Portadas Redsonadoras (6)

Familias de presas políticas protestan contra un encierro que golpea a las cuidadoras y desampara a sus hijos e hijas

Presas políticas venezolanas permanecen en cárceles marcadas por el abandono, la falta de atención médica, el desarraigo forzado y las condiciones indignas de higiene y alimentación. Sus familiares denunciaron frente al INOF que el sistema penitenciario ejerce violencias específicas contra las mujeres, agravadas por su rol como cuidadoras, mientras hijas e hijos enfrentan las consecuencias emocionales y económicas de un encierro que también castiga a quienes quedan afuera

Las rejas de una cárcel no solo encierran un cuerpo, fracturan de raíz el entramado que sostiene la vida afuera. Cuando una mujer entra a prisión en Venezuela, el castigo impacta con doble fuerza debido a su rol histórico como cuidadora y pilar del hogar. Su ausencia desmorona economías familiares enteras, deja infancias a la deriva y traslada la responsabilidad de la resistencia a las madres, hermanas y abuelas que se ven obligadas a asumir la supervivencia en la calle.

Este martes, 26 de mayo, frente al Instituto Nacional de Orientación Femenina (INOF), en Los Teques, las consignas y los carteles alzados por los familiares no solo exigieron expedientes limpios o celeridad procesal. Sostenían nombres de mujeres que resisten a la enfermedad, relatos de maternidades que se defienden a la distancia y el eco de una dignidad firme que tiene rostro de mujer.

La actividad ocurrió luego de promesas de nuevas liberaciones por parte de Delcy Rodríguez, la presidenta encargada designada luego de la intervención militar de Estados Unidos, un anuncio que reactivó la movilización de los hogares afectados. El pancartazo, convocado por las familiares de las privadas de libertad, expuso cómo el sistema penal se convirtió en una máquina de violencia institucional que busca, sin éxito, quebrar el entorno de las detenidas.

Cuando cuidar se vuelve un peligro

La historia de Yazmín del Carmen Fajardo muestra con precisión cómo la vulnerabilidad de las mujeres se agudizó en el contexto carcelario. El 7 de mayo de 2025, Yazmín no huía de la justicia. Viajaba desde Barinas hasta el centro penitenciario de Yare III, en Miranda.

Acumuló siete meses en ese recorrido extenuante para cumplir con el mandato silencioso que recae sobre las mujeres, que es proveer la “paquetería” —comida, insumos de higiene y medicinas— indispensable para que su esposo sobreviviera al encierro.

En una de esas visitas, el rol de cuidadora se transformó en “trampa”. Una orden de averiguación bastó para que las autoridades la detuvieran y la implicaran en la misma causa judicial que a su pareja, bajo los cargos de “asociación para delinquir y modalidad de transporte”. Su familia insiste en que no existe una sola prueba en su contra.

Yoannis Suárez, madre de Yazmín, acudió a los tribunales y entes pertinentes en busca de respuestas, solo para toparse con la misma pared burocrática de siempre. Hasta la fecha, el juicio no tuvo fecha de apertura. Mientras el proceso legal se congeló, la salud de Yazmín se deterioró de forma alarmante debido a su cuadro de diabetes.

En un entorno donde el agua potable es un lujo y la alimentación es deficiente, la falta de atención médica adecuada convirtió su reclusión en una agresión diaria contra su propio cuerpo. Su madre expresó con impotencia el dolor de esta injusticia al afirmar que “nadie está bien tras las rejas y menos cuando le espera un hijo, viendo que estás pagando por algo que no has hecho”.

Maternidades fragmentadas

El impacto más devastador de esta reclusión recayó sobre una niña de cinco años, la hija de Yazmín, quien requirió atención psicológica para intentar procesar la ausencia de sus padres. Las familias insistieron constantemente en que, en estos escenarios de desamparo institucional, “los niños y niñas sufren”.

Durante una videollamada hecha a Annerys Fajardo, hermana de Yazmín, la niña le preguntó: “Tía, ¿por qué todos mis compañeros y amiguitos tienen a su mamá y yo no tengo a mi mamá? ¿Tú también me vas a abandonar?”.

Las lágrimas de Annerys al recordar la escena revelaron el trauma invisible de una generación de hijos e hijas que crecen con madres bajo custodia del Estado. Son los huérfanos del sistema judicial, cuyas vidas quedaron suspendidas entre la nostalgia y el miedo al olvido.

La carga económica de esta lucha transformó por completo la estructura del hogar. Yoannis Fajardo, la madre de Yasmín, perdió su empleo debido a las gestiones judiciales y a los extenuantes viajes de reclusión. Yasmín y su esposo eran comerciantes independientes en Barinas, pero el negocio familiar desapareció tras las detenciones.

Para subsistir y costear los gastos de su familia tuvo que dedicarse por completo a las ventas de chucherías, bisutería y lo que les diera para pagar “el día a día”.

El INOF y La Crisálida: espejos de la violencia carcelaria femenina

Las cárceles de mujeres en Venezuela padecen un abandono sistemático que se ensaña directamente contra su salud e integridad, pues las necesidades biológicas y de higiene de la población femenina reciben nula atención del Estado.

En el INOF, las internas enfrentan racionamientos severos de agua potable, lo que obliga a las familias a cargar pesados botellones en cada visita. La falta de este recurso elemental sabotea la posibilidad de mantener condiciones mínimas de higiene en las celdas y en las áreas comunes.

Para una mujer, la escasez de agua es un factor de riesgo que detona infecciones urinarias y ginecológicas recurrentes que, en reclusión, rara vez reciben tratamiento médico adecuado.

De acuerdo con las documentaciones de la organización Amnistía Internacional y el Programa Venezolano de Educación Acción en Derechos Humanos (Provea), la gestión de la menstruación tras las rejas se convirtió en una humillación cotidiana. Los registros de estas instituciones confirmaron que el Ministerio para el Servicio Penitenciario no suministra toallas sanitarias a la población reclusa, por lo que cada mes las presas dependen exclusivamente de lo que sus familiares logran introducir en los paquetes.

Provea advirtió que, cuando el cerco económico impidió a las familias costear estos productos, las mujeres se vieron obligadas a recurrir a trapos o retazos de sábanas viejas, una práctica precaria que compromete gravemente su salud reproductiva en medio de la falta de intimidad y el hacinamiento. Y, aunque el informe de la organización data de mayo de 2025, esta realidad se mantiene.

El dolor de Emirlendris y la voz de Melania

La manifestación frente al INOF también trajo a la acera casos de resistencia y dignidad frente al deterioro físico extremo, como el de Emirlendris Benítez, detenida desde agosto de 2018 y sentenciada a 30 años de prisión en un proceso que su defensa denunció como carente de pruebas.

Su hermana, Melania Rosales, ha sido la voz incansable fuera de los muros del penal para relatar cómo las severas secuelas físicas de los maltratos terminaron por confinar a Emirlendris a una silla de ruedas.

Pese a contar con medidas de protección de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) desde 2020 y un dictamen del Grupo de Trabajo sobre Detención Arbitraria de la ONU que exige su liberación inmediata, las autoridades venezolanas han hecho caso omiso a los llamados. Melania denunció que le han negado sistemáticamente las consultas con los especialistas médicos requeridos para atender sus hernias discales, su cuadro de fibromialgia crónica y los intensos dolores de cabeza cotidianos. 

Lejos de amedrentarse, el reclamo de su hermana sigue firme en el espacio público, exigiendo el derecho básico a la salud y a la justicia.

El desarraigo como política de aislamiento

Los familiares de las mujeres recluidas tanto en el INOF como en el Anexo Femenino de la Comunidad Penitenciaria Crisálida coincidieron en una denuncia estructural durante la jornada. El traslado y confinamiento de las detenidas en estados alejados de sus regiones de origen funcionó como una política de aislamiento, por lo que insistieron en que poner a las mujeres en estados lejanos “también es una forma de tortura”, debido a que esto dificulta el traslado de insumos básicos.

Dejar a una presa sin visitas equivale a dejarla sin alimentos. Por eso, el Comité para la Libertad de Presos Políticos (Clippve) calificó este desarraigo geográfico como una forma de presión psicológica y física. Diego Casanova, vocero de la organización, enfatizó que “quienes hoy encarcelan en Venezuela maltratan a las mujeres, las someten a distintas formas de violencia. Por eso vemos que quienes mantienen a estas personas son capaces de llevarlas hasta la muerte”.

Casanova recordó que la detención se vive como una condena de muerte anticipada debido a que en las cárceles no tienen condiciones de salud ni de higiene, y las internas son sometidas constantemente a tortura psicológica.

Las madres que partieron por la espera

La tragedia de la espera cobró vidas definitivas. El pancartazo funcionó también como un memorial para aquellas madres y familiares cuyos corazones fallaron antes de que se abrieran los candados de los penales.

Los manifestantes recordaron los nombres de Carmen Teresa Navas, Omaira Navas, Yarelys Salas, Carmen Dávila, María Concepción Sánchez y Yenny Barrios. Todas ellas compartieron un mismo destino: fallecieron enfermas, desgastadas por la angustia y la precariedad económica, mientras luchaban por ver a sus hijos e hijas caminar en libertad. Murieron en la acera de la exigencia, lo que dejó un vacío doble en sus hogares.

Según las cifras presentadas por Clippve, todavía más de cien mujeres siguen privadas de libertad en Venezuela por motivos políticos o bajo procesos judiciales viciados por la falta de debido proceso. Datos del Foro Penal Venezolano indican que 34 muejres siguen tras las rejas. Detrás de cada cifra existe un hogar desconfigurado, una abuela que dobló turnos de trabajo, una hermana que respondió preguntas difíciles y una infancia que esperó frente a un teléfono.

A pesar del desgaste evidente en los rostros de las madres, hermanas y abuelas concentradas frente al INOF, la consigna de cierre de la jornada dejó claro que la rendición no es una opción. En unísono, las familias provenientes de distintos estados del país insistieron en que seguirán denunciando y en las calles “hasta que la última sea libre”.

Portadas Redsonadoras (5)

Médico que abusó de mujeres yekuanas fue detenido: un paso hacia la justicia en medio de la indefensión sistemática

El tribunal dictó privación de libertad contra el médico José García por presunto abuso sexual contra una joven yekuana en el CDI de La Esmeralda, Amazonas. La detención se logró tras la difusión viral de un video en redes sociales donde la víctima y su madre rompieron el silencio, respaldadas por organizaciones indígenas que exigieron justicia ante el ataque a su dignidad. Este caso pone de relieve la indefensión sistemática que sufren las mujeres de las comunidades originarias ante las severas barreras geográficas, lingüísticas e institucionales para acceder al sistema judicial

El silencio de la comunidad Yekuana —frente a un presunto caso de abuso sexual en el Amazonas venezolano— se rompió frente a la pantalla de un teléfono celular. Tras semanas de cargar con el peso de la agresión, Norelys Pérez y su madre, Noira, pertenecientes al pueblo originario Yekuana, decidieron hacer una denuncia pública. El video que grabaron con firmeza y lanzaron a las redes sociales el pasado 3 de mayo se convirtió en un grito desesperado de justicia para evitar que la denuncia contra el médico José García, del Centro de Diagnóstico Integral (CDI) de La Esmeralda, quedara sepultada bajo el olvido y la discriminación.

En la grabación, la madre de la joven no vaciló al señalar directamente a la jefa del centro médico por haber ignorado la situación. Lejos de ser un hecho aislado, la denuncia encendió las alarmas en la comunidad al destapar que el profesional de la salud presuntamente arrastraba una huella de agresiones contra otras mujeres indígenas en el municipio Alto Orinoco. La presión digital fue tal que las autoridades se vieron obligadas a actuar, logrando días después la captura del señalado.

Precisamente, tras esta aprehensión, el pasado viernes 15 de mayo se realizó en el Circuito Judicial Penal de Puerto Ayacucho (Circunscripción judicial del estado Amazonas) la audiencia de presentación del médico José García. El proceso judicial fue impulsado de manera conjunta por la Fiscalía 5° del Ministerio Público de Amazonas y la Fiscalía 91° Nacional, esta última especializada en la Protección y Defensa de los Derechos de los Pueblos Indígenas. Ante los elementos presentados, el tribunal dictó la privación judicial preventiva de libertad en contra de García, asignándole como lugar de reclusión preventivo la delegación del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (Cicpc) en la capital del estado.

La mamá de la víctima, con rostro de indignación en el interior de su hogar, manifestó: “Personalmente hablé con ella del caso de mi hija, lo que sucedió el viernes 23 de marzo. Cuando yo estaba para mi conuco y, tres días después que regresé, cuando vi a mi hija, me contó lo que le sucedió en la consulta médica”.

En la muestra audiovisual, Norelys asegura que acudió al CDI, único centro de salud en la zona, para la colocación de un implante anticonceptivo; sin embargo, el médico, valiéndose de su investidura y el pretexto de una revisión de rutina, la agredió sexualmente durante la consulta. La joven afirma que logró salir del consultorio cuando su hijo de un año, a quien cargaba en brazos, comenzó a llorar.

Sede del CICPC en la capital del estado. Fotografía: cortesía

Ante este hecho registrado en el municipio Alto Orinoco, las mujeres recibieron apoyo de diversas instituciones y organizaciones indígenas, entre ellas la Organización Tejidos de Dignidad, quienes hicieron una denuncia pública pidiendo una investigación. Asimismo, la Organización Mujeres Indígenas Ye’Kwana del Alto Orinoco, a través de un comunicado, afirmó que este hecho es un ataque a la dignidad del pueblo Yekuana.

También la Organización de Los Pueblos Indígenas del estado Amazonas (Orpia), junto a sus organizaciones de base, acudieron a la sede principal del Ministerio Público donde hicieron entrega de un pronunciamiento y denuncia del caso ante las autoridades para que se iniciara la investigación. La comisión de indígenas fue recibida por la comisión nacional asignada para la averiguación en Puerto Ayacucho.

En este caso, las denunciantes viajaron kilómetros para llegar a Puerto Ayacucho con el apoyo de organizaciones indígenas e instituciones del Estado, como el Ministerio de los Pueblos Indígenas, entre otras. Lo hicieron con la firme convicción de no permitir que la impunidad se imponga.

Ahora, mujeres de los distintos pueblos originarios alzan su voz clara y contundente exigiendo a las autoridades judiciales una investigación completamente imparcial y la aplicación estricta de la ley ordinaria contra un profesional de la medicina de la región.

Impunidad sistemática y barreras geográficas

Las comunidades indígenas al sur de Venezuela enfrentan barreras significativas para acceder a la justicia de manera eficiente e inmediata. Existe una grave desconexión entre el sistema penal ordinario, las leyes especiales de violencia de género y la Jurisdicción Especial Indígena, lo que genera una impunidad sistemática.

La Esmeralda es una localidad de difícil acceso en el estado Amazonas, donde principalmente habitan los pueblos originarios Yanomami y Yekuana, y es un lugar accesible únicamente por vía fluvial o aérea. La situación de aislamiento geográfico profundiza la vulnerabilidad de las mujeres indígenas frente a la justicia: hay que recorrer hasta una semana navegando para interponer una denuncia ante los organismos receptores, a lo que se agrega la dificultad económica para el traslado (el transporte no es gratuito), y la barrera de no tener familiares que le ayuden a traducir su idioma materno. Las instituciones se concentran mayoritariamente en el municipio capital del estado Amazonas, lo que acentúa la desprotección y el desamparo en las regiones periféricas y territoriales.

En opinión de un especialista —consultado por Redsonadoras— que prefirió mantenerse en el anonimato, la indefensión sistemática de las mujeres indígenas del Amazonas venezolano, cuando son víctimas de abusos índole sexual, puede mirarse desde una doble perspectiva: la jurídica y la feminista. En este contexto, “la situación de desprotección de las mujeres, adolescentes y niñas indígenas es especialmente grave, pues padecen múltiples y simultáneas discriminaciones, producto de la discriminación étnica, pobreza estructural y opresión patriarcal”, señaló el experto, acotando que el caso de la joven yekuana no puede comprenderse como un hecho aislado, sino que se registra en una indefensión estructural que es necesario analizar.

Para una mujer indígena, la falta de transporte, la ausencia de servicios públicos y el aislamiento geográfico convierten la simple presentación de una denuncia en una odisea. A esto se suma el idioma, que se levanta como principal barrera lingüística y cultural. Comprender el proceso judicial, hacerse entender y ser creída depende de la existencia de intérpretes y de la sensibilidad cultural de los operadores de justicia; sin embargo, estos servicios son precarios en Amazonas.

La ausencia de una perspectiva intercultural en la atención a víctimas de violencia sexual conduce a la revictimización: sus testimonios pueden ser descalificados porque no se ajustan a los códigos culturales occidentales.

Esta realidad choca con el marco legal formal. El Estado venezolano ha ratificado instrumentos internacionales de protección de los derechos de las mujeres y los pueblos indígenas. Entre ellos destacan la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer (Convención de Belém do Pará), el Convenio 169 de la OIT sobre Pueblos Indígenas y Tribales (ratificado por Venezuela en 2002), así como la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. Estos instrumentos imponen al Estado la obligación de garantizar una vida libre de violencia para todas las mujeres.

En cuanto al ordenamiento legal vigente en el país, la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (1999) reconoce el carácter multiétnico, pluricultural y multilingüe del país y dedica el Capítulo VIII a los derechos de los pueblos indígenas. Por otro lado, la Ley Orgánica de Pueblos y Comunidades Indígenas (Lopci/2005) desarrolla estos derechos, incluyendo en su Título VII disposiciones sobre la administración de justicia, que reconocen la Jurisdicción Especial Indígena y regulan los derechos de los pueblos indígenas ante la jurisdicción ordinaria. Asimismo, la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, tipifica la violencia sexual como delito autónomo y establece penas agravadas cuando la víctima es niña o adolescente. El artículo 43 sanciona con prisión de 10 a 15 años la violencia sexual, y si la víctima es menor de edad la pena se eleva a entre 15 y 20 años.

No obstante, “cuando se presentan casos como el que nos ocupa y lo comparamos con causas de similar naturaleza, vemos como jóvenes mujeres indígenas han quedado sin la garantía de que se les otorgue justicia”, enfatizó el experto. Así las mujeres de estas comunidades se mantienen en estado de indefensión en forma sistemática. Mientras el Estado no reconozca y actúe sobre cada uno de los elementos que propician la indefensión, las mujeres indígenas seguirán siendo víctimas de una violencia que las leyes prohíben, pero que la realidad permite.

Un patrón de agresiones en la región

En Amazonas no es la primera vez que se presenta un caso de abuso sexual o de violencia extrema sin atención oportuna. En agosto del 2020, dos hermanas (de la comunidad, no sanguíneas) del pueblo indígena Jivi, Adina Díaz y Celis Chipiaje, denunciaron haber sido abusadas sexualmente por Roger Bracho, militar del puesto naval de Infantería de Marina del Muelle de Puerto Ayacucho. Aunque fueron dos años de lucha exigiendo justicia, el Tribunal Primero de Juicio en materia penal de la Circunscripción Judicial de Amazonas condenó al efectivo militar a 13 años de prisión, logrando de esta manera un fallo que no solo sanciona penalmente al agresor de las nativas, sino que sienta un precedente necesario para que el sistema judicial ordinario valide el derecho propio de los pueblos originarios. Aunque al condenado luego se le otorgó una medida y fue trasladado desde Amazonas al centro del país para dar continuidad al cumplimiento de su condena, actualmente se desconoce si esto se cumple o fue puesto en libertad.

A este patrón se suma lo ocurrido recientemente en el sector Cunucunuma, municipio Alto Orinoco, denunciado por medios de comunicación y organizaciones indígenas. El pasado 18 de marzo, una joven yekuana de 21 años, Yalitza, de la comunidad de Tawicure, y su bebé de 8 meses, resultaron gravemente heridos con un machete —herramienta de corte usada en la agricultura y labores de campo, consistente en un cuchillo grande—. El agresor fue su esposo, Oswaldo Turón, quien además de causar la herida trató de suturarla a pesar de sus graves lesiones, sin revisión médica en el momento.

La gravedad de sus lesiones llevó a los familiares a solicitar la intervención de entes del Estado para trasladar a las víctimas hasta Puerto Ayacucho para recibir atención médica de emergencia. No se logró el traslado; sin embargo, fue atendida por el personal y con los recursos que se tenían en esa comunidad remota de la capital. Yalitza fue trasladada junto a su bebé a la comunidad Acanaña, donde viven sus familiares, hasta su recuperación. Se tiene conocimiento de que no hubo actuación por parte de los organismos de seguridad del Estado o del Ministerio Público para investigar el caso, bajo el pretexto de que “estos casos son comunes por ser pueblos originarios”.

Comunidad indígena Yekuana del Amazonas venezolano. Fotografía: cortesía.

Identidad cultural y entorno geográfico

Para comprender la magnitud de estos eventos, es necesario entender el entorno donde ocurren. Amazonas, ubicado al sur de Venezuela, cuenta con una extensión de 177.617 km² y limita estratégicamente con el estado Bolívar, Apure, Brasil y Colombia. Según estimaciones del INE para el año 2023, cuenta con una población de 176.614 habitantes, de los cuales el 45,8% se identifica como indígena, distribuidos en 7 municipios y 23 parroquias. El idioma oficial es el castellano, pero los dialectos indígenas también son de uso oficial y se reconocen como patrimonio cultural.

Sus principales localidades, además de la capital, incluyen a San Fernando de Atabapo, San Carlos de Río Negro, Maroa, San Juan de Manapiare, Isla del Carmen de Ratón y la propia Esmeralda (Alto Orinoco); todas ubicadas a kilómetros de Puerto Ayacucho y conectadas únicamente de forma fluvial o aérea. En este contexto geográfico de vulnerabilidad, las personas de bajos recursos tienen un acceso extremadamente limitado a servicios básicos, salud y justicia.

Dentro de esta geografía habita el pueblo yekuana, uno de los 21 pueblos indígenas registrados por el ministerio competente y uno de los cinco con mayor población en la entidad (estimada entre 5.000 y 10.000 habitantes, registrando 7.753 personas en el censo de 2001). Su lengua originaria pertenece a la familia caribe y es hablada por los maquiritares —aproximadamente 6.000 personas en el sureste de Venezuela y la frontera con Brasil—, estando emparentada con el idioma pemón. Tienen un patrón de asentamiento ribereño y disperso, y prefieren la selva a la sabana para establecer sus comunidades y conucos.

El profesor Higinio Montiel, nativo de este pueblo indígena, docente y defensor de sus derechos, explica la profundidad de su identidad: “Ser yekuana es ser una persona dotada de espíritu, vida y sabiduría. Identificado con nono (la tierra). Con un saber y una cultura propia, con una forma de hablar y de comunicarse (un idioma), con una historia propia, con lugares sagrados, con un modo de vida y de pensamiento, con una organización social y política, con creencias, valores y símbolos”. Montiel afirma que son la creación de Wanaseduume: “él fue que nos creó a nosotros, creó la tierra (manedda nonoodü), el agua, el aire, el árbol o bosque, los animales para que nosotros podamos vivir”.

Comprender quiénes son los yekuana también implica entender la violencia ejercida contra sus mujeres. En ese entramado donde territorio, espiritualidad y memoria colectiva forman parte inseparable de la vida yekuana, la violencia contra las mujeres no solo atraviesa lo individual, sino también a una comunidad entera, su tejido espiritual y a sus formas ancestrales de existencia.

Por ello, desde el punto de vista del especialista consultado para Redsonadoras, el caso de la joven yekuana no puede resolverse únicamente con la condena penal de un médico, —que por supuesto es necesaria y debe producirse si las autoridades así lo consideran—. Para erradicar la indefensión sistemática se requiere implementar rutas de atención a víctimas de violencia sexual en Amazonas con enfoque intercultural, con personal sensible y altamente calificado, garantizando la existencia de intérpretes mujeres en las lenguas indígenas de la región en todas las sedes judiciales.

La creación de casas de acogida para mujeres víctimas de violencia sexual en Puerto Ayacucho es también un tema urgente. Además, se debe respetar el derecho a la Jurisdicción Especial Indígena, articulando con la justicia ordinaria para garantizar la protección de las mujeres víctimas.

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Los archivos de Epstein son públicos, pero aún ignoramos lo esencial: las voces de las víctimas

Los archivos del caso Epstein revelan un horror que no debería sorprender: las víctimas han hablado y denunciado desde 1996. En Venezuela, las voces de sobrevivientes también siguen sin espacio ni protección. Una historia lejana resuena aquí, porque la indiferencia ante la violencia es global

“Esta chica merece la verdad”. Cuatro voces entre más de mil mujeres que han dedicado décadas a buscar justicia en el caso de Jeffrey Epstein pronunciaron estas palabras ante millones de espectadores durante el Super Bowl. Cada una mostró fotos de su adolescencia, recordatorios de la vida que les fue arrebatada antes de ser engañadas, violadas y sometidas a explotación sexual. La frase es sencilla, pero desgarradora: sí, todas las personas merecen la verdad, y ahora mismo ellas merecen que el mundo entero se alinee para protegerlas y ayudarlas a entender lo que vivieron. 

Cada historia conocida es solo un fragmento, un pedazo de un rompecabezas que aún oculta lo que les ocurrió a quienes nunca pudieron hablar, sobrevivir o denunciar. Pero, ¿cómo podemos encontrar la verdad si nombrarla no es suficiente?

Cuando los Epstein Files salieron finalmente a la luz, la atención pública se volcó, una vez más, hacia los nombres famosos, las intrigas políticas y los detalles morbosos que rodearon la vida y la red de Jeffrey Epstein. Pero en medio del ruido mediático, lo más importante volvió a quedar relegado: los testimonios de las víctimas y sobrevivientes, muchos de ellos bajo juramento y respaldados por cientos de relatos similares que describían en detalle las violencias y la forma sistemática en que fueron cometidas. Ellas fueron quienes denunciaron durante años los abusos, quienes empujaron a las autoridades a investigar, quienes presionaron a la prensa y quienes cargan, todavía hoy, con las consecuencias más profundas del caso. 

Ellas son las únicas que realmente nos pueden dar descripciones acertadas de lo ocurrido y de su impacto, pero su voz está ahora al fondo de los documentos que el Departamento de Justicia publicó de la forma más confusa y revictimizante posible: exponiéndolas a ellas y no a quienes cometieron los delitos. 

Y con ello ciertas preguntas persisten: ¿qué ocurre con las voces de las víctimas? ¿Por qué necesitamos la divulgación de una investigación penal para entender que lo que ocurrió fue real? ¿Estamos realmente escuchándolas o seguimos encontrando maneras, conscientes o no, de silenciarlas? ¿Son el centro o las hemos convertido en ruido de fondo? Si no nos importa lo que las víctimas tienen para decir, ¿entonces qué importa?

Hoy hemos visto cómo sus exigencias han tomado una presencia en el conocimiento colectivo, pero las últimas tres décadas nos han dejado algo claro: nuestra voz sigue siendo, en los mejores casos, un sonido colateral. Gracias a ellas, y no gracias al FBI, el Departamento de Estado y los tribunales encargados, reconocemos al caso de Epstein como lo que es: una de las organizaciones de explotación y violencias sexuales más grandes de la historia moderna, sostenidas por sistemas judiciales y sociales que permitieron que estas prácticas se mantuvieran como secretos a voces desde 1996. 

El conocimiento público que hoy tenemos del caso de Jeffrey Epstein se debe, en gran medida, a la voz de Virginia Giuffre. Pero su denuncia no surgió en un vacío: implicó acusar tanto al enigmático financista estadounidense (cuya fortuna nunca ha sido completamente explicada) como al integrante de la familia real británica Prince Andrew Mountbatten-Windsor. Su historia de explotación sexual desde los 17 años es ampliamente conocida, pero no siempre dimensionamos lo decisivo que fue su acto de valentía: gracias a su testimonio se abrió un caso que, con el tiempo, revelaría más de mil víctimas.

Desde entonces, el caso ha atravesado distintas etapas desde su inicio en 2005: primero, la investigación en Palm Beach que derivó en un polémico acuerdo de no procesar cargos federales, resultado de penas risibles y evidentes protecciones judiciales que beneficiaron a Jeffrey Epstein y a quienes lo rodeaban. Décadas después, en 2019 fue arrestado de nuevo por cargos federales de tráfico sexual y murió ese mismo año mientras esperaba juicio. Su asociada, Ghislaine Maxwell, fue detenida en 2020, juzgada y condenada en 2021 a 20 años de prisión por su papel en reclutar y facilitar el abuso de menores.

La sucesión de hechos públicos y las críticas por la falta de transparencia llevaron a que, en 2025, el Congreso aprobara el Epstein Files Transparency Act, una ley destinada a hacer públicas las investigaciones y documentos asociados para que se supiera realmente qué sabía el sistema judicial y qué se había mantenido oculto.

Como tantas otras víctimas de violencia sexual a lo largo del tiempo, las sobrevivientes del caso se encontraron ante la misma maquinaria de desprotección y revictimización. Un sistema judicial que, lejos de garantizar justicia, suele minimizar denuncias fundadas y verificadas, y que incluso muestra un esfuerzo activo por proteger a los agresores, sus acciones y sus identidades

Al igual que innumerables mujeres antes, las sobrevivientes reclaman con la petición de publicar los archivos un tipo distinto de reparación: la transparencia pública y el conocimiento social de los crímenes, con la esperanza de que eso resulte en investigaciones que realmente señalen a los culpables y su rol. 

No es un fenómeno reciente. Las mujeres han hablado durante siglos sobre violencias cotidianas, abusos no tan privados y deshumanizaciones constantes, recurrentes y muchas veces inconscientes. En la era posterior al movimiento Me Too, contar lo vivido se ha vuelto una vía para buscar cierto nivel de reparación. A falta de todo lo demás, siempre queda la opción de decir: esto ocurrió, su impacto fue profundo y merecemos respuestas y consecuencias

Sin embargo, todavía sorprende cuando una mujer decide hablar, como si al hacerlo desafiara una regla no escrita de silencio pautado para la mitad de la población. Cuando las víctimas hablan, las seguimos considerando valientes, como si tener la capacidad de contar nuestras experiencias vividas no fuese uno de los fundamentos de la naturaleza humana. Para cualquier persona hablar es lo esperado; para las mujeres sigue siendo algo extraordinario. 

Las llamamos valientes porque las víctimas continúan enfrentándose a la desconfianza, a la sospecha permanente y a la actitud social que cuestiona por qué se atreven a denunciar, como si exigir investigación, reconocimiento y escucha fuese un gesto desmesurado o inapropiado. 

Las consecuencias de hablar públicamente van lejos, como una onda expansiva, que afecta a las víctimas y sus familias, círculos de amistades, trabajo y hasta en organizaciones feministas cuyos valores apuntan a la protección de mujeres, pero solamente si es algo que les conviene hacer. 

Nuestro cuerpo, y también nuestra voz y nuestras exigencias, siguen siendo un campo de batalla, donde casi todo vale por encima de lo que hemos vivido y lo que decidimos contar, aún en espacios que nos han dicho que son seguros. 

Con el lanzamiento de casi cuatro millones de archivos del caso de Jeffrey Epstein, las redes se han llenado de una atención casi morbosa que ha convertido el tema en un caldero de desinformación y de aparente confirmación de teorías conspirativas: relatos sobre élites omnipotentes que moverían, en secreto, las estructuras del mundo, y que irían tan lejos como a realizar rituales satánicos o incluso canibalizar recién nacidos. Miles de personas han dedicado horas a hurgar entre los documentos buscando retazos que validen sus peores pesadillas y concluyen, sin dudar, que estas teorías son reales. 

Nos importa más una interpretación fantasiosa de archivos confusos y crípticos que usar esa evidencia para confirmar lo que no es nuevo. Las sobrevivientes ya habían delineado un retrato claro de los responsables y sus acciones, depredadores sexuales cuyo impacto en la vida y la salud mental de sus víctimas fue devastador. La información ha estado allí desde la década de los noventa. ¿Por qué seguimos creando monstruos fantásticos donde lo que hay, en realidad, son hombres haciendo lo que han hecho por siglos, amparados por una sociedad que finge no saber? ¿Por qué fingimos sorpresa ante lo que siempre se supo, siempre fue evidente, siempre se habló?

En entrevistas recientes, varias víctimas han dicho sentirse reconfortadas por la atención renovada al caso, pero advierten que entre el ruido mediático se ha perdido lo más importante: ser escuchadas y reconocidas como personas, no solo como símbolos de horror. 

Por décadas, su mirada no se ha limitado a Jeffrey Epstein, sino que ha abarcado la red de depredadores que lo rodeaba y los sistemas que permitieron que estas violencias persistieran. La perversión real no requiere rituales imaginarios: se evidencia en los detalles más simples y crueles, como los videos que él filmaba de sus víctimas, forzándolas a sonreír mientras sus cuerpos y emociones eran sometidos a humillación y control constante. No nos queda sino imaginar sus rostros, cubiertos por rectángulos negros en los archivos, mientras Epstein las deshumanizaba con acciones grandes y pequeñas. 

Hemos visto esto no solo en uno de los peores casos de explotación sexual de la historia moderna, sino también en Venezuela, todos los días, en cientos de casos que llevan años en procesos judiciales interminables, que drenan a las sobrevivientes de dinero, dignidad y salud mental; en las decenas de cuentas anónimas creadas para contar historias que el sistema nunca quiso escuchar; y en las cientos de mujeres que se han acercado a sus amistades, familiares o la prensa buscando apoyo para compartir sus relatos, encontrando -en el mejor de los casos- personas a quienes han tenido que convencer arduamente del valor y urgencia de sus testimonios

Esto no es raro: según informes de organismos de derechos humanos, la falta de diligencia en procesos relacionados con la violencia de género en Venezuela es el primer obstáculo para el acceso a la justicia de las víctimas, reproduciendo un patrón de desprotección institucional. Sin embargo, la primera pregunta que se le hace a una víctima que ha decidido hablar sigue siendo: ¿Denunciaste? ¿Qué quieres lograr con esto? ¿Por qué quieres que hagamos algo al respecto?

En tanto desorden mediático y comunicacional, la prensa ha ocupado un rol central en la divulgación y el entendimiento de casos de violencias sexuales. La prensa siempre ha sido el lugar donde están las voces de las denuncias y exigencias que le hacemos al Estado, a las instituciones, al mundo. Mucho antes de que las redes explotaran con teorías conspirativas y desinformación, hubo periodistas que se negaron a dejar el caso en silencio. En particular, la periodista investigativa Julie K. Brown, del Miami Herald, desempeñó un papel decisivo: tras años de cobertura superficial y filtrada, ella dedicó meses de investigación para rastrear informes oficiales, entrevistar a sobrevivientes y reconstruir los mecanismos de protección que habían permitido que Epstein eludiera consecuencias reales durante tanto tiempo. Su serie de reportajes de 2018 titulados Perversion of Justice reabrió el caso en lo que muchos consideran el momento clave que llevó a su segundo y definitivo arresto en 2019 y a la presión pública sobre fiscales y autoridades judiciales para enfrentar los fallos del pasado.

A esto nos referimos cuando hablamos de responsabilidad colectiva: como sociedad, debemos activar los mecanismos necesarios para protegernos y proteger a quienes son más vulnerables. Quizás no siempre tengamos jueces dispuestos a velar por la verdad, pero sí podemos contar con periodistas comprometidas con investigar, corroborar y exponer las denuncias; con organizaciones que ofrezcan apoyo y contención en lugar de dudas y desinterés; y con cada una de nosotras que elige poner atención en lo que realmente importa. 

Mucho hemos escuchado la frase Créele a las mujeres, pero pocas veces comprendemos realmente lo que significa, y a menudo juzgamos el atrevimiento del eslogan. ¿Creerle a las mujeres? ¿Cómo? ¿Así como así?

La realidad es que esto significa, ante todo, escucharlas, y a partir de ahí, activar los miles de mecanismos que tenemos para documentar, investigar y encontrar la verdad de lo ocurrido. Estos mecanismos no son nuevos: los hemos usado durante décadas en distintas investigaciones, pero cuando se trata de mujeres o personas género diversas, parecen desaparecer; nadie parece saber cómo actuar frente a una historia de violencia. Y eso que contamos termina muchas veces en el olvido, como ruido de fondo, y las víctimas pagan el precio: exponiéndose cada vez más para que entendamos la gravedad de lo vivido, mendigando apoyo en espacios cuya única tarea es prestarlo. Todo esto revela algo profundo: mientras no nos hagamos responsables colectivamente, cada denuncia sigue siendo un acto de valentía que corre riesgo de desaparecer entre la indiferencia y la burocracia.

Hoy tenemos la oportunidad de decidir dónde concentrar nuestra mirada: ¿en las voces de quienes han encontrado la fuerza para contar lo vivido, en la rigurosidad de quienes nos muestran la verdad a través de extensas investigaciones, o en los retazos de información que provienen de las mismas instituciones que históricamente protegieron a los criminales? 

La respuesta define no solo cómo entendemos la justicia, sino qué tipo de sociedad queremos ser. 

Lo que hoy vemos en nuestros celulares, ese horror mediático convertido en entretenimiento macabro, no está separado de nuestra realidad cotidiana. Es también el día a día de miles de mujeres en Venezuela, donde la violencia de género sigue siendo omnipresente y el acceso a la justicia es profundamente insuficiente y la impunidad ronda cifras alarmantes. Nos mantenemos, como sociedad, apegadas al silencio o a la incredulidad, incluso frente a violencias severas que suceden en nuestros propios entornos, y muchas veces dentro de organizaciones dedicadas a documentar y denunciar estas agresiones. 

Cuando escucho a las sobrevivientes decir, con un sosiego que duele y sosteniendo las imágenes de ellas mismas en una adolescencia truncada, que merecen saber la verdad, esa frase resuena en mí, porque muchas de nosotras las hemos pronunciado, esperando ayuda de una sociedad poco dispuesta a entender. 

Y aun así, seguimos hablando, incluso cuando la sordera es lo único que parece responder.

Lecciones del Bootcamp Género en Foco

“Lecciones del Bootcamp Género en Foco”, una guía para potenciar el periodismo feminista e inclusivo

(Caracas, julio 2023). La Red de Periodistas Venezolanas lanzó la guía Lecciones del Bootcamp Género en Foco“, resultado de un evento presencial y virtual que reunió a destacadas periodistas, activistas y expertas de Venezuela y América Latina. 

“Esta guía representa un hito importante en nuestro continuo esfuerzo por promover el periodismo feminista y fomentar una práctica periodística más justa e igualitaria en nuestro país”, aseguró María Laura Chang, cofundadora de esta red que reúne a más de 180 periodistas que laboran en medios locales, nacionales e internacionales. 

Durante tres intensos y gratificantes días, se llevaron a cabo necesarias conversaciones sobre temas claves en el contexto periodístico contemporáneo. El feminismo, la fotografía, la interseccionalidad, el anti-racismo, los derechos sexuales y reproductivos, las luchas indígenas y ambientales, el autocuidado, la trata de personas y la violencia de género, entre otros, se abordaron por parte de diversas expertas y panelistas en un espacio de reflexión y aprendizaje.

Esta iniciativa, organizada por la Red de Periodistas Venezolanas, colectivo fundado en 2020, y promovida por Chevening Awards, a través del Chevening Alumni Programme Fund (CAPF), recibió además el apoyo de importantes aliados como Free Press Unlimited y Embajada de los Países Bajos en Caracas. 

“Reconocemos que aún queda mucho por hacer para lograr que el feminismo y los derechos humanos permeen todas las salas de redacción de nuestro país, pero estamos seguras de que esta guía será un recurso valioso para avanzar en esta dirección”, añadió Estefanía Reyes, cofundadora de la red y exbecaria Chevening. 

La guía “Lecciones del Bootcamp Género en Foco“, dirigida a periodistas, comunicadores y todas las personas interesadas en promover la igualdad de género en los medios de comunicación, pueden descargarla de forma gratuita aquí