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Mujeres en la política venezolana: las pioneras que abrieron el camino

La lucha de las mujeres venezolanas por lograr una representación paritaria en los cargos públicos ha ido teniendo sus conquistas graduales a lo largo de la historia. Un proceso en el que diferentes dirigentes marcaron hitos al ser las primeras en postularse y ganar, lo que ha despejado el camino para muchas otras hasta la actualidad

El rol de las mujeres en la política venezolana parece haber estado siempre tras las sombras. Un ejemplo de esto fue la lucha para democratizar al país a principios del siglo XX. La famosa generación del 28, que contó con varios de los líderes políticos que luego dirigían la nación, tuvo entre sus filas a muchas jóvenes activistas que, al igual que ellos, agitaron las calles y sufrieron la represión del gobierno de Juan Vicente Gómez. Sin embargo, tras la muerte del dictador en 1936, siguieron sin ver materializados los derechos por los que habían luchado, en un país que presumía encaminarse hacia la modernidad.

Fue muy largo el camino para salir de las sombras, y que tuvo su primer faro en el movimiento sufragista que logró, en 1946, que las mujeres tuvieran el mismo derecho al voto y a aspirar a cargos públicos, como ciudadanas plenas. Allí también marcaron su primer hito, con la elección de la Asamblea Constituyente de ese año. De acuerdo con la Revista Venezolana de Estudios de la Mujer, de 160 diputados, 21 fueron mujeres (13 principales y ocho suplentes). Era la primera vez que las mujeres accedían, por el mismo voto que habían conquistado, a un espacio de representación popular

Pero la magia no duró mucho. Para el Congreso de 1948, apenas resultaron electas 4 mujeres: 2 diputadas y 2 senadoras, entre ellas la escritora Mercedes Carvajal de Arocha, mejor conocida como Lucila Palacios. Desde entonces, a pesar de ser el 50,5 % de la población actual de Venezuela de acuerdo con el Banco Mundial, la lucha de las mujeres por tener mayor representación en los espacios políticos venezolanos continúa. Por ejemplo, la Asamblea Nacional electa en 2015 tuvo solo un 19,8 % de diputadas, mientras que la de 2020 cuenta con 33,57 % aún lejano de la realidad demográfica.

Desconocidas

Mujeres en la política venezolana: Lucila Palacios
Mercedes Carvajal de Arocha, conocida como Lucila Palacios. Foto: cortesía

Otro factor que ha marcado el camino de las mujeres en la política venezolana ha sido la falta de registros que den testimonio de sus luchas. Este desconocimiento no solo se ve al momento de buscar información sobre dirigentes políticas destacadas del siglo XX, sino también en el propio discurso actual. 

Si bien durante el gobierno de Hugo Chávez el número de mujeres en cargos públicos aumentó respecto a gobiernos anteriores, no fue por su acción directa. Ha sido el resultado de un proceso gradual y paulatino, el cual ha tenido muchas protagonistas que la historia parece empeñada en enterrar.

Política en femenino

Mujeres en la política venezolana: Dori Parra de Orellana
Dori Parra de Orellana, primera mujer gobernadora en la historia de Venezuela. Foto: cortesía

Incluso para los cargos por designación el camino de las funcionarias públicas fue lento. No fue hasta el gobierno de Raúl Leoni que se nombró en 1968 a Aura Celina Casanova como ministra de Fomento, siendo la primera mujer en la historia del país en formar parte del gabinete ejecutivo

Antes de 1989, los gobernadores también eran elegidos por el presidente de la República. En ese periodo solo figuran los casos de Dori Parra de Orellana, designada en 1975 gobernadora del estado Lara (también una de las primeras mujeres diputadas de la República), y Luisa Teresa Pacheco, en 1984, como gobernadora de Táchira. Tras la descentralización, en 1993, Lolita Aniyar de Castro se convirtió en la primera mujer electa gobernadora en Venezuela, en el estado Zulia. 

Ya para principios de los años noventa, la Gran Caracas contaba con una imagen predominantemente femenina. Ya en 1989, Gloria Lizárraga de Capriles se había convertido en la primera alcaldesa de Baruta, y posteriormente, siguieron su ejemplo Irene Sáez en Chacao y Mercedes Hernández de Silva en El Hatillo en 1993. Esto se mantuvo incluso a finales de la década, con el segundo gobierno de Sáez, además del ascenso de la actriz Ivonne Attas en Baruta y de Flora Aranguren en El Hatillo (un hito con la sucesión entre dos mujeres en un municipio).

Aunque esto apuntaba a una Venezuela futura con una mayor representación femenina, todavía era algo muy alejado de la realidad. Una nota de 1997 del diario español El País señala que para ese año, apenas un 6,5 % de los curules del entonces Congreso bicameral eran ocupados por mujeres. Un panorama peor en los consejos legislativos estadales, donde su participación era de 1,4 % y 3,6 % en los concejos municipales. Solo el Poder Judicial cubría la paridad del 50 % de mujeres funcionarias, con Cecilia Sosa a la cabeza de la Corte Suprema de Justicia.

Hacia la presidencia

Mujeres en la política venezolana: las pioneras que abrieron el camino
Campaña presidencial de Irene Sáez. Foto: cortesía

Venezuela ha sido gobernada históricamente por hombres. Incluso en democracia, pasaron muchos años antes de que una mujer pudiera aspirar a la presidencia. En 1988, 30 años después de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, fue cuando Ismenia de Villalba se convirtió en la primera candidata presidencial en la historia del país. 

Durante los años noventa, Rhona Ottolina y Carmen Rodríguez y González también se postularon en las elecciones de 1993, aunque no fue hasta la llegada de Irene Sáez en 1998 que las encuestas por primera vez asomaron la posibilidad de que una mujer llegara al Palacio de Miraflores. No ocurrió así, y en cambio las elecciones fueron ganadas por Hugo Chávez.

Las elecciones presidenciales de 2006 fueron peculiares por su gran número de candidatos. De los 14 aspirantes que llegaron al día de la votación, hubo cuatro mujeres: Venezuela Da Silva, del partido Nuevo Orden Social (NOS); Isbelia León, del movimiento Institución Fuerza y Paz (IFP); Judith Salazar, por Hijos de la Patria (HP); y Carolina Contreras, quien se postuló por iniciativa propia. También estuvo el caso de las candidatas Reina Sequera y María Bolívar, quienes compitieron no en una, sino en dos elecciones consecutivas simultáneamente, en 2012 y 2013.

Ninguna candidata ha logrado hasta la fecha superar el 5 % de votos en unas elecciones presidenciales venezolanas. El mejor desempeño en las urnas lo sigue teniendo Irene Sáez, quien quedó en tercer lugar con un 2,82 % (184.568 votos). Aun así, muy lejos del 70 % que proyectaba en las encuestas al inicio de su campaña. No obstante, con el nuevo protagonismo que han tomado dirigentes como Delcy Rodríguez desde el oficialismo, o María Corina Machado y Delsa Solórzano en la oposición, las condiciones están dadas para que esta situación pueda revertirse en un futuro cercano.

Este artículo, publicado originalmente el 18 de abril de 2024 en El Diario, fue hecho como parte de las Mentorías Editoriales del Semillero Violeta de la Red de Periodistas Venezolanas

Lisa Henrito

Las mujeres venezolanas sostienen los hogares… y también la mayor brecha salarial de la región

Aunque la jefatura femenina ocupa más de la mitad de los hogares venezolanos, la brecha salarial entre hombres y mujeres es de 36,7%, la más alta de la región. En el mes de la mujer, desde Redsonadoras impulsamos nuestro especial de marzo #RedsonamosJuntas en el que cada semana abriremos la conversación y hablaremos de un tema que atraviesa la vida de las mujeres. Empezamos hablando sobre dinero

Los datos estadísticos sirven para muchas cosas, entre ellas para dibujar un país. En el caso de Venezuela muestra un rasgo importante: 52% de los hogares dependen de una mujer (Encovi 2024). La paradoja es que este pilar económico que sostiene a más de la mitad de las familias es precisamente quien más vive en precariedad, debido a que el sistema las margina y castiga por sesgos de género, sobre todo por el peso del cuidado que le ha asignado la misma sociedad como obligación exclusiva

De acuerdo con un estudio realizado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el mercado laboral venezolano reflejó, en el año 2022, la diferencia en cuanto a remuneraciones laborales más amplia de la región entre hombres y mujeres. La inexistencia de políticas públicas efectivas, aunada a una crisis económica persistente, ha convertido la jefatura de la mujer en un factor de vulnerabilidad: 9 de cada 10 hogares encabezados por mujeres se encuentran hoy en situación de pobreza.

“La división sexista del trabajo establece para los hombres el rol de proveedores, de productores, del manejo de lo público, del liderazgo y de la autoridad, y se reservan las mejores remuneraciones. Para las mujeres siempre se consideró como un tema de apoyo, no como algo de lo que fueran a vivir”, expone Susana Reina, experta en recursos humanos y activista por los derechos de la mujer.

El sistema margina a las mujeres venezolanas que enfrentan la brecha salarial más alta de Latinoamérica, lo que convierte en una contradicción que sean el pilar económico del país. 

Según la encuesta Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi) 2024, casi 7 de cada 10 hogares en situación de pobreza están liderados por mujeres que no pueden insertarse en el mercado laboral por dedicarse al cuidado del hogar. Ante esto Susana Reina plantea que las mujeres son “pobres de tiempo”, ya que la misma estructura patriarcal reserva para las mujeres las labores de los cuidados.

“Cuando la mitad de la población está sufriendo los embates de una economía que no está diseñada para las situaciones que viven las mujeres, eso no puede ser sostenible en el largo plazo. Eso trae consecuencias de pobreza, más pobreza para las mujeres”, asevera la especialista, también directora de la ONG Feminismo INC. Puntualiza que “la mujer siempre está en situaciones de precariedad, con trabajos a medio tiempo, mal pagados o en la informalidad que a veces se disfraza de emprendimiento y de independencia”.

Pero esta no es una situación aislada; es una problemática global. Según el Foro Económico Mundial, para 2025 el índice de paridad de género alcanzó apenas 68,8%. Lo que quiere decir que sigue existiendo un abismal desbalance de condiciones, impulsado por la percepción errada del rol que juegan el hombre y la mujer en la sociedad. 

Venezuela como parte de esta realidad presenta matices de exclusión económica aún más alarmantes.

Techos de cristal y el laberinto del financiamiento

Las mujeres suelen encontrar barreras en el ámbito laboral, basadas en prejuicios y estereotipos de género. Incluso cuando la mujer quiere emprender formalmente se ve en desventaja ante sus pares.

Claudia Valladares, cofundadora y CEO de Impact Hub Caracas, denuncia que “las mujeres reciben una proporción mucho menor de financiamiento, especialmente capital de riesgo e inversiones formales, debido a estereotipos de género, sesgos inconscientes en los procesos de decisión, redes de inversión dominadas por hombres y estructuras de financiamiento que favorecen modelos tradicionales de emprendimiento masculinos”.

Pero la brecha no solo se manifiesta en el acceso a oportunidades, sino en la calidad de la remuneración. Según Encovi, aunque en algunas profesiones el sueldo base parezca equilibrado, la diferencia real se hace evidente al final del mes: en Venezuela los hombres perciben en promedio 36,7% más.

La disparidad salarial se agudiza en la cúspide de la pirámide corporativa. En cargos de dirección o gerencia, un hombre recibe 12,2 dólares más por hora que una mujer. Al respecto, Susana Reina señala que “cuando empiezas a sumarle bonificaciones por horas extras, por comisiones o por beneficios, en los hombres empieza a crecer mucho más esa compensación. Primero, porque están ubicados en posiciones que representan muchísimo poder y las mujeres en roles de recursos humanos, administración, contabilidad o apoyo logístico. Entonces, allí el esquema de incentivos y el pago por realizaciones extraordinarias, en el caso de estas posiciones, son muy bajos o inexistentes”.

Claudia Valladares sostiene que “sólo el 2% de mujeres son CEO de empresas en Venezuela y es un porcentaje que responde a barreras estructurales como menor acceso a redes de poder, roles tradicionales de género que dificultan la continuidad profesional, y sesgos (explícitos e implícitos) que limitan el ascenso a posiciones directivas”. 

Reina agrega que mientras el hombre es reforzado por su capacidad negociadora y visto como un “líder”, la mujer que intenta defender su salario suele ser etiquetada como “conflictiva”, lo que congela sus ingresos por años para “no caer mal” en el grupo. 

Isabel Bermúdez, psicóloga especialista en el manejo de finanzas, coincide en que existe una presión desmedida sobre el desempeño femenino: “Preferimos estar 100% listas para pedir un aumento salarial y sentimos que tenemos que demostrar cuatro o cinco veces más nuestro esfuerzo sobre el del hombre”.

La condena del sistema por ser mujer

A pesar de décadas de lucha por el reconocimiento de los derechos y las condiciones laborales de la mujer, todavía no basta el talento y la preparación para ascender en el ámbito laboral. Al contrario, se levanta un camino de obstáculos ante cada paso que dan, ya que el sistema penaliza factores biológicos y sociales, transformando la dedicación familiar en un estigma laboral. 

Reina plantea que las empresas aún premian el “presentismo”. “Quien puede estar hasta las 8 de la noche en una reunión importante es alguien que no siente que la casa es su responsabilidad; por lo general, los hombres”. 

Sumado a esto, a la mujer se le aplica socialmente el “castigo por maternidad” o muro maternal. Susana Reina advierte que “se considera que una mujer que ya tiene un hijo ya no está comprometida, que tiene que sacar tiempo del trabajo para su familia”. Explica también que la misma legislación laboral venezolana, que designa seis meses de permiso pre y postnatal, “se convirtió en la peor herramienta de soporte para las mujeres, ya que crea la percepción de que son un gasto para los empleadores”

El problema no es el permiso, sino cómo la estructura laboral asigna a las mujeres la responsabilidad principal del cuidado. Cuando el sistema laboral asume que el cuidado del hogar y de los hijos recae casi exclusivamente en las mujeres, la maternidad termina siendo vista como una limitación profesional. Sin políticas que fomenten la corresponsabilidad, este sesgo continúa influyendo en decisiones de contratación, ascenso y salario.

Para Claudia Valladares, el sistema produce una acumulación de ventajas para quienes ya ocupan posiciones de poder y desventajas para quienes no las han tenido históricamente: “En Venezuela la desigualdad se intensifica por la falta de transparencia salarial, escasa regulación y sesgos de género y de clase, escasa regulación y prácticas claras de igualdad de oportunidades”

Del sesgo estructural a la equidad 

Para cerrar la brecha de género no basta con reconocerla, es un esfuerzo que requiere una sinergia entre reformas legislativas y un compromiso real del ecosistema empresarial para implementar mecanismos que garanticen la paridad.

Susana Reina expone que debe haber una ley de paridad salarial y una ley de paridad y de cuotas de género en los espacios de poder. Y coincide con Valladares en una hoja de ruta que prioriza la equidad a través de: 

  • Transparencia salarial obligatoria y auditorías de equidad de género.
  • Incentivos fiscales para empresas que demuestren una reducción real de sus brechas.
  • Programas de apoyo financiero (microcréditos y fondos semilla) dirigidos específicamente a mujeres emprendedoras para romper las barreras de acceso al capital.
  • Sistemas de cuidado infantil y licencias equitativas, que permitan una inserción laboral y profesional plena sin que el peso del hogar recaiga solo en la mujer.

Pero no solo es trabajo del Estado; las empresas tienen la responsabilidad de implementar políticas internas. Sobre esto, Valladares puntualiza que deben:

  • Realizar diagnósticos internos de brecha salarial y publicar resultados.
  • Implementar procesos de reclutamiento, promoción y evaluación con sesgo mitigado.
  • Capacitar en liderazgo a mujeres y mandos medios.
  • Establecer metas claras de diversidad y objetivos vinculados al desempeño organizacional.
  • Fomentar cultura de corresponsabilidad de cuidados para equilibrar carga familiar y profesional.

Susana Reina explica al respecto que es imperativo formar al personal en la identificación y mitigación de sesgos de género. “En la toma de decisiones, los baremos no siempre son los mismos. He notado que a la mujer se le exige el doble o el triple de rendimiento. A los hombres se les contrata por su potencial; a las mujeres, por su cumplimiento de metas. No es una pelea igual”, sentencia.

Por otro lado, para Valladares el esfuerzo para cerrar la brecha debe ser transversal con acciones como:

  • Educación y capacitación temprana para promover carreras con equidad de género, especialmente en áreas técnicas y en ciencia (carreras STEM).
  • Programas de mentoría y patrocinio para desarrollar liderazgo femenino.
  • Cultura empresarial que valore el balance trabajo-vida.
  • Promoción de redes de inversión inclusivas donde mujeres inviertan en mujeres y apoyen emprendimientos diversos

“Para el sector privado, implementar políticas de igualdad permitiría retener un inmenso porcentaje de talento femenino que hoy abandona las empresas al no poder conciliar la vida laboral con la doble jornada doméstica, lo cual sería beneficioso para las empresas y la economía del país”, explica Reina.

Mientras, Valladares argumenta que “cerrar la brecha de género no es solo un tema ético sino estratégico, ya que las empresas se ven directamente beneficiadas al aumentar la diversidad de perspectivas en equipos, se potencia la innovación y se refuerza la reputación corporativa, lo que puede atraer clientes, inversionistas y talento diverso. Y sobre todo organizaciones con liderazgo diverso también tienden a tener mejor desempeño financiero y mayor resiliencia”. 

La equidad de género busca justicia para hombres y mujeres según sus condiciones. Actualmente, la brecha salarial responde a un sistema que ignora las realidades de cuidado y desarrollo de las mujeres. Sima Bahous, directora ejecutiva de ONU Mujeres, explica que “en los lugares donde se ha priorizado la igualdad de género, las economías y sociedades han avanzado enormemente”.

Copia de Plantillas blog Redsonadoras (1)

Los archivos de Epstein son públicos, pero aún ignoramos lo esencial: las voces de las víctimas

Los archivos del caso Epstein revelan un horror que no debería sorprender: las víctimas han hablado y denunciado desde 1996. En Venezuela, las voces de sobrevivientes también siguen sin espacio ni protección. Una historia lejana resuena aquí, porque la indiferencia ante la violencia es global

“Esta chica merece la verdad”. Cuatro voces entre más de mil mujeres que han dedicado décadas a buscar justicia en el caso de Jeffrey Epstein pronunciaron estas palabras ante millones de espectadores durante el Super Bowl. Cada una mostró fotos de su adolescencia, recordatorios de la vida que les fue arrebatada antes de ser engañadas, violadas y sometidas a explotación sexual. La frase es sencilla, pero desgarradora: sí, todas las personas merecen la verdad, y ahora mismo ellas merecen que el mundo entero se alinee para protegerlas y ayudarlas a entender lo que vivieron. 

Cada historia conocida es solo un fragmento, un pedazo de un rompecabezas que aún oculta lo que les ocurrió a quienes nunca pudieron hablar, sobrevivir o denunciar. Pero, ¿cómo podemos encontrar la verdad si nombrarla no es suficiente?

Cuando los Epstein Files salieron finalmente a la luz, la atención pública se volcó, una vez más, hacia los nombres famosos, las intrigas políticas y los detalles morbosos que rodearon la vida y la red de Jeffrey Epstein. Pero en medio del ruido mediático, lo más importante volvió a quedar relegado: los testimonios de las víctimas y sobrevivientes, muchos de ellos bajo juramento y respaldados por cientos de relatos similares que describían en detalle las violencias y la forma sistemática en que fueron cometidas. Ellas fueron quienes denunciaron durante años los abusos, quienes empujaron a las autoridades a investigar, quienes presionaron a la prensa y quienes cargan, todavía hoy, con las consecuencias más profundas del caso. 

Ellas son las únicas que realmente nos pueden dar descripciones acertadas de lo ocurrido y de su impacto, pero su voz está ahora al fondo de los documentos que el Departamento de Justicia publicó de la forma más confusa y revictimizante posible: exponiéndolas a ellas y no a quienes cometieron los delitos. 

Y con ello ciertas preguntas persisten: ¿qué ocurre con las voces de las víctimas? ¿Por qué necesitamos la divulgación de una investigación penal para entender que lo que ocurrió fue real? ¿Estamos realmente escuchándolas o seguimos encontrando maneras, conscientes o no, de silenciarlas? ¿Son el centro o las hemos convertido en ruido de fondo? Si no nos importa lo que las víctimas tienen para decir, ¿entonces qué importa?

Hoy hemos visto cómo sus exigencias han tomado una presencia en el conocimiento colectivo, pero las últimas tres décadas nos han dejado algo claro: nuestra voz sigue siendo, en los mejores casos, un sonido colateral. Gracias a ellas, y no gracias al FBI, el Departamento de Estado y los tribunales encargados, reconocemos al caso de Epstein como lo que es: una de las organizaciones de explotación y violencias sexuales más grandes de la historia moderna, sostenidas por sistemas judiciales y sociales que permitieron que estas prácticas se mantuvieran como secretos a voces desde 1996. 

El conocimiento público que hoy tenemos del caso de Jeffrey Epstein se debe, en gran medida, a la voz de Virginia Giuffre. Pero su denuncia no surgió en un vacío: implicó acusar tanto al enigmático financista estadounidense (cuya fortuna nunca ha sido completamente explicada) como al integrante de la familia real británica Prince Andrew Mountbatten-Windsor. Su historia de explotación sexual desde los 17 años es ampliamente conocida, pero no siempre dimensionamos lo decisivo que fue su acto de valentía: gracias a su testimonio se abrió un caso que, con el tiempo, revelaría más de mil víctimas.

Desde entonces, el caso ha atravesado distintas etapas desde su inicio en 2005: primero, la investigación en Palm Beach que derivó en un polémico acuerdo de no procesar cargos federales, resultado de penas risibles y evidentes protecciones judiciales que beneficiaron a Jeffrey Epstein y a quienes lo rodeaban. Décadas después, en 2019 fue arrestado de nuevo por cargos federales de tráfico sexual y murió ese mismo año mientras esperaba juicio. Su asociada, Ghislaine Maxwell, fue detenida en 2020, juzgada y condenada en 2021 a 20 años de prisión por su papel en reclutar y facilitar el abuso de menores.

La sucesión de hechos públicos y las críticas por la falta de transparencia llevaron a que, en 2025, el Congreso aprobara el Epstein Files Transparency Act, una ley destinada a hacer públicas las investigaciones y documentos asociados para que se supiera realmente qué sabía el sistema judicial y qué se había mantenido oculto.

Como tantas otras víctimas de violencia sexual a lo largo del tiempo, las sobrevivientes del caso se encontraron ante la misma maquinaria de desprotección y revictimización. Un sistema judicial que, lejos de garantizar justicia, suele minimizar denuncias fundadas y verificadas, y que incluso muestra un esfuerzo activo por proteger a los agresores, sus acciones y sus identidades

Al igual que innumerables mujeres antes, las sobrevivientes reclaman con la petición de publicar los archivos un tipo distinto de reparación: la transparencia pública y el conocimiento social de los crímenes, con la esperanza de que eso resulte en investigaciones que realmente señalen a los culpables y su rol. 

No es un fenómeno reciente. Las mujeres han hablado durante siglos sobre violencias cotidianas, abusos no tan privados y deshumanizaciones constantes, recurrentes y muchas veces inconscientes. En la era posterior al movimiento Me Too, contar lo vivido se ha vuelto una vía para buscar cierto nivel de reparación. A falta de todo lo demás, siempre queda la opción de decir: esto ocurrió, su impacto fue profundo y merecemos respuestas y consecuencias

Sin embargo, todavía sorprende cuando una mujer decide hablar, como si al hacerlo desafiara una regla no escrita de silencio pautado para la mitad de la población. Cuando las víctimas hablan, las seguimos considerando valientes, como si tener la capacidad de contar nuestras experiencias vividas no fuese uno de los fundamentos de la naturaleza humana. Para cualquier persona hablar es lo esperado; para las mujeres sigue siendo algo extraordinario. 

Las llamamos valientes porque las víctimas continúan enfrentándose a la desconfianza, a la sospecha permanente y a la actitud social que cuestiona por qué se atreven a denunciar, como si exigir investigación, reconocimiento y escucha fuese un gesto desmesurado o inapropiado. 

Las consecuencias de hablar públicamente van lejos, como una onda expansiva, que afecta a las víctimas y sus familias, círculos de amistades, trabajo y hasta en organizaciones feministas cuyos valores apuntan a la protección de mujeres, pero solamente si es algo que les conviene hacer. 

Nuestro cuerpo, y también nuestra voz y nuestras exigencias, siguen siendo un campo de batalla, donde casi todo vale por encima de lo que hemos vivido y lo que decidimos contar, aún en espacios que nos han dicho que son seguros. 

Con el lanzamiento de casi cuatro millones de archivos del caso de Jeffrey Epstein, las redes se han llenado de una atención casi morbosa que ha convertido el tema en un caldero de desinformación y de aparente confirmación de teorías conspirativas: relatos sobre élites omnipotentes que moverían, en secreto, las estructuras del mundo, y que irían tan lejos como a realizar rituales satánicos o incluso canibalizar recién nacidos. Miles de personas han dedicado horas a hurgar entre los documentos buscando retazos que validen sus peores pesadillas y concluyen, sin dudar, que estas teorías son reales. 

Nos importa más una interpretación fantasiosa de archivos confusos y crípticos que usar esa evidencia para confirmar lo que no es nuevo. Las sobrevivientes ya habían delineado un retrato claro de los responsables y sus acciones, depredadores sexuales cuyo impacto en la vida y la salud mental de sus víctimas fue devastador. La información ha estado allí desde la década de los noventa. ¿Por qué seguimos creando monstruos fantásticos donde lo que hay, en realidad, son hombres haciendo lo que han hecho por siglos, amparados por una sociedad que finge no saber? ¿Por qué fingimos sorpresa ante lo que siempre se supo, siempre fue evidente, siempre se habló?

En entrevistas recientes, varias víctimas han dicho sentirse reconfortadas por la atención renovada al caso, pero advierten que entre el ruido mediático se ha perdido lo más importante: ser escuchadas y reconocidas como personas, no solo como símbolos de horror. 

Por décadas, su mirada no se ha limitado a Jeffrey Epstein, sino que ha abarcado la red de depredadores que lo rodeaba y los sistemas que permitieron que estas violencias persistieran. La perversión real no requiere rituales imaginarios: se evidencia en los detalles más simples y crueles, como los videos que él filmaba de sus víctimas, forzándolas a sonreír mientras sus cuerpos y emociones eran sometidos a humillación y control constante. No nos queda sino imaginar sus rostros, cubiertos por rectángulos negros en los archivos, mientras Epstein las deshumanizaba con acciones grandes y pequeñas. 

Hemos visto esto no solo en uno de los peores casos de explotación sexual de la historia moderna, sino también en Venezuela, todos los días, en cientos de casos que llevan años en procesos judiciales interminables, que drenan a las sobrevivientes de dinero, dignidad y salud mental; en las decenas de cuentas anónimas creadas para contar historias que el sistema nunca quiso escuchar; y en las cientos de mujeres que se han acercado a sus amistades, familiares o la prensa buscando apoyo para compartir sus relatos, encontrando -en el mejor de los casos- personas a quienes han tenido que convencer arduamente del valor y urgencia de sus testimonios

Esto no es raro: según informes de organismos de derechos humanos, la falta de diligencia en procesos relacionados con la violencia de género en Venezuela es el primer obstáculo para el acceso a la justicia de las víctimas, reproduciendo un patrón de desprotección institucional. Sin embargo, la primera pregunta que se le hace a una víctima que ha decidido hablar sigue siendo: ¿Denunciaste? ¿Qué quieres lograr con esto? ¿Por qué quieres que hagamos algo al respecto?

En tanto desorden mediático y comunicacional, la prensa ha ocupado un rol central en la divulgación y el entendimiento de casos de violencias sexuales. La prensa siempre ha sido el lugar donde están las voces de las denuncias y exigencias que le hacemos al Estado, a las instituciones, al mundo. Mucho antes de que las redes explotaran con teorías conspirativas y desinformación, hubo periodistas que se negaron a dejar el caso en silencio. En particular, la periodista investigativa Julie K. Brown, del Miami Herald, desempeñó un papel decisivo: tras años de cobertura superficial y filtrada, ella dedicó meses de investigación para rastrear informes oficiales, entrevistar a sobrevivientes y reconstruir los mecanismos de protección que habían permitido que Epstein eludiera consecuencias reales durante tanto tiempo. Su serie de reportajes de 2018 titulados Perversion of Justice reabrió el caso en lo que muchos consideran el momento clave que llevó a su segundo y definitivo arresto en 2019 y a la presión pública sobre fiscales y autoridades judiciales para enfrentar los fallos del pasado.

A esto nos referimos cuando hablamos de responsabilidad colectiva: como sociedad, debemos activar los mecanismos necesarios para protegernos y proteger a quienes son más vulnerables. Quizás no siempre tengamos jueces dispuestos a velar por la verdad, pero sí podemos contar con periodistas comprometidas con investigar, corroborar y exponer las denuncias; con organizaciones que ofrezcan apoyo y contención en lugar de dudas y desinterés; y con cada una de nosotras que elige poner atención en lo que realmente importa. 

Mucho hemos escuchado la frase Créele a las mujeres, pero pocas veces comprendemos realmente lo que significa, y a menudo juzgamos el atrevimiento del eslogan. ¿Creerle a las mujeres? ¿Cómo? ¿Así como así?

La realidad es que esto significa, ante todo, escucharlas, y a partir de ahí, activar los miles de mecanismos que tenemos para documentar, investigar y encontrar la verdad de lo ocurrido. Estos mecanismos no son nuevos: los hemos usado durante décadas en distintas investigaciones, pero cuando se trata de mujeres o personas género diversas, parecen desaparecer; nadie parece saber cómo actuar frente a una historia de violencia. Y eso que contamos termina muchas veces en el olvido, como ruido de fondo, y las víctimas pagan el precio: exponiéndose cada vez más para que entendamos la gravedad de lo vivido, mendigando apoyo en espacios cuya única tarea es prestarlo. Todo esto revela algo profundo: mientras no nos hagamos responsables colectivamente, cada denuncia sigue siendo un acto de valentía que corre riesgo de desaparecer entre la indiferencia y la burocracia.

Hoy tenemos la oportunidad de decidir dónde concentrar nuestra mirada: ¿en las voces de quienes han encontrado la fuerza para contar lo vivido, en la rigurosidad de quienes nos muestran la verdad a través de extensas investigaciones, o en los retazos de información que provienen de las mismas instituciones que históricamente protegieron a los criminales? 

La respuesta define no solo cómo entendemos la justicia, sino qué tipo de sociedad queremos ser. 

Lo que hoy vemos en nuestros celulares, ese horror mediático convertido en entretenimiento macabro, no está separado de nuestra realidad cotidiana. Es también el día a día de miles de mujeres en Venezuela, donde la violencia de género sigue siendo omnipresente y el acceso a la justicia es profundamente insuficiente y la impunidad ronda cifras alarmantes. Nos mantenemos, como sociedad, apegadas al silencio o a la incredulidad, incluso frente a violencias severas que suceden en nuestros propios entornos, y muchas veces dentro de organizaciones dedicadas a documentar y denunciar estas agresiones. 

Cuando escucho a las sobrevivientes decir, con un sosiego que duele y sosteniendo las imágenes de ellas mismas en una adolescencia truncada, que merecen saber la verdad, esa frase resuena en mí, porque muchas de nosotras las hemos pronunciado, esperando ayuda de una sociedad poco dispuesta a entender. 

Y aun así, seguimos hablando, incluso cuando la sordera es lo único que parece responder.

Cuidado (1)

Un patrón de abusos y violencia: las voces detrás del “fotonarcisista”

Una cuenta de Instagram, conocida como “fotonarcisista”, decidió exponer las acciones de un periodista venezolano: Iván Ernesto Reyes. En los testimonios se revela cómo se configuró un patrón de abusos y violencias denunciados por las mujeres, entre las que se encuentran la violencia psicológica, sexual y digital 

Un grupo de mujeres se unió para crear la cuenta de Instagram @fotonarcisista, un espacio donde comenzaron a visibilizar las experiencias de violencia emocional, digital y sexual que vivieron. En el perfil se encuentran 14 testimonios, nueve de ellos pertenecientes a periodistas.

En las entrevistas recopiladas para este artículo, las víctimas señalan a Iván Ernesto Reyes como el agresor. Reyes es un periodista venezolano conocido por haber trabajado en medios nacionales como Efecto Cocuyo y VivoPlay, además de colaborar con plataformas internacionales como DW, CNN, The Washington Post, Salud con Lupa, Cosecha Roja, The New Humanitarian y El Tiempo, entre otros.

Desde Redsonadoras se intentó establecer comunicación con Reyes para obtener su versión de los hechos, pero no se obtuvo respuesta.

Un hombre que parecía “encantador” 

Más allá de haber sido sobrevivientes del mismo agresor, estas mujeres comparten una percepción inicial similar: creían estar frente a un hombre que parecía haber sido “escrito por una mujer”. Lo percibían como alguien “encantador”, “inteligente”, “deconstruido”, “aliado feminista” y, sobre todo, “sensible”. Un hombre que parecía comprender cualquier emoción, por compleja que fuera.

Todas estas características se alinean al concepto de “hombre performativo”, un nuevo arquetipo de la masculinidad en la que ciertos hombres trabajan en su estética, parecen ser fan de la literatura escrita por mujeres e incluso de la poesía, suelen hablar de equidad o igualdad de género y se venden como “aliados” de luchas sociales. El término se ha convertido en tendencia en redes sociales y como reza un artículo de The New York Times: “Son hombres que intentan adaptarse a lo que creen que les gusta a las mujeres feministas”. 

Cuando Betty* conoció a Iván pensó –a primera vista– que era extraordinario y diferente a cualquier otro hombre que había conocido. “Validaba mis emociones, era cariñoso, cercano y parecía honesto. Tenía una respuesta serena ante mis dudas y jamás me hizo sentir mal cuando me mostraba insegura”, contó. 

Se conocieron en uno de sus viajes de trabajo por Venezuela, a finales de 2024. Describe su conexión como “instantánea” y, casi de inmediato, generó una especie de apego hacia él. Se encargaba de hacerla sentir como “la única” en su vida y que estaban hechos el uno para el otro. 

La llenó de tantas atenciones que Betty pensó que era difícil que tuviera otros vínculos similares. Pero la realidad cambió cuando otras mujeres que sostuvieron algún vínculo con él, la contactaron. 

Betty afirma que después de conocer otras historias de cómo esta persona usaba información para manipularla, entendió que “No hubo errores de su parte. Fueron actos calculados y una estrategia que se repitió al pie de la letra con todas”. 

Según la Organización de las Naciones Unidas para las Mujeres (ONU Mujeres), el abuso emocional es un patrón de comportamiento que utiliza palabras, acciones o gestos para controlar, manipular, humillar y disminuir la autoestima de otra persona. Este abuso no implica violencia física, pero incluye amenazas, intimidaciones, aislamiento, criticismo constante, chantaje emocional y otras tácticas destinadas a infundir miedo y dependencia.

Este patrón era constante en las relaciones que tejía este periodista. Luisa* lo conoció en el ámbito periodístico, en el año 2019 en Caracas. Salieron por unas tres semanas, después ella se dio cuenta de que salía con otra persona y detuvo ese vínculo. Sin embargo, continuaron como colegas, ya que escribían temas similares. 

La relación dio un giro en el 2024, cuando nuevamente comenzaron a salir y coincidió con un momento difícil de su vida: “Mi mamá tenía cáncer de pulmón y todo avanzó muy rápido. Al poco tiempo ella dejó de hablar y de caminar. Él me decía que estaba dispuesto a quedarse y que quería estar para mí”. 

“El primer mes fue buenísimo, después mi mamá enfermó, murió y, por supuesto, me sentía muy vulnerable. Él no estaba en el país y sentía que todo (la relación ) era muy raro. A pesar de esto, él me decía que yo me sentía así porque mi mamá había muerto. Invalidaba mis emociones”, menciona. 

Sus ganas de terminar la relación la superaban, pero él buscaba mecanismos para detenerla apelando a sus emociones: “Me daba vueltas, me convencía y me dejó su gata. Gata que estaba en una condición de negligencia y abandono. Yo me hice cargo de todos los gastos porque él decía que no tenía trabajo, lo que después descubrí que era mentira”. 

En los testimonios vinculados con Reyes el patrón de la mentira se repite: mentía sobre su situación laboral, económica y sobre sí mismo. Luisa* lo corroboró cuando decidió hablar con él por última vez. Se vieron en Bogotá, ella había descubierto que tenía otras relaciones y que estaba a punto de irse a vivir con “su novia” de dos años. 

“Llevaba más de 12 horas continuas mintiéndome y me obligó a hablar sobre eso, me perseguía por todo el lugar, me abrazaba, no me dejaba tranquila”. En ese instante, Luisa se sintió vulnerada y desprotegida, él actuó y abusó sexualmente de ella. Después de eso, el cuerpo de Luisa se sentía cansado y ella experimentó una mezcla de emociones. Cuando él decidió irse del apartamento, ella le dijo que no quería saber más de él. “Le dije que era un monstruo”, cuenta Luisa y él le contestó: “Me alegra que por fin lo veas”. 

De 13 mujeres que mantuvieron un vínculo sexo-afectivo con Reyes, seis de ellas denuncian violencia sexual. De hecho, algunas afirman que fueron manipuladas para no usar preservativo, que hubo contagio de infecciones de transmisión sexual (ITS), como el Virus del Papiloma Humano (VPH). Tres de ellas se sintieron abusadas sexualmente por esta persona. 

Declaran que insistieron en el “no” y que él no respetó y las forzó a mantener encuentros íntimos. 

De acuerdo a la psicóloga y especialista en casos de violencia de género, Kika Martorell, la violencia sexual se trata de un acto intencionado de naturaleza sexual que es forzado en otra persona sin su consentimiento y puede incluir el uso de la fuerza física, la coerción e intimidación. 

Martorell explica que aquellas mujeres que son sobrevivientes de violencia sexual y deciden no denunciar ante instancias legales, ya están sufriendo un gran impacto psicológico: “debido a la violencia sufrida, presentan algunos síntomas como estrés postraumático, ansiedad, ataques de pánico, insomnio, entre otros. A esto se suma el miedo, la vergüenza, o el temor a que no le crean”. 

Añade que se puede enumerar una lista de las razones por las cuales las mujeres deciden no denunciar y entre ellas destaca: miedo a ser señalada, a ser juzgada, aunado a la inexistencia de un sistema de justicia que las proteja, y por el contrario, existe una alta impunidad en casos de violencia contra las mujeres, lo que se traduce en revictimización”. 

La psicóloga indica que en estos casos, es indispensable que las víctimas tengan algún tipo de validación emocional, ya que puede ser difícil lidiar con lo que significa ser una persona abusada de manera psicológica y sexual. 

“La validación emocional y el reconocimiento es primordial en estos casos porque le hace hacer sentir a la mujer que su palabra y la experiencia violenta es válida y real. La hace sentirse acompañada, que no está sola. Esto favorece a la recuperación de su integridad que fue lastimada y dañada producto de la violencia”, dice. 

E insiste en que: “Además de que el reconocimiento permite desculpabilizar a la persona víctima de violencia y pone la responsabilidad y culpa en quien la merece, el agresor, el victimario. La contención emocional que le puedan brindar en sus espacios más cercanos es importante”. 

Violencia digital 

Al igual que Luisa, Helena* también se sintió vulnerada y violentada por Reyes. Cuenta que se conocieron en el verano del año 2021 en Estados Unidos. Él recién estaba llegando al país y expresa que el inicio de su relación fue “intensa, tormentosa y me dejó profundas secuelas psicológicas de las que todavía estoy tratando de deshacerme”. 

Describe ese vínculo marcado por el abuso emocional y sexual. Al inicio, “parecía un hombre confiable”, se mostró disponible, dispuesto a escucharla y a entenderla e incluso se presentó como “un hombre feminista” que quería explorar la “no monogamia ética”, pero que después de un tiempo ella describe como “una máscara y una estrategia siniestra para manipular y confundir”. 

Sin embargo, lo que comenzó como “una relación abierta”, pronto se convirtió en un vínculo marcado por la manipulación. Helena recuerda que muchas ocasiones se sintió en la posición de pedir disculpas o humillarse para que “él la perdonara”. 

“Lloraba constantemente. Me sentía atrapada y al mismo tiempo que no era suficiente. Me comparaba constantemente con otras mujeres en su vida. A la vez, conforme yo iba avanzando profesionalmente -mientras él estaba un poco estancado- me cuestionaba mis logros, minando también ese aspecto de mi vida. La relación con él se sentía como una montaña rusa: un día estaba en la cima y al otro en el hueco más profundo”, reflexiona. 

Pero, el punto más abusivo de la relación, según Helena, llegó cuando en momentos de discusiones o peleas se alternaban con encuentros sexuales que en algunos momentos fueron violentos y no se respetaron los límites establecidos. Pese a esto, en los últimos meses de la relación, comenzaron a vivir juntos y durante ese tiempo, no aportó para la renta o ayudaba con los gastos, a pesar de tener trabajo, una acción que configura un patrón de violencia económica. 

Insistía que tenía que “reunir dinero” para regresar a Venezuela. Además, expresó que como Helena estaba en una “situación de privilegios” era injusto que él diera una contribución.

Otro tipo de violencia que se evidencia en los testimonios es la violencia digital. Tanto Helena como Luisa aseguran que Reyes tiene material íntimo de ambas que nunca quiso borrar, incluso, una de ellas afirma que grabó varios vídeos sin su consentimiento. Temen que pueda hacer algo con ese material. 

La Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia en Venezuela sanciona la violencia informática, la cual define como “Cualquier acto que use tecnologías de la información y comunicación para ejercer violencia psicológica, acoso, hostigamiento o violencia mediática contra una mujer”. 

La abogada Aslee Pirela, coordinadora de la Red de Mujeres en el estado Zulia, aclara que aunque la ley lo establece, dentro de los organismos del país aún existe un largo camino por recorrer, ya que no existen mecanismos que se consideren eficaces para respaldar a las mujeres en este tipo de denuncia. Aunque insiste que es importante seguir denunciando y visibilizando estos casos. 

Pirela también sostiene que al momento de denunciar, las mujeres tienen derecho a mantener la confidencialidad, pero en el caso de la legislación venezolana esto no siempre se cumple. Eso dificulta que las sobrevivientes acudan a las instancias correspondientes. Informa que en caso de violencia sexual, el proceso puede ser más difícil e incluso doloroso. 

“A pesar de los esfuerzos realizados para sensibilizar sobre el trato adecuado a las víctimas de violencia de género, estos han provenido principalmente de organizaciones de la sociedad civil. Es necesario capacitar a los funcionarios que reciben las denuncias, para que cuenten con los conocimientos necesarios y puedan brindar a las víctimas la información correcta, ya que muchos no comprenden la legislación venezolana que tipifica los delitos sexuales. A esto se suma que, con frecuencia, las personas que deciden denunciar experimentan una doble victimización. Esta comienza en el momento de la denuncia, se prolonga hasta la divulgación pública del caso —si es que esta ocurre— y, en muchas ocasiones, persiste a lo largo de todo el proceso judicial”, explica. 

Helena agrega que para ella ha sido un camino difícil salir de esa relación: “Darme cuenta de que, con el mismo libreto, le hizo daño a otras mujeres, ha sido difícil porque es como sentir los golpes una y otra vez. No sé si él tenga la capacidad de reconocer el daño que inflige en los demás, no creo. Espero que contar nuestra historia públicamente evite que otras caigan y que sirva de algún modo para que lo que me hizo, lo que nos hizo, no se lo lleve el viento”. 

Las historias de Betty, Luisa, Helena y más de una docena de mujeres revelan un patrón sostenido de manipulación, violencia emocional, sexual y digital ejercida por Reyes. Ellas decidieron romper el silencio y se unieron a una red de apoyo que trasciende más allá de una denuncia colectiva. La cuenta #fotonarcisista no solo se convierte en un archivo testimonial, también es un acto de resistencia colectiva en un contexto donde las instituciones y la sociedad siguen fallando. 

*Las identidades fueron cambiadas a petición de las víctimas. 

Portada #FN

#FotoNarcisista vuelve a abrir la conversación de la violencia de género a cuatro años del #YoTeCreoVzla

El lunes 27 de octubre una cuenta en Instagram volvió a abrir la conversación acerca de las violencias que experimentan las mujeres. La cuenta #FotoNarcisista expone los testimonios de 13 mujeres, nueve de ellas periodistas, y señala a un fotoperiodista venezolano sin mencionar el nombre. De las 13 personas que tuvieron un vínculo afectivo con esta persona, siete reportaron efectos “negativos severos” a su salud mental.

Hasta ahora la cuenta @fotonarcisista comparte ocho de 13 testimonios y más que las historias revelan un patrón de conducta con múltiples violencias: nueve de ellas denuncia violencia emocional y psicológica y tres denuncian abuso sexual. En uno de los post las víctimas expresan que: “Intentaron frenar el encuentro al sentirse maltratadas físicamente, pero su negativa no fue respetada y este persistió”.

Asimismo, cinco denuncian violencia psicológica por más de un año, seis reportan “violencia sexual, como manipulaciones para no usar preservativos, contagio de enfermedades de transmisión sexual, grabación de vídeos íntimos sin consentimiento, archivo de material íntimo con consentimiento revocado”. Y cinco reportaron aprovechamiento económico y laboral. 

Según la ONU, una de cada tres mujeres en el mundo ha sufrido violencia física o sexual en su vida. 

Un día después de la primera publicación, el martes 28 de octubre, las denunciantes informaron que la cuenta desde la cual se difundieron los testimonios fue bloqueada durante unos minutos, “aparentemente debido a denuncias”. “Creemos que esto no es casual: el silencio ha sido el mejor aliado para que el #FotoNarcisista pueda ejercer múltiples violencias contra muchas de nosotras”, sostuvieron en un mensaje difundido a la prensa.

La cuenta #FotoNarcisista volvió a publicar luego de esta breve interrupción y los posts sucesivos ampliaron el mensaje de lo que ha significado para ellas entrar de nuevo en una conversación que hace cuatro años removió cimientos a partir del movimiento #YoTeCreoVzla.

En abril de 2021, un río de denuncias se desparramó por las redes sociales con la etiqueta #YoTeCreoVzla Cientos de mujeres denunciaron a sus agresores por violencia de género, la conversación destapó una herida y también una conversación que había estado sepultada desde siempre. 

Durante semanas la conversación no se detuvo, testimonios aparecían y aparecían y en apenas ocho días la plataforma Yo Te Creo Venezuela registró 565 denuncias, de las cuales 86 personas pidieron ayuda psicológica. La mayoría de las historias señalaba a hombres del mundo de las artes, pero también de los medios de comunicación. 

Antes del #YoTeCreoVzla -en febrero de 2020- una redacción se solidarizó con una víctima de violencia de género y sentó un precedente: le creyó a la mujer que ponía la denuncia y además tomó acciones. “Una bomba en la redacción” levantó varios testimonios en ese momento, pero la viralidad del movimiento llegó un año después, casi como el #MeToo en Estados Unidos.

El 9 de febrero de 2020 el medio Cinco8 decidió hablar de lo que apenas empezaba a circular en redes sociales, la escritora Andrea Paola Hernández denunciaba a su primer novio por abuso emocional y psicológico, un editor de dicho medio.

“En muy poco tiempo pudimos ver que las denuncias se iban haciendo más y más graves y que eran muy consistentes entre sí (…) A nosotros nos estalló una bomba en nuestra minúscula sala de redacción de menos de diez personas. Había estado siempre ahí pero no la habíamos visto. La vimos porque una mujer habló, y porque la escuchamos”, reza una parte del editorial.

Este editorial sentó un precedente para el resto de los medios de comunicación venezolanos, le creyó a la víctima, lo expuso, y además echó de su equipo al agresor. La violencia de género en este gremio ha quedado plasmada en informes.

La investigación “Acoso sexual contra periodistas en Venezuela”, publicada en noviembre de 2021 y elaborada por la Red de Periodistas Venezolanas, entrevistó a 111 mujeres periodistas de todo el país, de diferentes edades, cargos y tipos de medios, el principal hallazgo fue que 45 % afirmó haber sufrido acoso sexual en el desempeño de su labor como periodista.

Pero la situación empeora para las fotorreporteras, en ese sentido, 100 % de las entrevistadas indicaron haber sufrido más de una situación de acoso, hostigamiento o agresión de carácter sexual en el ámbito laboral y, en la mayor parte de los casos, estas situaciones les ocurrían con frecuencia. 

Marcela* (identidad protegida) explica: “Precisamente porque las cosas han cambiado mucho desde 2021 es que decidimos usar otro tipo de estrategia. Creo que aprendimos acerca de la importancia de compartir nuestras experiencias, al mismo tiempo que nos protegemos. Venezuela es un país muy distinto al que tuvimos hace cuatro años, especialmente para periodistas y defensoras de derechos. Ya que la mayoría de las víctimas estamos de alguna u otra forma en situación de riesgo, decidimos que decir menos era decir más y una mejor manera de empezar una conversación que rápidamente se esparció en el gremio periodístico. En ese sentido nuestra intención era que fuese una funa comunitaria, no solo porque nosotras somos ocho personas en la organización, sino porque necesitábamos que nuestra comunidad y gremio nos ayudara a decir lo que nosotras no necesariamente podíamos”.

Algunos de los testimonios que narran parte de estas historias y protegen sus identidades revelan patrones de abuso y violencia de diferentes tipos.

Helena: “Destruyó mi autoestima y me alteró gravemente la percepción de la realidad”.

Marta: “Minimizó constantemente mis logros profesionales, haciéndome sentir insegura incluso al recibir un reconocimiento internacional”.

Vicky: “Mantuvo múltiples relaciones en paralelo sin yo saber, mientras formalizaba una relación conmigo”.

Betty: “Saber que era parte de un patrón de abuso emocional y que había tantas afectadas me destruyó. Hoy no soy capaz de creer en mi propio juicio”.  

La cuenta que recoge los testimonios de 13 mujeres una vez más pone la lupa en la violencia machista y se vale de las redes sociales para amplificar un mensaje que muestra: dolor, abusos y silencio. Entre las demandas que hacen las víctimas hay un foco importante: “Las periodistas venezolanas merecen vivir una vida personal y laboral sin violencias constantes”.

Marcela lo resume en una idea que muestra la complejidad en la cual se le exige a las víctimas, lo que nunca se le pide a un agresor: “Creo que las funas son valiosas porque nos obligan a enfrentar cosas con las cuales siempre miramos a otro lado. Es fundamental escuchar a las personas que están sobreviviendo distintos tipos de violencia en Venezuela, y eso incluye a quienes viven violencias psicológicas y sexuales. Sin embargo, no es una experiencia agradable, ni siquiera recomendada. Es realmente una pesadilla que la única forma de que nos escuchen sea a través de la exposición de historias bien delicadas. Con esta campaña quisimos garantizar nuestro bienestar a pesar de la exposición que conlleva hacer públicamente una denuncia de esa gravedad y complejidad”.

Informe acoso 2

#NiUnaMenos y los titulares que no queremos escribir

Génesis, Angely, Betzabé, Ninoska, Ana Cecilia. En cinco días, cinco titulares que repiten un dolor, una herida abierta e impune: el feminicidio como la expresión más extrema de la violencia de género con la que conviven las mujeres, las adolescentes y las niñas cada día, cada hora, cada minuto de sus vidas. Decimos y repetimos como un mantra #NiUnaMenos, pero cada vez es #UnaMás.

El conteo es una punzada diaria que nos quiebra como sociedad, y duele más al saber que solo estamos viendo los casos que llegan a la nota de sucesos en los medios de comunicación. Los familiares se ahogan en exigencias de justicia. Las autoridades van convirtiendo los casos en anécdotas, según se observa en las publicaciones de los entes oficiales con competencia en la materia: el Cicpc y el Ministerio Público, que relatan versiones imprecisas y muchas veces revictimizantes, tal como denunciaron familiares de Génesis Medina, quienes incluso tuvieron que desmentir con los resultados de la autopsia, una versión oficial que mencionaba que la joven estaba embarazada.

En el foro público, cada caso de femicidio es un espejo en el que no queremos vernos como sociedad. Los comentarios en el historial de publicaciones en redes sociales revelan que aún estamos lejos de comprender las raíces profundas y multifactoriales que hacen de los feminicidios una amenaza más letal para las mujeres que cualquier pandemia, virus o guerra.

Los femicidas cumplen con el perfil que las estadísticas ya nos han dibujado: la amenaza está en casa. La mayoría son sus parejas actuales o exparejas o sencillamente hombres cercanos que deciden tomar la vida de una mujer porque el sistema se los permite, porque “tu cuerpo es mío, tu decisión es mía”, porque decir “no quiero” es imposible. Porque quieren y porque pueden.

Los hombres pueden escalar en sus violencias porque el sistema no atiende las alertas. Porque las mujeres y las adolescentes que entran en una relación que se va tornando violenta, aunque hagan todo lo que dice el deber ser, en la realidad tienen que resolver por su cuenta. Las víctimas se van quedando sin alternativas, sin protección, sin mecanismos de denuncia, sin medidas reales que pongan límites a los femicidas.

Y aunque todas estamos a la corta distancia de un noviazgo, una relación de pareja, o incluso a un “no como respuesta” de que nuestro nombre aparezca en el nuevo titular, el mensaje social sigue reiterando que es nuestra culpa, que hicimos algo, que lo merecemos. Por decir que no o por decir que sí. Por denunciar o por callar. Por caminar solas, por ir a la playa o por salir a trabajar. Porque sí. Por ser mujer.

En Venezuela, solo entre la última quincena de julio y los siete primeros días de agosto la cuenta suma 12 mujeres víctimas de femicidio y al menos 61 mujeres más entre enero y mayo de 2025, según el monitoreo realizado por la organización Utopix, un dato que sigue siendo un subregistro, pero que arroja algo de luz dentro de la política de opacidad oficial instaurada por las autoridades gubernamentales, otro elemento que sirve de manto de oscuridad para minimizar la dimensión de los femicidios y hacerlos invisibles. Lo que no se cuenta no existe.

Pero como medios no podemos olvidar que las palabras construyen realidades y sabemos que este problema sí tiene nombre: feminicidio, femicidas, víctimas, sobrevivientes, justicia, impunidad, violencia de género. No hay pasión en el asesinato, no hay locura en el abuso, no hay celos en el maltrato, no hay arrebatos en el crimen.

Cinco días y fueron cinco menos. Sus nombres son más que un registro, más que un titular: son rostros, voces, historias, son el dolor de alguien:

Génesis Gabriela Medina Puertas, de 21 años, San Felipe, estado Yaracuy.

Ninoska Maryelis García Garrido, de 28 años, Puerto Ayacucho, estado Amazonas.

Betzabé Yulimar Díaz González, de 24 años, Mamporal, estado Miranda.

Angely Benavides, de 17 años, Puerto Ordaz, estado Bolívar.

Ana Cecilia Carreazo Briceño, de 18 años de edad, Boca de Uchire, estado Anzoátegui.

Nos duelen. Nos queremos vivas. #NiUnaMenos

Mujeres que salvan Ilustración La Nación 7

Mujeres que salvan mujeres: Una casa de segundas oportunidades (III)

En esta tercera entrega del seriado sonoro Mujeres que salvan mujeres, a través de la historia del Centro de acogida y capacitación La Esperanza conoceremos la voz de mujeres que trabajan en condiciones elevadas de riesgo y condiciones adversas para auxiliar y rescatar a víctimas y sobrevivientes se hace vital en el camino de sanar y superar las múltiples violencias que no cesan en medio del contexto migratorio 

La Esperanza es el nombre del Centro de Acogida y Capacitación de las Hermanas Oblatas en Medellín, Colombia, una congregación que hace más de siglo y medio acoge a mujeres prostituidas que eran excluidas y rechazadas en otras instituciones, les brindan formación en oficios diversos y acompañamiento psicosocial 

Para las Oblatas, la prostitución, la pornografía y las actividades en los estudios webcams no son trabajos, son la antesala de la trata de mujeres con fines de explotación sexual y están ligadas a la feminización de la pobreza y la desigualdad social creciente, postura que dicen compartir con la Relatora Especial sobre la violencia contra las mujeres y las niñas de la ONU, Reem Alsalem.

Entre la calidez que se respira en La Esperanza el trabajo en red es incansable. Natalia Marín, psicóloga del centro, documenta y atiende a las que tocan las puertas y que traen consigo secuelas emocionales, conductuales y psicológicas severas.

“Muchas presentan trastornos duales, muchas son obligadas a consumir sustancias psicoactivas o alcohol, lo que deriva en trastornos depresivos, de ansiedad e incluso psicóticos”. 

Las Oblatas también trabajan de la mano de voluntarias como Jeny, mujer afrocolombiana quien de adolescente fue víctima de explotación sexual, captada en la ciudad de Medellín y trasladada bajo engaño junto a otras adolescentes hasta el departamento del Meta, municipio rural de San Martín (zona de distensión de los paramilitares entre 1998 y 2002) donde fueron encerradas en cuartos bajo cadenas las 24 horas del día. 

Aquí puedes escuchar la historia de sus propias voces.

Mujeres que salvan Ilustración La Nación 2

Mujeres que salvan mujeres: El discurso de la dignidad: sobrevivir para contarla (I)

Ilustraciones: Ernesto Cáceres

En este seriado sonoro las protagonistas son las voces de valor y solidaridad que trabajan por y con las mujeres víctimas y sobrevivientes de trata de personas en el contexto migratorio venezolano. Estas historias narran cómo las redes de apoyo entre mujeres rescatan vidas y se convierten en plataforma para transformar y tender la mano a otras mujeres.

En este primer episodio conoceremos la historia de Claudia Quintero, quien se plantó en agosto de 2018, en el más alto estrado de la justicia en Colombia: la Corte Constitucional, para pronunciar en 13 minutos su emblemático Discurso de la Dignidad. Retumbaba entre la solemnidad de los magistrados, togas y rostros que mudaban de la circunspección al asombro.

El verbo de Claudia Quintero es poderoso y vehemente y es una de las caras más visibles de la lucha contra la explotación sexual y contra la prostitución en Colombia, defensora de la dignidad de niñas y mujeres colombianas y migrantes venezolanas.

Con una convicción inquebrantable dirige la Fundación Empodérame con el apoyo de voluntarias, incluyendo a mujeres sobrevivientes. Ha sido pionera en la lucha en las más altas cortes de Colombia para la defensa de las mujeres víctimas de explotación sexual y prostitución: ha ganado cantidad de casos ante la justicia, a favor de colombianas, venezolanas y otras nacionalidades. Su fundación apoya y rescata en promedio a unas 500 mujeres víctimas y sobrevivientes por año.

Portada salud menstrual

Sin acceso, sin educación, sin voz: la deuda con la salud menstrual en Venezuela

El 28 de mayo se conmemora el Día de la Salud Menstrual, una fecha establecida por la Organización de las Naciones Unidas para visibilizar las barreras estructurales que enfrentan millones de personas menstruantes que dificultan vivir de forma digna y segura la gestión menstrual


En Venezuela, menstruar sigue siendo un desafío marcado por la desigualdad. Lejos de ser solo un proceso biológico, la menstruación representa un reto mensual para millones de mujeres y personas menstruantes en el país, afectadas por la pobreza, la escasez de productos de gestión, la desinformación y los prejuicios sociales.

En el marco del Día de la Menstruación Digna, también conocido como Día de la Salud Menstrual —establecido por la ONU para visibilizar esta problemática—, se vuelve necesario subrayar las barreras estructurales que lo hacen difícil y así comprender en contextos de crisis compleja, como en Venezuela, la dimensión más amplia que recoge el término gestión menstrual, que abarca todas las herramientas e información que las mujeres y personas menstruantes deben tener a disposición para experimentar este proceso.

Pensar desde el concepto “gestión menstrual” marca diferencias con el concepto “higiene menstrual” porque mientras este refiere a un conjunto de prácticas y cuidados higiénicos de la menstruación, la gestión menstrual incluye aspectos como disponibilidad de productos (tampones, toallas sanitarias, copas menstruales y/o cualquier otro con la función de contener el sangrado); acceso a agua potable, instalaciones sanitarias, educación y salud menstrual libre de estigma y prejuicios. La gestión menstrual incorpora un enfoque socioeconómico, educativo, de garantía de derechos, acceso a oportunidades, sostenibilidad y gestión ambiental. 

Según el informe 2024 de la Red de Mujeres Constructoras de Paz, titulado “Mujeres que resisten: el alto precio de la desigualdad”, 34 % de las mujeres encuestadas en 16 estados del país ha tenido que ausentarse de su trabajo o estudios durante la menstruación. Las razones van desde la falta de recursos para adquirir productos menstruales, hasta el dolor físico o la carencia de condiciones básicas como agua potable.

En zonas del país donde la pobreza y la exclusión social son más marcadas, la gestión menstrual se vuelve aún más complicada. Marianicer Celina Figueroa Agreda, psicóloga, doctora en innovación educativa y educadora menstrual, advierte que el acceso a productos de gestión menstrual en estas comunidades es cada vez más limitado, lo que puede traer consecuencias “devastadoras”.

Muchas mujeres, ante la imposibilidad de adquirir productos adecuados, se ven obligadas a recurrir a métodos caseros durante su periodo. Figueroa, quien también dirige la Escuela de Bienestar Integrativo de la Mujer, cita un estudio de Acción Solidaria que revela el uso frecuente de materiales como “trapitos viejos, franelas, telas o sacos”. En contextos con escaso acceso al agua potable, mantener estos métodos en condiciones higiénicas adecuadas resulta casi imposible.

“Esto las expone a un sinfín de infecciones urinarias, vaginales, candidiasis”, señala Figueroa. La encuesta incluso documenta el uso de cartones de huevo por parte de algunas mujeres como método improvisado para contener el sangrado.

Más allá del impacto físico, las consecuencias emocionales y sociales también son profundas. “La situación afecta la autoestima y el bienestar emocional. Muchas niñas dejan de ir a la escuela durante su menstruación, y hay mujeres que se aíslan de entornos laborales y familiares”, advierte Figueroa.

El mismo estudio de Acción Solidaria, del año 2022, detalla que una de cada cuatro mujeres en Venezuela no cuenta nunca o solo algunas veces con toallas sanitarias desechables en su hogar. En el caso de otros productos menstruales, como toallas reutilizables, copas menstruales o tampones, la cifra es aún más alarmante: tres de cada cinco mujeres no tienen acceso regular a estos insumos.

La falta de información también representa una barrera importante. América Villegas, directora de la iniciativa Parir Por Placer, señala que hay muy poco conocimiento sobre productos como copas menstruales, pantis menstruales, discos o toallas reutilizables. “Tampoco es una información que esté masificada, y son productos que requieren aprendizaje para su uso”, explica.

Villegas cuenta que desde su organización elaboran toallas de tela para la venta, pero su aceptación aún es limitada. “No se venden mucho por los prejuicios. Algunas personas lo asocian con el pasado: ‘eso era lo que usaba mi abuela’, dicen. Se percibe como un retroceso, o como algo sin estatus simbólico”, añade.

Barreras políticas, sociales y culturales

La crisis económica, social y política que atraviesa Venezuela ha profundizado las desigualdades estructurales que afectan de manera particular a las mujeres y personas menstruantes. Así lo advierte Suzany González Zambrano, abogada y directora ejecutiva del Centro de Estudios de Derechos Sexuales y Reproductivos (CEDESEX).

“Existe un gran estigma asociado a la menstruación. Es un tema del que se habla poco, tanto en el ámbito formal —como las escuelas— como en la sociedad en general. Hablar de menstruación está casi prohibido. Incluso entregar un producto para la gestión menstrual puede ser visto como algo inapropiado o vergonzoso”, afirmó González.

La falta de educación científica e integral sobre la menstruación, sumada al silencio social y a los prejuicios culturales, limita seriamente el ejercicio del derecho a una salud menstrual digna, segura e informada.

“Hay demasiados mitos y creencias que atraviesan la menstruación. El desconocimiento impide que las personas menstruantes puedan gestionar su ciclo de forma adecuada y acceder plenamente a sus derechos”, sentenció. 

La menstruación sigue siendo un tema invisibilizado en Venezuela, incluso desde las instituciones del Estado. Así lo señala González Zambrano y advierte que este tema no forma parte de las prioridades políticas ni legislativas del país.

“La salud menstrual no está presente en el discurso político, no se incluye en las propuestas legislativas ni se discute en términos de políticas públicas. No se aborda desde un enfoque de derechos, y tampoco existen planes oficiales que garanticen el acceso a productos de gestión menstrual”, subraya González.

Aunque el Ministerio de Educación contempla algunos contenidos relacionados en su programa de educación integral de la sexualidad, González aclara que no se enseña de manera generalizada ni equitativa en todo el país. Esto contribuye a perpetuar la desinformación y el estigma.

“Este vacío alimenta un ambiente de absoluto silencio y fortalece las falsas creencias que rodean la menstruación. Es urgente sacar este tema de la oscuridad y garantizar el acceso a información certera, adecuada y libre de prejuicios”, afirmó.

González también enfatiza la importancia de hablar de menstruación desde edades tempranas. “No hay que esperar a la menarquia —la primera menstruación— para comenzar a informar a las niñas. La educación menstrual debe ser progresiva, respetuosa y adaptada a cada etapa del desarrollo”, dijo. 

Para América Villegas, de la iniciativa Parir con Placer, la forma en que la sociedad aborda la menstruación sigue profundamente influenciada por el patriarcado, que históricamente ha limitado a las mujeres a su rol reproductivo. Esta visión ha impedido que la menstruación se reconozca como una cuestión de derechos humanos y de equidad de género.

“La menstruación no es solo un proceso biológico o fisiológico, también es un tema social. Afecta el acceso a la educación, al trabajo y a la salud. Cuando hablamos de esto, hablamos de derechos sexuales y reproductivos. Todas las personas deberían poder vivir su menstruación con dignidad, acceder a los recursos necesarios para gestionarla, y entender lo que ocurre en sus cuerpos sin barreras ni discriminación”, señala Villegas.

También sostiene que se trata de un asunto de equidad de género, ya que es indispensable romper con los estigmas, desmontar estereotipos y promover políticas públicas que garanticen una educación adecuada y el acceso a productos menstruales que respondan a las necesidades de cada cuerpo.

Esta perspectiva es compartida por Marianicer Figueroa Agreda, psicóloga y educadora menstrual, quien afirma que la menstruación está íntimamente ligada a la dignidad humana y a la salud emocional.

“Los tabúes y el estigma en torno a la menstruación, la falta de acceso a productos adecuados, la carencia de instalaciones dignas para la gestión menstrual y la ausencia de programas educativos generan exclusión social, discriminación y vulneran derechos fundamentales como la educación y el trabajo”, advierte Figueroa.

Ambas expertas coinciden en que millones de mujeres y niñas enfrentan estas barreras mes a mes. Superarlas no es solo una cuestión de salud: es una deuda pendiente con la igualdad y la justicia social.

Iniciativas comunitarias buscan garantizar la salud menstrual en Venezuela

En medio de un contexto marcado por la precariedad económica y la falta de políticas públicas en materia de salud menstrual, diversas organizaciones feministas en Venezuela han asumido la tarea de visibilizar la problemática y brindar apoyo directo a las comunidades más vulnerables. Entre ellas destacan el Centro de Estudios de Derechos Sexuales y Reproductivos (CEDESEX), la iniciativa Parir por Placer y la colectiva Uquira.

Desde CEDESEX, su directora ejecutiva, Suzany González Zambrano, explica que han desarrollado iniciativas en comunidades de Caracas y Miranda, con presencia permanente, centradas en el acceso y la educación menstrual. “Trabajamos la salud menstrual desde un enfoque de derechos humanos. Abordamos la menstruación como un proceso natural, biológico y poderoso de los cuerpos de las mujeres, niñas y personas menstruantes”, señala.

En estas actividades, CEDESEX distribuye toallas sanitarias, copas menstruales y productos reutilizables acompañados de material educativo. Cada entrega está vinculada a procesos de sensibilización, donde se abordan los ciclos menstruales desde un enfoque científico e integral.

Por su parte, Parir por Placer ha desarrollado talleres comunitarios que abordan los ciclos menstruales y desmontan mitos alrededor del tema. También distribuyen productos de gestión menstrual y han diseñado la primera agenda menstrual del país, una herramienta pedagógica que permite rastrear el ciclo menstrual y educar sobre los cambios del cuerpo. Además, elaboran y comercializan toallas de tela reutilizables, lo que les permite autofinanciar donaciones a mujeres en situación de vulnerabilidad.

Otra organización que ha incorporado la salud menstrual en su agenda es Uquira, una colectiva feminista interseccional que trabaja especialmente con personas trans y no binarias, una población que enfrenta barreras aún mayores.

“No solo donamos kits menstruales; también ofrecemos espacios seguros donde estas personas pueden hablar de sus experiencias sin prejuicios”, explica Nohelia Urbina, integrante de la colectiva. Urbina advierte que la experiencia de menstruar en este contexto “puede ser muy dura” y representa una constante vulneración de los derechos sexuales y reproductivos, especialmente para hombres trans y personas no binarias.

“Si las mujeres cis enfrentan dificultades para acceder a productos de gestión menstrual o servicios de salud, las personas trans enfrentan aún más obstáculos: estigmas, desinformación y discriminación, lo que muchas veces las aleja del sistema de salud”, apunta.

Además, muchas de estas personas enfrentan el desempleo y la falta de ingresos como una barrera estructural. “Sin recursos económicos no es posible acceder de forma constante a productos adecuados. Esto incrementa el uso de alternativas inseguras como papel higiénico o paños, lo que eleva el riesgo de infecciones y complicaciones ginecológicas”, advierte.

En ausencia de políticas estatales efectivas, estas organizaciones sostienen con esfuerzo propio una red de apoyo que intenta responder a una necesidad básica: gestionar la menstruación con dignidad.

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Narrar Fronteras culminó con la publicación de cuatro investigaciones periodísticas

El programa Narrar Fronteras de la Red de Periodistas Venezolanas llegó a su fin con la publicación de cuatro investigaciones periodísticas, resultado de la formación de periodistas especializadas en temas fronterizos y de derechos humanos, con enfoque de género. 

A través de siete sesiones de formación, se abordó la cobertura de migración hasta la perspectiva de género con el foco puesto en la vida de las fronteras, además de abordar temas cruciales como el tráfico de personas, el acceso a derechos en zonas fronterizas y la seguridad integral para los y las periodistas que cubren estos contextos.

De las 40 personas interesadas en participar en el programa, 31 obtuvieron su certificado de participación tras cumplir con los requisitos del programa. Ocho de estas participantes, además, fueron beneficiadas con acompañamiento editorial para desarrollar proyectos periodísticos colaborativos, los cuales se centraron en temas cruciales sobre la realidad fronteriza.

Durante el proceso de formación, las participantes no solo adquirieron nuevas herramientas y conocimientos, sino que también formaron una comunidad comprometida que sigue creciendo. A través de la construcción de alianzas con otras organizaciones, se organizaron dos forochats adicionales para reforzar la interacción y el aprendizaje compartido, abordando temas como el storytelling creativo junto a La República TV y la seguridad digital para periodistas con RedesAyuda. 

Los cuatro trabajos periodísticos finales fueron:

“En Güiria la mar deja cicatrices: historias de las que se fueron y las que se quedaron”, un reportaje multimedia que narra las historias de migración forzada y tráfico de personas de mujeres que intentaban migrar desde Güiria, Venezuela, hacia Trinidad y Tobago. Las autoras, Nairobi Rodríguez y Danielly Rodríguez, se centraron en detalles de las vidas de Unyerlin, Dielimar y Fiannelys, tres venezolanas que desaparecieron en el mar, y la de sus familias, que siguen imaginando cómo sería la vida con ellas.

“Enfermedades de transmisión sexual: asesinas silenciosas en el territorio wayuu”, este podcast producido por Ana Karolina Mendoza y Sailyn Fernández profundiza en la problemática de las enfermedades de transmisión sexual entre las comunidades wayuu, y cómo la desinformación, el temor a la estigmatización y los tabúes culturales son las principales brechas para prevenir y paliar las ETS en la frontera colombo-venezolana.

Otro tema que se enfoca en las comunidades indígenas fue “Mujeres wayuu enfrentan violencia obstétrica y exclusión en la frontera colombo-venezolana”, un reportaje multimedia que examina cómo las mujeres wayuu enfrentan la violencia obstétrica y la exclusión en el acceso a la atención médica, las barreras culturales, legales y estructurales que dificultan el ejercicio pleno de sus derechos en la movilidad binacional de Colombia y Venezuela. Las autoras Betsabé Molero, María Fernanda Padilla y Génesis Daniela Prada contaron la historia de Fabiana y otras mujeres wayuu, quienes diariamente sortean bloqueos, trochas peligrosas y violencia obstétrica, mientras son tratadas como migrantes irregulares, negándoseles su identidad ancestral.

Y el cuarto trabajo realizado como parte de las becas fue “Que aparezca mi muchacho”, a través de un podcast, la investigación de Kaoru Yonekura y Walter Molina documenta la desaparición de migrantes venezolanos, en medio de las dificultades propias de la migración y el tráfico de personas en la región fronteriza. A lo largo de los capítulos, cuentan lo que ocurre en las trochas y las duras realidades que enfrentan quienes huyen en busca de un futuro mejor.


Todas estas investigaciones están disponibles en la página web www.redsonadoras.com.