Cuidado (1)

Un patrón de abusos y violencia: las voces detrás del “fotonarcisista”

Una cuenta de Instagram, conocida como “fotonarcisista”, decidió exponer las acciones de un periodista venezolano: Iván Ernesto Reyes. En los testimonios se revela cómo se configuró un patrón de abusos y violencias denunciados por las mujeres, entre las que se encuentran la violencia psicológica, sexual y digital 

Un grupo de mujeres se unió para crear la cuenta de Instagram @fotonarcisista, un espacio donde comenzaron a visibilizar las experiencias de violencia emocional, digital y sexual que vivieron. En el perfil se encuentran 14 testimonios, nueve de ellos pertenecientes a periodistas.

En las entrevistas recopiladas para este artículo, las víctimas señalan a Iván Ernesto Reyes como el agresor. Reyes es un periodista venezolano conocido por haber trabajado en medios nacionales como Efecto Cocuyo y VivoPlay, además de colaborar con plataformas internacionales como DW, CNN, The Washington Post, Salud con Lupa, Cosecha Roja, The New Humanitarian y El Tiempo, entre otros.

Desde Redsonadoras se intentó establecer comunicación con Reyes para obtener su versión de los hechos, pero no se obtuvo respuesta.

Un hombre que parecía “encantador” 

Más allá de haber sido sobrevivientes del mismo agresor, estas mujeres comparten una percepción inicial similar: creían estar frente a un hombre que parecía haber sido “escrito por una mujer”. Lo percibían como alguien “encantador”, “inteligente”, “deconstruido”, “aliado feminista” y, sobre todo, “sensible”. Un hombre que parecía comprender cualquier emoción, por compleja que fuera.

Todas estas características se alinean al concepto de “hombre performativo”, un nuevo arquetipo de la masculinidad en la que ciertos hombres trabajan en su estética, parecen ser fan de la literatura escrita por mujeres e incluso de la poesía, suelen hablar de equidad o igualdad de género y se venden como “aliados” de luchas sociales. El término se ha convertido en tendencia en redes sociales y como reza un artículo de The New York Times: “Son hombres que intentan adaptarse a lo que creen que les gusta a las mujeres feministas”. 

Cuando Betty* conoció a Iván pensó –a primera vista– que era extraordinario y diferente a cualquier otro hombre que había conocido. “Validaba mis emociones, era cariñoso, cercano y parecía honesto. Tenía una respuesta serena ante mis dudas y jamás me hizo sentir mal cuando me mostraba insegura”, contó. 

Se conocieron en uno de sus viajes de trabajo por Venezuela, a finales de 2024. Describe su conexión como “instantánea” y, casi de inmediato, generó una especie de apego hacia él. Se encargaba de hacerla sentir como “la única” en su vida y que estaban hechos el uno para el otro. 

La llenó de tantas atenciones que Betty pensó que era difícil que tuviera otros vínculos similares. Pero la realidad cambió cuando otras mujeres que sostuvieron algún vínculo con él, la contactaron. 

Betty afirma que después de conocer otras historias de cómo esta persona usaba información para manipularla, entendió que “No hubo errores de su parte. Fueron actos calculados y una estrategia que se repitió al pie de la letra con todas”. 

Según la Organización de las Naciones Unidas para las Mujeres (ONU Mujeres), el abuso emocional es un patrón de comportamiento que utiliza palabras, acciones o gestos para controlar, manipular, humillar y disminuir la autoestima de otra persona. Este abuso no implica violencia física, pero incluye amenazas, intimidaciones, aislamiento, criticismo constante, chantaje emocional y otras tácticas destinadas a infundir miedo y dependencia.

Este patrón era constante en las relaciones que tejía este periodista. Luisa* lo conoció en el ámbito periodístico, en el año 2019 en Caracas. Salieron por unas tres semanas, después ella se dio cuenta de que salía con otra persona y detuvo ese vínculo. Sin embargo, continuaron como colegas, ya que escribían temas similares. 

La relación dio un giro en el 2024, cuando nuevamente comenzaron a salir y coincidió con un momento difícil de su vida: “Mi mamá tenía cáncer de pulmón y todo avanzó muy rápido. Al poco tiempo ella dejó de hablar y de caminar. Él me decía que estaba dispuesto a quedarse y que quería estar para mí”. 

“El primer mes fue buenísimo, después mi mamá enfermó, murió y, por supuesto, me sentía muy vulnerable. Él no estaba en el país y sentía que todo (la relación ) era muy raro. A pesar de esto, él me decía que yo me sentía así porque mi mamá había muerto. Invalidaba mis emociones”, menciona. 

Sus ganas de terminar la relación la superaban, pero él buscaba mecanismos para detenerla apelando a sus emociones: “Me daba vueltas, me convencía y me dejó su gata. Gata que estaba en una condición de negligencia y abandono. Yo me hice cargo de todos los gastos porque él decía que no tenía trabajo, lo que después descubrí que era mentira”. 

En los testimonios vinculados con Reyes el patrón de la mentira se repite: mentía sobre su situación laboral, económica y sobre sí mismo. Luisa* lo corroboró cuando decidió hablar con él por última vez. Se vieron en Bogotá, ella había descubierto que tenía otras relaciones y que estaba a punto de irse a vivir con “su novia” de dos años. 

“Llevaba más de 12 horas continuas mintiéndome y me obligó a hablar sobre eso, me perseguía por todo el lugar, me abrazaba, no me dejaba tranquila”. En ese instante, Luisa se sintió vulnerada y desprotegida, él actuó y abusó sexualmente de ella. Después de eso, el cuerpo de Luisa se sentía cansado y ella experimentó una mezcla de emociones. Cuando él decidió irse del apartamento, ella le dijo que no quería saber más de él. “Le dije que era un monstruo”, cuenta Luisa y él le contestó: “Me alegra que por fin lo veas”. 

De 13 mujeres que mantuvieron un vínculo sexo-afectivo con Reyes, seis de ellas denuncian violencia sexual. De hecho, algunas afirman que fueron manipuladas para no usar preservativo, que hubo contagio de infecciones de transmisión sexual (ITS), como el Virus del Papiloma Humano (VPH). Tres de ellas se sintieron abusadas sexualmente por esta persona. 

Declaran que insistieron en el “no” y que él no respetó y las forzó a mantener encuentros íntimos. 

De acuerdo a la psicóloga y especialista en casos de violencia de género, Kika Martorell, la violencia sexual se trata de un acto intencionado de naturaleza sexual que es forzado en otra persona sin su consentimiento y puede incluir el uso de la fuerza física, la coerción e intimidación. 

Martorell explica que aquellas mujeres que son sobrevivientes de violencia sexual y deciden no denunciar ante instancias legales, ya están sufriendo un gran impacto psicológico: “debido a la violencia sufrida, presentan algunos síntomas como estrés postraumático, ansiedad, ataques de pánico, insomnio, entre otros. A esto se suma el miedo, la vergüenza, o el temor a que no le crean”. 

Añade que se puede enumerar una lista de las razones por las cuales las mujeres deciden no denunciar y entre ellas destaca: miedo a ser señalada, a ser juzgada, aunado a la inexistencia de un sistema de justicia que las proteja, y por el contrario, existe una alta impunidad en casos de violencia contra las mujeres, lo que se traduce en revictimización”. 

La psicóloga indica que en estos casos, es indispensable que las víctimas tengan algún tipo de validación emocional, ya que puede ser difícil lidiar con lo que significa ser una persona abusada de manera psicológica y sexual. 

“La validación emocional y el reconocimiento es primordial en estos casos porque le hace hacer sentir a la mujer que su palabra y la experiencia violenta es válida y real. La hace sentirse acompañada, que no está sola. Esto favorece a la recuperación de su integridad que fue lastimada y dañada producto de la violencia”, dice. 

E insiste en que: “Además de que el reconocimiento permite desculpabilizar a la persona víctima de violencia y pone la responsabilidad y culpa en quien la merece, el agresor, el victimario. La contención emocional que le puedan brindar en sus espacios más cercanos es importante”. 

Violencia digital 

Al igual que Luisa, Helena* también se sintió vulnerada y violentada por Reyes. Cuenta que se conocieron en el verano del año 2021 en Estados Unidos. Él recién estaba llegando al país y expresa que el inicio de su relación fue “intensa, tormentosa y me dejó profundas secuelas psicológicas de las que todavía estoy tratando de deshacerme”. 

Describe ese vínculo marcado por el abuso emocional y sexual. Al inicio, “parecía un hombre confiable”, se mostró disponible, dispuesto a escucharla y a entenderla e incluso se presentó como “un hombre feminista” que quería explorar la “no monogamia ética”, pero que después de un tiempo ella describe como “una máscara y una estrategia siniestra para manipular y confundir”. 

Sin embargo, lo que comenzó como “una relación abierta”, pronto se convirtió en un vínculo marcado por la manipulación. Helena recuerda que muchas ocasiones se sintió en la posición de pedir disculpas o humillarse para que “él la perdonara”. 

“Lloraba constantemente. Me sentía atrapada y al mismo tiempo que no era suficiente. Me comparaba constantemente con otras mujeres en su vida. A la vez, conforme yo iba avanzando profesionalmente -mientras él estaba un poco estancado- me cuestionaba mis logros, minando también ese aspecto de mi vida. La relación con él se sentía como una montaña rusa: un día estaba en la cima y al otro en el hueco más profundo”, reflexiona. 

Pero, el punto más abusivo de la relación, según Helena, llegó cuando en momentos de discusiones o peleas se alternaban con encuentros sexuales que en algunos momentos fueron violentos y no se respetaron los límites establecidos. Pese a esto, en los últimos meses de la relación, comenzaron a vivir juntos y durante ese tiempo, no aportó para la renta o ayudaba con los gastos, a pesar de tener trabajo, una acción que configura un patrón de violencia económica. 

Insistía que tenía que “reunir dinero” para regresar a Venezuela. Además, expresó que como Helena estaba en una “situación de privilegios” era injusto que él diera una contribución.

Otro tipo de violencia que se evidencia en los testimonios es la violencia digital. Tanto Helena como Luisa aseguran que Reyes tiene material íntimo de ambas que nunca quiso borrar, incluso, una de ellas afirma que grabó varios vídeos sin su consentimiento. Temen que pueda hacer algo con ese material. 

La Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia en Venezuela sanciona la violencia informática, la cual define como “Cualquier acto que use tecnologías de la información y comunicación para ejercer violencia psicológica, acoso, hostigamiento o violencia mediática contra una mujer”. 

La abogada Aslee Pirela, coordinadora de la Red de Mujeres en el estado Zulia, aclara que aunque la ley lo establece, dentro de los organismos del país aún existe un largo camino por recorrer, ya que no existen mecanismos que se consideren eficaces para respaldar a las mujeres en este tipo de denuncia. Aunque insiste que es importante seguir denunciando y visibilizando estos casos. 

Pirela también sostiene que al momento de denunciar, las mujeres tienen derecho a mantener la confidencialidad, pero en el caso de la legislación venezolana esto no siempre se cumple. Eso dificulta que las sobrevivientes acudan a las instancias correspondientes. Informa que en caso de violencia sexual, el proceso puede ser más difícil e incluso doloroso. 

“A pesar de los esfuerzos realizados para sensibilizar sobre el trato adecuado a las víctimas de violencia de género, estos han provenido principalmente de organizaciones de la sociedad civil. Es necesario capacitar a los funcionarios que reciben las denuncias, para que cuenten con los conocimientos necesarios y puedan brindar a las víctimas la información correcta, ya que muchos no comprenden la legislación venezolana que tipifica los delitos sexuales. A esto se suma que, con frecuencia, las personas que deciden denunciar experimentan una doble victimización. Esta comienza en el momento de la denuncia, se prolonga hasta la divulgación pública del caso —si es que esta ocurre— y, en muchas ocasiones, persiste a lo largo de todo el proceso judicial”, explica. 

Helena agrega que para ella ha sido un camino difícil salir de esa relación: “Darme cuenta de que, con el mismo libreto, le hizo daño a otras mujeres, ha sido difícil porque es como sentir los golpes una y otra vez. No sé si él tenga la capacidad de reconocer el daño que inflige en los demás, no creo. Espero que contar nuestra historia públicamente evite que otras caigan y que sirva de algún modo para que lo que me hizo, lo que nos hizo, no se lo lleve el viento”. 

Las historias de Betty, Luisa, Helena y más de una docena de mujeres revelan un patrón sostenido de manipulación, violencia emocional, sexual y digital ejercida por Reyes. Ellas decidieron romper el silencio y se unieron a una red de apoyo que trasciende más allá de una denuncia colectiva. La cuenta #fotonarcisista no solo se convierte en un archivo testimonial, también es un acto de resistencia colectiva en un contexto donde las instituciones y la sociedad siguen fallando. 

*Las identidades fueron cambiadas a petición de las víctimas. 

Portada #FN

#FotoNarcisista vuelve a abrir la conversación de la violencia de género a cuatro años del #YoTeCreoVzla

El lunes 27 de octubre una cuenta en Instagram volvió a abrir la conversación acerca de las violencias que experimentan las mujeres. La cuenta #FotoNarcisista expone los testimonios de 13 mujeres, nueve de ellas periodistas, y señala a un fotoperiodista venezolano sin mencionar el nombre. De las 13 personas que tuvieron un vínculo afectivo con esta persona, siete reportaron efectos “negativos severos” a su salud mental.

Hasta ahora la cuenta @fotonarcisista comparte ocho de 13 testimonios y más que las historias revelan un patrón de conducta con múltiples violencias: nueve de ellas denuncia violencia emocional y psicológica y tres denuncian abuso sexual. En uno de los post las víctimas expresan que: “Intentaron frenar el encuentro al sentirse maltratadas físicamente, pero su negativa no fue respetada y este persistió”.

Asimismo, cinco denuncian violencia psicológica por más de un año, seis reportan “violencia sexual, como manipulaciones para no usar preservativos, contagio de enfermedades de transmisión sexual, grabación de vídeos íntimos sin consentimiento, archivo de material íntimo con consentimiento revocado”. Y cinco reportaron aprovechamiento económico y laboral. 

Según la ONU, una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual en su vida. 

Un día después de la primera publicación, el martes 28 de octubre, las denunciantes informaron que la cuenta desde la cual se difundieron los testimonios fue bloqueada durante unos minutos, “aparentemente debido a denuncias”. “Creemos que esto no es casual: el silencio ha sido el mejor aliado para que el #FotoNarcisista pueda ejercer múltiples violencias contra muchas de nosotras”, sostuvieron en un mensaje difundido a la prensa.

La cuenta #FotoNarcisista volvió a publicar luego de esta breve interrupción y los posts sucesivos ampliaron el mensaje de lo que ha significado para ellas entrar de nuevo en una conversación que hace cuatro años removió cimientos a partir del movimiento #YoTeCreoVzla.

En abril de 2021, un río de denuncias se desparramó por las redes sociales con la etiqueta #YoTeCreoVzla Cientos de mujeres denunciaron a sus agresores por violencia de género, la conversación destapó una herida y también una conversación que había estado sepultada desde siempre. 

Durante semanas la conversación no se detuvo, testimonios aparecían y aparecían y en apenas ocho días la plataforma Yo Te Creo Venezuela registró 565 denuncias, de las cuales 86 personas pidieron ayuda psicológica. La mayoría de las historias señalaba a hombres del mundo de las artes, pero también de los medios de comunicación. 

Antes del #YoTeCreoVzla -en febrero de 2020- una redacción se solidarizó con una víctima de violencia de género y sentó un precedente: le creyó a la mujer que ponía la denuncia y además tomó acciones. “Una bomba en la redacción” levantó varios testimonios en ese momento, pero la viralidad del movimiento llegó un año después, casi como el #MeToo en Estados Unidos.

El 9 de febrero de 2020 el medio Cinco8 decidió hablar de lo que apenas empezaba a circular en redes sociales, la escritora Andrea Paola Hernández denunciaba a su primer novio por abuso emocional y psicológico, un editor de dicho medio.

“En muy poco tiempo pudimos ver que las denuncias se iban haciendo más y más graves y que eran muy consistentes entre sí (…) A nosotros nos estalló una bomba en nuestra minúscula sala de redacción de menos de diez personas. Había estado siempre ahí pero no la habíamos visto. La vimos porque una mujer habló, y porque la escuchamos”, reza una parte del editorial.

Este editorial sentó un precedente para el resto de los medios de comunicación venezolanos, le creyó a la víctima, lo expuso, y además echó de su equipo al agresor. La violencia de género en este gremio ha quedado plasmada en informes.

La investigación “Acoso sexual contra periodistas en Venezuela”, publicada en noviembre de 2021 y elaborada por la Red de Periodistas Venezolanas, entrevistó a 111 mujeres periodistas de todo el país, de diferentes edades, cargos y tipos de medios, el principal hallazgo fue que 45 % afirmó haber sufrido acoso sexual en el desempeño de su labor como periodista.

Pero la situación empeora para las fotorreporteras, en ese sentido, 100 % de las entrevistadas indicaron haber sufrido más de una situación de acoso, hostigamiento o agresión de carácter sexual en el ámbito laboral y, en la mayor parte de los casos, estas situaciones les ocurrían con frecuencia. 

Marcela* (identidad protegida) explica: “Precisamente porque las cosas han cambiado mucho desde 2021 es que decidimos usar otro tipo de estrategia. Creo que aprendimos acerca de la importancia de compartir nuestras experiencias, al mismo tiempo que nos protegemos. Venezuela es un país muy distinto al que tuvimos hace cuatro años, especialmente para periodistas y defensoras de derechos. Ya que la mayoría de las víctimas estamos de alguna u otra forma en situación de riesgo, decidimos que decir menos era decir más y una mejor manera de empezar una conversación que rápidamente se esparció en el gremio periodístico. En ese sentido nuestra intención era que fuese una funa comunitaria, no solo porque nosotras somos ocho personas en la organización, sino porque necesitábamos que nuestra comunidad y gremio nos ayudara a decir lo que nosotras no necesariamente podíamos”.

Algunos de los testimonios que narran parte de estas historias y protegen sus identidades revelan patrones de abuso y violencia de diferentes tipos.

Helena: “Destruyó mi autoestima y me alteró gravemente la percepción de la realidad”.

Marta: “Minimizó constantemente mis logros profesionales, haciéndome sentir insegura incluso al recibir un reconocimiento internacional”.

Vicky: “Mantuvo múltiples relaciones en paralelo sin yo saber, mientras formalizaba una relación conmigo”.

Betty: “Saber que era parte de un patrón de abuso emocional y que había tantas afectadas me destruyó. Hoy no soy capaz de creer en mi propio juicio”.  

La cuenta que recoge los testimonios de 13 mujeres una vez más pone la lupa en la violencia machista y se vale de las redes sociales para amplificar un mensaje que muestra: dolor, abusos y silencio. Entre las demandas que hacen las víctimas hay un foco importante: “Las periodistas venezolanas merecen vivir una vida personal y laboral sin violencias constantes”.

Marcela lo resume en una idea que muestra la complejidad en la cual se le exige a las víctimas, lo que nunca se le pide a un agresor: “Creo que las funas son valiosas porque nos obligan a enfrentar cosas con las cuales siempre miramos a otro lado. Es fundamental escuchar a las personas que están sobreviviendo distintos tipos de violencia en Venezuela, y eso incluye a quienes viven violencias psicológicas y sexuales. Sin embargo, no es una experiencia agradable, ni siquiera recomendada. Es realmente una pesadilla que la única forma de que nos escuchen sea a través de la exposición de historias bien delicadas. Con esta campaña quisimos garantizar nuestro bienestar a pesar de la exposición que conlleva hacer públicamente una denuncia de esa gravedad y complejidad”.

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Cuatro científicas detrás de este hallazgo: una nueva especie de mosquito, potencial transmisor de malaria

La ciencia celebra un nuevo hallazgo: la detección de una nueva especie de mosquito, potencial transmisor de la malaria en el estado Bolívar, al sur de Venezuela. Cuatro científicas están frente a esta investigación.

El anuncio lo hace la bióloga y PhD en ecología y epidemiología venezolana, María Eugenia Grillet, quien es experta en enfermedades infecciosas. El equipo que lideró la investigación está conformado por siete personas, cuatro de ellas son mujeres.

Pero no se trata de cualquier grupo: son académicas que le siguen el rastro a los mosquitos desde hace décadas, en el caso de Grillet tiene más de 30 años de profesión, con el ojo clavado en las enfermedades epidemiológicas, en el avance de la malaria en Venezuela y en la relación entre la transformación de un territorio hostil que se deforesta y abre paso a nuevas y más calamidades.

Grillet cuenta que este estudio comenzó en 2022 y les tomó tres años de trabajo de campo en el municipio Sifontes del estado Bolívar en Venezuela, con salidas que constaban de unos 20 días de trabajo en campo además de los viajes entre localidades. Pese a los desafíos que tuvieron en el camino la investigación fue publicada en agosto de 2025.

Entre los problemas que consiguieron para sacar adelante el trabajo está la logística, pues debían adentrarse en áreas de difícil acceso. ”Enfrentamos problemas de limitaciones de gasolina en la zona y recursos financieros limitados para la investigación de campo en Venezuela que es muy costosa por gastos de sobrevivencia”, dice Grillet. Sin embargo, el estudio contó con el apoyo del National Institute for Health (NIH). 

Grillet fue seleccionada en 2021 para recibir el premio Hemingway otorgado por la Royal Society of Tropical Medicine & Hygiene por sus destacadas investigaciones en las áreas de ecología y epidemiología de enfermedades infecciosas transmitidas por insectos vectores.

María Eugenia Grillet es una de las cuatro mujeres científicas al frente de la investigación.
Cortesía: Andrés Kerese

La científica venezolana cuenta a la Red de Periodistas Venezolanas que su colega de Brasil -Maria Anice Mureb Sallum- con quien comparte esta investigación, fue quien describió a esta especie por primera vez en ese país. 

La especie encontrada por primera vez en Venezuela, específicamente en siete comunidades del municipio Sifontes, se llama Nyssorhynchus rondoniensis.

Mureb Sallum es investigadora del Departamento de Epidemiología de la Facultad de Salud Pública de la Universidad de São Paulo. Su enfoque es la investigación de campo sobre la malaria en la cuenca del río Amazonas y a su vez se dedica a medir el impacto del cambio ambiental en las comunidades de mosquitos y el aumento del riesgo de contraer infecciones por Plasmodium.

La académica de Brasil en 2023 resultó elegida por la Sociedad Americana de Medicina Tropical e Higiene como Miembro Internacional Distinguido de la (ASTMH) por sus eminentes contribuciones a diversas áreas de la medicina tropical y la higiene. 

Las otras dos investigadoras que conforman el grupo de cuatro científicas son las estadounidenses Sara Bickersmith y Jan Conn, ambas son biólogas moleculares y expertas en taxonomía molecular de especies vectoras de malaria en las Américas, explicó Grillet.

El hallazgo

Se trata de la primera detección de una nueva especie de mosquito, potencial vector de malaria. “Hasta ahora el Nyssorhynchus rondoniensis había sido identificado erróneamente por morfología. Lo preocupante es que se encontró infectado con Plasmodium falciparum, lo que sugiere un rol en la transmisión de la malaria en esta zona”, escribió la bióloga venezolana en la plataforma X.

La investigación sostiene que la deforestación por la minería de oro que se lleva a cabo en esta zona de Venezuela, “causa cambios en la diversidad de los vectores de malaria en la región”, y advierte que los esfuerzos por eliminar la malaria en América enfrentan un desafío en la identificación precisa de mosquitos.  

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El informe señala que la malaria endémica sigue siendo un problema de salud pública, que continúa afectando negativamente las vidas y los medios de vida de millones de habitantes en todo el mundo. “El número de casos anuales de malaria en Venezuela es alto (135.000 en 2023), solo superado por Brasil (163.000), según la Organización Mundial de la Salud en 2024”.

“Se ha determinado que en el sur de Venezuela los aumentos de temperatura directamente vinculados al calentamiento global intensifican la transmisión de malaria en las zonas mineras, exacerbando un escenario desafiante, remoto y complejo”, refiere el estudio.

La especie recientemente encontrada Nyssorhynchus rondoniensis se conocía hasta ahora solo de los estados de Acre y Rondônia en el oeste de Brasil, pero por primera vez es detectada en Venezuela.

La mayoría de los casos analizados tienen que ver con los medios de vida, pues la investigación sostiene que se concentran en quienes se dedican a la minería en comparación con otros oficios como labores domésticas, estudiante u operador de maquinaria. Otro factor destacado es que en la población menor de 15 años hubo más casos diagnosticados en comparación con cualquier otro grupo de edad.

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#NiUnaMenos y los titulares que no queremos escribir

Génesis, Angely, Betzabé, Ninoska, Ana Cecilia. En cinco días, cinco titulares que repiten un dolor, una herida abierta e impune: el feminicidio como la expresión más extrema de la violencia de género con la que conviven las mujeres, las adolescentes y las niñas cada día, cada hora, cada minuto de sus vidas. Decimos y repetimos como un mantra #NiUnaMenos, pero cada vez es #UnaMás.

El conteo es una punzada diaria que nos quiebra como sociedad, y duele más al saber que solo estamos viendo los casos que llegan a la nota de sucesos en los medios de comunicación. Los familiares se ahogan en exigencias de justicia. Las autoridades van convirtiendo los casos en anécdotas, según se observa en las publicaciones de los entes oficiales con competencia en la materia: el Cicpc y el Ministerio Público, que relatan versiones imprecisas y muchas veces revictimizantes, tal como denunciaron familiares de Génesis Medina, quienes incluso tuvieron que desmentir con los resultados de la autopsia, una versión oficial que mencionaba que la joven estaba embarazada.

En el foro público, cada caso de femicidio es un espejo en el que no queremos vernos como sociedad. Los comentarios en el historial de publicaciones en redes sociales revelan que aún estamos lejos de comprender las raíces profundas y multifactoriales que hacen de los feminicidios una amenaza más letal para las mujeres que cualquier pandemia, virus o guerra.

Los femicidas cumplen con el perfil que las estadísticas ya nos han dibujado: la amenaza está en casa. La mayoría son sus parejas actuales o exparejas o sencillamente hombres cercanos que deciden tomar la vida de una mujer porque el sistema se los permite, porque “tu cuerpo es mío, tu decisión es mía”, porque decir “no quiero” es imposible. Porque quieren y porque pueden.

Los hombres pueden escalar en sus violencias porque el sistema no atiende las alertas. Porque las mujeres y las adolescentes que entran en una relación que se va tornando violenta, aunque hagan todo lo que dice el deber ser, en la realidad tienen que resolver por su cuenta. Las víctimas se van quedando sin alternativas, sin protección, sin mecanismos de denuncia, sin medidas reales que pongan límites a los femicidas.

Y aunque todas estamos a la corta distancia de un noviazgo, una relación de pareja, o incluso a un “no como respuesta” de que nuestro nombre aparezca en el nuevo titular, el mensaje social sigue reiterando que es nuestra culpa, que hicimos algo, que lo merecemos. Por decir que no o por decir que sí. Por denunciar o por callar. Por caminar solas, por ir a la playa o por salir a trabajar. Porque sí. Por ser mujer.

En Venezuela, solo entre la última quincena de julio y los siete primeros días de agosto la cuenta suma 12 mujeres víctimas de femicidio y al menos 61 mujeres más entre enero y mayo de 2025, según el monitoreo realizado por la organización Utopix, un dato que sigue siendo un subregistro, pero que arroja algo de luz dentro de la política de opacidad oficial instaurada por las autoridades gubernamentales, otro elemento que sirve de manto de oscuridad para minimizar la dimensión de los femicidios y hacerlos invisibles. Lo que no se cuenta no existe.

Pero como medios no podemos olvidar que las palabras construyen realidades y sabemos que este problema sí tiene nombre: feminicidio, femicidas, víctimas, sobrevivientes, justicia, impunidad, violencia de género. No hay pasión en el asesinato, no hay locura en el abuso, no hay celos en el maltrato, no hay arrebatos en el crimen.

Cinco días y fueron cinco menos. Sus nombres son más que un registro, más que un titular: son rostros, voces, historias, son el dolor de alguien:

Génesis Gabriela Medina Puertas, de 21 años, San Felipe, estado Yaracuy.

Ninoska Maryelis García Garrido, de 28 años, Puerto Ayacucho, estado Amazonas.

Betzabé Yulimar Díaz González, de 24 años, Mamporal, estado Miranda.

Angely Benavides, de 17 años, Puerto Ordaz, estado Bolívar.

Ana Cecilia Carreazo Briceño, de 18 años de edad, Boca de Uchire, estado Anzoátegui.

Nos duelen. Nos queremos vivas. #NiUnaMenos

Mujeres que salvan Ilustración La Nación 7

Mujeres que salvan mujeres: Una casa de segundas oportunidades (III)

En esta tercera entrega del seriado sonoro Mujeres que salvan mujeres, a través de la historia del Centro de acogida y capacitación La Esperanza conoceremos la voz de mujeres que trabajan en condiciones elevadas de riesgo y condiciones adversas para auxiliar y rescatar a víctimas y sobrevivientes se hace vital en el camino de sanar y superar las múltiples violencias que no cesan en medio del contexto migratorio 

La Esperanza es el nombre del Centro de Acogida y Capacitación de las Hermanas Oblatas en Medellín, Colombia, una congregación que hace más de siglo y medio acoge a mujeres prostituidas que eran excluidas y rechazadas en otras instituciones, les brindan formación en oficios diversos y acompañamiento psicosocial 

Para las Oblatas, la prostitución, la pornografía y las actividades en los estudios webcams no son trabajos, son la antesala de la trata de mujeres con fines de explotación sexual y están ligadas a la feminización de la pobreza y la desigualdad social creciente, postura que dicen compartir con la Relatora Especial sobre la violencia contra las mujeres y las niñas de la ONU, Reem Alsalem.

Entre la calidez que se respira en La Esperanza el trabajo en red es incansable. Natalia Marín, psicóloga del centro, documenta y atiende a las que tocan las puertas y que traen consigo secuelas emocionales, conductuales y psicológicas severas.

“Muchas presentan trastornos duales, muchas son obligadas a consumir sustancias psicoactivas o alcohol, lo que deriva en trastornos depresivos, de ansiedad e incluso psicóticos”. 

Las Oblatas también trabajan de la mano de voluntarias como Jeny, mujer afrocolombiana quien de adolescente fue víctima de explotación sexual, captada en la ciudad de Medellín y trasladada bajo engaño junto a otras adolescentes hasta el departamento del Meta, municipio rural de San Martín (zona de distensión de los paramilitares entre 1998 y 2002) donde fueron encerradas en cuartos bajo cadenas las 24 horas del día. 

Aquí puedes escuchar la historia de sus propias voces.

Mujeres que salvan Ilustración La Nación 5

Mujeres que salvan mujeres: Cruzar para salvarte y salvar a otras (II)

El segundo capítulo de este seriado sonoro narra la historia de Fany, quien se vio forzada a migrar desde los llanos venezolanos hacia Colombia hace seis años. Las historias de sororidad y supervivencia de mujeres que han sido víctimas de trata y explotación sexual ha hecho merecedor el trabajo de Mujeres que salvan mujeres y a las periodistas Paula Andrea Jiménez y Rosalinda Hernández como Ganadoras de la 2.ª edición del Premio de Periodismo “Sofía Ímber” de la Asociación de Periodistas Venezolanos en el Extranjero (APEVEX) y URBE.

Medir 1,70 de estatura y pesar menos de 45 kilos, fue para Fany lo más cercano a sentir que se extinguía junto a sus dos niños, ambos casi en el umbral de la desnutrición. 

En 2018, cuando atravesaba el último río hacia Colombia quedó bajo el fuego cruzado entre grupos armados en el departamento de Norte de Santander. Tirarse al piso, arrastrarse y chocar con una guerra ajena: así entraba y no había vuelta atrás. 

Tras vivir en condiciones muy precarias y bajo la promesa de un trabajo como “mesera en un bar” accedió a ser trasladada a una zona rural, pero fue captada bajo engaño previamente por una familiar.

“Nos vendaron y luego de 5 horas por carretera desde Cúcuta nos entregaron a un grupo armado para ser esclavas sexuales junto a otras 20 mujeres venezolanas y colombianas. Las que se negaban, los milicianos las mataban, ahí pasaba un río cerca, ahí las tiraban”.

Esta es la historia de Fany.

Mujeres que salvan Ilustración La Nación 2

Mujeres que salvan mujeres: El discurso de la dignidad: sobrevivir para contarla (I)

Ilustraciones: Ernesto Cáceres

En este seriado sonoro las protagonistas son las voces de valor y solidaridad que trabajan por y con las mujeres víctimas y sobrevivientes de trata de personas en el contexto migratorio venezolano. Estas historias narran cómo las redes de apoyo entre mujeres rescatan vidas y se convierten en plataforma para transformar y tender la mano a otras mujeres.

En este primer episodio conoceremos la historia de Claudia Quintero, quien se plantó en agosto de 2018, en el más alto estrado de la justicia en Colombia: la Corte Constitucional, para pronunciar en 13 minutos su emblemático Discurso de la Dignidad. Retumbaba entre la solemnidad de los magistrados, togas y rostros que mudaban de la circunspección al asombro.

El verbo de Claudia Quintero es poderoso y vehemente y es una de las caras más visibles de la lucha contra la explotación sexual y contra la prostitución en Colombia, defensora de la dignidad de niñas y mujeres colombianas y migrantes venezolanas.

Con una convicción inquebrantable dirige la Fundación Empodérame con el apoyo de voluntarias, incluyendo a mujeres sobrevivientes. Ha sido pionera en la lucha en las más altas cortes de Colombia para la defensa de las mujeres víctimas de explotación sexual y prostitución: ha ganado cantidad de casos ante la justicia, a favor de colombianas, venezolanas y otras nacionalidades. Su fundación apoya y rescata en promedio a unas 500 mujeres víctimas y sobrevivientes por año.

Portada salud menstrual

Sin acceso, sin educación, sin voz: la deuda con la salud menstrual en Venezuela

El 28 de mayo se conmemora el Día de la Salud Menstrual, una fecha establecida por la Organización de las Naciones Unidas para visibilizar las barreras estructurales que enfrentan millones de personas menstruantes que dificultan vivir de forma digna y segura la gestión menstrual


En Venezuela, menstruar sigue siendo un desafío marcado por la desigualdad. Lejos de ser solo un proceso biológico, la menstruación representa un reto mensual para millones de mujeres y personas menstruantes en el país, afectadas por la pobreza, la escasez de productos de gestión, la desinformación y los prejuicios sociales.

En el marco del Día de la Menstruación Digna, también conocido como Día de la Salud Menstrual —establecido por la ONU para visibilizar esta problemática—, se vuelve necesario subrayar las barreras estructurales que lo hacen difícil y así comprender en contextos de crisis compleja, como en Venezuela, la dimensión más amplia que recoge el término gestión menstrual, que abarca todas las herramientas e información que las mujeres y personas menstruantes deben tener a disposición para experimentar este proceso.

Pensar desde el concepto “gestión menstrual” marca diferencias con el concepto “higiene menstrual” porque mientras este refiere a un conjunto de prácticas y cuidados higiénicos de la menstruación, la gestión menstrual incluye aspectos como disponibilidad de productos (tampones, toallas sanitarias, copas menstruales y/o cualquier otro con la función de contener el sangrado); acceso a agua potable, instalaciones sanitarias, educación y salud menstrual libre de estigma y prejuicios. La gestión menstrual incorpora un enfoque socioeconómico, educativo, de garantía de derechos, acceso a oportunidades, sostenibilidad y gestión ambiental. 

Según el informe 2024 de la Red de Mujeres Constructoras de Paz, titulado “Mujeres que resisten: el alto precio de la desigualdad”, 34 % de las mujeres encuestadas en 16 estados del país ha tenido que ausentarse de su trabajo o estudios durante la menstruación. Las razones van desde la falta de recursos para adquirir productos menstruales, hasta el dolor físico o la carencia de condiciones básicas como agua potable.

En zonas del país donde la pobreza y la exclusión social son más marcadas, la gestión menstrual se vuelve aún más complicada. Marianicer Celina Figueroa Agreda, psicóloga, doctora en innovación educativa y educadora menstrual, advierte que el acceso a productos de gestión menstrual en estas comunidades es cada vez más limitado, lo que puede traer consecuencias “devastadoras”.

Muchas mujeres, ante la imposibilidad de adquirir productos adecuados, se ven obligadas a recurrir a métodos caseros durante su periodo. Figueroa, quien también dirige la Escuela de Bienestar Integrativo de la Mujer, cita un estudio de Acción Solidaria que revela el uso frecuente de materiales como “trapitos viejos, franelas, telas o sacos”. En contextos con escaso acceso al agua potable, mantener estos métodos en condiciones higiénicas adecuadas resulta casi imposible.

“Esto las expone a un sinfín de infecciones urinarias, vaginales, candidiasis”, señala Figueroa. La encuesta incluso documenta el uso de cartones de huevo por parte de algunas mujeres como método improvisado para contener el sangrado.

Más allá del impacto físico, las consecuencias emocionales y sociales también son profundas. “La situación afecta la autoestima y el bienestar emocional. Muchas niñas dejan de ir a la escuela durante su menstruación, y hay mujeres que se aíslan de entornos laborales y familiares”, advierte Figueroa.

El mismo estudio de Acción Solidaria, del año 2022, detalla que una de cada cuatro mujeres en Venezuela no cuenta nunca o solo algunas veces con toallas sanitarias desechables en su hogar. En el caso de otros productos menstruales, como toallas reutilizables, copas menstruales o tampones, la cifra es aún más alarmante: tres de cada cinco mujeres no tienen acceso regular a estos insumos.

La falta de información también representa una barrera importante. América Villegas, directora de la iniciativa Parir Por Placer, señala que hay muy poco conocimiento sobre productos como copas menstruales, pantis menstruales, discos o toallas reutilizables. “Tampoco es una información que esté masificada, y son productos que requieren aprendizaje para su uso”, explica.

Villegas cuenta que desde su organización elaboran toallas de tela para la venta, pero su aceptación aún es limitada. “No se venden mucho por los prejuicios. Algunas personas lo asocian con el pasado: ‘eso era lo que usaba mi abuela’, dicen. Se percibe como un retroceso, o como algo sin estatus simbólico”, añade.

Barreras políticas, sociales y culturales

La crisis económica, social y política que atraviesa Venezuela ha profundizado las desigualdades estructurales que afectan de manera particular a las mujeres y personas menstruantes. Así lo advierte Suzany González Zambrano, abogada y directora ejecutiva del Centro de Estudios de Derechos Sexuales y Reproductivos (CEDESEX).

“Existe un gran estigma asociado a la menstruación. Es un tema del que se habla poco, tanto en el ámbito formal —como las escuelas— como en la sociedad en general. Hablar de menstruación está casi prohibido. Incluso entregar un producto para la gestión menstrual puede ser visto como algo inapropiado o vergonzoso”, afirmó González.

La falta de educación científica e integral sobre la menstruación, sumada al silencio social y a los prejuicios culturales, limita seriamente el ejercicio del derecho a una salud menstrual digna, segura e informada.

“Hay demasiados mitos y creencias que atraviesan la menstruación. El desconocimiento impide que las personas menstruantes puedan gestionar su ciclo de forma adecuada y acceder plenamente a sus derechos”, sentenció. 

La menstruación sigue siendo un tema invisibilizado en Venezuela, incluso desde las instituciones del Estado. Así lo señala González Zambrano y advierte que este tema no forma parte de las prioridades políticas ni legislativas del país.

“La salud menstrual no está presente en el discurso político, no se incluye en las propuestas legislativas ni se discute en términos de políticas públicas. No se aborda desde un enfoque de derechos, y tampoco existen planes oficiales que garanticen el acceso a productos de gestión menstrual”, subraya González.

Aunque el Ministerio de Educación contempla algunos contenidos relacionados en su programa de educación integral de la sexualidad, González aclara que no se enseña de manera generalizada ni equitativa en todo el país. Esto contribuye a perpetuar la desinformación y el estigma.

“Este vacío alimenta un ambiente de absoluto silencio y fortalece las falsas creencias que rodean la menstruación. Es urgente sacar este tema de la oscuridad y garantizar el acceso a información certera, adecuada y libre de prejuicios”, afirmó.

González también enfatiza la importancia de hablar de menstruación desde edades tempranas. “No hay que esperar a la menarquia —la primera menstruación— para comenzar a informar a las niñas. La educación menstrual debe ser progresiva, respetuosa y adaptada a cada etapa del desarrollo”, dijo. 

Para América Villegas, de la iniciativa Parir con Placer, la forma en que la sociedad aborda la menstruación sigue profundamente influenciada por el patriarcado, que históricamente ha limitado a las mujeres a su rol reproductivo. Esta visión ha impedido que la menstruación se reconozca como una cuestión de derechos humanos y de equidad de género.

“La menstruación no es solo un proceso biológico o fisiológico, también es un tema social. Afecta el acceso a la educación, al trabajo y a la salud. Cuando hablamos de esto, hablamos de derechos sexuales y reproductivos. Todas las personas deberían poder vivir su menstruación con dignidad, acceder a los recursos necesarios para gestionarla, y entender lo que ocurre en sus cuerpos sin barreras ni discriminación”, señala Villegas.

También sostiene que se trata de un asunto de equidad de género, ya que es indispensable romper con los estigmas, desmontar estereotipos y promover políticas públicas que garanticen una educación adecuada y el acceso a productos menstruales que respondan a las necesidades de cada cuerpo.

Esta perspectiva es compartida por Marianicer Figueroa Agreda, psicóloga y educadora menstrual, quien afirma que la menstruación está íntimamente ligada a la dignidad humana y a la salud emocional.

“Los tabúes y el estigma en torno a la menstruación, la falta de acceso a productos adecuados, la carencia de instalaciones dignas para la gestión menstrual y la ausencia de programas educativos generan exclusión social, discriminación y vulneran derechos fundamentales como la educación y el trabajo”, advierte Figueroa.

Ambas expertas coinciden en que millones de mujeres y niñas enfrentan estas barreras mes a mes. Superarlas no es solo una cuestión de salud: es una deuda pendiente con la igualdad y la justicia social.

Iniciativas comunitarias buscan garantizar la salud menstrual en Venezuela

En medio de un contexto marcado por la precariedad económica y la falta de políticas públicas en materia de salud menstrual, diversas organizaciones feministas en Venezuela han asumido la tarea de visibilizar la problemática y brindar apoyo directo a las comunidades más vulnerables. Entre ellas destacan el Centro de Estudios de Derechos Sexuales y Reproductivos (CEDESEX), la iniciativa Parir por Placer y la colectiva Uquira.

Desde CEDESEX, su directora ejecutiva, Suzany González Zambrano, explica que han desarrollado iniciativas en comunidades de Caracas y Miranda, con presencia permanente, centradas en el acceso y la educación menstrual. “Trabajamos la salud menstrual desde un enfoque de derechos humanos. Abordamos la menstruación como un proceso natural, biológico y poderoso de los cuerpos de las mujeres, niñas y personas menstruantes”, señala.

En estas actividades, CEDESEX distribuye toallas sanitarias, copas menstruales y productos reutilizables acompañados de material educativo. Cada entrega está vinculada a procesos de sensibilización, donde se abordan los ciclos menstruales desde un enfoque científico e integral.

Por su parte, Parir por Placer ha desarrollado talleres comunitarios que abordan los ciclos menstruales y desmontan mitos alrededor del tema. También distribuyen productos de gestión menstrual y han diseñado la primera agenda menstrual del país, una herramienta pedagógica que permite rastrear el ciclo menstrual y educar sobre los cambios del cuerpo. Además, elaboran y comercializan toallas de tela reutilizables, lo que les permite autofinanciar donaciones a mujeres en situación de vulnerabilidad.

Otra organización que ha incorporado la salud menstrual en su agenda es Uquira, una colectiva feminista interseccional que trabaja especialmente con personas trans y no binarias, una población que enfrenta barreras aún mayores.

“No solo donamos kits menstruales; también ofrecemos espacios seguros donde estas personas pueden hablar de sus experiencias sin prejuicios”, explica Nohelia Urbina, integrante de la colectiva. Urbina advierte que la experiencia de menstruar en este contexto “puede ser muy dura” y representa una constante vulneración de los derechos sexuales y reproductivos, especialmente para hombres trans y personas no binarias.

“Si las mujeres cis enfrentan dificultades para acceder a productos de gestión menstrual o servicios de salud, las personas trans enfrentan aún más obstáculos: estigmas, desinformación y discriminación, lo que muchas veces las aleja del sistema de salud”, apunta.

Además, muchas de estas personas enfrentan el desempleo y la falta de ingresos como una barrera estructural. “Sin recursos económicos no es posible acceder de forma constante a productos adecuados. Esto incrementa el uso de alternativas inseguras como papel higiénico o paños, lo que eleva el riesgo de infecciones y complicaciones ginecológicas”, advierte.

En ausencia de políticas estatales efectivas, estas organizaciones sostienen con esfuerzo propio una red de apoyo que intenta responder a una necesidad básica: gestionar la menstruación con dignidad.

Paridad electoral

El mito de la paridad de género es el unicornio en los procesos electorales en Venezuela

Las elecciones realizadas en Venezuela este domingo 25 de mayo para elegir gobernaciones, Asamblea Nacional y Consejos Legislativos es el proceso número 23 desde 1998. Un proceso electoral polémico por tantas razones, que el debate central sobre la paridad y la participación de las mujeres en espacios de toma de decisión se va quedando en la cola, de nuevo y como siempre.

Venezuela no tiene una ley específica de cuota o paridad de género que garantice en la práctica los espacios de participación para las mujeres en la política. En cada elección el Consejo Nacional Electoral (CNE) emite reglamentos sobre el tema y aunque en estos 25 años el porcentaje de participación femenina en contiendas electorales ha aumentado, poder decir que existe algo como la paridad es más retórica que realidad.

El estudio realizado por ONU Mujeres denominado “Mujeres en la política 2020“ ubicaba a Venezuela en el puesto 90 de 190 países en relación al porcentaje de mujeres en el parlamento. La representación de diputadas en la Asamblea Nacional que está por terminar el período 2020-2025, apenas alcanza 22% del total.

Para este proceso que se llevó a cabo el domingo 25 de mayo, en el que se renuevan los cargos en los gobiernos regionales, apenas 19% de las candidaturas son de mujeres, y en 28% de los estados no hay ni una sola mujer inscrita. En el caso de la Asamblea Nacional los partidos tanto de la oposición como del oficialismo pusieron a la mayoría de sus candidatas en puestos alejados de «los salidores». El pacto patriarcal está por encima de las diferencias políticas.

En 2020, el Consejo Nacional Electoral publicó el Proyecto de Composición Paritaria y Alterna para la participación en las elecciones a la Asamblea Nacional 2020. Pero la publicación de este proyecto se hizo a pocos días del inicio de las postulaciones, y a escasos meses para la celebración de las elecciones, contraviniendo el artículo 298 de la Constitución Nacional que prohíbe la modificación de leyes electorales entre el día de la elección y los seis meses anteriores a la misma.

¿Qué plantea la norma? El reglamento promulgado para las elecciones parlamentarias de 2020 establece dos conceptos que son claves: paridad y alternabilidad. “Las postulaciones listas deben realizarse de acuerdo a la composición paritaria y alterna de cincuenta por ciento (50%) para cada género”. Esto quiere decir que las postulaciones deben ser de igual número de mujeres y hombres y de forma combinada uno y uno por cada género.

Pero cinco años después, los números de las candidaturas para los cargos a la Asamblea Nacional de esta elección distan mucho de lo que propone el reglamento. Se registraron 1886 postulaciones en listas y el número de mujeres postuladas fue de 859, es decir apenas alcanzó 46% del total. Además todas las listas nacionales fueron encabezadas por un hombre y las mujeres candidatas fueron ubicadas en los últimos lugares. En siete de las 11 listas nacionales las mujeres quedaron en la segunda mitad de la lista, y por tanto, con poca posibilidad de ser electas.

En la conformación de las postulaciones, cuando se aplica la alternabilidad, esa composición viene con trampita incluida. Por ejemplo: armar una dupla mujer-hombre para que ocupen los cargos de principales y suplentes, en vez de que ambas candidatas sean mujeres.

Cuando la combinación entre candidata principal es para una mujer y su suplente es un hombre, en lugar de ser otra mujer, el cargo queda a expensas de que en caso de ausencia o renuncia, nuevamente esa posición será ocupada por un hombre.

Un ejemplo es lo que ocurrió con las postulaciones presentadas por la alianza de los partidos Un Nuevo Tiempo y Unica en los estados Falcón, Mérida, Sucre y Táchira, donde la misma candidata a gobernadora también está postulada como cabeza de lista regional para la Asamblea Nacional, y sus respectivos suplentes son todos candidatos… masculinos.

A pesar de y no gracias a, el trabajo de las mujeres que hacen política en Venezuela sigue impulsando la posibilidad de tener paridad de género en Venezuela e ir saldando la deuda histórica, que se demuestra en la falta de voluntad política para centrar el debate no solo en legislación específica que garantice este derecho, sino que en realidad las estructuras partidistas cambien internamente para que sea factible que en los consiguientes procesos electorales, las mujeres representen en los espacios de toma de decisión lo que ya se evidencia en las estructuras de organización de base en sectores populares y de movilización: las mujeres hacen política, participan activamente y son mayoría en los liderazgos a toda escala social.

Cuidado

Las labores de cuidado se triplican sobre los hombros de las mujeres

Para poder crecer, alguien tiene que cuidarnos. Sobrevivimos a nuestra infancia y llegamos a la adultez porque alguien nos cuidó en el pasado. Si tenemos alguna condición de salud, podemos sobrellevarla gracias a que alguien nos cuida. Y ese alguien, la mayoría de las veces, es una mujer.

En todo el mundo, 708 millones de mujeres están fuera de la fuerza laboral debido a responsabilidades de cuidado no remuneradas, de acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En contraste, solo 40 millones de hombres están en una situación similar.

En Venezuela, un análisis publicado en 2024 por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) estima que 15,4 millones de personas trabajan en labores de cuidado no remunerado en los hogares del país y, de este total, 10 millones son mujeres. Según el estudio, el 88,7% de las mujeres mayores de 10 años en Venezuela hace trabajo doméstico no remunerado en su hogar o fuera de él. Las mujeres dedican 6 horas y 18 minutos diarios a estas actividades, 75% más tiempo que los hombres.

Quienes ejercen labores de cuidado resuelven las necesidades físicas, psicológicas y emocionales de otras personas. Desde una perspectiva más específica, cuidar implica estar a cargo de otras personas dependientes: niños, niñas, personas con discapacidad, con enfermedades crónicas o personas mayores que no pueden cuidarse por sí mismas, lo que impide que quien cuida pueda trabajar remuneradamente. Las mujeres que se dedican al cuidado contribuyen al desarrollo, pero especialistas destacan que su labor no es reconocida ni recompensada.

Recientemente, el debate sobre el cuidado ha ganado terreno en la agenda global. Aunque ya estaba presente, previamente se referían al cuidado como “trabajo doméstico” o una “doble jornada”, que recaía sobre las mujeres debido a los estereotipos de género y la división sexual del trabajo, asegura Alba Carosio, profesora y coordinadora de la Maestría en Estudios de la Mujer de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Para la experta, la pandemia de covid-19 fue el principal evento que potenció el discurso sobre el cuidado al mostrar su relevancia para el sostenimiento de la sociedad.

“Fueron las mujeres en sus casas quienes mantuvieron diversos servicios, tanto los servicios que tienen que ver con la educación, cuando acompañaron a sus hijos con la formación que se hacía online, y luego tomaron muchísimas medidas de salud, de cuidado de la higiene, para minimizar los contagios. El trabajo que se hacía fuera de la casa también entró en la casa, y eso duplicó, triplicó, cuadruplicó el trabajo del hogar, de la limpieza, además de otras medidas más fuertes. Eso hizo evidente la importancia del cuidado en la sociedad. Siempre estuvo ahí, pero con la pandemia se hizo más claro”, explica.

Desde antes de la pandemia, las mujeres en América Latina y el Caribe ya dedicaban el triple de tiempo que los hombres al trabajo de cuidados no remunerado, y la creciente demanda de cuidados agravó su situación, según ONU Mujeres, la entidad de Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de la Mujer, y Comisión Económica para América Latina (Cepal). Aunque la pandemia impulsó la agenda del cuidado, todavía es una labor invisibilizada. Hacer visibles los cuidados es, precisamente, una de las principales tareas del periodismo y de los medios de comunicación, según Carosio.

“Hay un sinnúmero de tareas que se hacen en una casa, y a veces fuera, porque el cuidado que las mujeres ejercen sobre su familia no es solamente dentro de la casa. Hay un cuidado social que tiene que ver con acompañar al médico, con estar pendiente de todas las indicaciones. Eso se hace tan rutinariamente que no se ve ni se valora. La función de los medios de comunicación es mostrarlo, hacerlo más evidente”, expresa.

Destacar la corresponsabilidad en el cuidado

En el caso de los cuidados directos a personas dependientes en Venezuela, el estudio publicado por el BID indica que el 22,6% de las mujeres provee cuidados directos a niños, personas mayores, personas con discapacidad o enfermedades, una proporción que es casi tres veces mayor a la tasa de participación de los hombres en ese tipo de actividades.

Quienes cuidan a niños, niñas y adolescentes con enfermedades crónicas en el principal hospital pediátrico de Venezuela, el J.M. de los Ríos, son mujeres (98%), según un informe de la organización no gubernamental Prepara Familia publicado en 2023. Ellas se encargan del cuidado físico y emocional de sus hijos, de la higiene, de la gestión de recursos para conseguir medicamentos y muchas veces de sustituir al personal auxiliar de salud, pero no reciben incentivos ni apoyo económico. Tampoco pueden trabajar porque el cuidado absorbe todo su tiempo.

Frente a estas realidades, la labor de los medios va más allá de solo visibilizar las tareas que recaen sobre las mujeres: para la profesora Carosio, también es función del periodismo recordar que el cuidado es un trabajo que debe ser acompañado por toda la sociedad.

Tiene que haber una corresponsabilidad, tanto de la familia a la que pertenecen el niño o la niña y la mujer, como también de toda la sociedad, porque hay cosas que la sociedad debiera hacer: dar apoyos materiales, hacer más fáciles las tareas. Para eso la humanidad evoluciona, no para que estemos como en una época antigua que había que cargar agua, que había que juntar leña para hacer la comida y los hombres tenían que cazar. Realmente el acompañamiento y el apoyo social son indispensables. Cuando hablamos de corresponsabilidad, hablamos de la familia pero también de la sociedad toda a través de sus instituciones, tanto las públicas como las privadas”, añade la investigadora sobre feminismo e igualdad.

Para la experta, los medios de comunicación pueden mostrar de qué maneras la sociedad puede hacerse corresponsable en las labores de cuidado. Destaca como ejemplo cómo algunos países asignan un ingreso mensual para las mujeres que acompañan a sus hijos, hijas o familiares con enfermedades crónicas y cómo conciben sistemas para aliviar la carga que asumen las mujeres cuidadoras.

“Otro ejemplo es un sistema de apoyo que por lo menos les permita a esas mujeres que están 24 horas al lado de la cama de un niño, o 24 horas llevándolo y trayéndolo del tratamiento, luego encargándose del alimento y de la higiene necesaria para que esos niños sigan viviendo y haciendo diferentes actividades, tener dos o tres veces por semana unos tiempos de descanso, que (quienes son cuidados) quedaran en manos de personas experimentadas que pudieran hacer esa tarea una parte del día para que ellas pudieran descansar”, señala.

Educar desde la perspectiva de género

Hablar de corresponsabilidad significa mostrar cómo los cuidados deben ser compartidos por personas de las familias, las comunidades, las empresas y el Estado: se trata de reconocer, reducir, redistribuir, recompensar y representar el trabajo de cuidados. En el caso del hogar, debe aumentar el trabajo de cuidados por parte de los hombres para que el reparto de las tareas sea equitativo.

“Sin duda también hay que promover la responsabilidad de los padres, porque generalmente quienes cuidan son las mujeres, y muchas de ellas están solas porque ocurre que el padre no se responsabiliza frente a un niño o niña que tiene algún problema. Hay padres que frecuentemente huyen. Socialmente se tiene que entender que eso no es lo correcto y que debe haber alguna sanción moral. Todo eso también es cuestión de educación, y los medios de comunicación son medios que educan. La comunicación tiene también una función educadora”, agrega la profesora Carosio.

Esta función educadora fue reconocida en 1995 con la Declaración y Plataforma de Acción de Beijing, una hoja de ruta acordada por 189 países, durante la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, para lograr la igualdad de derechos para las mujeres y niñas de todo el mundo. Una de sus áreas de acción trata sobre los medios de difusión, identificados como importantes “medios de educación” capaces de promover una imagen equilibrada y no estereotipada de las mujeres, así como de potenciar su papel en la sociedad.

Para alcanzar ese último objetivo, la Declaración de Beijing exhorta a los medios a introducir la perspectiva de género en todas las cuestiones de interés para la sociedad y a “fomentar la participación en pie de igualdad en las responsabilidades familiares”, mediante campañas que hagan hincapié en la igualdad de género y en la exclusión de los estereotipos basados en el género de los papeles que desempeñan las mujeres y los hombres dentro de la familia.

Treinta años después de la Declaración de Beijing, surgen nuevos desafíos: la violencia en línea contra las mujeres crece mientras la inteligencia artificial generativa populariza estereotipos discriminatorios, según un análisis de ONU Mujeres. Pero los medios siguen teniendo un papel crucial ante viejos y nuevos retos para construir un mundo más justo.

“Si queremos hacer una sociedad más justa, más humana, donde todas y todos cumplamos con nuestras responsabilidades y las compartamos con otros y otras, deben disminuir y desaparecer los estereotipos de género, que hacen que los hombres se comporten de una manera, a veces poco afectiva, y las mujeres al contrario. Cuando no puede cumplir los estándares exigentísimos que la sociedad le impone a una madre o una mujer, ella luego se siente culpable. Hay estándares de belleza y hay estándares de comportamiento. En seguida si un niño se porta mal o tiene problemas, culpan a la madre. Pero hay un cúmulo de personas que educan, no solamente las madres”, afirma la profesora Alba Carosio.

“Hay mucho que los medios de comunicación pueden hacer en materia comunicativa, que en realidad es educativa, porque los medios modelan conductas y pueden incluso, con el tiempo, no de inmediato, cambiarlas, transformarlas. Ojalá sea para mejor, para una sociedad más justa”.