en La Guaira, hasta Los Teques para ponerse a salvo en casa de sus padres.

Instalada en Miranda, las secuelas físicas y emocionales persisten: “No duermo. Estoy ida. Con cualquier nervio que me da, el bebé se mueve mucho. Me dicen que es normal, pero no es normal para mí. Tengo que tener mucha calma por mi esposo y por mi otro niño, pero es el estrés de que ya no tengo la casa, el estrés de adaptarme aquí y de que el bebé tiene que estar sano”, confiesa.

Katherin Landazabal, mujer embarazada que vivía en La Guaira y tras los terremotos ocurridos el 24 de junio, se mudó con su esposo e hijo a la casa de sus padres en Los Teques. Foto: Redsonadoras/ Mairet Chourio.

Ese desplazamiento no solo interrumpió sus controles y canceló el parto que tenía planificado en Macuto, sino que la dejó sin la vivienda en la que había invertido todos sus ahorros y sin los insumos que ya tenía listos para la llegada de su bebé, Noah.

Reponer lo perdido no luce fácil. El esposo de Katherin se fracturó el talón y sufrió lesiones significativas en la columna durante el terremoto, por lo que le espera una larga rehabilitación. Ella tampoco podrá trabajar por el reposo postparto. E incluso cuando ambos se recuperen, el futuro laboral es incierto: vivían de volar parapente en La Guaira.

“No sé cuánto tiempo nos quedaremos aquí, si en algún momento vamos a volver a La Guaira. Tengo la casa, pero qué hago yo con la casa. No me la puedo traer y llevármela a otro lado. ¿La vendo? ¿La vendo en qué? Todo lo que invertí ahí, no me lo va a pagar nadie. Nadie quiere saber nada de La Guaira y eso me deprime más, porque ¿con quién queda uno? ¿Con quién cuenta uno?”.

Katherin Landazabal, mujer embarazada que vivía en La Guaira y tras los terremotos ocurridos el 24 de junio, se mudó con su esposo e hijo a la casa de sus padres en Los Teques. Foto: Redsonadoras/ Mairet Chourio.

Ante la urgencia de empezar de cero, una amiga le abrió una campaña en GoFundMe con la meta de costear los gastos médicos e intentar reconstruir un nuevo espacio para cuidar al recién nacido.

Redefinir el hogar

El “nido” de Victoria Romero también desapareció con el terremoto. Su apartamento en La Guaira quedó para demolición y, con él, se perdió el patrimonio que planificó durante años junto a su esposo, además de su récord médico y las cosas que había reunido para su bebé, Carlotta.

En Valencia, no solo enfrenta las secuelas que dejó el sismo en su sistema nervioso, sino también el reto de encontrar un centro médico de confianza para atender la recta final de su gestación. Probó suerte en el Hospital Central de San Diego, pero el personal la asustó más de lo que la aliviaron. “No tenían los equipos para la frecuencia cardíaca ni nada. De hecho, hasta sentí que tuve violencia obstétrica allí porque me hicieron estudios que yo no quería, citología y esas cosas. Yo dije que no quería hacerme esos exámenes y ellas prácticamente me obligaron”, señala.

Como trabajadora humanitaria, Victoria está más acostumbrada a brindar apoyo que a recibirlo. Asumir la vulnerabilidad fue un choque interno e incluso recibir los donativos le generó sentimientos encontrados. “Yo me sentía molesta porque no fueron las cosas que nosotros como padres elegimos. Pero es ahora lo que nos toca”, dice. Pudo recuperar algunas de las pertenencias de Carlotta porque le pagó a alguien para que entrara a lo que quedó de su edificio, sin importar si le desvalijaban el departamento.

Hoy recauda fondos en GoFundMe para cubrir gastos médicos, alquiler, enseres básicos y cualquier otro imprevisto. “Una de las cosas que más me duele es que mi esposo y yo hicimos un plan: compramos nuestra casa, nos casamos y ahí fue donde empezamos a buscar a la bebé. Dijimos que para nosotros casarnos pues teníamos que tener algo de nosotros para poder dárselo a la bebé. Estamos bajo un techo y gracias a Dios estamos vivos, pero nuestro plan de que Carlotta naciera en una casa de ella no está ya”, confiesa.

Pese al duelo y la incertidumbre por el futuro, agradece tener un lugar donde resguardarse y empezar a construir el espacio de Carlotta, combinando lo que logró rescatar con el apoyo recibido. Aceptar esa ayuda le ha dado estabilidad y le dejó una certeza final: “una lección que aprendimos en todo esto, mi familia y yo, es que el hogar se construye con las personas que lo habitan”.

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La dignidad del adiós: la lucha por rescatar a sus seres queridos después de los terremotos

A más de un mes de los terremotos en Venezuela, vecinos de La Guaira continúan entre los escombros para rescatar y reconocer a sus seres queridos, a las víctimas fatales del desastre. La sociedad civil  exige transparencia a la administración pública para proteger la dignidad de los venezolanos en las actividades forenses

En una iglesia incompleta en Caraballeda, más de 122 vecinos de La Guaira se reunieron para velar a sus familiares. Ese 15 de julio honraron la memoria de 88 personas que fallecieron tras los terremotos del pasado 24 de junio de 2026. 

El sol ya se ocultaba, pero su luz entraba sin problemas: la extensión de la iglesia Nuestra Señora de La Candelaria aún no tiene paredes. El templo lleva más de 10 años en construcción. 

Entre los pilares y las columnas de concreto había 20 urnas con las cenizas de madres, de hijas, de esposos… Esas personas que hoy representan las 5.546 víctimas fatales que el gobierno venezolano ha reconocido hasta el 24 de julio.

Desde ese entonces la administración pública lleva 7 días sin actualizar la cifra.

Interior de la iglesia Nuestra Señora de La Candelaria, en Caraballeda. La mayoría de los feligreses que velan por sus familiares son mujeres. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Diomar Fajardo (44), una agente de atención al cliente del salón VIP del Aeropuerto Internacional de Maiquetía, fue una de las 105 mujeres que asistió a la eucaristía ese día. Ella no duda que la cifra de fallecidos seguirá creciendo. 

Cada día ella se sienta en esa iglesia para velar a los más de 20 nombres que cambian diariamente desde los seísmos. Por ahora vive en la iglesia, buscando almohadas y sábanas para que otros vecinos que duermen allí, como ella, descansen mejor.

Ese 15 de julio por fin pudo velar a su esposo: Adelso Abadía (45), despachador de vuelos de Rutaca Airlines. Su urna y su foto estaban acompañadas por sus vecinos. 

—Es en la fe donde he podido sobrellevar el reencuentro con mi esposo, y todo lo que eso conlleva. 

Repitió (y repetirá) que las autoridades tardaron 19 días para sacar a Adelso de los escombros del edificio Aguamarina, en Caraballeda.

Según el gerente de seguridad de los cementerios del municipio Libertador, Emilio Rivas, los familiares de las víctimas mortales de los terremotos del pasado 24 de junio optan por el servicio de cremación, que es gratuito en el Cementerio General del Oeste, en Caracas. Luego, las familias regresan a La Guaira para continuar el proceso del duelo. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

El derecho al duelo

Horas antes de esa misa, a las 02:00 p.m., un par de militares de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) botaron dos cruces de madera que Diomar y su suegro, Antonio, habían montado para honrar la memoria de Adelso. Las tiraron junto a los escombros del edificio Aguamarina, detrás de una pared del estacionamiento, donde nadie las vería con facilidad.

Los militares estaban acompañados por otros 20 funcionarios. Le dijeron a Diomar y a Antonio que debían borrar las paredes donde ellos pedían auxilio para recuperar el cuerpo de Adelso, y pidieron que desmantelaran un pequeño altar que hicieron en la entrada del edificio, donde habían puesto su foto. 

«No queremos más problemas», se escuchó hablar a uno de los militares. «No queremos más noticias malintencionadas»: Adelso ya no estaba en el edificio.

La FANB le pidió a Diomar que le enseñara el edificio. Tomaron un video y luego se fueron. La visita no tardó más de 15 minutos.

Estas tres cruces estaban en la entrada del edificio Aguamarina, donde Antonio Abadía y Diomar Fajardo armaron un altar para Adelso. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Unos pasos más al fondo, Diomar revisó una vez más el sótano donde quedó atrapado Adelso. 

—Yo he visitado este lugar muchas veces. El olor es muy fuerte, aumentaba cada vez que nos acercabamos más a mi esposo —relató Diomar, señalando con la linterna de su teléfono celular la zona donde se encontraba Adelso.

Las Naciones Unidas y la Cruz  Roja y la Media Luna Roja Internacional establecen en su libro «La gestión de cadáveres en situaciones de desastre: guía práctica para equipos de respuesta» que las autoridades deben respetar los procesos de duelo de los familiares de las víctimas y evitar la exposición innecesaria para la identificación de los cuerpos.

“Nosotros [en Venezuela] no tenemos un protocolo armado específicamente para las muertes masivas en desastres socioambientales. Pero, por suerte, hay muchos organismos internacionales que se han dado la tarea de hacer esas guías —especialmente después de los terremotos de Haití [de 2010], después de el tsunami de 2004 en el Océano Índico— para dar instrucciones a otras naciones”, explicó Diana Osuna, antropóloga especializada en la labor forense durante los desastres. 

Osuna es profesora de la escuela de sociología de la Universidad Central de Venezuela e investigadora del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas. Ella explicó que las Naciones Unidas “establecen que los objetivos de todas estas guías y protocolos es el trato con dignidad de los cuerpos y preservar la dignidad de las familias. (…) Es evitar la improvisación”.

Diomar Fajardo visitó reiteradas veces el sótano donde su esposo estaba atrapado, viendo su cuerpo varias veces y percibiendo a escasos centímetros los fluidos y el olor que le salían por la descomposición. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

La antropóloga afirmó que la dignidad de las familias también se expresa en los rituales, religiosos o no, que cada persona necesita para resignificar la relación que tenía alguien con su ser querido. 

“Entonces, el interrumpir o el no permitir que estas prácticas tengan lugar —como, por ejemplo, tener un altar y que lo retiren— no solo interrumpe ese mecanismo que estamos teniendo para procesar la muerte, sino que puede de alguna forma generar más estrés, puede generar culpa, puede generar un sin fin de emociones que hará más difícil poder expresar el duelo nuevamente o el poder procesarlo”, agregó Osuna. 

Diomar y Antonio recogieron ellos mismos los escombros del edificio Aguamarina. El padre de Adelso montó el altar y pintó las paredes pidiendo ayuda. Ellos declararon ante la prensa al menos 10 veces sobre su caso, con la esperanza de agilizar el rescate.

—No lo niego: con el pasar de los días llegó la ayuda. En el edificio también había vecinos que tenían sus familiares allí y llamaban a otros vecinos y amigos—dijo Diomar—. Mi suegro y yo ayudamos a los rescatistas, a cuatro muchachos que despejaban los escombros del sótano. 

Una vez que retiraron a Adelso del edificio, Diomar tuvo que ir a Los Silos, una morgue improvisada ubicada en el puerto de La Guaira. Allí recordó que debió ver decenas de calaveras y cientos de cuerpos, uno acostado al lado del otro. 

Dos días después de esa visita, los vecinos de La Guaira afirmaron a Redsonadoras que el proceso ha cambiado desde entonces: ahora la identificación pasa por reconocer al ser querido entre varias fotos.

Antonio Abadía escribió en las paredes del edificio Aguamarina para que recuperaran a su hijo. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Opacidad que revictimiza

A un mes del desastre que ocurrió en Venezuela, las puertas de las morgues ya no presencian a tantos familiares. Aún no dejan pasar a la prensa para precisar la cantidad de fallecidos dentro de las instalaciones. Pero aún, desde la distancia, se pueden ver personas envueltas en bolsas mortuorias bajo el sol. 

En la entrada de Los Silos, la mayoría de las personas que van a identificar a sus seres queridos son mujeres. Madres, sobrinas, nietas e hijas se congregaron en una especie de círculo y discutían quién tenía el valor para entrar a la morgue improvisada. 

El proceso de identificación podría tardar dos horas o más. 

“Las madres, las hijas, las esposas son las que están buscando a sus seres queridos y, además, están haciendo los trámites en las morgues. Ellas son las que están organizando los funerales y organizan las ayudas de los familiares que siguen buscando entre los escombros. Ojo, todos llevamos un duelo colectivo; pero los desastres revelan todas estas condiciones subyacentes en la sociedad que existían antes del desastre y que en ese momento se intensifican y lo vemos con más claridad, como el trabajo adicional que lleva a cabo la mujer y la vulnerabilidades que ellas tienen dentro de esa sociedad”, explicó Osuna.

A más de un mes del desastre, la morgue improvisada de La Guaira aún alberga cadáveres bajo el sol tropical. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Ante ese proceso han pasado los familiares de Sheyla Guerra, Angelina Guerra Figueroa y Jaime Infante, quienes han visitado las morgues en Caracas y La Guaira para dar con el paradero de sus seres queridos. Todos ellos están desaparecidos, hasta la fecha, pese a que la información que manejan sus familias indica que han fallecido. 

Para Liliana Ortega, abogada, defensora de los derechos humanos y fundadora del Comité de Familiares de Víctimas del Caracazo (Cofavic), el gobierno ha sido opaco sobre el proceso de identificación de las víctimas fatales del desastre y el acompañamiento a las víctimas sobrevivientes. 

Cofavic ha llevado tres casos a la Corte Interamericana de Derechos Humanos donde se ha evidenciado que el gobierno venezolano por más de 40 años no ha seguido los protocolos internacionales de atención a las víctimas fatales en contextos de desastres. Entre esos litigios está el caso «Blanco Romero y otros vs. Venezuela» (con sentencia el 28 de noviembre de 2005), que denuncia la desaparición forzada de venezolanos en el contexto de los deslaves del estado Vargas (hoy estado La Guaira) en diciembre de 1999.

“El gobierno debería tener como primer paso una lista unificada oficial y pública de las personas desaparecidas. Y, adicionalmente, debe crearse un banco genético», afirmó la abogada. «Aunque es cierto que la identificación e individualización de restos en un desastre masivo como el que se vivió en Venezuela recientemente no es una tarea que se hace en pocas horas, sí es muy importante que desde el minuto cero comience, digamos, a levantarse información. También es muy importante robustecer la cadena de custodio”.

Pero solo el 25 de julio de 2026 hubo algún dato sobre los desaparecidos en Venezuela. La cifra fue de 156 personas. Desde ese día no volvió a darse.

La última fotografía de Adelso Abadía. Su padre tuvo que viajar unas cuadras para imprimirla y ponerla en el altar del edificio Aguamarina. Ahora, la FANB obligó a quitar el altar. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Sobrecarga ciudadana

La falta de datos llevó a los ciudadanos y periodistas a crear plataformas digitales para aproximar un número de desaparecidos y la identidad de los fallecidos. 

«Hasta encontrarles», una iniciativa de la Red de Periodistas Venezolanas, ha registrado a través de un formulario y de denuncias en redes sociales corroboradas por periodistas a 4.418 personas desaparecidas: al menos 408 figuran como fallecidas. De ese grupo de víctimas mortales, 186 se identificaban como mujeres (48,38 %).

«Las miles de vidas que el terremoto apagó» —una plataforma creada por el proyecto periodístico Monitor de Víctimas, con el apoyo de Runrunes, El Pitazo y Connectas— ha identificado 1.042 fallecidos hasta la fecha. De esa población, 589 son mujeres (56,52 %).

Mientras tanto, las Naciones Unidas estimó que el desastre ha dejado entre 40.000 y 50.000 desaparecidos.

Si bien el Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (Senamecf) anunció en un comunicado el pasado 23 de julio que las personas que tengan a un familiar desaparecido deben ir a la Morgue de Bello Monte (en Caracas) para tomar muestras de ADN, Ortega aseguró que el gobierno debe aplicar más mecanismos de identificación y acompañamiento a los familiares.

“La colaboración de las víctimas sobrevivientes es muy importante para dar datos que individualicen a las víctimas mortales —como información odontológica, datos sobre tatuajes, radiografías, peso, estatura y color de piel—, pero no se puede poner en ellas toda la carga de la identificación», aseveró la abogada. «El Estado venezolano está en la obligación de crear múltiples rutas para llegar al mismo destino, que la identificación no solo sea una fotografía o una sola comparativa de datos pre-mortem o post-mortem”.

El equipo de Redsonadoras pudo contactar con un miembro de la Morgue de Bello Monte para precisar si existían fallecidos que aún no habían sido identificados por sus familiares. Bajo confidencialidad, por temor a represalias del Estado, afirmó que, para el 17 de julio, existían al menos 19 personas identificadas pero que no habían sido retiradas de la morgue. Ninguno coincidía con los nombres de Sheyla, Angelina ni de Jaime. 

Poco después, el 24 de julio, el Senamecf publicó un comunicado para llamar a los padres o representantes para identificar los cuerpos de 38 niños, niñas y adolescentes que no habían sido reclamados por sus familiares directos. La Organización Panamericana de la Salud, por su parte, denunció que hay más de 300 víctimas fallecidas sin identificar.

Pausa entre los escombros

Ante la incertidumbre de los datos, personas como José Gregorio Mora, un mototaxista de 54 años, se quedan en el último lugar donde creen que están sus seres queridos. Él espera a Brenda Tibisay Mora, su hija de 17 años, entre los escombros del complejo habitacional Luisa Cáceres de Arismendi, en Playa Grande. 

—Llevo aquí más de 27 días esperando para ver si puedo rescatar el cuerpo de mi hija, sea con vida o como Dios me la quiera entregar —dijo a escasos metros de un edificio inclinado, donde solo se ven las columnas, las vigas y las habitaciones que hace menos de un mes albergaba a sus vecinos.

José Gregorio Mora posa cerca de la Torre C del complejo habitacional Luisa Cáceres de Arismendi, en Playa Grande, La Guaira. El edificio donde vivía, la torre D, colapsó por completo. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

José y otras 40 personas esperan a escasos metros del complejo habitacional creado durante la Gran Misión Vivienda Venezuela (2015). Hacen carpas improvisadas con sábanas para protegerse del sol. Allí descansan cuando no están entre los escombros. 

Él estaba con su hija minutos antes del terremoto. Vivían en el piso 3 de la torre D del complejo. José salió a comprar agua y un cigarro; su hija se quedó en casa, chateando con sus amigas. El edificio colapsó. 

—Y desde el minuto uno he estado aquí, ayudando a salvar o a recuperar a las personas. Entre nosotros mismos, los vecinos. Luego de unos días es que tuvimos el apoyo de las autoridades. 

No sabe con exactitud cuántas personas han sacado del edificio. Recuerda, eso sí, que casi a diario, entre las 02:00 y las 05:00 p.m., los vecinos consiguen a una persona y las autoridades se las llevan a Los Silos

José recuerda que a veces llegan en menos de una hora, otras veces tardan más. 

Como José Gregorio Mora, decenas de familias pernoctan en las cercanías de los edificios de la Gran Misión Vivienda Venezuela que han colapsado en La Guaira tras los terremotos. El objetivo de todos es el mismo: encontrar a sus seres queridos. Foto: Redsonadoras/ Adrián Naranjo.

Con el pasar de los días, con la gravedad, las labores de rescate cada vez son más peligrosas para José y sus vecinos. La torre C del complejo Luisa Cáceres de Arismendi, a unos metros donde José remueve los escombros, se inclina para tocar el suelo: los cuatro primeros pisos del edificio colapsaron también y la estructura sigue agrietándose. 

—Pero seguiré acá, cerca de mi hija. No me iré hasta encontrarla. Lo único que pediría es una moto para volver a trabajar o para llevar a mi hija conmigo cuando la consiga.

***

El 30 de julio de 2026 el gobierno venezolano derrumbó la Torre C del complejo Luisa Cáceres de Arismendi con explosivos. José Gregorio continúa en la búsqueda de su hija. 

El edificio Aguamarina, donde Diomar Fajardo y su suegro Antonio Abadía trabajaron para recuperar a Adelso, ahora tiene las paredes completamente pintadas de blanco. Aún así, se puede ver los trazos de la pintura negra donde alguna vez pidieron auxilio. 

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“De aquí no me muevo hasta que aparezca mi hijo”

Miriam, Daniela y Angélica son tres relatos entre las numerosas mujeres que continúan en búsqueda de sus seres queridos. A un mes de los dos terremotos, decenas de familiares permanecen junto a las edificaciones colapsadas de La Guaira, pese a las condiciones adversas y la ayuda insuficiente para las labores de búsqueda. El deseo de encontrarles les mantiene allí

Las lágrimas caen una y otra vez. Miriam Villalta intenta articular palabras, pero por momentos no puede. El dolor habla por ella. Hace más de 15 días vive en una carpa a pocos metros del urbanismo Luisa Cacéres de Arismendi, en Playa Grande, estado La Guaira, —antes Vargas—. No sabe nada de su hijo, Greiber Gómez. No tiene certeza de que haya quedado tapiado a raíz del desplome de la torre D, donde vivía Greiber, en el piso 3, apartamento 3-08, pero tampoco hay rastro de él en refugios, hospitales o morgues. “De aquí no me muevo hasta que aparezca mi hijo”.

Madres, hijas, esposas, sobrinas, primas. En La Guaira, la búsqueda de desaparecidos está siendo asumida, en gran medida, por mujeres. Se mantienen en los derrumbes, no solo esperando noticias, aunque la espera también agota. Ellas, además, remueven escombros con sus propias manos, gestionan y organizan la distribución de ayuda y acompañan y contienen a otros familiares. A su vez, son quienes con mayor frecuencia acuden a las morgues para reconocer a sus familiares entre decenas de cadáveres. Esta asignación de tareas no es excepcional. Organismos como ONU Mujeres han documentado que, durante las crisis humanitarias y los desastres, las mujeres suelen asumir una carga desproporcionada de trabajos de cuidados no remunerados, además de las tareas de búsqueda, organización comunitaria y apoyo a las personas afectadas.

Fotografía: Adrián Naranjo

El lunes 1 de julio, Miriam, de 50 años de edad, llegó a Venezuela. Desde hace tres años vive en Perú. Su viaje por carretera tardó siete días. Apenas vio las noticias sobre el doble terremoto, llamó a Greiber. No hubo respuesta. En ese momento supo que debía volver. Ahora está en busca de su hijo, un joven de 31 años de edad, 1,60 cm de estatura, delgado, piel trigueña y cabello corto y oscuro. “Son tres años viendo a mi hijo por videollamada”.

En La Guaira hay dolor, pero también fe. Un mes después de los terremotos del 24 de junio, aún hay familiares que se aferran a un “milagro”. Es el caso de Miriam, su instinto le dice que Greiber no está allí. Piensa que puede estar herido y que fue trasladado a algún hospital del interior. Sin embargo, los parientes y amistades que la están ayudando a buscar no han encontrado nada. El conjunto residencial Luisa Cacéres de Arismendi, una construcción gubernamental de la Misión Vivienda, estaba compuesto de cuatro torres, la C fue la única que se desplomó por completo. De allí han rescatado más de 200 cuerpos, según un conteo extraoficial de familiares. 

Fotografía: Ivanna Laura

Miriam, su hijo mayor y su hermana empiezan los días sin desayunar. “Aquí la ayuda llega cuando ya es de noche”, cuenta Miriam. Con el paso de las semanas, la cantidad de donaciones ha ido disminuyendo, incluidas las comidas. “Pero, aquí estamos guerreando por nuestros seres queridos”, insiste. Greiber Gómez es sargento segundo de la Armada, destacado en el Hospital Naval de Catia La Mar. “Aquí los que han hecho acto de presencia son sus amigos, no sus superiores. Para acá han venido los compañeros de bomberos, de enfermeras, de policías, todos han venido a ayudar a sacar a su gente, pero por mi hijo, nadie”.

Los datos (22 de julio), que a diario actualiza el gobierno de Delcy Rodríguez, hablan de más de 5300 personas fallecidas, 16.740 heridos y 17.907 personas que perdieron sus viviendas. No obstante, omiten hablar sobre la cifra de desaparecidos, un dato que podría dar mayor contexto sobre la magnitud de la catástrofe. Naciones Unidas habló, en principio, de un estimado de 50.000 personas extraviadas, mientras que iniciativas independientes, registran datos de unas 40.000 personas desaparecidas.

“Sé que viva, no, pero de que la tengo que sacar, la tengo que sacar”

Hay un lugar en el que Daniela Castro, de 28 años de edad, ha encontrado tranquilidad, “aunque suene raro”, dice. Se refiere a las ruinas del edificio Opppe-26, en el sector Caribe de Caraballeda, La Guaira, donde transcurren sus días desde el 25 de junio. En la letra I, apartamento 8-05, vivía su madre, Yraima Josefina García Miquilena, de 65 años de edad, contextura delgada, cabello largo negro y raices canosas. Allí también estaban sus sobrinos Breyelis y Breiner Castro, de 13 y 12 años, delgados, piel oscura y cabello rizado. 

Ha pasado un mes y la búsqueda continua. Daniela ha visto rescates en otros pisos y otras torres, pero “de la letra I no han sacado a nadie”, insiste. Al frente está la Opppe-25, una infraestructura que no cedió del todo, pero gran parte de sus paredes están en el piso. Apoyada en una columna y sentada sobre pedazos de cemento, descansa Daniela. “¿Tú te quieres morir?, de ahí siguen cayendo pedazos del edificio, quítate de ahí”, le advierte un rescatista. Daniela se levanta y se queda de pie. Revisa su celular. “Esto lo hicimos viral nosotros”, cuenta. Se trata del video de varios hombres intentando mover una pieza de concreto con una cuerda. A partir de esas imágenes, empezó a llegar mucha más maquinaria a las Opppe de Caribe, según relatan varios familiares. Opppe significa Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales. En La Guaira, se estima que al menos 16 edificios de la Opppe colapsaron y 27 quedaron inhabitables.

Fotografía: Adrián Naranjo


Un día, no recuerda exactamente cuál, Daniela regresó de La Guaira cuando aún era de día. Al llegar a su casa lo primero que hizo fue ducharse. Se preparó algo de cenar y conversó por un rato con su hijo. Desde el 24 de junio, el insomnio ha sido recurrente, así que a las 12:00 a.m., seguía despierta. De repente llegó un mensaje: “Sacaron un cuerpo, creo que es tu mamá”. Daniela se levantó y de inmediato le pidió a su hermano que la llevara. A la 1:00 a.m. llegó a Caraballeda. Aquellos restos no eran los de Yraima. Cuando eran las 3:00 a.m. regresó a La Vega. Logró dormir hasta las 5:00 a.m. y dos horas después, ya era hora de retornar a La Guaira.

Daniela suele llegar a Caraballeda a las 9:00 a.m. Un hermano la lleva de vez en cuando en moto, cuando no, llega en transporte público. El pasaje cuesta el equivalente a un dólar, así que todo depende de a cuánto este la tasa del día. El bus no llega hasta Caribe, así que le toca caminar unos 15 minutos. No hay hora de retorno cuando se busca a un familiar entre toneladas de escombros. Un día puede irse a las 6:00 p. m., como hay días que todo termina a las 11:00 p.m., depende de cómo transcurren las labores. El regreso a Caracas es lo más complicado, quienes no tienen vehículo propio o alguien que los busque, recurren a aventones.

“Me siento en un limbo”, dice Daniela. Levanta la mirada, ahí siguen los pedazos de la Opppe-26 y se esfuma cualquier esperanza de encontrar con vida a Yraima. Teme que, de no poder hallar el cuerpo, se instaure en ella una sensación de que su madre está en algún lado. “Aquí me mantiene el deseo de verla por última vez, sé que viva no la voy a encontrar, pero no voy a estar tranquila si no la saco”, relata.

Fotografía: Adrián Naranjo

El puerto

A un costado de la entrada del puerto de La Guaira, hay tres toldos y unas 100 sillas de plástico, es una sala de espera dispuesta para los familiares que acuden a reconocer los cuerpos rescatados de los escombros. Alrededor de tres días después de los terremotos, este lugar fue convertido en un depósito improvisado de cadáveres, debido al colapso de la morgue del principal hospital del estado. Al poco tiempo, surgieron fotos que mostraban a decenas de fallecidos tirados en el piso y denuncias de malos tratos a los familiares. Ahora las rejas lucen cubiertas con bolsas negras y dentro, al parecer, cambiaron las dinámicas.

Con el pasar de las semanas, el volumen de familiares ha ido disminuyendo. En esta oportunidad, no todas las sillas están llenas ni hay cola para entrar al lugar. Allí, Yareny Romero y Magiber Rivas esperan a su prima, Angelica Pérez, quien está adentro. Todas buscan a su primo, Gerard José Millán Gutierrez, de 47 años de edad, quien el 24 de junio, se presume, estaba de visita en Residencias Caribe, en Caraballeda, aunque su familia no tiene certeza de que al momento de los terremotos él siguiera allí. “Era excelente estilista o es, porque no sabemos”, dice Yareny.

A las 2:30 p.m. Angélica sale del puerto. No reconoció a Gerard en ninguna fotografía. “Son muchísimas imágenes”, cuenta. Adentro, —según su relato—, hay varios toldos y abajo hay dos televisores, uno muestra el álbum de fotos de hombres y otro el de mujeres. Desde una tablet, una persona se encarga de ir mostrando las fotografías, una por una, al tiempo que son proyectadas en las pantallas. Otros funcionarios se ocupan de preguntar a los familiares por algunos rasgos distintivos de sus seres queridos. Angelica dio detalles sobre varios tatuajes de Gerard. Luego, estas personas van al área de los cadáveres y buscan si alguno corresponde con estas características.

Durante los primeros días de la tragedia, eran los propios familiares quienes debían buscar entre los cuerpos, incluso sin ningún tipo de acompañamiento, según testimonios documentados por medios nacionales e internacionales. Tampoco había garantía de tapabocas, guantes, ni de agua. 

La luz del mediodía no dejaba que Angélica pudiera distinguir bien las imágenes, tuvo que acercarse lo más que pudo a la pantalla para tratar de visualizar con mayor detalle. “Hay muchos cuerpos que están quemados, es muy difícil reconocer”, cuenta. Entre las fotos, hay al menos 10 que se repiten. Tampoco están clasificadas por lugares. “Solo algunos tienen marcados en alguna parte del cuerpo el nombre de la zona de dónde fueron rescatados”, añade. Sin embargo, cataloga la atención como “buena”. Pudo ir al baño y, cada que un familiar se levantaba, la persona encargada pausaba el reconocimiento fotográfico. Ella llevaba su propia agua.

Ese día, la morgue improvisada del puerto empezó a funcionar a partir de las 11:00 de la mañana A Angélica le dijeron que “el día anterior habían salido muy tarde”.

Fotografía: Adrián Naranjo