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En la ULA, son las estudiantes quienes están poniendo la violencia de género en la agenda

Activistas e investigadoras en materia de violencia basada en género temen que fenómenos sociales como este continúen siendo relegados aún en una posible transición. Coinciden en que un campo de batalla clave es el comunicacional, por lo que hacen propuestas para combatir la violencia contra las mujeres desde espacios aadémicos como la ULA y desde los medios de comunicación

“He presenciado cómo, al tocar temas de acoso en la facultad, algunos representantes profesorales justifican al agresor y minimizan el testimonio de la denunciante”, cuenta Diomary Escalante, estudiante de Comunicación Social y representante estudiantil ante el Consejo de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Los Andes (ULA), en Mérida. La frase no describe un hecho aislado, sino una resistencia cultural e institucional que, según cuenta, sigue viva dentro del campus cada vez que se denuncia acoso o violencia.

La situación genera una indignación en parte de la comunidad estudiantil, y en este sentido los liderazgos estudiantiles han discutido sobre la necesidad de una formación obligatoria en perspectiva de género y derechos humanos en todos los ámbitos universitarios, para que la ULA sea, de verdad, un espacio seguro para estudiantes, profesoras y trabajadoras.

Un patrón que se repite fuera del campus

Lo que ocurre en los pasillos de la ULA no está desconectado del país. Mientras la opinión pública se concentra en la reorganización institucional de Venezuela, la violencia basada en género (VBG) queda al margen de la agenda nacional. La escasa formación en la materia y la ausencia de cifras oficiales le abren paso, además, a la desinformación.

El informe Venezuela después del 3 de enero: tres miradas para pensar lo público, de la Fundación Botín, advierte que una posible fase de transición obliga a repensar las prioridades del Estado y la reconstrucción del tejido democrático. Para la criminóloga y activista de derechos humanos Antonella Guerrero, la VBG es uno de los fenómenos que ya venía relegado por la crisis humanitaria y que corre el riesgo de seguir postergándose bajo la lógica de atender “lo urgente” sobre “lo importante”. El debate público, dice, suele polarizarse entre gobernabilidad y economía, dejando espacio a discursos de odio, revictimización y sesgos machistas.

Guerrero apunta directamente al tratamiento mediático: las noticias sensacionalistas y el manejo irresponsable de los relatos funcionan como un freno para las víctimas, alimentan el subregistro de casos y refuerzan la percepción de impunidad. A falta de estadísticas oficiales, un dato muy citado es el de la organización Utopix, que registró un femicidio consumado cada 57 horas durante 2025. Contar con cifras precisas, insiste la criminóloga, permitiría diseñar políticas públicas reales de prevención e intervención. Reclama además que la sensibilización en perspectiva de género deje de ser optativa en la formación de las y los comunicadores sociales.

El liderazgo estudiantil marca la agenda dentro de la ULA

Es justo ese vacío el que Escalante y sus compañeras buscan llenar desde dentro. Aunque reconoce que la ULA es históricamente un bastión de defensa democrática, la estudiante insiste en que eso no basta: hace falta incorporar materias obligatorias que conecten al estudiantado, de forma crítica, con las realidades más vulnerables de la región andina.

Su propuesta tiene un blanco concreto: el Departamento de Comunicación Social. Considera que este debe asumir un enfoque de derechos humanos riguroso, que forme profesionales capaces de ofrecer información veraz y educativa, y que le dé a la ciudadanía herramientas reales para tomar decisiones. Junto a sus compañeras de clase, ha discutido que las aulas deberían convertirse en laboratorios de verificación de datos, para que las narrativas engañosas externas no terminen dictando la cobertura informativa.

La investigación respalda lo que piden las estudiantes

Lo que Escalante plantea desde el activismo estudiantil coincide, en gran medida, con lo que sostiene la investigación académica. Nilsa Gulfo, periodista e investigadora del Observatorio Venezolano de Violencia con diez años estudiando el fenómeno, considera que la respuesta de la academia no puede limitarse a iniciativas aisladas o coyunturales: instituciones como la ULA primero deben reconocer que la VBG es un problema recurrente dentro de sus propias estructuras, y luego aplicar una reestructuración pedagógica profunda.

Para Gulfo, la perspectiva de género debe ser un eje transversal —en los proyectos de servicio comunitario, en las tesis de grado, en las asignaturas de periodismo—, de modo que el pensum funcione como un espacio de concientización donde se aprenda a identificar tempranamente los factores de riesgo. “Preservar la vida y la dignidad de una mujer es defender los derechos humanos en su dimensión más pura”, resume.

Sobre el ejercicio periodístico regional, es igual de directa: el mayor vicio al informar sobre violencia de género es la falta de investigación y de empatía, lo que deriva en notas superficiales o revictimizantes, tratadas como simples crónicas rojas. “Hace falta preparación en la terminología y en la contextualización para que la narrativa sea de calidad. Muchas veces los medios normalizan el tema y lo tratan únicamente como un suceso”, advierte.

La hoja de ruta de las nuevas comunicadoras

Frente a ese ecosistema mediático de coberturas planas y homogéneas, Escalante ve una oportunidad para su generación: narrar con enfoques más humanos y creativos. “En lugar de repetir las mismas voces, podemos diversificar las fuentes y consultar a mujeres especialistas, madres, amas de casa y lideresas comunitarias para reflejar el impacto diferenciador de la crisis”, plantea. “Tenemos el poder de contar historias que se posicionen en la agenda pública nacional y fortalezcan la democracia desde la región andina”.

Para la joven, ese ejercicio profesional debe sostenerse en alianzas y en sororidad gremial. Propone consolidar redes de trabajo entre estudiantes activas y periodistas egresadas de la ULA, que generen espacios de apoyo, mentoría y oportunidades laborales comprometidas con el rigor y la veracidad.

Mientras el país negocia su transición institucional, es el liderazgo estudiantil de la ULA el que insiste en que esa reconstrucción también se escriba con perspectiva de género, sin esperar a que la agenda nacional le haga espacio.

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Más allá de la próxima comida: El derecho innegable de las niñas a soñar con el futuro

En las comunidades donde la subsistencia diaria es una prueba de resistencia y cuesta ver más allá de lo cotidiano, preguntar a una niña o adolescente qué quiere ser de grande no suele encontrar respuestas como “estudiar una carrera universitaria” o “trabajar en una oficina corporativa”; no cuando la incertidumbre es cuál será la siguiente comida.

La pobreza estructural, la falta de referentes, la desigualdad de género y la inestabilidad socioeconómica actúan como inhibidores de expectativas, que acaban con la imaginación y borran cualquier proyecto de vida a largo plazo. Es el resultado de un sistema que aparta el futuro para enfocarse en el presente más inmediato.

Desde el estado Anzoátegui, sin embargo, una asociación civil trabaja para tratar de rescatar esa “chispa”, para que niñas y adolescentes se convenzan de que tienen derecho a anhelar más, y que tienen la capacidad de lograr lo que se propongan. 

La trampa de la supervivencia: cuando el presente acaba con el mañana

El primer gran obstáculo que frena la proyección de las jóvenes en contextos desfavorables es la urgencia de la subsistencia. Cuando el entorno familiar está marcado por la precariedad material, los recursos emocionales de una niña se enfocan directamente en las carencias básicas. Esto no solo limita el desarrollo práctico, sino que impacta profundamente en su mente.

Así lo explica Sandra Briceño, presidenta de la Fundación ConValores —creada en 2011 bajo el lema educar para al vida— tras la experiencia que han acumulado en los últimos años al trabajar de cerca con niñas y adolescentes de la Casa Hogar San José, ubicada en Barcelona estado Anzoátegui. 

“Cuando una niña o adolescente ha crecido en entornos vulnerables o de desprotección, sus recursos emocionales y cognitivos están enfocados en el día a día. A esto se suma la creencia de que su realidad actual o las historias de su entorno inmediato dictan el techo de su destino”, advierte. 

Briceño agrega que a muchas de ellas les faltan herramientas para manejar sus emociones, “lo que genera un temor profundo al fracaso y la idea de que ‘soñar en grande no es para ellas’. Romper la inmediatez para empezar a mirar el futuro requiere, primero que nada, restaurar la certeza de que son valiosas y merecedoras de oportunidades”.

En el ámbito de la salud esta dinámica se conoce como desesperanza aprendida o pobreza mental. Al respecto, la psicóloga egresada de la Universidad Arturo Michelena, Louisiana Rodríguez, explica que en estos contextos existe “una deficiencia, una desesperanza, esa resignación y sobre todo el creerme poco o mucho por un valor material”. 

Advierte que la escasez material mal gestionada en el núcleo familiar, combinada con la falta de educación emocional, determina la manera en que las y los jóvenes perciben su propio valor y sus posibilidades de desarrollo frente al resto de la sociedad.

Cuidado temprano y roles impuestos: el costo de asumir responsabilidades adultas

A esta realidad se suma que la desigualdad de género se manifiesta de forma temprana en los hogares vulnerables, donde las niñas asumen roles de cuidado y apoyo emocional que corresponden a los adultos. Este cambio de funciones altera drásticamente las etapas del desarrollo. 

Rodríguez detalla que “las responsabilidades de cuidado temprano, y los estilos de crianza en familia donde el hijo es consejero de mamá o la hija acompaña a mamá o papá a que la pasen bien o mal, es el estilo donde el niño aprende a que su valor es por todo lo que le da a los demás. Esto hace que de adulto mida su valor por su capacidad de dar”.

Añade que este patrón de conducta convierte a la niña en un sostén emocional a temprana edad, eliminando su derecho a pasar por las etapas de crecimiento desde la seguridad y el juego. Al volverse adultas, cargan con una incapacidad crónica para poner límites, quedándose en relaciones de abuso o resignándose a situaciones de precariedad afectiva y laboral porque aprendieron tempranamente que “aguantar” es la única vía para recibir afecto.

La ausencia de referentes y el impacto en la identidad

No se puede desear lo que no se conoce. En los barrios y comunidades vulnerables del país, la escasez de profesionales o de modelos de éxito académico limita profundamente la capacidad mental de las adolescentes. Si el entorno cotidiano solo ofrece ejemplos de economía informal o de resolución violenta de conflictos, la educación superior se percibe como algo inalcanzable.

Sobre este vacío de referentes, Sandra Briceño de la Fundación ConValores argumenta que “la ausencia de referentes profesionales cercanos genera una brecha en la imaginación de posibilidades, si en su entorno cotidiano los únicos roles visibles están vinculados a la informalidad, estudiar una carrera o crear un emprendimiento lo pueden ver como innecesario o imposible”. 

Sobre la inestabilidad económica, explica que la urgencia de generar ingresos a corto plazo suele sobrepasar los planes educativos a largo plazo: “Por eso, mostrarles modelos de vida distintos y conectarlas con profesionales que compartan sus historias es clave para que entiendan que ese camino también es posible para ellas”.

La psicóloga Louisiana coincide y destaca que el entorno familiar y comunitario impacta de manera directa en la construcción de la identidad y de las vivencias internas que frenan su desarrollo.

“Cuando vamos creciendo queremos cosas diferentes pero tenemos una voz interna que dice ‘no voy a poder por más que lo quiera hacer’… ¿Quién me enseñó a mí a fracasar antes de intentarlo, dónde aprendí que si no lo hacía excelente, no había hecho nada, dónde aprendí que no era suficiente? Mayormente esos conceptos los vi en mi entorno escolar, comunitario o familiar”, revela.

El costo global de apagar los sueños: datos que exigen un cambio

La falta de expectativas profesionales en las niñas no es un caso aislado o una anécdota local, representa una crisis estructural con repercusiones devastadoras. Organismos internacionales han documentado cómo el abandono educativo de las niñas contribuye a la pobreza global.

A nivel mundial, las estadísticas recopiladas por ONU Mujeres señalan que más de 119 millones de niñas siguen sin asistir a la escuela, enfrentándose a barreras sistémicas que van desde la falta de infraestructura escolar segura hasta la discriminación de género. Los informes globales respaldados por agencias de la ONU recuerdan que la falta de oportunidades educativas para las mujeres representa una pérdida billonaria para las economías mundiales, de hecho, los análisis de desarrollo señalan que “por cada dólar invertido en la educación de una niña, la economía global crece tres”.

Por el contrario, la permanencia en el sistema educativo actúa como el método más eficaz contra la vulnerabilidad. El poder económico de cada año escolar demuestra que un solo año adicional de enseñanza secundaria puede aumentar los futuros ingresos de una niña en la edad adulta en hasta un 20 %. A la vez, existe una relación directa con el matrimonio infantil: por cada año adicional que una niña logra permanecer en la escuela secundaria, la probabilidad de que se case o se una tempranamente en la infancia disminuye en un 6 %. La escuela, por lo tanto, no es solo un espacio para transmitir conocimientos, sino el principal escudo protector del plan de vida femenino.

Reconstruir el futuro: estrategias comunitarias y resiliencia

Frente al panorama de la desesperanza, la intervención institucional enfocada en el afecto, la estructura y el empoderamiento emocional demuestra que es posible encender la chispa de la ambición académica en la infancia vulnerable.

Al respecto, Sandra Briceño detalla cómo en Convalores trabajan desde el afecto, el acompañamiento y “la educación basada en valores e inteligencia emocional. No llegamos con respuestas impuestas, sino a construir puentes. A través de dinámicas de juego, arte, talleres de liderazgo, herramientas pedagógicas y jornadas de atención integral, creamos un espacio seguro donde se sienten escuchadas y respetadas”. 

Su enfoque se concentra en dos pilares esenciales: autoestima y propósito. Les brindamos herramientas de comunicación asertiva y resolución de problemas para que reconozcan sus fortalezas internas. Cuando una niña descubre que su voz importa y que sus talentos tienen valor, empieza de forma natural a proyectar un futuro diferente”.

La especialista Louisiana Rodríguez indica que, para fomentar la resiliencia, el trabajo debe centrarse en el autoconocimiento profundo y en la estructuración de la cotidianidad: “No voy a tener una visión al futuro óptima o saludable para mí si no me conozco… fomentar el autoconocimiento es importante porque la mayoría de los pacientes cuando van al psicólogo ni siquiera conocen cómo son sus crisis… Un adolescente tiene que tener horario, rutina, hacer deporte, actividades donde explote su potencial y  tiene que educarse mucho sobre sí mismo para que se logre ubicar”.

La efectividad de este enfoque se comprueba en el ámbito práctico. Sandra Briceño contó sobre las jornadas en las que han invitado a la Casa Hogar San José a mujeres profesionales y voluntarias para que compartan sus testimonios de vida con las niñas.

“En una de esas actividades, al finalizar las dinámicas, una de las niñas se me acercó y me dijo que antes pensaba que al salir de la Casa Hogar solo podría aspirar a trabajos informales, pero que al escuchar a las ponentes entendió que ella también podía estudiar y ser líder. Ver cómo pasa de la duda a decir con firmeza ‘yo quiero ser profesional’ o ‘yo quiero tener mi propio proyecto’ es la confirmación de que la chispa se encendió. Esos instantes hacen que cada esfuerzo valga la pena”, dice.

Garantizar que las niñas y adolescentes de sectores vulnerables puedan soñar con una profesión no es un acto de caridad, sino una exigencia de justicia social y derechos humanos. 

Romper los patrones de la pobreza estructural y de la desigualdad de género exige eliminar la urgencia de la supervivencia cotidiana mediante redes de apoyo, estabilidad socioeconómica y programas de salud mental y liderazgo. Solo cuando la sociedad sea capaz de ofrecerles entornos seguros, referentes cercanos y la certeza de que su voz importa, el futuro dejará de ser un privilegio inaccesible para convertirse en una realidad conseguida.