Portada Lexys Rendón

Lexys Rendón: En este momento “el rol de la mujer no está muy claro en la vía práctica” para una transición

Más allá de las figuras dominantes en el tablero político venezolano (María Corina Machado, Delcy Rodríguez y una Dinorah Figuera apoyada por Estados Unidos) el papel de las mujeres no está del todo claro en un proceso de transición que, afirma la directora de Laboratorio de Paz, Lexys Rendón, aún no ha empezado. Sin embargo, dice, cada vez más aumentan las iniciativas de articulación y discusión dentro de grupos de académicas, sindicalistas, activistas de DDHH, periodistas y políticas, para verse integradas como referentes dentro de este escenario

La operación militar estadounidense del 3 de enero abrió una ventana para una transición democrática. Pero la permanencia de la estructura represiva tras la captura de Nicolás Maduro, los propios intereses de la administración de Donald Trump, la necesidad de Delcy Rodríguez y sus aliados de mantenerse en el poder y una oposición que apenas va recuperando su articulación en lo social han ralentizado ese proceso.

Lexys Rendón, socióloga y directora de la ONG Laboratorio de Paz, señala que la confianza es clave para que las personas se incorporen a un proceso que debería terminar en reconciliación social y una redemocratización del país. “La confianza no se decreta, se construye con acciones, compromisos, con avances, con incorporar todas las voces”.

Este año, Laboratorio de Paz ha avanzado en talleres de formación, junto a otras organizaciones, para distintos grupos de mujeres (académicas, sindicalistas, activistas de DDHH, periodistas, políticas) en todo el territorio. “Esperamos que haya realmente un mecanismo de incorporación de las mujeres en la visión, las propuestas y decisiones que se vayan a tomar”.

Sin embargo, en la vía práctica ese rol de la mujer “no está muy claro” en este momento, dice.

“Sabemos que hay una mesa, donde hay una mujer que representa la Asamblea Nacional; que hay un país que en este momento está siendo gobernado por una mujer que asume la Presidencia y que no goza de legitimidad. Tenemos al mismo tiempo a una mujer que puede representar la mayoría legítima que empujaba la posibilidad de un cambio democrático”, expone la activista.

—¿Cuál es el rol que ve para las mujeres en una transición democrática?

—Lo primero es que las mujeres venezolanas que hacen activismo sienten que su rol es absolutamente necesario, protagónico y único. ¿En qué sentido? Si bien no podemos decir que todas las mujeres representan ese gran grupo social que tiene características claras y un sistema basado en derechos humanos que les da unos derechos, deberes y garantías específicas, cada una de ellas tiene un rol donde es fundamental la mirada femenina.

Para el Laboratorio de Paz aún no hay condiciones que nos digan que estamos dentro del marco formal no solamente de lo que se conoce como transición sino en materia de derechos humanos. Estamos, por ahora, avanzando hacia algo que pueda llamarse transición, sin embargo, nuestra apuesta es que se materialice y para eso es requerido que no quede en grupos de poder políticos, económicos o internacionales, sino que la transición tenga como eje transversal la participación amplia del pueblo, en el que incluimos de manera protagónica a la mujer.

—Vemos claramente a figuras femeninas en el tablero post 3 de enero, entre ellas a Delcy Rodríguez…   

—Su liderazgo no se mide a partir de ahora porque sea presidenta interina, su liderazgo era absoluto dentro de la estructura de gobierno: era la ministra de Petróleo, la vicepresidenta de la República y la persona que lideraba algunos organismos de seguridad del Estado. También era una de las personas ligadas al ámbito económico al punto de ser representante del país en el ámbito internacional.

Si había un liderazgo muy grande dentro de la institución del Estado, era Delcy Rodríguez, solo que estaba dentro de un entorno, en una estructura vertical, militarizada por obediencia y representada por hombres. Pero Delcy Rodríguez ha estado siempre.

Ella tiene decisiones, a título personal, de acompañar un proceso que terminó deviniendo en un autoritarismo fuerte, en el desconocimiento de la voluntad popular a través del voto, de persecución política que ha desaparecido gente, que tiene gente presa o torturada. Además ha participado en un proceso que ha significado por razones políticas y económicas en la salida de millones de personas.

Su liderazgo ha sido frontal, quizás no tan verbal o mediático como Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello o Maduro pero sí es una figura fundamental en los últimos años… Estar en un proceso donde representa el país, donde acepta una tutela y toma decisiones en términos económicos, políticos o sociales y no estar respetando la Constitución, es una decisión personal.

—¿La ve como una figura que, a largo plazo, se termine de afianzar en el poder al seguir esa relación ganar-ganar con Estados Unidos?

—Sí. De no haber una transición que entienda lo que demanda la población, por supuesto que se va a atrincherar en el poder bajo esa relación “ganar-ganar”.

Para Rendón, la encargada del Ejecutivo entró en negociaciones con Estados Unidos (EE. UU.) no sólo para permanecer como figura predominante del poder tras la captura de Maduro, sino para bloquear cualquier imposición de otro liderazgo femenino en el futuro próximo.

—Creo que Delcy Rodríguez cuando está hablando de ganar-ganar habla de una estrategia ideológica, política, a la que vienen apostando incluso antes del 2024 y que vimos claramente que, con el desconocimiento a la voluntad popular ese año, empezaron a generar alternativas para ellos mantenerse en el poder ya sea por razones de impunidad, por razones económicas o ideológicas.

Cuando dicen ganar-ganar es porque tienen tiempo y no ven una transición normada bajo las reglas que establece la propia Constitución o de garantías de derechos humanos que los obligarían no solo a hacer una elección presidencial, sino elecciones para la reinstitucionalización del Estado y que los obligaría a aceptar responsabilidades e incluso demostrar en un juicio si son inocentes o culpables, incluyendo juicios por violaciones graves a los derechos humanos. Esa posibilidad hoy no está.

El escenario de EE. UU.

El papel de EE. UU. en la crisis política venezolana ha alcanzado a diversos actores, hasta llegar al control que ahora ejercen sobre la administración de Delcy Rodríguez bajo la amenaza de una nueva intervención militar y arrestos similares al de Maduro. Del lado del espectro opositor, María Corina Machado ubica a la administración Trump como uno de los principales socios financieros en un proceso de reconstrucción democrática.

Pero el Gobierno de Trump no solo dejó su capacidad de interlocución en los extremos. En abril, el subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental, Michael Kozak, se reunió con la presidenta de la Asamblea Nacional 2015 (AN 2015), Dinorah Figuera, para discutir las “vías hacia una transición democrática estable, ordenada y consolidada”.

Desde entonces la diputada pasó a ser ratificada no sólo como parte de la “única institución democráticamente electa” en Venezuela, sino que fue apoyada para ser la principal figura en un nuevo diálogo con el chavismo.

—Sobre Dinorah Figuera, ¿la considera una articuladora más de EE. UU.?

—Es una articuladora, aunque no quiero decir que de EE. UU.. Considero que ella, en su buena fe, está participando en un proceso que espera culmine en una transición. Está actuando como le permite su espacio político, pero está clara que esa mesa no va a tener resultados si la gente no pelea porque se tengan.

Pasa además algo grave con Dinorah Figuera: que se está convirtiendo en un abismo de cristal, porque ella no toma las decisiones. La liberación de presos políticos es algo que se decidió posterior a la primera reunión, por ejemplo. Es chévere decir que una mujer está liderando la mesa de transición, que se les involucra, pero EE. UU. ha dicho que reconoce su liderazgo y el de la AN 2015 por un tema transaccional, pero al mismo tiempo desconoce —al reconocerla a ella— una elección que fue ganada por Edmundo González porque María Corina Machado, un liderazgo femenino, le levantó la mano.

Hay que determinar con las acciones y los resultados hasta donde su figura no es un abismo de cristal, donde se utiliza a la mujer para que legitime decisiones que están siendo tomadas en otros espacios decisorios aparte de la mesa de diálogo, y además para que deslegitime la desaparición y la destrucción del único liderazgo mayoritario que tiene el país y que puede garantizar la movilidad social, y no una pacificación, para una transición sin impunidad representando por María Corina Machado.

—¿EE. UU. está minando la capacidad de acción de María Corina Machado?

Está minándola con acuerdo de Delcy Rodríguez, con acuerdo de los grupos de poder. Parte de ellos están hoy vinculados al proceso denominado de reconciliación y paz, a la Defensoría del Pueblo y otros sectores, pero estos son grupos minoritarios y quedó demostrado en las elecciones de 2024.

Todos están confabulados en desaparecer el liderazgo de María Corina Machado… El problema de fondo es que Venezuela —a diferencia de Cuba o Nicaragua que ya se habían desecho de eso a punta de persecución política y migración forzada— tenía un líder opositor con capacidad de congregar a las masas, legitimidad y capacidad de movilización para visibilizar que la gente quiere democracia y quiere salir de un autoritarismo con una forma autónoma de transición. Eso es lo que están matando porque cuando le quitas al país este tipo de liderazgo bajo un autoritarismo, le quitas vías democráticas para su transición y al mismo tiempo le das continuidad a ese escenario autoritario porque no tienes a nadie que aglutine el fervor de cambio, de democracia.

Eso simbólico que se ganó María Corina Machado es lo que están destruyendo. Además es inaceptable que EE. UU. diga que no puede garantizar su seguridad. Si somos un tutelaje se supone que quienes tienen el poder de control son los Estados Unidos. Entonces no es posible que una premio Nobel, que reúne un liderazgo mayoritario y legítimo, no pueda entrar al país.

—María Corina Machado tiene un poder articulador, ¿pero cómo ve que se está dando en las comunidades? ¿Hay indicios de mayor movilización?

Depende del sector, depende de la zona del país y creo que los terremotos también influyeron mucho en el ánimo que se venía sintiendo. Previo a los terremotos en Táchira, Yaracuy, Barquisimeto, Zulia, Caracas, el ánimo era reorganizarse en torno a la exigencia de elecciones, movilizarse por la posibilidad de regreso de María Corina Machado, es decir, la organización social estaba sintiendo que la represión estaba disminuyendo.

Como estaba disminuyendo y se estaban abriendo algunos espacios para la manifestación, para introducir documentos, para hacer visible algunos temas, había un renacimiento organizativo con base en la confianza de grupos que se habían organizado para el 2024, y que tuvieron que salir huyendo o sufrieron persecución y prisión. Estoy hablando de sectores femeninos, de mujeres activas con todo el ánimo de pedir que la transición las incorpore.

Luego de los terremotos, el ánimo se vino un poco abajo pero en este momento el desagrado con los Rodríguez sigue siendo muy alto. Por otro lado, creo que hay grupos que están empezando a reorganizarse para tratar de incidir de manera mucho más amplia en lo que se está determinando como una transición que no pareciera ya una transición, sino un acuerdo de estabilidad con EE. UU., con pensamiento transaccional y que está incluso violentando de manera muy severa, no solamente la Constitución, no solamente la soberanía, sino además está teniendo fracturas importantes dentro de quienes habían sido la base del chavismo o del madurismo por razones ideológicas.

—Desde el lado del chavismo, ¿les está importando mantener esa articulación con sus bases o persisten en su supervivencia sin importar la crítica interna?

Van a seguir tratando de mantener el control a través de los mecanismos que vienen implementando de colectivos o del control social en lo micro. Eso no ha cesado. Les funcionó antes, les funcionó en el 2024 y les puede funcionar frente a un recambio de lo que está sucediendo ahora.

Creo que siguen con la idea de mantener sus bases, ya sea porque les caiga un chorro de dinero y puedan con eso movilizar beneficios sociales, movilizar cambios en lo concreto en las comunidades y sacar rédito de eso, pero también les conviene tener control en sus bases por la posibilidad de poner en riesgo el poder.

Si EE. UU. se va, cuestión que ya ha hecho en Afganistán y otros países, obviamente requieren el control de grupos que les sean afines, fieles, obedientes y que puedan servir en los términos en que han servido hasta ahora: control social, vigilancia y todo lo vimos desatado en 2024.

Además, si el chavismo llega a tener la posibilidad de permanecer mayor tiempo y recibir dinero, en caso de ir a unas elecciones pues van a querer permanecer en las cuotas de poder. Eso significa tener que mantener sus bases y agrandarlas incluso. Entonces políticamente, estratégicamente, ideológicamente, necesitan mantener a los que están y sumar aunque no creo que logren sumar debido al rechazo social que tienen.

—Bajo este escenario, ¿hay espacio para que las mujeres puedan liderar efectivamente o llevar sus demandas sobre la transición? ¿Qué retos tienen los grupos organizados de mujeres para lograrlo?

Creo, y lo constaté en los talleres, en el recorrido por el país, en la relación con las organizaciones humanitarias y la gente, que la mujer está convencida de su rol y participación. El proceso social de movilización que se dio para las elecciones, con todo lo adversa que se sabía, fue liderado en su gran mayoría por mujeres. Eso está renaciendo, reacomodándose.

Pero los abismos de cristal, ya sea por persecución, el propio autoritarismo y represión, hacen que la mujer tome un rol de mayor liderazgo, pero casi siempre es simbólico. Son los hombres los que siguen tomando decisiones mientras ellas aparecen en la palestra. Esto ocurría con el gobierno y algunos partidos.

Eso ha sido, afortunadamente, una toma de conciencia por parte de mujeres que han tenido que asumir unos liderazgos que sabían que les correspondían, que ganaron por mérito, pero que les cedieron porque los hombres estaban perseguidos o no estaban. Ellas ahora han asumido la responsabilidad de un liderazgo de base para la movilización y la organización por la democracia. Lo vimos en el 2024, con la persecución que incorporó a una gran cantidad de mujeres activistas y lo vemos ahora: son las mujeres las que están volviendo al país, las que se están incorporando en la discusión política y social.

En el activismo de base son las mujeres las que se están arriesgando en las comunidades, a pesar de la persecución, a empezar a movilizar de nuevo a vecinos, de empezar a hacer cosas. Lo vimos incluso en los terremotos, las iniciativas estaban compuesta un 80 % por mujeres.

Cuando no se permite que nosotras, que todo ese grupo de mujeres organizadas en cada rincón del país participe, diga la transición que quiere y esté en la calle movilizada, es una nueva forma de violencia contra la acción política y democrática.

Creo que en este momento sí hay oportunidades. Somos las mujeres organizadas en cada uno de sus espacios las que pueden reconstruir la confianza para avanzar en una transición, donde haya acciones y pasos contundentes de que estamos avanzando en procesos de elección, de libertad fundamental, en procesos de justicia, donde las víctimas tengan realmente espacios para que no haya impunidad.

Pero en estos momentos estamos estancados. Un proceso que inició con mucha fuerza luego del 3 de enero, a partir del mes de julio se ha ralentizado y hay que dinamizar esto. Ese dinamismo, ese compromiso va a surgir a través de los grupos organizados de liderazgo femenino. Y si viene María Corina, creo que es más todavía.

Portada Lety (2)

Ninguna conquista es un regalo: las mujeres que sostienen la democracia venezolana

Las mujeres nunca hemos sido meras espectadoras frente a la democracia, por el contrario, hemos sido sus arquitectas y hacedoras. Un ejemplo claro lo encontramos en nuestra propia historia nacional. Al revisar el devenir de Venezuela, se repite con frecuencia que el partido político Acción Democrática otorgó el voto universal, como si este pudiera ser un regalo, dejando fuera del relato oficial la lucha de tantas mujeres organizadas en todo el país que no bajaron los brazos un solo segundo hasta conquistar el derecho al sufragio.

Si algo nos enseña ese capítulo de nuestra historia, es que la construcción y sostenibilidad de la democracia en Venezuela requiere, de manera innegociable, la ocupación y defensa de los espacios de toma de decisión por parte de las mujeres. Con nuestro trabajo, intelecto, y nuestras formas de articulación y de exigencia ciudadana, hemos alcanzado cada uno de los derechos que hoy nos respaldan. Ninguna conquista nos ha sido regalada. Entender esto es clave para comprender que los espacios y derechos que aún nos faltan tampoco serán una concesión: dependen de nosotras, de nuestra capacidad de organizarnos y de seguir construyendo los consensos que el país necesita.

Es así como se hace necesario mencionar a las mujeres que han estado antes, a quienes han recorrido el camino de la construcción de la democracia aplanándolo a su paso para quienes venimos detrás. Ellas nos sirven como referencia, porque tener referentes no implica solo saber cómo se hicieron las cosas en el pasado, sino que nos permite entender lo que nosotras podemos lograr. Mujeres como Lilia Arvelo, María Cristina Parra, Carmen de Grijalva y Mildred Camero nos dan luces de esto: de cómo la lucha sindical y la articulación ciudadana se convierten en hojas de ruta para la transformación legal y social. La experiencia y trayectoria de cada una de estas mujeres nos pueden llevar a cuestionarnos de qué manera encontrar en sus aportes un método para el diálogo, la concertación y la gobernabilidad inclusiva en el presente. 

En el caso de Lilia Arvelo, una mujer combativa y comprometida con la defensa de los derechos de las mujeres, nos ha demostrado con su trayectoria cómo desde la organización gremial se puede construir una lucha transformadora, cómo desde las bases se puede llegar a los espacios de toma de decisión, y que esto se traduzca en una transformación y progreso real. En 1985 se convirtió en la primera mujer en presidir la Junta Directiva Nacional del Colegio de Profesores de Venezuela. Fue diputada por Caracas en el Congreso Nacional y segunda vicepresidenta del mismo; además presidió la Comisión Bicameral de los Derechos de las Mujeres que tuvo logros tan importantes como: establecer por primera vez una cuota mínima de participación para obligar a los partidos políticos a postular mujeres a cargos de elección popular; tipificar y sancionar por primera vez la violencia doméstica e intrafamiliar en Venezuela; sancionar la Ley Orgánica para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes, dejando de lado la obsoleta Ley Tutelar de Menores, permitiendo adaptar la legislación nacional a la Convención Internacional de los Derechos del Niño; así como realizar varias reformas del Código Civil en materia de patria potestad y derechos conyugales.

Todos estos logros tienen lugar tras la segunda ola del feminismo en Venezuela, en donde las mujeres ya habiendo alcanzado el derecho al sufragio, amplían la discusión y empiezan a centrarse en el ámbito sociocultural, entendiendo que la opresión de las mujeres no venía solo de las leyes formales (o la falta de éstas), sino que también se sostenía en las estructuras sociales, en lo cultural, en la vida privada, dando lugar a la frase “lo personal es político”. 

Lilia Arvelo

Otro punto relevante del camino de Lilia Arvelo, y que nos da luces en nuestro quehacer actual para la transición a la democracia, fue su experiencia dentro del Congreso, generando alianzas con mujeres de otros partidos políticos. Lilia entendió la importancia del encuentro y el diálogo, por encima de las diferencias, en beneficio de las mujeres. Ella misma ha comentado en distintas entrevistas cómo fue criticada por esto, sin embargo, hoy es un referente para quienes creemos en la democracia y en la posibilidad de construir espacios en donde las diferencias ideológicas ayuden a sumar y no a dividir. 

Lilia también ha mencionado la importancia de hablar de estos temas desde muy temprano en las escuelas, explicando que esta es la verdadera lucha: enseñar a las niñas que su única aspiración no tiene por qué ser la maternidad, ni las tareas del cuidado, sino que también pueden aprender a ser líderes y a aspirar al poder. 

Así mismo, María Cristina Parra, jurista, investigadora, docente universitaria y defensora de derechos humanos, ha sido una de las principales arquitectas de la legislación con perspectiva de género en nuestro país. Uno de sus grandes logros ha sido la Ley sobre la Violencia contra la Mujer y la Familia, sancionada en 1998, siendo ésta la primera herramienta legal en nuestra historia, que permitió ponerle nombre, tipificar y sancionar la violencia hacia las mujeres, dentro del hogar. No es de extrañarnos que esta ley llevara el apellido “y la familia”, ya que para entonces seguía muy arraigada la idea de que los temas relacionados a la mujer, eran domésticos, tenían que estar ligados siempre a la familia tradicional, al cuidado, a los hijos y el marido. Sin embargo, en el año 2007 participó también de forma activa en las mesas técnicas para la redacción de la Ley Orgánica sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia.

Este es un gran logro, ya que se tipificaron 19 tipos de violencia hacia la mujer y se crearon tribunales especializados de género. Esto contribuyó de alguna manera a romper con esa idea de la mujer que solo puede existir dentro del seno familiar y nos permitió avanzar hacia un marco legal enmarcado en los derechos humanos con una verdadera perspectiva de género, adoptando la Convención de Belém do Pará, de la cual también formó parte María Cristina. 

La experiencia trabajando como abogada en oficinas de asistencia jurídica, apoyando a mujeres en situación de vulnerabilidad en sectores populares de Caracas, sin duda le permitió la posibilidad de brindar una visión integral y realista en las discusiones para redactar estas leyes. Además de esto, María Cristina se ha destacado como docente y ha formado a jueces, fiscales y cuerpos policiales en materia de violencia basada en género. 

Esta sin duda es también una enseñanza para quienes hoy nos definimos como activistas feministas y defensoras de derechos humanos. Es fundamental el trabajo en las comunidades, la articulación entre distintos sectores. No es quedarnos solo con la teoría, es compartirla, es hacerla letra viva en los espacios que pueden generar un cambio real para las mujeres. El contexto en el que vivimos, sigue siendo altamente violento para las mujeres y si nuestros derechos, nuestra seguridad, no están garantizados, de qué manera podría entonces construirse una democracia sostenible en Venezuela. 

María Cristina Parra

La violencia en todas sus formas, es uno de los grandes obstáculos para que las mujeres nos podamos desarrollar en los espacios de decisión, para que podamos acceder al poder, que podamos ser parte de las discusiones relevantes de la actualidad. Es imposible hablar de democracia, si no existen las condiciones para que las mujeres seamos parte del debate y de la construcción de la misma. ¿Cómo podría haber una transición real a la democracia si nosotras no podemos ser parte de ella? 

Al examinar también nuestra actualidad, es imprescindible mencionar a Mildred Camero: abogada, exjueza penal y especialista en el combate a la corrupción y el crimen organizado. Reconocida por su independencia de criterio, su ética intachable y su firme defensa de la institucionalidad, siendo un referente en torno al arbitraje y organización ciudadana.

Mildred estuvo al frente de la Comisión Nacional de Primaria entre 2022 y 2023, liderando la construcción de las condiciones técnicas y garantistas para defender el ejercicio democrático en el que la ciudadanía se dispuso a elegir la candidatura unitaria de cara a los comicios presidenciales. Esta experiencia autogestionada no solo demostró el profundo civismo de los venezolanos y la centralidad de la vía electoral en nuestra cultura política, sino también la viabilidad de crear institucionalidad transparente desde la sociedad civil.

Su valentía y determinación, en un contexto de alta tensión y asedio institucional, nos muestran el rol activo de las mujeres en la reconstrucción y defensa de la democracia, una participación que de ninguna manera es pasiva, pero sí pacífica, con la intención real de construir puentes en medio de las diferencias entre diversos sectores políticos y sociales, fomentando siempre el bien común y la participación ciudadana. 

Así como Carmen de Grijalva, quien también desempeñó un papel fundamental en la Comisión Nacional de Primaria. Diplomática de carrera, experta en relaciones internacionales, negociación y mediación política, ha sido una voz clave en torno a los derechos políticos de la diáspora venezolana. Bajo su liderazgo durante el proceso de la elección primaria de la oposición, se permitió el registro y la habilitación del voto de casi 400.000 venezolanos en el exterior, asumiendo la conducción de un proceso de legitimación política en un contexto adverso.

Carmen Grijalva

Estas dos mujeres, Mildred Camero y Carmen de Grijalva, son un ejemplo destacable de cómo el liderazgo femenino ha sostenido los cimientos de la democracia en los momentos más críticos del país. En contextos de severa polarización y desconfianza institucional, cuando las reglas del juego se desdibujan, son ellas, a través de la experiencia, el profesionalismo y la determinación, que restablecen de alguna manera la certeza, generan confianza y hacen viable cualquier proceso de concertación ciudadana.

Si algo nos queda como reflexión del camino recorrido por estas mujeres, es que la democracia no es y no puede ser asunto solo de algunos. Si las mujeres no somos parte de las discusiones fundamentales, si no estamos en los espacios de toma de decisión, entonces eso no es democracia. La transición de la que tanto  hablamos y que tanto intentamos que tenga lugar, empieza aquí: asegurando que las mujeres podamos ocupar los espacios que nos corresponden. 

Para que se dé una transición a la democracia, las mujeres debemos encontrarnos, por encima incluso de nuestras diferencias, unir fuerzas, conocer las iniciativas de otras mujeres y sumar esfuerzos. No caer en las lógicas patriarcales que nos quieren divididas y desarticuladas, dejar de lado las obediencias partidistas que se superponen frente a nuestras necesidades reales, que al final del día son las mismas y que nos deben agrupar frente a un objetivo común: la construcción de una democracia real, que se parezca a nosotras, que responda a nuestras demandas  y nos permita alcanzar los derechos de los que hoy no gozamos. 

Cuidado (4)

De Barcelona a Las Magnolias: tres mujeres que impulsan el liderazgo femenino en Anzoátegui

Lisbeth Rojas, Rumelys Rodríguez y Oscarlex Bolívar promueven el liderazgo femenino y la participación comunitaria en sectores populares de Anzoátegui, como una vía para enfrentar la normalización de la crisis venezolana y abrir camino a nuevas voces para el desarrollo nacional

En cada comunidad organizada del estado Anzoátegui, al oriente de Venezuela, hay historias cotidianas de resistencia, empatía y compromiso democrático. Así lo han constatado tres lideresas que, a través de la asociación civil Aprender Haciendo y la Red de Mujeres Constructoras de Paz, han llevado herramientas de formación e impacto social a sectores populares del norte, sur y oeste de la entidad.

El recorrido ha sido impulsado por la licenciada en docencia y psicopedagogía Lisbeth Rojas, directora de Aprender Haciendo, una organización sin fines de lucro que ejecuta programas de carácter social, humanitario y educativo, orientados al desarrollo comunitario y el bienestar de poblaciones en situación de vulnerabilidad. 

El trabajo de Rojas ha sido clave para formar y fortalecer capacidades en las comunidades con el propósito de que las mujeres reconozcan sus derechos y desarrollen su participación social activa, principalmente en las zonas donde hacen vida. 

“Por más de diez años hemos llevado información a las comunidades sobre los derechos de la mujer, violencia de género, participación política y el rol de cada una de ellas en la búsqueda de soluciones para sus comunidades. Realizamos unas cuatro actividades de formación al mes y en cada una de ellas hemos contado con la asistencia de entre 15 y 20 mujeres”, explica.

Además de promover talleres sobre el emprendimiento, su acompañamiento ha guiado a las beneficiarias en la solución directa de sus problemas. Destacan la recuperación de canchas deportivas gestionada por mujeres y hombres de algunas localidades anzoatiguenses como Barrio Razetti de Barcelona, Barrio Obrero en Clarines y Alí Primera en El Tigre.

La directora de Aprender Haciendo destaca que la participación de las mujeres es indispensable para el desarrollo colectivo y recomienda romper con esquemas históricos que limitan su accionar en el país.

Liderazgo femenino

“La mujer debe tener su espacio para la participación y no pensar que su rol principal es atender únicamente sus hogares, pues esa idea le resta el tiempo necesario para involucrarse en las grandes decisiones de su comunidad. No se trata de dejar de atender sus hogares, sino de entender que todo se puede lograr en unión familiar, compartiendo responsabilidades y con una buena organización. Hay que romper con los patrones patriarcales generacionales que han marcado nuestras conductas”, recalca.

A través de la asociación civil, fundada hace 12 años, algunas subcoordinadoras, como Rumelys Rodríguez y Oscarlex Bolívar, han llevado formación a las mujeres de las comunidades indígenas Kariña que hacen vida en los sectores Las Magnolias y Bajo Hondo, ubicados en los municipios Pedro María Freites y Simón Rodríguez de El Tigre, al sur de la entidad.

En estas zonas, afectadas por deficiencias en los servicios públicos como el agua y la electricidad, Rumelys Rodríguez ha visibilizado la fuerza del liderazgo indígena.

“En las comunidades Kariña hemos verificado cómo la participación política y social de las mujeres transforma la realidad. Cuando la mujer indígena reconoce su poder y sus derechos, se pone al frente de las exigencias para lograr agua, luz y dignidad para todo su pueblo. Sus voces son indispensables para reconstruir el tejido social”, sostiene.

Rumelys visita una vez por mes a los habitantes de las comunidades indígenas en la zona sur de la entidad, y revela que lograr la aceptación de las mujeres Kariña no ha sido fácil; sin embargo, han sido los conversatorios sobre violencia de género y derechos constitucionales los que le han permitido ganar la confianza de quienes en ellas habitan.

“En Las Magnolias, por ejemplo, desconocían que se podían dirigir a la alcaldía de Simón Rodríguez y solicitar la instalación de postes de alumbrado público, porque los residentes han limitado sus derechos a su cultura y forma de vivir, lo que les hacía pensar que la única solución para contar con energía eléctrica y alumbrado público era esperar ser tomados en cuenta”, asegura.

La joven activista, quien también es contadora pública, considera que ayudar a la comunidad indígena en el reconocimiento de sus derechos, bajo el enfoque y cultura de paz, ha sido el mayor aporte que ha podido dejar en la zona, donde ha notado como mujeres y hombres se han enfocado en la búsqueda de beneficios para todos, entre ellos; la activación de jornadas para la adquisición de bombonas de gas para quienes lo requieran.

Otro de los objetivos alcanzados por Rumelys en los últimos dos años es lograr el chequeo ginecológico de las mujeres kariña, a través de jornadas médicas que llevan a la localidad.

“Al principio no querían chequearse, pero poco a poco fueron ganando confianza. Incluso se negaban a ser revisadas por ginecólogos hombres y todo eso lo hemos ido trabajando con el fin de que todas puedan recibir atención oportuna”, cuenta. 

Un relevo necesario

Para estas tres activistas, la participación política de la mujer en Venezuela no es solo un derecho, sino un requisito para avanzar hacia la democracia y el crecimiento sostenible nacional.

Frente a la precariedad y la crisis que enfrenta el país, advierten que el mayor riesgo es la resignación, por lo que resulta imprescindible multiplicar el esfuerzo y formar a las nuevas generaciones de relevo que transformaran a la sociedad.

Oscarlex Bolívar es activista política en la zona sur del estado Anzoátegui e integrante de la Red de Mujeres Constructoras de Paz, una alianza entre líderes comunitarias, activistas y periodistas de 16 estados de Venezuela, que tiene como objetivo aportar en el reconocimiento y la visibilización de la desigualdad de género, y también en la sensibilización sobre temas fundamentales relativos a las mujeres.

Destaca que las herramientas facilitadas durante las jornadas de formación comunitarias, sobre el reconocimiento de sus derechos y la participación política de la mujer, han ayudado a visibilizar los avances sociales locales y del país.

“Muchas veces normalizamos la vulneración de nuestros derechos. Tenemos que aprender a defender lo que por ley nos corresponde, pero primero tenemos que conocer cuáles son nuestros derechos y así poder generar criterios propios e identificación real de cada acto violatorio de ellos”, explica. 

Recuerda la labor de sus padres desde el activismo político en la zona sur de Anzoátegui y asegura que desde su adolescencia aprendió a comprender que el liderazgo femenino debe servir como puente para demostrar que la acción pública es compatible con el crecimiento social.

“Es necesario evitar normalizar las carencias y el aislamiento. Como líderes, nuestra tarea es formar a nuevas mujeres para sumar esfuerzos por Venezuela. Al llegar a cada rincón de mi ciudad, le recuerdo a la ciudadanía que quienes hacemos política también tenemos una vida normal llena de retos como el trabajo, la familia y el hogar”, concluye Bolívar.

Su trabajo también alcanzó a mediados de 2026 a las mujeres desplazadas de otras regiones que llegaron al estado Anzoátegui luego del doblete sísmico del 24 de junio en Venezuela. Ambas organizaciones atendieron a esta población con jornadas médico asistenciales y entregas de kits de salud menstrual para mujeres. 

En la actualidad, estas tres mujeres lideresas reconocen el riesgo que han enfrentado tras la defensa de los derechos ciudadanos en sus comunidades. Sin embargo, también agradecen la transformación y el crecimiento social que han podido presenciar luego de las acciones positivas que algunas mujeres en formación han guiado desde sus sectores.

Liderazgo femenino
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Mujeres construyen la transición exigiendo su lugar en la toma de decisiones 

Mujeres, lideresas comunitarias, activistas, defensoras de derechos humanos y académicas de distintas regiones y sectores se reunieron en el foro “Mujeres Construyendo la Transición” para compartir propuestas sobre democracia, justicia, reconciliación y construcción de paz, y reivindicar su papel en el futuro de Venezuela

Hay espacios donde la palabra deja de ser un simple discurso político para convertirse en un abrazo colectivo, en un refugio cálido donde la resistencia civil adquiere rostros, nombres y memorias compartidas.

La historia reciente de Venezuela no se entiende sin la fuerza de sus mujeres, esas arquitectas invisibles que sostienen el tejido social cuando todo colapsa. En los momentos más oscuros de nuestra geografía, las mujeres han estado ahí sin vacilar, con una valentía inagotable para resguardar la dignidad humana y garantizar el sustento de la vida diaria.

Ese latido femenino recorrió el foro “Mujeres Construyendo la Transición: Sin mujeres no hay democracia”, un encuentro promovido por la Red de Mujeres Constructoras de Paz junto a una coalición de nueve organizaciones: Laboratorio de Paz; Justicia, Encuentro y Perdón; Plataforma Encuentros; Raíces; Alianza de Mujeres Políticas; Instituto Prensa y Sociedad (Ipys Venezuela); Centro de Investigación y de Formación Padre Joaquín de Fe y Alegría; Soy Mujer/ Juntas nos crecieron alas y la Red de Periodistas Venezolanas, espacio que convocó a educadoras, abogadas, periodistas, investigadoras, defensoras de derechos humanos y lideresas comunitarias.

Todas acudieron a la cita del jueves 17 de septiembre, para compartir sus vivencias, visibilizar la realidad de sus regiones y demostrar que la reconstrucción del país posee el sello irrenunciable de su gente.

Las palabras de bienvenida estuvieron a cargo de María Isabel Párraga e Isabella González, mientras Gabriela Rojas marcó el tono reflexivo de la jornada, concebida para escuchar las voces de quienes han recorrido distintos espacios y las experiencias de su trabajo cotidiano en esas comunidades.

Cuando organizarse también es hacer política

“Allí no hay color político al momento de rescatar el bienestar común”, expresó Gabriela Rojas al explicar cómo las organizaciones de base articulan soluciones frente a los vacíos estatales. Este planteamiento tuvo eco en la voz de Auris Fermín, integrante de la Plataforma Encuentros, al señalar que “si nosotras no cambiamos este tejido social, no se va a recuperar”.

Desde los barrios y las escuelas también participan activamente el Programa de Formación Raíces y la Red de Mujeres Constructoras de Paz, junto al trabajo riguroso de Ipys Venezuela en la documentación de la realidad regional y la defensa de la libertad de expresión a nivel local.

Estas iniciativas territoriales han hecho posible la creación de redes de soporte emocional, comedores comunitarios, talleres de formación y centros de acopio en estados afectados por emergencias sociales. Por eso, cada testimonio coincidió en que la acción comunitaria femenina constituye una propuesta política de transformación desde la base, capaz de reconstruir los lazos de confianza destruidos por la polarización y de ofrecer respuestas efectivas allí donde las instituciones han fallado.

Rosalinda Hernández, desde Ipys Venezuela, mencionó que la organización ha encontrado a mujeres que han trascendido el papel tradicional de fuentes para convertirse en aliadas de periodistas y protagonistas de iniciativas que buscan transformar sus comunidades.

Para ellas, como con otras organizaciones, hablar de transición no ha sido una conversación reciente que solo se haya planteado por la transición. En esos territorios, hacer política también ocurre en lo cotidiano: cuando una mujer se organiza para conseguir respuestas ante las necesidades de su comunidad, exigir derechos o encontrar soluciones frente a la ausencia institucional.

Como impulsora de la Red de Periodistas Venezolanas, Gabriela Rojas cuestionó la idea de que existan asuntos exclusivamente femeninos y planteó que la política, la economía, la salud y las decisiones que atraviesan la vida cotidiana también deben ser contadas desde sus experiencias.

“Todos los temas son de mujeres”, fue una de las premisas planteadas durante el encuentro. Desde esta perspectiva, incorporar sus voces no implica crear una agenda paralela, sino reconocer que las mujeres forman parte de todas las dimensiones de la vida pública.

De la participación cotidiana a los espacios de poder

El encuentro profundizó en las propuestas estratégicas de lideresas pertenecientes a iniciativas como Soy Mujer, Juntas nos crecieron alas y la Alianza de Mujeres Políticas. Representadas por voces firmes como las de Daniela Ropero, Marysabel Centeno y Evelyn Pinto, las ponentes exigieron que la transición política rechace los acuerdos exclusivos de cúpulas para convertirse en un proceso participativo, amplio y descentralizado.

“Ninguna mesa de negociación será legítima si ignora la voz de las mujeres”, manifestaron al recalcar la urgencia de situar a la familia, la educación pública y la protección integral de la infancia en el centro de las decisiones públicas.

Centeno destacó la importancia de crear referentes para las nuevas generaciones de mujeres que aspiran a participar en la vida pública y Pinto puso en duda la percepción de que son pocas las mujeres que participan en política; el problema, dijo, está en cuánto de ese trabajo logra hacerse visible y en la brecha que persiste entre la participación cotidiana de las mujeres y su presencia en los espacios formales de poder.

Una brecha que también se escribe en cifras

No se trata de algo aislado. Este protagonismo local y estratégico contrasta de forma directa con un panorama global adverso para los derechos de las mujeres. Una realidad documentada en el informe anual publicado en septiembre de 2026 por ONU Mujeres, el cual advierte que el planeta experimenta retrocesos graves frente a la igualdad de género y que, bajo el ritmo actual de estancamiento institucional, la paridad plena tardará en alcanzarse hasta el año 2197.

Las cifras de este organismo internacional revelan brechas severas. Aunque el número de mujeres jefas de Estado o de gobierno aumentó de 20 a 28 entre 2020 y enero de 2026, 6 de cada 7 países continúan bajo el liderazgo exclusivo de hombres.

En los parlamentos mundiales, la proporción de legisladoras sufrió caídas en 54 países durante los últimos 5 años, y el número de ministras se redujo un 20% a escala global.

En paralelo, las organizaciones de mujeres atraviesan una crisis severa de financiación debido a recortes en la cooperación internacional, al recibir históricamente menos del 1% de la ayuda oficial al desarrollo.

Esta radiografía internacional resuena con crudeza en Venezuela, donde las mujeres enfrentan un colapso humanitario que las obligó a asumir el cuidado de familias enteras.

La transición también necesita verdad, memoria y justicia

La jornada también adentró sus reflexiones en la reconciliación y la justicia transicional, con los aportes de espacios fundamentales como el Laboratorio de Paz, Justicia, Encuentro y Perdón, y el Centro de Formación e Investigación Padre Joaquín.

A través de las contribuciones de Lexys Rendón, Martha Tineo, Ingrid Lux González, y la educadora Luisa Pernalete, referente y fundadora del programa Madres constructoras de paz desarrollado hace más de una década en las escuelas de Fe y Alegría, el debate profundizó en las condiciones éticas indispensables para sanar las heridas sociales.

Durante este segmento, Lexys Rendón recalcó con firmeza que buscar el reencuentro “no es aceptar impunidad, no es exigir olvido, ni es resignarse a la injusticia”.

Por su parte, Martha Tineo reflexionó sobre la necesidad de transformar el dolor acumulado en puentes de diálogo al afirmar que “reencontrarnos no significa pensar igual, sino tener madurez democrática de abrazar nuestras diferencias y convivir en paz, sin entregar jamás la propia dignidad”, al tiempo que advirtió que la paz “no se edifica sobre la amnesia ni sobre el dolor silenciado de las víctimas”.

La paz también se aprende en casa

Luisa Pernalete del Centro de Formación e Investigación Padre Joaquín, instancia de Fe y Alegría, Pernalete dió una cátedra sobre las razones y condiciones que se necesitan para cambiar el entorno y trabajar desde la enseñanza de la paz como incidencia social desde el hogar, la escuela y las comunidades.

Asimismo, condujo la conversación hacia hacia las familias, uno de los espacios donde también se juega la reconstrucción del país. “La primera escuela para enseñar a convivir es la familia”, sostuvo. Desde allí planteó la prevención de la violencia y la construcción de una convivencia basada en herramientas para relacionarse de otras maneras.

En 2010, luego de un episodio de violencia que afectó a una comunidad educativa en Bolívar, Pernalete impulsó el programa Madres Promotoras de Paz. La experiencia partió de una pregunta sobre cómo prevenir, reducir y erradicar la violencia y de una decisión concreta sobre dónde comenzar: con las madres.

“A mamá todo el mundo le echa la culpa y nadie le tiende la mano”, recordó al explicar el origen de la iniciativa. Para ella, transformar las formas de relacionarse “son un proceso”, que requieren algo más que una simple charla. Ese acompañamiento ha incluido a madres, abuelas, hermanas y otras mujeres que han asumido tareas de crianza, partiendo de la idea de que algunas prácticas de maltrato pueden estar relacionadas con la falta de herramientas para afrontar esas responsabilidades.

La Red de Mujeres Constructoras de paz hizo un reconocimiento a la trayectoria de Luisa Pernalete, por más de 50 años dedicada al trabajo en educación popular para la paz.

Sin mujeres no hay democracia

Las participantes coincidieron en que la verdad, la memoria histórica y la reparación integral son pilares irrenunciables para evitar la repetición de los abusos del pasado y garantizar un futuro democrático.

“Escúchennos, considérennos y caminen junto a nosotras, no como un gesto de cortesía, sino como una condición de viabilidad histórica, porque ninguna transición será sostenible, próspera ni democrática si se diseña a espaldas de las mujeres que han sostenido la vida misma de esta nación”, manifestó Tineo, quien finalizó con un discurso en el que tradujo el sentir colectivo en un mandato directo a las estructuras de poder en el país.

En cada calle, en cada aula y en cada espacio comunitario del país, la convicción de este movimiento permanece intacta. Queda la certeza de que, en los momentos más oscuros, las mujeres han estado ahí, firmes para sostener la vida y convertirse en las verdaderas arquitectas de la paz por venir.

El foro concluyó con la certeza compartida de que “sin justicia no hay futuro, sin verdad no hay reencuentro y sin las mujeres jamás habrá democracia”.

Para quienes deseen revivir el intercambio de ideas o ver la transmisión en diferido, el evento completo se encuentra disponible en YouTube a través del siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=cojT5vDNgSQ

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Las guardianas del voto en Carora: una red de resistencia popular

Ante un padrón electoral dominado por mujeres en el municipio Torres, vecinas de distintas trayectorias se capacitaron para convertirse en defensoras clave del sufragio y resguardar las actas electorales del 28 de julio

Meses antes de las elecciones presidenciales de 2024 en Venezuela, en la ciudad de Carora, capital del municipio Torres del estado Lara, se tejía una sólida red para defender la voluntad popular que se manifestó a través del voto. Sus protagonistas fueron mujeres que se prepararon para contribuir a la construcción del país con el que sueñan.

Este movimiento nació, originalmente, de un espacio de resistencia gremial, de un grupo de trabajadoras del sector educativo que se reunían para exigir salarios dignos, la restitución de los contratos colectivos y el cese de la política de bonificación del ingreso. Sin embargo, en medio de esos debates, la conversación dio un giro decisivo: para transformar sus condiciones laborales era imprescindible incidir en el poder. 

Así fue como el grupo decidió abrir sus puertas a amas de casa, militantes de organizaciones políticas e integrantes de la sociedad civil en general. Mediante talleres, asambleas y charlas formativas comenzaron a capacitarse en la defensa del derecho al sufragio, aprendiendo que el voto es una herramienta para influir en la toma de decisiones locales, regionales y nacionales.

El objetivo final apuntó a fortalecer la participación política de las mujeres en los 138 centros de votación del municipio Torres, donde 75 % del padrón electoral está conformado por mujeres, según los últimos datos disponibles del Consejo Nacional Electoral (CNE). Buscaban garantizar que sus voces realmente se escucharan en un contexto político complejo.

En estos espacios, mujeres de distintas edades y con diferentes historias consolidaron redes de apoyo, compartieron experiencias, discutieron los retos que enfrentan a diario y planificaron acciones conjuntas. Ahí germinó un sentido de comunidad y solidaridad.

El grupo creció entre colegas educadoras, amigas, familiares, con las que, aún dos años después, comparten como una gran familia. Ahora la red está formada por profesionales en diversas carreras y oficios, pero también por mujeres que no tuvieron acceso a la educación y ahora se sienten escuchadas.

El paso a un liderazgo activo

“Nos preparamos para ser parte de lo que soñamos”, contó Marileyda Rojas, licenciada en educación inicial e integrante del partido político Encuentro Ciudadano, al recordar su experiencia formativa en este movimiento de mujeres.  

La educadora admitió que antes de estos espacios no se sentía  capaz de lograr muchas cosas en su vida, que tenía una actitud más sumisa. “Actualmente me siento una líder; estoy fortalecida porque sé que aporto mi grano de arena para la libertad de este país”.

Para Marlene Pérez, secretaria de la Escuela Bolivariana Priscilo Véliz desde hace 30 años, la motivación de participar en este grupo y por esa causa fue querer el bienestar de sus hijos y de toda su familia. “El padrón electoral lo conformamos en su mayoría mujeres. Nos sentimos identificadas con la necesidad de un cambio y somos responsables al momento de tomar decisiones”, dijo.

Ella se siente protagonista de esas transformaciones que ha habido en el país, particularmente desde el 3 de enero de 2026. Opinó que aunque lentos, son un avance significativo y que sin duda tienen su antecedente en el 28 de julio de 2024: “Fui coordinadora de uno de los centros electorales y al momento de tomar decisiones somos aguerridas. Las mujeres tenemos un control que nadie logra”.

Pérez relató que antes de este evento electoral, la mayoría de mujeres que ahora son parte de la red desconocían sus derechos, y el poder transformador del que ahora son conscientes. “Nos acostumbraron a hacer las tareas del hogar, nos limitaron a cumplir con la casa, la familia, pero no nos dijeron lo que podemos lograr a través de nuestra participación activa en la toma de decisiones de un país”.

Ahora, con una certeza inquebrantable y una fe intacta, se mantiene de pie junto al gran grupo que se ha logrado conformar.

El trabajo de resguardar las actas el 28 de julio

Para muchas de estas mujeres lo que vivieron aquel 28 de julio de 2024 era un trabajo totalmente desconocido. El rol que jugaron durante aquella jornada fue fundamental: resguardaron las actas electorales que luego la oposición venezolana difundió como una prueba del triunfo de Edmundo González Urrutia, aunque el CNE había nombrado a Nicolás Maduro como ganador. 

Sobre aquel día recordaron, por ejemplo, cómo se blindaron. Tenían nombres, fotos y referencias de quiénes irían a los centros de votación para recoger las copias físicas de las actas que imprimían directamente las máquinas de votación. Tenían grupos de WhatsApp donde se comunicaban constantemente y verificaban cada paso del proceso: no hacían la entrega hasta tanto tener la confirmación de que era la persona correcta. 

Todo el trabajo que hicieron, sin embargo, enfrentó una fuerte repercusión apenas horas después de que el Poder Electoral anunciara sus resultados. Ahí comenzó la pesadilla para muchas. Noches de insomnio, desespero y zozobra debido a la persecución que emprendió el Gobierno de Maduro contra la disidencia.

Tras la activación de la llamada “Operación tun-tun”, hombres vestidos de negro que llegaban a las viviendas de las señaladas como “traidoras a la patria”. Las amedrentaban y, en algunos casos, las llevaban detenidas.

“Los días se hicieron largos, el temor de salir a la calle se incrementó con el correr de las horas. La comunicación entre familiares, amigos y la estructura del partido era casi nula, ya que desconocíamos si había alguna interferencia en nuestros equipos celulares”, contó una de las integrantes del grupo.

Otras de las mujeres del movimiento narraron cómo cambiaron sus rutinas. Solo salían a la calle a hacer diligencias puntuales, no confiaban en sus vecinos, temían por su vida y la de sus hijos. La incertidumbre era mayor con el pasar del tiempo.

“Nos comunicábamos con mensajes que se autodestruyen. Yo no dormía. Me mantenía alerta porque las detenciones no paraban”, agregó otra de las entrevistadas. Para protegerse evitaban a toda costa estar en lugares públicos: “Nos enmudecieron por un tiempo, del tema no se hablaba, solo se pensaba porque decirlo se convertía en un arma para que te acusaran de incitación al odio”.

La persecución que dio pie al exilio y la cárcel

Tras las protestas postelectorales que se desataron en varios estados del país, el alcalde opositor de Carora, Javier Oropeza, fue víctima de una fuerte persecución y decidió huir del país junto a su familia. 

Iraida Timaure, quien formaba parte del gabinete de Oropeza, fue nombrada alcaldesa encargada. Sin embargo, el acoso y el asedio por parte del Ejecutivo nacional también la alcanzó e igualmente tuvo que exiliarse. La acusaron, sin pruebas, de una serie de delitos. Además, allanaron su vivienda y el Estado venezolano confiscó sus bienes. 

Otro caso emblemático de esta persecución fue la detención de Yenny Lucía Barrios, militante de Voluntad Popular, defensora de derechos humanos y de los animales, y una mujer destacada en la sociedad caroreña. La lideresa padecía linfoma no Hodgkin y su salud ya estaba comprometida cuando la apresaron el 9 de septiembre de 2024 y la trasladaron a una cárcel en la ciudad de Barquisimeto. 

Su arresto generó consternación entre amigos, familiares y allegados. La acusaron de terrorismo e instigación al odio. Gracias a la lucha de organizaciones defensoras de DDHH nacionales e internacionales, se logró que la excarcelaran el 11 de diciembre, pero con una medida de presentación ante los tribunales.

Poco después la familia recibió otro golpe:  detuvieron al hijo de Yenny, Diego Sierralta, cuando intercambiaba unos medicamentos que su madre no necesitaba por otros que sí. En ese entonces, ella estaba recibiendo un segundo ciclo de quimioterapias. Al joven lo acusaron de tráfico de medicinas.

Yenny murió el 5 de noviembre del año 2025 por complicaciones asociadas al cáncer, muy afectada además por la detención de su hijo. A Diego lo excarcelaron el 6 de noviembre, un día después de la muerte de su madre, para que asistiera a su funeral.

Pese a las heridas de ese duro momento, muchas de las integrantes del movimiento piensan que salieron fortalecidas. Opinaron que incluso Barrios murió con la certeza de que trabajó por la libertad de Venezuela y la defensa del voto de la ciudadanía.

La fuerza, resiliencia y las ganas de darle un giro a la historia democrática de un país, llevó a estas mujeres a ser parte de lo que ahora definen como una “masa inquebrantable”.  Sin embargo, reconocen que la sombra de la persecución sigue al acecho. 

Luego de meses en el exilio, tanto el alcalde Javier Oropeza como Iraida Timaure decidieron regresar a Venezuela con la esperanza de retomar sus espacios; pero la vulnerabilidad a la que aún están expuestos quedó en evidencia este jueves, 17 de septiembre, cuando hombres vestidos de negro a bordo de una camioneta negra se llevaron a Javier Oropeza cuando salía de una entrevista en el diario El Informador en Barquisimeto, según denunciaron testigos. Lo sucedido sacude especialmente a la comunidad larense y demuestra que el asedio contra la disidencia sigue latente, aún viviendo “un nuevo momento político”.

Cuidado (1)

Sin nosotras no hay transición: sostener al país a pulso no es lo mismo que gobernarlo

La Red de Mujeres Constructoras de Paz e IPYS Venezuela presentaron su cuarto informe anual, un diagnóstico que desarma el mito de la apatía: 69 % de las venezolanas sabe que su rol es vital para una transición democrática, pero apenas 2 % milita en partidos. Entre jornadas de cuidado que consumen más de ocho horas al día, precariedad salarial y miedo a la persecución, el debate en el CIAP-UCAB dejó una exigencia clara: no más cuotas de adorno ni acuerdos cocinados a sus espaldas

Con la presentación de su cuarto informe anual, “Sin nosotras no hay transición: la mujer venezolana y su participación política para la democracia”, la Red de Mujeres Constructoras de Paz y el Instituto Prensa y Sociedad (IPYS Venezuela) abrieron un debate urgente sobre el costo de hacer política en el país. El jueves 3 de septiembre en el CIAP-UCAB, más que un balance estadístico, expusieron la desconexión sistemática entre el trabajo de base que lideran las mujeres en los sectores populares y la resistencia de las cúpulas partidistas a compartir espacios reales de decisión.

La moderación estuvo a cargo de Rosalinda Hernández, de la Red de Mujeres Constructoras de Paz, quien explicó cómo se armó el diagnóstico. No se quedaron solo en la encuesta digital a 1.226 mujeres en todo el país; bajaron al terreno con grupos de discusión en Caracas, Maracaibo y Puerto La Cruz, además de entrevistas a lideresas sociales. Detrás de las estadísticas, Hernández recordó que están las rutinas de amas de casa, maestras, comerciantes informales y profesionales de entre 25 y 60 años.

La premisa de arranque fue directa: hablar de recuperar la democracia o de reconstruir a Venezuela al margen de quienes sostienen el tejido social es un sinsentido.

Marianela Balbi, directora ejecutiva de IPYS Venezuela, le puso cifras al nudo central del informe: 69 % de las venezolanas tiene clarísimo que sin su participación no habrá una transición real, pero apenas 2 % milita activamente en algún partido político. Ese abismo no es apatía; es supervivencia pura y dura. 

En un país donde los ingresos mensuales promedio rondan entre los 117 y 170 dólares y el 62 % de las encuestadas vive en casas con pisos de cemento, el tiempo es un lujo inalcanzable. El 68 % de las madres con hijos pequeños pasa ocho horas o más al día en faenas de cuidado y labores del hogar no remuneradas, frente a un escaso 8 % de los padres. A esa asfixia cotidiana se suma el miedo: tras el 28 de julio de 2024, el costo de alzar la voz se volvió aún más peligroso y empujó a muchas a replegarse para proteger a los suyos.

María Fernanda Rodríguez, corresponsal de IPYS Venezuela, repasó las conclusiones del documento insistiendo en que la presencia femenina en la política no puede seguir tratándose como una cuota de adorno o una concesión moral. Rodríguez planteó que sin medidas concretas (como redes comunitarias de cuidado infantil y atención a adultos mayores) es imposible liberar horas reales para que las mujeres hagan vida pública. También alertó sobre el desencanto de las más jóvenes, donde solo 56 % cree que su papel es determinante, y reclamó paridad efectiva en las boletas electorales, además de castigos claros para la violencia política y el hostigamiento que hoy obligan a tantas a autocensurarse.

El aterrizaje a la realidad cotidiana lo trajo Gabriela Rojas, impulsora de la Red de Periodistas Venezolanas, al desarmar esa división artificial que suele hacerse entre la labor social y la política. 

Rojas hizo hincapié en cómo organizar la cola del gas, cuadrar cuándo llega el agua, coordinar la comida de un comedor popular o gestionar jornadas de salud vecinales equivale a suplir al Estado en tareas públicas fundamentales, solo que de gratis y sin una pizca de poder formal. Advirtió también sobre el efecto expansivo del castigo: meter presa o amenazar a una dirigenta no solo la frena a ella, sino que busca paralizar a su familia y a toda su comunidad por terror.

Por eso, recalcó, el periodismo tiene que dejar de mandar estos temas a las páginas de “sociedad” y entender que la perspectiva de género atraviesa la economía y la política dura.

Mabel Sarmiento, periodista e integrante de la Red, completó el panel mirando hacia los barrios y hacia las generaciones que vienen. En las comunidades populares las mujeres no están esperando que las inviten a participar; ya están resolviendo los problemas a diario, aunque nadie las nombra. Sarmiento insistió en que hay que dirigir la mirada a ver a las jóvenes de los liceos, a las adolescentes que ya organizan a sus grupos y que deberían tener un lugar en la agenda pública. Para ella, el reto de los medios y de las organizaciones es subirle el costo político al machismo institucional y dejar de ver la política únicamente desde lo que ocurre en las cúpulas.

Un detalle que no pasó inadvertido en la sala fue la ausencia total de los hombres convocados, un vacío elocuente sobre las resistencias que todavía imperan en los espacios tradicionales de decisión. Sin embargo, el público compensó esa falta con un intercambio intergeneracional de mucho peso. 

En las filas del auditorio se sentaron y tomaron la palabra pioneras del movimiento de mujeres en el país: Lilian Arvelo, histórica parlamentaria, dirigente sindical y fundadora del Frente Nacional de Mujeres; María Cristina Parra, redactora del proyecto de la Ley sobre el Derecho de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia e impulsora de la convención CEDAW; la jueza Mildred Camero y la diplomática Carmen de Grijalva, ambas con un papel clave en la Comisión Nacional de Primaria; junto a lideresas como Paola Di Matthia y Mary Mogollón, formadoras de cuadros de base.

Escucharlas arropar a las investigadoras y debatir de tú a tú con las periodistas más jóvenes le dio a la jornada un aire de continuidad histórica: las peleas que dieron las abuelas y madres por las leyes laborales y electorales son el mismo hilo que hoy conecta a quienes reclaman que el cambio político no se cocine a sus espaldas. 

El informe Sin nosotras no hay transición dejó una conclusión tajante: las venezolanas no están pidiendo permiso ni esperando que las salven; el país ya se reconstruye a diario en sus manos. Lo que toca ahora es que esa fuerza de base se traduzca en puestos reales, con voz y poder de voto, en las mesas donde se definirá el rumbo de Venezuela.

El informe completo, con el desglose metodológico, los gráficos por región y los testimonios de las lideresas consultadas, está disponible para lectura y descarga en la web de Tejiendo Redes de IPYS Venezuela.

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La encrucijada venezolana y el rol de las mujeres en las transiciones políticas

Tres figuras femeninas marcan sus ritmos en el proceso político del país, bajo el acompañamiento o presión —dependiendo del espectro donde se esté— de Estados Unidos. La coyuntura a partir del 3 de enero, dicen las expertas María Isabel Puerta y Mireya Rodríguez, debe aprovecharse para forzar una salida a la crisis y avanzar hacia una transición democrática

A partir del 3 de enero, con la captura de Nicolás Maduro por parte de fuerzas estadounidenses y el “plan de tres fases” con el que presiona la administración de Donald Trump, el poder del chavismo quedó en manos de Delcy Rodríguez. Con María Corina Machado al frente de la oposición y Dinorah Figuera ungida como figura dialogante por Estados Unidos, una posible transición en Venezuela pasa por el concierto de tres mujeres que deben conciliar intereses nacionales y extranjeros.

Bajo la presión de EE. UU., Delcy Rodríguez ha aceptado y ordenado decisiones que hasta diciembre de 2025 estaban fuera del tablero: una Ley de Amnistía y excarcelaciones recurrentes de presos políticos; cambios en leyes para favorecer inversión extranjera; el restablecimiento de relaciones con Washington y otros gobiernos; además de un diálogo con la Asamblea Nacional (AN) de 2015, que era tachada por el oficialismo como una estructura criminal que bloqueaba el acceso a activos en el exterior.

Los terremotos del 24 de junio también impusieron una presión extra sobre el diálogo, que el 12 de agosto produjo unos primeros acuerdos sobre la atención de los afectados, justamente con los activos que custodiaba la AN 2015, y una primera vía para la recuperación e independencia de las instituciones por medio de un cambio en la composición del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ).

Las politólogas Mireya Rodríguez y María Isabel Puerta coinciden en que bajo este escenario EE. UU. no es un observador discreto o un mediador neutral.

Washington, afirma Rodríguez, actúa como “el árbitro determinante que ejerce un abierto tutelaje sobre la crisis venezolana, administrando los tiempos, las licencias y la legitimidad de cada actor”.

Bajo esa perspectiva, puntualiza, la administración Trump ha manejado tres aspectos: una “ingeniería de interlocutores”, al modelar quiénes se sientan en la mesa de diálogo; el “control de incentivos y supervivencia económica”, al administrar las licencias petroleras, sanciones, protecciones judiciales; y el control de activos en el exterior. El otro punto es la “dosificación del ritmo de transición”.

“Mientras María Corina Machado abandera la urgencia del cambio democrático inmediato respaldado por el apoyo popular, el tutelaje estadounidense busca gestionar un pragmático ‘cambio administrado’ que contenga riesgos geopolíticos, flujos migratorios e inestabilidad energética regional”, apunta la politóloga.

En todo caso, reitera Mireya Rodríguez, la dinámica impuesta evidencia “que el destino del proceso no depende solo de la correlación de fuerzas en las calles de Caracas, sino de los límites y concesiones que fija el tutor externo a cada una de las tres figuras políticas”.

Ellas en el frente

María Isabel Puerta, politóloga y profesora adjunta en el Valencia College, señala que hay una coincidencia en que sean mujeres las que estén al frente de la coyuntura actual en Venezuela. Pareciera haber un elemento común de confianza “en el poder de la mujer”.

“En el caso del régimen político venezolano, el gobierno de los EE. UU. parece tener confianza en Delcy Rodríguez. En el caso de Dinorah Figuera, de igual manera, pareciera que los elementos que están tomando decisiones en la resolución del conflicto tienen confianza en ella”.

Sobre María Corina Machado, refiere la profesora, sigue representando esa voluntad y aspiración de los venezolanos que apostaron por una salida política pacífica. “Lamentablemente esta ha sido una circunstancia donde los venezolanos han quedado por fuera de cualquier tipo de decisión… Sobre todo para quienes están en Venezuela esperando un cambio tangible”.

Afirma que Machado entiende este punto y, además, sabe que hay un costo político “desde el punto de vista de su proyecto y sus aspiraciones de involucrarse en esta fase del proceso que apenas da sus primeros pasos para una reinstitucionalización, ni hablar de una transición democrática en el país”.

Mireya Rodríguez enfatiza en que para entender el papel de Machado, Rodríguez y Figuera es necesario entender que “no estamos ante un diálogo convencional”.

Para la experta en negociación, se está ante “una triangulación de fuerzas en tensión gestionada bajo el tutelaje de EE. UU. Washington actúa como el árbitro que administra los tiempos, las sanciones y la legitimidad, mientras cada lideresa encarna un arquetipo político muy preciso frente a ese poder exterior”.

A juicio de Rodríguez, María Corina Machado encarna un “liderazgo visionario” con autoridad moral, el apoyo de una parte gruesa de la población y, además, ejerce presión “por una transición real sin concesiones de impunidad”.

“Para el tutor estadounidense, el liderazgo visionario es un dilema estructural: es indispensable porque ostenta la fuerza social que convalida cualquier proceso, pero resulta incómodo para la realpolitik diplomática porque se niega a subordinar sus principios éticos a un ‘cambio administrado’”, resalta.

La profesora Rodríguez advierte la mandataria interina ejerce un “liderazgo perverso” al representar la “continuidad del aparato estatal de facto y la contención del cambio estructural”.

Esta líder no busca democratizar el país, “sino asegurar la supervivencia de la cúpula de poder. Su interacción con Washington es puramente transaccional: cede margen operativo o acceso a mercados, a cambio de licencias petroleras y oxigenación económica”.

Mientras que a Dinorah Figuera, la experta la ubica en su plano como “liderazgo negociador” que ostenta no sólo representación legal de la Asamblea Nacional 2015, sino la custodia de activos en el exterior. “Para la administración estadounidense, la lideresa negociadora funciona como la contraparte institucional ideal: un perfil predecible, volcado al trámite legal y dependiente del reconocimiento externo, perfecto para dar encuadre burocrático a los acuerdos sin alterar el balance geopolítico”.

De cara a los actores internacionales y el propio escenario venezolano, dice Mireya Rodríguez, hay tres formas de poder fragmentadas: “la legitimidad popular sin control del Estado (Machado), el control del Estado sin legitimidad popular (Rodríguez) y la legalidad reconocida sin control territorial (Figuera)”.

Mujeres, ¿sinónimo de éxito en las transiciones?

El politólogo John Magdaleno señala varios episodios de democratización donde las mujeres han tomado un rol importante, no sólo en puestos ejecutivos sino en las luchas sociales.

Tal es el caso argentino donde las Abuelas de Plaza de Mayo se organizaron en dos agrupaciones:: las de familiares de desaparecidos y la asociación Mujeres por la Vida, fundado en 1983. En Chile, el movimiento de Mujeres por la Democracia “contribuyó a la unificación de la oposición, que estaba tremendamente fragmentada”.

En Nicaragua, Violeta Barrios de Chamorro fue fundamental dentro de la resistencia a la dictadura Somoza tras el asesinato de su esposo y director del diario La Prensa, Joaquín Chamorro, en 1978. Durante un año integró la junta de reconstrucción nacional, pero luego se distanció del sandinismo y mantuvo fuertes críticas. Alcanzó la presidencia de ese país en 1990.

En Bolivia, a finales de de 1977, cuatro mujeres mineras, junto a sus hijos, iniciaron una huelga de hambre para exigir a la dictadura de Hugo Banzer la libertad de prisioneros políticos, amnistía general, fin del exilio y la reincorporación de mineros despedidos. Al movimiento se sumaron miles de personas, y recibieron apoyo de la Iglesia católica y otros sectores.

La presión obligó a Banzer a decretar la amnistía y propició el adelanto de las elecciones presidenciales. “También influyó en ello la presión del gobierno de Jimmy Carter como consta en documentos desclasificados”, acota Magdaleno.

En Sudáfrica, indica el profesor, la National Women’s Coalition “tuvo un papel muy importante en ciclos de movilización colectiva, incluso exigiendo una representación directa en las negociaciones del fin del apartheid. En Filipinas es inevitable la referencia a Corazón Aquino, quien terminó liderando las protestas de la famosa ‘People Power Revolution’. Las mujeres jugaron un papel importante y la misma Aquino es electa presidenta. En la propia Primavera Árabe, en la cual el único caso exitoso fue Túnez, y lo digo porque ya no es democracia, la Asociación de Mujeres Demócratas insistió y presionó por algunos principios paritarios en la Constitución del año 2012”.

Sin embargo, menciona Magdaleno, también hay casos fallidos de democratización donde se involucró la figura de mujeres tal como en Bielorrusia o Myanmar, este último liderado por Aung San Suu Kyi, quien había sido vista como un referente democrático pero luego fue ampliamente criticada al defender el genocidio de la minoría rohinyá y la persecución de la junta militar, la misma que la acusó de corrupción —entre otros cargos— y mantiene en prisión desde 2021. 

¿Qué esperar del proceso venezolano?

Con un avance visible mediato, luego de que el Parlamento introdujera los cambios para modificar la constitución del Comité de Postulaciones que elige a los magistrados principales y suplentes del TSJ, queda observar si la coalición gobernante seguirá implementando esas medidas “democratizadoras” o se impondrán nuevas tramas que EE. UU. se verá obligado a encauzar.

Justamente, María Isabel Puerta cuestiona que el Gobierno de Trump tenga una verdadera disposición o capacidad “no solamente de impulsar una transición democrática en Venezuela, sino de comprometerse con los valores y principios democráticos que, en la experiencia sabemos, no son rasgos característicos de esta administración”.

Otro punto es la propia estabilidad de Trump, indica la profesora del Valencia College. “No sabemos cuál va a ser el resultado de las elecciones de medio término en EE. UU. por mucho que se diga que los demócratas tienen posibilidades de triunfo. Creo que para el régimen político en Venezuela y para la Casa Blanca, el año 2027 va a ser un año clave porque es el último año efectivamente para poder avanzar, en el caso venezolano con una convocatoria a elecciones”.

Puerta asegura que 2027 va a ser un año “de mucho pulso para la coalición que sobrevive en el chavismo”, debido a lo que puede influir la administración Trump durante su último tramo. “Sabemos que ambos partidos (en EE. UU.) se van a preparar para ese evento que es la elección general del 2028 y eso va a tener incidencia en la capacidad que tenga el Presidente no solamente de influir sobre Delcy Rodríguez, sino de garantizar su permanencia en el poder”.

Sin embargo, la politóloga Puerta comenta que en esta coyuntura —que no identifica si camina hacia una transición democrática o la profundización autoritaria— es vital que la oposición aproveche para forzar una salida política a la crisis en Venezuela.

“Creo que es importante entender que este es un proceso político que, de desaprovecharse, no sé si tendremos otro. Lo peor que puede pasar en Venezuela no es que haya un recrudecimiento dictatorial, eso ya existe. El problema es que no haya una forma de evitar que Venezuela termine siendo un Estado fallido”.

A juicio de Mireya Rodríguez, al evaluar el proceso que ha avanzado durante 2026, se puede esperar “un escenario de transición administrada y de alta tensión estructural” con cuatro dinámicas centrales.

La primera de ellas, dice, es un “modelo de estabilización pragmática impulsado desde el exterior” al tener un tutelaje norteamericano que prioriza “la gobernabilidad energética, la seguridad regional y el control de flujos migratorios sobre la pureza del diseño democrático. Veremos un avance acelerado en acuerdos de exploración, reformas al marco de hidrocarburos y apertura financiera, condicionado al mantenimiento de una paz operativa mínima en el país”.

Como segunda característica, explica la experta, se verá la “coexistencia forzada entre la legalidad procedimental y el poder de facto” al utilizar la figura negociadora de la AN 2015 como “el vehículo jurídico para la convalidación internacional de acuerdos, licencias y protección de activos. Sin embargo, su capacidad de incidir en la política territorial cotidiana continuará siendo limitada frente al aparato ejecutivo que opera en Caracas”.

También se observarán los intentos de “atrincheramiento” por parte del sector gobernante, al camuflarse con excepciones “en el terreno económico, energético y en la liberación dosificada de presos políticos para aliviar la presión internacional, mientras intentará frenar a toda costa una apertura política total que ponga en riesgo su impunidad o su continuidad estructural en el poder”.

Por último, indica Rodríguez, va a persistir un conflicto de legitimidad. “El mayor riesgo de este proceso administrado es pretender sustituir la transición política democrática por una mera normalización económica. Mientras no se atienda el mandato popular de masas que representa el liderazgo visionario (María Corina Machado), cualquier acuerdo de convivencia formal carecerá de anclaje social y sufrirá un déficit permanente de estabilidad a mediano plazo”.

La especialista coincide con Puerta en que aún Venezuela no está en un escenario de restitución plena del orden democrático, aunque sí en “una reconfiguración geopolítica del statu quo. El desenlace definitivo dependerá de si la presión ética y la movilización popular logran transformar este tutelaje pragmático en un verdadero itinerario de democratización e institucionalidad real”.