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Más liderazgos empresariales femeninos son otra tarea pendiente en Venezuela

Los estereotipos de género, la cultura de las empresas familiares y la sobrecarga de cuidados todavía limitan el acceso de las mujeres venezolanas a posiciones de decisión en el sector privado. Sin embargo, experiencias como el aumento de mujeres en cargos gerenciales del mercado de valores y la adopción de políticas de igualdad en empresas muestran prácticas que podrían ser aprovechadas y ampliadas en una eventual transición venezolana

Cinco casas de bolsa venezolanas están presididas hoy por mujeres. Estas profesionales tienen la tarea de atraer inversionistas y mantener rentable sus empresas en un mercado de valores pequeño. Sus cargos financieros son una excepción que comenzó durante la pandemia del Covid y que ahora, en la nueva etapa que vive Venezuela, se convierte en un recordatorio del terreno que le falta ganar al liderazgo empresarial femenino en el país.

“Sería interesante estudiar este caso del mercado de valores, porque no es lo usual. Las áreas financieras suelen considerarse como áreas duras y cosas de hombres, al igual que sucede en tecnología. De hecho, es dificilísimo encontrarse con una gerencia de mujer en cargos de finanzas u operaciones, aunque eso sea disonante con los datos de graduación en las universidades”, explicó Rosa Amelia González, investigadora del Instituto de Estudios Superiores de Administración (IESA).

La mayoría de las altas gerencias corporativas a cargo de mujeres venezolanas, de hecho, suelen encontrarse en áreas vinculadas con seguros, recursos humanos o asuntos públicos. Mientras que en ámbitos de finanzas o tecnología suelen estar dirigidas por hombres. La brecha de género gerencial es amplia en el país, aunque lo importante parece ser reconocerla ahora, para comenzar a trabajar en el cambio.

La excepción de las casas de bolsa

Stephany Suárez asumió las riendas de la casa de bolsa Interbono en el año 2020. En aquel momento, se convirtió en la única presidenta de una casa de bolsa en Venezuela y también en la profesional más joven con un cargo gerencial de primer nivel en el mercado de valores nacional.

“Hoy, en la junta directiva de Interbono, somos cuatro mujeres y dos hombres. Mi línea gerencial son todas mujeres. Este cambio tiene alrededor de cinco años”, relató Suárez.

Ahora el reto lo comparte con otras cuatro líderes de casas de bolsa. María Emperatriz Salazar preside Mercosur, mientras que Denny Ojeda Leal dirige Acciona. Mayra Bastidas está al frente de World Trading. Aunque el caso más llamativo es el de Adriana Goncalves de Gois, quien es la presidenta ejecutiva de Merinvest, una casa de bolsa fundada en 1987 y cuya labor en la colocación de papeles comerciales ocupó el primer lugar del país en 1995.

María Emperatriz Salazar, por ejemplo, se convirtió en la presidenta de la casa de bolsa Mercosur en 2022. Su ascenso fue un reconocimiento a su entendimiento de un mercado nacional con diversos obstáculos durante la década pasada y también a sus 18 años de permanencia en una empresa con bastantes voces femeninas.

“70 % de la fuerza laboral de Mercosur son mujeres. Si miras los departamentos de atención al cliente, finanzas y negocios, contabilidad o administración verás que la mayoría son mujeres. Pero también estamos en las gerencias y la junta directiva. Quizás el único departamento donde son puros hombres es sistemas”, detalló Salazar.

Este panorama no se reduce a un puñado de casas de bolsas. Una encuesta realizada por la Cámara Nacional de Intermediarios del Mercado de Valores con el apoyo técnico de ONU Mujeres también reveló que, a febrero 2026, más de la mitad de los cargos gerenciales (53 %) en este sector son ocupados por mujeres profesionales y que, al menos, una mujer se encuentra en la junta directiva de la mayoría (63 %) de las casas de bolsa venezolanas.

El liderazgo femenino resalta, además, en la Caja Venezolana de Valores, que es la única organización de custodia de las acciones en el país. En cambio, la directiva de la Bolsa de Valores de Caracas está representada en su totalidad por hombres.

Hay pocas explicaciones sobre por qué las mujeres lograron ampliar su presencia en las gerencias del mercado de valores nacional, aunque vale destacar que un sondeo hecho por el IESA en 2019 encontró un elemento diferenciador. “Las empresas nacionales demandaban honestidad y responsabilidad y, en ese sentido, se reconocía que las mujeres eran más centradas y menos corruptibles. Si las empresas tienen esa conciencia, eso puede llegar a ser una ventana para ellas”, apuntó González.

El peso del contexto venezolano

Fuera del mercado de valores o el sector de los seguros donde las mujeres también ocupan un número importante de altas gerencias, la crisis económica tuvo efectos disímiles en el camino a la promoción de un mayor liderazgo empresarial femenino en Venezuela.

Por un lado, el efecto migratorio de los profesionales con edades entre 25 y 45 años abrió las puertas de acceso a las mujeres para obtener más cargos gerenciales en el país. Mientras, la crisis económica empujó a muchas mujeres con formación técnica y universitaria a dedicarse a las tareas de cuidado de niños y adultos mayores.

“Los 10 años más recientes están caracterizados por dos tendencias: una mayor participación de mujeres como dueñas de empresas y una menor participación de las mujeres en la fuerza laboral en general”, advirtió José Luis Saboin en su investigación “La empresa venezolana: situación actual, retos y oportunidades”.

El análisis de Saboin proviene de una encuesta a compañías venezolanas realizada en conjunto entre el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el IESA. Un total de 263 empresas con operaciones en Venezuela contestaron a este sondeo entre finales de 2019 y comienzos de 2020. Si bien sus datos no pueden considerarse representativos, sí revelan factores claves para entender lo que debe cambiar de cara a una transición venezolana que también incluya una mayor participación femenina en el más alto nivel de las gerencias corporativas.

“Algo que me impresionó mucho es que las oficinas de recursos humanos no llevaban los datos desagregados por género, cuando les preguntamos. Si no generas los datos, ¿cómo vas a tener una política? Se ve que hay empresas venezolanas que ni siquiera consideran el género en su mindset corporativo”, detalló González, quien participó en otro sondeo con las compañías venezolanas hecho por el IESA.

Si se siguen las estadísticas de las empresas venezolanas que se sumaron a los Principios de Empoderamiento de las Mujeres (WEPS, por sus siglas en inglés) se descubre también lo difícil del camino por un cambio.

Estos principios globales fueron creados por las Naciones Unidas en 2010, para que las empresas apuesten por la igualdad salarial, la tolerancia cero frente al acoso sexual y las buenas prácticas para el avance de las mujeres a más cargos gerenciales.

Diez años después del trabajo de promoción de la oficina de las Naciones Unidas de Venezuela apenas una empresa había suscrito el acuerdo. El giro empezó a darse tras la pandemia del Covid y así se sumaron la firma de auditoría KPMG Venezuela (2020), Nestlé Venezuela (2021) Coca-Cola Femsa Venezuela (2022) y la Universidad Metropolitana (2023).

El listado completo cuenta con 82 empresas firmantes, tanto nacionales como multinacionales con operaciones en el país, a septiembre de 2026. Se incluye a los bancos Banesco, Banplus, Plaza y Nacional de Crédito (BNC), así como las petroleras Chevron y Repsol. Al igual que Arcos Dorados Venezuela, Pepsico Alimentos, Grupo Zoom, Telefónica Venezuela, Ubii Pagos y Venevisión.

Se sabe de la firma de los WEPS por parte de las empresas en el país, pero es difícil encontrar algún análisis sobre los resultados generados a lo interno de estas corporaciones en los seis años más recientes. Lo único que parece claro es que el contexto venezolano obliga a que se busquen soluciones adicionales a promover eventos de conexión entre profesionales o mentorías para las mujeres.

El impulso de los liderazgos empresariales femeninos debe considerar, además, la caída general de los salarios y la inexistencia de programas de cuidado diario para infantes y adultos mayores. En un país donde las profesionales prefieren quedarse en casa a cuidar a sus hijos y sus familiares mayores, antes que movilizarse por un bajo salario tampoco son posibles más ascensos de mujeres. Eso sin considerar el factor cultural.

“Hay un problema adicional en Venezuela, que es la cantidad de tejido de empresas familiares. Estas empresas tienen sus problemas propios a la visión de la familia y a lo que creen que son tareas de sus hijos varones o de sus hijas hembras a la hora de ocuparse de los negocios”, advirtió la investigadora del IESA.

La promoción de una mayor cantidad de liderazgos empresariales femeninos es un reto complejo, al igual que los otros cambios sociales, económicos o institucionales que requiere el nuevo momento político. La clave es no dejar esta tarea por fuera.

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Construir autonomía para romper el círculo de violencia

En los espacios del centro cultural La Poeteca, en Caracas, el miércoles 2 de septiembre, un pequeño grupo de mujeres de distintas edades se congregó para hablar sobre autonomía económica. No se conocían entre sí, pero todas habían llegado allí por la misma inquietud: la de lograr su independencia.

Aquella búsqueda parte de una certeza que bien expresó Virginia Woolf en su ensayo Una habitación propia: “Uno no puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no ha comido bien”. 

Cubrir lo material es una necesidad para sostener el cuerpo y la vida. Pero para las mujeres la lucha por la autonomía es una resistencia sostenida frente a una construcción patriarcal fuertemente arraigada. 

A partir de esa premisa, la iniciativa Juntas, de la organización Soy Mujer, propone reflexionar sobre el significado de la autonomía para identificar tanto desafíos como oportunidades y que independizarse deje de ser una lucha y se convierta en una realidad, en un derecho pleno libre de imposiciones.

La trampa de la dependencia 

Las mujeres han estado relegadas al rol del cuidado por una mera función biológica como si este fuese su único propósito de vida. Incluso, hace poco más de un siglo, se las consideraba incapaces de tener participación política y económica, necesitaban siempre una figura masculina que velara por ellas. 

Pensar en ello resulta alarmante y, sin embargo, no estamos tan distantes de esta realidad. 

Así lo expuso Elaine Díaz, estudiante del último año de Estudios Internacionales en la Universidad Central de Venezuela, quien lideró la ponencia de Juntas e hizo énfasis en el ciclo de violencia que esto conlleva: “Existen roles de género muy arraigados en la sociedad latinoamericana donde se asume que la mujer debe permanecer en el hogar y el hombre debe ser el proveedor. Esto perpetúa un ciclo de violencia sustentado en la dependencia financiera”.

Al no poseer recursos propios y depender de un tercero, la mujer no logra ejercer su autonomía.

Además, la facilitadora puntualizó que “si una mujer queda confinada al hogar dedicándose exclusivamente al cuidado no remunerado de terceros (hijos, adultos mayores o pareja), se le priva de la posibilidad de tener una vida política y social activa”.

Para la toma de decisiones sobre su propia vida, la libertad y la capacidad de participar en la sociedad resultan pilares fundamentales.

Autonomía desde un enfoque de género 

Esta fue la pregunta que Elaine le hizo a su audiencia y la mayoría de las asistentes contestaron: “Poder de decisión”. 

Precisamente, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la autonomía es la capacidad y libertad de las mujeres para tomar decisiones propias e informadas sobre su vida en condiciones de igualdad, sin sufrir violencia ni coacciones.

Sobre esto, Elaine explicó que la igualdad de género se sostiene sobre tres dimensiones fundamentales: la autonomía física, la autonomía económica y la autonomía en la toma de decisiones. Ninguna de ellas puede existir de manera aislada. 

Es por eso que la falta de ingresos propios es solo la punta del iceberg, ya que no solo limita la libertad financiera, sino que restringe directamente la capacidad de decidir sobre el propio cuerpo, salir de situaciones de violencia y participar activamente en la sociedad.

Sin embargo, la “capacidad” y la “libertad” —dos pilares fundamentales de la autonomía en los que la ponente enfatizó— se ven reducidas frente a las barreras estructurales de la sociedad: la desigualdad y violencia económica, las brechas salariales, la exclusión laboral, la dependencia financiera y el acceso limitado a recursos y formación. 

El cuidado del hogar como un peso invisible 

Además de este entramado de desigualdades, existe la sobrecarga de trabajo dentro del hogar, un factor que suele invisibilizarse y que sostiene la estructura productiva. 

De acuerdo con la CEPAL, la economía del cuidado representa entre 15,9 % y 27,6 % del Producto Interno Bruto (PIB) en la región. Sin embargo, su distribución es profundamente desigual. Datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) revelan que las mujeres asumen hasta el 72 % del tiempo total dedicado a estas tareas, invirtiendo en promedio 22 horas semanales al trabajo de cuidados no remunerado dentro del hogar, el doble del tiempo aportado por los hombres.

Para ilustrarlo de forma práctica, Elaine solo necesitó una hoja y un lápiz: las mujeres debían escribir todo lo que hacían durante su día y contabilizar las horas. Entre las asistentes se encontraban jóvenes universitarias y madres de mediana edad.

Descubrir el resultado fue un golpe de realidad para todas: la suma de sus rutinas diarias superaba con frecuencia las 24 horas. Pese a la diversidad de edades y circunstancias, el grupo compartía la misma carga invisible. Ninguna se limitaba a estudiar o trabajar; todas asumían las tareas del hogar, el cuidado de familiares —que en el caso de las madres absorbía la mayor parte del día— y, además, gestionaban algún emprendimiento propio. Una muestra clara de cómo, en el contexto socioeconómico venezolano, un solo ingreso ha dejado de ser suficiente para subsistir. 

A esa sobrecarga, muchas veces se le suma la renuncia cotidiana de la cuidadora. Marian, educadora de 54 años de edad, conmovida por la actividad, compartió cómo muchas veces dejó de desayunar para que sus niñas, al despertarse, pudieran hacerlo. 

Frente a esta realidad vivida por las asistentes, Eliannys Vidosa, coordinadora de la iniciativa Juntas, expresa que “las mujeres siempre han sido muy conscientes de sus realidades, aunque quizás no tanto de los entornos que las rodean y estructuran. Muchas reconocen el trabajo que realizan, las horas que dedican y las dificultades que enfrentan”.

Construcción de redes para el cambio

Pero no basta con reconocerlo. En un contexto de crisis económica como el actual, y con tantas barreras estructurales, ¿cómo pueden las mujeres romper ese ciclo de violencia y dependencia? 

Las reflexiones de las asistentes tomaron dos vertientes. Por un lado, las más jóvenes hablaron sobre la importancia de la participación política de la mujer para que exista un verdadero cambio en las políticas públicas para una deconstrucción estructural, y por otro, las madres de mediana edad coincidieron en comenzar a priorizarse a sí mismas por encima de la sobrecarga del cuidado doméstico. 

Ambas visiones son dos caras de la misma moneda: la autonomía femenina y la redistribución de la carga.  

Al respecto, la ponente concluyó que para alcanzar la autonomía económica hay que trabajar en red: “Siempre va a haber otra mujer al lado dispuesta a apoyar. Romper este ciclo parte de reconocernos a nosotras mismas, reconocer nuestros liderazgos y los de las mujeres a nuestro alrededor. A partir de allí podemos organizarnos y crear redes de apoyo que impulsen soluciones para lograr sociedades más inclusivas, justas y sostenibles”. 

Históricamente se ha vendido el discurso de la independencia como un logro individual y esto demuestra que el primer paso para lograr la autonomía es entender que es un esfuerzo colectivo para crear redes de contención, tanto en el ámbito privado como en el público, que impulsen un verdadero cambio social.